audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 32

LA VOLUNTAD QUE DICE: "ADELANTE"


"Si ud. puede forzar su corazón y nervios y toda fibra para servirle,
mucho después de que ya no resistan y así mantenerse cuando ya nada le quede,
excepto la Voluntad que le dice: ¡"Adelante"¡.

(Rudyard Kipling - "If")

A la mañana siguiente desperté toda tiesa y llena de lastimaduras pero muy viva. Dieron un fuerte golpe en la puerta y, echando pestes por lo corto de la noche, se levantó la guardiana. La miré desde debajo de la venda que tapaba mis ojos: era una muchacha de menos de 30 años, con cabello largo y vestida con "jeans" y suéter. Había dormido vestida y ahora se levantó, se arregló el pelo y se puso los zapatos. Cuando estuvo lista, golpeó en la puerta y el hombre la dejó salir. Después de un rato, la puerta se abrió de nuevo y una voz dijo: "es hora de ir al baño, chicas". Nos pusimos en fila, ayudándome Francisca a mi porque tenía dificultades para caminar. Había un pequeño baño donde una por una nos lavamos lo mejor que pudimos en agua helada y nos secamos con un trapo que servía de toalla para las cuatro. Me sentía pegajosa y sucia, porque había sangrado mucho en la parrilla, pero sólo tuve fuerzas para lavarme la cara y volver al dormitorio.

Francisca y las otras dos muchachas se ocuparon en barrer el dormitorio y luego se llevaron la escoba y se cerró de nuevo la puerta. Pasó algo así como media hora antes de oír una algazara afuera y Francisca dijo: "Es el desayuno".

La puerta se abrió y las chicas salieron a recibir cada una un jarro enlozado y un trozo de pan. Yo no había bebido nada desde el té del sábado, por el peligro de la electricidad (Todavía no sé claramente qué es lo que sucede, pero ni mis carceleros, ni mis compañeras de celda me dejaron beber nada durante el domingo). Ahora, en la mañana del lunes se me permitió mi primera bebida y nunca una taza de café me supo tan buena. Estaba caliente y con mucho azúcar y tenía un curioso sabor que tenía un lejano parecido con el café. El pan estaba seco y era muy malo pero, cortado en pedacitos y sumergiéndolo en el café me las arreglé para comer una pequeña cantidad.

Cuando terminé el desayuno me acosté de nuevo y las chicas se sentaron alrededor a conversar. Parece que eran amigas y que habían sido arrestadas el mismo día. No me contaron nada de su actividad política, excepto que eran socialistas y que trabajaban en la Universidad. Francisca era todavía estudiante, como también Magdalena, y Ester era profesora de inglés. Me contaron que habían escuchado a través de la puerta todos mis interrogatorios y estaban encantadas de que esa loca cacería había tenido ocupados a tantos miembros de la DINA durante la noche. Poco a poco me di cuenta que ellas estaban sorprendidas y fascinadas de que alguien que no era un revolucionario declarado pudiese haber resistido la tortura como yo la resistí. Es importante establecer muy claramente que yo me comporté ni más ni menos valiente que la mayoría de las chicas que conocí durante mi estadía en la prisión pero, el hecho mismo de que yo hubiera sufrido tratando de proteger a mis amigos, era un acto de compromiso que las hizo mirar inquisitivamente a una ideología que ellas habían descartado hacía mucho tiempo: la creencia cristiana. Mi bautismo de fuego me había ganado la entrada a su sociedad, a la cual yo no habría tenido acceso de ninguna otra manera. Si el hecho de ser yo inglesa y una futura monja me hubieran protegido de la tortura, me habrían hecho a un lado y, aunque de seguro nos habríamos hecho amigas, jamás habríamos podido ser iguales.

Francisca, aunque era la más joven, había asumido la dirección del grupo. Me dijo que era muy importante que nos disciplináramos para estar en tan buenas condiciones mentales como físicas que nos permitieran soportar lo que pudiera sucedemos. El dormir, ella insistía, era de importancia primordial.. No nos debíamos permitir dormir durante el día, porque esto haría difícil que pudiéramos dormir de noche y, todo el que se quedara despierto en la oscuridad, cedería a la presión y al temor. Teníamos que ocuparnos durante el día y cada persona tenía que hacer su contribución al entretenimiento del grupo. Teníamos que pensar en películas que hubiéramos visto o libros que hubiéramos leído y contarselos a los otros.

