audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 45

LISTOS PARA SALUDARLE


"Al día siguiente volvió el principito. "Hubiera sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro- Si por ejemplo vienes a las cuatro, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance -la hora más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto: descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón. Los ritos son necesarios".

(Antoine de Saint Exupéry. "El Principito")

Los martes y viernes las prisioneras de Tres Alamos podían recibir visitas, de tres a seis de la tarde. Desde horas antes el campamento hervía en actividad y gozo anticipado. El almuerzo se comía de prisa y el cabello se cepillaba hasta que resplandecía. Luego, a las dos y media, vestidas con las ropas reservadas sólo para ocasiones especiales, ellas se alineaban en la puerta para ser revisadas como era de rigor, antes de que se les permitiera juntarse con la fila de las que esperaban ser llamadas al patio de los visitantes.

La mayoría usaba al cuello dos o tres pendientes de hueso u otro material, para ser entregados a sus amigos o familiares.

Yo no tendría idea de quién vendría a visitarme, pero le había oído a Derek Fernyhough, quien había venido el día anterior, que mis amigos estaban ansiosos esperando permiso para venir. Así, yo estaba con el corazón pleno y gozoso esperando esta reunión con esos hombres y mujeres con quienes había llegado a sentirme tan próxima. Un poco antes de las tres vino un oficial de policía con una lista y empezó a nombrar a quienes de entre nosotras teníamos visitantes porque, aunque estábamos todas agrupadas, las prisioneras que no tenían visita debían quedarse en las salas.

Me quedé allí, con el corazón palpitando absurdamente, hasta que me llamaron, y entonces me junté con la larga fila de chicas que esperaban con gran excitación para partir. Por fin se completó la lista y fuimos conducidas al patio para instalarnos ahí antes que se abrieran las puertas. Se echaron al suelo alfombras y ponchos, porque no había suficientes bancos, y entonces procedieron a abrir las grandes puertas de hierro, y se dejó entrar a la gente. Lo hicieron lentamente, porque cada uno tenía que mostrar su carnet de identidad al guarda y ser revisados, para asegurarse de que no llevaban cartas u otros objetos prohibidos. La bolsa con víveres que habían traído a la persona que visitaban tenía que ser dejada sobre una larga mesa, donde la inspeccionaban antes de entregársela al prisionero a quien estaba destinada.

Miré a la multitud que entraba y, de pronto, allí estaban Frances y Anna. Yo saltaba de impaciencia mientras que ellas pasaban la revisión, y pronto estuvimos abrazándonos efusivamente. En unos pocos momentos más se nos habían agregado Sally y Rosemary y otras dos misioneras norteamericanas. Estaban cargadas con frutas y chocolates y una pila de elementos de costura y lápices de colores que yo les había pedido a través del cónsul. Fuera de todo eso me habían traído dos libros de poesías y un breviario, el libro de oraciones, lecturas de la Biblia y los Salmos, que constituyen la plegaria oficial de la Iglesia, y la rezan sacerdotes y monjas a través de todo el mundo.

Luego de los entusiastas saludos y unas pocas presentaciones a las amigas reclusas que estaban cerca de nosotras, nos pusimos a conversar. Como un río que desborda su cauce, yo corrí sobre los sucesos de las tres últimas semanas. Estas eran amigas muy cercanas, gente con quien yo tenía ya establecida una profunda comprensión, y no deseaba ocultarles nada. De la tortura había poco que decir, aparte de que había ocurrido, pero me explayé contándoles ese increíble viaje a través de Santiago buscando una casa que no existía, y cómo me habían obligado los agentes de la DINA a conducirles al convenio. Me dijeron que Helen y sus amigas habían regresado, a USA, y con ellas se había ido también Margarita, la monja de provincia que había estado alojando con Helen cuando ella dio asilo a los fugitivos, Fue muchos meses después que supe que las tres monjas habían pasado unos pocos días muy asustadas escondiéndose de la DINA, mientras el cónsul hacía tramites con las autoridades, en su beneficio. Nunca se les ofreció asilo.

