audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 34

LA RUPTURA DE LA CASCARA


Tu dolor es la ruptura de la cascara que te impide comprender,
como el hueso del fruto debe romperse para que su corazón se exponga al sol,
lo mismo tú, debes conocer el dolor.
Si puedes mantener tu corazón maravillado con los diarios milagros de la vida,
el dolor no te parecerá menos asombroso que la alegría.
Y podrás aceptar así los cambios de tu corazón,
como siempre has aceptado las estaciones que cambian en los campos.
Y entonces contemplarás con serenidad cómo transcurren los inviernos de tu pesar.

Khalil Gibran. El Profeta

Entramos a una pequeña oficina y me hicieron una señal para que me sentara. Yo no sentía ningún alivio de estar fuera de "Villa Grimaldi" ni tampoco temor por lo que ahora me rodeaba. sólo una vaga sensación de cansancio y de esperanzas hechas añicos me invadía. Mi nombre pasó a formar parte de un libro mayor y una vez más me fueron quitados mi reloj y mi cruz, y todo colocado en un sobre que llevaba mi nombre. Por lo menos, parecía que existía como persona y, por primera vez, podía mirar la cara de mis captores.

"Cuatro Alamos" está ubicado dentro de los terrenos de "Tres Alamos", "is a half-way house" (casa de paso) para detenidos políticos. Hasta hace poco su existencia no era públicamente conocida porque estaba bajo la DINA y a ellos no les gustaba admitir que tenían a alguien en custodia hasta tener completada sus investigaciones. De manera que prisioneros que aparentemente han dado toda su información, estando en su posesión, son mantenidos incomunicados mientras la información es procesada y ellos aún puedan actuar sobre ellos.

Si aparece (por la interrogación de un nuevo prisionero) una información adicional de importancia para un determinado detenido, él es llevado de regreso a "Villa Grimaldi", como sucedió con Javiera.

El edificio al cual me refiero era un antiguo noviciado, y las celdas eran presumiblemente las piezas de los novicios. Hay alrededor de quince habitaciones en fila, a lo largo de un corredor con un baño en la mitad del bloque.

Los prisioneros son mantenidos aislados, solos o en grupos. Permanecen encerrados en las celdas las veinticuatro horas del día, excepto durante las tres visitas para ir al baño. Hay tres guardias armados con tumos de día y de noche y a ningún grupo de prisioneros se le permite salir al mismo tiempo que a otro. El alimento es traído hasta la puerta de la celda y se les entrega a los prisioneros para que coman dentro de ella. No hay períodos de ejercicios y los prisioneros no salen a menos que sean sacados por alguna razón específica.

Fui ubicada en la pieza N 4 y dejada sola. Tenía dos camarotes de metal y una silla, las camas tenían colchones, almohadas y las grises frazadas del Ejército. La ventana era bastante grande, pero estaba protegida con barrotes y, mirando hacia afuera, se veía un patio pequeño cubierto de pasto y una alta pared de concreto rodeada con alambres de púas.

Hice un reconocimiento de lo que me rodeaba y traté de volver a reanimar mi espíritu. Esto era probablemente un avance y un peldaño hacia mi libertad. Tal vez sería liberada en unos días más, porque no había una razón para justificar que todavía me mantuvieran detenida, más aún, ahora que ellos tenían la información que querían. Dudaba si Francisca y las otras estaban aquí. Cuando me senté en la litera escuchó un golpe en la pared. Contesté el golpe: tres toques cortos y uno largo como el famoso pasaje de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Esta sería mi señal y me comunicaría de esta forma con los presos vecinos y con mayor confianza cuando los días se tomaran en semanas.

Esa noche, sin embargo, en que yo era apenas una recién llegada estaba temerosa de lo desconocido. No pasó mucho rato cuando recibí la visita de "el doctor". Javiera nos había contado que había un hombre que decía que era doctor y que trataba de hipnotizar a todos los prisioneros. De manera que cuando él me dijo que me ayudaría a relajar mi estado de tensión tomé conciencia de lo que él estaba intentando.

