audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 38

LA CASA CORRECCIONAL


("Desde la infancia enseña a tu niño
a amar los espacios abiertos
ampliándole su mente.
El se alegrará por esto,
tal vez, porque más tarde
tendrá que sobrellevar
una vida confinada
a una hendidura, menor que una ventana
para tener su pedazo de cielo)

Helder Cámara. 'El Desierto es Fértil'

Una por una ellas me abrazaron y le dijeron a la guardiana que me dejara, y en seguida me condujeron por un sendero. No era un sueño lo que me estaba sucediendo porque ellas me dijeron: "Te hemos estado esperando por tanto tiempo".

Tal vez si no hubiera comido ese hot dog yo no me habría convencido de que todavía estaba en Chile ese año 1975, y yo no habría dudado que había pasado a otra vida, sin darme cuenta, porque nunca encontré mujeres tan parecidas a los ángeles.

Como si no fuera suficiente encontrarme con monjas. cuando esperaba encontrar hombres con metralletas, yo, ahora, pestañeaba incrédula porque allí, sobre el piso, había una caja de cartón grande llena de patitos. Eso era demasiado. Me dejé caer en una silla y todas las lágrimas que no derramé la semana pasada se vaciaron sobre mis mejillas, sobre el piso, mientras buscaba por el pañuelo de Derek.

Después de un rato me di cuenta de que estaba llorando sobre una gastada chaleca roja de una joven de unos veinte años, delgada, y de oscuro cabello que acariciaba el mío. Traté de serenarme y después de mirar los patitos para asegurarme que todo era real, miré a los habitantes de esta extraña estación del cielo. Agradada de ver estos signos de estar regresando a la vida, ellas me saludaron de nuevo y fui presentada a Antonia. María y la hermana Augusta. Ellas repitieron que me habían estado esperando por días y cuando les dije que no comprendía el porqué, me mostraron un montón de diarios, y uno de la tarde con una amplia fotografía de mi maltrecha figura entrando a la corte. Como me mostraron también los diarios de la semana pasada, me di cuenta que desde mi arresto yo había estado en las primeras líneas de la noticia por varios días y que todo Santiago estaba alborotado por el compromiso de muchos sacerdotes y monjas en el ocultamiento de los revolucionarios. No fue, sin embargo, hasta mucho más tarde que supe con exactitud cuan grande habían sido las repercusiones de nuestras acciones.

A medida que revisé los diarios, totalmente fascinada por la mezcla de verdad y mentiras que habían sido publicadas, escuché una palabra mágica: "ducha". Levanté la vista y me encontré que ellas me estaban pasando jabón, toalla, champú, cepillo de dientes y ropa limpia y que me decían que tenía que ducharme con agua caliente. Sin poder creer que todo eso era verdad, seguí a la hermana Augusta por el corredor escuchando las instrucciones de cómo funcionaban los grifos.

Hacía once días que había sido arrestada y yo había vivido y dormido con la misma camisa, suéter y jeans, que se habían empapado con la sangre de Enriqueta cuando ella yacía tirada muriéndose en el piso de la casa del padre Halliden. Agradecida me quité las ropas y disfruté el lujo de tener agua caliente y jabón.

Cuando regresé a la pequeña habitación mis ropas sucias habían desaparecido y mientras Antonia secaba mi cabello y María hervía huevos con un calentador eléctrico, nosotras conversábamos. Me explicaron que todas las prisioneras, cuyos casos estaban siendo procesados o que habían sido sentenciados. eran mantenidas en esta prisión y que aquellas que eran detenidas sin cargo, pero bajo las Leyes del Estado de Sitio, eran mantenidas en el campo de detención de "Tres Alamos".

Antonia había sido detenida cuando cayó el Presidente Allende porque había sido miembro de un pequeño partido revolucionario de izquierda que había perturbado "la paz". Después de tres años su caso permanecía sin resolverse y había poca esperanza de que éste fuera tratado en un futuro cercano, como ocurría con los numerosos prisioneros que esperaban juicio y que estaban aumentando cada día. El departamento legal trabajaba muy lentamente. Su marido también estaba en prisión, en la Penitenciaría, y sus familias tenían escasez de dinero para pagar los honorarios de los abogados. María era una prisionera con una larga estada y no me dijo por qué estaba allí, pero parecía estar en una posición de confiada esperanza.

Las religiosas eran miembros de la congregación del Buen Pastor, cuyo apostolado consistía en asistir a jóvenes delincuentes y vivían y trabajaban dentro de la prisión tratando de reeducar y rehabilitar a las mujeres. La hermana Augusta era, especialmente, una mujer bondadosa y se esforzaba lo más que podía para hacer tolerable la vida para la gente como Antonia.

