audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 5

HOSPITAL SAN BORJA


" El haragán es un extraño en el curso del universo, un ser que marcha fuera de la procesión de la vida, que sigue en pos del infinito, lleno de majestad y de orgullosa sumisión".

(Kahlil Gibran - "El Profeta")

El Hospital San Francisco de Borja es un hospital en el viejo estilo colonial en el centro de Santiago, y cuando fui a trabajar ahí me espanté y encanté con lo que allí descubrí. Está construido alrededor de un patio central de césped y palmeras y plantas, y hay millas de pasadizos embaldosados, de los cuales salen las salas. De acuerdo con las normas inglesas, todo allí era muy primitivo y realmente, no muy limpio, pero el nivel real de medicina era alto y para sorpresa mía me encontré trabajando al lado de profesionales que habían hecho sus estudios de post- grado en el National Heart Hospital, de Londres, el John Hopkins de Massachusetts General, de USA,, o el Karolinska Instituto de Estocolmo. Yo quedé agregada en calidad de honoraria a un equipo de médicos generales y trabajé en particular con uno que hablaba inglés. Cada día pasábamos juntos la ronda de las salas; él examinaba a los pacientes y enseñaba a los estudiantes, traduciendo pacientemente lo que consideraba importante para mí. Afortunadamente soy una doctora entusiasta y así, aunque, hacía seis años que yo había hecho mi práctica de medicina interna, estuve feliz de volver a ver pacientes y entretenerme de nuevo en esa especie de gimnasia intelectual que es parte del proceso de diagnóstico. Siempre orgullosa y desvergonzadamente aficionada a dejar caer nombres, pretendía comprender más de lo que realmente captaba, y cuando tenía dudas mencionaba el nombre de cualquiera de . mis antiguos jefes en Oxford, todos los cuales eran figuras de relieve mundial. Fui tratada con gran deferencia, en el bien entendido que un graduado de Oxford debe saber mucho y así pude salir adelante bastante bien, en esos tempranos días.

El destino me deparó una amiga en la forma de Liza, una deliciosa chica alemana que también estaba trabajando honorariamente. Ella, sin embargo, se me adelantó, porque en tres meses hablaba muy bien castellano y, con una determinación teutónica, asistía a todas las conferencias para los estudiantes, manteniendo abundantes cuadernos de apuntes. Descubrí que también hablaba inglés, francés, ruso, italiano e indonesio, de modo que calculé que. estaba por sobre mi clase y rehusé competir.

Acostumbrada a un sistema en que había todo un cuerpo de jerarquías rígidas en el hospital, me cautivó la sociedad sin clases de nuestra unidad. Más adelante iba a descubrir que ésta era una unidad pro-Allende muy especial donde yo había caído, pero entonces pensé que asi sería la medicina chilena. Había un espíritu de amistad entre los médicos que era algo totalmente nuevo para mí. De ser "Dra, Cassidy" o, a lo mejor, "Sheila", me convertí en "la gringuita", "la inglesita". Debo explicar que todos los ingleses y norteamericanos y a menudo los europeos son conocidos como "gringos" en. Chile; supongo que será el equivalente de "wog", pero es usado cariñosamente. Acostumbrada también a un apretón de manos - ocasionalmente - cuando iba al trabajo, ahora me encontraba en una sociedad en que era abrazada y besada por cualquiera a quien no había visto durante algunos días.

Luego de un mes de "trabajar" con mi amigo médico, él decidió que yo estaría mejor en cirugía y me convertí en aprendiz de una dama cirujana plástica. Aunque firmemente convencida del lugar de las mujeres en medicina, yo secretamente siempre he preferido trabajar con hombres. La doctora Margarita era pura miel. Estaba felizmente casada era doce años mayor que yo, y procedió a adoptarme. Aunque oficialmente yo era una cirujana plástica, no había tal departamento en el San Borja, y como a Margarita le gustaba la ginecología y la cirugía general, hacía más o menos lo que quería. Trabajaba muchísimo, si bien de una manera un poco desperdigada, pues pasaba una gran parte de su vida en tránsito entre la sala, la oficina de pacientes ambulatorios y el pabellón. Yo solía andar detrás de ella para localizar la pues siempre se me perdía y los pacientes, fascinados por todas mis evoluciones, solían preguntarme: " Se le perdió la mamá, hijita? ".

