audacity to believe

Audacia para creer

Capítulo 28

INTERROGATORIO


"Nadie será sometido tortura o tratamiento o castigo cruel, inhumano o degradente".
("Declaración Universal de los Derechos Humanos")

No es fácil decidir cual es la mejor forma de contar la historia de las próximas horas. Lo que sucedió es tan increíble y tan abrumador que será difícil creerlo para las personas sin conocimiento de lo que son los métodos usados en ciertos países. También hay que tomar en cuenta que la descripción de lo que sucedió es tan desagradable de leer que si yo usara la reserva británica y la técnica de dejar las cosas a medio decir, sería más agradable de leer y de decir. Sin embargo, si voy a escribir algo siquiera de lo que sucedió debe ser con un propósito, y ese propósito es: que se conozca cómo son tratados los prisioneros políticos en ciertos países. Lo que a mí me sucedió es típico de lo que sucede a los prisioneros políticos en los países en que la tortura se ha institucionalizado como instrumento de interrogación y represión.

Deliberadamente dejar en tono menor el horror de lo que sucedió sería tan contrario a la verdad, como exagerarlo, y sería una traición para los miles de chilenos, argentinos, uruguayos, brasileños, paraguayos y otros, que han sufrido en manos de los servicios de inteligencia de regímenes represivos en que los derechos humanos son deliberada y constantemente infringidos. Así, por un breve momento y una curiosa serie de coincidencias, me he convertido en la voz de los sin voces y, como tal, testigo estricta obligación de decir la verdad.

Lo que sigue es un fiel relato de los hechos que me acontecieron la noche del 3 de Octubre de 1975. EL diálogo es tal como lo recuerdo; las palabras pueden no ser exactamente lo que se dijo, pero la línea general del intercambio es exacta. Además de decir la historia como sucedió, he tratado de transmitir lo que yo pensaba y sentía en esos momentos, y aunque hay partes de esa noche que se me perdieron, hay otras qué están tan claras como si hubiese sido ayer. Va tal vez la pena recordar que no siento ni he sentido en ningún momento ningún odio por los hombres que me interrogaron. Los veo como hombres enfermos de la mente y del alma y como productos de un sistema perverso en una sociedad muy enferma. Me dijeron que saliera del auto y fui llevada a trastabillones por lo que pienso era un patio. Nos detuvimos mientras se abrían unas puertas de metal que luego se cerraron tras de nosotros. Fui llevada a una pieza y sin mayor preámbulo, se me ordenó quitarme la ropa.

Yo oí eso con incredulidad. En alguna parte hay una equivocación. Les dije rápidamente que yo era una doctora británica y que esto causaría un revuelo internacional. Entonces me llegó la contestación que me trajo a la terrible realidad de mi situación, porque ellos dijeron: "Nuestra imagen en al exterior es tan mala que no nos importa. Me volvieron a decir que me desvistiera y, buscando desesperadamente algo que los convenciera, les dije que no me podían hacer eso a mí, porque mi padre era Vice Mariscal del Aire, pero ni me contestaron. Frenéticamente les dije; "Voy a hacerme monja" Esto trajo una rápida respuestas, ¿No lo es?", a lo que repliqué: "No".

Otra vez vino la orden de desvestirme. Lentamente me saqué el sweater y no conseguí continuar más adelante. Entonces sentí una mano áspera sacarme la camisa, con lo cual saltó uno de los botones. Dándome cuenta que ellos hablaban en serio, y queriendo evitar más manoseo, me saqué el resto de mis ropas. El pañuelo alrededor de los ojos estaba suelto y pode ver que estaba en una pieza pequeña, que tenía una tarima doble de metal, una mesa y una silla. En la pared colgaba un plano de Santiago y, amontonándose en la pieza, que era muy pequeña, había cinco hombres de civil y una mujer.

Me dijeron que me acostara en la cama y rápidamente; me aseguraron a la mitad inferior de la tarima, atándome las muñecas y tobillos y parte superior de los brazos, y colocandome una amplia banda alrededor del pocho y abdomen. Entonces principió, la cosa. Sentí un shock eléctrico pasar a través de mí, y luego otro, y otro. Quise gritar, pero descubrí que tenía una mordaza en la boca. Entonces comenzaron las preguntas;

"Dónde atendió ud. a Gutiérrez? "

"¿Quién le pidió que lo atendiera?

