Dawson


La vida en la isla

"Esta es la isla Dawson... Pero esto no es Siberia, ni es un
campo de concentración. La madera existe en abundancia,
al alcance de la mano; para la alimentación existen
exquisiteces en las costas: llegar y salir a coger erizos y
machas y choros, cholgas, etc. Nosotros lo hacíamos por
gusto y por deporte. La avifauna es abundantísima;
cazábamos las aves con grandes redes que tirábamos desde
los sembrados y cogíamos cientos de avecillas, dejando
libres a muchas de ellas por la abundancia con que se
enredaban en las redes".

(Delia Silva Salas, en El Mercurio del 5 de octubre de 1973).

Estas notas fueron redactadas a partir de un punteo hecho por Orlando Letelier y que fue revisado por Hernán Soto y por mi. Originariamente, él lo escribió en inglés y los tres -él mismo y nosotros- lo copiamos, para asegurarnos que por lo menos una copia saldría fuera del campo de concentración de Ritoque.

Son fragmentarios y un poco en clave, ya que era necesario que cupieran en una página o, máximo, en dos. Iremos analizándolos paso a paso.

1. Llegamos a la escuela. Quiere decir: llegamos a la Escuela Militar en Santiago. En efecto, treinta y cinco dirigentes nacionales de la Unidad Popular y del Gobierno fueron detenidos en los primeros días a partir del 11 de septiembre. Apenas arrestados eran llevados a alguna unidad militar de Santiago. Entre el 11 y el 14 de septiembre los concentraron en la Escuela Militar.

2. La visita de Gonzalo. Ofrecimientos. La respuesta al día siguiente. Se trata de Gonzalo Prieto, primer ministro de justicia de la Junta fascista, quien llega a conversar con ellos tratándolos de "Señores Ministros" y les ofrece la posibilidad de ser exiliados a otro país. Todos, encabezados por José Tohá, rechazan este ofrecimiento. Exigen ser liberados o juzgados por tribunales competentes. Gonzalo queda en consultar con sus mandantes y contestar al día siguiente. Mas de Gonzalo Prieto nunca más se supo. A los pocos días, sus mandantes lo pasaron a situación de reserva. En los altos mandos se impuso la tesis de enviarlos a Dawson.

3. Viaje. Revisión en el Grupo 8. El día siguiente fue el 15 de septiembre. Fueron revisados en la Escuela Militar y a punta de metralletas e insultos se les trasladó a la Base Aérea El Bosque. Allí se les revisó nuevamente: les robaron los relojes y los encendedores. En esos días, esta operación se llamaba "botín de guerra". A los que reclamaban se les golpeó en forma brutal. Se les embarcó en un avión, uno de cuyos oficiales era brasileño. Llegaron a Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo, a las 20 horas.

4. Vendados. Entre golpes e insultos les amarraron las manos y les pusieron una capucha en la cabeza, muy apretada en el lugar de los ojos. Dividieron a los treinta y cinco en grupos de seis, siete u ocho y los metieron en tanquetas, con un guardia adentro y con la amenaza de disparar a matar al menor movimiento sospechoso. Llevaban dos días sin comer ni tomar agua. Estaban agotados.

5. El accidente de Daniel. Media noche. En la tanqueta, en que iban botados en el suelo, vendados y amarrados Tohá, Benjamín y Daniel Vergara entre otros, a un soldado se le escapó un tiro. La bala rebotó en el interior de acero y fue a herir en la mano a Daniel, el cual, con su habitual parquedad, informó: "Soldado, estoy herido en la mano". Al desembarcar de la tanqueta, ya en el interior del puerto militar de Punta Arenas, le hicieron una pequeña curación. Pese al dolor que le causaba la bala incrustada en la carne viva, Daniel no reclamaba. Después de unos días, los doctores Arturo Girón y Edgardo Enríquez exigieron que se le llevara al hospital de Punta Arenas. Así se hizo, y cuando volvió, Daniel todavía traía la bala adentro, como lo descubrió el doctor Girón. Nueva exigencia para que Daniel fuera llevado al Hospital Naval. De nuevo se hizo así, y ahora, después de un mes, le pusieron los rayos X y se constató que tenia la bala incrustada en la mano y se le extirpó; pero ésta ya le había ocasionado un daño irreparable.

6. Nadie fuma ni habla, ¿entendido? El incidente de Aniceto. Seis horas de viaje. Ya están en el interior del puerto militar: les sacan las capuchas y para llegar a la barcaza que los conduciría a la isla Dawson los hacen pasar, previamente, por ocho barcos que estaban colocados al costado de ésta: subiendo y bajando escalas, pasarelas; pasando por cubiertas resbalosas, mientras los fotografiaban de todos los ángulos.

La barcaza inició su viaje por el Estrecho de Magallanes hacia las O horas. Les advirtieron: "Nadie fuma ni habla, ¿entendido?". "¡Nadie duerme!", fue el grito que acompañó al culatazo que recibió Aniceto. Llegaron cerca de Puerto Harris más o menos a las 5,30 horas del 16 de septiembre de 1973.

