audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 37

EL PROCESO


(Si Tú quieres
enviarme
a la noche brumosa
donde no pueda ver
mi camino.
Si yo tropezara
tan sólo te ruego
me permitas mirar y sonreír,
serenamente,
soportaré todo con entereza
porque estando Tú conmigo
yo caminaré en paz.)

Helder Cámara. 'El Desierto es Fértil'

Cuando me llevaron a la camioneta me sorprendí porque había otro prisionero. Un hombre de unos sesenta años. terriblemente delgado, que parecía enfermo y miserable. Trataba de sostener sus pantalones que no tenían cinturón y que eran demasiado grandes para su talla. Tropezaba porque a sus zapatos les habían quitado los cordones. Nos sentamos juntos, apretados en la cabina del vehículo, yo colocada entre el coronel. que siempre conducía, y un vigilante con una metralleta. Viajábamos en silencio mientras cavilaba anhelante y confusa por lo que el nuevo día me traería.

Mientras pasábamos por un centro comercial observaba a la gente presurosa. Vi un vendedor callejero con su carro de mano cargado de frutas, "era imposible creer que a menos de dos semanas había estado comprando frutillas a ese mismo hombre".

Los fotógrafos estaban presentes y hacían fuerza para entrar junto con nosotros por la parte trasera del edificio donde funciona la corte y nos persiguieron con sus flashes. Una vez adentro se nos hizo descender rápido al piso bajo donde la Segunda Fiscalía Militar tiene sus oficinas, y se nos hizo esperar.

Llegó primero mi turno.

Fui identificada en una gran oficina donde dos hombres jóvenes estaban sentados en sus respectivos escritorios. Uno de ellos me explicó que era el ayudante del fiscal y que se le había encargado tomara mi declaración. Su compañero, lo señaló, estaba para escribir lo que yo diría. Después que juré ante ellos que lo que estaba por declarar sería la verdad, comenzamos.

Fue un asunto lento. Cada pregunta y cada respuesta tenían que ser escritas a máquina, tal cual las hablábamos. Después de un par de horas entró el fiscal. Me saludó cortésmente y volviéndose a su asistente le dijo: "¿Le ha ofrecido a la doctora una taza de café?". Tan acostumbrada había llegado a estar al tratamiento de la última semana que ya había olvidado cómo era la conducta de las personas civilizadas. Mi corazón se conmovió frente a este hombre, que me demostraba tal consideración, que recién comencé a sentir y a comprender que nuevamente estaba recuperando mi identidad. El pensamiento que podría tomar café hizo que me diera cuenta que tenía hambre y reuní fuerzas para tener el coraje de pedir: "¿Por favor, cree usted que yo podría comer un pedazo de pan?".

El fiscal estaba enojado e incómodo y exclamó: "¡Por Dios, doctora! ¿Acaso no la han alimentado?"

Le expliqué que el desayuno de la prisión me hacía enfermar.

Sacó un billete de su bolsillo y mandó a un empleado de la oficina a comprar un sandwich.

El resto de la mañana continuamos con la declaración. Sentada, inclinada sobre el café caliente, trataba de no derramarlo sobre el fino escritorio del fiscal, pero mis manos tiritaban tanto que tenía que tomarlo con las dos.

A las seis de la tarde todavía estábamos allí. Mi declaración había sido tomada hasta pasado el mediodía y ahora estaban interrogando a mi compañero. Después de la hora de almuerzo, cuando permanecíamos sentados juntos, le había alcanzado a murmurar: "¿Por qué está usted aquí?". Me respondió: "Por lo mismo que usted". Recién me di cuenta que él debía estar involucrado en el ocultamiento de Andrés y Mary Ann.

Sin embargo, no me di cuenta que mi compañero era un sacerdote hasta cuando el fiscal salió de su oficina y se dirigió a él como "padre Carlos". Mucho después, cuando estuve en "Tres Alamos", me contaron que ese hombre que se veía tan delgado y tan pobremente vestido, había sido uno de los ayudantes más importantes del Cardenal, pero que unos diez años atrás él había dejado su cargo para hacerse un cura obrero. El había trabajado por varios años en las minas de cobre y ahora se desempeñaba como trabajador en una de las poblaciones marginales más pobres de Santiago. Es de admirar que un hombre, que sintió el llamado para cargar la cruz del pueblo, se encontrara un día tan junto a ella. "Carlos", por supuesto, no es su nombre. El ha retomado a su vida, anónimo, un manso nazareno presente entre la gente que ama.

Mientras estaba allí sentada entre dos vigilantes armados, un joven reportero bajó las escaleras al hall de la oficina de la corte y comprometió a los guardias en una conversación. El, y los otros reporteros, habían estado esperando todo el día por novedades con respecto al veredicto del fiscal y él se las había arreglado para deslizarse entre los guardias de la entrada logrando llegar hasta allí. Después de conversar un rato con mis vigilantes, él dijo que saldría a comprar un sandwich. Algo de la ansiedad de mi mirada reflejada en mi cara debe haberlo tocado porque él me preguntó: "¿Le gustaría servirse uno?" No se trataba tan sólo que yo estuviera con hambre de nuevo sino que esto era volver a contactarse con el mundo de afuera y a una existencia normal. De manera que le respondí: "Me gustaría un hot dog con mayonesa y mostaza". No es posible transcribir en palabras el volver a experimentar la realidad de poder escoger la clase de sandwich que yo deseaba. ¡Darse el lujo de pedir un aderezo como mostaza!

