Dawson


Nueve horas, cero cero

Llueve. 9 horas, cero cero: Distribución del Trabajo y de las Herramientas.

Nos formamos frente a la puerta de la barraca y salimos trotando a tomar nuestra colocación en el Patio Central. Aquí, el Entrepuente, vale decir, el sargento encargado de la distribución de trabajos y herramientas en el patio, llama, con buena voz, a los delegados de las distintas barracas. Estos proceden a repartir el trabajo a diferentes grupos de 6,7 u 8 prisioneros de sus respectivas barracas. Hugo formaba sus grupos y salíamos a trabajar.

Recuerda Hugo Miranda:

"Me fue impuesto el odioso papel de jefe de grupo en Dawson. Cada día debía distribuir el trabajo y, naturalmente, escogía para Corvalán el menos duro, por su edad, por su úlcera, por su mal estado de salud, peor que el de los demás prisioneros políticos. Y bien, aunque menos pesado, el trabajo de Corvalán consistía en cargar sacos de arena con cincuenta o más kilos y después recorrer a la carrera más de medio kilómetro para depositarlos en la base de los postes conductores de electricidad, que por más de cuarenta kilómetros habíamos construido.

"No pasaba media hora que Corvalán había iniciado su trabajo cuando llegaban los oficiales a buscarlo.

"¿Dónde está el prisionero Corvalán?", me preguntaban, y yo respondía: "El prisionero Corvalán está en su puesto de trabajo". Lo iban a buscar y lo hacían cargar bolones sobre sus espaldas y depositarlas sobre un camión."

Salimos trotando con los sacos de arpillera hacia la playa.

A la orilla del mar, frente al campo, estamos transportando, al hombro, arena y ripio, hasta el interior del Patio Central o del patio de nuestra barraca, o hacia las escalinatas que conducían a las casetas de vigilancia. Los soldados de guardia, apuntando con sus ametralladoras, nos apuraban constantemente:

-Paso vivo, paso vivo.

Debíamos llenar los sacos con arena, echarlos al hombro y partir trotando a la cumbre de las colinas. Al lado nuestro, algunos soldados iban trotando y silbando a la vez.

Al comienzo no era difícil. Aunque trotar, cargados con sacos de arena, como doscientos metros por la playa, no es ninguna gracia. Lo peor era lo que venía: subir de un tirón los casi cincuenta peldaños irregulares que nos separaban de la cima de las colinas, donde estaban emplazadas las casetas de vigilancia y las ametralladoras pesadas.

Los primeros diez o quince peldaños los subíamos rápidamente. De repente, entre el vigésimo y el trigésimo había una serie de peldaños irregulares, porque la subida la tuvieron que hacer los prisioneros de Magallanes, a punta de chuzo, pala y hacha. Con las hachas iban cortando pequeños troncos, que constituían las paredes laterales de cada peldaño. La superficie que quedaba encerrada por estos troncos era la que nosotros teníamos que rellenar con arena y ripio.

Al llegar arriba, el primero y el segundo de la fila derramaban su saco de arena en el último peldaño; el tercero y el cuarto lo hacían con el penúltimo, y así sucesivamente hasta que el séptimo y octavo de los nuestros derramaban sus respectivos sacos.

-Descenso... Al trote... ¡March!

Sin tomar aliento, bajábamos trotando los peldaños irregulares, trastabillábamos, casi nos caíamos. Nos auxiliábamos mutuamente.

Al llegar al pie de la escala, los que llegaban primero esperaban a los últimos. Nos formábamos, y a empezar a trotar de nuevo. No faltó un soldado al que se le ocurrió una idea:

-Como de vuelta van descansados, vayan cantando.

-Imposible, mi soldado...

-Tenemos muy mala voz...

-Entonces, al trote... ¡March! Desde el primer viaje, todos los sacos de arpillera estaban mojados, con la lluvia que caía y con la húmeda arena de la playa.

Al llegar al final de la escala, el corazón lo sentíamos en la boca; no nos dejaba respirar. Sin embargo, teníamos una tal reserva de fuerza física que no nos imaginábamos: ninguno se cayó o no pudo cumplir su cometido. Muchas veces nos preguntamos de dónde venía esta fuerza nuestra. No sólo de nuestra constitución física, sino también de la fuerza moral que significaba nuestra conducta, ante nosotros mismos y ante nuestros carceleros. También de nuestras familias y del mundo sacábamos razón de fuerza y de fe muy grandes.

Cuando alguno de los nuestros ya no podía más, se quedaba en la cuadrilla de a dos que llenaba los sacos de arena. Mientras los demás trotaban en su ir y venir, en el intertanto, debían formar, en la playa, los montones de arena y ripio, con los cuales se llenaban los sacos de arpillera. Cuando tocaba un cabo "bueno" hasta se podía fumar un puchito o nos permitían conversar con los Ecos. En una ocasión, un suboficial de la I.M. le dice a Vega y Benjamín, y señalándome:

-A ver, ustedes, que son más jóvenes, ayuden al "abuelo".

