audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 42

LAS BARROTES DE HIERRO NO HACEN UNA JAULA


Los muros de piedra no hacen una prisión ni los barrotes una jaula.
Las almas inocentes y pacíficas las toman como si fueran morada;
si yo soy libre de amar y en mi espíritu soy libre
lo mismo que los ángeles, que se remontan al cielo
puedo también disfrutar tal libertad.

Richard Lovelace. 'Para Althea desde la cárcel'.

El viernes 21 de noviembre la puerta de mi celda se abrió y el Comandante de la prisión anunció: "Le he traído alguna compañía".

Javiera y yo fingimos indiferencia hasta que la puerta se cerró, y nosotras caímos una sobre la otra en una especie de danza guerrera india en el estrecho espacio que quedaba entre las dos literas. La mujer de mediana edad que acompañaba a Javiera nos observaba confundida hasta que mi amiga nos presentó. Ella era Isabel, que había sido detenida unos pocos días atrás y que ahora había sido traída junto con Javiera desde Villa Grimaldi.

Javiera estaba más pálida y, seguramente, debió haber perdido bastante peso desde la última vez que la vi, haría aproximadamente unos dieciséis días. Como siempre, ella estaba con su espíritu en alto y dio un grito de alegría cuando vio el tesoro que me habían enviado. Ya había pasado más de un mes desde que fue detenida y sus ropas se encontraban en peor estado que las mías. Su entusiasmo se hizo mayor a la vista de los libros, pero rápidamente se desalentó cuando vio que estaban escritos en inglés.

Después del recorrido de inspección a todo lo que tenía y que ahora eran "nuestras posesiones" ella dijo sentirse muy agradecida, aunque me reprendió por ocupar las cuatro literas y tener desparramadas todas mis cosas en ellas. Yo. entonces, me apresuré a ordenar, y después que ella e Isabel se instalaron en sus respectivas literas, nos pusimos a conversar.

Javiera me contó que después que yo fui sacada de Villa Grimaldi a ella la habían mantenido aislada por muchos días, pero poco me contó de cómo la habían tratado, pero sí que había estado muy mal. Ellos dejaron de usar "la parrilla" con ella, porque al parecer tuvo un paro cardíaco durante el primer interrogatorio. También me contó que la habían mantenido demasiado tiempo en la tina con la cabeza debajo del agua. Yo encontró que todo esto era tan aterrador que me era casi imposible creerlo. Mas ahora sé muy bien que éste era uno de los "métodos de interrogación" muy comúnmente usado en los gobiernos dictatoriales de América Latina. Lo peor de todo era que la habían golpeado tanto que la habían hecho perder esos dos meses de embarazo que la hacían sentirse tan feliz, aquella ocasión, cuando la conocí por primera vez. Me contó también que ahora había muchos prisioneros nuevos en la Villa, y que en el encierro para mujeres quedaban tan sólo una de edad y tres muchachas.

Javiera había estado en la Villa Grimaldi cuando la familia Ganga-Torres fue detenida. Escuchó a uno de ellos cuando era torturado. Al día siguiente había escuchado en las noticias de la hora de almuerzo que el que había sido torturado había muerto en un tiroteo con la policía en las afueras de Santiago.

Lo más importante para Javiera era que Andrés estuviera bien y con vida. pero en realidad estaba preocupada porque él no había sido transferido en el mismo grupo de prisioneros cuando le correspondió a ella. Tampoco sabía si alguien había tenido la posibilidad de transmitir algún mensaje a sus familias y decirles que ellos estaban todavía con vida, y aunque Francisca había logrado memorizar la dirección de sus familiares, tampoco sabíamos si ella. Francisca, había sido transferida a Tres Alamos, donde se podía recibir visitas.

Después del más urgente intercambio de noticias tratamos de consolar a Isabel que se sentía muy deprimida. Ella era auxiliar de enfermería y su trabajo consistía en extraer sangre a los donantes en uno de los grandes hospitales de la ciudad. Parece que su crimen había sido haberle dicho a uno de sus pacientes: "El brazo izquierdo, por favor. La sangre siempre es mejor en el lado izquierdo". Esta simple muestra de desafío a los cuatro generales y su régimen la había titulado como "opositora". Fue arrestada en el hospital y llevada a Villa Grimaldi. Me mostró las quemaduras en sus pechos donde le habían aplicado la corriente eléctrica. La acusaron de ser miembro de una célula comunista. Estaba desesperada pues quería hacer llegar un mensaje a su madre anciana que vivía sola. Javiera y yo nos aprendimos de memoria su dirección en caso de que alguna de nosotras fuera repentinamente puesta en libertad. Esas noche nos acostamos exhaustas porque habíamos conversado sin cesar y yo estaba contenta por tener la capacidad de permanecer tranquila. solitaria con mis pensamientos.