El pedir y el comer tal clase de sandwich fue uno de los momentos más memorables de mis dos meses como prisionera. Después de haber limpiado el último rastro de mayonesa de mi cara y mis dedos con el pañuelo del cónsul, que ahora quedó grasoso, el reportero me fotografió siendo su generosidad recompensada al obtener una exclusiva para su diario, un semanario en el sur de Chile.

Después que terminaron el interrogatorio al padre Carlos fui llamada a la oficina de nuevo. El fiscal me comunicó que yo, ahora, estaba bajo la jurisdicción de la Corte Militar y, que hasta que mi caso fuera resuelto, debería ser trasladada a la Casa Correccional, que era la cárcel para las prisioneras comunes en Santiago, en otras palabras, no quedaba bajo la jurisdicción de la DINA. Me dieron deseos de besarlos a todos, pero me contuve y les pregunté si podría ser conducida a la nueva prisión inmediatamente, tanto porque yo no deseaba pasar otra noche en "Cuatro Alamos". Ellos me contestaron que ya casi todo estaba listo, pero que debía regresar brevemente porque era necesario completar algunos papeles y devolverme mis cosas personales. Fue más bien después de las ocho cuando regresamos a la prisión, pero nada se dijo acerca de mi transferencia. Encerrada de nuevo en mi celda, dudaba si estaban discutiendo cómo podrían retenerme. Y el terror, que estaba siempre latente. me envolvió de nuevo.

Me mantuvieron en suspenso por dos horas, pero, alrededor de las diez, se me mandó a buscar llevando mis cosas. Mis únicas posesiones eran mis ropas y, defendiendo la preciosa colonia, sujetándola firme en mi mano, seguí al guardia a la oficina. El coronel me dijo que había que firmar un papel y, colocando frente a mí un tipo de formulario, me dijo que lo firmara. Yo lo leí completo y lentamente, mientras él esperaba con mal disimulada impaciencia. El formulario era como un "Acta de Libertad", presumiblemente usada para todos los prisioneros detenidos por la DINA, y que establecía que yo estaba siendo liberada en las cercanías de mi casa con cargos de violación a la Ley de Seguridad del Estado, las que no fueron probadas. La primera parte del formulario estaba impreso, pero la segunda estaba en blanco y en esta parte el coronel me dictó:

"Por lo demás, yo declaro que mientras estuve detenida en 'Cuatro Alamos' no sufrí ninguna clase de tortura o malos tratos". Yo aquí me detuve y lo miré. entonces, él también miró y me dijo: "Esto solamente quedará aquí". El continuó con su dictado: "Además, yo no he sabido personalmente que otros detenidos hayan sido torturados o maltratados y declaro que estoy en perfecto estado de salud física y mental".

En el centro de la página estaba impreso: "Habiendo leído lo anterior yo declaro que lo firmo sin ninguna clase de presión".

Este documento, en compañía de otros que firmé cuando dejé otras prisiones, fue utilizado como evidencia para probar que yo había mentido.

(Existe un facsímil de este formulario con mi firma y, como fue publicado en un diario de Santiago, soy capaz de reproducir acuciosamente el contenido de él).

El padre Carlos también fue transferido a otra prisión y los dos subimos de nuevo a la camioneta de la DINA. El coronel estaba de buen humor y nos conversaba a medida que conducía. (Yo he olvidado la conversación, pero recuerdo que él se había entretenido en una especie de discusión religiosa con el padre Carlos).

La Casa Correccional está muy cerca de "Tres Alamos" y no nos tomó muchos minutos para llegar a ella. Fui llevada a la oficina y entregada a mujeres oficiales de la prisión, vestidas de uniforme gris, por uno de los guardias, y diciéndome ¡adiós!..., ellos se fueron.

Después que anotaron mi nombre en el registro, el hombre del escritorio telefoneó para que alguien viniera a recogerme. La mujer que acudió tendría entre treinta y cuarenta años y usaba el uniforme gris pálido de los servicios de prisión. Ella se quejó a la oficial de que estaban trabajando mucho y, diciéndome que la siguiera, abrió la puerta que me condujo a la prisión.

Yo me había hecho la idea de encontrarme con un sótano con pisos, celdas con barrotes y escaleras de metal, pero me encontré que estábamos, una vez más, en un jardín. Mientras seguía a la guardiana por el sendero, cinco figuras vestidas de blanco se materializaron de la oscuridad y dudé si ya había muerto, sin darme cuenta, y que ahora estaba en el cielo, porque repentinamente ¡me encontré abrazada y besada por un grupo de monjas!


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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