audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 6

LA VIDA BAJO ALLENDE - SEPTIEMBRE, 1972 - 73


".. crear una nueva sociedad en que los hombres satisfagan sus necesidades
materiales y espirituales, sin causar la explotación de otros".

(Salvador Allende - "El propósito de nuestra Victoria",
discurso inaugural en el Estadio Nacional, 5 de Noviembre de 1970)

Este libro no pretende ser un tratado político y aquéllos que deseen entender en profundidad las circunstancias que llevaron a derribar el Gobierno de Allende tienen numerosos libros a su disposición. Lo que yo relato es sencillamente lo que yo vi, lo que oí, y como me pareció a mí, y, con toda mi ignorancia de la política y mi ingenuidad, yo estuve allí. Viví en Santiago en un área de la clase media común y trabajé en un hospital del Estado los dos años antes del golpe, y los dos años después, hasta que me expulsaron. Mi punto de vista, por lo tanto, no es el fríamente analítico de un imparcial historiador político estudiando desapasionadamente el porqué del fracaso del primer gobierno marxista democráticamente elegido de la historia; ni es el punto de vista del revolucionario chileno de izquierda que sólo puede escribir en términos políticamente cargados, tales como "lucha de clases", "la burguesía", y "el proletariado". Es simplemente el relato de primeras aguas de una doctora inglesa que vivió allí,

Por supuesto, no puedo presentar la historia completa; esto es a lo mejor, una serie de instantáneas del Chile que yo vi y conocí, de mi Chile.

A medida que avanzaba 1972 la vida diaria se hacía cada vez más difícil. Ya había escasez de ciertas cosas cuando yo llegué, pero eso no nos afectó demasiado y, como comprendíamos por qué sucedía, lo toleramos con buen humor. Había, por ejemplo, escasez de madera de pino. Chile es rico en pino y ésta es una madera barata. Durante la época de Allende siempre había muy poco, porque mucha más gente se estaba construyendo su casa; esto significaba que no podía construir un armario para mis libros. Pero ¿qué es un armario al lado de una casa? De igual manera, la carne de vacuno era difícil de conseguir. Se dice que los hacendados del sur de Chile, cuando Allende subió al poder, sabiendo que los precios serian controlados y las haciendas expropiadas, trasladaron su ganado a través de la frontera hacia Argentina y lo vendieron. No puedo asegurar que sea cierto, pero sé que los precios de la carne fueron subsidiados y así fue puesta al alcance de la gente pobre, razón por la cual el abastecimiento se hacía con dificultad.

Los chilenos de la dase media están acostumbrados a comer carne de vacuno todos los días, y no tomaron de buen grado esta escasez. Fue a causa de eso que empezaron las famosas marchas de las cacerolas; dueñas de casa de clase media se reunían y marchaban a través de las calles golpeando sus cacerolas vacías en protesta porque no tenían nada que poner en ellas. El hecho de que hubieran podido cocinar pollo o cualquier variedad de las decenas de pescados que hay en Chile, no tenía nada que ver. Ellas querían carne de vacuno y no les importaba que si no había vacuno para ellas era porque otros chilenos estaban comprándolo; Chilenos que por generaciones habían comido tan mal que eran más bajos de estatura y de menor inteligencia que sus hermanos más ricos. Las estadísticas y tablas son muy aburridas para los doctores e ininteligibles para los legos; pero esta bien documentado que las alturas y pesos de los niños de las clases altas que viven en el área residencial de Santiago, son los mismos de los niños de Norteamérica

La altura y peso de los niños de edades correspondientes, que viven en las zonas periféricas de Santiago, caen progresivamente del promedio a medida que las áreas son más pobres. Esto puesto en términos simples, significa que los niños que están desnutridos son más pequeños y pesan menos que sus hermanos más afortunados y, si esta desnutrición se prolonga en forma severa, también se ponen estúpidos. Una observación simple pero significativa que b ce en Chile fue que me dolía la espalda cuando trabajaba en la cocina; todos los lavaplatos y superficies de trabajo que se venden en Chile están construidos más bajos que los de Europa, porque la gente que trabaja en la cocina -las empleadas - son de estatura más baja que las europeas.

Las empleadas, como clase, son mujeres de estatura baja porque provienen de una sociedad desnutrida y sin privilegio alguno.