Al día siguiente mis dos amigas se pusieron las ropas de que yo ahora disponía para que ellas pudieran lavar las suyas. Fue así, entonces, como de a poco la celda comenzó a tomar el aspecto de una lavandería china. Cada día lavábamos algo de ropa. no tan sólo para mantenemos limpias sino porque significaba más tiempo fuera de la diminuta celda.

Cada visita al baño era vigilada por un guardia armado. En una oportunidad, envalentonada por la condición de ser ya una prisionera con una estadía relativamente larga, le pedí al guardia que me dejara sola mientras lavaba. De mala gana ellos se alejaron algo hacia el corredor porque las reglas eran muy estrictas y no era posible atreverse siquiera a pensar en romper con ellas.

Las visitas al baño tenían gran importancia para Javiera, ya que éste era el único lugar donde se podían dejar mensajes. Puertas y ventanas de nuestra prisión estaban cubiertas con nombres o breves mensajes, pero intensos en su simplicidad: "Estoy buscando a mi hermano Mario". Aminie Calderón Tapia". Conocí a quien escribió este mensaje cuando fui transferida a Tres Alamos. Su hermano está todavía desaparecido.

Mario Calderón es uno de los 2.000 prisioneros que desaparecieron desde la fecha del golpe. Exactamente por qué algunos eran enviados a campos de concentración, o por qué otros desaparecían, es algo que yo no tengo claro. Tal vez alguien dio demasiada intensidad a la corriente durante la tortura y ellos murieron en la parrilla. Tal vez sus cabezas fueron mantenidas demasiado tiempo bajo el agua. Tal vez los tengan ocultos en barracas o en prisiones secretas. ┐Quién puede saberlo? De lo que sí estoy segura es que la angustia de sus familias no tendrá fin.

En los dos días que siguieron pasé muchas horas conversando con Javiera. Isabel se nos unía de vez en cuando, y luego se tendía a dormir de espaldas a nosotras, o a preocuparse de su madre. La intensidad de. nuestra conversación se debía al hecho de que Javiera había decidido que ésta era una excelente oportunidad de ensanchar su educación y aprender las verdades básicas del cristianismo. Marxista profundamente comprometida, de ninguna manera estaba abjurando de sus convicciones, pero quería saber qué era lo que había podido hacerme capaz de soportar las adversidades de manera más o menos similar a la suya.

Su total honestidad y su falta absoluta de reserva para hacer preguntas era simpática, Ella quería genuinamente saber, y cuando consideraba estúpido o raro lo que le decía, o si no lo comprendía, lo decía en seguida. Había sido educada en un colegio progresivo de izquierda, sabía mucho más que yo acerca de asuntos históricos o sociológicos, pero la religión no parecía haber figurado en el currículum pues su ignorancia era casi completa.

Nunca había sido yo buena para explicar los misterios de mi fe, y sintiéndome perjudicada por mi escaso dominio del castellano, me veía obligada a buscar las palabras precisas para explicarle estas creencias que eran tan importantes para mí como para morir por ellas. Ella sabía escuchar y su mente era tan amplia que, luego de un rato, me sentí a mis anchas y traté de poner, en un lenguaje que ella pudiera comprender, mi misteriosa experiencia de la existencia de Dios: una experiencia que no podía ser explicada o convertida, pero que era tan poderosa y daba un sentido tal a la vida, que yo la deseaba compartir.

Inevitablemente me preguntó si era verdad que yo quería ser monja e, incandescente en su amor por Andrés, me preguntó cómo podía soportar la idea de no casarme. Lo directo de sus preguntas me tomó por sorpresa, pero ella era tan honesta en su deseo de comprender que sólo pude contestarle tan verídicamente como fui capaz, Le dije que siempre había pensado que me casaría y que había echado enamorada más de una vez pero que, de alguna manera indefinible, yo sentía que había sido llamada para servir a Dios como persona soltera y que a veces aquello parecía amargo, duro de soportar, e injusto. Traté de explicarle también que, al no dar mi amor a un solo hombre, mi corazón permanecería abierto al amor de todos los hombres, y que yo creía que crecería y maduraría en el amor y la compasión, al darme libremente a Dios y al Hombre.

Si ella me encontró loca, no me lo dijo, aunque yo no esperaba que ella comprendiera algo que yo sólo comprendía a medias.

