audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 15

LA POSTA N 3


"No tengáis miedo de él;
El es esa vieja arrugada y sucia
que anda oliendo a vino,
con chancletas, un suéter todo roto
y una cartera rajada
Fumando colillas usadas.
No te asuste su lenguaje,
ni su aspecto,
ni su olor.
El es tu Dios".

(Cristopher William Jones -"Escucha, Peregrino").

La Posta 3 es un hospital de emergencia viejo y dejado de la mano de Dios en el área de luz roja de Chacabuco, en Santiago. Es la única fuente de ayuda médica para los miles de residentes de las poblaciones callampas, que tienen una fuerte relación amor-odio con él. Hay dos grandes salas y varias pequeñas que totalizan unas sesenta camas, tan cerca las unas de las otras que apenas es posible pasar entre ellas. Sobre trescientos pacientes vienen al día a la Posta con todo lo imaginable, desde el dolor en un dedo del pie, hasta un cuchillo en el corazón, pero todos son vistos por un doctor y reciben algún grado de alivio. Era raro que una de esas sesenta camas esté vacía por mucho tiempo y muy a moñudo se admiten pacientes hasta en las canillas y a veces sobre el piso, pero nadie que esté realmente enfermo es despachado.

EL trabajo en la Posta es despreciado por muchos médicos más eruditos que practican medicina estilo europeo en hospitales de enseñanza que funcionan en mejores condiciones, donde ellos se dan el lujo de elegir a quién aceptarán, y deliberadamente ignorarán al que ya no puede tratar se por estar muy enfermo, o alcohólico. Las enfermeras de la Posta también miran con desdén a los médicos que mienten acerca de camas vacías la tarde del viernes, o guardan celosamente vacantes para casos interesantes. La escoria de la sociedad de Chacabuco viene a morir en la Posta 3, en la "Clínica Santa María", la sala escondida reservada para aquéllos cuyos únicos amigos en el mundo son los piojos que los infestan. A dos millas de distancia está la verdadera Clínica Santa María, la clínica privada más exclusiva de Santiago, donde damas elegantes en abrigos de pieles, esperan para ver a sus amistades y relaciones y pagar más por un día de tratamiento de lo que estos hombres podrían ganar en un año.

Los doctores de la Posta son una raza aparte. A las nueve de la noche, mientras los médicos cirujanos de Santiago saborean su vaso de pisco de la tarde, el equipo nocturno de la Posta hace su entrada. La puntualidad aquí es la cortesía de los príncipes, porque la Posta, eternamente alerta por los problemas, no debe ser dejada sin atención y ningún doctor puede irse hasta que ha pasado su antorcha al que lo reemplaza en el turno siguiente. El jefe y el primer ayudante, ambos cirujanos competentes, empiezan la ronda de las salas observando a todos loa pacientes para decidir quiénes necesitan ser operados más urgentemente, mientras los médicos más jóvenes comienzan a batallar con la marea de pacientes, la que no cesa hasta la hora del toque de queda y a menudo ni siquiera entonces. Nunca antes había yo trabajado tan ligero viendo un paciente cada dos minutos, o un poco más, si es que requerían sutura.

Desarrollé muy buena relación con las enfermeras, especialmente con los practicantes o enfermeros y cuando podía elegía trabajar con pacientes hombres porque siempre encontré más fácil diagnosticar y tratar con hombres que con mujeres. Yo podía poner puntadas en la cabeza de un borracho a las 3 de la mañana cuando prácticamente era incapaz de estar de pie de tanto cansancio, mientras que la larga línea de mujeres con dolores abdominales que podían estar sufriendo de cualquier cosa, desde una indigestión hasta un embarazo ectópico, eran una pesadilla de responsabilidad. Los enfermeros eran una gran ayuda porque los años de experiencia; trabajando en la Posta les habían dado una considerable destreza diagnóstica. A veces, los mas audaces venían con una tarjeta y decían: "acabo de sacar un grano de arena del ojo de un hombre, firme aquí, por favor". Los hombres de la ambulancia también se enorgullecían de su habilidad para diagnosticar. Consuelo me había contado cómo ellos a veces se precipitaban directamente al pabellón con un caso de severa hemorragia interna, sin permitir al cirujano gastar un tiempo valioso en confirmar sus diagnósticos. Es tan cuidadoso y rápido trabajo en equipo el que salva las vidas, porque cuando un hombre llega con una herida de cuchillo en el corazón no hay muchos minutos que desperdiciar. Recuerdo un día de esos cuando dentro de cinco minutos de la llegada del paciente ya estábamos poniendo puntadas en un hoyo que tenía en el corazón y, al día siguiente, él estaba quejándose del dolor, completamente ignorante de lo cerca que había estado de morir.