Al comienzo resistí y le dije que estaba bien relajada. Pero él persistió, me hizo acostarme, aflojar mis ropas y cubrirme con una frazada. El hablaba suavemente diciéndome que respirara profundamente y cuando pensó que yo estaba lista se fue quedamente, sin hacer ruido. Permanecí dudando cuál sería el acontecimiento siguiente hasta que oí a alguien en la ventana. Miré a mi alrededor. El. con toda seguridad, había enviado a alguien para ver si yo estaba dormida porque regresó y dijo que intentaría de nuevo después de la hora de la comida.

Javiera nos había dicho que la comida no era como en la Villa Grimaldi (donde nosotras éramos alimentadas con comida de la cocina de los soldados) y pronto me di cuenta cuan en lo cieno ella estuvo. La comida de la noche consistía en sopa, pan y una taza de té. La sopa era aguachenta y grasosa y sin ningún gusto en particular, pero por lo menos estaba caliente y el pan era fresco, de manera que mi hambre se satisfizo. Pronto comprendería que ésta sería la comida habitual. Para el desayuno: pan y té. Y para el almuerzo y cena teníamos: pan y sopa. Y eso era todo. No nos daban frutas ni verduras y la sopa. por razones prácticas, no tenía carne ni pescado. (No tardé mucho en darme cuenta que el estofado de huesos que parecía tan sustancioso no era más que una trampa y una desilusión para aquellos a los que les desagradaba la sopa y lo que parecía carne no era más que un incomible cartílago.) Una vez a la semana teníamos un plato de porotos, y también, una vez a la semana, teníamos fideos. Esta era una dieta suficiente para mantenemos con vida, pero en ningún caso con una vida de gran longitud por la grave falta de proteínas y vitaminas.

Más tarde descubrí que ésta era la dieta tipo para todo el campo y que era el único alimento suministrado por largo tiempo a los prisioneros, algunos de los cuales permanecían detenidos por más de dos años. Esta dieta inadecuada y criminal constituía una enorme carga para las familias de los prisioneros quienes, privados de ganarse el pan, tenían que arreglárselas para traer fruta fresca y verduras o pescado enlatado a sus seres queridos y evitar así que éstos se enfermaran de desnutrición o escorbuto.

Después de la comida de la tarde (cena) el doctor regresó, esta vez con un guardapolvo blanco y me llevó a su oficina. Estando condicionada para esperar lo peor, muy asustada pensé que me administraría drogas. Yo había escuchado rumores de que a alguna gente se le suministraba pentotal endovenoso, muy lentamente, de manera tal que eran incapaces de retener o cuidar lo que decían y de esta manera delataban a sus amigos. Tratando desesperadamente de protegerme, me senté tensa y derecha en la camilla y así le hablaba, pero después de un rato dijo que debería tenderme. Bajó las luces y me dijo que respirara lenta y profundamente. Tan pronto como me di cuenta que no usaría drogas dejé de estar asustada porque sabía muy bien que es imposible hipnotizar a alguien en contra de su voluntad. Mientras permanecía tendida trataba de dar la apariencia de estar cooperando mientras mantenía mi mente activa y alerta. Todo esto resultaba enormemente dificultoso porque él me hacía respirar lenta y profundamente para que yo me relajara, cuando en realidad lo que yo quería era no hacerlo. Todo el tiempo él estaba hablando, divagando una y otra vez. Pienso que él se dio cuenta que no lograría su cometido porque cambió la táctica.

Al comienzo estaba yo enojada por lo que dijo y entonces me di cuenta que él. tal vez, estaba tratando de hacerme entender algo muy importante, porque me dijo que yo tenía que olvidar todo lo que me había sucedido.

"Tú serás una monja, dijo él. No sería bueno para tí hablar de cosas tan desagradables. No sería bien visto, Las monjas no hablan de estas cosas".

El continuó por algún tiempo y volvía a repetir como si fuera una especie de encantamiento:

"Ellos fueron tan amables contigo. Te trataron tan bien. Mis ojos se cerraron y mi voz se hizo confusa. Le repetía que ellos me habían tratado muy bien. Después de un rato me llevó de vuelta a mi celda".

Abatida, lentamente comprendí que estaban tratando de hacerme olvidar la tortura y que tendría una chance mucho más grande de salir si ellos pensaban que habían logrado éxito en su experimento.

Pronto llegó la hora de recogerse. Fui escoltada hasta el baño por uno de los guardias, quien se sentó afuera con una pistola, pero con la puerta abierta.

Me lavé la cara en el agua fría y enjuagué mi boca. No tenía cepillo de dientes y nada con qué arreglar mi cabello, y todavía usaba día y noche la misma pesada ropa teñida de sangre desde hacía ya cinco días. Habíamos compartido entre nosotras un cepillo de dientes en "Villa Grimaldi", pero eso había constituido un gran lujo. Nunca nada me pareció más obsesivo que un cepillo de dientes y encontraba que echaba de menos una de las cosas más simples, tanto que llegan a formar parte de nuestra vida normal.

De regreso a mi celda me encontré con que el doctor me había traído un regalo: la maltrecha parte de una Biblia y dos viejos Reader's Digest. De verdad que esto constituían tesoros porque tan sólo ellos serían mi compañía por muchos días.

Una de las cosas por las cuales me siento agradecida ha sido el hecho de que tuve la capacidad de dormir, mientras permanecí en la prisión. Fue un hecho curioso, porque yo no siempre duermo bien y fácilmente me despierta algo extraño a mi alrededor o por tener que compartir mi pieza, pero debe ser un don de Dios o un mecanismo subconsciente de defensa (aunque algunos puedan programarse). A pesar de que vivía una situación de constante temor yo pude dormir.

A la mañana siguiente desperté temprano con el ruido de los hombres prisioneros cuando eran sacados al baño. Los guardias eran agresivos con ellos y los hacían correr por el pasillo de manera que no había posibilidad de continuar durmiendo.

Es algo difícil de comprender por qué, aún apurándolos tanto, les llevaba una hora sacarlos a todos. Pienso que deben haber sido más de cincuenta prisioneros en "Cuatro Alamos" porque el recipiente para el té y los canastos del pan eran muy grandes.

Mientras esperaba que me sacaran, sentada en la litera, miraba hacia las montañas. Me era posible ver las cumbres de los Andes por encima de la muralla y me di cuenta de que si me subía arriba de una silla podía ver la salida del sol.

La vista del astro y de los picachos nevados llegó a ser para mí uno de los momentos más importantes del día, y a pesar de hallarme sumida en un miedo tenebroso y cubierta con un futuro incierto, mi corazón, entonces, se esperanzaba para saludar aquella luz divina.

Nos trajeron el desayuno: una taza de té y un pedazo de pan seco. Me senté en mi litera y traté de comerlo. Lo comía lentamente, hundiéndolo en el té, pero después que hube comido sólo la cuarta parte del pan me di cuenta que no podía comer más porque me caería mal. Este problema llegó a ser más o menos habitual, por lo que de ahí en adelante aprendí a guardar la mitad de mi té y a beberlo a la media mañana cuando el hambre sobrepasaba la náusea.

Después del desayuno me puse a pensar seriamente en mi situación. Dios se me hacía presente y me pregunté qué es lo que El realmente me quería señalar. No me llegó ninguna luz resplandeciente ni tampoco ninguna voz desde las montañas. (En mi experiencia nunca ocurrió.) Pero me pareció que, si yo iba a permanecer todo el día sola, debía ocupar gran parte del día en la oración. No había absolutamente nada más que hacer por mí, ni por ningún otro. Aparte de tratar de mantener mi salud y mi estado anímico, yo debía orar.

Yo no estaba acostumbrada a permanecer varias horas rezando porque a menudo sólo permanecía cuatro a cinco horas en el jardín del monasterio de los Benedictinos entregada al amor y contemplación de Dios.

No me era fácil orar, amar y alabar a Dios en una celda. Y, dándome cuenta que sería un trabajo difícil -aunque era mucho más fácil leer el Reader's Digest recostada en la litera, sin pensar- comprendí, no por ser yo de una naturaleza especial ni por ser una persona ordenada, que era más bien el instinto de sobrevivencia el que me decía que si yo permanecería aislada veinticuatro horas al día, yo tenía que mantenerme ocupada. Por lo tanto, mentalmente dividí el día y, haciéndome una especie de horario, dispuse períodos de oración, de lectura, de ejercicios y de descanso. Racioné el Reader's Digest muy estrictamente, a sólo dos o tres artículos por día, porque ellos constituirían mi único escape de la lúgubre realidad de mi encierro.

Cuando trataba de orar me esforzaba por permanecer tranquila delante de Dios, pues estaba llena de temor y ansiedad ante el futuro. Incapaz de conseguir la paz me presenté a El, con mi angustia y con la de todos los otros prisioneros, con quienes me sentía ligada por un gran compañerismo. Porque aún estando tan sola y muy lejos de mis amigos y mi familia, extrañamente, me sentía unida a mucha gente.

Pensé en mis amigos los benedictinos, pude verlos reunidos orando en el coro y uní mi voz a las suyas y me sentí acompañada por todos los monjes y monjas del mundo en un caudal de oración. Es difícil explicar cómo se siente todo esto: no es una experiencia emocional reconfortante, yo así no lo sentí (y parece que a otra gente, en circunstancias similares, les ocurre lo mismo), yo no sentí que otros rogaran por mí, pero supe perfectamente que no estaba sola en mi oración y que yo formaba parte del Cuerpo de Cristo.

"Cuando rezas, te elevas hasta encontrar, en las alturas, a aquellos que oran a la misma hora. y que, fuera de la oración, tal vez nunca los habrías encontrado".

Khalil Gibran. El Profeta

Examiné la Biblia que me trajo el doctor, una edición popular que contenía el Evangelio según San Juan, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo. Estaba ilustrada con encantadores dibujos, hojeándola descuidadamente y mirando los dibujos encontré uno que ilustraba el famoso pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos (Rom. 8: 35-39).

"Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo?, será la tribulación?, o la angustia?, o el hambre?, o la desnudez?, o el riesgo?, o la persecución?, o el peligro?, o la muerte?

Según está escrito, 'Por ti, oh. Señor!, somos entregados cada día en manos de la muerte; somos tratados como ovejas destinadas al matadero'. Pero en medio de todas estas cosas triunfamos por virtud de Aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte. ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, ni todo lo que hay de más alto, ni de más profundo, ni otra ninguna criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios. que se funda en Jesucristo nuestro Señor".

(Romanos 8; 35-39)

Cuando observaba el dibujo me di cuenta de su significado porque representaba un hombre desnudo y de rodillas, volteado por el viento, protegiendo su cabeza de piedras y flechas que le lanzaban. Atravesando la página aparecían aquellas líneas que a menudo se usan para representar rayos de luz, pero que para mí parecieron semejar más los golpes dolorosos de la tortura eléctrica, pero... allí, extendida hacia él estaba la mano de Dios.

("...no obstante
El estaba allí.
Solamente podía
cerrar mis ojos
y sostener su mano
y apretar mis dientes
pero sabía que en esa fría y desnuda oscuridad,
El estaba allí"'.)

Increíblemente, en medio del temor y la soledad, me sentía reconfortada porque me daba cuenta, sin tener duda alguna, que Dios estaba conmigo, y que nada de lo que ellos pudieran hacerme podría cambiar esa comunión, y también sabía de una manera milagrosa que el dolor sufrido era su don, y que lejos de ser un signo de su abandono o de su ira era un signo de su verdadero amor.

De una manera misteriosa se me había permitido compartir el misterio de la vida y de la muerte, de la encamación y de la cruz.

("Cuando tú cargas la cruz
de Cristo
resignadamente
El te quiere.
Tú tienes en sus manos
su don.
Tú tienes la copa,
que puedes beber o desechar,
por la salvación del mundo".)