Me dijeron que los Padres Maroto, Whelan, Salas y Carióla todavía estaban en prisión, como también el Padre Daniel Panchot, un misionero norteamericano que trabajaba para el Comité de la Paz. El Padre Philip Devlin, también misionero norteamericano, que había ayudado al transporte de los fugitivos hasta la Nunciatura para asilarse y había considerado buscar asilo también para mi en la casa del Nuncio, sería deportado en los próximos días. Los sacerdotes italianos, radicados en la norteña ciudad de Copiapó, habían sido también arrestados y estaban detenidos en Tres Alamos. (En esos momentos había ocho sacerdotes católicos en prisión, uno asilado, y se había expulsado del país a tres monjas. El escándalo era inmenso, y había estado en los titulares día tras día, hasta que el Fiscal había prohibido informar sobre el caso, aduciendo que dañaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado). La ética relacionada con el hecho de si un doctor debiera o no tratar a un fugitivo herido, y si la Iglesia debiera conceder asilo a un hombre que huía de las autoridades, había sido discutida por radio y televisión, y en un programa de televisión se había hecho un abierto ataque a la Iglesia, lo que había sido contestado por el Cardenal con una vigorosa declaración por medio de la cual el hombre que había acusado a la Iglesia chilena de estar infiltrada por elementos marxistas, podía considerarse públicamente excomulgado si no se retractaba. Al día siguiente, él (Jaime Guzmán, si no me equivoco - acotación hecha por la dactilógrafa que hace este trabajo) retiró la acusación.

Las horas volaban. Aunque estábamos todos sentados en grupos bajo los árboles, cada muchacha estaba absorta en la conversación con sus visitantes. De vez en cuando, mis compañeras de prisión pasaban cerca, y entonces yo les presentaba a mis amigas. Orgullosas madres me trajeron a sus bebés para que se los admirara y, mientras yo miraba a las muchachas que llevaban en brazos a sus niños, me di cuenta, una vez mas que su sufrimiento tenía una dimensión que yo jamás compartiría y que ni siquiera habla empezado a comprender.

El problema de la separación de las madres de sus hijos es muy complejo, y el trauma sicológico que se le produce al niño al ver a su madre arrestada, y en algunos casos presenciar la tortura de sus padres, debe ser enorme. Había un pequeñuelo de cuatro años que había estado detenido con su madre en Cuatro Alamos, durante más de una semana, cuando yo estuve allí. Sus padres habían sido detenido juntos, y aunque su madre había solicitado permiso para dejarlo con algunos vecinos, esto le había sido negado. El niño y su hermanita de dieciocho meses habían sido llevados primero a la Villa Grimaldi, donde habían oído los gritos do su padre mientras lo torturaban, y luego habían sido transferidos a Cuatro Alamos. Aunque no vi a los niños mientras permanecí confinada en una celda solitaria, pude oír la voz del chiquito conversando con los guardias, y oí el llanto del bebé.

Cuando su madre fue transferida a Tres Alamos, los niños fueron entregados a sus abuelos, quienes los traían a visitar a su madre en los días permitidos. En esa época, el padre de los niños estaba "desaparecido" y se temía por su vida. El niñito parecía gravemente perturbado por sus experiencias, y sabía perfectamente que la policía se había llevado a su papito. La utilización de los niños como rehenes está bien documentada, y una cantidad de casos en que los niños han sido torturados, en un esfuerzo para hacer hablar a sus padres, ha sido informado a las Naciones Unidas. Si bien, personalmente no puede confirmar esta espantosa acusación, puedo mencionar que cuando me interrogaban los agentes de la DINA, se demostraron muy ansiosos de conocer él paradero del bebé de los Gutiérrez. Yo sólo puedo asumir que deseaban presionar a los padres.

Un poco antes de las seis los altavoces anunciaron que las visitas debían irse. Mientras decía adiós a mis amigas tuve conciencia de los tensos adioses de muchas de las mujeres: esposas a sus maridos, hijas a sus madres y, más patético que todo, a sus hijos. Para muchas, ésta era la única visita posible en tres meses, porque sus familiares vivían fuera de Santiago, y las tarifas de los trenes eran demasiado altas para poder realizar visitas más frecuentes.

