audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 31

LAS PUERTAS DEL SHEOL


"Yo dije: en la tranquilidad de mis días
voy a caminar hacia las puertas del Sheol,
privado del resto de mis años.
Dije: Yo no veré más a Yahvé en la tierra
de los vientos ni contemplaré más al hombre entre los moradores del mundo;
mi morada es arrancada, arrebatada de mí,
como tienda de pastores.
Como un tejedor ha enrollado mi vida
y la separa de su trama.
Día y noche me consumes, grito hasta la mañana
pues como león quebranta todos mis huesos.
Día y noche me consumes
Yahvé, violencia padezco; confórtame".

("Cántico de Ezequías" - Isaías 38; 9-14)

Me tendí en la cama sin moverme, todavía con la vista vendada, y con un miedo terrible. Por un momento no hubo ningún sonido y luego sentí una mano gentil sobre mi hombro, y una voz murmuró en castellano: "¿Cómo estás?"

Encontré las palabras dentro de mi temor: "¿Me van a matar?" ¿Cómo podía saberlo ella ? Y, además, ¿quién era ella? ¿Esta voz en la oscuridad..? Increíblemente, ella sabía de mí, y me dijo inmediatamente: "No. Ya pasó todo. Pero debes tratar de mantenerte bien mentalmente".

Esta era Francisca y, en esa reunión increíble, mientras yo yacía allí, llena de dolor y temor, ella me acercó a su corazón. Tenia sólo 19 años y era una joven socialista que había sido arrestada y torturada sólo unos días antes. Su adolescencia fue cortada por la guerra, lo que le dio una madurez superior a sus años. Ese domingo por la mañana forjamos un lazo de amistad que jamás podrá romperse.

Durante las 24 horas que siguieron francisca me cuidó como a un niño enfermo. Humedecía mis labios con algodón, porque mi boca estaba reseca y tenía un corte por los golpes en la cara. Reemplazó la gruesa cuerda que estaba atada estrechamente sobre mis ojos con un trozo de género blanco, de modo que los ojos dejaron de dolerme y pude ver el suelo bajo mis pies cuando caminaba.

Tal vez media hora después de haber sido encerrada, volvieron a buscarme. "Rápido, gringa", dijeron, y me empujaron hacia la puerta, porque no podía caminar sin ayuda. Fui llevada de nuevo por el patio hacia la oficina, y los altos oficiales volvieron a interrogarme. Este fue el primero de una serie de interrogatorios a que fui sometida ese domingo. Estoy confundida respecto a la cantidad y secuencia, pero recuerdo claramente el temor que crecía dentro de mí cada vez que oía sonar la llave, en la cerradura de nuestra celda. Recuerdo también la angustia que me inundaba hasta que se definía la dirección hacia donde ibamos porque, pasadas unas pocas yardas, o doblábamos hacia la izquierda, donde estaba la pieza en que había sido torturada, o continuábamos derecho a través del patio y de los portones de hierro, hacia la oficina principal,

El temor de que volvieran a mandarme a la parrilla me ponía como un demonio y me hacía sentir enferma. Nunca me decían adonde me llevaban, y siempre había una gran urgencia, y me hacían apurarme. Aprendí el sentido de "ser llevado como cordero al matadero", pues cada vez me llevaban, sin ver, hacia lo que podía ser mi liberación o mi muerte. No había ninguna necesidad de torturas sicológicas más sofisticadas, porque vivir en constante temor e incertidumbre, ser continuamente empujada y apurada y que le nieguen a uno el acceso al baño, rápidamente induce a una condición de profunda angustia mental.

En esas visitas a los oficiales me preguntaron muchas cosas. Me pasaron fotografías para que identificaba y me pidieron descripciones interminables de las personas a quienes había nombrado y si no parecía estar cooperando, me golpeaban en la cara y me amenazaban con otras sesiones de parrilla. Una vez me preguntaron si yo hablaba ruso , y la idea de que alguien me encontrara capaz de aprender el ruso me pareció tan divertida que reí con ganas, lo que les irritó muchísimo. Por debajo de la venda vi que tenían una caja de cartón llena con el contenido de mi escritorio pero, como no tenía nada que pudiera incriminarme, esto sólo constituyó una irritación menor.

