audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 22

EL DIECIOCHO


"No hay repique de campanas para el que muere como ganado,
Sólo la monstruosa ira de las armas"

(Wilfred Owen)

EL 18 de Septiembre es el aniversario do la Independencia de Chile, y es tradicionalmente un día de gran regocijo y celebración. Es una noche temida por los doctores de la Posta porque, como en el Año Nuevo, cientos de personas se emborrachan, y la incidencia de accidentes automovilísticos y riñas se incrementa grandemente. No sólo los que están de guardia extrañan la celebración con su propia familia, sino que saben que tendrán que trabajar hasta quedar extenuados parchando al motorista ebrio y a aquellos amigos que, con unas copas en el cuerpo, se han ofendido por lo que le dijeron y se defendieron con lo más próximo que tenían a mano: cualquier cosa, desde una botella quebrada hasta un cuchillo de cocina.

Aunque la noche del dieciocho de Septiembre en la Posta Tres terminó en tragedia, había empezado como cualesquiera otra. A las dos todo se veía sumamente quieto, de manera que me acosté por un par de horas, dejando a un colega a cargo del fuerte. A las 4 fui despertada por una enfermera para que hiciera mi guardia que, si no había demasiados pacientes, terminaría a las 6 a.m., cuando podría volver a la cama por otro par de horas, hasta que todos fuéramos relevados a las 8 horas.

Cuando caminaba a la pieza de exámenes, oí un llanto histérico y muy fuerte. Entré y encontré a un grupo de hombres de la Fuerza Aérea de pie juntos a un joven soldado que estaba siendo examinado sobre el catre, y sollozaba: "Maté a alguien¡ Maté a alguien!" Cuando estaba a punto de preguntar qué había sucedido, el otro doctor de turno me llamó. Fui donde él estaba, detrás de una cortina, y le encontré examinando el cuerpo de un muchacho de unos diecisiete años que había sido muerto a balazos por el soldado.

Yo he estado en trabajo de emergencia por muchos años y la muerte no me es ajena. La destrucción del ser humano causada por el fuego, o por accidentes del camino, es algo terrible; pero he aprendido a mantener a distancia la pena y el dolor causados por tales muertes, de las partes vulnerables de mí alma, porque tales muertes no son deseadas por nadie y los que no son personalmente tocados, deben permanecer afuera, fuertes y en calma para poder atender a los enfermos y consolar a los vivos. Pero yo no estaba preparada, sin embargo, para el espectáculo de este muchacho, con su carne desgarrada por balas de ametralladora, de tal manera que yo podía poner mi mano dentro de la herida. Había siete heridas de bala, siete. Este no era un terrorista, no era un guerrillero violento, sino un muchachito de diecisiete años que había cometido la equivocación de quedarse fuera unos pocos minutos después del toque de queda, en la noche de la fiesta nacional de su país. La suya era una equivocación de ser pobre, una persona marginal, en la zona marginal donde camiones llenos de soldados la recorrían buscando problemas. ¿Qué importaba la muerte de un poblador? A la madre se le diría que era un marxista que merecía morir, o que ella se equivocaba al pensar que se lo habían fusilado, porque había huido para juntarse a los subversivos en Argentina, o tal vez simplemente había contado mal a sus hijos, y que nunca había tenido un hijo llamado Alejandro. La canción no se equivoca cuando dice:

"No hay que ser pobre, amigo,
es peligroso ser pobre, amigo"

(Luis Advis. "Santa María de Iquique")

En las calles principales y en los suburbios de Santiago, un hombre apresado después del toque de queda es llevado a una sección de la policía y, luego de pasar la noche allí, le impondrán una multa y le dejarán ir. Pero en las poblaciones, la historia es muy diferente. Porque la gente vive en construcciones como para animales, son tratados como tales y, como no tienen voz, no so les hace justicia.

Me sentí enferma y llena de cólera. Los soldados, al parecer, habían estado bebidos y le dijeron al joven recluta: "Dispara" y, cuando él vaciló, le repitieron: "Dispara, si tú no lo haces, lo haremos nosotros". Y así, él disparó, y ahora esa figura sin rostro, en la oscuridad, el enemigo desconocido, tiene el rostro de un muchachito de diecisiete años, un muchacho que jamás será ahora un hombre.