7. Gran recepción. Iluminación con reflectores. La caída de Julio. Marchar. Nieve. Bajan de la barcaza en plena obscuridad, rota, intempestivamente, por los reflectores de los camiones militares. Su luz los ciega. Julio Palestro, el más antiguo de ellos, resbala y cae al mar. Sus compañeros lo salvan. Todo mojados, son sorprendidos por voces de mando y gritos: "¡Que no se escapen!" "Al primero que intente fugarse, ¡darlo de baja!" Y después: "¡Paso vivo, paso vivo!"

Era de noche. Había nevado. La temperatura era de cinco grados bajo cero. Todos iban con ropas delgadas. Muchos pensaron que en ese momento los iban a matar. Debieron caminar más o menos cuatro kilómetros hasta llegar a Compingin, primer campo de concentración. Cuatro mil metros caminando bajo la nieve, temporales y chubascos de lluvia y sobre barriales resbalosos. Los soldados corrían alrededor de la columna. Piensan que la isla es inmensa. Pasando el tiempo, se descubre que la distancia entre el lugar de desembarco y el campo de concentración era un poco más de una cuadra y que esa noche los habían obligado a marchar en redondo.

8. Declaración del capitán: prisioneros de guerra. Café. Hoteles Sheraton 8; Tupahue 27. 2 metros 50 por 5 y 4 y medio por 7. El patio: 100 metros cuadrados. Son llevados a presencia del comandante, quien les comunica que, de acuerdo con el Bando número 1, existe "Estado de Guerra" y que, desde ese momento, son considerados "prisioneros de guerra", y cualquiera insubordinación, intento de fuga o no cumplimiento de cualquiera orden sería castigado con el fusilamiento inmediato.

Bajo una gran carpa, que hace de comedor, se les da una taza de café a cada uno y se les distribuye en dos pequeños recintos. El primero se llamó Sheraton y el segundo Tupahue.

La barraca estaba rodeada, por dos costados, por alambres de púa y por los otros dos lados corría una muralla de calaminas o planchas de zinc, puestas unas sobre otras, hasta una altura de 3,5 metros. Tenia por objeto separarlos de los prisioneros de Magallanes.

El recinto más grande disponía de una pequeña estufa, que no alcanzaba a calentarlo, dado que constantemente llovía, granizaba o nevaba. El techo tenia una pequeña ventana: cuando nevaba, la nevisca pasaba por entre los bordes del plástico y caía un levísimo polvo de nieve sobre aquellos que estaban debajo de la ventana. Además, tenia una pequeña puerta que se cerraba por fuera a las 20 horas. La primera noche casi se ahogaron, dado que, como disponían de un espacio de un metro cuadrado por persona, se habría necesitado alguna ventilación; pero no se permitirá ningún sistema de ventilación. En días sucesivos se permitió hacer, con una broca, tres agujeros en la puerta. Para las necesidades físicas, se colocó un tacho a la entrada, que todas las mañanas amanecía casi lleno con los orines; lo que se llamaba "hacer la corta".

9. Fogatas en el medio del patio. Lavarse con el agua sucia del canal y esta misma agua sucia se debía beber. Construcción de baños. Se les permite hacer fogatas en el medio del patio, porque debían levantarse a las 7 horas cero cero y no podían salir fuera del patio.

El agua que bebían, con la que hacían el aseo, lavaban la ropa y la loza era de un riachuelo cuya parte anterior servía de letrina a los soldados. El agua se sacaba con baldes del caudal y se echaba en cuatro lavaplatos que estaban empotrados en la muralla, a plena intemperie. Muchas veces, dentro del balde venían excrementos.

Al levantarse, a las siete horas cero cero, debían salir corriendo en grupos de a cuatro a lavarse, ya sea bajo la lluvia, ya sea bajo la nevada. La tierra se ponía resbaladiza, especialmente cerca del riachuelo. En una ocasión, con el apuro, el doctor Gijón perdió el equilibrio y cayó al caudal. Debió quedarse con la ropa mojada hasta las 10 de la mañana, hora en que se permitía encender la hoguera. Además, todos andaban casi sólo con lo puesto.

Dirigidos por Lawner, Matte y Matus, comienzan a construir sus propios baños. Don Edgardo Enríquez es designado delegado.

10. El que se equivoca paga con flexiones. Sólo números, no el nombre propio. Al caer el crepúsculo se efectúa el primer allanamiento en busca de armas. Se les arrincona en la muralla de zinc y, de a uno, bruscamente, los van revisando. Saltan los botones de los paletees, de las camisas. Al que reclama o no se abre rápidamente la ropa se le castiga con diez o veinte flexiones: "¡Pagúeme diez!", con las manos apoyadas en el suelo; o bien se le tiene una hora parado en las puntas de los pies y con los dedos de las manos apoyados en la muralla. Las únicas armas que se encuentran son fósforos, lápices y lapiceras.

Se les prohíbe llamarse por sus nombres; sólo deben llamarse por el número correlativo que les ha correspondido. Si alguno se olvidaba y llamaba a otro por su nombre y era sorprendido: "¡Pagúeme diez!"

