audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 39

EL REENCUENTRO


(Sólo por la tolerancia de Jesucristo
temerarios que nada saben
tienen guerras que sufridamente ganan
y almas que apenas logran salvar.

Nada les digo para vuestra comodidad
de verdad, nada para vuestra ambición.
Asegúrate que el cielo puede hacerse más oscuro todavía
y el mar hacerse amenazadoramente alto.

La noche caerá sobre ti como tres noches
y el firmamento cual una copa de hierro.
┐Puede haber alegría sin una causa, de verdad, fe sin esperanza?)

G. K. Chesterton 'La Balada del Caballo Blanco'.

Mi tercera visita al fiscal fue muy diferente a las anteriores. Mi transferencia a la Casa Correccional y la confirmación del fiscal de que ahora estaba bajo la jurisdicción y protección de la corte habían dado fuerzas a mis esperanzas y restaurado mi sentido de dignidad como persona. Ahora que era llevada a la corte por las autoridades de la prisión y el hecho que ellos usaran uniformes era de alguna manera reconfortante en contraste con el anonimato aterrador de los agentes de la DINA, con sus metralletas escondidas en maletines y con sus pistolas enfundadas bajo el brazo. Ahora que todo el mundo sabía que yo estaba prisionera y que era acompañada por una guardiana y un gendarme de la prisión con una pequeña pistola en su cinturón, hacía que yo me sintiera, en alguna medida, más protegida.

Cuando la camioneta de la prisión llegó a la corte y abrieron la puerta trasera para dejarme salir, había un excitado grupo de reporteros y fotógrafos reunidos alrededor del vehículo. Los miré con una particular emoción, porque después de haber sido desnudada, torturada y privada de toda libertad, la irrupción a la privacidad causada por la prensa no me parecía de mayor consecuencia. Repentinamente, de entre el mar de rostros, reconocí al joven periodista que me había comprado un sandwich y pude agradecerle con una sonrisa. Como resultado apareció, esa noche, una buena fotografía en todos los periódicos y pienso que debe haber aliviado a mis amigos e incomodado a la DINA.

Mientras esperaba sentada afuera de la oficina del fiscal, un grupo de personas bajaba la escalera que conducía a la oficina del sótano y allí, increíblemente, caminando tras los guardias, seguían los prisioneros. Eran mis tres compañeros de culpa, los sacerdotes que habían ayudado a los dos fugitivos y a sus mujeres. Sin hacer caso de los guardias, nos abrazamos los unos a los otros y fue entonces que me di cuenta que ellos estaban encadenados por los puños y por los pies.

Poco después de su llegada me llamaron a la oficina. El fiscal y sus dos asistentes estaban cansados después que habían tenido una larga semana de audiencias, pero fueron correctos como siempre y se aseguraron de que yo estaba siendo bien tratada. Después de un breve período del interrogatorio se me pidió esperar afuera. Se me dijo que la prohibición de incomunicación había sido levantada y que era libre de hablar.

Difícilmente era capaz de creer que yo era libre para comunicarme con mis amigos y sentada, fuera de la oficina del fiscal, trataba de pensar en gente con teléfono. No podía recordar ningún número, excepto el mío, y aunque encontré los números de dos de mis amigos en la guía de teléfonos, ellos no estaban en casa, de manera que frustrada regresé a mi asiento. En ese momento los cuatro sacerdotes estaban esperando afuera, ya que el padre Carlos había sido traído desde la Penitenciaría donde él había sido mantenido desde el día de nuestro último encuentro. Los padres Femando Salas, Patricio Carióla y Gerardo Wheelan, que estaban directamente involucrados en encontrarle asilo al hombre herido y su mujer, estaban todavía con orden de no hablar, pero después de un rato el padre Salas fue llamado a la oficina y cuando salió me dijo que la orden de incomunicación había sido levantada para él también, de manera que nos era permitido mantener una conversación.

Mientras permanecíamos conversando en un rincón del hall me contó que el padre Patricio Carióla se había presentado a las autoridades el día anterior y estaba ahora enfrentando los cargos por ocultamiento de los revolucionarios. Después de un rato, al padre Wheelan también se le permitió hablar y nos contó cómo había sido arrestado un domingo en la mañana, unas dos semanas atrás, cuando yo les tuve que revelar a los que me estaban torturando que él había ayudado a Gutiérrez. El había sido mantenido en confinamiento, aislado en "Cuatro Alamos" desde el día de su detención, y lo mismo que los otros dos sacerdotes estaba inculpado en el ocultamiento de un revolucionario.