Después del golpe, las calles de Santiago mostraban afiches que declaraban que:

"En cada soldado hay un chileno.
En cada chileno hay un soldado"

Esta era propaganda para el reclutamiento, pero el refrán hablaba de una verdad que se hace más trágica cada día, porque en verdad hay un chileno en cada soldado, y así el chileno se vuelve contra el chileno como perro contra perro.

Por fin se llevaron al soldado, todavía llorando. Lo que le sucedió a él después, no lo sé, excepto que su tragedia es mayor que la del chico que murió y que es un ejemplo de la tragedia de Chile y, en verdad, del horror universal de la guerra. En ese momento yo vi solamente la muerte de Alejandro y el dolor, e impotencia de su madre, y anhelé que su muerte fuera vengada. "Mía es la venganza", dice el Señor y, en realidad, ¿cómo podemos vengar la muerte de una joven vida? ¿Cuantos muertos pagarán la de ese hombre inocente? No uno, ni dos, ni mil soldados muertos traerán de vuelta a Alejandro y, en realidad, ¿quién puede ejercer un juicio sobre la culpa de un muchacho de dieciocho años a quien se le permito entrar en servicio ebrio y con una ametralladora en la mano?

¿A quién pondremos en nuestro tribunal de interrogación? Al soldado, por supuesto, que disparó esas balas. Y ¿cómo lo juzgaremos? ¿Es un asesino, o un soldado que obedeció las órdenes de sus superiores? Pero, no hay que olvidar que estaba borracho, así es que, ¿le encontramos culpable de asesinato y le ponemos en prisión por diez años? ¿O diremos que es un muchacho a quien nunca debió permitírsele hacer guardia en el estado en que llegó a trabajar, y declararlo libre sobre la base de responsabilidad diminuida? ¿Y, qué pasa en los años que vendrán? ¿Cuántas noches sin sueño, cuántas lagrimas, las amargas horas de las recriminaciones, la pesadilla de estar alejado de su familia y amigos? ¿Cómo podemos recompensarlo por la pérdida de su paz de ánimo y de alma?. No podemos.

Pero, ha muerto un hombre, alguien tiene que haber responsable, de modo que ¿a quién llamaremos en seguida para responder por este crimen? ¿Al oficial que le dejó ir de servicio, borracho? Ciertamente, pero tal vez él no parecía borracho cuando desfiló. Y ¿qué de sus jefes que decidieron que una población callampa debía ser patrullada por hombres armados con ametralladoras, cuando sabían que los habitantes estaban desarmados? Y esas ametralladoras, ¿de dónde vinieron? No son hechas en Chile» ¿Porqué fueron vendidas a la Junta, cuando se sabía qué uso se les daría? La contestación es simple: fueron vendidas porque los negocios son los negocios, y la venta de armamentos es un buen negocio, en verdad.

Cuando el soldado se fué, yo fui a hablar con la madre del muchachito muerto y traté de consolarla. Le di la dirección del Comité de la Paz para que, por lo menos, pudiera registrar el hecho de la muerte de su hijo. Tal vez su muerte pudiera ser más poderosa que su vida y, ese atroz desperdicio de una vida joven, moviera a las autoridades a reconsiderar la conveniencia de enviar a jóvenes malamente entrenados con armas de guerra, a patrullar las poblaciones.

Este incidente figura entre los que me hicieron más personalmente consciente del estado de injusticia en que vive Chile, y me convence aún más de que sólo viendo las cosas se pueden creer plenamente. El conocimiento de la muerte de 30.000 hombres y mujeres durante el golpe no me tocó tan profundamente como la muerte de este muchacho, cuyo asesinato me produjo tal ira que arriesgué mucho en un esfuerzo porque se hiciera justicia. Lentamente estaba yo aprendiendo porqué se había hecho tan necesario escribir declaraciones que parecían tan obvias como :

"Toda persona tiene derecho a la vida, la libertad y la seguridad de la persona.
Todos tienen el derecho al reconocimiento en todas partes como una persona ante la ley".
(Arts 3 y 6 de la Declaración Universal de Derechos Humanos)


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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