-Pero, mi suboficial, si en realidad el abuelo soy yo, le contesta Lucho, que a la sazón tenia tres nietos.

-No me venga a mí con esas. No voy a saber yo quién es el abuelo... Fúmese, usted, un cigarrito...

Evocábamos, con el Viejo Silva y Pintito, con nostalgia nuestras conversaciones en la glorieta, bajo la lluvia y protegidos por un coigüe frondoso, cuando hacíamos nuestra labor de rancheros en el campo verde. O bien nos acordábamos, con entusiasmo, de los primeros trabajos forzados que realizamos al aire libre, cuando teníamos que plantar los postes telefónicos. Cuando el maestro Tito compuso su poesía popular

Pásame ese chuzo,
tírame la pala,
pásame el pisón....
dale con tesón

y que terminaba con el comentado verso:

porque la esperanza nunca
fue sometida a prisión.

(En verdad, decía "sometida" por exigencias del ritmo.) Se acerca una cuadrilla de los Ecos, que está trabajando en arreglar un puente.

-Volvieron los compañeros que se habían llevado a Punta Arenas.

-¿A dónde se los habían llevado?

-Al regimiento Cochrane. Yo estuve allí.

-¿Cómo fue eso?

-Los sufrimientos de Cristo no fueron nada comparados con lo que nos dieron -dice un joven magallánico-. No sólo nos pegaron y nos pusieron electricidad por todo el cuerpo. También nos amarraron desnudos y nos arrastraron por encima de las espinudas matas de calafate. El último día nos tiraron desnudos al patio del regimiento e hicieron que los perros amaestrados de la Infantería de Marina nos persiguieran. Todos fuimos mordidos. "Ahora, vayanse a descansar a Dawson", nos dijeron.

-Con otros compañeros de Magallanes, a mi me llevaron al regimiento Pudeto: éramos cincuenta o sesenta que nos tenían encerrados en un container que estaba en el patio. Nos llegábamos a mojar con nuestro propio sudor y en un rincón había que hacer del cuerpo. Nos ahogábamos de la hediondez.

Algo parecido al primer caso pudimos apreciar en Ritoque.

El teniente Mercado, de carabineros, estaba de guardia. Dado el hecho que cinco o seis prisioneros llegaron atrasados unos minutos, los llamó aparte. Después hizo desalojar el patio y los dejó solos. Les soltó los perros amaestrados de carabineros de Chile. Los mordieron tan gravemente que debieron ser atendidos por el practicante de la Base Aérea de Belloto.

En reunión de todos nosotros, y a proposición de Corvalán, resolvimos que el delegado hiciera un reclamo por escrito y en nuestro nombre al Ministro del Interior. Se redactó el reclamo en defensa de los Derechos Humanos de los compañeros mordidos de la sección B, se siguió el conducto regular y se inició la investigación. Incluso se nombró un fiscal ad hoc. Nunca supimos oficialmente el resultado. Lo concreto es que en el siguiente desfile del 21 de Mayo en Valparaíso, quien portó el estandarte del cuerpo de carabineros de Chile fue el teniente Mercado. Sin embargo, no todo fue en vano. En la ocasión en la cual el teniente Mercado volvió, por una segunda vez, como jefe de seguridad de Ritoque, tuvo ahora un comportamiento distinto: no se le vio por ninguna parte; se llevaba encerrado en su oficina.

La escuadra de trabajo de Corvalán debía trasladar pesadas carretillas de arena.

Unos la llenaban y Corvalán debía llevarla trotando, solo, al interior del Patio Central.

Después de varios viajes, se le acercan Hernán y Orlando Cantuarias.

-Oiga, don Lucho, deje que lo ayudemos.

-Dejen, no más, compañeros.

-Pero es que ya es mucho.

-Para mí no existe el trabajo duro. Gracias de todas maneras.

Quieras que no, ambos le ponen un alambre por delante a la carretilla y le ayudan a tirarla, en su trayecto sobre la arena de la playa.

Después del segundo viaje, se les acerca un soldado:

-¿Y ustedes qué hacen?

-Lo estamos ayudando porque la carretilla es muy pesada.

-Desde este momento están castigados.

-Y ¿por orden de quién?

-Por orden de mi capitán Zamora... Vamos andando. Mi capitán ha ordenado que el prisionero Corvalán debe trabajar solo.

Efectivamente, ambos fueron castigados y encerrados en el calabozo de aislamiento por varias horas.

Otro grupo de trabajo, dirigido por Orlando Letelier, transporta al hombro sacos con arena hasta el patio de nuestra barraca. Estaba bajo la vigilancia del "suboficial malulo", como él mismo, con razón, se había definido días atrás.

-Tengan cuidado conmigo: yo soy malulo, no soy amigo de don Sata ni de don Jecho. Sólo soy amigo de mi. Cumplan mis órdenes al pie de la letra y no lo pasarán tan mal.

