audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 4

SHOCK CULTURAL


"Cuando abandonamos los límites de la tierra
en que nuestro certificado de nacimiento nos coloca,
no se trata sólo de un cambio de escenario
sino también de un cambio de status.
El francés con su barba conquistadora,
el escocés con su faldita,
un instante es un natural de su país
y el siguiente puede considerarse extranjero"

(Ogden Nash)

No sé bien qué es lo que me imaginaba que haría al llegar a Chile; trabajar como doctora, supongo. Yo era una buena doctora y en Chile necesitaban médicos, así es que yo me las arreglaría, pero no fue así en absoluto. Consuelo me llevó con ella a la Posta (hospital de emergencia) una noche y allí vi la imposibilidad absoluta de eso; ellos no hablaban inglés y yo no hablaba castellano, así de simple. Podíamos sonreír y darnos un apretón de manos, y yo podía observar lo que estaba pasando y tratar de adivinar, por la mirada del paciente, qué es lo que lo aquejaba, pero había cero comunicación. Había otro factor también en el cual yo no había reparado: el diferente tipo de enfermedades. Yo sólo había leído acerca de la mitad de los casos que estaban siendo tratados aquí; personas con tuberculosis avanzada, alcohólicos con cirrosis terminal, gente menor de cuarenta años muriendo de neumonía porque estaban mal alimentados, hombres con puñaladas en el corazón, heridas de bala en la cabeza, etc. Yo, que había estado a cargo de un departamento similar en Inglaterra, era totalmente inútil en Santiago.

Y sin embargo ellos fueron pacientes conmigo y practicaron el inglés que sabían, y me llevaron a la sala de operaciones para ayudar y me explicaron cómo funcionaban sus sistemas, y yo les expliqué, cuando me preguntaron, cómo era aquello en Inglaterra. Me sentí humillada y desesperada y me sorprendí de la increíble locura de haber abandonado la seguridad de mi país y un sistema que conocía por esta tierra extraña y diferente.

Por lo menos en la casa me necesitaban. Consuelo estaba haciendo horas extras para juntar dinero y pagar la hipoteca y así, me tocaba a mi hacerme cargo del trabajo de supervisar a los trabajadores. Aquí también navegaba en aguas profundas pero, determinada a sobrevivir a cualquier costo, me las arreglé. Había un supermercado a una cuadra de distancia y cada día solemnemente iba a comprar provisiones. No teníamos refrigerador, porque el que había traído de Inglaterra estaba averiado, y en la época de más calor del verano chileno las dificultades de abastecimiento eran considerables. Estábamos desesperadamente cortas de dinero. En Chile el Servicio Nacional de Salud no paga a sus doctores sí no hasta que han trabajado cerca de cuatro o cinco meses. Esto se debe a cierta curiosa circunstancia burocrática; pero tiene distinto valor ese salario que, cuando es pagado, representa el 25% de lo que habría sido al tiempo en que debió recibirse. Como Consuelo no había trabajado más que tres meses, todavía no había recibido su sueldo. Vivía de dinero prestado, o ganado en práctica privada ocasional. No había ninguna posibilidad de un préstamo bancario para alguien en tal situación pecuniaria, pero consiguió dinero prestado de un prestamista a un enorme interés.

No mucho después de llegar yo me di cuenta que estar en deuda afligía mucho a Consuelo, y que el pensar que tenía una deuda con un prestamista le estaba quitando el sueño. Yo había traído conmigo el dinero que tenía: novecientos dólares americanos cuidadosamente guardados en el cuello de mi campera. Esto era una riqueza y vendidos en el mercado negro me habrían proporcionado alimento y mantención harta que estuviera en condiciones de ganar; pero decidí que era mejor ayudar a Consuelo a salir de su deuda y, dejando cincuenta dólares para alguna emergencia, fuimos juntas y pagamos al prestamista. Creo que ese día aprendí el significado de la palabra usura. El prestamista era una mujer gorda, con una manera aceitosa de hablar, y estuve feliz de que Consuelo no tuviera que tratar más con ella.

