audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 14

TIEMPO DE CONSTRUIR


" todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo.
Hay tiempo de nacer y tiempo de morir;
tiempo de sembrar y tiempo de cosechar;
tiempo de matar y tiempo de curar;
tiempo de destruir y tiempo de construir;
tiempo de llorar y tiempo de reír;
tiempo de lamentarse y tiempo de danzar".

(Eclesiastés 3:1-4)

Nos fuimos directamente del aeropuerto a mi casa. Por fin había llegado el momento con que había estado soñando desde que supe de la prisión de Teresa y me di cuenta que tal vez no podría volver a Chile. Aquí estaba, en mi hogar, una divertida casa amarilla de adobe y ladrillos que había resistido firmemente dos terremotos y un golpe militar. Detrás de la dejado con que se protegen las casas de los ricos y de la clase media en Chile, estaban mis tres perros. Se veía en bastante bien a pesar de mi prolongada ausencia y obedecían a Margarita de una manera que jamás habían tenido conmigo. La casa estaba impecable, pero me sacudió un poco constatar lo zaparrastroso era mi hogar comparado con la manera como había estado viviendo en Inglaterra y, y me di cuenta que lo deprimida que yo había estado durante esos dos primeros años en Chile, cuando apenas si tenía ánimo para pintar una habitación o colgar una cortina. Ahora estaba sintiendo bien y dueña de mi destino, y menos que canta un gallo transformaría la casa.

Cuando mis amigas se fueron, Margarita y yo nos sentamos a conversar. Le hablé de mi encuentro con Teresa y ella me relató los luctuosos sucesos que siguieron a la visita de la DINA ( Dirección de Inteligencia Nacional). Ella y los niños habían estado prisioneros con guardias armados, durante tres días, mientras la DINA esperaba a ver si podían apresar algún amigo de Teresa, Afortunadamente nadie había ido y eventualmente los hombres se fueron, el mes que siguió había sido de una gran tristeza y responsabilidad para Margarita, mientras luchaba para arreglárselas para alimentar a los niños y esperaban desesperadamente noticias de Teresa. Ella había dicho a Pedro que su mamá estaba en el hospital y, con la niñera, habían luchado para permanecer calmas y joviales, con el fin de que el niño no se perturbara. Por fin, con la alegría de la liberación vino la tristeza de la partida y la certeza de que probablemente no volverían a verse.

Poco a poco le hablé a Margarita de mis planes, de cómo iba a empezar una nueva vida y que necesitaba que ella me ayudara. Decidí redecorar el frente de la casa para hacerla más elegante e instalar un consultorio donde ver a mis pacientes privados, pues estaba segura que, con mis títulos inglés y chileno, pronto tendría una práctica de lo más próspera y con el dinero que iba a ganar podría atender gratis a los que no tuvieran con qué pagar. Margarita quedó encantada y se visualizó a sí misma como recepcionista, en un delantal blanco, dejando entrar a la élite de Santiago a un elegante consultorio, en su sala de espera, y dando consejos médicos por teléfono en mi ausencia.

Luego de unos pocos días que me demoré en ubicarme, salí a buscar trabajo. Fue con cierta vacilación que empecé mi búsqueda, pues varios médicos amigos me habían dicho que los trabajos eran escasos y muy alejados unos de otros y que sería muy afortunada si encontraba alguno. Perecía una locura que, en un país que había perdido el 25% de sus doctores, hubiera escasez de trabajo, pero la respuesta era bien simple; había habido una caída progresiva en la economía desde el golpe y los gastos en armamento y en mantención de las fuerzas armadas se habían elevado, a costa de recortes masivos en los gastos de los servicios sociales. Cuando fui al San Borja, el hospital en que era mejor conocida, me saludaron cordialmente, pero me dijeron que la dirección del Servicio Nacional de Salud había decretado que no se crearían nuevas plazas y, si alguien renunciaba o se moría, las vacantes no serían llenadas. Yo me quedé helada. ¿Sería posible que justamente ahora no pudiese encontrar trabajo, o que tuviese que abandonar mi casa e irme a alguna aislada zona rural?

A medida que mis esperanzas disminuían me puse cada vez menos selectiva y fui a la Posta Central, el principal hospital de emergencia de Santiago, donde Consuelo había trabajado por tantos años. Fui a la oficina de la dirección, donde conocía a las secretarias por haber ido muchas veces en beneficio de Consuelo, ya sea para entregar un parte de su enfermedad o para recoger su cheque de pago. Para mi alegría, me recibieron con entusiasmo y me dijeron que había un reemplazo disponible en la Posta 4, el más tranquila de los hospitales, y que duraría por tres semanas. Me dieron los papeles para llenar y los llevé a casa. Guando los leí me fui dando cuenta lo que significaba vivir en un estado policial porque, además de todos los certificados que son de rutina en cualquier empleo público, se me pidió una lista de seis de mis parientes, con sus direcciones, y seis de mis amigos, también con las direcciones. Me dio rabia esta intromisión en mi vida privada y traté de pensar en gente que pudiera llamar amigos y a quienes no pondría en riesgo alguno si algo me llegaba a suceder.