Es difícil, para quien no ha estado nunca en el Tercer Mundo, imaginar el grado de pobreza en que algunos seres humanos viven, ríen, aman y procrean» Se puede leer acerca de ello y se pueden ver fotografías, pero no es hasta verlo con los propios ojos que se hace creíble. Este conocimiento que empieza a apuntar es una cosa terrible y creo que lleva a los hombres a la locura; la locura de decir que no es cierto, o la locura que los obliga a hacer algo pera remediarlo y entregando todo su tiempo libre, y aun su vida.

No es la vista de una casa con piso de tierra, que sirve de bogar a una familia de ocho, lo que entierra esta verdad como un puñal en el corazón: es la súbita toma de conciencia de que la gente que vive así no son miembros de alguna extraña tribu o raza de otro mundo, sino que son - personas que sienten hambre, frío y cansancio de la misma manera que nosotros»

Estas son palabras fuertes, tal vez un poco melodramáticas; pero cómo ¿en qué forma vanos a explicar la co-existencia, lado a lado, del vivir más confortable con la más abyecta pobreza? Recuerdo que un amigo, un joven abogado que es un buen hombre y un cristiano practicante, me dijo cuando discutimos un viaje que proyectaba para ir a ver a mi padre:"Vaya a Miami, a Bermuda, es tan hermoso, pero no vaya a Perú, la pobreza es tan deprimente".

Conozco otro chileno, abogado, hijo de familia rica que cuando se graduó trabajó gratis más de un año dando ayuda legal a mujeres que no lograban que sus maridos les ayudaran a mantener a sus hijos. Cada día él despejaba su escritorio de los casos, y cada mañana había otra pila similar, y así, terminado el año, él buscó medios de solucionar la raíz de esos problemas más bien que los problemas en sí mismos. Los chilenos que tienen visión hablan duramente de parches sobre trajes viejos, y están determinados a cambiar la forma de vida de su tierra para que todos los hombres tengan idénticas oportunidades.

Así es cómo actualmente Chile es un país dividido: es una tierra en que hay quienes están felices con el statu quo, como ha sido por trescientos años, y aquello que ven el hambre, la desnutrición, el analfabetismo y las miserables condiciones de vivienda como una llaga sobre el rostro de su tierra, que debe ser curado, o cortado.

Chile es un país rico en recursos naturales y debiera ser capaz de mirar hacia el futuro como un tiempo, en que toda su gente podrá vivir y trabajar en condiciones adecuadas al ser humano. El mayor recurso natural es el cobre y Chile es uno de los mayores proveedores del mundo de este metal. Las minas de cobre de Chile pertenecían a firmas norteamericanas hasta que fueron nacionalizadas bajo el gobierno de Salvador Allende. Esta nacionalización de la mayor fuente de riqueza del país fue un paso monumental, y no solamente fue aceptada en forma unánime por el Congreso, sino que no ha sido rescindida por el actual gobierno. Ese fue el año del cobre, y Chile, se puso pantalones largos, como decían los afiches. Era el principio de la libertad; la libertad de poseer sus propios recursos naturales y venderlos a buen precio, o trabajar con ellos.

América, Norteamérica, sin embargo, no estaba feliz. No me siento competente para discutir en detalle la participación de la CIA en la caída del gobierno de Allende, pero no sería correcto omitir en este contexto la mención de los documentos de la ITT. En 1972 la prensa dispuso de documentos. Eran fotocopias de cartas y memos de alto nivel, intercambiados en los Estados Unidos, discutiendo qué podría hacerse para impedir la victoria de Allende en las elecciones, y en caso de que triunfara, cómo. podía hacerse para que cayera. Pero en 1972, en Chile, yo: no sabía nada acerca de corporaciones multinacionales y el problema de las naciones desarrolladas que poseen los recursos naturales, de los países en desarrollo, comprando esos productos muy baratos y vendiéndoselos con una inmensa ganancia. El Chile que yo vi era un país vibrante, lleno de vida y esperanza, enfrentando el desafío de construir una nueva tierra y de rellenar la brecha de cientos de años entre los ricos y los pobres. Había un arte muy completo en el gobierno de la Unidad Popular: las paredes de ladrillos de los edificios de Santiago estaban cubiertos con brillantes afiches; afiches que hablaban de la unión entre toaos los hombres que trabajaban; entre los doctores y los hacendados, los mineros, los profesores, las mujeres, los constructores, los artistas y los soldados. Los afiches eran una brillante expresión de la esperanza que atravesaba fulgurante todo el país, no importaba el hecho que la gente comiera pescado cuando preferían la carne y pusieran miel o sacarina en el café, porqué no había azúcar. Habían canciones también: jóvenes compositores, especialmente Ángel Parra, hijo de una de las cantantes folklóricas más famosas de Chile y Víctor Jara, hijo de un campesino, eran los líderes de ese arte. La música popular de Chile fue escrita para su gente, por su gente, y las palabras eran ricas, en sentido y esperanza. "Venceremos" permanece en mi memoria como una de las más poderosas canciones de esa época:

"Desde el hondo crisol de la Patria
Se levanta el clamor popular.
Ya se anuncia la nueva alborada,
Todo Chile comienza a cantar.