Desde el punto de vista psicológico, el sistema carcelario contemplaba la reducción brusca del campo visual de los prisioneros, de modo que llegaran a considerar como normal el vivir en un espacio reducido, que se acostumbraran a vivir fuera del mundo, como muertos. Aún se daba el caso que se miraba a los alambres de púas y no se veían. A veces, dos o tres pajaritos parados en los alambres de púa eran la certeza que éstos estaban aún allí.

En Dawson los prisioneros recibieron, con el andar del tiempo, distintas denominaciones oficiales. Para el comandante: "prisioneros de guerra"; inmediatamente después: un simple número; para Pinochet, cuando fue a Punta Arenas: "delicuentes". Para el coronel Espinoza, en sus dos viajes a la isla: "confinados" y "señores detenidos". Para el teniente Weidenlaufen: "prisioneros" y después "ciudadanos".

Están conversando José, Osvaldo Puccio, hijo, de diecinueve años, y Benjamín. Un soldado cree escucharlos "hablar de armas".

Son sacados a las cuatro de la mañana a un bosque cercano y se les dice que van a ser fusilados. Se representa toda la escena. En la barraca se escuchan las órdenes, se siente el cerrar de los cargadores y se escuchan los disparos. Osvaldo Puccio, padre, enfermo del corazón, está desesperado. Después de una hora, se abre la puerta; entra un oficial y después deja entrar a los tres "fusilados". Estos se habían comportado con "aquella dignidad sensata", que se hará proverbial de los "dawsonianos".

Al atardecer siguiente están comiendo las consabidas lentejas. La carpa que les sirve de comedor apenas resiste los vientos del Polo Sur. Su parte inferior no queda amarrada al suelo para que los soldados, armados siempre de metralletas, los puedan vigilar. El viento arrecia. De repente corta el cable de la luz y todo, en la carpa, queda en un obscuro silencio. Rodean la tienda todos los soldados de la guardia:

-Vienen los guerrilleros a liberarlos.

-Al que se mueva, tiro con él...

-Mi teniente, ordene una garráfaga general...

-Acabemos con estos desgraciados...

Son minutos interminables. Nadie habla o se mueve bajo la carpa. Solamente se escucha el viento sur colándose entre sus piernas. De improviso llega la luz. Se retira la mayoría de los soldados: queda la guardia permanente. Continúan comiendo las lentejas.

11. Se llevan a Erik y Carlos. "Caballo loco". Un músico ha muerto. Llegamos el veinte. El 19 de septiembre de 1973 se llevan de vuelta a Santiago a Erick Schnacke y a Carlos Lazo.

Un sargento, denominado por los presos "Caballo Loco", en inglés Crazy Horse. para que no entendiera, demuestra gran afición por la música; pero, en él, el músico había muerto hace tiempo. En cambio, tenia un lenguaje muy particular: para él, tácito quería decir "explícito"; taxativo quería decir "claro", y condicional, "no claro", "confuso".

-Para mi está taxativo que quieren que el "trabajo sucio" lo hagamos "los cosacos".

-Está tácito, mi sargento.

Los siete prisioneros de guerra de Valparaíso llegamos el 20 de septiembre de 1973. Mientras volábamos en el avión que nos traía de Quintero a Punta Arenas, hacíamos planes inverosímiles. Le advertimos a Tacchi que no fuera a decir que su profesión era armero, que repitiera lo que decía su carnet de identidad: comerciante minorista.

El segundo comandante nos recibió en Dawson. Pasadas las tradicionales advertencias de fusilamiento, nos pregunta la profesión de cada uno. Y Ariel:

-Armero, señor, y si...

-Mire, señor, aquí no hay sí que valga, ¿entendido?

Después, cuando le reprochábamos esta respuesta, repetía: "¿Qué quieren que haga? Armero fue mi abuelo, armero fue mi padre, armero soy yo... No sé hacer otra cosa". "¿Y tú no estarás aquí por poeta?", me interrumpe en otra ocasión.

En la enfermería del Compingin, en presencia del doctor Girón, todos fuimos revisados físicamente y quedó constancia de las torturas que habíamos sufrido en la "Esmeralda".

Apenas pudimos conversar con los demás prisioneros, Puccio y Kirberg nos regalaron cigarrillos.

12. Nos levantamos a las 7 horas. A las 20 horas debíamos estar acostados. El Himno Nacional. A las 7,55 horas: formación en dos filas y a veces en tres. A las 8 horas cero cero empezábamos a cantar el Himno Nacional. Mañana y tarde (a las 18 horas cero cero, por las tardes) lo seguiríamos haciendo por mes de dos años.

En ciertas circunstancias, cuando llovía no era obligación formarnos. Alternativamente esta orden se cumplía o no. Todo dependía de si estaba anunciada alguna visita. A varios de los prisioneros de Valparaíso sólo nos trajeron con lo puesto. Lucho Malte nos pasaba calcetines o cigarrillos. En la barraca grande del campo de Río Chico, a escondidas, nos colocaba paquetes de cigarrillos bajo la almohada. Aniceto nos regaló ropa gruesa para el frío.

Todos nos organizamos en grupos de a tres para el aseo de la loza: traíamos agua en gamelas o en un fondo y ahí lavábamos los pocillos.

