Dawson


Testimonio de Clodomiro Almeyda

Yo llegué a Santiago el día 10 de septiembre de 1973, proveniente de Argelia, donde había asistido en representación del Gobierno de Chile a la Conferencia Cumbre de los Países No-Alineados. Sabiendo, como sabía, la difícil situación que estaba atravesando el país y el gobierno, me dirigí, en la noche del lunes 10, del aeropuerto a La Moneda. Allí encontré al Presidente de bastante buen ánimo, con la convicción que el problema político lo había resuelto, prácticamente, con un discurso que pensaba pronunciar el día siguiente. Con relación al cual me dijo:

-Véngase mañana martes a mi casa, en la mañana, para que veamos el discurso, que, yo creo, va a calmar los ánimos porque va a implicar una solución plebiscitaria de la crisis política... Hábleme usted sobre Argelia -me dijo- y mañana hablamos de política chilena.

Lo encontré bastante optimista y bastante jovial, diría yo, para lo grave que era la situación política. Naturalmente que la mañana siguiente supe muy temprano lo que estaba ocurriendo. No fui a su casa; lo llamé por teléfono y el Presidente me indicó que podía ir a La Moneda. Estuve con él durante dos horas, junto con los otros compañeros, que se encontraban en el Palacio Presidencial. Como a las 11, cuando ya se hizo inminente el bombardeo, fui, con un grupo de compañeros, entre los cuales estaban José Tohá, Jaime Tohá, Carlos Briones y Aníbal Palma, al Ministerio de Relaciones, donde, en unos sótanos, permanecimos durante todo el bombardeo.

A las cinco de la tarde fuimos apresados por una patrulla, que estaba inspeccionando esa parte del edificio de La Moneda. De allí fuimos llevados al Ministerio de Defensa, donde estuvimos detenidos algunas horas. Pasamos a la Escuela Militar. Pernoctamos allí la noche del 11 al 12. Ahí permanecimos hasta el día sábado. A mediodía fuimos notificados que debíamos arreglar nuestros escasos bártulos porque nos iban a llevar a un lugar desconocido. Efectivamente, así fue. Llegamos, sin saber cuál era nuestro destino, al aeropuerto de los Cerrillos. Al tomar el avión nos dimos cuenta que el tratamiento a que íbamos a estar sometidos era muy diferente al que preveíamos. El cual, en cierto modo, se había guardado con nosotros, durante los tres o cuatro días en la Escuela Militar.

Fuimos allanados bruscamente, con todas nuestras pertenencias. Tratados en una forma bastante insolente. Empujados, prácticamente, a bayonetazos al interior del avión. Emprendimos un vuelo hacia rumbo desconocido. Nosotros, en la medida que avanzamos hacia el Sur, nos dimos cuenta que no podía ser otro sino que Punta Arenas, adonde llegamos ya obscurecido y donde fuimos recibidos también en una forma imprevista al bajar del avión. Fuimos encapuchados y empujados violentamente al interior de unas tanquetas. Este brusco cambio de situación, naturalmente, nos afectó a todos. No sabíamos dónde nos llevaban, y en el interior de la tanqueta en que yo iba se escuchó de repente un disparo y luego alguien decía que estaba herido, que se estaba desangrando; pero, frente a esta expresión de uno de nosotros, que no sabíamos quién era porque estábamos todos encapuchados, el oficial y los soldados que nos acompañaban permanecieron indiferentes, lisa y llanamente. Continuamos durante media hora hasta un lugar X, que no sabíamos cuál era. Mientras esta persona, que resultó ser, a la postre, Daniel Vergara, se desangraba. No diré a la vista y paciencia, pero a paciencia de los oficiales, sin que se tomara ninguna medida para ello.

Llegamos, así, a un embarcadero, donde nos trasladaron al interior de una barcaza. Fuimos hacinados todos en una especie de bodega y donde permanecimos sin poder conversar entre nosotros, ni hablar, ni dormir. Incluso Aniceto Rodríguez se puso a dormir y fue despertado bruscamente con un culatazo. De este modo recorrimos, durante cuatro horas, el Estrecho, hasta llegar, de amanecida, a Dawson.

Un amanecer siniestro. Una mañana de invierno. Acababa de nevar. Salimos de la barcaza, prácticamente, chapoteando en el agua. Fuimos obligados a formar en la arena, ya sometidos a régimen militar. Tuvimos que hacer las primeras demostraciones militares: tuvimos que formar, dar vueltas, qué sé yo, para en seguida encaminarnos a nuestro lugar de destino. Era un campamento de Ingenieros de la Armada, a pocos kilómetros del lugar del desembarco; llegamos en la noche allí. En el comedor nos reunió el capitán y nos informó de qué se trataba: éramos prisioneros de guerra. Nos dio a conocer las principales normas que regulan a los prisioneros de guerra. Como esto nos sorprendió bastante, al mismo tiempo, nos dijo: "Bueno, yo no tenia ni siquiera la obligación de decirles dónde estaban; pero ya veo que algunos de ustedes advierten que están en Dawson. Bueno, están en Dawson". Luego nos asignó las respectivas barracas, o, digamos, celdas, donde fuimos encerrados ya esa noche, con la advertencia expresa de no poder salir, so pena de ser fusilados.

