audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 30

EL TERROR EPILÉPTICO


"Si llegara a pasar
que me pierda durante la noche
y no encuentre el camino de vuelta a casa,
quiero que sepan las razones de mi ausencia.
He aprendido y he enseñado
que una persona es libre
Y ahora despierto al ruido de hierros y cerrojos.
Porque amaba la cultura
y el patrimonio de la humanidad,
las llamas han consumido mis libros.
No he ensuciado mi espíritu con odio,
pero he visto la angustia
y el terror epiléptico
de hombres desnudos a quienes se electrocuta"

"Hablando con los Niños".
(Escrito en un campo de concentración chileno - 1974)

El viaje de vuelta a la Villa Grimaldi fue hecho velozmente por las calles desiertas. Ahora conozco el terror de ser apresado de noche, durante el toque de queda. Las calles familiares, habitualmente llenas de gente amistosa, estaban vacías, y los ciudadanos de Chile se escondían tras de las persianas y puertas con cerrojo. Como los tres monos sabios, ellos no veían ni oían nada malo, y guardaban sus pensamientos para ellos mismos. Como tengo el sueño liviano, a menudo me he levantado de la cama para observar los autos o camiones que transitaban velozmente con rumbos bien determinados, preguntándome hacia dónde irían. El toque de queda concede unas cuatro o cinco horas a los servicios de inteligencia pare imponer su voluntad sobre la ciudad sin temor de ser observados. Ahora era mi turno,, y yo estaba tan indefensa en el centro de la ciudad, como lo estaba detrás de las puertas cerradas de Villa Grimaldi. Si hubiese podido escapar, no tenía dónde ir, porque ¿quién abriría su puerta en la noche a un desconocido fugitivo de la DINA ?

En menos de 15 minutos ya habíamos vuelto y supe que estaban furiosos conmigo. No sólo los había engañado y les había hecho hacer el ridículo sino que los había hecho perder horas preciosas en la búsqueda de su presa, horas que podían haber sido decisivas, porque las noticias de mi arresto de seguro se habrían esparcido rápidamente por todo Santiago.

Me enteré mucho después que, mientras los agentes de la DINA me llevaban, habían arrancado el teléfono de la pared en la casa de Larraín Gandarillas, para que el padre Halliden se demorara en pedir ayuda. El informó al Cónsul tan pronto como pudo usar el teléfono de un vecino, y a las 8 a.m. del día siguiente, el embajador tenía ya en su poder todos los datos y había hecho una presentación al Gobierno de Chile. Fueron sólo diez horas, pero para mí, fueron una eternidad.

Me llevaron inmediatamente a la pieza con la tarima y otra vez me dijeron que me desvistiera. Las manos que me aseguraron a la estructura metálica de la cama fueron muy ásperas, y los cordeles y bandas con que me ataron estaban tan apretados que mi circulación tuvo severos contratiempos. Les pedí que aflojaran un poco las ataduras, pero no me hicieron caso. Durante el primer interrogatorio nunca supe dónde me habían colocado los electrodos pues el dolor era generalizado. Ahora ellos fueron más sofisticados porque me colocaron un electrodo dentro de la vagina y el otro, una pinza vagabunda, era usada para estimular donde se les antojaba.

Desde el primer momento fue diferente: El dolor era enloquecedor y, determinados a que no los volviera a engañar, me interrogaron con una ferocidad y velocidad que imposibilitaba para cualquier tentativa de invención. No recuerdo en qué momento me decidí a hablar; pero sé que, luego de un rato, me pareció menos probable que mataran a mis amigos y, por lo tanto, era mucho menos urgente mentir, pues ya no era capaz de pensar. Así, me quebraron. Poco a poco contesté sus preguntas. Fue un proceso lento y doloroso porque les dije lo menos que pude, siempre esperando implicar a un mínimo de personas.