Yo no había ido al cine durante muchos meses y no se me ocurría nada que contarles, pero les pregunté si les gustaba la poesía. Ellas quedaron encantadas y yo rebusqué en mi memoria algún poema que pudiera complacerlas. Tengo una gran cantidad de trozos de poesía en la mente, porque me gustan, pero hay pocos poemas que sé en su totalidad. Curiosamente se me vino a la cabeza el verso de Burns "Mi amor es como una rosa roja" y se los recité, con tanta emoción como fui capaz, estando en posición horizontal en la cama:

Oh, mi amor es como una rosa roja
Que acabara de florecer en Junio
Oh, mi amor es como una melodía
Que está siendo tocada suavemente

Tan hermosa que eres, amada mía
y tan enamorado que estoy yo de ti.
Seguiré amándote, querida,
Hasta que los océanos se extingan.

Hasta que se sequen los océanos, amor mío,
Y las rocas se derritan con el sol;
Todavía estaré amándote, amor mío
Mientras transcurran las arenas de la vida

Ellas estuvieron muy contentas con el sonido musical de las palabras y me las hicieron traducir y volver a recitarlo. Aprendí entonces que el poema inglés más caro al corazón del revolucionario es "!If (Si...), de Kipling y les dio mucha pena que yo sólo recordara algunas líneas. Hace sólo unos días que leí cómo el Che Guevara compartió su amor por esos versos con su primera esposa Hilda, que era una revolucionaria peruana. Resulta curioso que Kipling que es considerado casi despectivamente en Inglaterra, sea leído y amado por los fogosos jóvenes latinoamericanos tantos años después de su muerte y tan lejos de Inglaterra. No es difícil entender el atractivo que tiene:

"Si Ud. puede soñar y que los sueños no lo dominen
Si puede pensar, y no hacer de esos pensamientos la meta
Si Ud. puede encontrarse con el triunfo y el desastre
Y enfrentar como corresponde a esas dos mentiras.

Si Ud. puede soportar oír la verdad que ha manifestado
distorsionada por canallas para hacer caer a los tontos;
o puede ver reducida a escombros la obra de una vida
para, sin decir palabra, volverla a comenzar..."

Tal vez fue el tiempo que pasaron en la parrilla lo que les hizo clamar desde dentro:

"Si Ud. puede formar su corazón y nervio y toda fibra para servirle, mucho después de que ya no resistan Y así mantenerse cuando ya nada le quede excepto la Voluntad que les dice: ¡Adelante!.

Un rato después quedamos en silencio. Francisca, determinada a mantenerse ocupada, tomó un trozo de género de una caja de trapos y ropas que estaba en un rincón de la pieza y empezó a hacerlo hebras. Después, con una colección de hebras comenzó a "dibujar" sobre su cama y de vez en cuando éramos invitadas a inspeccionar su trabajo. Dibujaba flores, pájaros y gente, y pronto las otras se juntaron para ver qué podían hacer ellas. Me anoté muchos puntos por inventar un título para esta nueva forma de arte en la prisión! Pelusografía.

En la tarde los guardias vinieron otra vez a buscarme, y el corazón me dio un vuelco: el coraje que había juntado en la mañana pareció desvanecerse. Fui llevada a la pequeña oficina de la tarima y me ordenaron sentarme, pues tenía que hacer otra declaración. Una vez más repasé toda la historia, dictando, mientras el hombre escribía a máquina. Me llevó bastante tiempo y pasado un rato nos hicimos casi amigas. Mi venda estaba suelta y podía verle perfectamente. Un momento después, él dijo: ¿Sabe, doctora? Ud.es demasiado aficionada a mirar". Por nuestro propio interés y por el suyo propio, es mejor que no nos reconozcan. La fría lógica de lo que decía me impactó y desde entonces no traté más de mirar a mis aprehensores.

En medio de la interrogación vinieron a decirme que había llegado el doctor y que si lo deseaba podía verlo. Aunque yo tenía mucho dolor muscular, no tenía real necesidad de un doctor, pero me fascinó la idea de ver si se trataba de alguien que yo conociera, de modo que acepté la proposición.

Me ajustaron bien la venda para que sólo pudiera ver el suelo y me llevaron a la pieza adyacente. Vi un par de zapatos de gamuza y el borde de un delantal blanco sobre los pantalones y, aunque no reconocí su voz, me espanté de su agresividad y frialdad le dije que tenía mucho dolor por el "tratamiento eléctrico" y le pedí si me podía dar un poco de algodón pues todavía sangraba y no tenía ningún medio de proteger mis ya inmundas ropas. Si contestación, que de seguro tenía la intención de humillarme, se hace difícil de creer cuando uno piensa que era de un hombre a una mujer, de un doctor a una paciente, y más aún, que era una conversación de doctor a doctor; "La menstruación, doctora, es normal en las mujeres". Yo no sé qué había esperado, pero ciertamente que no esta grosería gratuita. Me dió supositorios para el dolor y me fui con mi escolta.