A los diez días de mi regreso a Chile yo ya estaba trabajando, y muy contenta de mí misma. Claro que era sólo media jornada, pero era trabajo y, con suerte, podría mantenerme. Me convertí en ayudante segunda del "Volante", el turno volante de la Posta 4 en un área de clase media de Santiago. Trabajaba diariamente durante dos horas y media, y también cada sexta noche. Las horas de la Posta están arregladas para que los doctores puedan hacer cuatro horas al día en cirugía general, u otra especialidad, en otro hospital, pero como yo no tenía otro trabajo pasaba libre gran parte del día. La vuelta a la medicina, después de un año sin trabajar, no fue fácil, y me alegré del tiempo libre. La pérdida también de una noche de sueño cada seis días me dejaba con la necesidad de recogerme temprano, así es que estuve contenta de poder usar mi. tiempo libre en jugar con mi casa, hasta que encontrara otro trabajo.

Mientras estaba en Inglaterra había dejado arreglado se me enviaran mensualmente 50 libras para cubrir los meses iniciales hasta que recibiera un salario, así es que económicamente era independiente, si bien de ningún modo rica. No tenía medios, para emplear una firma de contratistas para hacer las reparaciones proyectadas en la casa, así es que la ayuda de amigos tomé a dos trabajadores. Esta fue mi primera equivocación, pero es una que no siento, porque los obreros se instalaron encantados en la casa y estiraron el trabajo durante nueve meses, lo que me concedió la oportunidad sin paralelo de llegar a conocer algo de los "rotos" chilenos. Mis trabajadores eran cesantes y aprendí gradualmente que cada uno de ellos era un "maestro chasquilla", o sea, uno que sabe cómo mezclar cemento, cambiar una llave de agua, pintar una pared, o hacer algo en carpintería. Ellos eran, sin embargo, y muy claramente, maestros en nada más que en el gentil arte de encantar a extranjeros estúpidos como yo. Yo tenía una idea de lo que pasaba pero, a medida que pasaban las semanas, me convencí que era mejor diablo conocido que santo por conocer y, a pesar de todos sus defectos, yo me había aficionado a ellos. Antonio y Ricardo fueron los primeros de una larga lista de gente sin trabajo que dejarían honda huella en mi casa y en mi corazón. Aparte de Antonio, que era un ladrón encantador y sin duda el mejor trabajador, creo que todos ellos hicieron lo mejor que pudieron, de acuerdo con sus luces, y aunque se aprovecharon de mi generosidad en una forma desvergonzada, ellos me habrían dado la bienvenida en sus hogares en cualquier momento.

Antonio era un hombre joven y buenmozo, de alrededor ,de treinta años, era carpintero de oficio. Cuando aplicaba su mente a un problema demostraba notable habilidad manual y mucho ingenio, pero ere muy flojo y llegaba tarde casi todas las mañanas, a pesar de mis amenazas serias de despedirlo. Después de haber trabajado para mí alrededor de dos meses, y por estar llegando tarde en forma reiterada, traté de ponerme firme y le dije que, si volvía a llegar tarde una vez más, yo iría a una agencia de empleos donde había carpinteros mejores que él haciendo cola desde las seis de la mañana. Al día siguiente llegó más tarde aún y cuando llegó pidió une bolsa para enviar a su aprendiz a comprar pan, (El pan en Chile es muy áspero y pesado y no se mantiene muy bien, de modo que la compra de pan fresco es un ritual diario). Echando chispas, le di al muchacho una bolsa y me retiré a mi pieza para pensar en las palabras adecuadas que emplearía para despedirlo, mientras Antonio y Ricardo se cambiaban, poniéndose la ropa de trabajo. Diez minutos más tarde bajé y encontré la mesa puesta con mi mejor porcelana y un festín de almejas, "la ostra del pobre" en Chile, sobre la mesa. Mi rabia se desvaneció y, cuando Margarita volvió de las compras, los cuatro tuvimos un festín de media mañana, y todos los pensamientos acerca del despido se habían evaporado. Si Antonio llegó tarde por comprar las almejas, o si compró las almejas porque venía atrasado, todavía no lo sé, pero estuve muy feliz comiendo almejas crudas y cebolla, con pan fresco, a las 11 de un sábado por la mañana.

