Dawson


Testimonio de Enrique Kirberg

Enrique Kirberg Baltiansky, chileno, ingeniero civil, sesenta años, casado, domiciliado en Nueva York, Rector de la Universidad Técnica del Estado, Chile, hasta el 12 de septiembre de 1973, presenta libremente el siguiente testimonio:

Que estando en ejercicio de su cargo en la oficina de la Universidad, ésta fue atacada sin previo aviso ni comunicación, hecho prisionero, maltratado de hecho, amenazado de fusilamiento, encerrado arbitrariamente, confinado a la isla Dawson sin juicio con maltrato, traslado al Campo de Concentración de Ritoque con maltrato; después de un año de prisión arbitraria fue sometido a un juicio por "evasión tributaria", enviado a la Penitenciaria de Santiago, también arbitrariamente; su familia fue perseguida y recibió agresiones a su patrimonio, a su honor y a su situación económica.

Los hechos son los siguientes:

Asumí la Rectoría de la Universidad Técnica del Estado, bajo la Presidencia de Eduardo Frei, elegido por la Comunidad Universitaria y reelegido en 1972, de acuerdo a los Estatutos de ese plantel de educación superior. El día 11 de septiembre de 1973, día en que se realizó el golpe de estado que derribó al Presidente Constitucional, Salvador Allende, al atardecer fuimos visitados por una patrulla al mando de un mayor de Carabineros a quien le expusimos que necesitábamos autorización para que un numeroso grupo de profesores, estudiantes y empleados pudiese pernoctar en la Universidad, pues debido al toque de queda era peligrosa su salida. La patrulla volvió y nos dio la debida autorización, diciendo el oficial que al día siguiente él vendría a facilitarnos la evacuación a las 8,30 de la mañana. Al día siguiente un cuerpo del Ejército, con un cañón, a las 7 de la mañana, nos atacó violentamente sin ningún aviso previo ni conminación a la rendición. Dos granadas explotaron en el edificio con fachada de vidrio en que está la Rectoría y la Sala del Consejo, acompañado de un nutrido fuego de fusiles y ametralladoras. Con una bandera blanca y corriendo evidente riesgo procedí a abandonar el edificio seguido por el personal que allí se encontraba, en un total de setecientas personas. Las fuerzas militares han admitido que hubo cuatro muertos y un número no determinado de heridos en ese "combate". Debo aclarar terminantemente que en los recintos de la Universidad no hubo ni armas ni resistencia de ninguna clase.

Una vez enfrentado el Comandante de las fuerzas, éste me golpeó repetidas veces con el cañón de un arma automática que portaba (golpes que fueron certificados por el médico y el capellán de la Escuela Militar, donde estuve detenido más tarde), me hizo tender boca abajo en el pavimento, golpeándome también, para proceder a registrarme, y luego me hizo arrastrar contra una pared, amartilló su arma, me apuntó y me dijo que me daba de plazo quince segundos para que le dijese dónde se encontraban escondidas las armas en la Universidad, pues en caso contrario dispararía contra mi. Afortunadamente, a los quince segundos no hizo efectiva su amenaza, pero continuó insultándome.

En jeep fui traslado en calidad de prisionero al Regimiento Tacna, en donde escuché varias descargas típicas de los fusilamientos. Después fui llevado al Ministerio de Defensa para finalmente terminar en la Escuela Militar, donde ya se encontraban algunos ministros, senadores, diputados y otras personalidades adictas al Gobierno Constitucional.

Tres días después, sin haber logrado contacto con la familia, el grupo fue trasladado a la isla Dawson en un viaje duro y vejatorio de veinte horas. En ese viaje fue herido de un balazo uno del grupo, el Subsecretario del Ministerio del Interior, Daniel Vergara.

La isla Dawson se encuentra al sur del Estrecho de Magallanes, tiene un clima muy inhóspito, temperaturas muy bajas, nieve, viento y lluvias casi constantes. Estuvimos en muy malas condiciones de vida, alimentación y vivienda. Debíamos realizar trabajo forzado en ese clima, cavando hoyos, arreglando caminos, cortando leña, limpiando tanques y basuras y siempre en un trato degradante. Eramos sometidos a tortura psíquica: las cartas familiares eran demoradas y muy censuradas; escasos paquetes que se nos enviaban eran entregados, la mayor parte no nos llegaba; permanentes formaciones y ejercicios militares, muchas veces bajo la lluvia. En los comedores no se podía hablar, con amenazas de castigos, y más de una vez un oficial se paseaba por el comedor jugando con una granada en las manos. Teníamos la obligación de cantar dos veces al día la Canción Nacional, "para que nos hiciésemos patriotas" -según nos decían-, alargada con unas estrofas que ensalzan a los militares. Por pequeñeces nos infligían castigos corporales tales como calabozo, flexiones en el suelo, correr con un saco lleno de piedras, estar horas parados bajo el frío y la lluvia y otros. Aunque fueron permitidos algunos libros, llegó un momento en que retiraron cualquier material de lectura, hasta revistas, diarios, todo. Debíamos aprender de memoria canciones militares y cantarlas, y en caso de no hacerlo bien, continuar a la intemperie, en la noche, hasta que, ajuicio del oficial, ya lo cantábamos mejor. La atención médica y dental corría por nuestra propia cuenta, ya que, afortunadamente, disponíamos de un médico y un dentista entre los prisioneros. Los militares nos proporcionaban algunos medicamentos y una rudimentaria clínica dental. Se nos advirtió que si la isla era atacada, lo primero que ellos harían sería fusilar a todos los prisioneros y luego defenderían el lugar, que estaba fuertemente fortificado y artillado. Realizaban frecuentes ejercicios militares que consistían en un violento tiroteo con cañones, ametralladoras y fusiles, y, como no nos advertían de ello, nunca sabíamos si la isla era atacada y cuál iba a ser la suerte de nuestras vidas en cortos instantes.

