audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 44

HEBRAS SACADAS DEL CORAZÓN


("Y ¿qué es tejer con amor?
Es tejer la tela con hebras sacadas de su corazón,
Como si su amado fuera a usar esa tela".

(Kahlil Gibran. "El Profeta")

Cada noche nos acostábamos a las once, porque, aprovechándose del pequeño poder que se les concedía, las guardianas eran estrictas para hacer cumplir las reglas de la prisión. Cualquiera que fuera sorprendida fuera de la cama, hablando, o fumando, era castigada con la suspensión de la visita de los familiares o, si se atrevía a protestar, se las confinaba un día en el calabozo, la celda de castigo.

Mientras yacía, acostada en la oscuridad, la primera noche y observaba el resplandor de esos cigarrillos prohibidos, traté de digerir las experiencias del día y me sentí agradecida de que nadie pudiera ver las lágrimas de autocompasión que corrían sin poderlo evitar por mis mejillas. Después de la comida yo había hablado largamente con Francisca, y cuando le dije que pensaba que estaría en el campamento sólo unos pocos días, ella movió la cabeza y gentilmente me hizo saber que era la opinión general que yo seguiría detenida por dos o tres meses. La miré, incrédula, mientras me decía que había llegado a la conclusión de que el gobierno de Chile no se arriesgaría a ponerme en libertad hasta que terminaran las sesiones de las Naciones Unidas, en Ginebra. La última sesión en que la Junta había sido públicamente condenada por "flagrantes violaciones de los derechos humanos" había recibido amplia publicidad en Chile, y mi liberación, creían ellos, sería demorada hasta la próxima sesión.

Sonriendo, me dijo que tres meses era un tiempo muy corto y que la mayoría de ellos estarían en prisión por un año, o más. Finalmente, con la seriedad que caracterizaba a estas jóvenes agentes del cambio mundial, ella me aseguró que la experiencia de la vida en comunidad sería muy ventajosa para mi porque, como todos ellos, tenía mucho que aprender.

Esa noche empecé a experimentar un sentimiento de conflicto que iba a atormentarme durante toda mi permanencia en Tres Alamos y que, aún en Inglaterra, no me deja descansar. Festejada y amada como la "gringa" que había sufrido por su causa y así aceptada como una de ellas, yo anhelaba ser tan centrada en los demás y tan autodisciplinada como ellas, y sin embargo me encontraba esperando naturalmente el trato preferencial, el amor y el respeto que me eran acordados. Que me dijeran que yo podría beneficiarme de un período en esta vida comunitaria espartana, con lo que ello implicaba de que yo tenía que aprender esta guerra contra la auto-indulgencia, me llenaba de una angustia que me avergonzaba, porque sabia que tenían la razón.

En cama, esa noche libré una batalla que siempre parece tan absurdamente difícil: la lucha por ser razonable. Yo sabía que era increíblemente afortunada por estar viva y que la experiencia de vivir y conocer estas muchachas era un privilegio que el dinero no podía comprar. Sabía también que, a menos que algo muy inesperado ocurriese, yo estaba a salvo y terminaría por ser liberada. Me daba cuenta también que por mucho que me gustara verme como una de este grupo de valientes mujeres, mi participación en su situación era nada más que algo temporal y superficial, porque volvería a mi país y a mis seres queridos, y a recoger las hebras de mi vida. Para mí no eran la angustia de un hermano, un padre o un novio perdido, o el conocimiento de que mi familia pasara hambre para mantenerme viva. Para mi, la liberación significaría la reunión permanente con mi familia; para mis compañeras significaba la libertad, pero también dolorosas despedidas a padres a quienes no se volvería a ver, ya que ellas tendrían que reconstruir sus vidas en algún otro país que quisiera aceptarlas. El hecho de saber lo afortunada que era no me dio ningún consuelo esa noche, y podría haberme echado al suelo y gritado como niño mimado: "quiero irme a casa".

