audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 26

LOS FUGITIVOS


" porque tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber,
estuve desnudo y me cubristeis,
enfermó y me cuidasteis
en prisión y me visitasteis,
en verdad os digo que cuanto
hicisteis a uno de estos,
mis hermanos más pequeños,
a mi me lo hicisteis".

( Mateo 25. 35:40 )

Me fui en bus a una oficina del centro de Santiago, y una secretaria me dijo que esperara. Me senté al lado de una muchacha cuyo rostro me pareció familiar, aunque no pude situarla. Un momento más tarde nos llamaron a ambas y resultó ser la hermana Helen Nelson, una hermana norteamericana que Notre Dame, a quien había conocido en casa de unos amigos, el hombre herido estaba en su casa. Hablamos brevemente con un sacerdote y que trabajaba allí y recuerdo que me dijo, mientras buscábamos una solución antiséptica: "Espero en Dios que Cristo ande disfrazado de mirista herido".

Helen y yo fuimos al convento en un automóvil. Nos encaminamos a la parte de atrás de la casa y fuimos saludados por una muchacha en blue jeans y blusa. Ella era Mary Ann Beausire, la compañera de Andrés Pascal, jefe del MIR desde la muerte de Miguel Enríquez. Ella me condujo hacia el dormitorio, una habitación oscura por tener las cortinas cerradas, donde estaba Nelson Gutiérrez. Hablamos poco: había poco que decir. El me mostró la pierna y, como la hallé hinchada e inflamada, le dije que le exploraría la herida para ver si le encontraba la bala.

Fui a la cocina con a para esterilizar los instrumentos y, mientras esperábamos que hirviera el agua, hablamos. Ella me explicó que habían pasado la primera noche en una zanja y que habían logrado escapar a través de los espesos matorrales. Le examine los pies y las piernas y los encontré llenos de profundos arañazos. Resultaba difícil el pensamiento de que esta muchacha tranquila y amistosa estaba huyendo para salvar su vida. Puse anestesias en la pierna de Nelson pero, así y todo, el examen fue muy doloroso. El ni siquiera murmuró. Tenía tres heridas: los orificios de entrada y salida de una bala y el orificio de entrada de otra. Revisé la segunda herida y, aunque el fórceps entró más de dos pulgadas no ubiqué la bala.

El jueves 23 volví al convento en un taxi que abandoné media cuadra antes de llegar a la calle y caminé nerviosamente hacia la casa. Entré y me dirigí hacia el dormitorio donde escondían a Nelson y las muchachas. Me encontré con Mariela, la esposa de Nelson, que me dijo que Nelson tenía fiebre y estaba mucho más débil. Habían planeado llevárselo en moto a un lugar donde podría ocultarse con menos riesgo de ser descubierto, pero había tratado de ponerse en pie y no pudo sin ayuda.

Considere muy peligroso el plan porque en la débil condición en que se hallaba, una pierna extremadamente dolorida, ciertamente se habría caído.

Cuando examiné a Nelson le encontré pálido y sudoroso, además de inquieto; la pierna estaba más hinchada y dolorida de lo que había estado. Busque nuevamente la bala pero sin éxito. Es bastante conocido el hecho de que buscar cuerpos metálicos extraños es notablemente difícil y que jamás se realiza sin usar rayos X para localizarlos.

Buscar una pequeña bala en la hinchada pantorrilla de un hombre joven y musculoso, sin rayos X y sin la luz adecuada, era pura locura. Además, luego de un tratamiento de dos días con altas dosis de antibióticos, él estaba peor y bordeando la septicemia. Médicamente, había dos cosas que podían suceder si no se extraía la bala: o mejoraba la infección con un aumento en la dosis de antibióticos, o empeoraría, desarrollando gangrena en la pierna herida. se consideraba demasiado arriesgado esconderle en el convento por más tiempo y le iban a llevar a un escondite donde no recibiría atención médica.

Vendé su pierna lentamente mientras trataba de decidir qué hacer y que le diría a él. Le expliqué que creía que lo único que le quedaba por hacer era buscar asilo porque necesitaba tratamiento en un hospital. Si el insistía en continuar escondido, estaba poniendo en peligro las vidas de las monjas y sacerdotes que estaban ayudandole y que si empezaba a delirar podría traicionarse a sí mismo y a sus compañeros. Le dejé para que discutiera el asunto con sus amigos y fui a lavar mis instrumentos. Yo sabía que a los miembros del MIR se les prohibía abandonar el país sin permiso del partido y que ellos preferían morir antes que buscar asilo. Pasado un rato, vino Mary Ann y me dijo que Nelson y Mariela aceptarían asilarse, de lo cual deduje que ella no lo haría y me maravillé por el coraje que demostraba esa muchacha delgada, muchos años menor que yo.

Volví a hablar con Nelson, quien agradeció mi ayuda y me dijo que aceptaría asilo si eso podía ser arreglado. Fue entonces cuando supe del bebé porque, súbitamente, Mariela estalló: "No me iré sin mi guagua". Me contó entonces que, cuando escapó de la casa de campo de Malloco, una mujer se le acercó y ofreció cuidar de su bebé. Corriendo desesperadamente para salvar su vida, ella entregó el bebé de nueve meses a la mujer y fue sólo cuando salió corriendo a trastabillones detrás de Nelson y Mary Ann, cuando se dio cuenta que ignoraba el nombre de la mujer, o dónde vivía. Ahora habían pasado ocho días y no había noticia alguna y parecía probable que tendría que abandonar el país sin haberse reunido con su hijo. Podemos imaginar su desesperación porque nadie podía ir a buscar al niño sin arriesgarse a ser detenido por la policía que, probablemente, estaría ansiosa de tener ese niño como rehén. No encontré palabras para consolarla, qué puede uno decir a una madre que ha perdido a su hijo, excepto que uno espera y reza para que sea encontrado sano y salvo?.