Venceremos Venceremos,
Mil cadenas habrá que romper.
Venceremos, Venceremos,
La miseria sabremos vencer."

Pablo Neruda, uno de los dos ganadores chilenos del Premio Nobel en poesía, escribió versos para este histórico momento: un hombre mayor que había visto y sufrido mucho, y que sabía tal vez mejor que los escritores más jóvenes que el camino no sería nada de fácil, escribió tres meses antes del golpe.

"Yo no quiero la patria dividida
ni por siete cuchillos desangrada,
quiero la luz de Chile enarbolada
sobre la nueva casa construida

Yo no quiero la patria dividida
ni por siete cuchillos desangrada

Yo no quiero a mi patria dividida
cabemos todos en la tierra mía
y que los que se creen prisioneros
se vayan lejos con su melodía.
Siempre los ricos fueron extranjeros
que se vayan a Miami con sus tías.

Yo no quiero mi patria dividida
vayanse lejos con su melodía.
Yo no quiero mi patria dividida
cabemos todos en la tierra mía
Yo me quedo a cantar con los obreros
en esta nueva historia y geografía.
Yo me quedo a cantar con los obreros
en esta nueva historia y geógrafia.

A estas palabras les puso música y las cantó Víctor Jara, el notable cantante folklórico chileno que fue golpeado hasta la muerte en. un estadio de Santiago, dos días. después del golpe. El disco con su voz cantándolo e patético recuerdo del Chile de ayer.

Yo creo que lo que más me conmovió cuando llegué a Chile le fue el espíritu y el arte de los estudiantes universitarios. En las fachadas de todos los edificios de las facultades y en muchas de las grises paredes de la ciudad habían pintado las consignas del día. Esto suena ofensivo pero no lo es. Había murales pintados con amor y cuidado por jóvenes artistas en una multitud de brillantes colóres, palabras y retratos de la esperanza de Chile. A través del centro de Santiago corre el río Mapocho;. una vez fue un poderoso torrente con muros macizos de piedra construídos por los españoles para contenerlos; ahora el caudal es escaso después de un terremoto que cambió el curso del río. Las gruesas murallas construidas por los conquistadores siglos atrás, que presentaban una faz poco atractiva y vacía, fueron transformadas con inmensos y hermosos murales por una juventud encendida por una pasión, no para su propio placer, sino por la construcción de la justicia en su país.

Esta fue la revolución sin sangre de un doctor que había capturado los corazones de tantos en su país, ricos y pobres, jóvenes y viejos. Este era el año de la recontrucción: la construcción de casas, escuelas, clínicas, caminos, y paz. El esfuerzo iba a ser un esfuerzo unido y los niños escolares y sus profesores pasaban los fines de semana en las poblaciones callampas enseñando a los analfabetos a leer, o bien, pasaban sus vacaciones en campamentos, construyendo casas. Recuerdo vividamente lo que me conmovió el relato de algo que sucedió antes de mi llegada: en el invierno de 1971 ocurrió un insólito suceso en la ciudad de Santiago: nevó. Esto puede no parecer muy dramático, pero en un país donde miles de personas viven en casas sin calefacción, sin ventanas, hechas con planchas de madera y aún de cartón, esto constituye un desastre nacional. Allende cerró las escuelas un mes antes y los niños de Santiago salieron a ayudar a sus hermanos a salvar y reconstruir sus derrumbadas casas.