Ahí comenzó nuestro Calvario, porque desde que llegamos de Punta Arenas, la situación se tornó bastante dramática. Durante algunos días se nos trató sumamente mal. Los conscriptos y los suboficiales estaban aleonados, aleccionados en contra nuestra. Ellos creían sinceramente que estaban tratando con criminales: nos trataban, en consecuencia, en una forma muy dura. Y el tiempo era bastante duro también. Septiembre, en aquella zona, es muy duro. Fuimos metidos, de repente, en un sistema militar, con todas las implicancias que ello tiene: ejercicios, castigos, insultos, qué sé yo. Nosotros, en realidad, casi no podíamos creer lo que estábamos viviendo. En un lapso de tres o cuatro días había cambiado toda nuestra vida. Toda la imagen de lo que era Chile. El mundo se había trastrocado rápidamente. Recuerdo que hice una reflexión el día sábado de esa semana: pensando que la semana anterior estaba representando a Chile en la Conferencia de los Países No-Alineados y ahora me encontraba barriendo los lavabos en una isla austral, en medio de la nieve y sometido a los insultos y maltratos de un suboficial. Algo, en realidad, increíble.

Ahora veamos la entera realidad: como dije, durante los primeros días se nos trató sumamente mal. Recuerdo que, como a los diez días de haber arribado, llegó de Punta Arenas un equipo del Servicio de Inteligencia Militar, no sólo con el afán de investigarnos y allanarnos nuevamente, sino que también con el objeto de vejarnos psicológicamente. Para lo cual nos reunieron, una noche, amontonados todos en un rincón del cerco. Se nos apelotonó como a los animales e iban sacando uno por uno, tal como los bueyes cuando se van a marcar, para luego allanarnos en el cuerpo en forma muy violenta, casi desnudos, para después echarnos a la barraca: muchos se cayeron al suelo, se embarraron; todos fuimos vejados en este acto, quizá de los más desagradables y siniestros que vivimos durante nuestra experiencia en el cautiverio. De allí comenzó nuestro vía crucis en Dawson, con altibajos: a veces con malos tratos, difíciles trabajos forzados, situaciones de injusticia, mal alimentados. A veces la cosa mejoraba porque llegaba algún oficial o suboficial menos duro, o porque el tiempo cambiaba, o porque los trabajos se tornaban menos violentos.

Todo esto duró para mi cinco o seis meses, hasta que me trasladaron el primero de febrero a Santiago. Junto con Alfredo Joignant estuvimos primero en condiciones más favorables, porque mi mujer consiguió visitas y algunas pequeñas comodidades. Pero, de repente, fui trasladado a la Academia de Guerra Aérea. Aquí la cosa cambió: se me volvió a notificar de un régimen muy estricto: que iba a pasar a un régimen de interrogatorios. Se me sacó la ropa, se me puso una especie de pijama, me quitaron los cigarrillos y todas las cosas que andaba trayendo. Se me empezó a presionar psicológicamente para que hiciera declaraciones sobre cosas que yo debiera saber y que nunca se me dijo claramente cuáles eran. De manera que yo tenia que presumir un poco qué era lo que ellos querían que yo les informara. Naturalmente, el resultado del primer escrito que hice les pareció pésimo.

Parece que entonces correspondía iniciar la segunda etapa, y, después de haberme expresado en términos bastante violentos con un oficial, que me dijo que yo seria tratado como el peor de los delincuentes si no contaba todo lo que sabia, de repente, una noche, se me vendó los ojos y se me exigió aún que durmiese con los ojos vendados. Vendado día y noche. Además, sujeto a las arbitrariedades de los suboficiales: a veces, por ejemplo, no querían que uno estuviera de pie; tenia que sentarse; otras no querían que me sentara: tenía que estar de pie, y eso, vendado día y noche.

Es bastante desagradable, como ustedes comprenderán, estar sin posibilidad alguna de tomar contacto con el mundo, sin conocer incluso si mi familia sabia dónde estaba yo y sin saber, tampoco muy bien, lo que querían los militares de mí. Felizmente, mi mujer, a través de una campaña, diríamos, tanto interna como externa que se realizó, logró vencer la incomunicación y pudo verme. En realidad esto significó frustrar el tratamiento psicológico con el cual se me quería afectar. Ahí, en la situación en que yo me encontraba, le dije a mi mujer, en la primera visita, que me encontraba vendado día y noche y que me la habían sacado sólo para la visita. Desde ese momento ellos se vieron en la imposibilidad de continuar ese tratamiento, porque se hizo público. Los contactos y vinculaciones de mi mujer le permitieron que esto llegara a ser conocido por el señor Cardenal, diplomáticos, abogados, etc. De manera que, a los pocos días, se me cambió de trato. Se me permitió vestirme, se me permitió sacarme la venda y, después de unos cuantos días, se me llevó de nuevo al regimiento Tacna. Estuve tres meses encerrado en una celda, con guardia a la puerta, sin poder salir. Obtuve, después de muchas peticiones, que se me permitiera salir, algunos días a la semana, por algunos minutos. A pesar que se me concedió esta franquicia, fue muy difícil poder llevarla a la práctica. Los guardias sostenían que se les olvidaba, que no podían, etc. Total, me acostumbré a estar encerrado durante esos tres meses que, por lo demás, me sirvieron para leer y estudiar, ya que mi mujer consiguió que permitieran el ingreso de algunos libros.

Del Tacna me trasladaron, si no me equivoco, a mediados de junio, al campo de Ritoque, donde permanecería hasta el 10 de enero de 1975.

Una noche, inusitadamente, fui informado que debía abandonar el campamento. Al día subsiguiente partí, con cinco compañeros más, con destino a Rumania.

(Testimonio recogido por mi. S. V.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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