audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 7

EL PRINCIPIO DEL FIN


"Yo no quiero mi patria dividida
Ni por siete cuchillos desangrada".

Pablo Neruda - 1973

En Julio de 1973, 18 meses después de mi llegada a Santiago parecía muy bien encaminada mi gestión para obtener el título médico chileno. Había completado cuatro meses como residente de medicina interna, cuatro meses en cirugía, dos meses en obstetricia y tenía sólo que completar dos meses en pediatría para verme libre de volver a mi entrenamiento en general y a la cirugía plástica. El futuro parecía brillante y ya me veía trabajando en la unidad de cirugía plástica de uno de los grandes hospitales de Santiago.

Aunque el curso posterior de los sucesos iba a desviarme de esta ambición, todavía estoy fascinada con la cirugía plástica y encuentro que es una de las mas interesantes y satisfactorias de las muchas ramas de la cirugía. La cirugía plástica y reconstructiva no está confinada, como mucha gente cree, al trabajo cosmético. Es una especialidad altamente diestra que requiere una combinación de gran habilidad manual, inmensa paciencia y una capacidad de improvisación y diseño a un grado tal que raras veces se exige en la cirugía general, que es mas bien rutinaria. La dificultad de la cirugía plástica es al mismo tiempo, su desafío y su fascinación. La reconstrucción de un rostro; después de un accidente, o la extracción de un cáncer facial es una proeza artística que requiere la combinación de destreza del carpintero, escultor y costurera, combinados con la visión de un pintor.

Aunque siempre me he sentido atraída por el desafío de reconstruir lo roto y lo quemado y visualizaba mi trabajo futuro en reconstrucción facial y en cirugía de mano y también disfrutaba del aspecto cosmético de la cirugía plástica. La gente, las mujeres en particular, desean tanto presentar un rostro agradable al mundo que si con una hora o dos de trabajo uno puede transformar una mujer fea en una hermosa, reduciendo a un tamaño normal narices o senos grandes, esto es inmensamente; válido. También el estirar la piel del rostro, una operación relativamente fácil, puede lograr que una mujer parezca diez años más joven y la alegría y el mayor ánimo que ella obtiene valen más que un cientos de peinados o vestidos nuevos. Después de todo, en medicina nos preocupamos de la persona en su totalidad y la interdependencia de salud y felicidad es bien conocida. Es también, me parece, bueno para el cirujano (que gasta tanto de su tiempo con gente tan deforme, que sólo puede él convertir un monstruo en gente fea) tener la satisfacción y el privilegio de agregar como si dijéramos los toques finales a la producción de una obra maestra.

Suficiente para la cirugía plástica. Diez años después de recibir mi título de Oxford yo estaba de vuelta en mi escuela y, en lugar de afinar temas en los cuales yo había sido siempre razonablemente buena y con los cuales nunca había perdido totalmente el contacto, ahora tenía que volver a una rama de la medicina que siempre me había disgustado, en la que nunca había sido buena y que, muy agradecida, había abandonado once años atrás.

La pediatría, el estudio de las enfermedades del niño, es tradicionalmente un campo de la medicina en que a las mujeres les va bien. La mayoría de las chicas que estudian medicina se encantan con los niños enfermos; los colocan en sus rodillas, les hacen expertos arrumacos y sonrisas y nanas. Yo, sin embargo, no tenía tal reacción. El hecho de haber sido la hija menor de una madre excéntrica que abiertamente prefería los perros a los niños, yo nunca había ni siquiera cambiado un pañal y siempre estaba aterra da de dejar caer los bebés que mis orgullosas amigas depositaban tan tiernamente en mis brazos. No sólo me sentía tan mal o peor que un hombre con un niño pequeño, sino que además siempre he sido muy mala para la aritmética mental y, aunque parezca extraño, el cuidado de los niños requiere de innumerables multiplicaciones y divisiones escritas en la parte de atrás de un sobre o, de preferencia, en la cabeza. A causa de ser tan pequeños, los bebés y los niños hasta la edad de dos años son alimentados, provistos de líquidos, y dosificados de acuerdo con la altura y, por lo tanto, todo tiene que ser calculado en grados y milímetros por libra o kilo de bebe. Para alguien hábil en cálculos matemáticos el calcular la cantidad de sodio que se requiere para un bebe deshidratado y luego el decidir qué clase de solución salina y cuanto se necesita, y con qué rapidez darla, me parece a mí una hazaña para profesores de matemáticas superiores. Agregúese a esto el interrogar a un paciente que da alaridos sin cesar, que no contesta las preguntas más simples, que requiere de dos mujeres fuertes para sujetarlo, está constantemente mojado o sucio, y que tiene venas tan diminutas que parecen exigir la vista, paciencia y destreza de una bordadora china para encontrarlas, y tendrán ustedes mi visión de los horrores implícitos en el manejo de los bebés enfermos.