Luego de por lo menos una media docena de interrogatorios, fui conducida a la pequeña pieza donde había sido torturada, poro esta vez me sentaron a la mesa y, dándome papel y lápiz, me dijeron: "Usted va hacer una declaración". Esto es lo que usted va a decir"

Y así, por espacio de casi dos horas, escribí las declaraciones que me dictaron. Fueron como ocho o nueve páginas y empezaba más o menos así: "Yo, Sheila Cassidy, católica apostólica y romana, juro que esta declaración está hecha sin ninguna forma de presión..." Y así, seguía y seguía, contando la historia de cómo me habían solicitado atender a Gutiérrez, y toda la gente implicada. Tenía dificultad para escribir, pero me pegaron en las manos para que escribiera con más cuidado. Cuando terminé, la firmé, y ellos se la llevaron en triunfo.

Podría argumentarse que firmé una declaración falsa, porque fue obtenida con presiones, pero el relato de mi tratamiento a Gutiérrez y la demás gente implicada, es totalmente verídico y por ello no tuve ningún empacho en firmarla. Rehusar firmar una declaración escrita bajo la amenaza de una ametralladora, luego que uno ha sido torturado, es un acto de gran heroísmo. Francamente, no me cruzó por la mente el rehusar.

En las semanas que siguieron firmé otras seis declaraciones. Una fue una versión a máquina de la que ya había hecho, y las otras, hechas en diferentes prisiones, eran declaraciones duplicadas que establecían que la persona que firmaba no había sido torturada ni había visto que se torturara a nadie. Estas declaraciones fueron publicadas en los periódicos chilenos, como evidencia de que no había sido torturada. En realidad, no volví a ser torturada luego de dejar la Villa Grimaldi.

Las declaraciones eran verdaderas pero, el mero hecho de que se usen formularios duplicados de éste tipo debe ser considerado como evidencia contra la DINA

En algún momento durante ese domingo - no podría decir a qué hora - oímos que torturan a un hombre. La pequeña pieza con la tarima estaba directamente detrás del cuarto de las mujeres y podíamos oír cómo alzaban la voz los interrogadores y los apagados gemidos del sujeto a través de la puerta sellada que antes había conectado las dos piezas. Fue de ésta manera como Francisca y las otras dos chicas del dormitorio habían oído mi interrogatorio, de modo que cuando fui traída a ellas, ya sabían toda la historia.

El hombre era ciertamente Martín Hernández, un miembro importante del MIR, quien había sido arrestado cuando la DINA fue a buscar al sacerdote que yo había dicho que estaba ayudando a Andrés Pascal. En una de las muchas visitas que hice a la oficina vi que lo llevaban medio a la rastra por el patio. Llevaba puesta sólo la camisa y parecía estar inconsciente. Supe mucho después que lo habían torturado salvajemente y que había estado muy enfermo por un largo tiempo, con una infección a los riñones resultado directo de la tortura. Todavía está en prisión mientras estoy escribiendo esto (Noviembre, 1976).

Mis recuerdos de ese día son vagos: una serie de islas en un mar de dolor y temor. Lo que mejor recuerdo es el temor que me poseía cada vez que abrían la puerta y oía las ásperas voces diciendo: "Apúrate, gringa, te necesitan". Paradójicamente, sólo me sentía a salvo cuando estaba encerrada en mi celda; fue una sensación que persistiría hasta que me liberaron dos meses más tarde. Entre interrogatorios, yo yacía encogida en la cama bajo la frazada, atontada y sin ver. Era como estar suspendida sobre un abismo: el pasado no tenía relevancia alguna y no podía entrever ningún futuro. Yo vivía sólo el minuto en que estaba, y en el terror de más dolor.

Cayó la oscuridad y las muchachas se acostaron a dormir sobre el colchón desnudo, ya que me habían dado las frazadas. Y yo yacía allí; escuchando los gritos de los hombres y las continuas idas y venidas fuera de la pieza en que estábamos encerradas. Debo haberme adormecido porque, de súbito desperté aterrada pensando que de nuevo volvían a buscarme. Pero, esta vez, la puerta fue cerraba de nuevo, sin que se oyera ningún hombre. Oí a alguien moviéndose por allí y luego, arreglándose para la noche: era la guardiana que había venido a acostarse. Súbitamente, me sentí distinta y la esperanza renació en mi corazón; al principio no pude comprender por qué ya no tenía más miedo, pero después me di cuenta que, por primera vez en más de 24 horas, los gritos y el movimiento exterior se habían detenido.

La urgencia de la caza había disminuido y por unas pocas horas, descendió la paz sobre la Villa Grimaldi.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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