audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 43

TRES ALAMOS


"Y la multitud de los que bebían creído era de un corazón y un alma;
y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía,
sino que tenían todas las cosas en común"

('Hechos 4:32')

Al finalizar la mañana del Lunes 24 de Noviembre, uno de los guardas vino a la celda y, con la brusquedad que le era habitual, dijo: "Junte sus cosas". Oscilando entre el temor de la incertidumbre y la esperanza de la liberación, junté mis libros y un poco de ropa, dejando el resto para Javiera e Isabel, y les di el abrazo de adiós y le seguí a lo largo del corredor. Me llevó a la oficina, donde me encontré con dos muchachas que no conocía. Perecían estar entre los veinte y los treinta años, y estaban vestidas con blusas y blue jeans. Su largo pelo, nada limpio, parecía indicar que habían estado en prisión un cierto tiempo.

El comandante estaba de buen humor mientras revisaba y firmaba los formularios de liberación. Silenciosamente firmanos los papeles que establecían que éramos puestas en libertad en la vecindad de nuestras casas y que habíamos sido bien tratadas. Sus relojes y cadenas y cruces les fueron entregados, y el comandante se disgustó mucho al descubrir que habían olvidado quitarme los míos cuando fui transferida desde la casa correccional. Entonces nos condujo como un rebaño de ovejas por el sendero de concreto hasta la oficina principal de Tres Alamos (Nunca pude comprender del todo la disposición de esta prisión, aparte del hecho de que Cuatro Alamos está totalmente dentro del recinto de Tres Alamos, pero está rodeado por un muro muy alto, y está bajo la administración de la DINA más que de la policía).

Luego de haber sido entregadas a un policía con la inevitable ametralladora, fuimos conducidas por un largo sitio no edificado hasta unas cabanas de madera, donde nos recibió una mujer policía. La puerta estaba abierta y, tan pronto como entramos, se cerró detrás de nosotras.

No sé qué es lo que yo esperaba encontrar, pero este aparente mar de rostros sonrientes era algo totalmente inesperado. Me abrazaron y besaron y me saludaron por mi nombre hasta que quedé rendida y allí, de pronto reconocí entre la multitud a Francisca, Magdalena y Ester. Estaban tostadas por el sol, radiantes, y nos saludamos con la salvaje alegría de amigas que no esperaban volver a encontrarse jamás. Me llevaron a una mesa y, tan pronto me senté, colocaron frente a mí un plato con ensalada, indicándome que comiera.

Todavía mareada, me saqué el pelo de los ojos y pregunté si alguien tenía una pinza para el cabello. Inmediatamente la chica que estaba sentada en frente me pasó una. Este fue el principio de mi introducción a una vida donde todas las cosas estaban compartidas, y no fue sino hasta tres semanas después de estar usando esa pinza, que descubrí que era el único que esa muchacha poseía, y lo había sacado de su propio pelo para dármelo.

Mis dos compañeras estaban sentadas en otra mesa, rodeadas asimismo de amigas antiguas y nuevas, y comiendo ese almuerzo que había aparecido tan misteriosamente. No habíamos tenido ni una oportunidad de conversar entre nosotras, pero me dijeron que se llamaba Loreto y Aura, dos muchachas que habían trabajado para el Comité de la Paz y que habían sido arrestadas en represalia por los sucesos de Malloco. Descubrí que habían estado en la pieza contigua a la mía, y que eran ellas las que habían cantado el Himno a la Alegría con Javiera, Isabel y yo cada tarde, cuando los guardias andaban por otro lado. Era con ellas con quien me había comunicado varias veces al día con golpecitos en la pared, y Javiera se las había arreglado para mantener con ellas incluso una breve conversación, murmurando muy cerca de la ventana.

Después del almuerzo me llevaron a mi pieza, y otra vez el espíritu de la comunidad me tomó por sorpresa, cuando me preguntaron; .¿"Qué litera prefieres"? Las miré a ellas y a las literas, y era evidente que estaban todas ocupadas, porque las cosas de las ocupantes estaban pulcramente arregladas a los pies de cada cama. Otra vez me preguntaron: "¿Cuál quieres?" Entonces ellas me explicaron. Había más prisioneras que literas, de modo que alguien tenía que compartirla, o dormir en el suelo. Como yo era la recién llegada, iba a tener una litera para mí, y me concedían el privilegio de elegir en cuál quería dormir.