Aunque mi primitiva intención fue buscar trabajo en un hospital para aumentar mi conocimiento de la cirugía plástica, jamás lamentaré el tiempo que pasé en la Posta, porque aprendí a hacer diagnósticos con mis oídos, ojos y manos, en lugar de apoyarme en los rayos X y los exámenes de sangre, y me vi forzada a atender prácticamente todos los males conocidos por el hombre con la media docena básica de drogas. Por supuesto que era terrible y enloquecedor, luego de años de trabajar con equipos estupendos en un hospital con servicios de rayos X funcionando las 24 horas, pero me enseño a hacer uso de todas mis reservas de conocimientos y destrezas. El espectro de patologías también era completamente diferentes de todo lo que estaba acostumbrada, porque en chile el alcoholismo, la desnutrición y la tuberculosis; enfermedades de las cuales yo solamente había leído en los textos, hacia un agosto. El alcohol es el consuelo del solitario, del sin empleo y del atormentado, y muchos de mis pacientes bebían entre tres y cinco litros al día. El camino al cementerio público en Santiago está plagado de bares que ostentan el glorioso nombre de "quitapenas". En Chile ahora no hay leche gratis para los hijos de los cesantes, y los bebés se mantienen quietos con botellas de té. Parecería un paso lógico poner impuestos al vino y dar subsidio a la leche, como se hizo en los tiempos de Allende, pero tal vez esto no sea conveniente para el comercio.

En el pequeño pabellón, en la parte de atrás de la Posta, el jefe y su asistente esperaban cualquiera emergencia que se presentara. El jefe de un equipo tiene que poder encarar cualquiera eventualidad y tanto la gloria, como la pesadilla del trabajo de emergencia, es lo inesperado. Cuando uno opera a un hombre con una pequeña herida de bala en el vientre, uno no sabe si será sólo un asunto de limpiar, o si se pasaré las próximas cinco horas suturando meticulosamente hoyos en los intestinos, A pesar de su casi primitiva simplicidad, hicimos más cirugía heroica con menos alharaca en ese pabellón de lo que yo había visto tras muchos años de trabajar en Inglaterra.

Aunque mis horas de trabajo en la Posta eran cortas, me dejaban exhausta. La noche de 12 horas trabajada cada sexto día volvía demasiado rápidamente y mi incapacidad de dormir durante el día significaba que yo pasaba siempre el día posterior el turno nocturno sintiéndome como la muerte. Era la noche y el trabajo en los fines de semana lo que hacían que el trabajo de la Posta fuera evitado como la peste. En un ciclo de seis semanas trabajábamos un viernes por la noche, un sábado por la noche, un domingo por la noche, un sábado entero y un domingo, de modo que había sólo dos fines de semana, en seis, que no estábamos interferidos. En un país donde la mayoría de los doctores son aficionados a ir a la playa los fines de semana, esto no es pelos de la cola en lo que se refiere a actividad. Por todo esto, sin embargo, el espíritu de equipo y el constante desafío del trabajo lo hacen digno para aquéllos que trabajan por amor a la medicina, más bien que por el dinero que puedan ganar.

Fue aquí en Chacabuco donde empecé a trabajar con la gente marginal de Chile y, a medida que pasaban las semanas, llegué a amarlos realmente. Borrachos eran, alcohólicos. malhechores y prostitutas, ciertamente eran, pero eran seres afectuosos que pedían poco y aceptaban agradecidos lo que se podía hacer por ellos. La mayoría eran aves de paso, examinados rápidamente, consolados si el tiempo y las fuerzas lo permitían, lo que no era frecuente y enviados de vuelta con una inyección o una receta para uno de los especializados departamentos del Hospital da enseñanza que quedaba contiguo. Algunos de ellos, sin embargo, volvían para sacarles las suturas de alguna herida particularmente complicada y éstos se convertían en verdaderos amigos. Unos pocos de ellos a veces me traían regalos, lo que era particularmente conmovedor porque no tenían nada, eran muy pobres. Ocasionalmente yo me implicaba demasiado con ellos y me desesperaba por la enormidad de sus problemas y mi inhabilidad para solucionarlos.

