Dawson


Seis horas cuarenta y cinco

Llueve.

6,45 horas. Toque de diana. Es el 7 de mayo de 1974, en la isla Dawson, al sur del Estrecho de Magallanes.

Barraca I. El prisionero que hacia la guardia nocturna -el luminaria, al decir de Clodomiro Almeyda-, antes de acostarse definitivamente, dejaba la calandria del baño cargada de leña. Así el agua amanecía caliente a las seis horas del día siguiente.

A las 6,15 horas ya nos habíamos empezado a bañar para estar listos, vestidos, para la gimnasia matinal.

Se abren las puertas de la barraca.

-Todo el mundo afuera: listos para la gimnasia.

¡Ahora salen todos!

-Pero, mi soldado, ¿y los enfermos y los ancianos?

-Mi teniente ha dicho que salen todos. Frente a los portones de la barraca, nos formamos en una fila doble. Llueve.

-Atención... ¡Firmes!

-Al trote -Debíamos llevarnos las manos al pecho y gritar ¡Ahhhh!- ¡March!

Salimos trotando del patio de nuestra barraca al Patio Central, al cual, simultáneamente, iban llegando las columnas de prisioneros de Magallanes.

Cada columna forma en un sitio preestablecido. El delegado o brigadier toma la cabeza, poniéndose a la derecha, e informa al cabo de la barraca:

-Barraca I, mi cabo... Dotación, treinta y seis. Fuerza efectiva, treinta y seis.

Los cabos van trotando a informar al pálido teniente "Cara de Vieja", vestido con uniforme de combate. Está de pie, frente a dos focos eléctricos.

Detrás de cada columna de prisioneros han ido deslizándose soldados armados de metralletas.

El rectángulo de cien por treinta metros, que conforma el Patio Central, está rodeado de focos eléctricos encendidos y de guardias con ametralladoras.

-Atención, todas las barracas... ¡Firmes! El teniente "Cara de Vieja" toma la cabeza.

-Atención, todas las barracas... Al trote... ¡March!

Todos empezamos a trotar bajo la lluvia. El teniente, que va a la cabeza; los soldados, que van controlando que nadie se rezague. Todos, chapoteando en el barro.

Al comienzo, las columnas de prisioneros están trotando con vigor.

A pesar de que salimos con gorros, abrigos o parkas, y guantes, ya nos hemos empezado a empapar. El agua principia a deslizarse por las rendijas de los cuellos o sube a través de las bastillas de los pantalones.

A los tres minutos de estar trotando sin parar, algunos empezamos a sentir el efecto del cansancio. Las filas se retardan. Comienzan a aparecer huecos entre una columna y otra. También los soldados de la guardia disminuyen su ritmo.

-Puchas que es estúpido mi teniente. ¿A quién se le ocurre hacer gimnasia con este tiempecito?

A los cuatro minutos, cuando pasamos por los espacios en que no llega directamente la luz de los focos, desciende el ritmo del trote. Sólo andamos rápido. Al llegar a la zona más alumbrada, retomamos el trote.

-Paso vivo... ¡Paso vivo!

Cinco minutos de trote bajo la lluvia. Los más ancianos y enfermos han ido separándose de las nías.

-¡Qué Corvalán no baje el trote!

-A su orden, mi teniente... ¡Va trotando bien!

7 horas cero, cero.

-Barracas, atención... ¡Firmes!

-Barracas, atención... ¡Conversión por la derecha! Lentamente, las columnas van tomando colocación en el corazón del Patio Central, el lugar más iluminado.

-Barracas, atención... ¡Firmes!

Ocho minutos de gimnasia.

Y pensar que esta isla de porquería fue adquirida para la Armada Nacional durante la gestión de José Tohá, como Ministro de Defensa de Allende...

-Manerita de dar las gracias...

"Claro: matándolo."

-Barracas, atención. ¡Manos a las caderas! ¡Torsión del tronco! ¡Levantar las manos! ¡Flexiones!

Bitar le pasa su parka a Leopoldo. No le queda bien. No le entra.

-¿Qué estás haciendo?

-Es que él está enfermo y no tiene parka...

-¿Y qué te importa a ti?... ¡Vuelva a su fila!

-Barracas, atención. (Voz preventiva.) ¡Firmes! (Voz ejecutiva.)

La famosa clase de Infantería Doctrinal que nos dio el teniente I. M. Jaime Weidenlaufen:

-La posición de ¡firmes! es la Posición Fundamental. Perfecta. "Atención" es la voz presentiva... ¡Firmes! es la voz ejecutiva. Entonces, la primera voz es preventiva y la segunda voz es...

-Mucho toyo, mi teniente, mucho toyo... Es interrumpido por el Comandante del Campo. Hasta ahí no más llegó la primera y única clase de Infantería Doctrinal del teniente I. M. Weidenlaufen.

-Barracas, atención... ¡Rodillas al pecho!

-Sube más las rodillas. ¡Al pecho! -dijo mi teniente. Doce minutos de gimnasia bajo la lluvia.

-Barracas, atención... ¡Firmes!

-Los brigadieres: ¡conduzcan su gente a sus respectivas barracas!

La nuestra era la que siempre se retiraba al último, por la letra que tenia. Ahora éramos la barraca I.

El 20 de diciembre de 1973, al llegar al Campamento de Río Chico, nuestra denominación fue Isla. Los prisioneros políticos de Magallanes se agrupaban en Alfa y Bravo, y a los que estaban rematados se les puso Remo.