El sueño, mágicamente rehízo el tejido de mis preocupaciones y me levanté por la mañana resuelta a aprender todo lo que pudiera de mis nuevas amistades. Tomamos desayuno en largas mesas de madera que se acomodaron en el patio, el desayuno habitual de la prisión mejoró notablemente con la adición de Nescafé al líquido indescriptible que nos mandaban de la cocina, y de margarina para el pan. Me encontraba sentada frente a la chica que me habla dado la pinza para el pelo. Era Lucinda, una chica de rara habilidad artística a la que pronto aprendí a querer por su profunda sensibilidad, eterno buen humor y amabilidad.

El desayuno fue servido por un equipo de chicas que ese día estaban de turno. Eran seis u ocho, y bajo la dirección de una de las miembros más antiguas de la comunidad y la "economista" preparaban y servían la comida y después lavaban. Era un buen sistema porque, aunque significaba un día de bastante trabajo, sólo sucedía cada ocho o diez días, ya que tedas hacían su turno por rotación.

Después del desayuno la actividad era tranquila porque se hacían las camas y se limpiaban los dientes y, luego, a las nueve, empezaba el trabajo de talleres.

Tres de las cuatro mesas de madera fueron ocupadas, cada una por un grupo de chicas haciendo una diferente artesanía. Al principio yo pensé que se trataba de terapia ocupacional, pero me explicaron que los artículos hechos se vendían y se le pagaba un salario a cada artesana, luego de reponer los materiales. Muchas de las chicas eran casadas y tenían niños pequeños; algunos de sus maridos estaban cesantes, pero una gran proporción también estaban detenidos, y algunos habían desaparecido. Los niños, por lo tanto, estaban al cuidado de los padres de las muchachas, o de los suegros y, en muchos casos, había una necesidad real de esas pequeñas contribuciones económicas.

Había cinco talleres, en los que se producían sandalias, finos artículos de cuero, artículos de crochet, juguetes y blusas bordadas. Aprendí muchas cosas de estas chicas que dirigían los talleres porque la escasez de dinero y materiales les había enseñado a improvisar de una manera que nosotros, en nuestra sociedad opulenta, hemos olvidado. Lo más importante de todo lo que aprendí, sin embargo, fue a trabajar en equipo. Siempre extraordinariamente orgullosa de mis adquisiciones, me gusta hacer cosas por mí misma y el "todo es trabajo mío" ha llegado a ser una consigna en mi familia. Por lo tanto, era algo totalmente ajeno a mí el terminar algo empezado por otro menos diestro y a menos que yo estuviera, generosamente, asistiéndole. Asimismo no me gustaba que nadie tocara mi trabajó porque, si su ayuda era diestra, yo no podía alegar que fuera obra mía el artículo terminado, y si no era lo suficientemente habilidoso, entonces temía que echaran, a perder mi obra.

Esta actitud estaba más allá de la comprensión de mis amigas. Cada una de ellas, trabajaba muy feliz, sin complicarse aparentemente por tales emociones, haciendo la parte del trabajo que mejor hacían, o que les era permitido hacer por la supervisores del equipo. De este modo, en el taller de bordados, mi amiga Lucinda trabajaba en la sección de diseño, inventando y modificando los diseños para ser bordados en las blusas, mientras que un enjambre de otras trabajadoras se esmeraban lavando los materiales, planchandolos, cortándolos y haciendo las blusas, para luego copiar los patrones en la tela. Por todo el patio, donde nos permitían trabajar las guardianas, las muchachas se sentaban, en grupos, bordando meticulosamente las blusas campesinas con finas lanas de colores. Cada viernes por la mañana, las prendas terminadas eran lavadas una vez más y planchadas eran entregadas a las familias que las visitaban para que fuesen vendidas entre el cerrado círculo de amigos de las familias de las detenidas. En 1976, muchas estas blusas fueron exportadas y vendidas en exposiciones hechas a beneficio de los detenidos, en diferentes países. Ellas son un verdadero ejemplo del trabajo artístico producido en tristes campos de detenidos a lo largo de Chile, un florecimiento en el desierto que sirve de testigo de la inextinguible llama del espíritu humano.

