audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 24

UNA SED NO SACIADA


" Te bendecimos, Padre
por la sed que pusiste en nosotros,
por la audacia que nos inspiras,
por el fuego que enciendes en nosotros
y que eres tú en nosotros,
tú, el justo.

No importa que nuestra sed
sea una sed generalmente no saciada
(compadeced al satisfecho)
no importa que esos audaces planes
generalmente no se realicen.
Que sean deseados y no realizados.

Quien mejor que tú sabes que el éxito
no viene de nosotros.
Nos pides a ser algo, sólo que sea
con todas nuestras fuerzas,
pero voluntariamente".

(Helder Cámara. " el desierto es fértil")

A medida que pasaba el tiempo me obsesioné con los problemas de mis pacientes de El salto. Yo pasaba hora tras hora tratando de pensar en un proyecto de trabajo, pues sabía suficientemente bien que el estado de recesión económica en Chile era tal que no había mercado para nada dicho en las poblaciones; la gente estaba sin trabajo, y no tenían dinero, ni alimentos, de modo que, tal como la noche sigue al día, algún tipo de trabajo tenía que encontrarse para ellos: habían lugar para el realismo, pero no para la desesperación.

El foco obvio de pensamientos era la Navidad que se aproximaba. El dinero podía escasear, pero sólo aquellos chilenos estaban en el nivel de la inanición dejarían pasar a la Navidad sin intercambiar un solo regalo, especialmente juguetes. Yo vengo de una familia donde muchos miembros son unos " manitas" y, a través de los años, había hecho muchas muñecas y juguetes diferentes. Ahora traté de usar esa experiencia pasaba diseñando juguetes para que los hicieran los pobladores.

Fui a visitar los talleres organizados por algunas amigas en una población en otra parte de Santiago y encontré que, aunque las mujeres eran hábiles costureras, el diseño era tal que no tendría ningún atractivo para los chilenos más sofisticados. No tenía sentido, por lo tanto, que esas mujeres perdieran un tiempo precioso y materiales en hacer cosas que nadie compraría, dado que era la gente más refinada la que tenía el dinero. El problema pues tenían muchas facetas: tenían que hallarse diseños aceptables que estuvieran dentro de las capacidades de las mujeres, y ellas tendrían que ser formadas en la manufactura. los materiales también tendrían que ser tan baratos como fuera posible para tener buenos precios, los suficientemente bajos para competir con los que producían las fábricas. Decidí que la única manera de explicar a las mujeres lo que yo pensaba que sería atractivo para los chilenos ricos, era hacer y yo misma algunos modelos y luego enseñarles a una o dos de las mujeres cómo hacerlos.

Llena de entusiasmo salí a comprar materiales, y mi casa se convirtió en una fábrica de juguetes. Margarita, en un principio que yo que yo estaba totalmente loca, se fue interesando a medida que las cosas fueron tomando forma, y dejó de quejarse acerca de los restos de tela y lana que desparramaba por toda la casa. Mis primeros esfuerzos se tradujeron en una simple ratita que yo había hecho muchas veces antes. Echa con telas de brillantes colores resultaba encantadora, y para Chile, un juguete fuera de lo común. Inspiraba por el entusiasmo de mis amigas, me volví más ambiciosa y me propuse hacer una muñeca.

Hacía años que yo había dejado de conceder atención a las muñecas, pero tenían vagos recuerdos de criaturas elegantes y deslumbradoras con pelo hecho de lana, cuidadosamente peinado, que se sentaban alineadas, arrogantes, en las estanterías de las elegantes tiendas de Londres. Esforzándome con una combinación de estilo europeo y diseños simples, hice una muñeca de trapo, muy larga y, luego de descubrir que la espuma de goma era muy cara, la rellené con serrín. Su falta inicial de forma fue corregida haciéndole una cintura con alambres, lo que le dio de inmediato un aire Eduardiano. Las no muy atractivas piernas fueron cubiertas con un largo vestido adornado con encaje y, por supuesto, un par de calzones largos. yo aprendía a medida que avanzaba. El cuerpo fue fácil de hacer y el serrín era un excelente material para rellenar y podía introducirse con un embudo. Un problema mayor era que el encanto de esta muñeca consistía en su aspecto desmadejado y flaco, y el vestido largo requería una gran cantidad de material que no era barato. Finalmente me puse a trabajar en el pelo y descubrí que, dando vuelta media madeja de lana marrón alrededor de la cabeza, lograba un personaje indirectamente sacado de alguna salón Eduardiano.