Una de mis amigas era del norte de Chile, y pasó un mes antes que su madre tuviera el dinero suficiente para venir y traerle a su niño de dos años. Otra mujer tenia una familia numerosa y su marido había sido despedido del trabajo el día en que ella fue arrestada, de modo que no podía traerle a los niños a visitarla. Una y otra vez yo me daba cuenta que era muy afortunada.

Los soldados, impacientes, nos llamaron por los nombres y, llevándonos nuestras alfombras y las pesadas bolsas con los víveres, volvimos lentamente a nuestros cuartos, dándonos vuelta a cada rato para darles una última mirada a nuestros amigos y familiares que esperaban que los dejaran retirarse.

De vuelta en las salas, después que terminaron esos preciosos minutos en los que uno se había convertido en una persona apreciada, retornamos disciplinadamente a la comunidad disciplinada. Por primera vez vi el montón de recursos que teníamos a nuestra disposición, la base de nuestra economía. Tres mesas habían sido arregladas como un centro receptor, y había una chica encargada de recibir los alimentos en lata, otra para las frutas y verduras, y una tercera para los pequeños lujos, tales como cigarrillos y chocolate. Para vergüenza mía, descubrí que no me era nada fácil desprenderme de los regalos que me habían traído mis queridas amigas. No era tanto que yo deseara sentarme en un rincón y comérmelos todos yo sólita, sino que me habría gustado compartirlos con aquellas chicas que me eran más caras al corazón, mi círculo particular de amigas. Aprendí mucho en esos días acerca del vivir en comunidad y de compartir las posesiones porque, al darlo que yo tenía, debía renunciar al deseo de compartirlas como yo deseaba. Y me di cuenta cuánto gozaba en el acto de dar, y el hecho de que me agradecieran lo que yo daba me era más necesario de lo que estaba dispuesta a admitir. Era duro acostumbrarse a esa dádiva anónima, aunque no tenía problema alguno para comer las ensaladas y frutas que aparecían en la misma forma anónima en mi plato!.

No fue hasta varias semanas de vivir en Tres Alamos que realmente llegué a entender cuan profundamente estas chicas se preocupaban y apreciaban esta regla de vida. Mr. Secondé, el embajador, me trajo un regalo muy especial, unos dulces ingleses muy apreciados que venían en lata. Eran de una calidad que jamás había probado, y anhelaba compartirlos con mis amigas más cercanas. Racionalicé que sería absurdo entregar esta lata tan pequeña al caudal general., y que la mitad del placer de comer esos dulces emanaba del conocimiento de que aquí, en una prisión chilena, estábamos gustando una exquisitez inglesa muy especial. Sintiéndome un poco como Ananías, o Safira, coloqué mi botín al pie de mi litera y esa noche le ofrecí uno a Marlena, una de mis compañeras de pieza. Al principio, ella rehusó cortésmente, pero le insistí repetidamente y, por fin, tomó uno y le supo delicioso. Así vindiqué yo mi propio dulce, que me comí tranquila, y volví a la costura.

Una hora más tarde, Marlena me dijo que tenía que hablarme, de modo que me junté con ella afuera. En la creciente oscuridad nos sentamos en un banco, y ella me dijo que quería que yo supiera que estaba sumamente arrepentida de haber aceptado mi dulce. Si no hubiera estado hablando con tanta seriedad, me habría reído. Mientras estaba ahí sentada, sin saber qué responderle, ella me dijo que había traicionado el código de conducta de la comunidad y por lo tanto, se sentía muy trastornada. Traté de explicarle que yo había querido tener la experiencia de hacerle conocer a ella algo muy especial que venía de mi país, y que no había suficiente para convidarle a todas las miembros del campamento, pero ella se mantuvo repitiendo que había quebrantado la fe en el acuerdo de la comunidad de compartirlo todo.

No menos turbada, le dije que era más importante para ella aceptar mi regalo y comprender mi deseo de compartir, que permanecer fiel a su acuerdo. Absurdamente discutimos durante una hora y, finalmente, llorando ambas a mares, nos abrazamos en una ola de cálida y profunda comprensión haciendo apresurados preparativos para la cama.

A la mañana siguiente, dí los dulces a la chica que estaba a cargo de los víveres, y marqué otra lección aprendida.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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