audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 27

ARRESTO


"El arresto es un salto mortal instantáneo, una expulsión que,
en una acometida que hace trizas, le saca a uno de un estado a otro".

(Alexander Solzhenitzyn. "Archipiélago Gulag")

La semana que siguió al tratamiento de Gutiérrez estuve muy ocupada y tuve mucho que hacer con el cuidado de un nuevo paciente. Cuando fui al Convento de las Hermanas de Notre Dame por segunda vez, me encontré con un par de monjas americanas amigas mías que me dijeron que Susie estaba enferma. Esto me preocupó porque ella había insistido en ir a visitar a una amiga en el sur de chile en circunstancias que debería haberse quedado en cama por un fuerte resfrío. Parecía probable que estuviera sufriendo de alguna complicación surgida de ese resfrío. Así es que fui a verla. Mis amigas habían insistido en que se mudara de su propia casa, que estaba en un área muy pobre, a la casa central de la congregación para que se la pudiera cuidar como debía (la Orden de ella no tenía casa en Santiago).

Resultó que ella había estado trabajando más de 15 horas al día durante varios meses y necesitaba mucho de un descanso, así es que le di un sedante y le dije que se quedara en cama. La visité varias veces durante la semana, pero no estaba satisfecha con su estado y decidí que estaría mejor en un lugar más tranquilo. El jueves, por lo tanto, me fui a ver al Padre William Halliden, el director de los Sacerdotes misioneros que vivían cerca de mi casa y le pregunté si Susie podría ser cuidada en su casa por unos pocos días. Esa tarde, antes de ir a mi turno nocturno en la Posta, él y yo pasamos a recoger a Susie y la instalamos en la enfermería de la casa de Larraín Gandarillas.

Ella se instaló muy bien y con las visitas prohibidas, excepto el Padre Halliden y su ayudante, estuvo mucho más tranquila. Enriqueta, la empleada doméstica, la cuidó con gran cariño y le llevaba todas sus comidas en una bandeja, así es que ella no tenía otra cosa que hacer que descansar. El sábado yo pude pasar un largo rato con ella, e hice frecuentes visitas de mi casa a la de ella para traerle libros y costura, además de mis grabaciones para que pudiera escuchar algo de música en esas largas horas.

Era el 31 de Octubre, la víspera de la fiesta de Todos los Santos, y yo fui a misa a la iglesia Italiana que queda en la esquina de casa. Como era la misa de un gran día de fiesta, tardó más de lo acostumbrado para la misa de la tarde, y ya eran las 9 p.m, cuando volví, a casa. Pregunté a Margarita a qué hora me daría de cenar y me contestó que no estaría lista hasta un cuarto para las diez. Suspiré, porque tenía hambre, pero hacía tiempo que había aprendido que no había que apurar a Margarita y, como no se ganaba nada con quejarse, le dije que iría a dar las buenas noches a Susie.

Le había prometido a Susie que iría a rezar con ella esa noche, pues así lo quería ella, y éste me pareció que era un buen momento. La encontré de muy buen ánimo y conversando con el Padre Halliden mientras terminaba de comer; los tres conversamos un rato hasta que él dijo que se iba a preparar su sermón del día siguiente. Cuando él ya se había ido, fui a la capilla a buscar una vela para darle un poco de atmósfera a la desnuda pieza de la enferma mientras orábamos. Susie miró mis pies desnudos y, hurgando en su cartera, encontró un par de calcetines, diciéndome que me los pusiera porque tendría frío.

Como la mayoría de las mujeres, me preocupo bastante acerca de las ropas que uso y aunque preferentemente uso blue jeans y sweaters, siempre hay un corte y un color que me gusta y que concuerda con mi punto de vista personal de como quiero verme. (El hecho de que esto no esté de acuerdo con las normas de moda aceptadas para las doctoras de 38 años no tiene relevancia directa). Sucede que me gusta ver mis pies desnudos en las sandalias franciscanas que uso y prefiero sufrir un poco de frío antes que usar calcetines con las sandalias. Protesté que no tenía frío, pero me di cuenta que mi negativa era pueril, de modo que se lo agradecí y me los puse, sin tener idea de cuánto agradecería a Dios y a ella más tarde por tenerlos.

Encendí la vela y me senté al borde de la cama. Cuando estaba poniéndome en el estado mental propicio a la oración, el silencio fue rotó por el alarido más horrendo. Fue muy fuerte, alto y prolongado y tuvo una calidad animal que me espantó. Apagué la vela y, diciéndole a Susie que se quedara donde estaba, corrí hacia la escalera. Había sido una voz de mujer y me imaginé vagamente que tal vez Enriqueta se había caído por las escaleras; todo lo que sabía era que no se parecía a nada que hubiera oído antes y que algo terrible tenía que haber sucedido.