Estaba muy satisfecha con mis esfuerzos y me senté ante el antiguo clavicordio, que era la única pieza respetables del mobiliario. Jacqueline vino a tomar té esa tarde y sacó mi creación a pasear, sujetando la irreverentemente por un brazo, una pierna o aun por el pelo. tratando de no parecer nerviosa, hice rápidas anotaciones mentales de donde ponerle refuerzos.

Después de la muñeca vino un caballo de terciopelo negro y, con orejas forradas en rojo y un palo rojo. Yo había hecho caballos de juguete con anterioridad y el único problema era pintar el mango de madera y completamente, sin cubrirse uno de pintura roja. Al fin, lo suspendí de un árbol en el jardín y lo dejé para que se secara y pudiéramos ponerle la cabeza.

Una vez completados mis modelos, llamé a Susie, una amiga monja norteamericana que, además de enseñar catecismo, dirigir un comedor infantil y muchos otros proyectos, y trabajaba con un grupo de mujeres haciendo chales para vender en USA. ella se entusiasmó mucho, pero dudaba si encontraríamos mercado para venderlas. De súbito se me ocurrió: una feria de Navidad. Susie fue a una reunión del comité de la paz para proponer nuestro plan, y esa noche me llamo para decirme que habían aceptado nuestro plan y que ya habían decidido en que dos grandes iglesias de Santiago se realizaría la feria. Lo que era mejor aún, ellos estaban dispuestos a adelantar el dinero para materiales a cualquier grupo de mujeres que deseara unirse al proyecto, para que no pudiera haber no había que estuviera impedido de participar por falta de medios.

Al día siguiente, quo era un Domingo, Susie trajo a un grupo de sus damas a la casa y nos sentamos en el suelo de mi salón mientras yo les explicaba cómo se hacían los juguetes. Ellas pidieron prestados los modelos por cuarenta y ocho horas y luego los devolvieron para que pasaran a otro grupo. Discutimos, también, proyectos posibles para los hombres. Francisco hizo, bajo mi dirección, una mesa de café con un marco de madera que sujetaba ocho baldosas de suelo. Era fácil de hacer, y atractiva, y los materiales eran baratos, si bien el producto terminado era muy pesado.

La excitación por los proyectos era grande. Yo hablé con Rosemary y una amiga suya que era artista, y vimos la posibilidad de un taller en el salón adyacente de la parroquia, donde el trabajo podía ser supervisado por las monjas. Otra amiga, que ya tenia un gran grupo de hombres y mujeres trabajando, pidió prestados los juguetes, y resultaba divertido ver a un hombre adulto caminando por las calles con una muñeca de trapo y un caballito de modera, y preguntarse si esto no podía ser el principio de una empresa que trajera esperanza a los desesperados

En los dos meses que siguieron, se hicieron juguetes por todo Santiago y so celebró una feria, pero mi vida tomó un gira inesperado y no pude seguir participando en el proyecto,

A medida que me interesaba más y más en crear trabajo para los cesantes, mis amigas me invitaban a ver lo que ellas estaban haciendo dentro de esa línea. Sally era una de mis amigas que vivía en una casa en una población distante. Era una muchacha alegre, siempre de buen ánimo, y jovial. Ella tenía a su cargo una cooperativa en que algunas jóvenes esposas norteamericanas que vivían en un área residencial superior, recogían ropa para lavar, de sus amistades, una vez por semana, y la traían en sus autos a la casa que Sally había adquirido para sus damas, allí, ellas lavaban la ropa y sabanas, a mano y las planchaban, dejándolas listas para ser entregadas la semana siguiente. De esta manera, las mujeres no tenían que viajar lejos de sus hogares para hacer el lavado en las casas de otros y, además de ahorrar el gasto del agua, gozaban de la compañía de otras mujeres. Sally supervisaba el trabajo y discutía sus problemas con las mujeres tratando de ayudarlas, como hacíamos todas, a tener fe y esperanza en que vendrían tiempos mejores.

También visité el comedor infantil a cargo, de las madres de los niños, bajo la supervisión de uno de los sacerdotes que trabajaban en la misma área que Sally. Había dos turnos para el almuerzo y cada vez más de cien niños se sentaban a las mesas de tablones desnudos y devoraban golosamente un plato de cochayuyo y un vaso de leche. El cochayuyo es un alga que se vende seca en los mercados de Chile y, cocinada con cebollas y papas hace un plato sabroso.

