audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 21

LA CLÍNICA DE EL SALTO


"Yo habría permanecido impasible en mi torre de marfil,
pero Tú, Señor, descubriste una brecha en mis defensas.
Me has forzado a abrir la puerta.
Como un chubasco en el rostro,
el grito de los hombres me ha despertado".

(Michel Queist - "Oraciones de Vida").

En Junio de 1975 yo empecé a trabajar en El Salto, en una clínica diminuta construida con tablones por obreros cesantes. Todo había sido cuidadosa y amorosamente preparado por el personal de enfermería, muchos de los cuales habían estado sin trabajo durante varios meses y había una atmósfera de esperanza y alegría en el servicio, que no se encontraban en la Posta., El Salto está en Conchalí, una de áreas marginales más pobres de Santiago, y la clínica proveía del único tratamiento médico gratuito para algo así como 100.000 personas. Los pacientes llegaban a la clínica a las 7 de la mañana para hacer cola, con la esperanza de obtener un número que los autorizaría a ver un doctor.

Al principio traté de ver veinte pacientes en tres horas y paso tiempo antes que me diera cuenta de lo diferente que iba a ser mi práctica de medicina aquí. Mis pacientes eran casi todos mujeres y, cuando llegaban al consultorio, se hundían en la silla y esperaban que yo hablara. Cuando les preguntaba qué les pasaba, ellas se lanzaban a una descripción del dolor o de extrañas sensaciones que la mayoría de las veces tenían bien poca relación con todas las enfermedades conocidas ("Tengo tanto frío en las rodillas, doctora"). Era imposible convencerlas de que no tenían nada serio, sin hacerles un examen general total y, después de un tiempo, desarrollé mi rutina para que se desnudaran y examinarlas de la cabeza a los pies. Esto no era tarea simple, pues estábamos en invierno y ellas usaban capa tras capa de ropa, la mayoría de la cual estaba cosida o sujeta con alfileres de gancho, pues los broches hacía tiempo que se habían vencido o perdido. Era muy difícil esperar pacientemente en; tanto ellas se desvestían y vestían, cuando se sabía que había una larga cola afuera. Luego de hacerles un examen general, de tomarles la presión sanguínea y examinarles los pulmones y otros órganos para detectar la posibilidad de cáncer u otros problemas, les hacía la pregunta que actuaba como una compuerta que dejara libre un caudal, de angustia que casi me ahogaba. La respuesta a : "┐ Y cómo están las cosas en casa? les proporcionaba la razón de su presencia en mi consultorio, lo supieran o no.

La totalidad estaban sin trabajo, y la mayoría tenía hambre╗ Descubrí que como promedio comían una comida día por medio, y se trataba generalmente de sopa o tallarines, Si eran afortunadas sus niños recibían almuerzo en un comedor infantil, pero, aunque esto era suficiente para impedir la desnutrición, no lo era para impedir el hambre, y niños irritables y llorones.

Aunque el hambre era común para todas, sus problemas formaban una legión. Estaba la mujer cuyo hijo había emigrado a la Argentina, y ella no sabia si estaba vivo o muerto. ┐Qué podía yo decirle, excepto unas palabras de consuelo y esperanza, que a lo mejor eran falsas? El no tener noticias, ┐no significaban buenas noticias? ┐Quién podía decirlo? Otra mujer, luego de un recitar de quince minutos de sus dolores de cabeza, pecho y piernas, de súbito, rompió a llorar y me dijo que no podía mandar a sus cinco hijos al colegio porque no tenían zapatos. Algunas veces, todo lo que hacía falta era un poco de buen sentid: recuerdo bien a una mujer que tenía severos dolores en los hombros, porque llevaba dos pesados baldes con agua media milla hasta su casa. Le dije que hiciera dos viajes llevando la mitad en cada uno.

Poco a poco desarrolló una técnica en que cada paciente era interrogada, examinada y llevada hacia su situación en el hogar. Mientras ellas me decían sus problemas yo trataba de pensar en soluciones o, por lo menos, en algunas palabras de consuelo. Luego de simpatizar con sus problemas, muy reales, por otra parte, yo buscaba alguna cosa pósito va en sus vidas para hacerlas reparar en sus pocas bendiciones. En muchos casos esto funcionaba porque se llevaba a la paciente a valorar lo afortunada que era por tener un marido amable, o fiel, o que no era bebedor, o si tenía la suerte de que sus niños tuvieran los medios de comer lo que necesitaban, Trataba con todas mis fuerzas de insuflarles un poco de espíritu comunitario sugiriéndoles que, las que pudieran, visitaran a los ancianos o a los que no podían moverse de sus camas.

Finalmente, desesperada, les decía que dieran gracias a Dios de que estaba por terminar el invierno, y les aconsejaba que rezaran. Se daban cuenta que lo que yo estaba practicando era una mezcla de medicina general, asesoría, magia negra y religión, pero sé que muy a menudo no tenían nada, excepto que sufrían de una neurosis situacional, o de angustia, nacida del desempleo, el hambre y la pérdida de la esperanza. Descubrí que no se ganaba nada en despacharles con unas pocas píldoras, pues volvían a la semana siguiente diciendo que no estaban mejor y que tenían un dolor en un lugar diferente.