Durante la conversación llegó el cónsul británico y por primera vez desde mi arresto era posible hablarle en privado. Yo le conté todo lo que había sucedido y de mi tratamiento en manos de la DINA y también de mis temores de que si alguna protesta fuera hecha ésta podía pesar en contra de mis posibilidades de dejarme libre. Nosotros decidimos, por lo tanto, no decir nada con respecto a esta conjetura, con la esperanza de que los procedimientos de la corte terminarían pronto y yo fuera puesta en libertad o deportada. El me dijo que el abogado que había sido tomado para mi defensa, después de nuestra primera conversación, se estaba esforzando en asegurarse que yo fuera tratada justamente. Después de un rato él partió a informar el estado de los trámites al embajador y a confirmar la última noticia en relación a mi tortura al Foreign Office. Otra vez me explicó que aunque él y el embajador no habían comprendido lo que yo les dije por "mains", cuando hablamos en presencia del comandante de "Cuatro Alamos", él, sin embargo, había transmitido a Londres ese mismo día el contenido completo de nuestra conversación. Después que regresé al Reino Unido me contaron que los oficiales del Foreign Office habían entendido el significado de mi mensaje en clave mucho tiempo antes de que recibieran la confirmación oficial del cónsul.

Poco después que Derek Fernyhough hubo partido, nosotros tuvimos otro visitante: un sacerdote de la Iglesia de San Ignacio. Cuando se dio cuenta que no teníamos qué almorzar salió y regresó una hora y media más tarde con un enorme paquete de sandwiches y frutas. Nunca olvidaré esa comida. En la penumbra del hall sin ventanas, afuera de la oficina del fiscal, nosotros compartimos nuestro almuerzo con los avergonzados guardianes. Sentados allí, riendo y conversando lo mismo que un grupo de chicos en un picnic. Tres jesuitas chilenos, un sacerdote misionero americano, un sacerdote chileno obrero y una doctora inglesa. Ninguno de nosotros, sabiendo si seríamos liberados o si seríamos sentenciados con una larga prisión, habíamos aprendido a vivir el momento y nos alegrábamos de que estábamos aún con vida, de que la gente que habíamos ayudado estaba segura en un asilo y de esta inesperada misericordia de estar juntos por unas pocas horas.

Nuestros guardias, muy incómodos, rehusaban nuestros ofrecimientos de comida, pero finalmente el hambre se sobrepuso a la vergüenza y ese día la generosidad de la cocina de la congregación de San Ignacio y del cónsul británico alimentó no solamente a los presos sino que además a los carceleros.

Al atardecer el fiscal me llamó a su oficina y me dijo:

"Doctora, la estoy dejando en libertad".

No podía creerle a mis oídos y, estúpidamente parada allí, le dije: "┐Usted quiere decir que yo me puedo ir?"

"Sí", dijo él.

Incrédula todavía le pregunté: "┐Puedo regresar a mi casa?".

El asintió.

"┐Regresar a trabajar?".

"Sí", él sonrió.

El me explicó que había determinado que yo no era culpable de conspiración por ocultar revolucionarios y que mi sola falta era que yo no había cumplido con informar que había atendido a un hombre con una herida a bala.

Completamente aturdida y todavía incrédula, salí de la oficina para telefonear a la casa del cónsul y contarle mis novedades. El había salido, pero hablé con su señora y le pedí si yo podría llegar a su casa esa noche. Ella se alegró con mis noticias y me prometió ponerse en contacto con su marido. Le expliqué que tenía que regresar primero a la Cárcel de Mujeres porque tendría que firmar los papeles necesarios antes de ser liberada.

Alegre regresé donde mis amigos que estaban afuera de la oficina y después que nos abrazamos y casi bailamos de alegría, ellos se pusieron serios y me aconsejaron que tenía que buscar asilo. A medida que los escuchaba y observaba sus graves expresiones, me di cuenta que me estaba colocando en una peligrosa situación, que pronto terminaría la corte militar y que la DINA no quedaría contenta si yo fuera liberada y que yo fuera a denunciar lo que me habían hecho.

Tratábamos de encontrar, entonces, una solución para lo que yo debería hacer. Determinamos finalmente que lo más acertado sería alcanzar la embajada británica tan pronto como fuera posible y que no debía permanecer sin la protección de la embajada en ningún momento. Comprendí el sentido de lo que me decían y me di cuenta de lo insensato que había sido mi efímero sueño que podría regresar a mi casa, a mis perros y a mi trabajo.

En ese momento los sacerdotes estaban reunidos con Hernán Montealegre, un joven abogado del Comité Pro Paz, que los representaba. Estuvo de acuerdo con la advertencia y se ofreció para llevarme de regreso a la Casa Correccional, de manera que estaría conmigo hasta que el cónsul llegara y me rescatara.

Justamente, antes de las seis, el fiscal terminó la investigación de ese día.

Al padre Salas. Wheelan y Carlos se les levantó la prohibición de comunicación, pero sus casos todavía no habían sido resueltos, por lo que ellos fueron conducidos a "Capuchinos", un anexo de la cárcel para hombres. El padre Patricio Carióla tendría que permanecer incomunicado, confinado en aislamiento. Antes que se lo llevaran pidió una Biblia y que se le trajera la comunión en la mañana. Mientras subía las escaleras, erguido y digno, entre los guardias, nuestra burbuja de alegría se rompió, y la absurda situación en que cuatro sacerdotes y una doctora estuvieran en prisión por ayudar a un hombre herido se hizo de nuevo una penosa realidad.