Mi amistad con los trabajadores era algo desacostumbrado, por llamarlo lo menos, teniendo en cuenta los standards chilenos. Tanto Margarita como mis amigos me decían que yo no tenía remedio y que no tenía idea cómo manejar a los trabajadores. Yo lo veía de una manera diferente. Cómo podía yo sentarme a un almuerzo preparado, mientras ellos tomaban té con pan en el jardín, cuando yo tenía huevos revueltos al desayuno y ellos un pedazo de pan? Mis instintos de justicia me forzaban a compartir mi comida con ellos, y nunca lo sentí. Margarita se quejaba interminablemente por tener que cocinar para ellos, pero secretamente gozaba de su compañía y estaba orgullosa de que su patrona tratara a la clase trabajadora como a seres humanos. Diferente habría sido si yo supiera que ellos se iban a su casa y tenían una buena comida preparada por una esposa amante, pero yo sabía muy bien que las condiciones en que ellos vivían eran lúgubres y que lo que yo les pagaba apenas servia para mantener les juntos el cuerpo y el alna. Yo no estaba en condiciones de pagarles el aporte del seguro social que era el 50% del salario, así es que cuando estaban enfermos venían a verme y yo los atendía y les compraba las medicinas que necesitaban. Aunque llegaban constantemente atrasados y necesitaban adelantos de sus salarios semanales, que nunca devolvían, siempre fueron encantadores conmigo y se las arreglaba para caminar por la cuerda floja entre la amistad y la familiaridad, dejándome por lo menos con la sensación de que ellos me querían y respetaban y que yo era la patrona. Si esto era una ilusión, no me importa realmente, porque me parece a mí que es mejor eso que arriesgar el rehusar una ayuda a alguien en genuina necesidad,

Ricardo fue mi favorito por largo tiempo. Antonio lo traje para que le ayudara a reparar el balcón; cuando yo estuve enferma en cama con bronquitis, él entraba despacito a mí pieza, todos los días, sombrero en mano, a preguntar cómo me sentía. Ricardo era alcohólico. Era un bebedor intermitente, lo que significa que pasaba todos los fines de semana ebrio y se recuperaba los lunes, pero era cansador que él pudiera trabajar solamente cinco días a la semana, y me enfurecía que siempre estuviera sin un cobre los martes. El era, sin embargo, un hombre genuinamente amable y extremadamente entretenido, lo que debía de ser la razón por la cual su esposa lo aguantaba. Dejó el trabajo en Julio y lo último que oí de él fue que había encontrado trabajo en una botillería, una tienda donde se vende cerveza y vino. Tiemblo por su hígado.

En febrero entró en escena Francisco. Era carpintero de un amigo mío y se había cortado la mano profundamente con una sierra eléctrica, perdiendo casi la mitad del pulgar. He trabajado con heridas de la mano en Leicester por 3 años. así es que me sentí competente para tratarlo, especialmente cuando el cuidado que estaba recibiendo parecía bastante dudoso. El venía dos veces por semana a verme al hospital, y una vez a la casa, y pasaron dos meses antes que sanara la herida. Durante todo ese tiempo él se convirtió en un amigo. Cuando llegó a la casa en mayo me dijo que estaba sin trabajo y me pareció natural que se agrupara con los otros muchachos. Así resultó que yo estaba empleando tres trabajadores; pero sólo por el tiempo que me duró el dinero fui feliz. Francisco tenía una paciencia infinita y buena disposición, pero no era tan hábil como Antonio; sin embargo, su devoción tuvo recompensa parque en Junio descubrí que Antonio estaba robándome con las cuentas de los materiales así que se fue y Francisco se instaló feliz en su lugar.

Al principio yo había planeado solamente reparar el frente de la casa, pero decidí que el comedor era demasiado oscuro así que necesitaba ventanas francesas en lugar de la ventana que miraba hacia el porche de atrás. Lo bueno que tiene construir en Chile es que, en una casa hecha de adobe, una muralla puede ser demolida en menos de una hora y. si es verano, no im porta cuánto se demore uno en llenar el hueco, con tal de que se termine para el invierno. Mi subconsciente se aprovechó de mí un día y, mientras Margarita andaba de compras, le dije a Ricardo que demoliera la pared del comedor. Los hombres no eran estúpidos y, encantados de que se prolongara el trabajo por otro par de semanas; hicieron un gran hoyo en la pared del comedor en menos que canta un gallo. A Margarita, el asunto no le gustó nada y murmuré que pasarían por lo menos dos meses hasta que pudiéramos tener la casa libre de trabajadores. Poco sabia ella lo equivocada que estaba, porque una cosa llevó a la otra y todavía estábamos construyendo cuando me arrestaron en noviembre.