Para hacer mis estudios pediátrico yo tenía que viajar a un hospital que me quedaba a unos cuarenta minutos de distancia de mi casa. En lugar de caminar con toda comodidad hasta el San Borja, tenía que tomar ahora un bus para el centro de Santiago y otro por varias millas hacia el otro lado de la ciudad con el fin de llegar al pequeño pero bien organizado hospital infantil. El cambio en mi vida cuando empecé a trabajar en ese hospital fue mucho más grande de lo que yo me había anticipado. Sólo el viaje en bus agregó toda una nueva dimensión en mi vida.

Aunque difícil de creer, yo nunca había viajado mucho en .bus hasta venir a Chile, Como colegiala en Australia, me iba en la vieja bicicleta de mi padre hasta la estación. Cuando me titulé de doctor le compré a mi padre su viejo auto y, por los ocho años siguientes de mi vida, me sirvió como una especie de casa, maleta y abrigo de viaje. Yo tenía poco orgullo en él, como posesión, pero lo valoraba mucho como el símbolo y medio de mi emancipación. En Chile, sin embargo, un auto estaba totalmente fuera de toda posibilidad. Las múltiples demandas de manejar al otro lado (en Inglaterra se maneja por la izquierda) de lo que estaba acostumbrada, con un trafico de cuatro calzadas, en un Ford de dieciocho años de edad (el auto del padre de Consuelo) era demasiado para mí. Pero pasó más de un año antes de que adquiriera el coraje para ir sola en un bus.

Estos viajes en bus al hospital no sólo me enseñaron lo diferente que es la forma de vida de un automovilista a la del hombre de la calle, sino que además yo iba diariamente a través de uno de los suburbios pobres de Santiago y veía mucho de la ciudad y de su gente. Tal vez la caminata al hospital era lo más interesante. Tengo grabado en el corazón el recuerdo de una joven pareja anegada en llanto alejándose lentamente del hospital, llevando un chal blanco en los brazos. En Chile muchos niños mueren en los primeros dos años de vida de diarrea, bronquitis y desnutrición.

Fue mientras trabajaba en este hospital qué me vi forzada, como Tomás, a poner mi dedo en la herida de la pobreza de Chile y llegar, así, como él, a creer. El primer mes lo pasé en la sala de niños con enfermedades infecciosas. Había cincuenta camas y todos esos niños estaban desesperadamente enfermos; aquí vi enfermedades que no había visto nunca en Inglaterra donde ahora son raras a causa de los programas de inmunización.

Inicialmente, sin embargo, lo que más me impresionó fue la actitud de los otros médicos. En el San Borja yo había sido tratada de una manera amistosa y cortés por los médicos y el personal de enfermería, y había llegado a considerar que todos ellos eran mis amigos. En este hospital la atmósfera era muy diferente. Encontré que la actitud de los médicos más antiguos era fría y dura y la de los médicos jóvenes a menudo abiertamente agresiva. Pasó un tiempo antes de que me percatara que la informalidad que mi manera de vestir y de actuar me etiquetaban para ellos como "izquierdista", por lo tanto sospechaban que era una activista política. Recuerdo un joven doctor de lo más pomposo, varios años menor que yo que me dijo de que el sentarme si las sandalias mientras bebía una limonada al sol no iba con la dignidad de la profesión. Sufrí mucho en los meses que pasé en ese hospital por la actitud hostil y por la forma en que fui humillada por mi ignorancia de la pediatría chilena. Esos fueron días duros y no fui nada feliz.