Fue con Margarita con quien me vi obligada a hablar en castellano. Ella hablaba muy poco inglés por haber trabajado un año en Norteamérica, pero sólo lo usaba en emergencias. Con gran penuria, pues, comencé a tartamudear algunas frases y al escribir la evolución de los enfermos al hacer juntas las rondas. Cuando llegaba un nuevo paciente, a veces me hacían tomarle la historia, esto era una verdadera agonía, de modo que sólo me daban los casos más simples. Pero aún así me veía envuelta en problemas. Hay una historia con la que me hice famosa en el hospital, y que pierde su encanto cuando se la cuenta en inglés: cuando estaba interrogando a una dama de mediana edad para averiguar si su úlcera varicosa le picaba, le pregunté si tenía pene!. Ella se puso muy roja y yo también, y entonces toda la sala, las cincuenta enfermas que habían estado escuchando como bajo un hechizo mi desempeño, soltaron la carcajada.

Después de un mes de trabajar con Margarita pasé una noche trabajando en la Posta con Consuelo. Me atrasé para llegar a mi trabajo en el San Borja porque, al meter mi camisa , de dormir en el bolso, se me quedó cogida con la cremallera. La llevé a la mesa del desayuno y el equipo entero se ocupó de mi problema: mandaron buscar pinzas para arterias y, luego de media hora de esfuerzos combinados, mi camisa estuvo liberada, a expensas del cierre naturalmente (yo podría explicar que el daño del cierre es un rasgo común en los departamentos de emergencia en países donde los cierres han reemplazado a los botones; y mis colegas estuvieron encantados de emplear su destreza en salvar del daño a una camisa de dormir inmune al dolor, antes que a una paciente mortificada e histérica !.

Así fue que cuando llegué sin aliento al San Borja Margarita me dijo: "Gracias a Dios que llegaste. Te he prestado al Profesor U. mi antiguo jefe por un mes, tienes que irte inmediatamente a INDISA.

La clínica INDISA es un edificio alto, moderno, construido al lado del hotel sheraton, en el área rica y residencial de Santiago. Su nombre significa instituto de diagnosticó y es una altamente eficiente complejo de oficinas de médicos y de facilidades para el diagnosticó, tales como unidades rayos X y laboratorios de todas clases. Es aquí y en otras clínicas similares donde la clase media y alta de Chile reciben atención médica. Probablemente la más famosa de estas clínicas es la Santa María de tiene un servicio para pacientes interno, un servicio de emergencia-que atiende las 24 horas del día el servicio a domicilio-y se jacta de una unidad de cuidados coronarios para aquellos pacientes con afecciones de miocardio (ataque al corazón). Estas clínicas tiene en una clientela muy diferente al San Borja. Hombres y mujeres, altos y bien vestidos esperan en salones alfombrados, sentados en mullidos sillones de piel mientras que en el San Borja había siempre multitudes de gente de baja estatura y cutis moreno, de pie o sentados sobre bancos estrechos y duros. No es de extrañar que muchos médicos prefirieran sus bien remuneradas tardes tratando con toda calma a gente culta y desenvuelta, a esas terribles mañanas con una fila interminable de "rotos".

La orden de Margarita de ir a INDISA me puso en un estado de pánico. Cerré de un golpe la puerta de mi casillero, con mi abrigo, llaves y dinero dentro, y luego corrí frenéticamente en busca de alguien que le prestase dinero para el pasaje. Finalmente, jadeando y a la clínica y me presenté ante el gran hombre. El gratamente sorprendida por lo cálido de sus saludos y creí haber encontrado un amigo. El era un profesor altamente cualificado en cirugía plástica que había abandonado el trabajo de hospital y ahora sólo así ha cirugía cosmética por las mañanas. Trabajé como su ayudante durante cinco semanas y los primeros y apacibles días yo me regó de en su buena disposición y hospitalidad. El primer fin de semana fue invitada por la familia a su casa de campo de si tuve mi segundo trago de la buena vida chilena. Como muchos otros cirujanos plásticos el era un verdadero artista y su casa, de estilo colonial antiguo cuya restauración el mismo había supervisado, era sumamente bella. Había una enormidad de espaciosas habitaciones en chimeneas de piedra y techos de vigas; los colores eran de ensueño y las vigas estaban al natural iluminadas por un techo de un verde azulado intenso.

