audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 50

ADIÓS A CHILE


" ┐ Como podré irme en paz y sin dolor?".
No, no es sin una herida en el espíritu
que abandonaré esta ciudad.
Largos fueron los días de dolor que
pasé dentro de sus muros,
y largas las noches de soledad;
y ┐quién puede separarse
de su dolor y su soledad sin sentir pena?

Demasiados son los fragmentos del espíritu
que he derramado por estas calles,
y demasiadas las criaturas de mis anhelos
que caminan desnudas entré estas montañas,
y no puedo apartarme de ellos sin opresión y dolor,

No es de una vestidura de la que me desprendo hoy,
sino una capa de piel la que desgarro con mis propias manos.
Ni es un pensamiento el que dejó detrás mio,
sino un corazón, endulzado por el hambre y la sed".

(Kahlil Gibran - "El Profeta")

Unos días después, Derek Fernyhough, el cónsul y su esposa Grace, vinieron a visítarme, e Inglaterra apareció acercarse enormemente, mientras yo devoraba golosamente el pavo frío y el jamón que me trajeron, y oía las noticias de que, probablemente me liberarían el próximo lunes. Muchos de mis amigos habían venido, y esa tarde nos reímos y conversamos animadamente, como niños. Había tanta gente con quien yo deseaba hablar en privado, que lo tuve que hacer por turnos, caminando con ellos por el patio, mientras los otros se sentaban bajo el árbol hablando entre ellos.

Aunque estaba rebosante de una enorme alegría al pensar en mi inminente liberación supe que ésta, bien podría ser la última vez que yo veía a esos amigos que habían estado tan próximos a mi durante el año pasado. Mi amistad con ellos había cambiado mi vida; yo sabía que no había, vuelta y, sin embargo, ┐cómo iba a seguir para adelante sin su inspiración y su ayuda?.

El pequeño grupo de monjas y sacerdotes norteamericanos me habían enseñado la verdad implícita en la promesa de Cristo a sus discípulos: "Y cualquiera que abandone casa, o hermano, o hermana, padre, o madre, o hijos o tierras, por mí, recibirá ciento por uno, y heredará la vida eterna". (Mateo 19:29).

La de ellos era, en realidad, la locura de la Cruz: libremente habían abandonado familia, hogares confortables, carreras prometedoras, y el derecho a casarse y engendrar niños, para poder seguir a Cristo. Le habían encontrado, tal como él estaba hace dos mil años: pobre y vulnerable, viviendo en un establo entre los desposeídos, despreciado y rechazado, cazado como un animal, habiendo sido injuriado, escarnecido y escupido, azotado y llevado a la muerte, por hombres que no sabían lo que hacían.

A través de sus ojos, y caminando a su lado, yo también lo había encontrado y, como tres reyes magos, yo temía que al volver a mi Reino ya no podría sentirme cómoda:

"...en la antigua revelación, con un pueblo extraño agarrándose a sus dioses".

(T.S. Elliot - "Viaje de los Magos")

Todavía me quedaba por aprender que, entre esta gente extraña, yo encontraría otra vez al niño de Belén y al hombre de las Angustias, y que habría manos dispuestas a apoyarme y guiarme, mientras yo temblaba en mi búsqueda.

Todo el fin de semana viví la anticipación de que recibiría una notificación oficial de mi liberación, pero no hubo ninguna. Escuché ávidamente los boletines de noticias y oí, una y otra vez, que yo abandonaría Chile en el vuelo de las cuatro, de la British Caledonian, el lunes 29 de diciembre. Sin una confirmación oficial, era difícil creerlo. Ninguna de nosotras se sentía lo suficientemente segura para hacer ninguna clase de celebración de despedida. El domingo por la noche, sin embargo, nos reunimos en el patio interior, y Beatriz tocó la guitarra mientras las otras cantaban mis canciones preferidas. Una canción se había convertido en mi favorita, y yo había tomado para mi las palabras de un amante rechazado:

"Perdonaría todas las ofensa,
pero olvidarte jamás, jamás".

En la mañana del lunes, yo seguía sin noticias, pero empaqué mis pocas pertenencias en dos bolsas y traté de mantener bajo control mi mezcla de excitación y ansiedad. Las diez, las once, las doce, se había pasado la mañana, hasta que de pronto oímos las familiares palabras de la guardiana: "todas a formar".

