audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 23

EL CRISTO BAJO LA APARIENCIA DE EXTRAÑO


"Ayer vi a un extraño,
y le puse comida en el lugar de comer
bebida en el de beber
música en el de escuchar,
y en el sagrado nombre del triuno
me bendijo a mi y a mi casa,
mi ganado y mis seres queridos.
y la alondra cantó, diciendo en ese canto:
A menudo, a menudo, a menudo
Anda Cristo bajo la apariencia del extraño".

(De las tradiciones galesas. "Rune de la hospitalidad)

A medida que avanzaba 1975, la condición económica de Chile seis deterioro. Los precios subían casi a diario y la clase media se apretaba el cinturón, a la vez que la cantidad de pobres que padecían hambre aumentaba de una forma espantosa. En las áreas residenciales de la clase media, los carros de la basura eran metódicamente revisados en busca de algo que comer, porque alimentar a los pordioseros había pasado ahora a ser una parte de la vida diaria. Para mí, esa era una experiencia nueva, porque sólo había habido ocasionales oportunidades durante mis primeros dos años en Chile. ahora, el timbre de casa tocaba muchas veces al día, y Margarita daba un pedazo de pan y una taza de que a los que parecían en mayor necesidad.

Están difícil de explicar, aun para mí, lo que era mi barrera de comunicación con esta gente. Una proporción de ello se debía ciertamente a razones lingüísticas, pues ellos hablan un castellano coloquial rapidísimo, en el cual los finales de muchas palabras parecen desaparecer, y usan muchos modismos y expresiones que el extranjero debe aprender casi como un lenguaje adicional al español básico. Pero, de cierta manera, yo veo mi problema como un temor haberme implicada, un temor a las demandas que ellos podrían hacerme y un real terror deber desbaratada mi confortable vida.

Margarita era un amortiguador entre yo y la gente que venía a la puerta. Ella contestaba al timbre y escuchaba el relato de penurias del que estaba pidiendo y trataba el asunto, estimase conveniente. Así, ella me protegía, no sólo para no de estar perturbada por extraños con quienes tendría que hablar, sino para que no tuviera que compartir la angustia de aquellos que golpeaban a mi puerta.

Un día, sin embargo, cuando margarita andaba en la compra, sonó el timbre y cuando fui a la puerta del jardín allí había un pequeño niño. Estaba pobremente vestido pero con una notable prestancia para sus años. Me preguntó si tenía un pedazo de pan. Entré en casa y volví con un San Luis que, para sorpresa mía, se guardó en el bolsillo en vez de comerselo. me di cuenta que estaba guardando y le pregunté si andaba con alguien. El me indicó un lugar abajo en la calle donde, apretada contra un muro en un intento por no ser vista, había una mujer muy anciana y dos niños más: un chico y una ni tan que se estaban escondiendo para que no asustara su número. Le pregunté si todos tenían hambre y, cuando él me dijo que si, volví con otros tres sandwich y les traje té con leche a la puerta. Alberto, que era el primer visitante, me he presentó a su abuelita, su hermano y su prima. Alberto tenía nueve años, su hermano diez y su prima trece, vivía en juntos con su abuela, sus padres y una hermana menor. Charlamos admirablemente mientras ellos se comían los sandwich y, luego de agradecerme efusivamente, se marcharon. Volví a casa sintiéndome que había hecho algo bueno, y me congratulo de haber tratado a esa pobre gente como amigos.

Aún mientras la estaba pensando, me di cuenta de lo paternalista y que había sido mi actitud y que burla del auténtico cristianismo era mi conducta. Había dado generosamente 15 minutos del tiempo y un poco alimento que me sobraba a tres niños y una anciana. Los había alimentado como a animales, a través de unas rejas, y les había despedido sin una palabra o un pensamiento acerca de quién más estaría hambriento en su casa, y que iban a comer ellos esa noche. Me sentí enferma: otra vez cayendo en la impotencia para vivir aquello en que creía.

Fue un momento saludable y, aunque yo estaba de alguna manera dando rienda suelta a una orgía de auto-reproche, ello ilustra el gradual despertar de mi conciencia a los problemas fundamentales del Tercer Mundo.

Es obvio que ni yo, ni ningún individuo podría, aunque vendiera todo lo que tiene, alimentar a todos los hambrientos de Santiago. Además, yo no podía invitarlos a todos ellos a mi casa y compartir todas mis comidas con ellos. Por supuesto que yo podía vender todos mis libros y mi tocadiscos, todas mis alfombras y cuadros que decoraba mi casa; pero, al hacerlo así, podía alimentar a un reducido número de personas por un día, y entonces, privada de todas las cosas que me proporcionaban alegría en mi casa, probablemente me sentiría tan deprimida, que ya no podría realizar el trabajo en la posta y en la clínica. El otro extremo estaba ejemplificado por la observación de un médico amigo mío, que me dijo que él había corrido las persianas para que la a vista de la gente pobre que venía a pedir a su casa no le perturbara.

El problema de la hambre en el mundo, por supuesto, es inmenso y complejo, y sólo podrá ser solucionado por acciones a nivel gubernamental e internacional. Tal vez como dice el evangelio, los pobres siempre estarán con nosotros. La inmensidad del problema, sin embargo, y nuestra manifiesta incapacidad para solucionarlo, no contesta de la incógnita de cómo debemos comportarnos con un cierto hombre, mujer o niño que pide nuestra ayuda en un momento dado, de un día concreto.