La pieza en la que estábamos parecía ser la habitación para el planchado y costura, y estaba asombrosamente atestada con toda clase de ropas y materiales que preparar. Sin mencionar, por supuesto, los patos era, además, gallinero, porque también había unos pocos pollos que estaban a cargo principalmente de Antonia. Ella disponía un pedazo de terreno en un rincón del jardín donde dejaba sus polluelos durante el día y los entraba para su seguridad y calor en la noche.

Después que hube terminado mi sopa y mi cabello estuvo seco y brillante por los cuidados de Antonia, se me dijo que ya era tiempo de irme a la cama. Ellas me explicaron, disculpándose, que yo debía ser encerrada otra vez. Esta era de verdad una prisión y esas dos horas habían sido sólo como un tiempo de recreo y evasión de la realidad porque yo todavía permanecía por orden de la corte en incomunicación. Ellas me prometieron traerme alimento al día siguiente, me abrazaron y me dijeron: "Buenas noches", lo mismo que la guardiana que misteriosamente había aparecido y esperaba impaciente en la puerta.

La seguí descendiendo una oscura escalera, atravesamos una pieza subterránea llena de mujeres durmiendo y esperé a que abriera mi celda. Asombrada la miré y, entonces cuando entré, me di cuenta que tenía casi el mismo tamaño de un armario, justo para que cupiera la cama, un casillero y nada más. Tal vez ocho pies por cinco. Lo peor de todo era que no tenía ventana, excepto, un pequeño hoyo alambrado en la puerta. Trepé lentamente a la cama y ella, tras cerrar y asegurar la puerta, me dejó.

Haciendo un esfuerzo para no estallar en lágrimas, una vez más me dije a mí misma que por lo menos estaba segura en ese lugar y que por primera vez desde que había sido arrestada ya no estaba más en poder de la DINA. Ellas habían hecho lo posible para que estuviera más cómoda porque la cama tenía sábanas y muchas frazadas y apenas podía moverme. Yo caí exhausta porque la noche anterior no dormí por las horas de terror y conmoción sufridas. Finalmente me quedé profundamente dormida.

A la mañana siguiente la guardiana abrió mi celda y me hizo subir las escaleras al baño. Encontré que mi escaso período de privilegio había terminado y junto a otras mujeres entramos amontonadas a una sala de baño pequeña. La idea de la vida en prisión que yo había recogido en los filmes no había estado tan equivocada porque aquí había un grupo de mujeres reunidas. Sin quererlo y sometidas a la indignidad de llevar sus receptáculos, que ocuparon en la noche, para ser vaciados y lavados. Su lenguaje era burdo y algunas parecían mentalmente deficientes o desequilibradas. Supe, después, que la mayoría eran prostitutas y delincuentes y que unas pocas de ellas eran culpables de actos de violencia, incluyendo asesinatos.

Después que me lavé regresé a mi celda y me senté en la cama porque no tenía ropas y no había dónde sentarse. Pasé todo el día en la cama excepto cuando iba al baño o cuando venía alguien a verme. Una de las monjas me trajo una Biblia, pero había tan poca luz que tan sólo podía leer parada a los pies de la cama sosteniendo el libro pegado al tragaluz que había en la puerta. Rápidamente me cansé y traté de resignarme permaneciendo tranquila en la semi oscuridad.

Cuando llegó la hora de almuerzo, mi puerta fue abierta, y Antonia y María entraron con un plato de estofado que ellas habían preparado especialmente para mí. Fue la primera vez que comí carne (aparte de mi hot dog) desde hacía diez días. Me sentía profundamente agradecida, pero ellas pudieron quedarse tan sólo un breve momento, sin embargo su visita me levantó el ánimo, después me las arreglé para estar más tranquila y paciente. Por la tarde me trajeron mis ropas cuidadosamente lavadas y planchadas por una de las prisioneras. Me vestí sintiéndome que ya era una persona y me paré en la cama atisbando por la pequeña ventana.

La estrecha celda estaba en uno de los bloques del dormitorio subterráneo y a través de la rejilla de alambre podía ver la ventana con barrotes y el paseo de los pies del guardián de la prisión que patrullaba en el jardín.

Cuando cambió la guardia llegó una nueva vigilante más amistosa, la que me dijo que podía salir de la celda por una hora y media.

Mientras estaba sentada en el borde de la ventana mirando hacia la pared del frente y el pasto que crecía arriba en el jardín, me di cuenta que no estaba sola. Suavemente una voz me llamó de una de las otras celdas y la pálida cara de una niña de cabello rojizo apareció en la ventana.