El 25 de septiembre, al formarnos para cantar el Himno Nacional, nos fijamos que el cabo que debía izar la bandera, después de haberla alzado hasta el tope, la arrió y la dejó a media asta. Después el oficial nos comunicó que se había decretado Duelo Nacional porque había muerto el poeta Pablo Neruda. Al otro día, y a esta misma hora, le rendimos homenaje con un minuto de silencio. El día subsiguiente hicimos lo mismo en memoria del Presidente Allende.

13. Después de una semana se permite la primera caminata. Movimientos en el patio. Ir a las barracas. Orlando y Benjamín reciben una advertencia. La caminata se hizo hasta el cercano mar. El sargento "Malacueva" iba a cargo del pelotón. Mientras mirábamos la mar, el "Malacueva" nos hacia los puntos con su metralleta:

-Ah. ¡Cómo los odio! Ustedes me miran con cara de odio, pero yo los odio más a ustedes.

Ninguno de nosotros le respondía. Le daba más rabia. Nos hace cantar el "Himno de las Américas", pero sin mencionar a Cuba, que era reemplazada por "Mm, Mm y Panamá".

Teníamos que dirigirnos a él para pedirle fuego. Hasta ese momento no teníamos derecho a fósforo. Del mismo modo que no teníamos derecho a nombre. Este último derecho lo recuperamos solamente después de un mes de lucha.

En forma paulatina logramos reobtener el derecho a fósforo, o sea, el poder tener una caja de fósforos; el derecho a lápiz, es decir, usar los lápices o lapiceras particulares (para escribir las primeras cartas se nos pasaba, a cada uno, una hoja de papel y, a todo el grupo, cinco lápices, que, después de escritas las cartas, debíamos devolver); consecuentemente, recuperamos el derecho a carta. Las cartas no se podían cerrar: debían ser entregadas abiertas para que las revisara la Censura. Para los efectos de la correspondencia, el estafeta denominó Sierra a los prisioneros de Santiago y Vela a los de Valparaíso. Por último conquistamos el derecho a libreta, la posibilidad de tener un cuaderno en el que podíamos tomar notas de los libros que leíamos. El cuaderno tenía las hojas numeradas y no se podía sacar ninguna. Mientras estuvimos en Compingin fueron revisados dos veces.

Al llegar de la caminata se nos hace ir de un lado para otro del patio. De repente:

-¡Todos a las barracas!

Después de tenernos encerrados veinte minutos se nos deja salir. Días más tarde supimos que eran los compañeros Ecos que volvían del trabajo forzado y los militares no querían que nos viesen.

Se llama a la guardia a Orlando y a Benjamín:

-Tengan mucho cuidado. Esta es la última advertencia.

-Pero, por qué causa...

-Ustedes estaban hablando de política adentro de la barraca. Así lo ha informado un soldado de Chile.

-¿Cómo supo que éramos nosotros?

-El les conoció la voz.

-Pero si es la primera vez en la vida que nos ve...

-No me importa; esta es la última advertencia.

14. El trabajo forzado intensivo empezó a los diez días de llegar a la isla, vale decir, por el primero de octubre. Unos debíamos ir al bosque por leña para la cocina y la estufa. Había que cortar los troncos, desramarlos y, finalmente, llevarlos al hombro al campo de concentración, donde procedíamos a trozarlos con las corvinas. Otros empezaron a colocar postes de teléfonos con su respectivo alambre: colocarían treinta y cinco kilómetros de postes en los ocho meses. Para enterrar los postes se requería hacer el hoyo, poner parado el poste, colocarle en la base piedras especiales, pegarles con el pisón, para que lo afirmaran bien; después, echarle una capa de tierra y otra de piedras y, por último, una capa de tierra que era pisoteada hasta darle la consistencia necesaria. Enrique, como buen ingeniero, era exigente en las medidas necesarias. Para llegar a los lugares de trabajo había que hacer largas marchas: siete kilómetros de ida y siete kilómetros de vuelta.

15. Algunos días más tarde llegan periodistas de Punta Arenas. Les reclamamos de nuestra situación. Se disculpan que no pueden hacer nada por la censura de prensa. Mientras cantamos el Himno Nacional toman una foto que, publicada primero en la revista Vea, da después la vuelta al mundo. Comenzamos a escuchar Radio Moscú.

16. El día 12 de octubre nos dan, de día, la luz eléctrica en la barraca para que nos afeitemos. Gran extrañeza de nuestra parte. Tanto más cuanto que pocos momentos antes había venido un oficial y había ordenado el reagrupamiento de los treinta y dos que estábamos en el Tupahue. Sacaron más o menos a diez y los pusieron en otra barraca pequeña, que se llamó Valdivia.

Terminadas de "amartillar" las literas, vale decir, que en la frazada "diera bote una moneda", llegó como a las 9 horas el "Malacueva" con su pelotón. En vez de llevarnos a los lugares de los trabajos forzados nos condujo a una cancha de fútbol, en la cual solamente jugaban los militares. Se inició una partida de fútbol. En eso, un jeep se acercó suavemente a la cancha. Descendieron el comandante Fellet y unos señores de civil, que resultaron ser representantes de la Cruz Roja Internacional. Estos últimos obtienen permiso para conversar con nosotros, sin la presencia de militares. Se abre una pequeña discusión sobre si debemos mostrar las huellas de las torturas en nuestros cuerpos. Nos abrimos la camisa y los pantalones y el doctor de la Cruz Roja Internacional pudo constatar los hematomas que aún persistían en nuestros cuerpos. Después nos aclaran que lo único que pueden hacer es exigir que se apliquen correctamente los acuerdos de la Convención de Ginebra sobre los Prisioneros de Guerra. En este sentido nos informan que, por primera vez, se les ha entregado la lista con nuestros nombres. Esto ya es una pequeña o gran seguridad. Todo dependerá de la solidaridad nacional e internacional. Les reclamamos de las condiciones antihigiénicas en que estamos.

Al día siguiente se nos permite obtener agua limpia de lluvia, que empezamos a captar desde las canaletas del techo hacia un tonel que nos conseguimos. El 15 nos permiten tomar la primera ducha caliente y con agua limpia. Por esa fecha, Daniel es llevado a Punta Arenas a curarse la mano. El 22 de enero de 1974 recibimos la última visita de la Cruz Roja Internacional a Dawson. Después de esa fecha, Pinochet les prohibió visitarnos.

17. Recibimos la visita de periodistas de la BBC de Londres. Los oficiales muestran con orgullo las alambradas de púa que rodean el campamento. No comprenden la repulsión que esto causa a los ingleses. Los acompaña un chileno, amigo nuestro.

Se nos permite construir en el patio una pequeña cabana, que resguardaba de la lluvia y de las nevadas. Se hizo con cariño. El Crazy Horse bufaba: "¿Para qué tanto cuidado?... Cuando se vayan al otro campamento yo echaré todo abajo con un bulldozer".

Al mismo tiempo que se veían obligados a tomar algunas medidas que nosotros exigíamos, por intermedio de nuestro delegado, llevaban a la práctica otras, en sentido contrario. Como no nos permitían leer los diarios, todas las mañanas ponían recortes de la prensa con los nombres de compañeros fusilados o contra los cuales se tejían patrañas. Arrecian los ataques contra Irma de Almeyda. Esta, valientemente, les replica, y deben colocar su desmentido en los diarios.

Las puertas de la barraca siempre se mantuvieron cerradas en la noche. Un compañero tenía un tremendo y persistente dolor de muelas. Una noche le dieron ganas de "hacer la larga". Golpeó a la puerta, llamó a los guardias. Por último, al no poder aguantar más, debió excretar en el tacho de los orines. Otro, en una ulterior oportunidad, tuvo más suerte, porque, en este caso, llegó el guardia:

-¿Qué desea? (a través de la ventanilla). (Transpirando):-Deseo defecar...

-Defecar, defecar... Mejor voy a preguntarle a mi comandante.

Volvió a los quince minutos con la afirmativa; pero ya era tarde.

En las noches empiezan a simular fusilamientos de los Ecos, con los cuales, por lo demás, ya habíamos establecido contacto. Los allanamientos arrecian. Se nos prohíbe afirmarnos sobre el alambre de púa. ¿Quién lo haría?

Don Edgardo Enríquez se resiente de la salud; lo mismo Julio Palestro, José Tohá y Osvaldo Puccio. Son llevados a Punta Arenas en "el instrumento", vale decir, en una barcaza. Para este objetivo se realiza "la maniobra" con "el logístico", o sea, el camión que nos trasladaba a nosotros o traía mercaderías. Con "el instrumento" regresa Daniel. No le han extraído la bala. El doctor Girón exige que lo vuelvan a llevar al Hospital Naval; así se logra y le extraen el proyectil.

En octubre aparece el capellán José Luis. Tenia miedo de entrar a la barraca porque pensaba que lo tomaríamos detenido como rehén. El padre José Luis es una de las primeras personas humanas que conocimos en Dawson.

Por esta fecha logramos que se nos permitiera realizar actividades culturales. Se prepara un ciclo de charlas que organiza Sergio Bitar. Fernando habla de cibernética; don Edgardo, sobre las funciones cerebrales; Almeyda y yo, sobre teoría del conocimiento; José Tohá, sobre el uso correcto del idioma; el doctor Girón, sobre nociones médicas fundamentales; Enrique Kirberg, "Historia de la Iluminación"; Jorge Tapia, "Derecho Constitucional"; Jaime Tohá, "Los Recursos Forestales de Chile"; Hernán Soto, "Política Minera"; Miguel Lawner, "Planificación y Construcción de Viviendas"; Luis Matte, "Urbanismo en Chile", y Orlando Letelier, "Las Finanzas Internacionales".

18. Por el 19 de octubre llegan las primeras cartas y paquetes enviados por nuestras familias. Aunque censuradas, llenan nuestros corazones de alegría. En cuanto a los paquetes, mientras estuvimos en Compingin, éstos eran abiertos y revisados en nuestra presencia. El estafeta entregaba todo lo enviado, excepto cuando algún revisor se pasaba de diligente. Por ejemplo, a José le retuvieron un libro de Bertrand Russell. Se produce, entre nosotros, una gran discusión sobre el significado de Alicia en el País de las Maravillas. A Orlando le llega una guitarra. Acompañado de ella, cantará todos los atardeceres. Se inician nuevos tipos de trabajos: "Ir a canal": construir distintos tipos de canales en diversos puntos de la isla; se construyen bancos; se limpia el patio de colas de cigarrillos; se construye y pinta de rojo una barrera caminera, a punta de aguja e hilo de coser, se remienda la carpa, "Ir a bolones": se cargan camiones con bolones, o piedras grandes que se encontraban en las orillas de los ríos.