El ansia de crear algo hermoso arde como fuego en todas las prisiones. Mal alimentados y solitarios, en las nieves de la Isla Dawson, los primeros prisioneros políticos de la Junta: abogados, doctores, profesores, ministros de estado del gabinete del último gobierno democrático que hubo en Chile, produjeron pendientes grabados de una belleza notable, puliendo piedras que recogían del suelo bajo sus pies. Más tarde, los hombres de Chacabuco, el gran campo de concentración en el Norte Chico, hicieron anillos de cobre confeccionados con el alambre con que los habían aprisionado, y grabaron pendientes hechos de monedas sin ningún valor.

Tal vez la más fascinante y original de las artes de la prisión era el trabajo realizado en hueso. El plato nacional de Chile es la cazuela, un plato de carne hervida que se sirve con el hueso con que se ha cocido, acompañada por una papa y un trozo de zapallo. Los prisioneros descubrieron que era posible trabajar con los huesos secos, y de ahí en adelante, los familiares fueron comisionados para traer los huesos de la cazuela del domingo, los que fueron cuidadosamente lavados y secados al sol y guardados hasta cuando se los necesitara. Era un arte que exigía destreza y mucha paciencia. El objeto que iba a ser grabado se dibujaba sobre el hueso y luego se cortaba con una fina sierra. Esta operación podía tomar una hora o mas, dependiendo de la dureza del hueso y de la habilidad del trabajador. Luego se pasaba la lima para suavizarlo y, por último, papel lija, para después barnizarlo con una pasta abrasiva hecha a base de polvos de óxido de zinc o, si no había nada mejor a mano, con pasta de dientes. Sólo ciertos prisioneros encontraron este trabajo de su gusto, pero lograron producir los mas bellos pendientes entre los cuales, los diseños favoritos eran la paloma de la paz, el puño cerrado, que significa la resistencia del pueblo chileno. Yo me agregué a las grabadoras de hueso, e hice una cantidad de cruces que di a mis más caros amigos. La última y mas lograda de ellas, que no me resigné a regalársela a nadie, la llevaba al cuello cuando regresé e Inglaterra, y cuando fui entrevistada en el aeropuerto, uno de los periódicos informó que yo usaba dos cruces, una de oro y otra de marfil.

El arte que se produce en los campos de prisioneros está motivado por dos profundas necesidades humanas: el deseo de dar algo a los seres queridos, y la necesidad de expresar la multitud de sentimientos de dolor, alegría, cólera, desesperación, y una eterna esperanza siempre por florecer. Por la constante represión se he desarrollado allí un arte altamente simbólico, y oculto, a causa de los constantes allanamientos: hay dibujos y poesías en que las emociones más profundas, se expresan abiertamente. Tan estricta era la disciplina emocional auto-impuesta para mantener la moral, que no se derramaban lágrimas ni se lloraba públicamente a los seres queridos, pero los corazones se derramaban sobre el papel y se desahogaba la cólera grabando símbolos de la lucha por la libertad.

Muchos de estos poemas han sido sacados hacia el exterior y son un conmovedor testimonio de la angustia con que fueron escritos. El poema siguiente fue compuesto en Julio, 1974, en la cárcel pública de Santiago, donde los hombres eran amontonados en celdas oscuras, lugares en que cuesta mucho no sucumbir a la amargura y a la desesperación.

......

De las minas de salitre en el desierto nortino, y procedente del campo de detenidos de Chacabuco, viene el grito de un minero del carbón, a mas de mil millas de distancia de su mujer y sus hijos en la verde y sureña ciudad de Lota, cerca de Concepción:

.......