Ella era Lucía, conversamos en tono bajo, atentas a las pisadas del guardia sobre la gravilla y el ruido de la llave en la cerradura que podría anunciar el regreso de la vigilante. ĦQué diferente era Lucía de mis compañeras de celda en "Villa Grimaldi". Ella había sido empleada en una oficina de gobierno y pasaba por ser cómplice de una muchacha que tenía un sistema perfecto para cometer fraudes. Yo no recuerdo los detalles. pero su amiga había estado, sistemáticamente, estafando la oficina por más de un año y cuando Lucía repentinamente se dio cuenta, consideró que era prudente enfrentar las cosas y se fue a la oficina de Investigaciones del departamento de policía para hacer la denuncia correspondiente. Para su sorpresa e indignación, ella fue detenida quedando en custodia hasta el arresto de su amiga y la clarificación del hecho. Ella, me parece, era mantenida en incomunicación previamente a ser escuchada por la corte. Nosotras conversamos un rato hasta que la vigilante regresó y fui encerrada de nuevo.

Antonia y María me trajeron la cena y otra vez me di el lujo de comer carne porque ellas estaban decididas a que yo recuperara mis fuerzas. Me trajeron mensajes de afecto y valor de otras prisioneras políticas y supe que ellas eran diez muchachas que habían sido procesadas y estaban cumpliendo condena de hasta veinticinco o treinta años.

El día siguiente, jueves 13 de noviembre, fue más llevadero, se me permitió salir de mi celda al dormitorio. Pude sentarme en la ventana, leer la Biblia y estirar mis adoloridos miembros ya que por mucho tiempo había permanecido en un espacio de no más de ocho pies imposibilitada para hacer ejercicio.

Cuando la hermana Augusta vino a visitarme le pregunté si podría ver al capellán de la prisión, pero se mantuvo evasiva diciéndome que eso no era posible. Separada de la misa y de recibir diariamente la comunión que habían llegado a formar parte de mi vida, me entristecí y sentí que era injustamente privada de algo, porque seguramente tenía que haber un sacerdote que venía diariamente al convento y a la prisión.

No fue sino hasta que llegué a mi destinación final en "Tres Alamos" cuando recién supe que el padre Patricio Gajardo, el capellán de la prisión, había sido arrestado a menos de una semana del día en que yo fui detenida.

Había muchos sacerdotes y monjas involucrados en la asistencia a revolucionarios, tanto que la DINA había provocado una ola de represión y venganza en contra de la Iglesia, y especialmente en contra del Comité Pro Paz, porque no había explicación lógica para la detención del capellán.

El padre Patricio Gajardo con dos trabajadoras de la Iglesia, Loreto Pelissier y Aura Hermosilla fueron arrestados el 10 de noviembre. Ellos fueron detenidos por agentes de la DINA y llevados con los ojos vendados a "Villa Grimaldi". El padre Gajardo fue interrogado por seis horas y las dos muchachas fueron torturadas con descargas eléctricas. Una de ellas fue violada. Me encontré con ellas cuando fui transferida a "Tres Alamos" y con el padre Gajardo cuando ambos dimos testimonio, en la cuarta sesión de la Comisión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Militar chilena, en Helsinki, en marzo de 1976.

El padre Gajardo inició su trabajo como capellán de las prisiones de Santiago en 1974. El y su asistente ayudaban socialmente a los prisioneros con un programa mediante el cual los internos hacían artesanías, las que después eran vendidas para juntar algún dinero y colaborar a la mantención de sus familias. Ellos trabajaban en colaboración con el Comité Pro Paz que aportaba dinero para los materiales. Su arresto fue interpretado como un ataque al Comité.

Un asistente social fue arrestado el mismo día y una . semana más tarde el abogado jefe del Comité, que había sido designado para defender al padre Gajardo, también fue detenido, sin cargos y mantenido y torturado en la misma celda que su cliente.

Los diarios tuvieron bastante material para hacer noticias con el arresto de estos trabajadores de la Iglesia y publicaron una fotografía con un bordado simbólico confeccionado por las prisioneras, las que fueron acusadas de preparar material subversivo. El diseño mostraba a dos mujeres arrodilladas frente a una llama, sus cabezas unidas y sus manos atadas detrás de sus espaldas, simbolizando la unidad entre los prisioneros y el fuego imperecedero de su esperanza.

Aunque el padre Gajardo y las muchachas fueron liberados de la prisión, al poco tiempo antes que yo, tuvieron que abandonar el país por el temor de la persecución de la DINA.

Al día siguiente, viernes 14 de noviembre, fui llevada a la Corte para presentarme ante el fiscal.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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