Era una experiencia para conmover y rendir el corazón. En la mayoría de los casos ésta era la única comida que esos niños tendrían en el día. El espíritu de las mujeres que preparaban y servían el alimento era excelente, pero qué desesperación y angustia deben haber sentido en sus casas de no ser capaces; de alimentar o vestir decentemente a sus niños. El alimento procedía de Caritas, y otras instituciones de asistencia internacional y también de los vendedores locales que daban lo que podían para alimentar a los niños. El comedor estaba hecho de tablones burdos, sin pintura, y no había ventanas. Las paredes estaban decoradas con cuadros sacados de revistas de mujeres, escenas de brillante colorido y afiches con mensajes de solidaridad y esperanza en el futuro. Lo que más me conmovió fue una simple fotografía de un plato de alimento: tal vez era tocino con huevos, o asado con zanahorias, no recuerdo, pero sé que era alimento que la gente come comúnmente en Inglaterra, pero que estos niños jamás habían probado. Mas perturbador que ese salón desnudo y las filas de niños comiendo una sola comida, seis días en la semana, era el conocimiento de que había otros niños, que jamás habían venido porque no había dinero con qué alimentarlos. Un sacerdote de otra población callampa me había dicho que, como promedio, por cada niño que come en un comedor parroquial hay, por lo menos, unos cinco que les gustaría venir, pero no pueden por falta de fondos.

Mi visita al comedor me llevó a hacer, o a, iniciar, mejor dicho, otro proyecto que, a causa de falta de tiempo y de mi no prevista partida de Chile, nunca se completó. Si los niños estaban hambrientos mientras otros eran alimentados, era vitalmente importante que la mejor manera posible de usar el dinero que hubiera disponible fuera la utilizada, y las comidas planeadas de tal manera que los requisitos del niño que estaba creciendo fueran satisfechas, pero no excedidos. Si, mediante cuidadosa y científica planificación, esto lograra hacerse, tal vez se podría alimentar a dos niños con el dinero que ahora estaba alimentando a uno. Este pensamiento es por supuesto simple y obvio, y me imaginé que tal información podría ser fácilmente conseguida. Pero parece que no era así, y nadie pudo indicarme un libro, en que una dieta mínima de supervivencia hubiese sido ya calculada.

Fuí, en consecuencia, con un amigo mío a visitar al profesor de Pediatría de uno de los más grandes hospitales de niños de Santiago. Era una tarde como para recordar el encuentro de hombres de buena voluntad de diferentes mundos, de la misma ciudad. Nos sentamos allí; un corpulento sacerdote norteamericano, con su chaqueta, jeans, y botas embarradas en su población; el profesor, con su traje impecable, inmaculado guardapolvo blanco y zapatos bien lustrados, y yo, como siempre, en sweater y jeans. Le expliqué al profesor que nosotros queríamos elaborar una dieta mínima para mantener la salud de un niño entre dos y seis años de edad que estaba siendo alimentado con sólo una comida al día.

Al principio él no comprendía lo que yo quería decir, y cuando le expliqué en mayor detalle y mi compañero habló de bebés que eran alimentadas con té, él sonrió y dijo: "Bueno, pero y las cuotas de leche?". Lentamente le expliqué que si los pagos del seguro de un hombre no estaban al día, tampoco lo estaba su derecho a tener leche gratis para sus hijos, como no tenía derecho a atención médica.

El médico meneó la cabeza en una mezcla de tristeza e incredulidad, y pidió a la secretaria que llamara a la dietista. Esta llegó pronto, una chica inteligente, con el uniforme albo y almidonado, y el cinturón color malva de las dietistas de los hospitales de Santiago. Estas muchachas, como las enfermeras y las matronas, están altamente preparadas y conocen muy a fondo su campo. Le explicamos el problema una vez más y ella prometió hacernos una dieta.

Fiel a su palabra, una semana más tarde, la dietista me llamó por teléfono y yo fui a verla. En realidad había trabajado mucho y yo tuve una dieta bellamente pasada a máquina, para un niño de cuatro años. Allí estaba todo: tantos gramos de carne, pescado, queso, medio huevo, medio litro de leche, etc., cuidadosamente medido para ser repartido en las tres comidas: desayuno, almuerzo y comida. Nosotros le habíamos explicado que queríamos la dieta más barata posible con el fin de que un niño pudiera vivir, y crecer normalmente, y que esto debía ser trabajado sobre la base de una comida al día, porque nuestros chicos comían una vez al día. Esto estaba más allá de su comprensión. Ella no podía creer que hubiera niños en Santiago que nunca comían carne y o pescado, o queso, y que vivían de porotos y papas, pan y tallarines y cochayuyo.