Este fue, sin embargo, un tiempo muy importante para mi mayor comprensión de Chile. Cuando se admitía un nuevo paciente era mi deber interrogar a la madre. Al principio me turbaba completamente al tener que preguntar a esas mujeres si su casa era de piedra o de madera, si el suelo era de cemento o tierra, y cuánta gente dormía en cada habitación y en cada cama. Pronto aprendí que la gran mayoría de mis pacientes vivía en casas de madera con suelo de tierra, sin agua caliente, y un simple hoyo negro por excusado. Perturbadora era también las preguntas acerca de los otros hijos. Escasamente había alguna madre que no hubiera perdido uno o dos hijos de diarrea o bronquitis. Más adelante en el año, cuando trabajé en la sala de los niños menores de dos años, vi casos de desnutrición aguda: bebés de un año que todavía no se sentaban y parecían ancianos; bebés de grandes ojos hundidos, oscuros y tristes, y piel arrugada, que miraban como sin ver en el espacio y jamás sonreían. éstos no eran los deberes gordos y revoltosos a que yo estaba acostumbrada sino una raza aparte: pequeñas criaturas que parecían hombres de otro planeta. En los países desarrollados y los especialistas en niños se ocupa del problema de la enuresis, o del niño obeso, y de la multitud de defectos congénitos que afectan a la raza humana. La medicina infantil en el tercer mundo trata niños que mueren de desnutrición o de diarreas causadas por prácticas anti higiénicas de padres ignorantes, en áreas insalubres.

Hay otros problemas comunes a la gente pobre: las quemaduras, por ejemplo. Cuando yo trabajé en Leicester solíamos tener en cualquier momento media docena de pequeños con quemaduras de teteras o cacerolas derramadas, mientras que en un hospital de Santiago la sala de emergencias completas estaba llena de casos de severas quemaduras producidas por cocinas a parafina que se volcaban, y los niños que sobrevivían eran transferidos a una unidad de quemados de 50 camas para continuar el tratamiento. Durante el verano los niños morían de gastroenteritis, a causa de la contaminación de la leche, y en invierno de bronquitis y neumonías porque las casas no tienen calefacción, o de quemaduras, cuando el pequeño vuelca la estufa de parafina.

Poco a poco entré en contacto, aunque desde lejos, con un Chile donde la gente vive en casas de una habitación y, en la que había dos camas para seis personas y los bebés eran alimentados con te en vez de leche. Creo que el trabajar en pediatría en Chile ejerce un profundo efecto sobre sus médicos. La situación están espantoso que, se hacen cargo de la situación social del país, o desarrolla una especie de coraza y se sumerge en el estudio de las raras condiciones que son la preocupación de sus colegas en el exterior. Ellos tratan adecuadamente a los niños que llegan al hospital, pero no con sede en y un pensamiento siquiera al hecho de por qué vienen, o a dónde van cuando se les da el alta. Es de esta manera, algunos de los jóvenes pediatras se transforman en hábiles profesionales, con consultorios privados en los que practican la medicina al estilo europeo, con niños bien alimentados que provienen de la clase media y, en tanto que otros, diferentemente afectados por lo que ven, se pasan a la salud pública y tal vez, más adelante, a la política. No es carente de significado que Salvador Allende fuese médico, como también lo fue Bautista van Schouwen , la cabeza del MIR en el momento del golpe (el fue torturado hasta convertirlo en imbécil), y Miguel Enríquez, otro médico que procedía de una familia profesional acomodada, quien murió en 1974, cuando era el jefe del MIR, la fuerza de resistencia chilena.

Se ha estimado que más de 1000 médicos abandonaron Chile después del golpe. Más de 300 de ellos estuvieron en campos de prisioneros y más de 50 murieron. El médico personal de Allende, Danilo Bartolín, pasó nueve meses en Chacabuco, un campamento de detenidos en el desierto, antes de ser liberado y se le permitiera salir de Chile e ir al exilio. el proviene de una de las familias más ricas del sur de Chile y jamás fue miembro de ningún partido político.

En agosto 1973 empezó la segunda gran huelga general que iba a conducir a la división de Chile. La agresividad que yo captaba hacia mí solamente por manera informal de comportarme, era sintomática del creciente nivel de discordias entre los chilenos que simpatizaban con la vía al socialismo de Allende, y los que se oponían. Los argumentos amistosos de un año atrás habían sido reemplazados por una desconfianza y malestar que iban a explotar súbitamente en odio y violencia el día 11 de septiembre. En la huelga de octubre de 1972 yo había ayudado a mantener los servicios médicos y ahora, casi un año después, de nuevo vi a los médicos abandonar a los pacientes, en un esfuerzo por echar abajo el gobierno. Esta vez la cosa fue más desagradable porque, si bien en el San Borja y había habido suficientes médicos pro Allende para mantener los servicios esenciales, no fue así en el González Cortés. El hospital infantil y estaba situado en una vía densamente poblada y la gran mayoría de sus médicos se oponía al gobierno de Allende. Salas que requerían seis médicos fueron dejadas sin supervisión médica y sólo el equipo de emergencia, también terriblemente recargado, estuvo disponible para casos de urgente necesidad.