La ironía de todo esto fue que ellos encontraron la verdad mucho más difícil do creer que las mentiras que les había contado al principio, y yo recibí muchos shocks gratuitos porque no podían creer que hubiera sacerdotes y monjas comprometidos. Esa incredulidad era muy difícil de soportar porque parecía que no había ningún escape de ese océano de dolor al rojo blanco en que me encontraba. Aterradora también era la creciente insensibilidad del interrogador. Cada vez que me ponían la corriente me apretaba la mordaza en la boca, diciéndome: "Levante el dedo cuando esté dispuesta a hablar".

Incapaz de hablar, y con mis manos casi paralizadas, sólo podía pedir alivio con el movimiento de mis dedos y ellos lo ignoraban, llenándome de una desesperación que nunca antes conocí.

Cuánto duró, no lo sé. Tal vez una hora, tal vez más. Les dije que yo había atendido a Nelson Gutiérrez en la casa de unas monjas americanas pero que no sabía la dirección porque, aunque conocía el nombre de la calle, no tenía idea del número. Todavía furiosos, se dieron cuenta que, en verdad, no podía decirles a dónde ir y una vez más me desataron y me levantaron de la parrilla.

Esta vez estaba mucho más débil y necesité su ayuda para vestirme. Otra vez tuve la prueba del contraste entre su gentileza y la brutalidad de los interrogadores. Considero esto como auténtica compasión y no como un truco psicológico, y pienso que debe haber muchos hombres cogidos en la pesadilla de la maquinaria de la tortura que se deben perturbar por esa deliberada aplicación del dolor. Me han dicho que es virtualmente imposible retirarse del servicio de la DINA, y no es difícil imaginar que la renuncia a pertenecer a un destacamento de tortura debe ser considerada con desaprobación y "sospecha". El daño hecho sobre la personalidad del torturador debe ser mayor que el causado a la persona torturada, porque debe ser en realidad muy difícil expulsar de una memoria sobreexcitada la vista y el sonido de esos hombres y mujeres torturados, en una noche en que el sueño se niega a venir.

De nuevo me sellaron los ojos con cinta adhesiva y salimos en busca de la casa de Helen. Esta vez me senté en el asiento de atrás y, mientras íbamos a encontrar la casa, me sentí enferma de humillación por mi traición. Le pregunté al hombre que iba sentado a mi lado; "¿Todo el mundo habla o es que yo soy muy débil?" Y él me replicó: "Todos tienen su punto de quiebre".

Esto es algo sobre lo que pienso a menudo, ahora que ya todo terminó, pero no siento vergüenza ni sensación de culpa por haber dicho todo lo que dije, porque sé que había llegado al punto límite. Cuanto más habría sido capaz de soportar si hubiese sabido que lo que yo dijera significarla la muerte de un ser amado no lo sé. Tal vez habría tenido el coraje de morir, tal vez no. Supe más adelante que había sido muy fuerte, más que otros, más débil que otros; y que hay muchos hombres y mujeres que pagan el último precio por lo que creen que es correcto.

En medio del dolor de que haya hombres que traten asi a sus hermanos, se alza la quemante llama e inspiración de su ejemplo:

" No han muerto!
Se yerguen en medio de la pólvora como quemantes fusibles"

(Pablo Neruda)

Hubo un momento desagradabilísimo cuando el chofer equivocó la calle y no pude ubicar la casa de Helen. Pensaron que de nuevo estaba mintiendo y la cosa se puso muy desagradable, hasta que por fin hallaron la calle y pude mostrarles la casa. Me enteré que ni Helen ni su amiga estaban allí porque había una reunión de un grupo de monjas ese fin de semana y Helen estaba en la casa de alguien a quien acompañaría esa noche. Yo había tenido esa información por accidente más temprano ese día, cuando me encontré con una amiga que había venido a ver a Susie. Esa muchacha (Margarita) trabajaba en provincias y estaba en Santiago por casualidad en el momento de la "visita" a Nelson. Ella habla estado alojando con Helen, por lo tanto había ayudado en el asunto de los fugitivos y, como tenía cierta experiencia como enfermera, había ayudado a vendarle la herida. Así, cuando la encontré al lado afuera de la casa de Larraín Gandarillas, le pregunté si tenía noticias de Helen, y me contestó que no había noticias, pero que los sacerdotes que habían llevado a lugar seguro a Nelson y Mariela, habían estado tratando de meter a Andrés Pascal y Mary Ann en una embajada. Una tentativa realizada la noche anterior había fracasado y se haría un nuevo intento esta noche o el domingo. Esta información, recibida tan casualmente, tal vez salvó mi vida, pero casi fue responsable de la muerte de otra persona, porque llevó al arresto de un sacerdote americano y de Martín Hernández, otro miembro del MIR que se había refugiado donde él y de cuya presencia yo no tenía conocimiento,