Los trabajos forzados adquieren nueva intensidad. Se nos lleva en "el logístico" a Puerto Harris. Se nos divide en subgrupos y empieza una explotación económica de los prisioneros políticos. "Ir a zanja": abrir una zanja de dos metros de profundidad por varias cuadras de largo para el desagüe y el alcantarillado de Puerto Harris. Usábamos chuzos y picotas para destruir las rocas que se encontraban en el fondo anegado de la zanja. "Ir a tranque": cooperar con los prisioneros de Magallanes en la construcción de un tranque de madera y despejar el cauce del río Harris, que desemboca en el puerto homónimo. "Ir a cuneta": hacer las cunetas de todas las calles de Puerto Harris. "Ir a leña" es ir al bosque Murillo a despedazar los troncos de los árboles muertos o muy viejos con hachas o con combos y cuñas, abriéndolos por sus cuadernas. Un sargento nos enseñó a derribarlos con cordeles. El Cheto era uno de los más entusiastas en cortar árboles para hacer leña. El leñador empedernido no se fijó que se le venia encima un coigüe inmenso. Le gritamos, alcanzamos a tirarlo de una mano, pero un pie quedó enredado en las ramas de los árboles que habíamos cortado antes. Las ramas lo cubrieron y el tronco lo rozó. Varios nos apresuramos a socorrerlo. Sentí su mano como la de mi padre. En la primavera, los bosques de coigüe daban digüeñes. "Ir a alambre": portar una inmensa rodela con el alambre telefónico e irlo colocando en lo alto de los postes, ayudados por una escalera. "Ir a basura menor": limpiar los alrededores del villorrio, "Ir a mierda": limpiar y quemar el basural con las excretas de Puerto Harris. Como Lucho Matte, igual que todos los demás, también realizaba algunas de estas labores, corrió la siguiente anécdota: mientras sudaba paleando mierda y desperdicios se decía a si mismo: "¿Qué diría mi tío Jorge si me viera?". (Aludiendo, naturalmente, al ex presidente Jorge Alessandri.) "Ir a pastelones" era ir al campo a sacar, enteros, pequeños rectángulos de tierra de medio metro cuadrado y con pasto y pequeñas flores. Los pastelones eran llevados a los patios de las casas de los oficiales. "Ir a turba": trabajar en capas de helechos petrificados, que semejaban tierra vegetal, y que no fermentaban, ni se transformaban en humus. Los lugares en los cuales se encontraban se llamaban turbales, "Ir a transporte" era cargar y descargar tubos de gas licuado de cincuenta kilos, cañerías de fierro y rocalit o mover a mano toda la estructura de acero de un puente. "Ir a Iglesia" era andar al Trabajo Voluntario que decidimos realizar y que consistió en reconstruir, pintar con aceite quemado y encerar toda la antigua iglesia salesiana de Puerto Harris. La sacristía tenia un ataúd que se usaba en las misas de difuntos. Algunos se acostaban en él para descansar un poco. "Aclarar el río" era sacar los troncos de árboles viejos que obstruían su cauce. Anselmo Sule, Palma, Salvo y Julio Stuardo se destacaban en el uso de combos y cuñas para abrir en cuadernas los gruesos troncos. Cuando crujía el tronco fenomenal, se terminaba de desgarrar sus cuadernas a fuerza de hacha. A veces, cuando la cuña quedaba bien ubicada en la veta principal del tronco, después de sucesivos golpes de combo, el árbol se abría, por si solo, en sus cuadernas constituyentes. En estos casos no era necesario usar el hacha.

A pesar que estos árboles quemados estaban en el cauce del río desde los tiempos del gran incendio que estremeció la isla, sus cuadernas interiores, despojadas de la corteza, estaban en perfectas condiciones y se transportaban al campamento para incrementar la reserva de madera para el invierno. Cuando los troncos estaban podridos eran quemados. Se llamaba: "Ir a incendio". Costaba mucho prenderles fuego por el constante viento que corría, hasta que Max descubrió que se podía usar el petróleo para apurar la combustión. Al tronco se le echaba un poco de petróleo en los dos extremos y, si se lograba colocarlo en buena posición respecto al viento, éste ayudaba a incrementar el efecto de las llamas. A veces, el tronco quedaba reducido, literalmente, a cenizas; en cuyo caso no entraban en acción los hacheros, actividad en la cual se destacaban Corvalán, Cheto, Flores, Hernán y Cantuarias. En todo caso, al empezar a trabajarlos, había que mover a mano los troncos que estaban en medio del cauce.

Cuando fuimos trasladados al campo de Río Chico apareció otra pega: "Ir a electricidad con california": con esfuerzo manual había que dar vuelta la rueda de una dinamo que producía electricidad.

Por extensión llamamos "Ir a calafate" cuando se nos permitía coger esta fruta silvestre de la provincia de Magallanes. "Ir a Estadísticas" era cuando se nos llamaba para preguntarnos algún dato biográfico o cuando a alguno le llegaba, individualmente, una carta, con lo cual pasaba a "estar salidor". Si otro recibía noticia sobre cualquier trámite judicial decía: "Tengo papel". Unos pocos inventaron ponerle "pe le" a sus cosas particulares.

Muchos oriundos de la isla o suboficiales, cabos y soldados nos ayudaban de una u otra manera. De varios nos hicimos amigos. Sus nombres no han sido olvidados, ni lo serán. ¿Cómo no recordar al que nos enseñó a botar los árboles con cuerdas y lazos? ¿O a aquel que nos convidaba cigarrillos en lo peor de la crisis de los cigarrillos, cuando casi todos andábamos diciendo: "Déjame la corta"? ¿O al que nos dijo que nunca una cosa muerta (el capitalismo) podría derrotar definitivamente a una cosa viva (el socialismo)? Otro nos convidó mermelada de calafate hecha por su esposa. Algunos, como muestra de confianza, nos pasaban las metralletas; nos ayudaban a limpiar los platos con arena y con agua de mar, ya que almorzábamos en los lugares de trabajo; muchos nos ofrecieron el socorro de decir sus propias opiniones. Una madrugada fuimos despertados por los soldados de la guardia nocturna que silbaban:

Somos los hijos de Lenin
y a vuestro régimen feroz
el comunismo ha de abatir
con el martillo y con la hoz.

También tuvieron un comportamiento humano algunos oficiales de las tres ramas de las Fuerzas Armadas. Como el que se fue a despedir de nosotros cuando estábamos con Anselmo. Como los que sacaron algunos de estos escritos. O como "el Capitán Bonachón", con quien tuvimos largas conversaciones; de entrada se confidenció con algunos de nosotros: "¿Saben, señores, lo que pensé cuando recién entré a este campo de concentración? Simplemente: me equivoqué de película, ésta es una película de nazis". Y poniendo los hechos a la altura de sus palabras, suspendió los trabajos forzados por los quince días que duró su guardia. En otra oportunidad, hablando en la cabana que se había construido en Río Chico, nos dijo: "Cuando fueron gobierno, ¿no se fijaron ustedes que los ultras de los dos extremos nunca se atacaron mutuamente? Cuando nosotros nos hicimos con las listas de militantes de los dos grupos, muchos nombres aparecían en ambas listas".

20. El primero de noviembre se amplía el patio más o menos al doble. Podemos lavar nuestras ropas interiores con agua caliente y hasta se permite, a un grupo, ir al mará buscar choritos.

Cuando llovía, lógicamente, todos entrábamos la ropa puesta a secar; sin embargo, Tacchi y Pintito recién se ponían a jabonarla y después salían corriendo con ella a tenderla: de este modo se enjuagaba sola, y como pasaba lloviendo...

En la Maestranza se nos hacen pequeñas herramientas para tallar piedras negras, plomas o cafés, que abundan en las playas de Dawson. Se graban signos zodiacales o religiosos y paisajes dawsonianos. Por intermedio de las visitas que recibimos se alcanzan a enviar algunas a las familias. La mayoría son "confiscadas" en los allanamientos del último mes.

21. El primero de diciembre llegan Luis Corvalán, Pedro Felipe Ramírez, Anselmo Sule, Julio Stuardo y Camilo Salvo.

De inmediato se constituye el secretariado del Partido en Dawson. Los siete comunistas nos dividimos en dos grupos de trabajo e información. Se organiza el contacto con los obreros de la construcción que trabajan en la Isla, con los camaradas de Magallanes, con el personal, y hasta con la Empresa constructora del campo de concentración. Después, en Ritoque empezaremos a cotizar.

El 8 de diciembre, para las Marías, un grupo es invitado a una misa en la iglesia de Puerto Harris.

El 15 de diciembre se van libres Budnevich y el doctor Gijón. El mismo día regresan del Hospital Naval de Punta Arenas don Edgardo, Julio Palestro y Osvaldo Puccio: traen rumores de una posible amnistía. Vista la enfermedad de don Edgardo, elegimos delegado a Hugo Miranda.

Don Edgardo, médico, ex rector de la Universidad de Concepción, Ministro de Educación del Gobierno Popular y capitán de Navío en retiro, siempre se levantaba con camisa blanca y corbata negra.

Por esos días, a uno de los nuestros se le ocurrió preguntarle: "Oiga, don Edgardo, ¿y a usted no le molesta andar en este campo de concentración con camisa blanca y corbata negra?"

No se hizo esperar la respuesta, con su característica voz ronca y bien articuladas sílabas: "Mire, hombre, una de las cosas que menos me molesta en este campo de concentración es andar todos los días con camisa blanca y corbata negra".

Se prohíbe pasar por la calle principal de Puerto Harris. Para ir a los lugares de trabajo debemos dar un gran rodeo por las afueras del pueblo.

El 19 de diciembre de 1973 somos transferidos al campo de concentración de Río Chico, la primera obra pública del régimen. Días antes había venido una delegación militar a inaugurarla. Estaban satisfechos: era un verdadero campo de concentración, pero a la chilena. En efecto, al poco tiempo el viento derriba una barraca que estaba por terminarse.