Fue más fácil hablar de la Iglesia en general, y le conté del cambio de actitud de la Iglesia Latinoamericana, desde la Conferencia de Medellín: un cambio que exigía una conversión personal y una vida de compromiso con los oprimidos, tan exigente como la suya.

Seguimos conversando interminablemente porque, con la intensidad de sus 18 años, Javiera estaba determinada a comprender esta manera de vivir que hasta ahora había considerado indigna de su atención. En un diálogo de constante reciprocidad, descubrimos que teníamos mucho en común. Al principio, ella se sorprendió de que yo no odiara a los hombres que nos habían lastimado y que nos mantenían prisioneras, pero cuando le expliqué mis sentimientos de que ellos eran más prisioneros que nosotros, estuvo de acuerdo. La libertad de espíritu que gozábamos era algo que nuestros guardianes no poseían y que no podían quitarnos.

Prisioneras juntas en esta celda desnuda, sin tener siquiera la libertad de ir al baño cuando queríamos, sabíamos perfectamente bien que era la DINA la que estaba encadenada. Siempre ocupada en las cosas prácticas de la vida, rara vez me había yo entregado a la consideración de las verdades eternas. Ahora, arrellanada en esta estrecha celda, discutí el sentido de la libertad y la esclavitud con Javiera. Tan recientemente desposeídas de todas nuestras posesiones, nos regocijábamos en la libertad de espíritu que esta violenta separación nos había traído, y mirábamos el cuadro con nuevos ojos, considerando que habíamos sido esclavas de nuestras limitadas riquezas, y compadeciendo a los verdaderos ricos que vivían detrás de muros tan altos que sus oportunidades de escapar eran mínimas.

Pero ante todo, compadecíamos a nuestros torturadores y aquéllos que consideraban justificada la tortura. ┐Qué vidas vivían esos hombres? ┐Cómo podían lavar la sangre da sus manos y volver a sentarse con sus esposas y a jugar con sus hijos? ┐Dormirían pacíficamente por la noche, o la pasarían insomnes, escuchando los alaridos de los hombres y mujeres que habían lastimado?

Se dice que muchos de los que realizan los actos físicos de violencia pertenecen a las clases criminales, y es tal vez comprensible que gente de bajo nivel de inteligencia y con rasgos sádicos, puedan acostumbrarse a una sistemática aplicación de dolor. Mucho más difícil de comprender es cómo, altos oficiales, pueden acallar sus conciencias, y si sufrirán o no de remordimientos.

"No se puede echar remordimientos sobre el inocente,
ni sacarlos del corazón del culpable.
Sin que nadie los llame, visitarán al hombre en la noche
para que despierte y mire su interior"

(Kahlil Gilbran. "El Profeta").

Así pasaron los días, intensos y llenos de la alegría de la camaradería, luego de pasar tantos días sola. Aprendí muchas cosas de Javiera y de Isabel, tanto acerca de ellas, como acerca de mí. No fue siempre fácil mantener el paso entre las tres porque Isabel, casi 35 años mayor que Javiera, creía que la muchacha la miraba en menos por su falta de educación. Eso no era cierto en absoluto y descubrí que, mientras yo era amable con Isabel por un fuerte sentido del deber, Javiera parecía sentir un amor espontáneo y, pleno de deseo de ayudar, lo que me hacia avergonzarme de mí misma

Tuve nuevas oportunidades de que quedara en evidencia mi preocupación por mí misma (self centredness), en contraposición a la preocupación por el prójimo (other centredness) de mis compañeras de prisión, una y otra vez, en las semanas que siguieron. Recuerdo particularmente un pequeño incidente durante la época que pasé con Javiera e Isabel: la anciana estaba dormida, y se veía patética con su pálido rostro mojado de lágrimas y lleno de ansiedad, y sentí agradecimiento por estar momentáneamente libre de la responsabilidad de cuidarla. Con Javiera, sin embargo, el cuidado de los demás no era una fachada que uno se pone como el delantal, del médico pues, de súbito se levantó murmurando que Isabel podría resfriarse mientras dormía, y la cubrió con todo cuidado con la frazada. Fueron estos pequeños actos de amabilidad los que me convencieron de que Javiera y los otros jóvenes revolucionarios estaban motivados por un profundo y amoroso deseo de servir al prójimo, y que ellos obedecían, más verdadera e instintivamente que cualquier cristiano que yo conociera, el más abrumador de los mandamientos de Dios?: "Ama al prójimo como a tí mismo".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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