audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 40

EL FEROZ ROSTRO DEL TERROR


("Ayúdame, oh Dios, cuando la muerte esté cerca para no hacer caso del feroz rostro del terror.
Para que cuando caiga -si caer yo debo- Mi alma pueda triunfar en la derrota.")
Gerald Kirsh. El Soldado

Al momento fui poseída por un terror que impedía todo razonamiento. La solidaridad y compañía del día anterior y la aparente certeza de que sería liberada me habían conducido al borde de mi mecanismo de defensa personal y me encontraba totalmente desprevenida para esta nueva situación. Por primera vez se me estaba dando una orden por alguien que no tenía un arma en sus manos. Y, resistiendo frenéticamente, le dije a la monja que me rehusaba ir sin antes hablar con el cónsul. Ella me pidió ir a la oficina para hablar con la gente que había venido por mí, pero sabiendo muy bien que esos eran de la DINA me mantuve firme diciéndole que ella tendría que llevarme por la fuerza y que si ella me tocaba yo gritaría como ella nunca había escuchado gritar a alguien antes. Pienso que por el brillo de mis ojos ella comprendió lo que le quería decir porque se contuvo, temporalmente, desalentada.

Me senté en el piso de manera que no podía ser vista por la ventana y dudaba sobre qué podría hacer. Por el momento estaba totalmente convencida que sería devuelta a la DINA y que esto podría significar más tortura o muerte. Mi mente estaba repleta con locas ideas de cómo poder escapar. Consideré incluso ocultarme en el jardín de la prisión, pero comprendí que si realmente me querían llevar, ellos enviarían un destacamento armado para buscarme y que no había lugar donde poder ocultarse.

Después de un rato la monja regresó y dijo que los hombres insistían en que yo fuera llevada. Al borde de la histeria le dije que ellos me querían matar y que si ella me entregaba, ella sería la responsable de mi muerte. Otra vez, no convencida, ella se consternó y las muchachas y la hermana Augusta trataron de consolarme diciéndome que probablemente no era más que una formalidad y que sería liberada en un par de días. Pero ellas tampoco estaban totalmente convencidas porque el procedimiento era, evidentemente, extraño.

Después de lo que parecía una eternidad, se me dijo que el cónsul había llegado. No estando convencida todavía de que no estaba siendo engañada seguí a la guardiana a la oficina. Allí, bastante seguro, estaban Derek Fernyhough y el joven abogado que había trabajado tan duro la noche anterior para conseguir mi liberación.

La llegada de estos dos hombres que representaban mi libertad rompió mis últimas reservas y sentándome en un piso de la oficina lloré lo mismo que un chico. Ellos trataron de consolarme pero era obvio que también estaban preocupados por este nuevo desarrollo y yo no estaba en condiciones para alimentar vanas esperanzas.

Por casi dos horas el abogado estuvo telefoneando, tratando de dilucidar qué es lo que había detrás de esta nueva orden de detención cuando yo había sido oficialmente liberada. Pero en un sábado por la mañana, en pleno verano, había pocos funcionarios en las oficinas y los que había tampoco sabían o rehusaban decir nada, excepto que una orden al más alto nivel había sido dada y que yo debía ser transferida a "Tres Alamos". (1)

Viendo que no había otra manera de salir y preocupado que mi conducta enojara a las autoridades, el abogado me dijo gentilmente, pero con firmeza, que debía serenarme porque si ellos veían lo asustada que estaba los haría sospechar que yo tenía algo que ocultar y que mi tratamiento sería peor. Viendo lo lógico de su argumento sequé mis lágrimas, me disculpé y me esforcé por recobrar mi compostura.

Se me permitió ir en el auto del cónsul de manera que partió una extraña escolta -el cónsul, dos vigilantes armados y yo en un mismo carro, el abogado en el suyo y detrás un vehículo de la prisión- que nos condujo por la corta distancia a "Tres Alamos".

Mis compañeros prisioneros me habían explicado que mientras "Cuatro Alamos" pertenecía a la DINA. "Tres Alamos" era manejada por el sistema policial regular. No fue sorpresa, por lo tanto, cuando llegamos a la nueva prisión ser recibida por policías uniformados. Se nos condujo a una oficina donde se nos dijo que esperáramos. Después de unos pocos minutos, uno de los oficiales superiores salió a encontramos. El saludó al cónsul con el respeto que se debe al representante de un gobierno extranjero y le aseguró que se me permitiría recibir visitas el manes siguiente y que yo tendría que ser mantenida con las otras mujeres detenidas.

El, entonces, cortésmente, le indicó a mis acompañantes que podían irse. Yo me quedé allí indefensa, una vez más, flanqueada por los hombres con metralletas, mientras mis dos protectores me decían adiós y prometían venir tan pronto como fuera posible.

Cansada, más allá de lo creíble, sentada en una silla. respondí a las preguntas del oficial de la prisión para que anotara en su libro.

Esto parecía ser mucho un asunto de rutina, y en verdad lo era, porque había unos seiscientos prisioneros en el campo durante mi detención. Cuando terminaron sus preguntas enviaron por el enfermero, quien me preguntó sin reparos si es que estaba embarazada, o si tenía algunos rasguños o heridas. Siendo las respuestas negativas fui llevada a otra oficina donde una vez más se me preguntó mi nombre, edad, dirección, profesión, mientras un policía escribía a máquina en una tarjeta de registro. Lentamente me calmé y el llenado del formulario me confortó porque sabía que a las personas cuyos nombres se les registraba en libros y tarjetas era mucho más difícil que después desaparecieran. En el otro caso, los que eran sacados para ser muertos por civiles o agentes de organismos represivos eran ignorados, pasando a engrosar el número de desaparecidos. Sin embargo, antes que completaran mi tarjeta entró otro oficial y me dijo que lo siguiera. Regresamos a la oficina donde me entregaron la bolsa con las ropas que el cónsul había traído para mí y después fui conducida afuera.

Sorprendida por el apuro que había, y pensando que la orden para mi libertad se había conseguido, seguí al guardia afuera, bajo la lluvia, por el largo camino de concreto detrás de la oficina.

Nos paramos ante un portón de grandes hojas de metal, él tocó un timbre y después de un breve momento el portón fue abierto por un hombre joven con ropas de civil y una pistola en su cinturón. Pienso que si yo hubiera sido de esa clase de persona que se desmayan fácilmente yo habría dado un gemido de angustia y caído derrumbada al suelo porque reconocí al hombre como uno de los guardias de la DINA de "Cuatro Alamos".

El parecía tan sorprendido de verme como yo de verlo a él. porque le preguntó al policía que me acompañaba por qué me traía, pero la respuesta que nos dio no dijo mucho. Se limitó a decir: "Repentina orden del Ministerio del Interior".

Yo permanecí allí completamente mareada.

El hombre joven me sacó de la lluvia y me encontré una vez más en la oficina de "Cuatro Alamos".


Nota:

1. El campo de concentración "Cuatro Alamos" que dependía de la DINA estaba dentro del campo para detenidos "Tres Alamos", que dependía de Carabineros.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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