Elena volvió y fuimos juntas a contarles a los sacerdotes como se había deteriorado el estado de Nelson y la necesidad que había de asilarlo. Ellos estuvieron agradecidos y un tanto incrédulos de saber que, por lo menos, dos de sus peligrosos huéspedes estaban listos para asilarse. Uno de ellos partió para ver las posibilidades de un lugar en una embajada, y el otro a decir a Nelson que debía entregar sus armas si deseaba ser llevado a un lugar fuera de peligro. Sólo entonces me di cuenta que mi paciente tenía todavía consigo en la cama su ametralladora.

Habiendoles explicado que, tan pronto se asilara en una embajada, Nelson tenía que ser llevado a un hospital. Regresé a mi casa pensando que éste sería mi último contacto con el caso. Al día siguiente, sin embargo, fui llamada a otra reunión donde expliqué una vez más que, médicamente hablando, no había ninguna posibilidad de que Nelson pudiera volver a la "clandestinidad" y que, si no recibía adecuada atención médica, probablemente moriría. Entonces me informaron que, en vista de la gravedad de su estado y de la amenaza a su vida, y se le concedería asilo con su esposa en la casa del Nuncio Papal (delegado apostólico), el representante diplomático de el Vaticano en Chile. No habría posibilidad alguna, sin embargo de que fuera admitido en una clínica porque, en el momento en que saliera de la nunciatura, sería arrestado. Cualquier tratamiento quirúrgico, el que fuese, tendría que llevarse a cabo dentro de la casa del Nuncio, y me pidieron que continuara atendiéndole. El corazón se me cayó a los pies, pero les dije que volvería a la mañana siguiente.

Toda esa noche pensé en Nelson. En una sala de operaciones bien equipada, con buena iluminación y un asistente experto, la extracción de la bala habría sido una tarea difícil pero, sobre una cama, o una mesa, y con una luz inadecuada y nadie con experiencia quirúrgica previa para ayudarme, las perspectivas eran formidables. Las dificultades de la intervención quirúrgica eran tan grandes que la solución obvia era dejar la bala donde estaba, pero era tan grande el deterioro de la condición general del paciente, aunque se le estaban proporcionando fuertes dosis de poderosos antibióticos, que parecía en ese momento esencial tratar de extraer la causa de la infección.

Para empeorarlo, mi noche en la Posta había sido muy pesada y no había dormido más de una hora. Fui a casa a desayunar, con esa mezcla de cansancio y náuseas que son parte de la extrema fatiga; mientras tomaba mi café me pregunté si no tendría dificultades para entrar en la nunciatura. Habíamos decidido el día anterior, por mor de la seguridad, que yo daría un nombre falso y que me he presentaría como una monja misionera, la madre Isabel. Pensamos en que la única manera en que una extranjera podría entrar a la nunciatura, y sin provocar sospechas sería pasando por monja, y el nombre Isabel fe fue elegido para mí por uno de los sacerdotes, porque Isabel es la traducción al español de Elizabeth, el nombre de la reina de Gran Bretaña. Tú me que con sede la debida atención a mi vestuario y apariencia, y así vestir y un traje de dos piezas azul marino, normalmente reservado para matrimonios y entrevistas de trabajo. Acostumbrada a usar mi blue jeans para ir a trabajar, a la iglesia y a pasear, me sentí completamente disfrazada con ese traje. Mis instrumentos sin embargo, constituían un problema: la hermana Isabel difícilmente llegaría una maleta al ir a presentar sus respetos al Nuncio y, en todo caso, yo tenía que llevar conmigo una considerable cantidad de instrumentos y medicamentos, porque no podía telefonear para decirles qué comprar, ni acudir a las farmacia se había olvidado algo. Lo llené con las cosas que me parecieron esenciales y, con el hombro que se me caía con el peso, tomé un taxi para Providencia.

Me bajé frente a un colegio elegante y caminé aposta hacia sus puertas hasta que desapareció el taxi, y entonces me he dirigí hacia el fin de la calle, hacia la Nunciatura. La residencia del Nuncio estaba al lado de la embajada de Francia y tiene el fondo, a sus espaldas, la embajada británica , en una tranquila calle del elegante y rico barrio de Providencia. Es una casa grande, rodeada por un muro alto y tiene grandes portalones de hierro. Estaba vigilada por dos policías con ametralladoras que estaban conversando con un hombre que trabajaba sobre su moto al lado afuera de la entrada principal.

Tuve la seguridad de que este último mantenía un ojo vigilante sobre todo el que entraba o salía de la nunciatura, pero no había forma de evitarlo, así es que caminé hasta la entrada y puse el dedo en el timbre.

Inmediatamente a se me acercaron los dos policías que me preguntaron mi nombre y desearon saber qué quería. Dije que era la madre Isabel y que tenía una cita para ver al Nuncio. Oí una voz que de éste dentro preguntaba quién estaba allí y repetir el nombre falso, a prestándoles maldiciones en mi interior por el tiempo que se demoraba en el dejarme entrar, porque en cualquier momento el policía podía pedir me mi carnet de identidad. Por fin, luego de lo que pareció una eternidad, me hicieron entrar.

Mi visita, sin embargo fue innecesaria porque habían llamado a otro médico y se me agradeció con cortesía diciéndome que no era necesario que me preocupase más por Nelson. Habiendome sacado de los hombros esa responsabilidad, me dirigí de vuelta hacia mi casa, congratulándome de que hubiese terminado esa aventura y que pudiera reiniciar una vida normal.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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