Aunque habíamos arreglado esta deuda que era una pesadilla, todavía vivíamos bastante apretadas. No teníamos muebles excepto dos sillas de playa y dos taburetes, y una mesa que hice con una plancha de formica colocada sobre un adminículo que había traído desde Inglaterra. Teníamos una cama y un colchón sobre el piso y las alfombras y cojines qué yo había traído.

Cuando se nos agotaban los recursos Consuelo iba a alargar la mano a sus amistades para pedirles prestado para la semana. Además de los gastos de casa teníamos que alimentar a los perros. Consuelo había traído consigo dos perros por avión desde Inglaterra. Joshua era un perro grande, negro y lindo, pero muy estúpido; y Jericó, su compañera, era una perra gorda, hábil y simpática. Vivían junto a Winnie en un estado de intermitente tolerancia y respeto mutuo.

Alimentar estas bestias no era nada simple. Descubrí que los perros de pedigrée en Chile eran mantenidos por los ricos con empleadas y se les alimentaba con una dieta cuidadosamente preparada con carne cocida y verduras, y arroz o tallarines. No había alimentos envasados para perros, pero el propietario no los echa de menos porque la alimentación del perro es preparada (amorosamente, o con furia) fuera de su vista, y el perro le es traído como un niño de la época victoriana cuando el amo lo pide. El quiltro, o perro vulgar de los pobres, hace tiempo que se ha acostumbrado a comer lo que encuentra, y así sobrevive. Yo no podía costear carne para los perros, así es que les daba pescado.

Además de mis deberes como dueña de casa y empleada de los perros era también capataz de los trabajadores. Consuelo había elegido bien la casa, con una buena ubicación y en la ruta de un bus, poro necesitaba urgentes reparaciones. Había pertenecido a un arquitecto y allí había vivido su anciana madre y parecía que no se había ejecutado ninguna reparación en años. Cuando yo llegué. José estaba instalado allí y no había techo, pues lo había sacado. En Chile no llueve entre los meses de Noviembre y Febrero, de modo que contábamos con el tiempo. José era un obrero que le hacía 'a todo, pero más especialmente era gasfiter. Trabajaba con Juan, su joven ayudante, y pronto los tres nos hicimos muy buenos amigos. Aprendí las palabras claves para ladrillos, arena, cemento, clavos y baldosas y, firmemente, orientándome por el block de departamentos cerca de casa, salía a comprar materiales.

Poco a poco fui estableciendo records, siempre a la vis ta de ese block cercano a la casa. Es difícil explicar el terror que tenía de perderme por mi inhabilidad de preguntar cómo volver a casa o comprender las explicaciones que me darían los bien intencionados. Me convertí en una criatura con miedo de tomar un bus porque podría no detenerle donde yo necesitaba, y mi mundo estaba limitado por la distancia que podía caminar y ver aún esa torre púrpura.

Una amiga amable vino durante tres meses y me dio lecciones privadas de castellano en intercambio por conversación en inglés, y lentamente comencé a comunicarme con los pacientes proveedores de nuestro distrito. Mi primer "amigo" fue José, el gasfiter. El llegaba a las 8, cuando yo estaba preparando mi desayuno, pues Consuelo se había ido a las siete y media. Yo no sé qué había tomado él de desayuno, pero sospecho que era bien poco porque radiante se despachaba un plato de huevos revueltos antes de empezar su día de trabajo. José era un hombre de unos cuarenta años. Supe que era casado y que tenía dos niños pero, como prácticamente toda nuestra comunicación era en lenguaje de signos, nunca supe más que eso. Era un hombre gentil y encantador y, estando yo desprovista de amigos, le concedí toda mi atención lo que le deleitaba. Parecía ser un buen trabajador: llegaba temprano y se quedaba hasta que oscurecía, pero tenía extraños períodos de ausencia cada tres o cuatro semanas. Recuerdo vividamente cómo él levantó el piso de baldosas un día y luego no volvió en una quincena. No lo comprendí entonces y Consuelo, aparte de echarle maldiciones diariamente cuando se caía en el hoyo, no hizo nada. Ahora me doy cuenta que él era un alcohólico intermitente: permanecía 'seco' durante tres semanas o un mes, y luego bebía durante una semana y se recuperaba en la siguiente, para poder volver a trabajar.