Esto de que haya doctores implicados en torturas es un tema que causa gran preocupación en la profesión. De la evidencia disponible (recogida por la iglesia, las Naciones Unidas y otras organizaciones humanitarias) hay poca duda de que, en algunos casos, hay doctores presentes cuando se tortura a un prisionero, e indican a los torturadores dónde pueden llegar sin matar. Se sabe que en Santiago hay una clínica donde los detenidos que están muy enfermos a causa de las torturas, son llevados para prácticas de resucitación. Esta en el centro de la ciudad, al lado de las oficinas del Consejo Británico, frente a un pequeño cerro llamado Santa Lucía. Yo acostumbraba pasar por allí en mi ca mino hacia casa desde la Posta y recuerdo bien que se podía ver un hombre parado en cada ventana de los cuatro pisos, y afuera había siempre estacionada una ambulancia, del Servicio Nacional de Salud (de la Posta). Esto puede no sonar curioso, pero en Santiago los pacientes de clínicas privadas son transportados por ambulancias privadas y una ambulancia del Servicio Nacional de Salud no tiene nada que hacer estacionada fuera de una clínica privada.

Cuando terminé la declaración volví al dormitorio. Después de la comida nos recostamos en las camas y esperamos que llevaran a los hombres al baño. Tres veces al día los prisioneros pasaban frente a nuestra ventana en su viaje al baño. Deben haber sido veinte, o más, y caminaban lentamente, en fila de a uno, con venda en los ojos, y con brazo sobre el hombro del que iba adelante. Pasaban tan cerca que podríamos haberlos tocado a través de la ventana, y habría sido ciertamente posible identificar con certeza a algún conocido. El hecho de que esto sea así tiene gran importancia, porque hay muchos prisioneros que han sido detenidos y más tarde vistos en la Casa Grimaldi, u otros centros de interrogatorios y que después no vuelven a ser vistos jamás. Parece, que algunas personas mueren bajo la tortura y se presume que otros tantos son ejecutados porque, de un grupo que pasa días o semanas juntos, algunos son llevados y no se sabe más de ellos. Una de las chicas de mi pieza, en Tres Alamos (el lugar final de mi detención) había estado en la Gasa Grimaldi con gente que jamás volvió a ser vista. Dos de las seis muchachas habían sido detenidas con sus hermanos que todavía estaban desaparecidos, y una de las chicas había pasado una semana con una anciana madre de otro prisionero que también desapareció.

Una de las ejecuciones en masa más sonadas tuvo lugar no mucho tiempo después de mi arresto, aunque por esa época yo ya estaba en otra prisión, y sólo oí de ello tiempo después. Juntando todos los detalles de los varios informes, parece que Roberto Gallardo, de 27 años, desapareció la noche del Lunes 17 de Noviembre. La noche siguiente, su esposa, Mónica y sus dos hermanas, Isabel y Catalina, fueron arrestadas. Al llegar a la estación de policía, Isabel vió a su padre (Alberto), su madre (Ofelia), su hermano Guillermo y su sobrina de nueve años Vivíana. A la mañana siguiente Isabel, Guillermo, su madre y la niña fueron liberados; se les informó que Roberto había muerto en una "lucha callejera" el 17, y que Alberto, Catalina y Mónica, la esposa de Roberto, que estaban en custodia de en la DINA. Ese mismo día la radio anunció que Alberto, Catalina y Mónica habían muerto o en una confrontación armada con fuerzas de la dina, en los alrededores de Santiago. Los cadáveres fueron más tarde identificados en la morgue de la ciudad por miembros de la familia, y mostraban clara evidencia de torturas.

También se informó que en el mismo lugar había muerto Luis Ganga. Su madre y otros tres miembros de la familia a fueron arrestados y llevados a la Villa Grimaldi el miércoles 19 de noviembre, donde la madre escuchó a sus hijos dando alaridos. A ella la obligaron a llevar a miembros de la DINA a su casa, donde estaba escondido su hijo Luis, que fue arrestado. Un poco más tarde de ese mismo día se anunció su muerte en esa "lucha callejera".

Los sucesos arriba descritos no son fáciles de seguir, pero muestran la espantosa indiferencia por la ley y la vida humana de la DINA. Javiera, una chica de dieciocho años con quien compartía una celda, y estuvo en la Villa Grimaldi con la familia Ganga y escuchó el informe de la muerte de ellos en la radio que los guardias tenían a todo volumen afuera del dormitorio.

La noche del lunes 3 de noviembre fue tranquila y, una vez más, a las chicas me cedieron la única frazada. Hacía mucho frío y dormí hasta con un colchón encima. Al día siguiente me sentí mucho mejor. Tenía mucho dolor muscular en todo el cuerpo y hasta la mandíbula estaba bastante rígida. Tenía las quemaduras en ambos brazos donde me habían atado a la cama, y también pequeñas hemorragias en el abdomen y las piernas donde me había aplicado la picana eléctrica.