Por un fin de semana vivimos la gran vida. Comidas de tres platos eran servidas por sirvientes de uniforme blanco, y durante el día salíamos en finos caballos que nos eran traídos, impecablemente ensillados y arreglados, hasta la puerta, para esperamos. Por las tardes el profesor era aficionado a jugar bridge o ajedrez, pero como mis conocimientos y aptitud en ambos juegos eran limitados, yo no era un factor favorable. Toda la familia hablaba inglés pero, aunque conversábamos amigablemente, nunca me sentí cómoda del todo, y estuve feliz de regresar a Santiago, a mis precarias condiciones. Aunque nuevamente fui invitada el fin de semana siguiente, decliné la invitación y a medida que pasaban las semanas, mi relación con el profesor se debilitó. Como el paso del verano al otoño y luego al invierno, su trato cambió. Supongo que se hartó de mí o descubrió que le habían informado mal respecto a mi importancia. Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que primero se paso frío y luego abiertamente desagradable. Nunca olvidaré el día en que al estar cepillándome a su lado, antes de operar, me dijo: "No es la costumbre en todo el mundo que el ayudante se cepille antes que el jefe y lo espere en el pabellón?". Como yo había estado de pie por ahí para aprender y ayudar mientras él preparaba el pelo del paciente; esto me dolió pero, desde entonces, me aseguré de llegar mucho antes que él y estar de pie y en silencio en un rincón cuando él entraba al pabellón - (por cierto, este tipo de conducta servil hace tiempo que se acabó en Inglaterra).

Cuanto más intimidada estaba más temprano llegaba, y un día una paciente que esperaba empezó a decirme que ella creía que era alérgica a la anestesia local. Yo estaba escuchando lo que ella me decía cuando, de súbito, oí una exclamación de ira del gran hombre; "Cómo se atreve ud. a hablar con una de mis pacientes?". Después de eso mi vida fue una pesadilla Aterrada -por su cólera me puse más y más estúpida y él me regañaba diariamente, llegando al extremo de golpearme los dedos con los instrumentos cuando encontraba inadecuada mi asistencia, finalmente, luego de una mañana particularmente humillante, en que me desmayé en el pabellón, él me despidió porque su ayudante volvía de Norteamérica. Nunca me han despedido, antes o después, que yo haya sentido, como entonces, que era uno de los días más felices de mi vida.

Volví al San Borja a trabajar con Margarita y nos hicimos muy amigas. Ella tomó interés personal en mí y se preocupo de mi salud pues yo pasaba constantemente enferma de gastroenteritis y estaba perdiendo peso en forma alarmante. Al principio eso me halagó pero, pasado un tiempo, esta delgadez dejó de ser una broma: mis huesos aparecían por todas partes y me dolían, y me vi forzada a ver médico. Al principio se descubrió que tenía amebas y me trataron de eso, pero continué adelgazando cada día más y desfilé de un especialista a otro. Durante los dos años que siguieron fui sometida a una batería de pruebas, muchos de los cuales eran no sólo penosos sino un atentado contra la dignidad. Todo el mundo estaba exasperado porque ni me moría ni me mejoraba. Por fin en 1974 empecé a ganar peso y luego me recuperé totalmente. Aunque se me hicieron muchos diagnósticos nunca supe realmente la enfermedad que tuve.

En Junio de 1972 todavía estaba trabajando sin sueldo con Margarita, y mis perspectivas de un puesto pagado estaban muy distantes. Me vi obligada a reconocer y aceptar el hecho - me lo habían dicho en forma clarísima en Londres - de que nadie podía trabajar como doctor en Chile sin el titulo de médico chileno. Con la ayuda de un amable doctor empecé los trámites para revalidar mi título Había tenido la habilidad de traer mi diploma de Oxford y varios certificados par probar que mi entrenamiento médico había empezado quince años antes. Todos mis certificados, aún los de los primeros días en Sydney, tuvieron que ser traducidos y las firmas legalizadas. Este curioso proceso de legalización era algo totalmente extraño para mí, aun cuando, en un país encadenado por su propia burocracia, es práctica común.

