audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 41

DOS POR DOS


Dos por dos
son cuatro injustos metros,
un regalo de los cuatro generales.

Mi soledad solamente conoce este mundo:
los dos por dos,
cuatro metros cuadrados de esta cárcel,
la justicia de los generales.

Desde hoy en mi celda de incomunicado
soy prisionero sin comunicación,
una persona que se atreve a enfrentar al mundo
no tiene que estar en comunicación.

Anónimo. de una prisión chilena, 22 de septiembre. 1973

Los días que siguieron no fueron los más fáciles. Una vez más sola, yo luchaba por mantener mi compostura, porque nadie sabía lo que me estaba sucediendo, y veía solamente al comandante del campamento y a los guardias. Día tras día sin noticias. Mi mundo estaba limitado por las cuatro paredes de mi celda y el pedazo de pasto seco que separaba mi ventana de la inmensa pared de concreto que rodeaba las barracas.

Después de la conmoción inicial de encontrarme de nuevo en poder de la DINA yo valoraba mi situación. Ahora las cosas eran diferentes porque tenía unos pocos libros y una bolsa llena de ropa, provista por la bondad de mis amigos americanos, que me había traído el cónsul. Sally misma se había hecho responsable de mi bienestar, así es que cuando vacié la bolsa me maravillé de su cariñosa preocupación. Una por una coloqué mis pertenencias a lo largo y hasta lo alto de la otra litera y las palpé con cariño.

Nunca me había sentido tan rica y nunca las cosas tan simples me habían parecido tan maravillosas. Había un cepillo para el cabello, una peineta, un cepillo de dientes, pasta de dientes, desodorante, jabón, nueva ropa interior, dos camisas, un suéter, pantalones y pijamas. Es difícil expresar, sin que suene estúpido y sentimental, cuánto significaban esos artículos para mí.

Los diez días que pasé sin un cepillo de dientes o sin cambiarme mis ropas me hicieron apreciar su posesión de una manera jamás imaginada. Cada oportunidad que se me permitía ir al baño yo, solemnemente, portaba conmigo mis artículos de tocador. Y fue tan sólo después de una semana que me di cuenta por qué la piel de mi rostro estaba tan seca y dolorida ya que, obsesionada por la riqueza de tener una barra de jabón, me la estaba lavando con demasiada frecuencia.

Mucho más que la mera posesión de esas cosas era el saber del amor y el cuidado con que habían sido escogidas. Nada había sido olvidado y todo el tiempo que podía yo miraba esas riquezas que me hablaban del amor de esa persona que había pensado tan prolijamente en lo que yo necesitaba.

Además de las ropas y las cosas, Sally me había enviado una Biblia en inglés y unos pocos libros. Estos en verdad eran riquezas que me permitían organizar mi día en períodos de estudio, relajación y oración. Los oficiales que me recibieron habían sido tomados por sorpresa, así es que cuando yo llegué no se percataron que me deberían haber quitado el reloj. Yo pude entonces, hacerme un horario de actividades que me mantenía ocupada todo el día y mi vida con una orientación.

Quizás uno de los grandes milagros y misterios de la existencia humana sea la capacidad que posee la gente de adaptarse a vivir en otras condiciones. Una vez más me establecí una rutina, y creo que fue la disciplina que me impuse lo más importante para poder mantener mi moral en alto y mi salud mental en buenas condiciones.

Cada mañana me despertaba con el ruido de los prisioneros cuando eran llevados al baño. entonces me vestía y me paraba en la silla al lado de la litera para contemplar al sol levantarse tras las montañas. Al comienzo los guardias se pusieron suspicaces por encontrarme en esa posición, siempre en las mañanas, al lado de la ventana, pero después se acostumbraron y no hacían comentarios cuando venían a sacarme para que pudiera hacer uso del baño.

Cuando llegaba el desayuno me sentaba en la silla y después de una larga ceremonia para agradecer y bendecir el alimento, me las arreglaba para comer lo que podía del pan. guardando la mitad para más tarde en la mañana, cuando sabía que estaría nuevamente con hambre. El día anterior había hecho, cuidadosamente, trocitos con los mendrugos de pan para ponerlos en el alféizar para alimentar a los gorriones. Estos pajaritos habían sido alimentados por sucesivos grupos de prisioneros y eran increíblemente dóciles, y se abalanzaban, sin temor, a coger su alimento.