Mi cerebro estaba muy claro y las implicaciones de esta pregunta me fueron inmediatamente evidentes; Si ellos no sabían dónde había tratado a Nelson, tampoco sabrían que había sacerdotes y monjas comprometidos y tal vez nunca necesitarían saberlo.

Los procesos de mi pensamiento a esta altura tienen importancia, porque fue entonces cuando tomé la decisión de mentir en un esfuerzo para salvar las vidas de los sacerdotes chilenos comprometidos y, de alguna manera que no logré articular plenamente, la Iglesia Chilena. Yo sabía que la posición de la Iglesia en Chile al lado de la Junta era delicada, y pensé que el hecho de que tantos sacerdotes y monjas estaban implicados, podría conducir a una ruptura de relaciones entre la Iglesia y el Estado. El hecho de que yo estuviera equivocada no tenía nada que hacer con la decisión tomada en ese momento. Yo estaba muy segura por ese entonces que el tratamiento no podría durar mucho porque creía que, con cada minuto que pasaba, se acercaba la llegada del Cónsul y mi liberación.

La esperanza de que me soltaran fue un factor muy importante en mi habilidad inicial de soportar el dolor, porque no se me ocurrió que esto pudiera durar mucho y parecía sólo un asunto de soportar hasta que llegara la ayuda. En la Escuela de Medicina me enseñaron que el dolor tenía tres componentes: el dolor real que uno experimenta, el recuerdo del dolor ya pasado, y el temor del futuro dolor. Así, desde el principio, sin tener idea de lo extremo que podía ser ese dolor, y creyendo que sería de corta duración, fui capaz de actuar con más valentía de la que mostré después. Al principio, también creí que las vidas de dos de mis amigos dependían de mi silencio y esto es también muy importante, porque la resistencia a la tortura está muy profundamente relacionada con la motivación para no hablar.

Me embarqué, por lo tanto, en une invención que iba a tener muchas repercusiones inesperadas. Si pareciera que mentir en tales circunstancias es difícil, puedo asegurarles que no lo es, porque todas las preguntas eran directas y la creencia de ellos en mis contestaciones, unido al repetido estímulo doloroso, hacía que mi imaginación esta viera extremadamente activa.

"¿Dónde atendió ud. a Gutiérrez?"
"En un domicilio privado"
"Quién le pidió que lo atendiera?"
"Un doctor"

"¿Cuál es su nombre?"
Vacilé y la corriente vino rápida, salvaje
"Doctor Pérez"

Un nombre cualquiera, en la medida en que era falso.
¿Cuál es su nombre?"
"¿Dónde trabaja?"
"En el hospital Salvador". Este era un hospital cerca de mi casa y el único doctor que conocía allí era una mujer "

"¿Porqué se lo pidieron a ud.?" Otra vez vacilé y otra vez sentí los shocks. A Dios gracias, la respuesta vino con una lógica tal que no podía haber duda.

"El tenía miedo".

Ellos cambiaron de rumbo: "¿Dónde lo conoció Ud?:" Eso ya era más difícil» ¿Dónde podía haberlo conocido y no empezar a dar nombres? La electricidad me apuró; "En una fiesta". -Eso calzaba. Ahora ellos estaban sobre él y pronto lo tendrían, y con él a todos sus amigos.

"¿Dónde vive él?"

"No sé"

El agudo dolor me indicó que estaban enojados.

"Ud. está mintiendo ". Oh, Dios¡, cómo podía decirles donde vivía si no existía. Otra vez el dolor, y otra.

Frenéticamente: "Me dijo que tenía una casa en Algarrobo. Me invitó allí."

"¿Dónde?" Me creían. Podían ver el cuadro; las luces suaves, la música, la invitación para un fin de semana fuera de Santiago.

"¿Dónde?" ¿Donde ?, en realidad, jamás había estado yo en Algarrobo, sólo había pasado por ahí en un bus.

"No sé. Nunca fui. No salgo con hombres casados".

Frustrados, ellos ensayaron otro plan de acción:

"¿Dónde atendió a Gutiérrez?

"En un domicilio privado". Esto, por lo menos, era cierto.

"¿Quién era el dueño?

"Miguel Rojas"

"¿Qué hace él?"

"Es arquitecto"»

"¿Dónde vive?"