Eventualmente luego de seis semanas de ir de aquí para allá mis papeles quedaron en ordena Me aconsejaron entonces no someter mi solicitud a consideración todavía, pues la ley que establecía el tiempo que los médicos extranjeros tenían que estudiar antes que les reconocieran sus títulos, estaba a punto de cambiar, y los que sabían decían que ese plazo se acortaría Las semanas se sucedían. Cada Jueves yo esperaba la decisión del comité, pero, o sucedía algo que les impedía reunirse, o se reunían y no consideraban ese tema. Yo empecé a sentirme cada vez más desesperada e impaciente, y ya en agosto exigí que se presentaran mis papeles.

El cómo la manera de vivir latinoamericana ha conducido al sistema del "mañana", en que los días se transforman en semanas y las semanas en meses, es ya difícil de explicar, pero era totalmente imposible de explicar realmente a mi padre la manera como estaba yo desperdiciando mi tiempo. Cómo podía decirle que, después de un año de estar en Chile, todavía no estaba ganando ni para mantenerme, que pesaba 98 libras y que estaba trabajando como interna en medicina general?. Peor todavía de explicar era la historia de que, aunque estaba trabajando y viviendo bajo condiciones inferiores a todo lo que habla experimentado antes, estaba enamorándome de Chile y no tenía intención alguna de regresar a casa.

Durante mis primeros seis meses en Chile, aunque todo el mundo a mi alrededor hablaba y discutía de política sin parar yo estaba demasiado ocupada en mí propia batalla por sobrevivir, para tomar interés en aquello. Consuelo me había explicado que el gobierno de Allende estaba tratando de realizar, en cinco años, el tipo de socialismo que Inglaterra había alcanzado en cien, y como yo estaba totalmente de acuerdo acerca de la socialización de la medicina, y la educación y toda otra forma de seguridad social, era partidaria sin vacilar. Nunca se me ocurrió, sin embargo, leer los diarios o tratar de comprender qué es lo que estaba sucediendo políticamente en el país. Como la mayoría de las personas con quienes trataba eran gente muy pobre, o intelectuales de izquierda, yo me había hecho la impresión de que todo el país estaba muy unido en la construcción del nuevo Chile.

A mediados de 1972, sin embargo, se produjo la primera gran huelga contra el gobierno y, para mi sorpresa, más de la mitad de los doctores del hospital simplemente abandonaron a sus pacientes y se fueron para sus casas. Nunca, en los quince años desde que yo había entrado a la escuela de medicina, ningún doctor que yo conociera había considerado siquiera el participar en una huelga, así es que yo no podía creer lo que veía. Completamente ajena a las razones de la huelga, hice causa común con los doctores y estudiantes que se reunieron para mantener los servicios funcionando. Descubrí que el cuidado médica de la parte de la ciudad donde yo vivía estaba organizado por un grupo de estudiantes de medicina del último año. Me ofrecí a ellos para ayudarlos en lo que pudiera y me enviaron a hacerme cargo de una clínica ambulatoria de un hospital cercano. Me llevaron allí en un jeep, porque no había transporte colectivo, pero resultó que allí ya había alguien a cargo, de modo que fue acordado que se me transfiriera a la clínica ortopédica. Mi conocimiento de la ortopedia es limitado, pero tengo muchos años de experiencia en trabajo con accidentados de modo que, trabajando enteramente con signos físicos y con rayos X atendía a los pacientes que se presentaron. Me he olvidado cuánto tiempo trabajé en esto, pero la huelga se prolongó durante tres semanas. Los doctores regresaron descansados, y la vida siguió más o menos como antes. Me maravillé de las buenas relaciones que subsistieron entre los hombres que habían trabajado hasta extenuarse y los otros que habían estado sentados con toda calma en sus casas no haciendo nada.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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