Igual que los regalos de Sally, los gorriones llegaron a ser algo muy importante para mí. Eran las únicas criaturas que me daban un poco de alegría. Las únicas con las cuales tenía algún contacto y las únicas a las cuales sí podía considerar amigos antes que enemigos.

Después del desayuno me permitía un tiempo para estudiar la Biblia y, por primera vez en mi vida, comencé a leer el Antiguo Testamento desde el principio. Sally me había enviado una Biblia muy moderna, con una traducción que hacía fácil su lectura, y aunque echaba de menos la poesía de las viejas traducciones quedé fascinada por la gente y los sucesos que llegaba a conocer más detenidamente.

Leer la Biblia lo mismo que orar requería un grado de disciplina que me sorprendía. Era mucho más fácil yacer en mi litera, soñar o leer una de las hermosas novelas. Pero sentí muy fuertemente que debía poner orden en mi vida y, especialmente, ahora que tenía tanto tiempo en mis manos y sabía, como antes, que debía ocupar más tiempo en la oración. Me era curiosamente difícil, tal vez porque estaba indecisa y asustada, pero ya había aprendido, tiempo atrás, que el suplicante depende más de la voluntad y no de las emociones. De manera que entregué mi tiempo y mi angustia a Dios y traté de entender qué es lo El quería de mí.

Como anteriormente, de alguna forma, me quedaba claro que El deseaba que yo tuviera fe en sus planes, hacerme arcilla en sus manos y estuviera conforme en aceptar lo que El me enviara. Comprendía, muy bien, que esto era lo que seguía a la decisión que había tomado ese día en la casa de retiro, cuando yaciendo sobre un montón de hojas en el fondo del jardín. con mi mente y mi corazón, entregué ese cheque en blanco a Dios y en que el precio debía ser puesto y pagado por El Portador.

Aunque Dios no me era particularmente real durante esos días de solitario confinamiento, mi documento era tan sincero que casi podía verlo (...).

A los cuatro o cinco días de mi llegada se le permitió al cónsul visitarme de nuevo. Lo mismo que antes, la entrevista fue llevada a cabo ante la presencia del comandante de la prisión, y no se nos permitió hablar en inglés. Incluso las cartas de mi familia debían ser traducidas al español y leídas a mí ante la presencia de los oficiales. Parecía que no había novedades y me era difícil mantener elevado mi espíritu, aunque en mis momentos más optimistas sentía como que no pasarían muchos días para que fuera puesta en libertad.

Cuando mis dos novelas fueron leídas por segunda vez o ya había leído mucho de la Biblia, me entretenía leyendo tantos mensajes escritos rasguñados en las paredes y en el techo de mi celda. Ojalá yo los hubiera acumulado en mi memoria porque ellos eran increíblemente estimulantes e inspirados. La mayoría estaban escritos para ayudar a los demás, porque casi todos eran mensajes para dar valor y esperanza, o consejos para no perder el amor a la verdad y porque la justicia finalmente terminaría por llegar.

Recuerdo particularmente algunos que fueron escritos por alguien que estaba ubicado en la litera superior donde yo permanecía la mayor parte del día:

"Recuerda que los alambres de púas no son más que pedazos de metal".

"Yo también me sentaba en este rincón y miraba los gorriones. Ámalos, por lo menos aquí ellos no nos impiden mirar".

Quedaba impresionada por la valentía de esos prisioneros que probablemente nunca conocería, y trataba de esforzarme por estar a la altura de ellos, pues pienso que desesperarme hubiera sido una traición al espíritu de esa gente que permaneció inconquistable y a la que no lograron vencer a pesar de la tortura, la prisión y la muerte.

Cuando ellos quieren
que seamos sólo un número,
sin espíritu, totalmente destruidos,
ellos se olvidan
que aunque todo pueda perderse en el camino:
casas, bienes, tantas esperanzas rotas...

Ellos se olvidan
que los chilenos
están hechos de roble y de luma
y que no se inclinan a la tormenta.

Ellos se olvidan
que en el cielo
hay una estrella indestructible,
nuestra estrella,
que, lo mismo que
dos mil años atrás.
siempre será
nuestra meta, nuestro seguir y nuestra guía.

Anónimo.
Campo de Concentración de 'Tres Álamos'.
Marzo 1975.)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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