Estuvimos ocho meses en la isla Dawson y luego fuimos trasladados al centro del país en un viaje degradante, la mayor parte de él maniatados y la última etapa, con la vista vendada y atados de pies y manos. Los dieciocho kilómetros desde el campo de concentración al aeropuerto de la isla fueron hechos a pie, y en una oportunidad debimos atravesar ríos, desnudándonos hasta el medio cuerpo, con el agua muy helada.

Se nos distribuyó en cuatro campamentos, algunos de nosotros incomunicados, y dos meses más tarde fuimos reunidos en el campo de concentración de Ritoque, en donde aflojaron un poco la rigurosidad de las medidas, aunque continuaron los ejercicios militares, los dos cantos diarios, censura de la correspondencia y se autorizó una visita semanal de los miembros más cercanos de la familia.

Cuando se cumplió cerca de un año de detención, sin que se me formulara cargo alguno y sin tomárseme declaración de ninguna especie, fui notificado de un juicio por "evasión tributaria", junto con otros diez detenidos más. A la sazón, yo mantenía una Oficina de Ingeniería Eléctrica que cumplía contratos con particulares y organismos semifiscales.

Debido a este juicio, pocos meses más tarde, este grupo fue trasladado a la Cárcel de Santiago, pasando a ser dependientes de la Justicia. Al poco tiempo, con el pretexto de un inventado intento de fuga del grupo, fui trasladado arbitrariamente a la Penitenciaría de Santiago, lugar en que cumplen sus condenas los delincuentes comunes, y permanecí allí en muy duras condiciones de higiene, promiscuidad, vivienda y alimentación. En las celdas unipersonales debíamos estar de cuatro a cinco personas. Las necesidades fisiológicas y las duchas frías debían hacerse a la vista de todos. Había chinches y otros bichos. La alimentación era absolutamente incomible y vivía de lo que me traía mi familia, que sólo me podía visitar una vez a la semana. Debíamos permanecer encerrados en las estrechas celdas catorce a quince horas diarias, lo que era una verdadera pesadilla.

Después de cuatro meses fui nuevamente trasladado a la cárcel. El juicio terminó con la condena de trescientos días de prisión ya cumplidos, y una multa equivalente a cuatrocientos dólares. Esto fue absolutamente arbitrario. ya que al momento de fallo, en ambas instancias, la Oficina de Impuestos no había configurado el delito, es decir. a ese momento no había definido la cantidad que se suponía yo debía pagar.

Una vez cancelada la multa, el Gobierno decretó mi libertad. pero aún trasladado al campo de concentración "Tres Alamos", donde pernocté la última noche y al día siguiente fui puesto en libertad, siendo el 11 de septiembre de 1975. después de dos años de prisión. Debo agregar que en Chile, el delito que se imputaba, evasión tributaria, es excarcelable y sus penas se remiten, es decir, nunca se mantiene detenido a una persona mientras dura este proceso. pues puede salir bajo fianza, y cuando es condenada. "la pena se remite al Patronato de Reos", de tal manera que la persona queda en libertad, concurriendo a firmar una vez al mes. Yo no solicité la libertad bajo fianza porque fui informado que seria trasladado a un campo de concentración en caso de obtenerla.

Durante mi prisión, mis cuentas bancarias fueron "congeladas". algunos contratos que mantenía con organismos semifiscales fueron declarados sin efecto, mi caja fuerte del banco fue violada, organismos ocultos por notas confidenciales ordenaron a empresas particulares que no me cancelaran facturas presentadas. Por ejemplo, el coronel Orlando Ibáñez de la 11 División del Ejército, envió una carta confidencial a la firma Fábrica de Calzado Bata. ordenándole que no se me cancelara una factura por E 2.900.000 (2,000 dólares de los Estados Unidos), suma adeudada por trabajos de mi oficina. Mi personal fue hostilizado en el desempeño de sus funciones y fue negado todo crédito. Mi coche fue temporalmente confiscado y fueron embargadas mis propiedades. La biblioteca y pertenencias personales que mantenía en la Rectoría fueron "desaparecidas". La prensa, que depende del Gobierno, publicó truculencias contra mi persona, especialmente en el infundio de "evasión tributaria".

Mi familia fue perseguida. Mi esposa, Inés Erazo Corona, que me acompañaba en la Universidad, también fue tomada prisionera. La hicieron tenderse en el pavimento de la calle como a todos los prisioneros y llevada al Estadio de Chile junto al personal femenino que fue detenido, donde permanecieron por el día, siendo liberadas. Posteriormente, mi esposa fue sometida a arresto domiciliario por cerca de un mes. Mi hijo, que estudiaba en la Universidad Católica de Valparaíso, fue detenido, llevado al barco prisión "Lebu" y sometido a severo tormento (horas tendido desnudo, intensos "shocks" eléctricos, quemaduras con cigarrillos y otros) por espacio de diez días. Mi hermana, profesora de Matemáticas y Física en el Liceo de Niñas de Viña del Mar, donde ocupaba el puesto de inspectora general, fue detenida y llevada al buque prisión "Esmeralda", donde estuvo por diez días soportando vejaciones y malos tratos.

Esto es cuanto puedo declarar.

(Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
Anexo VIII. Informe a la Asamblea General, 1976.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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