audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 20

EL COMITÉ DE LA PAZ


"El me ha enviado para predicar la buena nueva a los pobres, sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad de los cautivos, y la liberación de los encarcelados"

(Isaías 61. 1-2),

Mi decisión de hacerme monja no significaba que hiciera mi maleta en seguida para irme a casa. Se me explicó que debía vivir con la decisión tomada por algún tiempo para ver como me sentía. Si la decisión era la correcta, iría experimentando cada vez más paz y alegría, pero si había cometido una equivocación, se me haría evidente haciéndome sentir incómoda e infeliz. Por un tiempo, por lo tanto, tendría que continuar viviendo y trabajando como siempre y ver qué sucedía.

Al volver a casa fui inmediatamente arrebatada por los problemas diarios de la vida en Chile. A medida que la situación económica del país se deterioraba, la construcción se reducía, las fábricas cerraban y más gente perdía su trabajo. La inflación crecía y la situación se tornó desesperada. El gobierno, en un esfuerzo para equilibrar la balanza de pagos continuó haciendo recortes en las subvenciones de los servicios sociales y los hospitales; que durante años habían brindado tratamiento gratis a la población indigente, ahora empezó a cobrar por sus atenciones y tratamientos. Los que no tenían al día sus pagos del seguro social no tenían derecho a atención médica, gratuita, y los precios que cobraban los hospitales estaban fuera de su alcance. En un esfuerzo por aliviar de alguna pequeña manera la desesperación causada por esta falta de atención médica, la Iglesia implementó un plan de pequeñas clínicas en las poblaciones callampas, y en Junio se me pidió que trabajara en la nueva clínica instalada en la población El Salto.

Este fue para mí un momento de verdad. Aunque mi amistad con las norteamericanas y otros misioneros crecía a diario; y yo admiraba profundamente su vida de solidaridad con los pobres, nunca había pensado seriamente en la posibilidad de ir a trabajar a una población callampa. Siempre he trabajado en medicina hospitalaria y había gozado de esa vida, con su combinación de excitación, camaradería y prestigio. En particular me agradaba, la. cirugía y me las había arreglado para recibir mayor entrenamiento en un hospital bien equipado cerca de mi casa.

Al principio parecía pura locura irse tan lejos para hacer un trabajo no especializado, cuando yo podía progresar en mi entrenamiento en un hospital bueno y bien organizado pero, con tristeza me di cuenta que ese hospital tenía exceso de personal, con gente que quería convertirse en cirujanos, mientras en la misma ciudad había una clínica vacía y sin doctores. Yo me di cuenta que éste era un momento crucial. Si yo optaba por mantener mi riqueza de trabajo satisfactorio, en buenas condiciones, en circunstancias que había gente en la desesperada necesidad de un doctor, yo no podía en verdad decir que estaba comprometida en el servicio de los no privilegiados. Era verdad, y muy grande, que yo estaría desperdiciando mi formación como especialista, pero también era verdad que había suficientes doctores en este campo, y una gran escasez de aquéllos preparados para practicar medicina general entre los pobres. Y así fue cómo, con la misma escasa gracia con que había aceptado el llamado a la vida religiosa, ahora acepté la invitación del Obispo para trabajar en su clínica. En los meses por venir desarrollé una relación amor-odio con la gente de El Salto, odiando el trabajo y sabiendo sin embargo que estaba bien que yo estuviera allí:

"Simón, el cirineo, no quería llevar
la cruz de Jesús en el camino al Gólgota,
pero le llevó de todos modos..
Si somos empujados
por la conciencia o por otras personas,
a lo mejor terminamos llevándola por un tramo".