Hay muchos hombres como José en Chile. Viven en diminutas viviendas en barrios de emergencia con sus esposas y niños; se levantan a las 6 y viajan en buses repletos para estar en el trabajo a las 8. Se devuelven a sus casas a las 6 ó 7 de la tarde, para encontrar una mujer quejosa y niños que lloran y, muy a menudo, se vuelven hacia el vino en busca de consuelo y olvido. El vino en Chile es bueno y abunda, y un litro de vino barato cuesta lo mismo que un litro de leche. La embriaguez es tanto un producto de las condiciones sub humanas en que viven, como un medio de escape de ellas, y Chile tiene una incidencia de cirrosis sólo segunda después de Francia.(Triste honor, por cierto»)

En febrero fui invitada por una semana al sur del país. Consuelo no pudo ir, así es que fui con dos de sus amigas a una hacienda en Osorno. El sur es algo que le deja a uno sin aliento de lo hermoso que es. En contraste con Santiago, allí llueve mucho y hay enormes posesiones de rica tierra verde bien trabajada por hacendados diestros y ricos, principalmente descendientes de alemanes. Para mí fue como una tierra de cuento de hadas, con sus volcanes de cumbres nevadas y sus quietes lagos. Me vi a mí misma trabajando como médico rural en tal área. Pasamos una semana feliz con esa gente generosa, y yo pensé que esa casa y ese jardín lleno de hortensias era como la casa de mi propia familia hace treinta años, cuando había todo el servicio doméstico y los jardineros que se necesitaran.

Esta visita me permitió echar una ojeada en la extensión de la riqueza de algunos chilenos, porque nuestros huéspedes poseían cinco haciendas, una isla, dos aeroplanos y cinco lanchas a motor, edemas de correr con un tranquilo y pequeño negocio de turismo para norteamericanos ricos que venían a cazar ciervos, con los que mantenían bien abastecida su isla.

Pasada la semana, regresamos por auto a Santiago, circulando por caminos de tierra hasta que nosotros y nuestros equipajes quedaron cubiertos con un fino polvo rojo.

De regreso en Santiago retorné a mi rutina de salir a comprar provisiones y recibir lecciones de castellano, hundiéndome cada vez más en mi ciénaga de dependencia. En Marzo, Mary Ana, otra amiga de Consuelo llegó de Inglaterra a pasar seis meses estudiando para presentarse a un examen en medicina superior. En teoría deberíamos haber sido una compañía mutua, pero no resultó así porque ella estudiaba toda la noche y dormía todo el día, haciéndome sentir cada vez más sola. Me aficioné a leer como un medio de escape y ne leía una novela por día; afortunadamente. Consuelo tenía una biblioteca de cerca de 1000 volúmenes, de modo que yo podría sobrevivir así por un cierto tiempo.

En Abril, sin embargo, unas amigas de Consuelo se ocuparon de mi, reprendiéndola por descuidarme, y me enviaron a trabajar con el único doctor que conocían que hablaba inglés. El trabajaba en un hospital cercano. El hecho de que él fuese cardiólogo y yo una cirujano con una pequeña preparación en cirugía plástica no tuvo la menor importancia , para estos amables seres; para ellos todos éramos doctores y así me convertí en miembro honorario de la mejor unidad cardiológica en Santiago y, desde ese día, las cosas parecieron marchar.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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