Cuando volvimos a la Villa Grimaldi fui llevada a una oficina donde fui interrogada por otros hombres quienes, a juzgar por su manera de hablar, eran oficiales superiores. El hecho de mis mentiras anteriores parece que les había influido mucho porque, de ahí en adelante, me llamaron repetidamente "la gringa mentirosa". Me hicieron contar de nuevo en detalle la historia de cómo me habían pedido que atendiera a Gutiérrez, y dónde lo había hecho. Ellos habían esperado previamente encontrar a Nelson en la casa donde yo le había atendido pero, cuando les dije que le habían dado asilo en la Nunciatura, se pusieron furiosos. Le oí a uno de ellos que debía allanarse la casa del Nuncio, pero otro le contestó que había órdenes en contra desde arriba.

Estaban ansiosos por conocer el paradero del bebé pero misericordiosamente, me creyeron cuando les dije que no lo sabía. Mientras yo estaba allí, hablaron por teléfono a la casa de Helen y me llené momentáneamente de terror cuando él me dijo: "Las monjas no saben nada de Gutiérrez", Con desesperación les contesté: "Están mintiendo"., pero el dijo simplemente: "Pero una monja no puede mentir, doctora".

Retrospectivamente, es casi divertido el recuerdo, porque tanta gente se había visto implicada que era imposible para la DINA decidir a quién arrestar. Las monjas misioneras en Santiago deben ser como cuarenta y, aunque pertenecen a diferentes congregaciones, son todas amigas entre si; a menudo se visitan en sus casas y, a causa de las dificultades del transporte, pasan la noche en casas ajenas. Todas tienen una edad que las ubica en la primera mitad de la treintena, y muchas tienen pelo corto, rubio, usan pantalones vaqueros y se llaman Jean, o Joan, o Jane, o Janet, o Jo, Aunque todas hubieran dicho la verdad, habría sido difícil develar el cuento y explicar por qué una monja de la Congregación del Niño Divino había estado pasando una semana con algunas amigas de la comunidad de Notre Dame, pero ya no estaba en esa casa porque se había ido a pasar la noche con una amiga que era una Hermana de Misericordia en la casa de una hermana Mary Knoll, porque las Mary Knolers estaban fuera de Santiago por el fin de semana en una conferencia que se celebraba en una casa de retiro que dependía de la Sociedad del Sagrado Corazón!. No es raro que un oficial gritara con disgusto: "Monjas, sacerdotes, obispos, es demasiado"

Cuando mis interrogadores descubrieron que Gutiérrez y su señora les habían eludido, volvieron su atención hacia Andrés Pascal y Mary Ann, No podían creer que yo no supig ya dónde estaban, porque estaban convencidos que yo trabajaba para el MIR, Les dije repetidamente que yo había atendido a Nelson Gutiérrez porque estaba malherido, y que no estaba dentro de mi código de ética rehusar tratamiento a alguien por razones ideológicas. Ellos estaban confundidos, Se sentaban a un lado de la mesa y yo permanecía con los ojos tapados ante ellos, mientras me gritaban que yo trabajaba para el MIR y yo les repetía una y otra vez que Nelson era mi paciente, ni más ni menos, Eventualmente, al descubrir que la pista que les había parecido tan promisoria se les había enfriado, me devolvieron al grupo de tortura.