(Christopher William Jones. "Escucha, Peregrino")

La clínica era una de cuatro que hablan sido instaladas por el Comité Pro Paz, el comité de Cooperación para la Paz en Chile» El Comité, como se le llamaba familiarmente, había sido fundado en Diciembre de 1973 por la iglesias católica, luterana y judía en Chile. Empezó como un llamado a las iglesias de gente desesperada que no tenia adonde volverse por ayuda cuando eran aprisionados o desaparecían sus seres queridos. El alcance del trabajo se expandió, rápidamente para solucionar las necesidades de miles de personas en prisión, o cesantes, y del creciente número de niños y adultos hambrientos en las zonas marginales. En Diciembre de 1975 fue cerrado por el Cardenal después de un petición personal del presidente Pinochet, pero en los dos cortos años de su existencia se convirtió en una leyenda, un ejemplo de la manera en que en tiempos de dificultades y persecución la gente puede dejar a un lados sus diferencias y trabajar en una meta común.

En los primeros días el trabajo del Comité se realizó primariamente con las familias de los prisioneros políticos y los desaparecidos; los nombres de los detenidos eran registrados y se solicitaba a las autoridades que se informara a los familiares de su paradero. Una cantidad de abogados ofrecían sus servicios gratuitamente o por tarifas reducidísimas con el fin de defender a los detenidos que pasaban a proceso. En 1976 el Comité había ayudado legalmente a más de 28.000 prisioneros. Los detalles de los casos que eran ayudados por el Comité eran cuidadosamente dejados por escrito y, a medida que pasaban los meses, las estadísticas mostraban una pavorosa secuencia de detenciones arbitrarias, tortura institucionalizada y desaparecimientos sin dejar huellas.

En 1974, preocupados del creciente desempleo y el hambre resultante en las poblaciones callampas, las iglesias extendieron su trabajo para incluir la creación de comedores infantiles en muchas de esas poblaciones. En su carta de Navidad de 1974, el Obispo Fernando Ariztía, Vicario de la Zona Occidente de la Diócesis de Santiago y co-fundador del Comité, habló de niños jóvenes incapaces de dormir por el hambre y dijo que en su sección de la arquidiócesis, un tercio de los niños menores de siete años estaban en estado de desnutrición: "El hecho de que los niños pasen hambre es un pecado que clama al cielo. Si nuestras comidas están aseguradas cada día, el pecado es nuestro".

En 1975 habían comedores infantiles virtualmente en cada población callampa de Santiago. Sacerdotes, monjas, laicos y misioneros chilenos y extranjeros dedicaron horas de su tiempo y energías para organizar y asistir a las mujeres de las poblaciones para que pudieran dar a sus niños una comida al día que los mantendría vivos.

Conscientes de que proveer comida gratis a los niños de los cesantes es, a lo más, un "parche", una respuesta parcial a una situación de emergencia, el Comité extendió su trabajo a la formación de proyectos laborales, en un esfuerzo de proveer de trabajo o empleo para que los hombres pidieran mantener a sus niños y no necesitaran aceptar caridad. Este creciente compromiso de la Iglesia Católica con los desposeídos es un reflejo de la visión de la Iglesia Latinoamericana que surgió de la Conferencia Episcopal celebrada en Medellín, Colombia, en 1968. Las conclusiones a que llegó esta conferencia han cambiado la orientación de la Iglesia Católica en Latinoamérica. Desde esa época ha habido un cuerpo creciente de sacerdotes que han alterado sus vidas en respuesta al llamado de Medellín.

"Hemos visto que nuestro compromiso más urgente debe ser purificarnos nosotros mismos y todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica, en el espíritu del Evangelio. Es necesario terminar la separación entre fe y vida. Este compromiso requiere de nosotros que vivamos una verdadera pobreza de acuerdo con las escrituras, expresada en manifestaciones auténticas que deben ser claros signos para nuestros pueblos".
[La Iglesia en la transformación de Latinoamérica del presente, a la luz de las conclusiones del Concilio]

Tal vez el más famoso de estos obispos es Dom Helder Camara, el Arzobispo de Olinda y Recife, en la pobrísima zona nordeste de Brasil quien, como el Obispo Ariztía, fue enviado fuera de la capital a causa de que su cristianismo radical se había convertido en un dolor de cabeza para el "establishment", El indomable Helder Cámara en su pobre sotana negra, con su cruz de madera, se ha convertido en un profeta del Tercer Mundo y puede hablar tan poderosamente, precisamente porque él vive lo que dice:

"... primero libérate
de ese exceso de bienes
que está cebando tu cuerpo entero,
sin dejar espacio para tí,
y aun menos para Dios"

(Helder Cámara. "El Desierto es Fértil")

Si el Comité hubiera limitado su trabajo a alimentar a los hambrientos y atender a los enfermos, habría recibido poca oposición del gobierno, pero los obispos de Medellín declararon "la firme denuncia de esas realidades en Latinoamérica, que constituyen une afrenta al espíritu del evangelio, forma parte de nuestra misión también". En Agosto de 1975, la denuncia se hizo necesaria. Bajo el titular "Miristas exterminados como ratas", dos periódicos de Santiago publicaron listas de 119 chilenos que, se dijo, habían muerto en actividades de guerrilla fuera de Chile.

La descarada naturaleza de este complot puede apreciarse por el hecho de que todos los 119 nombres en cuestión habían estado figurando desde hacía mucho en las listas de prisioneros políticos desaparecidos, recogidas por varias organizaciones internacionales de derechos humanos, y que se habían asentado escritos de Hábeas Corpus por parte del Comité de la Paz, Amnesty International, o parientes y amigos, a favor de 115 de estas 119 personas desaparecidas. Más que eso, 77 de estas personas habían sido detenidas en presencia de sus familiares o identificados por prisioneros en diferentes cárceles chilenas.

La desolación de las familias de estos prisioneros fue espantosa, y el Comité emitió una declaración de protesta al día siguiente.

El 5 de Julio, el obispo que había reemplazado a Fernando Ariztía celebró misa por los desaparecidos, a la que asistieron varios miles de personas.

En Septiembre, la antipatía del gobierno por el Comité de la Paz tomó un giro nuevo, una de las secretarias, Georgina Ocaranza, fue arrestada. Estaba embarazada de seis meses y estuvo detenida hasta después del nacimiento de su bebé. Al mes siguiente, al co-fundador del Comité de la Paz, el Obispo Luterano Helmuth Frenz, le rehusaron el permiso para re-ingresar al país luego que él había asistido a una reunión del Consejo Mundial de Iglesias, en Ginebra. Esto fue sólo el principio de un período de abierta agresión; otra trabajadora, Betty Walker, fue arrestada un poco después. En Noviembre, dos chicas del Personal, Loreto Pelissier y Aura Hermosilla, fueron arrestadas con el capellán de la prisión de mujeres, el Padre Patricio Gajardo. Ambas muchachas fueron torturadas.

En Noviembre de 1975 el General Pinochet envió una carta al Cardenal Silva solicitándole el cierre del Comité de la Paz, acusándolo de ser "un medio usado por los marxistas-leninistas para crear problemas que perturba la paz civil". El Cardenal consideró indicado acceder a la solicitud del Presidente, pero estableció que era su franca opinión que "el Comité por la Paz ha estado llevando a cabo bajo dificilísimas condiciones, una tarea social de una naturaleza claramente evangélica dentro del marco de las leyes existentes".

El Comité de la Paz se disolvió el 31 de Diciembre de 1975, y el 12 de Enero fue creada una nueva división de la Arquidiócesis de Santiago, la Vicaría de la Solidaridad para reemplazarlo. La persecución de los que trabajan por los prisioneros políticos no ha terminado. José Zalaquett, el abogado que era jefe de otro Comité de obreros en Noviembre de 1975, fue expulsado de Chile en Abril 1976,después de haber entregado información sobre prisioneros a una delegación de congresistas de Estados Unidos, Hernán Monteelegre, el abogado que era jefe del departamento legal en la Vicaría de la Solidaridad, fue arrestado en Mayo de 1976 y detenido por seis meses.

La Iglesia de Chile, lejos de ser el opio del pueblo, continúa llenando el rol profético y, rehusando ser silenciada, es la voz de los que no tienen voz.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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