No necesité lamentar la oportunidad perdida y de haber puesto en práctica mis principios cristianos porque, al día siguiente, volvió Alberto. Era sábado y yo, otra vez estaba sola, así es que me fui a contestar el timbre, y para ser saludada por un radiante pequeñito que estaba saltando en la calle. Con el estaba su hermana Jacqueline, una chica rubia de unos siete años y la abuelita. esta vez les invité a entrar y tomamos el que en el patio en las afueras del comedor. Les preparé huevos revueltos y los cuatro comimos y bebimos charlando alegremente a hasta que volvió Margarita. La abuela nos habló un poco de su familia. Vivían en una población al otro lado de Santiago, y se veían obligados a pedir porque su hijo había muerto y su yerno, el padre de Jacqueline, había tenido recientemente un accidente que le afectaba la espalda y estaba incapacitado para trabajar. Habló poco de su hijo muerto, y me pregunté si no sería uno de los miles que habían muerto después del golpe. Luego de que este gran te, Margarita les dio un par de paquetes de tallarines y ellos se fueron.

En la tarde siguiente volvió de nuevo Jacqueline y con ella una joven mujer con un bebé. Yo, francamente, me irrite y aunque la saludé, no le invité a pasar y volví a casa. Luego de unos momentos, sin embargo, volvió a sonar el timbre y al mirar por la ventana vi a Jacqueline sola. No era suficientemente alta para alcanzar el timbre, pero se las arreglaba dando un salto. Salí y ella me dijo con cortesía, pero también con firmeza, si no podía darle a su madre y una taza de té. Incapaz de resistir, accedí y ella llamó a su madre que estaban parada melancólicamente a unas 50 yd. de casa.

María tenía 23 años y era la madre de Alberto, Jacqueline el bebé de siete meses, Bernadette. Tenía razón en sentirse melancólica y desesperada, porque su marido y se había caído a un agujero mientras cargaba ladrillos y se había fracturado la columna. Luego de siete meses en el hospital estaba de vuelta en casa convertido en un inválido. Su joven esposa, sin ninguna han preparación para trabajar en nada y sin ser particularmente inteligente como apenas si podía con Jacqueline y el bebé como para salir a trabajar; aun cuando había sido capaz de conseguir un trabajo cuando el desempleo se estaba incrementando.

Aunque yo lo sentía mucho por María, no podía hacer nada por ayudarla, porque el trabajo de mi casa estaba ya compartido entre Margarita, la señora de Beatriz y Francisco. Jacqueline, sin embargo, decidió adoptarme y, poco a poco, arriesgó su demanda a mi casa y a mi corazón. Dejó pasar un día y lo volvió con su abuela, cargada con regalos de su jardín. La abuela tenía afición por las flores y trajo un adorno fascinante de flores y yerbas que ella cultivaba en una variedad de latas, cacerolas y hasta en una vieja tetera. Ella, Margarita y yo nos sentamos a la sombra a beber té, mientras Jacqueline jugaba con los perros o con un gran oso dorado que era el único sobreviviente en de mis juguetes infantiles.

Al fin, terminó con todo pretexto y venía todos los días a tomar el té con María y Bernadette. Margarita y yo nos dábamos cuenta que no había nada que hacer, y así ella instalaba a María y al bebé confortablemente en la sombra y charlaba con Jacqueline mientras hace ya sus trabajos. Cuando esto llevaba ya cerca de dos semanas, me di cuenta de que casi estaba manteniendo a María y a su familia, y decidí que era malo para ella vivir de mi caridad y consulté con Margarita acerca de que trabajo conseguirle. Sabiendo cuánto me irritaba la señora Beatriz, Margarita sugirió que le viéramos una oportunidad a María con el planchado y, si resultaba buena, podríamos reducir las visitas de la señora Beatriz a una vez por semana. La próxima vez que ella vino, por lo tanto, la tabla de planchar estaba preparada y probó ser bastante eficiente. Trabajó la mayor parte de la tarde y le pagué en consecuencia; y ella y Jacqueline se fueron felices y pensé que ella se sentiría mejor aún al ganar su manutención.

Esa tarde, sin embargo, Margarita descubrió que un paquete de cigarrillos y un frasco y de esmalte de uñas había desaparecido del estante de la cocina, y los únicos posibles responsables eran María y Jacqueline. A mí me dio mucha pena, pero sentí que no podía tolerar el robo. Después de eso, nuestra relación no volvió a ser lo que era, y si bien le estaba que de vez en cuando, lo tomaban en el jardín.

Yo no quería cerrar mi casa y mi corazón a María, pero no pude con el conocimiento de que no podía confiar en ella porque yo poseía demasiados tesoros que ya podía sentirse tentada a robar. Tal vez algún día lo que la que la libertad de estar atada a mis posesiones, como lo hace un sacerdote amigo mío en Londres, cuya casa estaba siempre abiertas y que cuando sabe que le roban, algunas veces las mismas personas que está tratando de ayudar, sigue adelante -como un tonto- como Cristo:

"Peregrino,
No tengas miedo.
da por descontado
que éste es tu hermano.

No le juzgues por anticipado
considerando que es el que abusará de ti,
o que quiere robarte todo lo que tienes.

Y si lo hace,
qué más da?
no te enseñó el maestro
" si un hombre que toma la capa, dale también la túnica"?
si alguien toma algo,
no pidas devolución.
si toma algo de ti,
glorifica a Dios que te ha permitido
ser Cristo en el mundo".

( C. W. J. "Escucha, peregrino").


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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