Las literas estaban hechas de madera y en módulos de tres. No sintiéndome lo suficientemente ágil como para trepar a la de arriba, elegí la del medio. Pertenecía a Cristina, y ella inmediatamente retiró sus cosas y las puso en un rincón, para que yo tuviera donde acostarme y colocar las mías.

Los dormitorios eran muy pequeños y no tenían ventanas. Medían dos metros y medio por dos metros ochenta, con una altura también de dos mt. ochenta, lo que daba justamente un metro cuadrado por persona. Las literas eran como las de un camarote de barco, y muy angostas. No tenían somieres de resortes pues estaban construidas enteramente de madera y estaban tan juntas que no era posible sentarse en la cama.

La prisión entregaba un colchón y un par de frazadas a cada prisionera y cada muchacha tenía un par de sábanas de su casa. Una de las chicas me dió un par de sábanas limpias y entre las dos hicimos mi cama. Luego de casi tres semanas de dormir en las sucias frazadas de la prisión, la perspectiva de dormir entre sábanas era una maravilla.

Una vez que estuve ya instalada, las ocupantes de mi habitación me llevaron a una gira por nuestros dominios. Había sido construido a propósito como un campo de concentración y los pequeños dormitorios estaban construidos de modo de incluir un patio cuadrado. Este medía catorce por diez metros (lo medimos unos pocos días antes de que me liberaran) y había un tejado de madera que proveía de refugio contra el sol y la lluvia a lo largo de cada lado de la plaza.

En el centro de un extremo de ese patio estaban los lavatorios. Muy bien construidos, las muchachas los mantenían impecablemente limpios. Ellas me explicaron que todas las prisioneras tomaban turnos, ya fuera en el grupo de limpieza, como en el equipo que preparaba la comida. Había una fila de lavatorios a lo largo de la pared y detrás de ellos se encontraban las duchas comunales. Mientras inspeccionábamos las facilidades sanitarias, una de las chicas dijo; "Ud. debe estar deseando darse una ducha. ¿Porqué no se da una enseguida?".

Mi flamante sensación de bienestar huyó de mí. ¿Cómo podía yo decirles a estas chicas que era una plutócrata y autoindulgente partidaria del baño de tina, más bien que una espartana aficionada a las duchas, y que el sólo pensamiento de una ducha fría me llenaba de horror? Decidí que no me quedaba otro camino que someterme con buenas maneras y, tratando de parecer contenta, me dirigí a la pieza de baño con el jabón común y una toalla prestada.

Nunca me he considerado una mojigata, pero me eduqué en una escuela de monjas en Australia, donde nos vestíamos y desvestíamos decorosamente debajo de nuestras batas de levantar y no se esperaba que hiciéramos bromas, alegremente reunidas en las piezas, mientras nos cambiábamos, como es costumbre en muchos colegios. Así fue que, sólo a la edad de 38 años, yo tomé mi primera ducha en un baño común. No tanto avergonzada, como agudamente incómoda, hice lo que pude por tomarlo a la risa, pero el destino no estaba de mi parte porque, tan pronto como me enjaboné entera, el agua dejó de salir en razón de que la gente estaba haciendo el lavado afuera!. Luego de esto, mis viajes al baño se convirtieron en un purgatorio privado, e inevitablemente mis compañeras de pieza descubrieron cuánto lo odiaba, y entonces tomaron muy a pecho el asegurarse de que no perdiera un día sin bañarme!.

En la tarde de ese día, mis nuevas amigas me explicaron la forma en que se regía ese campamento. Había en ese momento ciento veinte mujeres, la mayoría de ellas de más o menos veinte años y casi todas profesionales. Muchas de ellas habían estado en prisión por más de un año y algunas ya llevaban más de dieciocho meses allí. Como éste era un campo de detenidos permanente, y públicamente reconocido, las condiciones eran mucho mejores que en Cuatro Alamos aunque, como iba a experimentarlo más adelante, había muchas cosas que estaban bajo las condiciones acordadas para los prisioneros políticos en los acuerdos internacionales.