Mientras esperábamos afuera para usar el baño, súbitamente se me acercó una jovencita que me cogió de un brazo y me murmuró: "mantenga el espíritu alto, compañera! la resistencia triunfará". (la palabra compañera significa amiga, aliada, más que la palabra "camarada", cargada de sentido político, y que se usó mucho durante el régimen de Allende). Ella desapareció tan misteriosamente como había aparecido, pero más tarde la trajeron para compartir el dormitorio.

Ella era Javiera, de sólo 18 años, y era miembro del MIR. La habían arrestado unas dos semanas antes y, luego de pasar una semana en la Villa Grimaldi, había sido transferida a "Tres Alamos", la sección de incomunicados de "Tres Alamos", el gran campo de detención de Santiago, Ahora la habían traído de vuelta e iba a ser sacada para servir de cebo para aprehender a un hombre con quien ella tenía una cita arreglada para ese día. Esta era una técnica favorita de la DINA; cuando tomaban a un prisionero lo torturaban hasta que les decía el nombre del "contacto" con el MIR y la fecha y lugar de su próximo encuentro. Estos encuentros eran a veces en la calle, y otras en algún café, y el prisionero era llevado al lugar convenido y dejado en una mesa aparentemente solo pero, en realidad, totalmente cubierto por hombres armados. Le forzaban a sentarse allí hasta la llegada .del "contacto", que caminaba derecho hacia la trampa. Era un asunto amargo porque si el prisionero hacía cualquier falso movimiento le disparaban en seguida, de modo que se veía enfrentado, realmente, a traicionar a un amigo, o a suicidarse.

Después de almuerzo vinieron a buscar a Javiera. Ella salí, aparentemente, con gran jovialidad, y nosotras nos mantuvimos a la espera de si volvería. Dos horas más tarde estaba de vuelta y, cuando la puerta se cerró tras ella, nos dijo, jubilosa, que el contacto no había aparecido. Estaba exuberante y agradecida de no haberse visto forzada a elegir entre la traición y la muerte, pero nosotras sabíamos que esto bien podría significar una nueva sesión de interrogatorios.

Volvieron a buscarla ciertamente, y pasó una hora mientras esperábamos por el sonido ahora familiar del grupo de la parrilla. No hubo evidencia de su uso, sin embargo, y pasada esa hora Javiera volvió. La empujaron dentro y cerraron la puerta y, aunque no dijo nada, por la manera como caminaba y la expresión de su rostro, supimos que le habían hecho daño. Como al acercarse a la cama casi se cayó. Francisca y Esther la agarraron y pusieron sobre la cama.

Ahora me tocó a mi ceder la almohada y la frazada y, cuando ya se sintió mejor, nos dijo que le habían aplicado "el teléfono". Esto consiste en un golpe muy fuerte y súbito aplicado simultáneamente en los oídos con las palmas de la mano. Como el sujeto tiene la vista vendada, el golpe le toma por sorpresa y le daña no sólo el oído, sino también el mecanismo del equilibrio que reside en el oído interno, produciéndole sordera y vértigo. Javiera ya no podía oír normalmente y era víctima de súbitos y violenlos ataques de vértigo que la hacían caer. Me contó que tenía un ruido muy fuerte en el oído y, cuando escuché, oí yo también un ruido curioso que acompañaba el latido del pulso.

Decaída, pero de ninguna manera abatida, Javiera seguía tendida en la cama mientras nosotras le hablábamos. Nos dijo que ella y su marido, Andrés, habían sido arrestados en la casa de sus padres, dos semanas atrás, y que ella creía que Andrés estaba todavía en la Villa Grimaldi, porque no había noticias de él en "Cuatro Alamos". Nos explicó que aunque a los encerrados en celdas distintas en "Cuatro Alamos" nunca se les permitía salir afuera simultáneamente, para que no tuvieran posibilidades de verse, ellos se las arreglaban para grabar mensajes en las paredes del baño, en el breve tiempo que se les permitía salir y, de esa manera, podían saber la llegada de un amigo o de un ser querido. Ahora que ella estaba de vuelta en la Villa Grimaldi esperaba, con una mezcla de esperanza y temor la pasada de los hombres al atardecer, para saber si Andrés continuaba vivo.

Después de comida oímos que ellos se aproximaban y con una audacia que nos venía del contacto con Javiera, quien no parecía sufrir de ningún temor, nos quedamos cerca de la ventana y acechamos bajo las persianas bajadas a medias. Lentamente pasaron ellos, todos hombres jóvenes, con el paso vacilante e incierto del que no ve. De súbito, Javiera siseó: "Andrés" y nosotras vimos una cabeza oscura darse vuelta y , un rostro delgado iluminarse de alegría antes de desaparecer de nuestra vista.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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