Dentro de cada una de nosotras siempre existía un profundo temor a lo desconocido, legado de los días de tortura y súbitos viajes hacia destinos desconocidos hechos con los ojos segados con cinta adhesiva. Preocupadas y a la expectativa nos alineamos frente al coronel Pacheco, el comandante de la prisión. Sin explicaciones envió la orden: "todo el mundo al patio de visita".

Mientras nos dirigíamos hacia el edificio principal, el temor iba en aumento, porque habían corrido un rumor de que las autoridades militares estaban planeando una farsa gigantesca, una supuesta huida, para probar que las prisioneras habían cavado túneles desde sus dormitorios hasta más allá de los muros de la prisión. Se decía que ésta era una excusa para asesinar a muchos detenidos políticamente importantes, y que muchos cientos de personas de la población vecina serian rodeados y luego liberados en una espectacular amnistía.

Cuando oí este rumor por primera vez lo encontré demasiado increíble para ser tomado en serio, y después recordé los inequívocos sonidos de excavación que había estado oyendo detrás de la cabaña en que dormía, y cómo a menudo había despertado durante la noche, oyendo movimientos detrás del edificio. Recordando la cuidadosa puerta en escena de la evidencia en el caso de los 119 prisioneros desaparecidos, en la cual dos revistas extranjeras hablan sido impresas especialmente como evidencia, no era tan imposible creer. El pensamiento era aterrador y me pregunté de repente si éste sería el momento y yo no volvería a ver Inglaterra jamás.

Cuando nos íbamos, oí señor Pacheco me llamó con rudeza: "Ud. se queda aquí". Yo me quedé quieta mientras mis compañeras se alejaban, dejándome con el comandante y dos guardianas. Aunque yo sabía que esto debiera significar mi liberación, el temor y la incertidumbre eran , fuertes dentro de mí. Bruscamente me dijo que tenía tres minutos para empaquetar mis cosas, y una de las guardianas me acompañó para supervisar mis preparativos

Rápidamente me vestí con un par de blue jeans que me había regalado Sally y una blusa bordada hecha en el campamento, y estuve lista. Aún en cinco semanas parecía que yo había acumulado un montón de posesiones. Las guardiana me ayudó a llevar el poncho y una bolsa de libros, mientras caminábamos hacia las oficinas centrales. Pasamos detrás del edificio y seguimos la vereda de cemento que llevaba a la sección de los hombres y a Cuatro Alamos, y nos detuvimos súbitamente ante una puerta que jamás había notado. Conducía a un subterráneo, donde había obvias señales de construcción y, para mi horror, me dijeron que entrara.

Inmediatamente me llené, de la angustia de los días anteriores. ┐Podía ser posible que me mataran ahora, a la hora undécima?┐Iba a ser enterrada bajo el hormigón de este subterráneo, diciéndole a mis amigos que me había ido a Inglaterra? Aterrada, aferré mi crucifijo hecho en casa, que había traído conmigo, y bajé las escaleras en la oscuridad.

Mi temor, afortunadamente, fue de corta vida porque, luego de unos pocos minutos de espera,, se abrió una puerta y me dijeron que subiera al edificio. Ahora me doy cuenta que ésta fue una maniobra para asegurarse que no volviera a verme mis compañeras. Tal vez las autoridades de la prisión tenían miedo de adioses emocionales o sencillamente deseaban negarnos el placer de decirnos adiós. Cualquiera que fuera la razón para hacer esto tuvieron éxito, porque abandoné a las chicas con quienes había compartido tanto, sin siquiera una mirada, de despedida.

Una vez en el edificio, fui llevada a una gran sala de espera donde a menudo había visto al cónsul y, ya sin temor, descansé y permanecí allí mientras revisaban mis pertenencias y me confiscaban los pequeños recuerdos hechos para mí por las otras prisioneras. Por milagro me permitieron conservar la Biblia que la Cruz Roja me había regalado, y que estaba firmada por todas las prisioneras, y unos pocos otros regalos que no dejaban evidencia de que habla estado en prisión. Me confiscaron todos los dibujos y fui prolijamente revisada en forma personal, pero como no llevaba de contrabando ningún papel clandestino, no hubo incidente alguno.