El Padre Halliden y yo llegamos abajo en el mismo momento, entrando al salón por lados opuestos (porque la casa tenía dos escaleras) nos encontramos mirando la figura de Enriqueta que yacía en un inmenso charco de su propia sangre que todavía salía de una terrible herida en la espalda. Yo llegué a ella primero y, mientras me arrodillaba a su lado, empezó el tiroteo, llegándonos las balas a través de las ventanas francesas desde la calle. Aunque el Padre Halliden corrió las persianas, ellas estallaron como astillas y las balas pasaban por nuestras cabezas (después supimos que estas balas están especialmente prohibidas por la Convención de Ginebra)

Mis pensamientos fueron para Enriqueta. Tomándola por los brazos, la arrastré hacia el fondo de la casa, fuera del alcance del loco que nos disparaba. Me arrodillé inerme a su lado, sintiendo un pulso que yo sabía se estaba debilitando cada vez más, a medida que su sangre se esparcía por el piso de parquet. Muy doctor podía yo ser pero, sin sangre y sin instrumentos, no podía hacer otra cosa que un trabajo de primeros auxilios; o tal vez peor, porque yo sabía que ella se estaba muriendo y que no había nada que hacer.

Continuaba el fuego y me di cuenta que, aunque estábamos en una especie de repostero, fuera de la cocina, las balas continuaban llegando próximas a nosotras. Todavía mareada y aturdida y sintiendo que la situación era totalmente irreal le dije al Padre Halliden que Enriqueta estaba muriéndose y que no había otra cosa que hacer que ponerse a reparo. El desapareció en dirección al comedor y, sobre mi estómago, repté pulgada a pulgada cruzando la cocina y sentándome bajo la mesa en el rincón de la habitación.

Durante lo que me pareció que era una eternidad - y deben haber sido 10 a 15 minutos - estuve sentada allí oyendo como nos disparaban desde fuera y el sonido de las balas alrededor mío. Me pareció un sueño, o como estar en una mala película de gangsters, y no tuve otro pensamiento coherente excepto de lo curioso que era todo esto, y que tal vez mi vida estaba a punto de terminar.

Por fin dejaron de disparar y se oyó el sonido de voces de hombres gritándonos que abriéramos la puerta. Parecía que por fin había llegado ayuda y el Padre Halliden sacó el pestillo de la puerta de la cocina para dejarlos entrar. Tan pronto como se abrió la puerta entraron de prisa varios hombres con ametralladoras. Yo había esperado ver a la policía y estos hombres con ropa de civil parecían totalmente fuera de lugar, pero poco tiempo tuve para pensar. Dos hombres quedaron abajo. Aunque les preguntamos quiénes eran, no nos contestaron. En lugar de eso me preguntaron mi nombre y, cuando dije "Sheila", ellos dijeron: "Esta es la que buscamos". Y subieron.

Increíblemente, estábamos solos. Fuí al teléfono, maldiciéndome por no haber memorizado el número del Cónsul, pero el único número que recordé fue el de mi casa. Me contestó la voz de un extraño y entonces supe que habían ido primero a mi casa y que en realidad era a mí a quien buscaban. La voz cambió y hablé a uno de los estudiantes que alojaban en mi casa (yo había aceptado ceder unas tres piezas, qué sobraban a un trío de estudiantes universitarios que querían vivir fuera de su hogar). El habló vacilantemente y yo, sin ver, supe que detrás de él había un hombre armado. Sin saber qué decirle y con la desesperación de querer informarle de lo que me estaba pasando, le dije que llegaría tarde a comer porque le habían disparado a la empleada de la casa de los Padres Columbanos. No me parecía que hubiera nada más que decir, así es que colgué el teléfono y me junté con el Padre Halliden al lado de Enriqueta.

Ella estaba más débil, pero todavía vivía, mientras tomé su mano y traté de consolarla porque gemía y se movía con gran inquietud. El me dijo que quería darle los últimos ritos y, todavía consciente de que cualquier movimiento no razonable podría ser el último, fui a la cocina en busca de aceite. Vi un pote de crema para las manos y -con ese atrevimiento que emerge a pesar nuestro en los momentos de tragedia y crisis me pregunté si no serviría lo mismo. Llegué a la conclusión que el derecho canónico probablemente no mencionaría la crema Nivea y, echándole maldiciones por ser tan anticuado, busqué en los armarios hasta encontrar el aceite de cocinar. Arrodillándonos al lado de Enriqueta, con las ropas de ambos empapadas en sangre regamos por su alma que partía de este mundo y el Padre Halliden la ungió y le administró el sacramento de los muertos.

Oí pasos en la escalera y ahí, pálida y transfigurada por el temor, estaba Susie. El hombre detrás de ella le tenía puesta la ametralladora en la espalda. Furiosa, salté sobre mis pies y le increpé por traerla a ver a la moribunda Enriqueta. El no me concedió atención alguna y se devolvió a ayudar a sus compañeros, arriba. Pronto se nos juntó el que dirigía el grupo y su asistente; de nuevo me preguntaron mi nombre y, no teniendo la habilidad de mentir, dije "Sheila"una vez más. De nuevo ellos dijeron; "Esta es la que buscamos y me indicaron que fuera a buscar una frazada para Enriqueta.