"No sé". Otra vez supe de su cólera y otra vez, y otra vez, mientras trataba de pensar desesperadamente qué decir.

"Era de noche, no vi el nombre de la calle".

"¿Cómo llegó ud. allí?

"Me llevaron en auto"

"¿Qué tipo de auto?"

"Un Peugeot". (El auto del convento también había sido un Peugeot)

"¿De qué color?"

"Blanco"

"¿De qué color era el tapizado ?"

"Azul".

Les oí repetir: "Un Peugeot blanco, tapizado azul". Ahora estaban llegando a alguna parte... Empezaron a buscar a Rojas en la Guía de Teléfonos y les oí dar vuelta a las páginas, muy excitados.

"¿Cómo entraron en contacto con Ud?"

Dios Santo ¿No terminarían nunca?

"Me llamaron por teléfono"

"¿Quién le telefoneó?"

El doctor me telefoneó»

"¿Qué le dijo?"

"Me dijo que esperara en un garage en la esquina de Vicuña Mackenna y Rancagua". (Vicuña Mackenna es una calle importante, cerca de mi casa)»

"¿Quién estaba en el auto?

"Un hombre".

"¿Qué aspecto tenía".

"Tenía bigote"

"¿Qué más?

"No noté nada más"

"¿Cuál era su nombre?

"No lo sé, No me lo dijo".

"¿Adonde fueron?"

"No sé".

Esto no servía y la corriente me dijo claramente que tenía que urdir algo mejor.

"¿Adonde fueron? "

"Me dijo que no mirara"

"Ud. debe haber mirado". Las mujeres siempre miran". Cuánta razón tenían!

"Yo no miré, El me dijo que no lo hiciera. Que era mejor para mí no saber dónde iba". Esto parecía bastante plausible pero ellos estaban determinados.

"¿Qué dirección tomó el auto?" Rápidamente pensé y elegí , la dirección más alejada de la casa de Helen.

"Hacia la Estación Central".

"¿Y entonces?"

Más abajo de la Estación

"¿Y...?"

No había contestación. Esta era un área que yo no conocía en absoluto, una gran vía que llevaba al aeropuerto... Había zonas residenciales a ambos lados. ¿O no? ¿O serían sólo sitios eriazos? Yo no lo sabía.

"¿Adonde doblaron?" .

Así es que debíamos haber doblado, Pero, ¿dónde?

"No lo sé"

Esta era la respuesta que a ellos no les gustaba nadada y lo supe inmediatamente. Les vi mirando el mapa y de seguro estaban reconstituyendo mi ruta. Les oí las palabras Obispo Subercaseaux", y luego siguieron.

"¿Hacia donde doblaron?

Mentalmente elegí: "A la derecha"

"¿Cómo se llamaba la calle"

"No sé".

"Claro que sabe".

"Obispo no sé cuanto"

"Ud. dijo que no podía ver", Dios santo, no les estaba gustando.

"Creo que se llamaba Obispo no sé cuánto"

"Obispo cuánto?

"No sé

"Ud. sabe"

"No sé"

"Sí sabe"

"No sé", Esto era tremendo. Si yo nombraba la calle, me probarían que estaba equivocada y si no lo hacía no terminarían nunca. Insistí:

"Obispo no sé cuánto

Ellos trataron otra táctica..

"¿Cómo era la casa?"

"¿De qué color?"

"Blanca"

"¿De qué estilo?"

"Colonial"

"¿De qué color era la puerta?"

Eso era fácil: "Negra"

"¿Metal o barandillas?"

"Metal"

"¿Quién estaba en la casa?"

"Rojas"

"¿Quién más"?

"Su esposa"

"¿Quién más?

"La empleada doméstica. Tendría que haber una empleada. Siempre había una

"¿Quién más?"

"Nadie más"

"¿Cuál era el nombre de la calle?. Otra vez empezaban.

"No sé"

Empujaron la mordaza en mi boca: "Levante los dedos cuando se acuerde". Otra vez, ola tras ola, y yo levanté los dedos.

"¿Bien?"

"Les llevaré allí. Les mostraré".

"¿Cual es el nombre de la calle?"

"No lo sé, pero se las mostraré"

No tenía ningún plan, pero cualquier cosa sería mejor que esto. No había ningún futuro en ir a buscar una casa inexistente, pero por ahora yo no podía ver ningún futuro, sólo una bruma de dolor de la que había que escapar.