Una vez que los sacerdotes partieron a sus respectivas prisiones, los guardias me dijeron que tendría que regresar a la Cárcel de Mujeres. Dado el hecho de que había sido liberada y que no había medio para transportarme estuvieron de acuerdo que podíamos ir en el auto del señor Montealegre. Mientras conducía conversamos en inglés y me contó que era uno de los abogados que trabajaba para el Comité Pro Paz y que desde esa fecha del "golpe de Estado", más de 12.000 personas habían recibido asistencia legal del Departamento correspondiente del Comité.

Le conté de la difícil situación de Antonia, que había sido mantenida sin un proceso por más de tres años, prometiéndome él, entonces, ir a verla y ayudar a apurar el procedimiento de su caso.

Cuando llegamos a la prisión el cónsul estaba allí esperándome, así es que le dije adiós a mi nuevo amigo. Poco evalué la posibilidad de que no pasarían muchos meses para que él también pasara a ser un prisionero más de la DINA. Fue arrestado en mayo de 1976 y mantenido prisionero en "Cuatro Alamos" y tiempo después en "Tres Alamos", por seis meses, hasta que fue liberado por la amnistía para prisioneros en diciembre de 1976.

Me reuní con el cónsul en la oficina de la prisión donde me presentó al más joven de los abogados que se habían encargado de mi defensa. Juntos explicamos al hombre encargado de la oficina que había sido liberada y que venía a firmar los papeles necesarios. Tan grande había sido mi fe en la autoridad del fiscal que cuando el oficial encargado me dijo que no tenía autorización para dejarme ir yo no me podía convencer. El me explicó que yo había sido detenida inicialmente bajo las Leyes del Estado de Sitio y que no podía ser puesta en libertad sin la autorización del SENDET, la oficina que era responsable por los detenidos políticos y que ya eran las siete de la noche del viernes y que la oficina del SENDET estaría cerrada hasta la mañana del lunes.

Era todo tan absurdo que no sabía si reír o llorar.

El abogado telefoneó a la oficina del fiscal, pero no hubo respuesta. Ellos habían regresado a sus casas.

Desde cerca de las cinco horas que siguieron, permanecimos allí el cónsul, el abogado, el oficial de la prisión telefoneando a todo Santiago, tratando de encontrar a alguien con autoridad para que me dejaran libre esa noche.

Al comienzo la perspectiva de permanecer dos días más en prisión me parecía intolerable y después, cuando la noche se hizo más noche, dejé de llorar y les dije que si sería liberada el lunes en la mañana no me importaría pasar el fin de semana con Antonia, las monjas y los patitos.

El abogado, sin embargo, se esforzó en persistir y pensándolo retrospectivamente creo que debe haber tenido alguna idea de la forma cómo la situación se estaba urdiendo. Si él algo sabía, de todas maneras no dijo nada. Y me aseguró que pronto estaría a salvo en la casa del cónsul.

El llamó oficial tras oficial. Y cuando esperábamos la respuesta de ayuda de algún general, sonó el teléfono. Era un amigo con la noticia que había deslizado la United Press: "Yo sería puesta en un avión a las diez de la mañana del día siguiente".

Cansados permanecíamos allí, pero cuando llegó la medianoche mis dos acompañantes tuvieron que partir. No debían ser encontrados fuera de sus hogares después de la una en punto, que era la hora del toque de queda. Necesitaban unos tres cuartos de hora para alcanzar hasta sus casas. Prometiendo venir la mañana siguiente me pidieron que tratara de pasar la noche tranquila. Seguí a la guardiana a mi celda, demasiado cansada para llorar por la injusticia de todo.

Fui bienvenida por Antonia, María y la hermana Augusta en la pequeña pieza con los patos, y mientras comía la cena que habían guardado para mí les conté los sucesos del día.

Aunque triste porque yo no había sido liberada, Antonia se recogió porque tendríamos tiempo para conversar el fin de semana, y yo comencé a pensar que el asunto no sería tan terrible después de todo. Debe haber sido la una cuando caí exhausta a la cama y dormí en paz, sabiendo que no podría pasar mucho tiempo para que al fin terminara en mi vida este episodio de pesadilla.

A la mañana siguiente se me permitió reunirme con Antonia y María para el desayuno. Yo les conversaba mientras ellas hervían agua en el calentador eléctrico, preparaban el café y ponían en orden el caos que los pollos habían producido, ya que se habían escapado de la caja de cañón durante la noche y corrían descontrolados en la pieza de trabajo. De vez en cuando uno se salía y Antonia lo trataba de cazar por toda la pieza hasta que lograba acorralarlo y reprendiéndolo severamente lo volvía a colocar en la caja.

Terminado el desayuno, estaba tranquila y relajada escuchando el ruido de los patitos y leyendo los informes de mi día en la corte en los diarios del día anterior. Mi tranquilidad, sin embargo, estaba destinada a durar muy poco. La puerta se abrió, repentinamente, para dar paso a la monja superiora de la prisión quien me dijo que recogiera mis pertenencias pues debía ser transferida inmediatamente a otro campo de concentración.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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