Busqué por los dormitorios hasta que encontré el lugar en que guardaban las frazadas y llevé una para abajo y, como nadie me dijo nada, volví al fondo de la casa. Encontré a Susie otra vez en cama y le dije que esos hombres era a mí a quien buscaban. Recuerdo haberle dicho: "Creo que son del MIR y que han venido a llevarme para que atienda a alguien". Lo absurdo da la idea. de que el MIR me capturara con ametralladoras para que atendiera a uno de los suyos, cuando acababa de hacerlo por mi propia voluntad, ni siquiera se me pasó por la mente, era un pensamiento loco en una situación de pesadilla. Recuerdo haber mirado por la ventana y haberme preguntado si podría escapar, pero afortunadamente no lo intenté porque después supe. que la casa estaba rodeada y que sin duda alguna, me habrían disparado.

Sin tener idea de qué caería sobre mi cabeza, fui al baño. En la seguridad de la pieza cerrada con llave me sentí más a salvo; entonces encendí la luz y me senté en el suelo, apoyándome contra la pared, al lado de la puerta de modo que si disparaban no me hirieran. Mientras estaba sentada allí les oí llamarme por mi nombre, al principio con gentileza, y luego con mayor urgencia y cólera. Los oí buscandome, corriendo de pieza en pieza, hasta que alguien trató de abrir la puerta del baño y la encontró con llave. Empezaron a golpear la puerta y me di cuenta que la abrirían a balazos, así que los grité y salí. Me empujaron con rudeza por el corredor y bajé las escaleras con una ametralladora en la espalda.

El cuerpo de Enriqueta había desaparecido y vi a dos hombres llevándola en la frazada hacia la calle. Mientras caminaba hacia la puerta vi al padre Halliden echado en una silla y me di cuenta que era sólo a mí a quien se llevaban. Me miró aturdido y mientras yo le decía que avisara al Cónsul, ellos me empujaron hacia la calle.

Cuando caminaba lentamente alejándome vi sentada en el umbral, y llorando, con una ametralladora en las costillas, a Margarita. La sensación de pesadilla persistía mientras caminaba por la calle hacía un auto particular y obedeciendo órdenes subí a él.

Me senté en el asiento de atrás y el hombre de la ametralladora se sentó a mi lado. Luego de dar una orden al chofer el auto se puso en camino. Entonces ese hombre me cubrió los ojos con un pañuelo y luego me golpeó el rostro con la mano. La fuerza del golpe me causo una gran ira e indignada le pregunté por qué me había pegado cuando no había hecho nada para merecer ese tratamiento. Tal vez toqué alguna enterrada chispa de caballerosidad porque no me volvió a golpear, sino que me dijo: "sabemos que Ud, atendió a Nelson Gutiérrez".

Entonces supe: Estos hombres eran de la DINA y no sé cómo se habían dado cuenta que yo había tratado a Nelson. Mientras el auto corría por las oscuras calles de Santiago me pregunté qué me sucedería. Aunque asustada e indefensa, yo estaba segura de que cuando fuera llevada ante los superiores de estos hombres, las cosas serían diferentes porque descubrirían que estaban tratando con una extranjera que era hija de un Vice Mariscal del Aire. Así que levanté el ánimo y me llevé la mano izquierda a la mejilla, fingiendo temor; mientras cubría mi cara con un dedo levanté un poco el pañuelo que cubría mi ojo izquierdo

Buscaba algún punto de referencia para saber por dónde íbamos, pero el auto iba tan rápido que no pude leer ningún nombre de calle, y dimos tantas vueltas que me desorienté completamente. Entonces vi una hilera de árboles y me di cuenta que estábamos en calle Tobalaba, que corre paralela al Canal San Carlos, a través de la zona residencia del barrio alto, la zona de la clase alta de Santiago.

Luego de un rato cruzamos un puente y seguimos a tumbos por un camino sin pavimentar. Recordé que Teresa me había dicho que ella había sido detenida en un centro de interrogatorio de Peñalolén. Esta entonces debía ser la calle José Arrieta, que va en ángulo recto con el canal y que sube al cerro hasta la enorme y elegante casa de la familia Arrieta que había sido una comunidad hippie en la época de Allende. Luego de unas doscientas yardas, el auto disminuyó la velocidad y se detuvo, internándose por un sendero; el conductor gritó y mientras esperábamos, los focos alumbraron dos enormes portones de hierro ubicados en un muro que rodeaba una vieja residencia con el tradicional rojo colonial. Esta, supe después, era la VILLA GRIMALDI, uno de los mayores centros de interrogatorios de la DINA. Entramos, y los dos portones se cerraron detrás de nosotros, sin tener yo nociones de lo que iba a suceder, ni de la experiencia que me iba a tocar vivir, que cambiaría tan radicalmente mi vida, teniendo repercusiones en todo el mundo y cuyo alcance total probablemente no conoceré nunca.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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