Juanita era una muchacha de 22 años que volvía cada tanto después de haber tenido un ataque epiléptico. Un Domingo por la mañana, después de haberle ordenado una inyección, la mujer que la traía dijo: "No ha comido en cuatro días". La miré con más cuidado y la encontré pálida y delgada, preguntándole si era cierto. Lo era. Era domingo y no había servicios sociales disponibles y, como difícilmente se tenía en pie, la admití en la sala. La suya no era una epilepsia congénita sino que le había venido cuando un día se cayó de cabeza en una piscina vacía donde trabajaba como instructora. Se había fracturado el cráneo y quebrado el cuello y había pasado muchos meses en el hospital; unos pocos meses después que la dieron de alta desarrolló severos y frecuentes ataques de epilepsia. Un año antes su madre había muerto y su padre se había ido a vivir con otra mujer, dejando que Juanita cuidara cono pudiera a seis hermanitos pequeños. Traté todo lo posible de ayudarla, arreglándole citas con la Asistente Social, pero ella fue incapaz de lograr poner a los niños bajo custodia, ni se pudo obtener ninguna clase de compensación del dueño de la piscina. La última vez que la vi se había aparecido justo cuando yo salía del turno, y me las arreglé para hacerla admitir en el hospital neurológico, donde trataron de controlar mejor su epilepsia, pero no hay un final feliz para su historia.

Otro caso que me puso desesperada fue el de una joven mujer de 33 años que estaba en la fase terminal de un cáncer uterino y a quien le habían dicho en el Instituto del Radiología, con total firmeza, que no había ya nada que hacer por ella. Cuando ella vino por tercera vez para que le pusieran inyecciones calmantes para el dolor, le escribí una carta implorante al departamento ginecológico del Hospital San Juan de Dios, nuestro vecino, y ellos la admitieron para que muriera allí. Ella procedía de la parroquia donde trabajaba una de mis amigas norteamericanas, y ella la visitó en el hospital y fue capaz de darle algún consuelo en las ultimas semanas de su vida. Muchos de mis pacientes eran gente triste y sus vidas eran terriblemente duras.

Como yo pasaba más tiempo en oración y trataba de traducir mi creciente amor a Dios en términos concretos, le buscaba más y más en mis pacientes, de acuerdo con la frase de Mateo, 25: "Estuve enfermo y me visitasteis". Yo trataba con intensidad de ser más gentil y bondadosa,, y muchas veces lo conseguía, aunque cuando estaba cansada, o hambrienta; o preocupada mis buenas intenciones..y mi humor me abandonaba y me volvía impaciente e inamistosa.

Para mí, la visión de Cristo en el hombre no era una que ocurría, sino una que yo buscaba, y encontraba sólo de tarde en tarde. Largas horas de oración en la cumbre de mi montaña me trajeron una creciente conciencia de Dios en su creación:

"El mundo está cargado con la grandeza de Dios
resplandecerá como el brillo de metal vibrante".

(G. M. Hopkins. "La grandeza de Dios")

Era fácil ver la imagen de Dios en la salida del sol detrás de los Andes, o detrás de la bullente inquietud del mar, pero la imagen de Cristo en sus criaturas está muy desteñida y es fácil pasarla por alto:

"Dónde está El, hoy?
El es negro
golpeado hasta convertirlo en pulpa en una calle de Mississippi
Se desploma, muerto, en un servicio higiénico
con marcas de aguja en el brazo
Está en un rincón, empapado en vino.
Es admitido como una ...
en una sala de maternidad del hospital de la ciudad.
El es 20 personas viviendo en una pieza de conventillo.
El es 10 personas viviendo en una choza en los Apalaches.
El es todo eso, y más.

(Christopher William Jones - "Escucha peregrino")

A medida, que las semanas, se convertían en meses y yo perseveraba en mi búsqueda y extendía mis horas de oración para incluir la jornada en bus al trabajo y los raros momentos en que no estaba ocupada, encontré que mi paciencia era recompensada, y llegué a verle más y más en los "rotos" de Santiago.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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