audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 29

LA PISTA FALSA


" es difícil para los que viven cerca de un departamento de policía
creer en el triunfo de la violencia".

(T.S. Elliot. "Choruses from the rock")

Me senté silenciosa e incapaz de ver nada, en el asiento delantero del auto, consciente del arma sobre las rodillas del hombre a mi lado y del temor creciente que lo que estaría por venir. Estaba parecía haber sido una buena idea, pero ahora yo veía que no tenía salida: nadie podía rescatar mi de este automóvil que cruzaba velozmente en las calles de Santiago, y no pasarían muchos minutos hasta que descubrieran que les habían mentido. Tal vez en 10 minutos estuvimos en el centro de la ciudad y entonces me sacaron la cinta adhesiva que me tapaba los ojos y me dijeron: " ahora, gringa, dinos dónde debemos doblar".

Acabábamos de pasar la estación central y corríamos por el amplio camino que conduce al aeropuerto a junto mire por la ventanilla del automóvil y me di cuenta que había muy pocos cruces.

" ¿ cuántas cuadras, gringa?"

" no sé, tal vez unas diez"

Seguimos, pero empezaron a impacientarse: "¿Para qué lado dobló usted?"

"A la derecha". Estaban silenciosos y, a medida que avanzábamos, me di cuenta que no había zona residencial a la derecha.

El chófer se volvió hacia mí y me dijo con no rudeza: "Ya hemos andado veinte cuadras. ¿dónde doblamos?".

Sin saber qué hacer, dije: "Tal vez nos hemos pasado".

El dio la vuelta y retrocedió, y cuando volvíamos a acercarnos a la estación central se puso furioso de nuevo:

" estás mintiendo, gringa".

"No! no reconozco la calle. Tendrá que volver de nuevo".

Volvió a ser el giro en U y me di cuenta que no podía dilatar más el asunto, así es que, cuando llegamos a un cruce importante a la izquierda, dije:

"Doble aquí".

"Pero usted dijo a la derecha, gringa".

"Bueno. Me equivoqué. Aquí es ".

Me y creyeron y continuaron avanzando. de lentamente recorrimos las calles, mientras ellos preguntaban una y otra vez: "¿ la reconoce? " Yo miraba entonces por la ventana, cada vez que me preguntaban y decía: "No. Aquí no"

Pasamos casi media hora dando vueltas por el mismo lugar, lo que los aburrió e irritó sobremanera, entonces uno de ellos dijo muy tranquilamente: "en realidad, sería mucho más fácil si la matamos ahora ".

No dije nada, pero ahí sentada, me di cuenta que tal vez iba a morir. Era curiosa la sensación y pensé: " bueno, ¿ y qué? ". Súbitamente, Dios y el cielo me parecieron muy irreales y muy lejanos, me pregunté muy seriamente y por primera vez en mi vida, si todo no sería un cuento de hadas. Fue como si hubiera mirado el borde de un precipicio y no hubiese visto nada y como si pareciera que no había nada allá abajo. No puedo recordar el giro de mis pensamientos durante los minutos que siguieron, pero sí que regrese con toda calma a la certeza de que no todo era estúpido, y que Dios si existe, pero ésta era una decisión intelectual, hecha a sangre fría, y no me trajo consuelo cristiano.

Mientras encaraba la posibilidad de la muerte, pese: " qué manera más estúpida de morir ", pero no había ninguna alternativa a lo que estaba diciendo, de modo que ahí sentada esté mi mano de alguna manera a ese Dios que le parecía tan lejano.

El automóvil tenía un teléfono interior. Pasado un momento nos detuvimos, mientras el chófer bajaba hablar con un hombre que iba en un auto detrás del nuestro. Me dijeron que saliera y me levanté y con mi captor a la sombra del umbral de una puerta, esperando, sin saber el que. Luego de unos minutos oí voces y pasaron tres jóvenes, apresurándose por llegar antes del toque de queda.

Pasaron justo frente a mi y, mientras caminaban cogí a uno de la chaqueta y le dije: "ayúdame, por favor, soy prisionera de la DINA". Una mirada espantada, de terror, pasó por sus rostros y se alejaron tan velozmente como pudieron; y la chaqueta se me había quedado en las manos si no la hubiera soltado!. Mi aprehensor me golpeó la cara con violencia y me di cuenta que había sido muy estúpida. Volvimos al auto. Un rato después se nos unió el chófer y el otro hombre, quien dijo: " gringa, tienes suerte, hemos encontrado la calle ".

Me sentí enferma de terror, pero intenté parecer complacida.

La calle, por supuesto, era obispo Subercaseaux, la que había oído mencionar cuando me estaban interrogando. mientras avanzábamos, de pronto el hombre que se nos habían unido dijo: " allí está, gringa ". Y tenía razón: allí, a nuestra izquierda, en una calle de pequeñas casas oscuras, estaba la que yo había descrito. Era grande, de estilo colonial, de color blanco, con portones de hierro macizo de color negro.