Por tercera vez fui desvestida y atada a la cama. Yo estaba completamente desesperada. Ellos estaban convencidos de que yo conocía el paradero de los líderes del MIR, y yo no tenía idea. No sé si ellos aumentaban la cantidad de corriente, o yo estaba cada vez más debilitada por haber disminuido mi resistencia con las horas de tortura, pero el dolor me parecía cada vez más horrible. Mis interrogadores también se excitaban sexualmente y el temor de ser violada estaba siempre presente, porque yo sabía que era bastante común. Pero las cosas se dieron de tal manera que y aunque una trabajadora chilena de la Iglesia (ex monja) fue violada en ese mismo lugar una semana más tarde, yo escapé.

Determinados a quebrar lo que ellos creían eran mis mentiras, me interrogaron acerca de los sucesos de ese dia. Cada hecho fue explorado y fui interrogada acerca de toda la gente que había mencionado. Al final llegaron a mi encuentro con Margaret y, cuando vacilé respecto al tema de la conversación, se dieron cuenta que yo escondía algo. Ahora ya no trepidaron en nada y, trozo a trozo, me arrancaron la última información que yo tenía: que cierto sacerdote había estado tratando de poner a Andrés Pascal y Mary Ann bajo asilo la noche anterior.

Cuando descubrieron que había otro grupo de la iglesia implicado, en un área completamenté distinta de Santiago, su exaspereción e incredulidad alcanzó nuevos extremos, y a las 7 u 8 de la mañana salieron a buscar al sacerdote, quien estaba celebrando su primera misa del Domingo.

Mientras un grupo salía en esa búsqueda, yo fui llevada de nuevo ante los oficiales superiores. Ellos, por turno, gritaron y razonaron conmigo. Me ofrecieron llevarme a la Embajada Británica si yo estaba dispuesta a cooperar. Me mostraron fotografías tomadas durante los oficios de la iglesia para ver si yo podía señalarles los sacerdotes que conocía. Me hicieron escuchar la grabación de una conversación telefónica en inglés, para ver si podía identificar la voz. Tal vez lo que más me trastornó fue el hombre que hablaba con amabilidad y con una voz educada me decía: "Doctora, Ud. es una mujer razonable, ud. es una mujer razonable, Ud. ya sabe lo que son tres sesiones de parrilla. Si Ud. no nos dice lo que queremos, seguiremos diez, doce, trece veces más, y Ud. verá que se irá poniendo cada vez más débil y terminará díciéndonoe todo al final".

Una y otra vez volvieron al asunto: "Porqué atendió a Gutiérrez?" y una y otra vez yo repetía; "Estaba enfermo. Soy una doctora". Exasperado, uno de ellos dijo: "Pero, si yo tuviera una pierna herida, ud. no me atendería, ¿no es cierto?" a lo que repliqué "por supuesto que lo atendería".

No se cuánto tiempo siguieron interrogándome estos hombres; no más de media hora, creo, porque después de un rato, uno insistió en que yo debía volver a la parrilla. Dos veces más durante el próximo par de horas fui desvestida y atada a la tarima, pero eso debe haber sido mientras salían en busca del sacerdote porque, aunque me pasé lo que me parecieron horas, helada y atemorizada en la tarima, no me dieron más shocks.

Creo que fue durante esta espera que tuve conciencia de orar. Recuerdo poco, excepto que rogué para tener fuerzas con que soportar el dolor, y el coraje de morir con dignidad si ese era el destino que me esperaba. Lo que más recuerdo es una curiosa sensación de estar compartiendo la pasión de Cristo. Descompuesta y aturdida con el dolor y el miedo, extendida como un águila sobre la tarima, totalmente vulnerable, me vino a la mente que tal vez esto era un poquito como había sido para él un Viernes.. hace muchísimos años.

Cuando aclaró, me desataron y me fui a tropezones por el patio. Mientras nos alejábamos (mi guardián y yo) ellos me hicieron el chiste de que su amigo iba a dormir conmigo y, lacerada y sangrante, me pareció que eso era más de lo que yo podía soportar. Oí que abrían una puerta y él me empujó con suavidad hacia la cama, tapándome con una frazada. Solo entonces me di cuenta que habían estado bromeando y que no estábamos solos, porque él dijo: "Cúidenla, chicas, ha pasado por un infierno". La puerta se cerró, una llave dio una vuelta en la cerradura y por primera vez en 12 horas, me encontré entre amigas.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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