audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 35

LA VISITA AL FISCAL


El lunes 10 de noviembre, nueve días después de haber sido arrestada, fui conducida a la oficina del fiscal militar. Repentinamente cerca de las seis de la tarde se me comunicó que saliera.

Me sentaron en una camioneta Chevrolet grande, entre el coronel y uno de los guardias, para ser llevada a Santiago. Aterrorizada porque pensaba que me estaban llevando de regreso a "Villa Grimaldi", pero tratando de envalentonarme, porque no me habían vendado los ojos, les preguntaba repetidamente dónde me llevaban. Después de un rato, el coronel se irritó por mis preguntas y exclamó: "Te estamos llevando al fiscal".

De verdad, esto constituía un avance si es que en realidad sería presentada a una corte judicial, seguramente sería cosa de días antes de que estuviera tomando un avión a Inglaterra. Mi ánimo mejoró y comencé a alegrarme por el futuro viaje.

"Tres Alamos" está en las afueras de Santiago, en la Avenida Departamental. A medida que corríamos por la carretera, la ciudad se iba extendiendo y yo buscaba algunos sitios que pudiera reconocer. De pronto mi corazón dio un salto, reconocí las torres gemelas de la iglesia de San Ignacio y, nuevamente, el hecho de ser una prisionera se tomó en una especie de un mundo irreal o de una extraña película donde yo me imaginaba escapando o siendo rescatada.

Cuando entrábamos a la ciudad el coronel les advirtió a sus hombres que habría fotógrafos y que aunque no importaba el hecho de que yo fuera fotografiada, las fotografías no tenían, de ninguna manera, que aparecer en los periódicos. Cuando bajamos del vehículo me hicieron caminar separadamente de ellos y cuando un hombre le tomó una fotografía al coronel, él, rápidamente, ordenó que ésta fuera confiscada y, mientras nosotros esperábamos al pie de la escalera, la película fue destruida.

La corte militar estaba en un departamento pequeño y antiguo en un edificio grande en el centro de la ciudad. Conducida por el coronel se me dejó en la oficina del fiscal militar. Por un breve momento quedé sola, pero en seguida entró rápidamente un abogado del Ejército, alto, vestido de civil y sentándose en su escritorio, comenzó a interrogarme. Su primera pregunta fue acerca de cómo había sido tratada y, como yo no confiaba en nadie, le dije que había sido bien tratada. Si él se sorprendió, no lo demostró y después de unas pocas preguntas quedó establecido que yo había atendido a Gutiérrez. El fiscal comenzó después a preguntarme acerca del incidente en la casa de la calle Larraín Gandarillas.

Al comienzo yo estaba bastante tranquila y le conté que había estado sentada al lado de Sussie cuando escuché el grito de la empleada y cómo yo bajé rápidamente para encontrarla herida yaciendo en un charco de sangre. El me preguntó quién había estado en la casa conmigo. Le respondí que allí habíamos estado solamente cuatro personas: Sussie, el padre Halliden, la empleada y yo. Para mi sorpresa, él insistió sobre el asunto y repetidamente me preguntaba si es que yo no habría estado escondiendo a otro en la casa y si yo tal vez no hubiera tenido también un rifle. Yo estaba perpleja porque parecía absurdo que él me estuviera haciendo preguntas para las cuales se suponía que él ya tenía que saber las respuestas, ¿acaso no había sido la DINA la que registró toda la casa y no encontró a nadie?

El siguió y siguió, y gradualmente llegó a adoptar una actitud que demostraba claramente que él no creía lo que yo decía. De repente, la intención de sus preguntas me quedó abundante y pavorosamente clara porque me dijo y me advirtió que uno de los miembros de la DINA había sido herido en un brazo y si es que no era yo quien le había disparado, ¿quién otro podía ser?

De manera que ¿era así como yo quedaba delante de este hombre, aparentemente, justo y razonable? Comprendí que ya lo habían preparado todo informándole que yo había sido capturada en una batalla a tiros, en la cual un policía había resultado herido y que era probable que yo también estuviera escondiendo un cómplice o que yo misma habría sido la que inició el fuego.

Lo más terrible era que la captura de un revolucionario resultaba más fácil de creer que lo que realmente había sucedido: "Un ataque desprevenido, no provocado, a una casa de religiosos en el centro de Santiago".

La clase de pesadillas y de sucesos que siguieron a mi arresto me habían hecho olvidar la totalidad de la acción injustificable de las fuerzas de seguridad en la casa de la calle Larraín Gandarillas. Ellos habían baleado y muerto una empleada indefensa y habían disparado sin cesar, por unos quince minutos, sobre una casa de la cual nadie lanzó un tiro ni contestó con fuego como respuesta. Lo que ahora ocurría era que ellos habían estado averiguando cómo explicar el porqué de ese epi sodio y estuvieron buscando por algo que les permitiera justificar los sucesos que ellos mismos provocaron. Su conducta solamente podría ser justificada si alguien desde dentro de la casa hubiera disparado el primer tiro y ellos estaban ansiosos por probar que ese alguien era yo.

Todavía incrédula, protesté que no tenía armas y le dije que alguien pudo haber cometido un error y disparado sobre Enriqueta cuando ella abrió la puerta. El me miró sin creerme y me dijo que eso era todo por ahora, que continuaría interrogándome al día siguiente.

Mientras me levantaba le dije: "Por supuesto que seré deportada. ¿Verdad?".

Su respuesta, cuando levantó la vista de sus papeles, me trajo una nueva dimensión del horror de este todavía increíble drama porque contestó: "Yo no he escuchado ninguna cosa a ese respecto, doctora. Usted será tratada y sentenciada de acuerdo a la ley chilena".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo