audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 33

LOS ALAMBRES DE PÚAS ME APRISIONAN


La mañana del miércoles amaneció ventosa y fría. Nosotras nos ocupamos de arreglar la celda. Increíble, ahora teníamos flores, uno de nuestros carceleros nos había dado algunas rosas que ellos habían desechado, estaban abiertas, pero todavía lucían bonitas colocadas en un tarro de Nescafé en el alféizar de la ventana.

Después del desayuno un hombre vino a la ventana y llamó a Javiera: había traído a Andrés. Javiera saltó entonces al borde ancho de la ventana y pudo besarlo a través de los barrotes antes que se lo llevaran.

Unos minutos más tarde la puerta se abrió y uno de los guardianes dijo: "Necesito a alguien que ayude con el lavado". Antes que pudiéramos responder, Javiera ya estaba en la puerta y recién entonces caímos en la cuenta que se le estaba dando una oportunidad para hablar con su marido.

Cuando regresó estaba radiante y nos contó que Andrés estaba bien, aunque muy delgado, y que los otros prisioneros nos enviaban su cariño a todas.

Pasamos el resto de la mañana solas, siendo interrumpidas solamente para recibir nuestros números, que estaban escritos en pedazos de cartón, para colgarlos de nuestros cuellos. Hubo otra interrupción cuando se le pidió a alguna que lavara una camisa.

Ester fue y regresó un cuarto de hora más tarde. Nos contó, quedamente, que la camisa estaba empapada con sangre fresca.

Permanecí en mi litera mirando las ligaduras de la malla que soportaba la colchoneta de la litera superior. Hacía tiempo que me había acostumbrado a buscar el signo de la cruz en puertas y ventanas y en todas las cosas que tuvieran ángulos rectos porque me recordaban a Cristo y me ayudaban a centrar mi atención en El, y a orar en diferentes lugares, ya sea en el bus o en el hospital.

En la Posta N 3 hay un largo corredor de baldosas amarillas con una puerta al final que yo acostumbraba a caminar lentamente buscando, adelante, la cruz como si fuera recorriendo el pasillo de una iglesia.

Este caminar hacia la cruz era mi peregrinaje regular en la Posta durante mis tumos de noche o en mis tumos de domingos largos y sin palabras, yo ya estaba presentando un cheque en blanco que ahora comenzaba a ser cobrado.

Recostada, buscando la cruz sobre mi cabeza, ansiaba dejar un signo cristiano en este terrible lugar y dudaba cómo podría marcar, para los otros, la cruz que yo podía ver tan claramente en el metal encima de mí.

Francisca estaba trabajando tranquilamente en su "pelusografía". Fui al cajón para ver si podía encontrar algún material aprovechable para dibujar. Encontré una tira negra de algodón con la que se le había vendado los ojos a alguien, y regresando a mi camastro comencé a tirar los hilos. Entonces, trabajando lenta y cuidadosamente, comencé a enrollarlos para confeccionar el puntal de mi cruz. Las chicas me preguntaron qué es lo que estaba haciendo, pero no tuve el coraje de explicarles y les dije que tan sólo estaba jugando. Más tarde, juntas de nuevo, hice el esfuerzo para hablar francamente a cerca de mi credo en Dios y mi vocación de llegar a ser monja, pero me sorprendí de que estas muchachas, que ya no creían en Dios, comprendieran el concepto de compromiso y de entrega total mucho mejor que la mayoría de los cristianos, porque ellas también habían tomado la decisión de entregarse por entero y sin reservas a una causa.

Tarde en la mañana, yacíamos tranquilas en nuestras literas, conversando y trabajando, cuando la puerta se abrió y, entonces. Francisca. Magdalena y Ester fueron llamadas, comunicándoles traer consigo sus cosas. Yo no podía creer que ellas serían liberadas antes que yo. Nos abrazamos diciéndonos: Adiós!, y partieron... Todas estábamos tan seguras que sería yo la que liberarían primero, porque los guardias ya habían comenzado a tratarme con cierta deferencia y era llamada "doctora" más a menudo que "gringa". Incluso me había aprendido de memoria los números de teléfonos de las cuatro chicas para que yo pudiera avisar a sus familias con respecto a sus paraderos, y ahora resultaba que era yo la que se quedaba detenida junto con Javiera.

Me sentía muy desanimada por ser separada de las otras muchachas, ya que había tenido cierta sensación de seguridad estando en un grupo, aunque éramos solamente cinco. Javiera me parecía mucho más arriesgada que las otras tres y, aunque era una buena compañía, yo no me sentía protegida por ella como me ocurría con Francisca. Nos sentamos juntas y conversamos mientras comíamos la ración de la noche.

Me contó de ella, que había estado en uno de los mejores colegios de Santiago y que había sido muy activa en política desde que tenía dieciséis años. Inmediatamente después del golpe fue arrestada y mantenida, cerca de una semana, en el Estadio Chile. Me contó cómo se tiraban al suelo cuando los soldados disparaban sobre sus cabezas, y de la "ruleta rusa" con que grupos de estudiantes fueron muertos usando revólveres que tenían solamente una de las cámaras cargada. A los dieciséis años ya había visto mujeres torturadas y violadas con animales y visto morir a tantos hombres. Le llevó muchos meses salir del estado de shock que aquello le produjo, porque ella estaba comprometida en la causa revolucionaria, lo que no podía romper. Andrés, igual que Javiera, era un miembro del MIR. Fueron arrestados un mismo día y torturados uno frente al otro. Parece que Javiera había estado en la "parrilla" muchas veces. Yo me sorprendía de su animosidad y valentía y cuando los prisioneros pasaban frente a la ventana, después de la ración de la noche, nosotras sentadas juntas les cantábamos el "Himno de la Alegría", la canción que ganó enorme significancia y popularidad después del "golpe". Se canta con la música de la Sinfonía Coral de Beethoven y habla de la alegría de ese día cuando todos los hombres lleguen a ser hermanos:

Escuchen, hermanos,

el Himno de la Alegría,

la canción alegre

de los que esperan el nuevo día.

Vengan. Canten. Sueñen cantando.

Vivan soñando con el nuevo sol

del día cuando todos seamos hermanos.

Esta canción llegó a ser nuestra "canción-himno" y la cantábamos noche tras noche en "Cuatro Alamos". Es una muestra de lo indomable que puede llegar a ser el espíritu humano, sobre todo en esos días de tortura y con un futuro incierto. cuando nosotras éramos capaces de cantar para levantar la moral de nuestros compañeros prisioneros.

Al mediar la tarde vinieron por mí otra vez, pero esta vez me dijeron que trajera mis cosas. No sabiendo qué pensar, pero con una ligera certeza que sería liberada, di mi adiós a Javiera y los seguí. Primero entramos a la pequeña oficina contigua a la entrada de la celda y me devolvieron mi cinturón, mi reloj y la cruz de plata que siempre colgaba de mi cuello. En seguida fui llevada a un terreno adyacente y me sentaron en una tapia baja. Después de quitarme la venda cerraron mis ojos con cinta de scotch, me tomaron una fotografía y me hicieron atravesar las puertas de hierro del patio.

Es difícil de expresar el horror de permanecer con los ojos vendados. La tela que rodea los ojos escasamente permite ver el suelo y apenas permite caminar con facilidad. Apenas orientarse en el tiempo y en el espacio. Apenas darse cuenta cuándo es de día y cuándo es de noche, cuándo estamos dentro y cuándo estamos fuera. Pero con la cinta de scotch uno queda totalmente ciega. Yo caminaba lenta y temerosamente, tropezando cada vez que ellos me forzaban a caminar más rápido de lo que podía.

Después supe por los relatos de otros prisioneros trasladados de provincia y que permanecieron más de una semana con los ojos cerrados con el plástico adhesivo, que llegaron a perder toda sensación de tiempo, si era de día o si era de noche, quedando, en consecuencia, enormemente alterados y en grave estado de inermidad o desvalidez, difícil de imaginar.

Después que habíamos caminado cierta distancia de los portones que separan el patio delantero de la parte posterior donde los prisioneros son mantenidos, se me dijo que me detuviera y el hombre que me conducía soltó mi brazo. Yo me detuve transida de miedo, incapacitada de ver y asustada de moverme. Entonces, de repente, escuchó partir una máquina y quedé llena de espanto al escucharlos dirigirse hacia mí. En ese momento recordé relatos de prisioneros que habían sido atropellados pasando un vehículo sobre sus piernas y supuse que si me iban a matar de esa manera era para simular que yo había muerto en un accidente. Mi temor, aunque intenso, misericordiosamente fue de corta duración porque el auto paró a mi lado y se me dijo que subiera. Fue un incidente pequeño, pero lo recuerdo como una pesadilla de terror, como si aquello exactamente hubiera sucedido.

Una vez que subí al vehículo, una camioneta Chevrolet que la reconocí, me dispusieron entre el chofer y un hombre con un fusil, acto seguido me pusieron unos anteojos para el sol y partimos. Cuando salíamos de la villa el conductor me preguntó, como por casualidad, "Cómo estaba Andrés la última vez que lo viste?". Seguramente debió haber pensado que me atraparía con una admisión de complicidad con el MIR y pareció desilusionado cuando le contesté: "Andrés Pascal y yo nunca nos conocimos".

A medida que conducía supuse que me llevaban a la embajada británica y me regocijé ante la certeza que pronto estaría entre amigos. Pensaba que como ya habían pasado unos cinco días desde mi arresto ellos ya no podían mantenerme prisionera para siempre. Nunca había estado en la embajada, pero sabía que estaba en un lugar de la Avenida Providencia y no muy lejos de la "Villa Grimaldi". A medida que los minutos pasaban mi seguridad disminuía y cuando, de repente, comenzó a ir más rápido me di cuenta que ya podía estar en el área residencial.

De nuevo, llena de pavor e inseguridad, me consolaba diciéndome que ellos me estaban llevando a algún lugar donde podría ser entregada al cónsul sin causar comentarios o publicidad. Después de una hora y media de conducir descendimos y una vez más escuché el correr de los cerrojos y el abrir los pesados portones de hierro. Pero todavía no perdía la esperanza porque las embajadas en Chile tienen enormes portones y largos caminos de entrada, tal vez nosotros, por alguna razón, habíamos dado un gran rodeo. Me hicieron bajar, me quitaron las gafas y, sin la menor consideración, me arrancaron la cinta de scotch. De manera que cuando abrí mis ojos no fue para ver los verdes y bien cuidados prados de una embajada sino que para ver largas y grises barracas y soldados armados.

Este era "Tres Alamos", el campo de detención en las afueras de Santiago, donde seiscientos prisioneros políticos eran mantenidos sin cargo de acuerdo a la ley del Estado de Sitio. Muda. entré a los lóbregos edificios, atravesé la alta pared con alambres de púas y con centinelas en las altas casetas colocadas en cada uno de los cuatro ángulos del enorme encierro.

Mi captor me dijo que lo siguiera y con mi corazón saliéndome bajé por el camino de concreto a mi nueva prisión.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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