El mayor problema era la alimentación. La comida para todas las prisioneras se preparaba en una cocina central, y ya fuera por falta de fondos, o como una medida represiva deliberada, era sumamente deficiente en calidad; la misma dieta, en realidad, que habíamos tenido en Cuatro Alamos. Para mantener la salud de las reclusas, sus familias les traían huevos, frutas, verduras y pescado en conserva, los días de visita, que eran dos veces a la semana.

En los primeros días luego que se estableció Tres Alamos, las prisioneras guardaban para ellas todos los regalos que les traían sus parientes, hasta que se vio que las familias de algunas de las. prisioneras estaban en tan malas condiciones económicas que empezaron ellos a pasar hambre con el fin de poder traer alimentos a sus esposas o hijas en prisión. Se decidió, por lo tanto, formar un fondo con todas las provisiones que eran traídas para redistribuirlas de acuerdo a las necesidades de las reclusas. Pronto se hizo evidente que algunas prisioneras requerían de una dieta especial. Varias de ellas estaban embarazadas y, en consecuencia, requerían suplemento de leche y proteínas, y algunas tenían úlceras gástricas o enfermedades vesiculares, lo que hacía imperativo una dieta especial. Las mujeres que habían pasado un largo tiempo en la Villa Grimaldi o en la sección de incomunicados, o aquéllas que habían sufrido hemorragias como resultado de las torturas, requerían de cuidados especiales para recuperar la salud. Había que cuidar de la dieta de estas prisioneras, porque ellas precisamente eran las que estaban más en peligro de ser devueltas a la Villa Grimaldi, si se pensaba que aun podía extraérseles una mayor información. Un ejemplo de este grupo de prisioneras de "alto riesgo" era Gladys Díaz, una periodista que era también un alto miembro del MIR, y que pasó tres meses en la Villa Grimaldi con una dieta totalmente inadecuada, y que frecuentemente volvía a ser enviada allí como un acto de represalia cuando su caso recibía publicidad en el exterior.

El hecho de compartir los alimentos fue motivo para que gradualmente se compartieran todas las cosas, incluyendo los artículos de tocador, que también se repartieron entre las habitantes de las diferentes piezas. Esto hizo que las cosas anduvieran mucho mejor en el campamento, ya que cada grupo; de seis o diez muchachas se hizo responsable por la mantención de suficiente pasta de dientes, jabón, detergentes, etc. La ropa era también compartida, aunque en un grado menor. Sin embargo, pronto se descubrió que era esencial un fondo común de ropa, pues las nuevas prisioneras llegaban sólo con la ropa que usaban cuando fueron detenidas, y siempre estaban en desesperada necesidad de ropa limpia. Las muchachas que consideraban que ya tenían suficiente, habían donado la que les sobraba para "guarda ropa", y cuando alguna era liberada, tenía que dejar lo que podía compartir con las que iban a tomar su lugar.

El mayor triunfo en la vida comunitaria se obtuvo cuando se decidió compartir los cigarrillos. Las chilenas fuman mucho y los fumadores que viven bajo condiciones de gran tensión sienten la privación del cigarrillo más que la de ninguna otra cosa. La gente era catalogada de acuerdo a la necesidad que sentían de fumar, y se les daba una cuota semanal. Los chocolates y caramelos eran igualmente compartidos, aunque a todas se nos encarecía explicar a nuestros amigos y familiares que era mejor traernos fruta o verduras en vez de cosas no esenciales como los caramelos.

Por un capricho de las autoridades, a las familias se les permitía traer víveres en una sola de las dos visitas semanales por lo cual, cuando hacía calor se creaba problemas considerables para tratar de impedir que los víveres perecibles se deterioraran entes de terminar la semana. Se decidió, por lo tanto, reservar una de las dos áreas de ducha para guardar la fruta y las verduras. El baño era el lugar más fresco del campamento y no había espacio alguno en esas celdas diminutas que albergaban cada una a seis u ocho prisioneras.

El rol de administrador del alimento y de las dietas era ejercido por diferentes prisioneras en turnos. Una estudiante de medicina de sexto año estuvo a cargo de la administración de víveres durante dos meses y cada semana, una muchacha era nombrada "economista" y era responsable para decidir el menú de cada día y cuál fruta se comería primero. Cualquiera que tuviera hambre entre las comidas tenía que pedir permiso a la economista para tomar una galleta o cualquier bocado, y en una oportunidad en que alguien tomó sin pedir, la comunidad sufrió una verdadera conmoción.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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