El viernes por la tarde vino el cónsul. Se me dijo simplemente que tenía un visitante y ordenándome que arreglara mi cabello fui llevada a la oficina. Cuando vi a Derek Fernyhough parado allí, luciendo tan increíblemente británico, toda la angustia contenida por la semana soportada afloró, y estallé en lágrimas sobre su hombro. Al jefe de la prisión no le gustó mi reacción y dijo mordazmente que no sabía por qué yo lloraba e inmediatamente agregó que la entrevista debía ser en español. Me di cuenta por su actitud hostil que él estaba esperando observar y escuchar lo que yo pudiera decir.

En esa pequeña oficina con el coronel y el doctor mirándonos, más los hombres con metralletas afuera, al lado de la puerta, comprendí que Derek estaba tan desvalido como yo.

Aquella primera noche yo me lo imaginé entrando garboso en el auto de la embajada, igual como un caballero en su caballo y que me llevaba lejos. Pero la realidad era muy diferente, me di cuenta, por su modo de actuar, que él estaba desprovisto de poder para libertarme por la fuerza y ambos deberíamos recurrir a la famosa diplomacia británica.

Contuve mis lágrimas y le pregunté si tenía un pañuelo, y cuando me entregó el tradicional pañuelo blanco y limpio, que todo caballero inglés bien nacido porta para damas en dificultad, yo no sabía si al mismo tiempo reír o llorar por lo que dicho gesto significaba. Para el resto de mi tiempo en prisión ese pañuelito, con su nombre grabado, fue para mí como el mantelito de un niño, como un vínculo con el estilo de vida británico en un país donde los policías eran nuestros amigos.

Cuando el cúmulo de emoción declinó, Derek me preguntó cómo me habían tratado, suspicazmente consciente de que los dos chilenos me observaban le respondí que había sido tratada muy bien. El suspiro de alivio fue audible, y el coronel sonrió con agrado y con voz jovial agregó que había sido muy bien cuidada. Fue alrededor de una hora que conversamos y lentamente me enteré del mundo exterior. Había mucho interés en la prensa de Inglaterra, cables de diferentes países y mensajes de amor desde mi familia. El me leyó una lista de nombres con gente que habían llamado, tanto fue así que nuevamente estallé en lágrimas al oír los nombres de los profesores que me habían enseñado en Oxford y de mis viejos amigos, ahora también profesores.

Los mensajes de apoyo y de aliento venían de diferentes partes del mundo.

Cuánta gente trabajó por mi liberación y rogó por mi seguridad; pienso que nunca lo sabré. Por todas las partes adonde he ido este año último, me encontré con personas que escribieron cartas a miembros de su Parlamento o a la embajada chilena o que oraron para que yo pudiera ser puesta en libertad. Nunca olvidaré el encuentro con un grupo de estudiantes universitarios en Oslo y el saber por un sacerdote noruego de la Orden Dominicana y el pastor luterano, que todos ellos habían rogado por mí. Esto me dio una sensación de haber sido rescatada y que ya nunca perderé.

Repentinamente sonó el teléfono. La línea de la oficina del jefe en "Cuatro Alamos" no estaba en buenas condiciones y cada vez que la usaba tenía que gritar y ahora mientras se esforzaba por hacerse escuchar a través de ella, yo me incliné hacia adelante hasta casi tocar el rostro de Derek y le dije: "Mains, Derek; mains, three times".

Fue todo lo que me atreví a decir porque las palabras "electricidad" o "tortura" en español, prácticamente significan lo mismo y porque el doctor hubiera escuchado lo que yo decía.

Me enteré más tarde que, a pesar de que Derek supo que yo le estaba diciendo algo, él no entendió lo que yo le quise decir. Sin embargo, él transmitió, tal cual, mi mensaje al Foreign Office en Londres, donde inmediatamente comprendieron que yo había sido sometida a descargas de electricidad. Fue así como se conoció en Inglaterra, desde la primera entrevista con Derek, que yo había sido torturada, sin embargo se decidió que lo más adecuado para que rápidamente fuera liberada se guardaran las apariencias de lo que había ocurrido.

Después de que Derek se fue me llevaron a mi pieza donde me abracé a sus regalos, jabón, colonia y cigarrillos, para comprobarme que su visita no había sido un sueño.

Me dijeron que él podría regresar el lunes siguiente: "Había, a Dios gracias, una luz al final del túnel".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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