Dawson


La hora negra

El aire está marchito. Los árboles se han achaparrado, tratando de protegerse unos con otros. Sólo el alto coigüe de la cumbre cortada a pique permanece enhiesto y valeroso. Mas él también sabe, a través de secretos sistemas telúricos, que se acerca la tormenta.

En el seto, los arbustos desprenden un blanco pelaje y el espino comienza a cubrirse de una resinosa pelusa blanca.

Las hojas del canelo se ponen pálidas y temerosas. ¿Cuántas serán arrancadas por la borrasca inminente? Incluso despiden un característico olor: el hedor del miedo, del terror pánico ante la muerte inminente. ¡Pobres últimas hojas! Cuántos dolores soportan en el breve ciclo de esta corta primavera y de este más breve verano.

¿Qué relación extraña se oculta entre la palidez cadavérica de las hojas y el revoloteo de los pájaros, anunciador de la tormenta?

El mar se va haciendo un océano de plomo: los manchones verde-azul van tornasoleándose, aplastados por las olas lilas obscuras. ¿A dónde se han ido las aves del mar?

Ellas saben lo que pasa, allá, arriba. Sienten los profundos cambios de presión; los vacíos que las ahogan han ido desapareciendo, tragados por tremendos ventarrones. Estos van descendiendo hacia el mar. Los vientecitos agradables, las brisas refrescantes y, más aún, el viento caliente que viene del Norte han sido totalmente derrotados; sólo reina el viento helado y blanco.

No obstante, el helecho enano del soto se mantiene de pie; él comprende, por conocimiento natural, que también este tiempo es un fenómeno transitorio: que hoy es la hora negra del ritmo de la vida. Los arbustos intuyen que están en el intervalo obscuro, el cual con regularidad llega y con regularidad se va.

En efecto, cada vida tiene su ritmo; cada año, cada ¡una y cada día, también. El tiempo tiene su asonancia propia y la vida se acomoda a ella. ¿O es al revés? ¿O es un equilibrio inestable que funde en uno tiempo y vida conjuntamente? ¿Acaso no pasa lo mismo en el alma del hombre? La melancolía por un sentimiento claro: la nostalgia de tierras ya vividas; los presentimientos funestos de las malas horas: las querellas y los disgustos injustificados, preparados todos ellos por el taller de los sueños y de los insomnios sobresaltadores.

Es el material elaborado en el atelier profundo y en la usina recóndita del hermano obscuro. Es la perdida identidad única, que, haciéndonos humanos, se expresa en la angustia ancestral: la infancia perdida, la fugaz juventud, la muerte inminente; son los muertos nuestros que nos están esperando silenciosos y pacientes: las soledades nos roen con sus bocas abiertas: las distintas soledades nos envuelven con su capa obscura. El yo es la angustia porque es la soledad. Son las fobias y hábitos luchando entre ellos. Todos forman la red insólita que siempre se está dividiendo en dos. Somos ambos.

Hoy, la preparación sistemática de la lluvia también obscurece los pedruscos de la playa; de una manera embozada, a ellos también ha llegado la noticia a través de sus poros y sus vetas. ¿Tal vez la portaron las liebres que corrían a esconderse al soto? ¿O se debe a la onda calórica, presagiadora y rápida, que se ha hecho presente?

Las hojas de los árboles empiezan a sudar las primeras gotas; se ha ido el último pájaro errabundo; han desaparecido en silencio los peces de la mar; el viento se detiene un minuto; brotan de las nubes tas primeras humedades; también llueve angustia en mi alma.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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