La mayor parte de esta poesía está escrita con sangre y lágrimas por los hijos, maridos, o esposas. Este es el mensaje para sus hijos de un hombre que, como muchos otros, fue hecho prisionero porque enseñaba que todos los hombres son creados iguales.

.......

[nota: los poemas, que deben figurar en el libro de la doctora Cassidy, no figuran en la copia a máquina que tengo en mi poder, razón por la cual, siento no poder incluirlos]

........

Doctores, abogados, profesores, y todos los otros profesionales que habían enséñalo que "el trabajo trae dignidad" ahora volvieron sus manos y sus corazones al trabajo manual y, casi de la noche a la mañana, los intelectuales se volvieron artesanos. Me fascinó el taller de sandalias, no sólo porque los productos terminados eran encantadores, sino por la improvisación de los materiales. Las suelas de las sandalias estaban hechas de neumáticos viejos, y los diseños sobre el cuero se dibujaban con lapiceros fuente. Diseños griegos, tomados de algún libro antiguo, eran adaptados y aplicados al cuero, y luego los colores estallaban en verdes y rojos. Cuando las plumas se secaban, eran rellenadas con colonia por las chicas, que habían descubierto que el alcohol es un solvente para la pintura.

Aunque la mayoría de las prisioneras trabajaba, no existía obligación de hacerlo, y los que no tenían necesidad de ganar dinero preferían trabajar en lo suyo. Cuando me instalé, me deleitó ver toda la gama de artesanías, porque siempre me ha gustado trabajar con las manos. Luego de años de estar demasiado ocupada, ya en estudiar o en trabajar, como para poder ser creativa, me lancé en un torrente de actividades. En los primeros días me sentí muy frustrada por la carencia de materiales porque, aunque estaba rodeada de una riqueza de telas, lanas y cuero, pronto descubrí que estaba todo comprometido, y cuando pedí sobras, descubrí que en esta económica sociedad no había sobras. Los instrumentos también estaban en gran demanda, y eran celosamente guardados por las jefas de los talleres, como precaución contra operarías inexpertas o descuidadas. No fue hasta que hube demostrado que era una trabajadora capacitada para trabajar en hueso y varios otros materiales, que se me permitió pedir prestados los preciosos cuchillos y punzones para confeccionar minúsculos regalos de Navidad con lo que caía de la horma del zapatero.

El primer día en que me instalé en el pequeño espacio que me permitieron, hice una cartera en que guardar mis variados tesoros. Estaba hecha en el estilo de los antiguos sobres para guardar zapatos, y tenía diferentes bolsillos de variados tamaños, en cuyas profundidades se me perdían a menudo mis pequeños tesoros, tales como pinzas para el pelo y restos de lápices. Con mi nombre y una gran flor brillante, aunque irregularmente aplicada encima, la clavé firmemente en el único pedazo de pared desnuda y la bauticé "guardahuifa", un nombre que es realmente divertido sólo en castellano, y significa un deposito de pequeñas baratijas.

Mientras revisaba mi nuevo hogar sentí una gran necesidad de un crucifijo. No siendo habitualmente una devota de los objetos de arte religioso, tal vez sentí que mi vida aquí estaría tan plena que en mi nueva felicidad corría el riesgo de descuidar a Dios, hacia quien me había vuelto tan instintivamente en mi dolor.

Me puse pues a la obra de marcar mi litera con el signo de la Cruz, y terminé por encontrar dos palos angostos que encolé juntos y teñí con tintura hurtada a los fabricantes de sandalias; sobre ella colgué con fragmentos de lana roja, un Cristo de cobre hecho con un trozo de descarte de alambre telefónico. Lo clavé firmemente en la parte de atrás de la litera de arriba, para tenerlo al frente cuando me acostara en la cama:

"Ud. ora en su pena y en su necesidad;
bueno sería que orara también en la plenitud de su alegría y en sus días de abundancia".

(Kahlil Gibran. "El Profeta")


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo