Dawson


Fuego

Lentamente se van encarnando las hojas: el mar se vuelve de plomo y el cielo se va tornando blanco. La añoranza se apodera de la naturaleza.

La tenue brisa anímica se expresa en el blando humo de la hoguera, que lentamente se eleva hasta tocar el alto techo del soto y nos ayuda a velar durante días.

Los animales no retozan ya; se han ido los calores, y aunque el aire es aún claro, intuyen que deben prepararse para el invierno por venir. No han logrado saciarse sino muy brevemente en el rápido verano y ya sus miembros se han vuelto laxos, presintiendo el próximo descanso y las dificultades que les opondrá la futura nevazón.

El frío incipiente incita a desertar del bosque y a buscar un camino recto para corregir una curva peligrosa.

Los árboles ya han hecho su experiencia y tiritan verdes en la cercanía. Escuchan el estruendo de las hachas con los oídos de sus hojas. Sorben los golpes con las antenas de su corteza. Taladra de dolor su savia el crujiente ruido del árbol cortado o del retoño desprendido de sus raíces tiernas.

Hay pánico en el bosque y su miedo se transmite a las aves: de nuevo, se han vuelto Ħocas: desaparecen sus nidos y lugares habituales. Pero no hay rencor en el bosque y el seto nos sigue protegiendo, con su centenario rostro metálico, de la repentina llovizna que furtivamente acaba de llegar, así como ayer lo hizo con el austral ventarrón que nos aguijoneaba caras y manos.

Amarillea el bosque: los animales pierden el brillo primaveral de su pelambre; la tierra agosta las últimas briznas de pastos verdes; aún el río ensancha su lecho, presintiendo el seguro aumento de su caudal. Es el incomprensible suceder en su marcha silenciosa; el acontecer mudo y claro, elévenlo en sí, con el cual la naturaleza torna a ella misma, después de la loca eclosión primaveral y de la ebullición veraniega. Es el acontecimiento sin ruido, en el cual trabaja diariamente la gran fábrica.

Es el otoño tardío. Las diez de la mañana, hora, para nosotros, de la choca.

Estábamos conversando en el soto cuando, de repente, de vuelta del trabajo forzado, llegó Luis Corvalán con un pequeño manojo de simples ramas de coigüe: sus hojas eran rojas, terriblemente rojas. Puso el ramo frente al fuego de nuestra pequeña hoguera matutina. Todo el soto se volvió rojo y nuestras esperanzas cobraron un calor inesperado.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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