De súbito, aquello paró. Una voz dijo: "Desátela", y les vi moverse.

Sentí que aflojaban las bandas de mis muñecas y tobillos y hubo una nueva oleada de dolor al volver la circulación. Traté de sentarme, pero no pude levantar la cabeza. Manos gentiles me levantaron y me senté, ciega y mareada, al borde de la tarima. Ellos me levantaron y luego me sujetaron cuando me caí. Sentí que ponían una silla debajo de mi, y oí una nueva voz. Esta era una voz amable, educada y casi paternal: "Pobre Gringa" dijo "Cómo se siente?" Por un momento me quedé aturdida con el alivio que sentí. Este debía ser un oficial superior que había venido a llevarme donde el cónsul.

"¡Cómo se metió en todo esto, gringa?"

"Me lo pidió un amigo"

"Qué buen amigo ese que la metió en semejante lío!"

Me quedé callada.

"Ud. fue muy estúpida dejándose implicar en esto".

Este era un hombre amistoso que creía que yo era una extranjera estúpida, y yo dije patéticamente: "Fui una tonta?. El pareció complacido: "Pobre gringa estúpida". Pero ahora nos va a ayudar, ¿no?" Así que de eso se trataba. Me estaba suavizando. La ira me dio coraje:

"Oh, si. Haré cualquier cosa. Cualquier cosa para parar esto."

"Bien!, buena gringa".

De pronto calló y sentí que me tocaba el pecho: "¿Qué cicatriz es esa gringa?". Por supuesto! La cicatriz ¡ Me había olvidado. En Chile muchas personas jóvenes tienen lesiones de las válvulas luego de una fiebre reumática, y se someten a operaciones para liberar válvulas que se unen, o reemplazan otras muy dañadas. Mi cicatriz era el legado de una operación de esternón, pero también podía haber sido perfectamente el resultado de cirugía cardiaca. Dije, tan convincentemente como pude:

"Me operaron del corazón"

"¿Qué tenía malo?". Era obvio que estaba conmocionado. Aquí estaba la salida. Si ellos pensaban que tenia un corazón débil, no me volverían a dar más shocks. Pero había que pensar rápido.

"¿Qué les podía decir, que había sido? ¿Qué operación me dejaría sin un soplo? Mi mente estaba en blanco y no pude pensar en una lesión cardíaca que no dejara signos. Flojamente dije:

"Yo era muy pequeña. No sé"

"¿Qué podría hacerle la electricidad?"

Esto daba esperanzas: "Podría producirme fibrilación ventricular".

"Qué?"

"Podría hacer que mi corazón latiera muy ligero"

"Podría matarme".

Hubo una pausa, mientras él pensaba. Después dijo:

"Gringa, está mintiendo. Vístase, Será mejor que nos ayude, o lo pasará mal".

El se fue y los hombres que me habían ayudado a levantarme de la cama ahora me pasaron las ropas y me ayudaron mientras yo me atascaba con los botones y broches y zapatos que no podía ver. Rieron gentiles y pacientes conmigo e, inerme y ciega, fue tan grande el contraste que me parecieron amigos.

Fue sólo cuando regresé a Inglaterra que me enteré que la calidez de un interrogador amistoso es parte de una técnica de interrogatorio altamente desarrollada. Luego de una sesión con interrogatorios agresivos, cuando la víctima está conmocionada y desmoralizada, aparece una nueva figura, esta vez amable, paternalista y la relajación que se produce es tal, que caen las defensas y esto, a menudo, suele ser más eficaz cuando ha fallado el primer método.

Mis captores me llevaron fuera y les pedí pasar al baño. Me dejaron ir, pero se quedaron al lado fuera y, cuando iba a beber del grifo, me gritaron que no lo, hiciera (Después supe que beber después del "Tratamiento eléctrico" puede causar convulsiones)

Salimos, y afuera hacia frío. Me sacaron el vendaje y me taparon los ojos con cinta adhesiva, con lo que ni pude ver el suelo que pisaba Me llevaron a través del patio y me empujaron dentro de un auto. Se abrieron los portones y el auto salió. Sentí que pasábamos el puente y nos encaminábamos hacia la ciudad.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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