Luego que se completó la revisión fui llevada a una de las oficinas, donde firmé mis papeles de liberación, formularios en que declaraba que había recibido tratamiento humado y que estaba en buena salud. Entonces me senté a esperar.

A medida que transcurrían los minutos comencé otra vez a asustarme. Cuando me trajeron de las salas me habían dicho que tenía que apurarme porque el embajador me estaba esperando, pero ahora habían pasado dos horas y supe que habían mentido. A las tres, cuando ya estaba convencida de que todo era parte de algún plan nefasto, me dijeron que mi transporte había llegado.

El embajador me había prometido que habría alguien de la Embajada para acompañarme al aeropuerto, porque el sabía que yo tenía mucho miedo, poro sólo me encontré con un joven alto que me dijo que era del CIME (Comisión Internacional para las Migraciones Europeas). Nunca lo había visto antes e, incrédula, lo acusé de ser un agente de la DINA. El me aseguró que no lo era, y que su trabajo consistía en llevarme al avión y que su auto seguiría al mío hasta que llegáramos al aeropuerto. Apenas tranquilizada, subí a la limousine negra con tres hombres armados, y partimos.

Sabía que habría mucha gente para verme partir, pues se había publicitado tanto la hora de mi partida, pero el chofer me dijo que había recibido órdenes de esperar en la vecindad del aeropuerto hasta 15 minutos antes que saliera el avión. Ahí me di cuenta de que ni partida había sido organizada para permitir el mínimo de tiempo para los adioses. Las autoridades querían que yo dejara el país con tan poca publicidad como fuera posible, y estaban determinadas a que no hubiera ninguna clase de despedidas dramáticas.

Mientras estaba ahí, sentada en el auto en las afueras del aeropuerto, pensé tristemente en Sally, Rosemary, y todas las otra amistades que me estarían esperando en la terraza, en la galería de los visitantes. Entonces, un cuarto para las cuatro apareció un vehículo del aeropuerto y me dijeron que me subiera a él. Entramos por una puerta lateral y corrimos velozmente sobre la losa hasta el salón de pasajeros, donde me dijeron que me bajara. En el breve tiempo que tuve para salir de ese vehículo y entrar al salón vi un mar de caras y me di vueltas a hacerles señas.

Adentro estaban Mr. Secondé, el embajador, y Derek Fernyhough. Me dieron el pasaje y un pasaporte temporal y, luego de un rápido adiós, salí con Derek y el hombre del CIME al bus del aeropuerto. Incapaz de contener mi excitación y alegría al ver a mis amigas, hice señas locamente hacia la multitud en la terraza. Mis dos escoltas me apuraron, pero yo me quedé parada allí lo suficiente para descubrir los rostros de algunas de mis amistades entre ese mar humano de caras y brazos que se agitaban y que habían venido a despedirme.

Afortunadamente, yo no sabía que mucha gente ha sido vuelta a arrestar, incluso a esta altura, y no comprendía porqué el cónsul estaba tan preocupado. Supe mucho después que un hermano de Mary Ann Beausire, William, había sido tomado por la policía argentina en el aeropuerto de Montevideo y devuelto secretamente a Chile, donde había estado en varios centros de interrogación.

En el bus del aeropuerto descubrí que había una ventana abierta y me las arreglé para sacar un brazo y dar un adiós final. A medida que nos acercábamos al avión, se me borraron los rostros y sólo vi un mar de brazos que se movían. Lentamente subí la rampa, y en la puerta del avión le dije adiós a Derek Fernyhough, que había sido tan bueno conmigo durante los dos meses pasados. No he leído el código de conducta que sirve como guía a los cónsules para tratar con connacionales en problemas, pero es difícil imaginar que incluyan la provisión de pañuelos para el llanto, novelas, biblias, víveres, ropas, y el cuidado de los perros de la persona, mientras ésta permanece en prisión.

Ya sentada, junté mi rostro al vidrio de la ventana y, a través de su espesor y de mis propias lágrimas, sólo vi una imagen borrosa de la gente y el país que había llegado a amar tanto; entonces, los motores se echaron a andar y nos perdimos de vista. Cuando ya estaba muy arriba, miré hacia abajo con tristeza y ansias a esa angosta faja de tierra que es Chile, esa tierra en que la guerra y la paz, la abundancia y la miseria, el odio y el amor viven lado a lado, y donde, paradójicamente, al perder mi vida, la había vuelto a encontrar.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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