En las primeras dos semanas trabajé con otra chica que también estaba revalidando se título. Ella sabía más de pediatría que yo y entre las todos tratamos de atender a algunos de los niños. Recuerdo vivida mente un bebé que llegó muy enfermo y que estaba muriéndose, y aunque tocamos el timbre pidiendo ayuda esta no llegó hasta que fue demasiado tarde. Le di respiración boca a boca tratando de salvarle y cuando llegó el doctor después de que el bebé había fallecido, a me hizo hacer gárgaras con alcohol al 100% por que yo estaba en peligro de contagiarme con lo que fueran que tenía el niño y de lo que había muerto.

Eventualmente, el colegio médico decidió que el trabajo realizado por esas doctoras extranjeras estaba impidiendo la efectividad de la huelga y se nos prohibió la entrada al hospital. El asistente jefe venía todos los días y se sentaba en su oficina para asegurarse de que no trabajáramos.

Así sucedió aquello paseen casa el mes antes del golpe. Viviendo solo a 1 milla del centro la ciudad apenas si nos dimos cuenta de lo que se nos venía encima. Oímos a cerca de enfrentamientos en el centro la ciudad y que la policía usaba carros bombas y gas lacrimógeno para romper las demostraciones que los escolares agresivos y de los estudiantes universitarios. Ni siquiera recuerdo haber oído disparos o haber visto violencia. Gradualmente la huelga comenzó a producir un impacto en el diario vivir. La huelga de los transportistas y significó el cese del transporte de verduras y frutas del sur del país, y lo mismo ocurrió con el abastecimiento de pescado desde los puertos. A fines de agosto no habían azúcar, ni café, ni arroz, ni aceite, ni carne, ni pescado, ni detergente, ni pasta de dientes, ni jabón o papel higiénico. A causa de la huelga de los molinos que producían la harina, el abastecimiento de pan era estrictamente limitado y cuando los tallarines, el último hidrato de carbono disponible en los almacenes, empezó a escasear, yo empecé a sentir miedo por el futuro. Las con las para el pan eran inmensas y a menudo la gente perdía toda la mañana haciendo cola para obtener una marraqueta.

Así fue como la huelga quebró la moral del país: sin pasta de dientes y sin jabón es difícil mantenerse limpio, y sin el pan el hombre está hambriento. Fue un bellamente planeado ejercicio de desmoralización y, y surtió efectos. No es si en razón que yo digo esto, porque se hizo evidente, y después del golpe que la escasez se había debido no sólo a la huelga del transporte, sino que se ocultaron deliberadamente los productos. Cuarenta y ocho horas después de la caída ante el gobierno de Allende, los almacenes estaban llenos de todos los productos que habían estado faltando por más de un año. Tres días después, sin embargo, ese mismo alimento comenzó a descomponerse porque los precios se elevaron súbitamente y mucha gente fue incapaz de comprarlos.

La noche antes del golpe fue curiosa. Yo había protegido a una vecina anciana, la hermana de un viejo y senil coronel que vivía en una amable pobreza y una cierta cantidad de privaciones al otro lado de la calle. Estaba mal era muy amante de los datos y tenía dieciséis; esto no sólo así ha su casa muy poco atractiva de visitar sino que, cuando se acabó el pescado, ella no fue capaz de alimentarlos. Finalmente, y llorando a mares me pidió que la ayudara a "hacerlos dormir" y yo solemnemente llevé minino tras minino al veterinario. Al final se le acabó el dinero, así que Consuelo y yo le ayudamos con algo de éter, pero sólo para descubrir que no es por nada que se dice que los gatos tienen nueve vidas. Por fin logramos deshacernos de uno y sintiéndome enferma y llena de arañazos, volvimos a casa; buscando reconforta darnos del mal momento y nos pusimos de acuerdo para beber algo. Santiago era una ciudad con bastante vida nocturna, pero esa noche con sorpresa y notamos que todos los almacenes y restaurantes estaban cerrados: los tenderos sabían que mañana era el día D. Por esta razón, a la mañana siguiente, 11 de septiembre, muchos chicos fueron retenidos en sus casas y no fueron a la escuela, y los maridos también se quedaron en casa escuchando la radio y esperando la tormenta, mientras que los que nada sabían fueron a trabajar como de costumbre, sin soñar que había llegado el día en que los chilenos se volverían contra los chilenos, y las fuerzas armadas tradicionalmente leal apoyo del gobierno, en un espacio de pocas horas pondrían fin a 100 años de democracia. El 11 de septiembre de 1973 llevó, como lo dijo la revista Time, "el sangriento final del sueño marxista".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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