Con anterioridad, el 16 de septiembre de 1973, al llegar a Compingin, a los detenidos de Santiago se les denominó Sierra, y el 20 de septiembre se llamó Vela a los de Valparaíso.

Todas las columnas se van retirando a sus respectivos patios.

Apenas cada par de marchantes traspasa el dintel de la puerta de entrada de su patio, pega una loca carrera hasta la puerta de la barraca, para no seguir mojándose.

Nos sacamos los abrigos y parkas. Los colocamos cerca de las dos calandrias para que se vayan secando.

Hacemos nuestras camas y empezamos con el aseo de los "fondos" o literas de madera y, después, del resto de la barraca. Cada uno barre el espacio que queda frente a su litera. Las escobas son sólo dos. Se van pasando de mano en mano, desde los extremos hacia el centro del pasadizo de la barraca. Casi siempre es el Viejo Silva quien termina barriendo la entrada. Con una pequeña pala, hecha por él, recoje los desperdicios, basuras y polvo. Los echa por la boca de la calandria para avivar el fuego. De inmediato prende su primer cigarrito del día, y sigue así sin parar durante toda la jornada.

Al llegar a Dawson, cuando ocupábamos el pequeño Campo de Concentración de Compingin (Compañía de Ingenieros Navales), fuimos divididos de la siguiente manera: don Edgardo, doctor Girón, José Tohá, Clodomiro Almeyda, Cademártori, Letelier, Hugo Miranda y Puccio, en una pequeña piececita de 2,50 x 5 metros, y los treinta y dos restantes, en una de 4,5 x 7 metros; es decir, de 31,5 metros cuadrados, lo que daba por resultado que el espacio disponible para cada prisionero de guerra era menos de un metro cuadrado. Aquí, el encargado de la disciplina era Aniceto Rodríguez, que tenia el sueño muy ligero. Sabíamos que había logrado dormirse profundamente cuando exclamaba en sueños: "Buena cosa. Juana Rosa..."

Con toda razón, estaba prohibido fumar en la noche. El espacio de que se disponía era tan escaso que las hileras de literas, sostenidas por catres de fierro, estaban puestas de frente, dejando un pasadizo no mayor de treinta centímetros. Debíamos entrar y salir de la pieza de lado y por orden de "peluquería", o sea, por orden de colocación en las literas. Además, estaban ensambladas unas con otras y alcanzaban a tres pisos, y en un caso, hasta cuatro.

Aún aquí, el Viejo, como no aguantaba las ganas de fumar, después que nos apagaban la luz, a las ocho de la noche, prendía un cigarrito debajo de la frazada. Cada vez que debía exhalar el humo, lo hacia dentro de ésta.

-Aquí está prohibido fumar de noche. El Viejo contestaba con un ronquido. Seguía fumando en religioso silencio. Nos agrupamos en torno a la calandria. Empieza una rápida conversación.

-¿Qué estará pasando?

-¿Saldremos de Dawson antes del invierno? El doctor Girón, antes que le pidiéramos, saca su cajetilla.

-¿Quieren un cigarrito?

-Afirmativo.

-Por lo menos vamos a salir de aquí sin asomo de "rosita" (1).

-Tú, Arturo, ¿has sabido alguna novedad en la Enfermería?

-No. ¿Han sabido alguna noticia por los Ecos?

-Ni los Ecos tienen novedades.

-Evidentemente, saldremos, compañero.

Los Ecos eran la denominación oficial que se daba a los prisioneros de guerra de Magallanes. Estábamos separados de ellos por alambradas de púa. Será política carcelaria, en todos los campos de concentración, el tratar de mantener separados a los militantes de los dirigentes. Sin embargo, nosotros siempre rompimos esta disposición. En Ritoque, un teniente, ingeniero aéreo, le dice a Corvalán, que está conversando en la fila con un compañero de la otra sección:

-¿Y usted no sabe que está prohibido hablar con los prisioneros de este lado?

-Mire, teniente, ni usted, ni nadie me podrá impedir que hable con otro compañero prisionero

-Tomaré de inmediato otras medidas con usted.

-Haga lo que quiera-. Y siguió conversando con el otro prisionero.

-No quieren que sepamos nada.

-Ahora si que es claro que una de las principales características de la prisión fascista es impedirnos planificar- indica José, como buen economista.

-Si no podemos escuchar ni la Radio Moscú... Hacia casi tres semanas que no recibíamos diarios, y después de allanamientos intensivos, nos quitaron las últimas radios. No se pudo continuar "trabajando la onda". Durante el mismo período había estado suspendida la entrega de cartas y encomiendas. Ni los soldados, ni los suboficiales parecían saber qué estaba pasando.

-Si el campamento es atacado, tenemos orden, primero, de liquidarlos a ustedes y después empezar a defender el cuartel.

Al caer detenidos, a cada uno de nosotros se nos había sustraído los cameles de identidad y cualquier otro documento que nos individualizara. Los altos mandos discutían qué hacer con nosotros: unos proponían iniciar el procedimiento que después se conoció con el nombre de "El Caso de los 119"; vale decir hacernos aparecer muertos, por luchas intestinas, en Argentina o Brasil. Otros planteaban que lo mejor era "darnos por desaparecidos". Los menos imaginativos, simplemente, aconsejaban informar a la "opinión pública" que se nos debió "dar de baja" por "intento de fuga". Esto es, que se nos aplicara lo que metafóricamente se llamaba en esos días: "la ley de la fuga".

Para cualquiera de estas alternativas necesitaban de nuestros documentos de identidad.

Y los tenían.


Notas:

1. Cirrosis hepática.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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