Hasta el patio de la barraca I llegó la escuadra de trabajo con los sacos llenos de arena. De improviso, gritó:

-Escuadra, atención... ¡Firmes!

Sólo dos atinaron a botar los sacos de arena y a ponerse firmes. El resto se puso firme con los sacos a la espalda.

De inmediato:

-Los ocho: ¡Páguenme diez!

Diez sapitos o flexiones que se hacían con el cuerpo boca abajo, afirmados en las manos y en la punta de los pies.

No habían acabado los ocho de hacer las diez flexiones, cuando miró a los otros dos:

-Y a ustedes, ¿quién les dijo que se pusieran a discreción? También, ¡páguenme diez! Y helos aquí a todos haciendo sapitos.

-Primera flexión, mi suboficial.

-Segunda flexión, mi suboficial...

-Décima y última flexión, mi suboficial.

-No están muy bien; pero, por esta vez, pase: yo les tengo cariño, no sé por qué. Pero ustedes están abusando conmigo. Ahora: ¡Agarren de inmediato sus sacos!

Derrámenlos y vayan a buscar más arena a la playa. Ustedes son unos flojos. Se han retrasado. Miren a los otros grupos. Fíjense: ya vienen de vuelta.

-Pero, mi suboficial, nos retrasamos porque usted ordenó las flexiones.

-Esto sí. ¿Quién le dio autorización para hablar? ¿Acaso no sabe que primero tiene que pedir permiso? ¡Pagúeme diez!

Mientras el que había hablado realiza las flexiones, el suboficial malulo resume su pensamiento:

-Aprendan: Aquí el que habla pierde... Todos a la playa... Al trote... ¡March!

A la última escuadra de trabajo, en la cual, entre otros, labora Pibe Palma, Fernando Flores y Pedro Felipe Ramírez, le corresponde el sector de la playa.

En un extremo de ésta, frente al campamento, está la cuadrilla de a dos llenando los sacos de los otros seis. Bajo la lluvia, estos últimos parten trotando con los sacos de arpillera llenos de arena y deben ir a derramarlos como a doscientos metros de distancia en el otro extremo de la playa.

Después de varios viajes se ha hecho un hoyo, donde la cuadrilla de a dos saca la arena. A la inversa, se ha conformado un montón donde la arrojan.

En eso pasa el teniente Valenzuela, el "loco Valenzuela".

-¿Y por qué han hecho este hoyo? ¡Ah! (Con cara de inteligencia), ¿se quieren escapar?

Va dando grandes zancadas hacia donde se divisa el montón de arena, en el cual la escuadra de trabajo está derramando los sacos de arena. ¿Y qué significa este montón? ¡Ah, se quieren ocultar!

Los dos soldados de la guardia, todos mojados:

-No, mi teniente. Trabajan por orden de mi capitán Zamora.

-Orden dejada sin efecto. Que deshagan el montón y con la arena tapan el hoyo.

Y dirigiéndose a los soldados, con una mirada de reojo, llena de malicia y picardía:

-Mucho ojo... Estos a mí no me engañan.

Aquí dejamos a esta escuadra de trabajo, bajo la lluvia, deshaciendo los montones de arena del extremo derecho de la playa y llevándosela en sacos de arpillera hacia el extremo izquierdo de la playa... Al trote... ¡March!

Algo parecido ocurrió durante casi toda nuestra estadía en el campo de Río Chico con la colocación de inmensos montones de troncos de leña que habíamos formado, en previsión del invierno por llegar... Pero, ¿cuándo no es invierno en Dawson?

Los montones de troncos estaban en el patio de nuestra barraca. Llega un nuevo capitán de la guardia, y una vez tropieza con ellos:

-¿A quién se le ocurre poner los troncos aquí dentro? Impiden la circulación del personal. ¡Sáquenlos afuera, al costado izquierdo! A lo indicado..., ¡proceder!

Y henos aquí transportando por toda una semana los tremendos montones de troncos fuera del campamento.

Al pasar la quincena, llegaba otro capitán de la guardia. Veía las inmensas rumas fuera del campo.

-¿A quién se le ocurre poner los troncos aquí afuera? Con las nevadas se van a empalar y no los podrán sacar. Hay que llevarlos al interior. A lo indicado..., ¡proceder!

Y henos aquí transportando, por toda una semana, las rumas de troncos hacia el interior de nuestro patio.

Hasta que llegó el capitán de Infantería de Marina Eduardo Carrasco, y con toda razón, nos dijo:

-¿A quién se le ocurre poner los troncos en el interior del cuartel? ¿Y si hay un incendio?... Sáquenlos afuera... A lo indicado..., ¡proceder!

Y henos aquí transportando, al trote, en tres días, todas las rumas de troncos hacia la derecha del campo.

¿Dónde estarán ahora?

Como a las 11,50 horas se da orden de parar la jornada. Todas las escuadras de trabajo empiezan a retornar al campamento.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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