audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 16

SEMANA SANTA DE 1975


"Cerca, cada vez más cerca la persecución
con marcha imperturbable.
deliberada velocidad, insistencia majestuosa
y al pasar esos pies que no hacen ruido
una voz, aún más rápida se deja oír:
"Nada puede contentarte, nada que no sea Yo"

(Francis Thompson - "El Sabueso del Cielo")

Durante la Semana Santa uno de mis amigos fue tomado por la DINA. Jaime era un estudiante de medicina del último año y yo lo había conocido en el San Borja, donde él había sido uno de los estudiantes que hablan organizado la disposición de la gente en las clínicas ambulatorias durante la huelga de 1973. Yo no lo había visto durante algún tiempo y ahora, para mi sorpresa y tristeza, oí que lo habían tomado preso a la salida del hospital y que había pasado una semana y no se tenían noticias de él. Me pregunté, amargada, qué habría sido de él y de Marietta, su esposa, también estudiante, quien estaba esperando su primer hijo. En la primera semana que alguien desaparece no hoy nada que hacer, excepto tener esperanza y orar para que no pase demasiado tiempo hasta que llegue a Tres Alamos. Aunque yo sabia muy poco acerca de lo que les pasaba a los prisioneros políticos, tenia conciencia de la secuencia de sucesos en la mayoría de los casos: arresto, incomunicación y tortura, periodo de incomunicación y luego transferencia al campamento de detención de Tres Alamos. Una vez que las autoridades reconocían que una persona estaba detenida parecía que estaba a salvo, pero antes que eso pasara había sobradas razones para preocuparse.

Determinada a juntarme al Espíritu de Semana Santa, fui tan a menudo como pude al Monasterio Benedictino y el Jueves Santo mientras estaba sentada sobre mi muro tratando de pensar en la Pasión de Cristo, mis pensamientos volvían, una y otra vez y a Jaime. De súbito vi por primera vez la similaridad entre lo que había estado leyendo en la Biblia y lo que yo sabía que le estaba sucediendo a Jaime: el súbito y violento arresto, los interrogadores insolentes, las manos rudas que sacaban la ropa a pedazos dejándolo humillado y vulnerable; después los golpes y la risa de los atormentadores y, finalmente, el ponerlo estirado como un águila, en la cama, para que los shocks quebraran su espíritu. Yo estaba espantada. Nunca la pasión de Cristo, leída y releída desde la niñez, me había conmovido tanto, me había llenado incluso de una angustia que era una náusea. La visión de Cristo todavía viviente, y siendo crucificado por nosotros, adquirió una claridad y sentido que me eran totalmente nuevos. Y lloré por Jaime y por Cristo, sabiendo que los dos eran uno.

El Domingo Santo fui a misa a los Benedictinos y, luego de la tristeza de la Semana Santa, sentí la alegría de la Resurrección, mientras las voces de los monjes llenaban la iglesia con el Aleluya y el sol de la mañana venía a través de las ventanas en largas estrías blancas, atravesando las nubes de incienso que se apresuraban hacia el altar. Yo había sido invitada a almorzar a la casa de Rosemary, y celebramos la Semana Santa con una enorme fiesta al estilo norteamericano. Cuando me preparaba para irme, Rosemary me dijo si me gustaría venir a la casa central de su congregación, a una fiesta que tenían. Yo estaba dudosa acerca de encontrarme con una bandada de monjas desconocidas, pero parecía inadecuado rehusar, así es que le agradecí, pero insistí en pasar por mi casa para ponerme falda, pues sentía que estaría fuera de lugar con mis jeans... Ella se rió, y dijo que no importaba, pero no me convenció y así ella y yo nos detuvimos en mi casa para ponerme más respetable.

Cuando llegamos al convento yo estaba llena de melancolía; qué les iba a decir a todas esas monjas? Debí haber estado loca cuando acepté venir. Nerviosamente seguí a Rosemary a la casa, sin saber realmente que esperar, pero, ciertamente no estaba preparada en absoluto para encontrar un grupo de muchachas, muchas de la edad mía, riendo y hablando. Lo más increíble de todo, ni una sola usaba hábito, y varias de ellas estaban en pantalones. Rosemary me presentó a Frances, una chica rubia, jovial, quien iba a convertirse en una de mis amigas más intimas. Descubrí que ella vivía con otras dos monjas, también en la treintena, en una pequeña casa justamente en el medio de una de las poblaciones callampas más distantes. Como el Padre Jan a quien había conocido un año antes, ellas veían su misión no sólo como la de enseñar el Evangelio a los pobres, sino más bien vivir el mensaje de Cristo entre ellos. Yo iba a aprender de Frances y Anna cuanto cuesta, en términos de angustia y preocupación, pérdida de sueño y privacidad, la tentativa de compartir las vidas de los pobladores chilenos, pero también me enseñaron el gozo de dar.

Mientras conversaba con las chicas me dí cuenta de cuánto tenía yo todavía que aprender de Chile, de su gente, y también de mi. A salvo detrás de la barrera de mi bata blanca y ni posición como "la Doctora". Yo podía permitirme ser amable con los "rotos". Era fácil ser amable y amistosa en mi propio terreno, a salvo en el conocimiento de que estaba realizando un buen trabajo y que no tenía ninguna obligación con ellos una vez que se iban para afuera y yo decía: "el siguiente, por favor". Ahora yo sabía que mi instinto de permanecer alejada de las poblaciones callampas había nacido del deseo de permanecer desvinculada y por lo tanto no lastimada. La manera de vivir de Frances y Anne estaba empezando a ser la manera de la Iglesia en Latinoamérica, una iglesia que estaba aprendiendo a cambiar de postura, a tomar literalmente las palabras de Isaías:

"El me ha enviado para traer buenas nuevas a los pobres,
para remendar los corazones quebrantados,
proclamar la libertad a los cautivos,
liberar a los que están en prisión".

(Isaías 61:2).

Volví a casa esa noche complacida de haber encontrado nuevas amistades y sin preocupaciones respecto a lo que su amistad podría costarme, porque había aceptado ir a almorzar con Frances y Anna la semana siguiente, en su casita de la población. Creo que sentía que era el principio del derrumbe de mi pared protectora pero no parecía haber forma de evitarlo, de modo que ignoré los avisos y esperé lo inevitable.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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