En Septiembre de 1972 yo estaba trabajando oficialmente en el Hospital San Borja como interna en una pequeña sala en que se cuidaba a pacientes privados. Después de seis años de cirugía yo había vuelto al trabajo de medicina interna y estaba muy feliz. Esto era parte del proceso de re-entrenamiento que me capacitaría para obtener el título médico chileno, y por lo tanto trabajar en igualdad de términos que mis colegas esos fueron días que me dejarton exhausta y eufórica. Cuando mí dedicación (al estilo britántco) al trabajo, en parte natural y en parte nacida de la determinación de hacer las cosas lo mejor posible, se hizo conocida, la pequeña sala que había sido un lugar de convalescencia se convirtió en una intensa unidad médica. Yo trabajaba de 8 am. a 10 pm. y encontraba cortos los días. El cambio de trabajar usando mi propio idioma en una rama de la medicina que me era familiar, a hacerme cargo de una sala de pacientes gravemente enfermos a quienes a duras penas podía comprender, era agotador, por decir lo menos. La sencilla tarea de tomarles la historia, el obtener la información médica relevante, que normamente habría tomado de 10 a 15 minutos, ahora me tomaba hasta cuatro horas, mientras mis pacientes y yo tratábamos de comprendernos mutuamente. Ellos eran maravillosos; confiados y totalmente tolerantes y compadecidos, mientras yo me sentaba al lado de su camas haciéndoles preguntas en mi trabajado castellano. Ni una vez se rieron de mí; es verdad que a veces nos reímos juntos acerca de muchas cosas, pero me trataron con respeto y afecto y convirtieron mi bautismo en la medicina en un placer. No fue hasta varios meses más tarde, cuándo yo pensaba que había dominado el castellano médico que me di cuenta que lo que yo hablaba era una espantosa: mezcla de chileno coloquial, una buena cantidad, del cuál había adquirido de los trabajadores en la casa.

Y así pasó que las semanas se convirtieron en meses y me acostumbré al modo de vida chileno, o más bien a mi versión de él. Para el país, como un todo, las cosas se hicieron cada vez más difíciles. La escasez de productos de consumo vital y repuestos de maquinarias estaba empezando a perjudicar a todo el mundo. A fines de 1972, casi todo lo que era esencial para vivir era difícil de conseguir. La carne era un lujo que raras veces se veía. De vez en cuando pequeñas cantidades llegaban a las carnicerías, pero las colas eran tan inmensas que no valía la pena pararse por horas para comprar un poco. Las colas se convirtieron en una forma de vida; me acostumbré a ponerme en fila hasta cuatro horas para obtener un medio litro de aceite o un paquete de detergente. Todo el espacio para estacionar del supermercado estaba lleno de gente esperando pacientemente en fila y llegaban hasta la calle y alrededor de la cuadra tan a menudo que costaba un buen rato encontrar el fin de la cola.

En las diferentes zonas urbanas la gente se aliaba para tratar de detener el mercado negro y asegurarse que los productos fueran convenientemente distribuidos. Cada zona de la ciudad y suburbios estaba dividida en áreas. La gente que vivía en un área determinada podía enrolarse y así cuando se conseguían víveres se distribuían de acuerdo al tamaño y composición del grupo familiar. Este trabajo requería largas horas de empaquetar y distribuir los alimentos, pero profesionales y obreros, hombres y mujeres trabajaban duro para asegurar una distribución racional de los alimentos y comodidades esenciales.

Lentamente mi lucha para obtener el título médico chileno iba avanzando y ganándose. En Abril y Mayo trabajé en la unidad de obstetricia del San Borja y estuve feliz de refrescar mis conocimientos de matrona. El nivel de tratamiento era alto y aprendí mucho de los doctores y de las matronas. Como es toda la medicina chilena, sin embargo, allí estaban lado a lado lo antiguo y lo moderno. Asistiendo a una clínica prenatal especial de "alto riesgo" escuché por primera vez el corazón fetal magnificado por un estetoscopio electrónico; un sonido mágico, como un caballo al galope. En otra parte del hospital sin embargo estaba la sala para el tratamiento de los 'abortos sépticos porque, en un país con el equipo más moderno, todavía hay mujeres sin educación que mueren de envenenamiento de la sangré por tratar de abortar con varillas de perejil.

En Marzo de 1973 hubo una elección general y Allende obtuvo el poder, pero a medida que avanzaba el año la vida se hizo progresivamente más y más difícil a causa del incremento de la escasez de artículos de consumo y del creciente descontento de gran parte de la clase media.

Cada noche a las diez, un grupo de mujeres bien vestidas se unía en protesta por el desabastecimiento, convirtiendo el aire de la noche en una estridencia con el golpe de tapas y cacerolas. En casa nos extrañábamos del egoísmo de la gente que no podía comprender que era mejor que todos comieran carne uno o dos días a la semana, que para un pequeño grupo comerla todos los días, mientras el resto no la tenía. No nos debamos cuenta en absoluto que estas mueres estaban tan convencidas de su derecho a una posición privilegiada que se hablan preparado para defenderla a toda costa.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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