audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 3.

C O N S U E L O


"Ud es responsable para siempre de lo que ha domesticado.
Ud. es responsable de su rosa..."»

(Antoine de Saint Exupéry - "El Principito").

Consuelo Silva había vuelto a Chile varios meses antes que yo y había comprado para sí una vieja y bastante decrepita casa, no lejos del centro de Santiago»

Ella era hija de un ingeniero civil chileno que, luego de haberse educado en Harvard volvió a su propio país y, eventualmente, llegó a ser el primer jefe chileno en Chilectra, la compañía hidroeléctrica de dueños norteamericano. La madre de Consuelo había sufrido de tuberculosis desde la edad de quince años y había pasado seis meses en un sanatorio de Suiza. Cuando volvió a Chile se enamoró y casó contra la voluntad de sus padres. Resistiéndose porfiadamente a obedecer los consejos médicos, tuvo tres hijos, y murió cuando estaba en la treintena; Consuelo tenía entonces cuatro años. Aterrado de que sus hijitas murieran también de tuberculosis, su padre las mantuvo protegidas y Consuelo fue educada por institutrices hasta que fue enviada a un colegio inglés muy exclusivo en Santiago, a los once años.

A través de los años de nuestra amistad, Consuelo me había hablado mucho de su juventud. Una educación inglesa y una niñez solitaria la habían convertido en una lectora apasionada. Era tremendamente devota de Evelyn Waugh, Winnie the Pooh y P.G. Wodehouse, y durante los años que compartimos un departamento en Inglaterra me había persuadido de leer otras cosas que las novelas de detectives, que eran entonces mi única afición. Ella había leído ampliamente en los terrenos de la filosofía, política y sicología y me explicó pacientemente cómo Karl Marx había escrito su libro en el Museo Británico, y cómo las guerras eran necesarias a los países que vendían armas y necesitaban que se mantuviera el negocio. Consuelo estaba políticamente consciente de la situación, pero era demasiado perezosa para haber actuado o trabajado en política; ella trataba de explicarme las teorías políticas, pero yo me aburría y cambiaba el tema, por lo tanto, ella no trataba de convertirme. Recuerdo mucho mejor la sicología que me enseñó, especialmente acerca de relaciones humanas, de cuan preciosas eran y de cómo debía protegérselas. Siendo agnóstica. Consuelo tenía su propio y muy estricto código de conducta. Había estado muy traumatizada por el aparente suicidio de una amiga que había sido despedida de su puerta por una empleada protectora, a las tres de la mañana, y eso la había puesto muy vulnerable con respecto a la gente. Había recibido entrenamiento psiquiátrico, pero mas tarde había cambiado a cirugía plástica, porque se comprometía demasiado con sus pacientes y cargaba con sus problemas. Era muy buena cirujana y tenía unas manos maravillosas con los pacientes y con el personal de enfermería, si bien tendía a ser tímida con otros doctores. Tenía ese raro don de la gentileza con los inferiores que le captaba la simpatía de los hombres y de las enfermeras; también tenía una extraña condición para el diagnóstico rápido, que era respetado y envidiado por sus colegas.

Tal vez sea importante explicar a esta altura que aunque me gustaría escribir acerca de muchas personas que llenaron mi vida durante mis cuatro años en Chile, eso no es posible. Chile es un país dividido, un país en estado de sitio y, por lo tanto, ser mencionado como amigo por alguien que ha sido expulsado del país es, por decir lo menos, indeseable.

Consuelo, sin embargo, está muerta. No podrá haber un golpe a la puerta de su casa a la una de la mañana y ella no puede ser llevada para lastimarla y humillarla y, tal vez, incluso matarla, como lo habrían hecho sin duda si yo hubiera hablado de ella durante su vida.

Aunque era una excéntrica en algunas cosas, ella tenía my chas cualidades que son típicas de sus compatriotas. Apasionadamente anglófila, educada en un colegio inglés, ella permanecía siendo chilena. Intensamente orgullosa de su país, de las bellezas naturales y de sus ricos recursos, estaba aún más orgullosa de su gente. Los chilenos son naturalmente generosos y dan la bienvenida a los extranjeros; hay una expresión muy chilena; "es tu casa", que significa "siéntase como en su casa". Aunque Consuelo a menudo me habla dicho lo de la hospitalidad chilena, no me había imaginado la extensión de ella antes de venir a Chile y recibir una increíblemente calida bienvenida de sus amigos. En los meses que siguieron, yo iba a recibir interminables muestras de hospitalidad y amistad de los chilenos que encontré en todas partes hasta que pasaron a ser parte de mí, y yo de ellos.

