audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 18

NADA TE REFUGIARÁ


"Y sigue la persecución implacable y calmada,
su marcha imperturbable,
deliberada velocidad, insistencia majestuosa,
hasta llegar esos pies que nos siguen
y una voz,por sobre ese compás:
"Nada te refugiará, que a Mí no me refugie".

(Francis Thompson. "El Sabueso del Cielo")

Pasaron las semanas y mi amistad con las monjas se hizo mayor y más profunda. Ellas me presentaron a muchas de las otras misioneras que trabajaban en poblaciones callampas con ellas, y poco a poco me incorporé a la comunidad de sacerdotes y monjas extranjeros que trabajaban en Santiago. Los Padres Columbanos eran mis vecinos y yo me volví naturalmente a ellos por ayuda, porque echaba de menos el apoyo de mi familia y necesitaba amigos que hablaran inglés y a quienes yo pudiese acudir si tenía algún problema. A mi vez, yo les atendía médicamente y, de vez en cuando, iba a las poblaciones a ver a alguna misionera que se creía podía tener hepatitis o tifus. Los riesgos de infección de estos extranjeros que viven en zonas marginales es algo muy real, porque ellos no tienen la resistencia natural de muchos de los chilenos a las variadas enfermedades que son endémicas de los países subdesarrollados. Habitualmente el mayor problema consistía en persuadir a la paciente para abandonar en hogar entre los pobladores a fin de darle adecuada. atención médica; porque los que eligen vivir entre los desposeídos se resienten de que se les haga volver a su status privilegiado, que ya han abandonado.

Aunque fui completamente aceptada entro mis nuevas amistades, yo estaba agudamente consciente de la diferencia entre nosotros porque, aunque compartíamos nuestro cansancio, nuestras esperanzas y momentos de alegría, ellas tenían una libertad que yo no conocía: habían entregado todo lo que tenían para seguir a Cristo, mientras que yo todavía llevaba conmigo todas mis posesiones, porque todavía:

"... el temor me acongojaba de que para tenerlo a El,
no podía tener nada más".

Todavía perturbada por la indecisión, determiné, una vez más, buscar consejo y fuí a consultar a un sacerdote que me recomendó una de mis amigas.

La conducta lógica cuando uno va a ver a alguien por primera vez es telefonear para ver si está en casa, pero yo siempre he descubierto que mi conducta lógica se hace humo cuando se trata del corazón y del alma. Requería más premeditación y valentía de las que yo poseía el llamar a ese hombre y, si yo apenas sabia de qué se trataba, cómo podía expresárselo?. Consciente de la estupidez de mi conducta prefería llegar sin anunciarme y ver qué pasaba, sabiendo que el hombre que yo buscaba probablemente habría salido o, si estaba allí, estaría ocupado. Sin embargo no había contado con ciertos sacerdotes que saben perfectamente que la gente con el espíritu perturbado puede aparecerse a cualquiera hora del día sin previo anuncio y que si ellos no están, o están ocupados, esa persona probablemente no volverá jamás. Así fue que cuando yo tímidamente pregunté en San Ignacio el portero tocó un timbre antes de que yo pudiera cambiar de idea y escapar, y me encontré diciendo "buenos días" a un jesuita alto y sonriente. Me invitó a pasar y, aunque ya era un cuarto para la una, no dio indicación alguna de tener apetito o estar apurado y me preguntó en qué me podía ayudar. Tartamudeando bastante porque no tenía clara visión del objeto de mi visita fuera de que sentía necesidad de hablar con alguien, le dije que quería que habláramos acerca de la plegaria. Si eso le sorprendió, no dio indicación alguna, sino que me invitó a seguir hablando. Poco a poco lo empecé a hablar de mi y de cómo la percepción de que estaba siendo llamada a la vida religiosa me llenaba con una angustia y reacción que no alcazaba a comprender. Pacientemente, él se sentó y escuchó haciendo preguntas cuidadosas cuando algo no le quedaba claro, hasta que la historia entera de mi huida de Dios durante los veinte años pasados quedó extendida ante él. Deben haber sido por lo menos las cuatro cuando salí a tropezones a la calle, sintiendo que, él me había deshecho, como quien desteje un calcetín viejo, y con sus palabras zumbándome aún en los oídos: "Mucho me temo no estar en absoluto seguro de que no tenga ud. una genuina y anticuada vocación para ser monja".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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