La tensión que produce un trabajo de este tipo es enorme. Escuchar hora tras hora a gente que no ha tomado desayuno y que tampoco va a tener qué almorzar, en circunstancias que a mí no me faltaban mis tres comidas al día, le habían hecho una violencia a mi alma que no soy capaz de describir y habitualmente volvía a casa llorando. Si hubiera habido cualquiera otra persona que se hiciera cargo del trabajo lo habría dejado, pero no había nadie.

Este contacto inmediato con los desposeídos produjo un cambio en mi manera de pensar. Pronto tuve la conciencia de que la mayoría de las enfermedades de mis pacientes provenía de su falta de trabajo y que todo lo que yo hacía era ponerles un parche en la raída tela de sus existencias. Me puse a pensar en formas para que ellas pudieran ganar dinero. Habían pasado los días de pacíficas ensoñaciones, y yo me sentaba en el bus examinando idea tras idea, basta que me dolía la cabeza con tantos planes.

Yo tenía muchos proyectos, pero me faltaba el tiempo y la fuerza para implementarlos y pienso, mirando ahora hacia atrás, que yo obtenía poco por falta de organización y capacidad de seguir adelante.

Después de un par de meses se hizo aparente al personal de la clínica que una gran parte de nuestro trabajo con adultos era una forma simple y primitiva de psicoterapia de apoyo. Analicé la forma como gastaba mi tiempo y descubrí que sólo el 20% de él se gastaba en examinar, y el resto en hacer preguntas y dar consejos. Como teníamos un personal de enfermería extremadamente competente, parecía lógico que ellas ayudaran en las preguntas y los consejos.

Nos reunimos para discutirlo y elaboré un plan por el cual el paciente vería primero a la enfermera y hablaría con ella, y luego pasaría a mí para mayores interrogatorios y exámenes; luego, volvería a la oficina de la enfermera, para que se le diera todo el consuelo y apoyo que fuera necesario. Calculé que podría atender más pacientes de esta manera, y no tendría que esperar mientras se vestían y desvestían, ni pasaría tanto tiempo oyendo sus problemas domésticos.

Aunque el plan fue aprobado por mis colega, fue difícil implementarlo por falta de espacio, y mientras esperábamos que se construyera una ampliación de la clínica nos arreglamos lo, mejor que pudimos. Uno de los principales problemas que encontramos fue el de conseguir tratamiento especializado para los enfermos crónicos que, después de años de control en un hospital, ahora eran despedidos porque no podían pagar. Cada vez que surgía un problema semejante yo escribía a algún doctor que conocía en el departamento médico apropiado del hospital y, si tío conocía a ninguno, escribía una cas ta conmovedora y aconsejaba al paciente no aceptar que le dijeran que no. A menudo teníamos que enviar a algún pariente enérgico para que los acompañara al hospital e insistiera en ver al doctor y no permitiera que los empleados los despacharan. La lucha para conseguir que vieran a un paciente, convertía el trabajo en algo agotador y muy a menudo, justo cuando se iba a casa para almorzar, alguien volvía del hospital diciendo que no lo habían atendido.

Un caso que jamás olvidare es el de la hija de la señora Beatriz, una chica de quince años que vino a verme quedándose de que de pronto se desmayaba sin aviso. Yo pensé que estaría sufriendo de alguna forma de epilepsia hasta que le pregunté a la madre acerca de la dieta. En seguida todo quedó en claro: esta chica a veces pasaba un día entero sin comer nada y, cuando no comía, se desmayaba. Era así de simple.

Yo sabía que esas cosas sucedían porque un par de meses antes, al salir yo del banco e ir caminando por una de las principales calles del centro de Santiago, un muchacho de unos dieciséis años se desmayó a mis pies. Le tomé el pulso y comprobé que se trataba de un desmayo verdadero: y una de las personas que se acercó dijo: "No ha comido nada en varios días". Cuando volvió en sí lo llevé al restaurante más próximo y le compré una comida. Me dijo que era de Arica, en el norte de Chile, y que había venido a Santiago para arreglar el funeral de su madre, quien habla muerto ahí, en un hospital. No había comido porque estaba ahorrando para volverse a Arica, a cuidar de su hermana menor. Yo no tenía ninguna prueba de su historia, pero sé que los muchachos de. dieciséis años no se desmayan sin buenas razones, así es que le pagué el pasaje para su casa.

Descubrí que la señora Beatriz tenía seis niños y que aunque su marido tenía trabajo no ganaba lo suficiente para mantener a su familia. Ello solía a trabajar como 1avandera, pero los tiempos eran duros y ella tenia sólo unas pocas horas de trabajo en la semana. No viendo solución a sus problemas y, en mi desesperación le dije que podía venir dos veces en la semana a casa a hacer el lavado. Poco después ella me tenía enferma y casi enloquecida con sus inacabables historias de apuros y trayéndome cada vez un chico enfermo diferente cada semana que venía, Lo peor de todo es que yo esteba segura de que sus historias de penas eran verdaderas y sus niños mal alimentados se agarraban todos los resfríos y bronquitis que pasaban cerca. La chica que se había desmayado se puso muy enferma con una infección urinaria y tuve que pedir dinero prestado para medicinas, de los padres columbanos, ya que el hospital le daba recetas sin que a nadie le preocupara que ella no tenía dinero con qué comprarlas.