Consuelo era apasionadamente pro-Allende y la principal razón para su vuelta a Chile en 1971 fue para estar en su país durante la época del gobierno de la Unidad Popular. Como muchos doctores, ella se habla visto obligada, mientras era una estudiante de medicina, a encarar la realidad de las malas condiciones de vivienda y de nutrición de la mayoría de los chilenos y estaba agudamente consciente de que este estado de cosas, la injusta distribución de la riqueza, era tolerado por la mayoría de la clase media chilena, y activamente mantenida por otras. Como le sucedía a muchos estudiantes universitarios chilenos, que despertaban a las injusticias de su país, ella encontró en el comunismo una visión constructiva para el futuro. Durante un tiempo trabajó con la Juventud Comunista, pero eventualmente cansada de su disciplina e intensidad, los abandonó, sin haber llegado a ser miembro del partido.

En lugar de eso, se lanzó hacia la medicina y escogió trabajar en el hospital de emergencia más pobre y sucio de Santiago, la Posta 3. Allí ella trabajó de lo más falla, tratando a los "rotos". Contando con su dignidad personal y sus antecedentes de una clase superior, no necesitaba darse aires ni hacer ninguna clase de exhibición, como los que están menos seguros. Ella enfurecía a sus colegas más conscientes de su clase llegando a trabajar en jeans y en motoneta y dirigiéndose al personal de enfermería por sus nombres de pila.

De naturaleza compasiva, era particularmente gentil con los borrachos y las prostitutas, y les trataba mejor que a nadie.

Consuelo era a la vez hábil y perezosa. Si ella hubiera elegido estudiar habría tenido éxito en cualquiera rama de la medicina, porque era una "natural", con lo que quiero decir que tenía un brillante ojo diagnóstico combinado con manos hábiles y un montón de sentido común.

En 1965 ella fue a Inglaterra con una beca del Consejo Británico para estudiar cirugía plástica. La enviaron al Hospital Churchill, en Oxford, y fue allí donde yo la encontré, cuando se juntó a la unidad de cirugía plástica como residente, en febrero de 1966.

Cuando yo me cambié al Churchill me dieron una semana de feriado por la benevolencia de un Jefe y Consuelo compartía mi habitación. Yo me instalé con todas mis pertenencias antes de salir para Devon y ella se quedó allí sola. Ese fue un oasis. Allí estaban los libros, el gramófono, discos, cuadros, cojines, alfombras y todo lo que yo trasladé con toda firmeza a través de los hospitales de Inglaterra durante mis años de residente,

Si no hubiera sido porque nuestro trabajo nos acercó tanto, probablemente nunca hubiéramos sido amigas. Yo estaba acostumbrada a trabajar en hospitales con una mezcla de ingleses y extranjeros y automáticamente buscaba a mis compatriotas e ignoraba a los otros, Cuando me dijeron que tendría que trabajar con una dra. armenia en mi nuevo trabajo pensé: "Dios, qué lata". Y esperé que tuviera un agradable registro inglés. Porqué me dijeron que ella era armenia todavía no lo sé, pero lo que veo ahora es mi propia aterradora insularidad y convicción de que los "extranjeros nativos" empezaban en Calais. A los 27 años yo no sabía nada de Latinoamérica y no tenia interés en saberlo. Si en 1966 alguien me hubiera dicho que menos de diez años más tarde yo estaría usando mi entrenamiento quirúrgico para curar la pierna de un marxista herido, en un convento de unas monjas norteamericanas, en un país del cual nunca había oído nada, habría opinado que estaba locos.

Así fue cómo, por pura casualidad, conocí a Consuelo y en ella encontré a Chile. Ella gradualmente me introdujo a la literatura inglesa, a la música clásica, y a la poesía del chileno Pablo Neruda. Pero, más importante aún, me enseñó mucho acerca de la gente. Me hizo leer "El Principito" y me enseñó a ser responsable por mis rosas. También me hizo consciente de la injusticia y la desigualdad, aunque nunca comprendí del todo lo que ella quería decir hasta que un año más tarde de su muerte me vi frente a frente con gente que estaba hambrienta y que no tenía doctor, y trabajé al lado de colegas que diariamente hacían recetas sin sentirse perturbados por el conocimiento de que sus pacientes no tenían dinero con qué comprar las drogas y ni siquiera con que pagar el bus hacia su casa.

Todavía prefiero, como prefería Consuelo, trabajar en medicina, pero ahora comprendo más acerca de la diferencia entre aquéllos que estén felices de vivir en un sistema de propagación de la miseria social, y aquéllos que están preparados para morir con tal de cambiarlo. Sabiendo lo idealista que ella era, estoy contenta de que no haya vivido para ver a Chile hoy; hoy muchos chilenos que están renaciendo en la lucha por la libertad de su país, pero no puedo visualizar a Consuelo entre ellos, porque ella era una pensadora : no una luchadora:

"El hombre de acción
tendrá satisfacción.
El hombre de paz,
el vuelo de una hoja".

(Douglas Stewart. "Fuego sobre la Nieve".).


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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