Lo más absurdo de la situación era que había habido muchos doctores chilenos con un conocimiento íntimo de los problemas de las poblaciones. Los médicos de salud publica especialmente, habían trabajado extensivamente con los problemas de vacunación, higiene, control parasitario y alimentación de la gente en lugares marginales, pero estos doctores ahora estaban o en el exilio, o no se atrevían a revelar sus simpatías de izquierda, y algunos de ellos habían muerto.

Otro problema constante en mi trabajo diario era el de la provisión de drogas para mis pacientes en la Posta. En la pequeña clínica de El Salto no había problema porque los otros doctores y yo habíamos trabajado con el mínimo de drogas con que podíamos tratar las enfermedades, y el Comité de la Paz nos daba dinero para comprarlas. Por absurda y trágica paradoja, la Posta, que estaba a cargo del Estado, no tenía virtualmente más antibióticos que las inyecciones de penicilina o cloranfenicol, que se les daban a los pacientes internados, o a aquéllos que venían con una enfermedad urgente. El significado de esto, en términos de la salud de la comunidad, es inmenso, porque las infecciones tratadas inadecuadamente pueden desarrollas un estado crónico de mala salud. En particular, la espantosamente alta incidencia de enfermedad cardíaca valvular en gente joven en Chile, es el resultado de tratamientos primarios inadecuados en las infecciones por estreptococos.

Estos hechos son bien conocidos, y la penicilina es una droga barata, pero así y todo todavía no está al alcance de los pacientes que no pueden comprarla por sí mismos, y éstos son precisamente los pobres, la gente desnutrida que vive en casas húmedas y congestionadas, y que corren el mayor riesgo de enfermarse de fiebre reumática o nefritis.

La Posta aspira solamente a proveer de un servicio de emergencia, y los pacientes con enfermedades que requieren un seguimiento se espera que vayan a la clínica que les queda más cerca de su domicilio, Allí, si sus pagos del seguro social están al día, ellos verán a un doctor y recibirán medicina gratis. La mayoría de los pacientes que atendía la Posta 3, sin embargo, eran cesantes y no tenían previsión. Era muy simple darles una receta y decirles que compraran los remedios en la farmacia local, para descubrir que, si se les preguntaba si tenían dinero para ello, la respuesta siempre era "No". Era mucho más fácil no preguntar nada, por supuesto, pero yo no podía trabajar de esa manera, y le llevé el problema al Padre Howard, el director de los padres columbanos, que vivían cerca de ni casa. El convino en ayudarme y fuimos juntos a una de las compañías que venden drogas, y compramos un gran stock de medicinas esenciales, y así pude trabajar mucho más contenta, y me aseguré que, por los menos, mis pacientes recibirían los remedios.

Cada día me sentía más comprometida, más envuelta en mi trabajo con los pobres y con los hambrientos. Fue como si se hubiera movido una lente, y esos problemas que antes se veían borrosos, ahora habían entrado agudamente en foco. Yo estaba eufórica y abrumada. Mi cabeza hervía de ideas y no tenía ni el tiempo ni la fortaleza para irnplementarlas. Trabajaba al máximo de mi capacidad, pero me tomaba tiempo para salir con mis amistades a ver una película o para ir a algún restaurante barato. Una amistad me conducía a otra, y me convertí en "miembro honorario de la comunidad misionera de Santiago".

Recordando cómo el exceso de trabajo me había alejado de la oración antes, me autodisciplina para orar regularmente cada día, no importaba cuan ocupada estuviera. Iba cada día a misa y, aunque la agonía de arrastrarme fuera de la cama una hora más temprano nunca se atemperó, estaba llena de paz y alegría mientras caminaba por la calle hacia la iglesia. Instintivamente supe que éste era el combustible que alimentaba los fuegos de mi creciente amor por la gente y el anhelo de ayudar y servirles. Estaba cansada, desanimada y ahogada en demandas y, al mismo tiempo me sentía viva y fulgurante, como nunca antes. Encendida de amor por todo el mundo y poseída de una paz y alegría aparentemente fuera de toda proporción con la vida que llevaba, lentamente tuve conciencia de lo que estaba sucediendo: El cheque en blanco había sido aceptado, el dado estaba echado, mi "elección" estaba siendo confirmada.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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