La distribución del trabajo corría a cargo de los entrepuentes. A las 9 horas cero cero llegaba a la entrada del campo cada grupo de trabajo y retiraba las herramientas. Vigilados por pelotones armados de ametralladoras, había que salir cantando el "Himno de las Américas", "El perro de mi tía", "Soy un pobre diablo", tangos o boleros. Los prisioneros de Magallanes cantaban una canción con letra y música yugoslava.

22. Para la Navidad se organiza una velada en el comedor. Se cantan villancicos. Enrique, con Puccio, hacen la parodia de un ventrílocuo. Lawner dibuja tarjetas de saludos de Pascua que todos firmamos y enviamos a nuestras familias. Aniceto canta con mucha emoción: "Si yo tuviera un martillo".

Ariel, con otros dos amigos, estudian con mucha atención el régimen de las sicigias, o sea, las variaciones de las mareas al final del año: conocen la dirección del viento; cuándo la noche es más larga y obscura, e incluso la época en que la corriente del Estrecho lleva las aguas hacia el frente, hacia Tierra del Fuego y de ahí a la Argentina. Por algo son los mejores mariscadores. Incluso piensan ir al aeropuerto y tomarse un avión con revólveres de palo pintados de negro. En Ritoque pensarán arrancarse disfrazados de ciclistas; pero, en la realidad, se dedican a la cría de gusanos de cebo para pescar. Los tenían en una caja y los alimentaban con virutas de madera. Mas un día la caja se abrió y los gusanos andaban por toda la celda. Los guardias estaban muy preocupados porque podían convertirse en mariposas gigantes y ellos podrían salir volando.

El 28 de diciembre, José Tohá vuelve a Dawson desde el Hospital Naval. Ya está muy desmejorado.

Los Ecos empiezan a trabajar en una chacra que se hizo en un costado de la costa que, por suerte, tenía microclima. Pinto trabaja en los invernaderos, que llegaban a producir dos mil quinientos kilos de tomates para el personal militar.

El 31 de diciembre de 1973 se produjo la inolvidable velada de Año Nuevo. Todos nos deseaban una pronta libertad.

Iniciamos el Club de Ajedrez y clases de inglés, francés y alemán. Clandestinamente, realizábamos discusiones políticas y sobre temas teóricos del marxismo.

El 15 de enero de 1974 queda en libertad Aniceto.

Aníbal y Camilo se especializan en cortar leña con "corvina" y lo hacen con gran rapidez y destreza.

Empieza el mes de las lentejas, en el cual las comíamos al almuerzo y a la comida. Julito Palestro, enfermo, sesenta y seis años, reclamaba verdura fresca. Un compañero le prepara una ensalada de pasto fresco, con el cual se hacía el forraje para los animales de la hacienda. Se la comió convencido que era romaza, de aquella traída por Darwin a la isla. "El pobre Julito está con la clorinda (4), ya ni se acuerda del gusto del pasto", comentó el otro Julito.

23. Llega de Santiago un tipo de Impuestos Internos a interrogar sobre los bienes de cada uno. Lo conocimos con el apelativo de Napoleón o "Cabeza de Chancho". A Corvalán lo amenazó de muerte, creyendo intimidarlo. Fue todo lo contrario. En la primera visita que hubo, de periodistas y militares, Corvalán denunció estas amenazas. Al periodista brasileño Luis Alberto Prado de Visao le dijo: "También aquel señor que se decía ser un inspector de impuestos internos me dijo que mi vida estaba en juego; este género de amenazas no me preocupa mucho. ¿Qué autoridad tienen estos señores para amenazarme? Mi único compromiso es con los trabajadores". Actitudes como éstas hicieron decir a Orlando Letelier: "La conducta de Corvalán es extraordinaria. Su fuerza de ánimo es increíble. No sé de dónde saca tanto vigor para soportarlo todo".

De Napoleón o "Cabeza de chancho" nunca más se supo.

24. Cuando Puchito cumplió veintiún años en Ritoque le regalamos un cuaderno dibujado por Miguel Lawner. Lawner representó, en Dawson y otros campos, la presencia viva del arte de la pintura expresándose aún bajo el hacha del verdugo.

Este simple, este sencillo cuaderno es el regalo colectivo de los prisioneros de Dawson al Puchito. Escribió Anselmo Sule: "A mi gran amigo, fortalecido en la calamidad transitoria de la lucha por la vida". En el cuaderno también se lee:"¡ Viva a los veintiún años de Puccio chico! Con todo el aprecio de Luis Corvalán".

La bondad, el compañerismo a toda prueba, la alegría de vivir, aun en estas difíciles condiciones, hace decir a Osvaldo Puccio padre: "La cárcel, los campos de concentración nos dieron, al margen de lo horrendo de la vida en ellos, algo muy hermoso: la fuerza, la fortaleza de la solidaridad. Esto nos ayudó a resistir los embates de la vida" (5).


Notas:

4. Expresión popular por arterioesclerosis.

5. Revista Internacional (edición chilena), Praga, septiembre de 1976 pág. 80.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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