audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 17

FRANCES Y ANNA


"Uno no va sin más al ghetto y trabaja con los negros.
El asunto consiste en mudarse uno a cierto vecindario y
relacionarse con Millie y Tommy y Jinny y Mary".

(Christopher William Jones - "Escucha, Peregrino")

A la semana siguiente tomé el bus para la población El Conquistador para almorzar con Frances, Anna y Elizabeth. Al verlas en su propio terreno me di cuenta de la inmensa diferencia, en nuestras formas de vida: su casa estaba situada en el medio de una hilera, en el centro de la población y sólo estaba un poco mejor terminada que las que la rodeaban. Las paredes eran tablones y por dentro no tenían papel ni estaban pintadas, aunque estaban alegremente decoradas con artículos de artesanía chilena y dibujos hechos por Anna. Ellas tenían solamente lo que necesitaban para su vida y trabajo en este particular lugar y nada más.

Mientras almorzábamos me hablaron de sí mismas y de su trabajo. Anna era la mayor de las tres y había estado ya en Chile durante quince años. Había llegado en aquellos años en que las hermanas todavía usaban hábito. Era difícil visualizar a esa muchacha alta, pulcra, usando un velo, pero ella había usado el hábito durante muchos años hasta que el viento del cambio que barrió la Iglesia y el Concilio Vaticano II llevó a la congregación a abandonar el hábito para que pudieran relacionarse mejor con la gente con que trabajaban. Ella habló con mucho humor de aquellos días más bien tristes cuando, como una monja joven, había venido al sur de Chile y luchó para aprender el castellano en una clase con, niños pequeños (la escuela de idiomas para misioneros de Cochabamba, Bolivia, todavía no había sido abierta). Ahora ella trabajaba como catequista en un programa organizado por la jerarquía chilena, enseñando a las madres para que ellas a su vez pudieran instruir a sus hijos en la fe.

Francés, a los 37 años -era de mi misma edad- había entrado al convento mucho más tarde. Ella también había huido del Sabueso del Cielo hasta que se cansó, pero ahora se sentía profundamente feliz y realizada. Como Anna, ella trabajaba dando instrucción a los adultos y también ayudaba a supervisar a las mujeres en el comedor infantil donde los hijos de los cesantes recibían una comida al día, en un esfuerzo por prevenir la desnutrición que estaba aumentando de golpe. Las mujeres obtenían alimentos para sus hijos pidiendo a los almaceneros de la población y de los puesteros de la feria. Frances me contó que ella iba todos los viernes con un grupo de mujeres a la Vega, el gran mercado de frutas y verduras ubicado en el centro de Santiago, y realizaba un recorrido do los puestos pidiendo alimentos.

La parte más importante de su trabajo, sin embargo, era el simple hecho de su presencia en la población. Por su propia voluntad, tres mujeres norteamericanas estaban compartiendo las condiciones de vida diaria de los chilenos pobres. Estas no eran piadosas misioneras extranjeras que venían a predicar un mensaje de amor fraternal y luego regresaban a sus confortables casas de estilo americano, sino jóvenes educadas que vivían en una choza de madera, viajaban a pie o en bus y compartían su pan, su amistad y sus talentos con aquéllos que lo pedían. Esto era en realidad un misterio y hablaba más elocuente y poderosamente acerca del amor de Dios que mil sermones.

En los tres años que ellas habían vivido en El Conquistador, Frances, Anna y Elizabeth habían hecho muchos amigos entre los pobladores. Al principio, la gente había temido invitar a las monjas a sus hogares, pero cuando descubrieron que las "madres" se podían sentar en la cama y beber un vaso de vino en compañía de sus otros amigos, perdieron sus inhibiciones y se sintieron cómodas.

Ahora, pasados tres años las chicas estaban totalmente adoptadas en la población. El golpe había sido un tiempo de gran prueba, porque las monjas habían permanecido en su hogar y su casa fue allanada lo mismo que las de sus vecinos. Ellas habían compartido el terror de los pobladores cuando la población estuvo rodeada y los tanques habían pasado entre las casas y algunas voces sobre ellas, y habían permanecido aleladas mientras hombres armados registraban sus ropas en busca de armas, y sus estantes de libros, en busca de literatura marxista. Ahora, en estos días de dificultades siempre en aumento, ellas compartían su pan y, lo que es más importante porque es fácil dar cuando se tiene, la desesperación e impotencia de observar que los niños se morían porque ellas ya no tenían nada más que dar. En este tener que estar inerme, lo que es tan difícil y también tan importante, ese simple estar ahí para compartir el sufrimiento del nacimiento, de la vida y de la muerte. Es cuando ya no queda nada más que dar, cuando nos vemos forzados a abrir nuestros corazones para compartir el dolor del otro. ¿Qué puede uno decirle a una madre cuyo hijo acaba de ser fusilado, o cuyo bebé acaba de morir de desnutrición, o a una mujer que no tiene pan en su casa, cuando ud. tampoco lo tiene? Es tanto más fácil mandarse a cambiar y tratar de hacer algo constructivo, que le haría a uno sentirse mejor por dentro, pero es en ese silencioso compartir el dolor donde el amor se manifiesta.

Este vivir entre la gente compartiendo su modo de vida y sus alegrías y dolores está rápidamente convirtiéndose en la manera de ser de la Iglesia en Latinoamérica, precisamente porque el mensaje del Evangelio sólo tiene validez si es vivido por el que cree en él.

Pasé la tarde conversando con Anna y Frances y cuando llegó la hora de irme, ya éramos grandes amigas. Mientras iba sentada en el bus hasta la casa pensé qué extraño era que me hubiese sentido tan bien con esas monjas. Ellas eran tan felices. Cansadas y preocupadas podrían estar, con exceso de trabajo también, pero parecían experimentar un gozo interior y una paz que yo les envidiaba. Me pregunté a dónde me llevaría esta .nueva amistad, y comencé a sentirme desesperada y atrapada» ¿Podría ser que, después, de todos estos años, yo tendría que renunciar verdaderamente a mi libertad, con todo lo que ella me significaba? Parecía una completa locura; allí estaba yo, una profesional con el futuro delante de mí y mi hogar establecido, y sin poderme liberar de la sensación de que se me pedirla renunciar a todo eso. De nuevo era la respuesta de Cristo al joven rico la que me volvía: "Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y sigueme". Entonces, la terrible verdad que me apareció como evidente fue que las palabras de Cristo tenían que tomarse literalmente, y de que yo tendría que perder mi vida para encontrarla otra vez.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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