Su hermano de trece años también engrosó las filas de los trabajadores y pasó una mañana muy feliz poniendo pintura roja en mis sillas y sobre él. Traté de enseñarle a trabajar cuidadosa y honestamente, dándome cuenta que uno de los problemas básicos de la gente pobre es el carácter descuidado y falso de su trabajo. Las condiciones de largas horas y salarios bajos no les proporcionan incentivo alguno para trabajar bien.

Luego que la señora Beatriz se estableció en mi vida se puso bastante sinvergüenza en sus peticiones de ayuda. Una semana vino a pedirme un adelanto de su salario para comprar un paquete de alimentos de una cooperativa de su población. Esto me pareció una demanda bastante razonable y le adelanté dos semanas de salario. Ella fue efusiva en su gratitud, pero a la semana siguiente llegó llorando a contarme que le habían robado el dinero en el bus. No tuve la fuerza de endurecer mi corazón y decirle que la suya era mala suerte porque sabía perfectamente bien que, si era cierto, eso significaba que los niños no comerían. A la semana siguiente ella llegó con una hermosa lámpara de acero inoxidable, diciéndome que su marido la había conseguido muy barata en el trabajo y, ┐querría yo comprársela? Era una lámpara muy buena y muy barata, asi es que se la compré muy contenta pero, a la semana siguiente, llegó con una lámpara horrible dos veces más cara, y me pidió que la comprara pues no tenían qué comer. La complací, pero le dije firmemente que no me trajera nada más y que yo no podía seguir proporcionándole dinero.

Afortunadamente, no todos mis pacientes eran como la señora Beatriz. Uno, al que me aficioné muchísimo, era un alcohólico a quien ayudé a vencer su mal, y otro fue un anciano al que conseguí mejorar de una severa depresión, con pequeñas dosis de píldoras anti-depresoras. El se convirtió en mi campeón más decidido, y vociferante, y admirador, y yo le veía regularmente para que ambos consiguiéramos mantener alta la moral. Más que nada, desarrollé un gran amor por los muy ancianos y achacosos. Las mujeres, vestidas todas con capas y más capas de enaguas y prendas interiores tejidas, se demoraban siglos on desvestirse, A menudo eran extremadamente sucias, pero yo no podía culparlas, cuando hacía tanto frío y yo misma lo habría pensado dos veces antes de bañarme en agua tan fría como el hielo. De alguna manera, lo curioso era que cuanto más harapientas eran, más las amaba y ellas estaban patéticamente agradecidas por mis cuidados. Su visita a "la doctora" era el gran suceso de la semana, y yo trataba de hacérselas memorable en términos de amor y compasión, pero era un asunto lento y sólo podía hacerlo a expensas de los otros pacientes, uno de los jóvenes de la parroquia se convirtió en asistente social por propia iniciativa y ayudaba a los ancianos y achacosos para ir al médico. Rápidamente me acostumbré a apoyarme en él, y le entregué listas de personas que yo pensaba que había que visitar, y otras listas de mujeres jóvenes y aburridas, sin mucho que hacer, que tal vez podrían olvidarse de sus propios problemas si iban a visitar a otros en peores condiciones que ellas.

A medida que pasaba el tiempo yo odiaba el trabajo más y más, pero sabía que debía seguir porque, por muy inadecuado que fuera nuestro trabajo, estábamos proporcionando un servido vital, y era una prueba tangible de amor en la población, un signo de que todavía había razón para tener esperanza.

Mientras escribo este relato de mi trabajo con la gente de El Salto, estoy agudamente consciente de que traté los síntomas de mis pacientes con paliativos y trivialidades. La suya era una situación totalmente injusta, mantenida por un gobierno opresivo, una situación de hambre, y problemas de vida sub humana, que ha sido calificado de "violencia primaria", porque tales condiciones no pueden llamarse pacíficas, solamente por el hecho de que no hay lucha. Esta gente debiera hacerse consciente de sus derechos y motivados para exigirlos y, sin embargo, en la práctica las cosas no eran así. La gente de Chile estaba consciente de sus derechos, pero, de la noche a la mañana se encontraron viviendo bajo un régimen donde, no sólo se les negaron esos derechos, sino que el hecho de protestar ponía sus vidas en peligro. Venían a mí en busca de alivio y yo enfrentaba la tarea de tratar de sanar, en una corta entrevista,, a alguien que estaba enfermo de hambre, angustia y desesperación. Era imposible, y todo lo que yo podía hacer era consolar, o no consolar. Sintiéndome incapaz del trabajo de cambiar la sociedad, lo dejaba a otros, y sólo trataba de curar al enfermo y confortar al afligido. Si esto era dar opio al pueblo, que Dios me perdone.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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