Es imposible describir lo increíble de esta coincidencia. Jamás había estado en ese lugar y aunque abundan las casas de estilo colonial en las zonas de gente adinerada de Santiago, no abundan habitualmente en las zonas más pobres. De modo que el hecho de encontrarse una casa que casase con mi descripción, en una calle llamada obispo, en realidad era algo curioso.

Nos detuvimos a corta distancia de la casa y ellos se volvieron hacia mí: " bueno, gringa. ¿ es ésta ?". Ahora encaraba yo una difícil situación porque, con seguridad, esta era mi última oportunidad. Ellos no continuaría buscando y sólo Dios sabía qué es lo que harían cuando descubrieran que yo estaba mintiendo. Por otra parte, y ¿ como podría hallar justificación para exponer a esa gente a semejante riesgo?. el temor me hizo racionalizar y decidí que esa gente, que vivía en una casa tan elegante, tenían que ser gente muy rica y rápidamente persuadirían a la DINA de un que no tenían nada que ver con miristas fugitivos. Vacilando, y tratando de cubrirme contra cualquier eventualidad, dije que creía que esa era la casa.

La agitación de ellos eran evidente. Mi chófer habló rápidamente por teléfono y luego apretó el embrague. Pasado un par de calles nos detuvimos y me dijeron que saliera. Nos habíamos detenido al lado de un coche de policía, donde, luego de ponerme unas esposas me hicieron subir. Me senté en la parte de atrás, en compañía de dos borrachos, pronto llegamos al departamento de policía. Cuando salía me pusieron un suéter sobre la cabeza para que no mirara, y me hicieron entrar en el edificio. Me senté en un banco como me indicaron. A través del holgado tejido del suéter vi hombres corriendo de un lado para otro por las oficinas. Vino un oficial e hizo ademán de golpearme la cara. Yo me hice a un lado y él pudo darse cuenta que estaba viendo. entonces me envolvió la cabeza en una gruesa cortina. Ahora no podía respirar ni ver libremente y, con el suéter en la cabeza, sentía frío. Me quejé al hombre que me vigilaba y el me soltó un poco.

Eran palpables la agitación y la urgencia. Sonaban los teléfonos, se gritaban ordenes, y los hombres corrían de un lado para otro. Me di cuenta de que estaban preparando un operativo a escala, en la esperanza de encontrar a Pascal y a Gutiérrez. Yo continuaba sentada allí, fascinada, preguntándome qué pasaría cuando descubrieron que los habían engañado.

Después de algo así como media hora salimos de nuevo y el chófer y estación no el auto en una calle lateral de éste dónde podíamos ver la casa. Nos sentamos allí y esperamos. Parecía todo tan irreal, como estar en una película, esperando en un automóvil sin luces, mientras allanaban una casa. Pasado algún tiempo vinieron a buscarme y me llevaron a la casa.

Entramos en la casa por la parte trasera y vi y que, en contraste con su rico exterior, la casa estaba muy pobremente amueblada. Sentados en una cama, pálidos y aterrados, estaba una pareja de ancianos de clase obrera. Era obvio que la casa estaba siendo remodelada y esa gente vivía allí como cuidadores. Me espante de que mi fantástica historia hubiera puesto en esta situación a gente tan indefensa, y dije enseguida que esta no era la casa donde yo había atendido a Gutiérrez. no me creyeron. busqué frenéticamente otros argumentos y finalmente dije que la decoración de la casa de Miguel Rojas era más elegante, y mientras que estos muebles eran ordinarios y de mala calidad. Llegó un momento tan absurdo en que uno podría haber reído o llorado de pura desesperación. Uno de los hombres me llevó donde había muebles cubiertos con una sábana, y dijo: " ¿Qué me dice de esto, gringa?.

Allí, bajo las sábanas, había varias sillas, las más elegantes que yo había visto en mi vida. El destino, al parecer estaba contra mi, pero rápidamente dije: " El amueblado era moderno. Parecía lógico que un arquitecto tuviera muebles modernos, pero ellos no se dieron por vencidos tan fácilmente. Dijeron que, tal vez, la habitación en que había atendido a Nelson estaba arriba y me encañonaron para que me dirigiera hacia el segundo piso. A medio camino por las escaleras me aterrorice y dije firmemente que la casa de tenía solamente una planta. mal diciéndome, el se dio la vuelta y pronunció las palabras que eran como puertas cerradas a mi vía de escape: " De vuelta a la parrilla, gringa". Entonces me di cuenta que se me venía encima otra sesión de interrogatorio.

No recuerdo lo que pensaba mientras subimos el cerro de vuelta a Villa Grimaldi. me sentía enferma y muy asustada y estaba empezando a darme cuenta de que habían pasado muchas horas de este mi arresto y que no iba a ser rescatada.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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