Los primeros dos meses de mi tiempo en Santiago fueron fáciles en comparación con lo que iba a seguir pero, mientras me instalaba, no tuve el coraje de ir a trabajar en una de las poblaciones marginales. Muchas veces me pregunté durante esas primeras semanas: si la DINA llegaría de súbito a mi puerta, y pensé que era muy poco sensato atraer la atención hacia mi trabajando en condiciones que sólo eran toleradas por los simpatizantes de izquierda o los misioneros. Mirando atrás, veo esta decisión muy condicionada por mi temor a comprometerme con los pobres porque sabia que me vería forzada a cambiar mi modo de vida. La verdad es que no estaba preparada para abandonar el confort de mi casa y la seguridad del trabajo, que tenía algún parecido con el que yo conocía. Yo admiraba a la gente que trabajaba en iguales términos con los residentes de las poblaciones callampas, pero no me sentía capaz de unirme a ellos.

Como contaba con una buena cantidad de tiempo libre, ocupaba mucho en la búsqueda de Dios a través de la plegaria. Me hice amiga con una monja norteamericana que había sido misionera en Chile por 17 años; ella y yo pásanos muchas horas felices comadreando, intercambiando libros y yendo al cine. Ella fue la primera de muchas amigas que tuve entre las misioneras norteomericanas en Santiago, las que lentamente me condujeron hacia un punto de vista diferente de Chile y de la vida misma. Rosemary me envió un domingo al Monasterio Benedictino que mira hacia Santiago, y yo quedé encantada. Era un edificio moderno, grande y blanco, construido sencilla, pero hábilmente, de modo que la luz del sol se filtrara por las ventanas altas bajo el techo. Cantaron la misa del Domingo y fue maravilloso oír, después de tanto tiempo, el canto gregoriano que me había gustado tanto en mis días de Oxford. Incapaz de retirarme, me quedé afuera después de la misa y me armé del valor necesario para preguntar a uno de los hermanos si po dría permanecer ahí un ratito. para orar. Me preguntó cuánto tiempo pensaba quedarme y le dije: "hasta que tenga demasiada hambre para soportarlo", a lo que él me replicó que me darían almuerzo. Después de la misa de mediodía me sirvieron almuerzo sobre una bandeja en la sala de espera, y asi fortificada pasé el reato de la tarde trepada sobre el muro exterior de la Iglesia y mirando la ciudad que se extendía abajo,

Este se convirtió en un lugar favorito de peregrinaje; incapaz de dormir después de trabajar toda la noche, yo acostumbraba tomar el pequeño bus que subía por el cerro y después caminaba el empinado camino de tierra hacia el Monasterio. Los monjes se acostumbraron a verme sentada con mi pos rilo y blue jeans en la primera fila de su iglesia vacía, y uno de los novicios parecía estar siempre encargado de traerme el libro de salmos con el lugar marcado. Así oramos juntos muchas veces, los monjes y yo, allá arriba, sobre Santiago. La presencia de los contemplativos en una sociedad activa es siempre perturbadora. La locura de esa vida pasada en plegarias y labores manuales es un curioso signo de la existencia de Dios en un mundo tan preocupado por sus propios asuntos. Yo acostumbraba a mirar a estos hombres, los más viejos, que habían pasado su vida de esta manera insensata, y los jóvenes, que estaban eligiendo libremente hacer lo mismo, y me preguntaba qué diablos quería Dios de mí. Era un buen lugar para venir a orar y pensar porque, estando tan apartado yo tenía que estar muy desesperada para decidinne a partir a la casa. Algunas veces, ellos me daban almuerzo y algunas veces yo me llevaba una manzana y un pedazo de pan y queso, y me sentaba en ni muro hasta que llegaba la hora de las vísperas. Entonces, tiesa y tostada por el sol, caminaba cerro abajo bajo el sol poniente y sabía en una forma incomunicable que mi día había sido bien gastado.

A fines de marzo mi reemplazo en la Posta 4 terminó y por dos semanas estuve sin trabajo y muy nerviosa. Estimulada por amigos del servicio golpeé importunamente a las puertas del Director de la Asistencia Pública y, eventualmente, fui recompensada por un contrato por un año en el hospital más insignificante, la Posta Nº3, en Chacabuco. Este es el hospital en que había trabajado Consuelo, y era famoso por ser uno de los más activos y peor equipados de los hospitales de la ciudad. Los mendigos, sin embargo, no tienen derecho a elegir y yo estuve muy contenta de tener un trabajo regular, y tomaba un bus repleto cada día para ir a trabajar de 13,30 hasta las 16 horas en el área más pobre de la ciudad. Era un área famosa por sus prostitutas y alcohólicos, y tuvo que practicar una medicina muy diferente de la que había aprendido en la enfermería de Raddiffe, en Oxford.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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