audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 13

LA VUELTA A LATINOAMÉRICA


"Más allá de los límites del mundo,
huí y golpeé a la dorada puerta de los astros"

(Francis Thompson - "El Sabueso del Cielo")

Cuando aterrizamos en Panamá, cualquier duda que yo hubiera tenido acerca de la conveniencia de mi retorno a Latinoamérica desapareció. Salí del avión para recibir en plena cara una racha de aire húmedo y caliente y, mientras oía animadas conversaciones en castellano y miraba la bruma sobre las montañas, supe que éste era mi continente. De la misma manera como Colón había descubierto un nuevo mundo, en 1492, yo había descubierto Sudamérica más de cuatro siglos después.

Hay, creo, una profunda verdad en esta observación bastante petulante, porque América estaba allí antes de que Colón la descubriera, de la misma manera como suramérica estaba allí cuando los conquistadores orgullosamente se la tomaron para España. No había existido para ellos antes porque ellos no habían sabido nada acerca de ella, y así sucedió conmigo en 1971. Yo había sabido vagamente que había un gran continente al sur de los Estados Unidos, donde la gente era pequeña y de color oscuro, con bigotes, donde hablaban un castellano; y esta ahí llegaba mi conocimiento. Pero en 1971, cuando hice mi viaje de descubrimiento en el Brandenstein, acompañada sólo por el intrépido Winston, yo encontré un increíble y nuevo mundo. Aquí había un continente de montañas y lagos de una era increíble belleza natural, una gente amistosa y cálida, hospitalaria de una forma que no habría creído posible. Así fue como, al bajar en Panamá yo experimentaba una invasión de gozo por mi retorno al hogar en el este bravío nuevo mundo.

Luego de cargar combustible volamos a Quito, donde me encontré con algunos amigos ingleses. Yo había de sido aprovechar este viaje para ver algo del continente y, luego de dos días en Ecuador volé a Lima. Desde allí fui a Machu Pichu, la famosa ciudad perdida de los incas y de allí al altiplano, a la ciudad de Puno a orillas del lago Titicaca que se extiende entre Perú y Bolivia.

Como me sentí mal con la altura , pues Puno está situada a 5.000 m de altura, bajé al día siguiente hasta la ciudad de Arequipa, la segunda ciudad del Perú.

Arequipa es una ciudad de asombrosa belleza. Construida en estilo colonial, de roca volcánica Blanca, se extiende a los pies del que era un volcán Mistri. Salí a explorar y me encantó la gran plaza que el tan típica de las ciudades latinoamericanas. Fui a la catedral y al día siguiente a otra iglesia, y en cada una había un cantante tenor que interpretó un solo. La dulzura de la voz llenaba el alto edificio blanco durante la misa.

El día después de llegar a Arequipa oí noticias de que había habido un incidente entre las fuerzas armadas en Lima, y que había habido mucha violencia y saqueo en el centro de la ciudad. Se declaró el estado de emergencia y se impuso el toque de queda. Al día siguiente, sin embargo, el problema parecía haber terminado y, al día siguiente, volé a Lima.

A pesar de la evidencia de violencia en las calles alrededor del hotel en que había dejado mi equipaje, allí estaba todo tranquilo. Si no me hubiera dado cuenta de que estaba de vuelta en Latinoamérica, el toque de queda me acercó a mi casa y, unos pocos minutos después de las ocho, la noche se llenó con disparos. Igual que en Santiago, uno no podía decir si eran tiros al aire o se había combate. A salvo dentro del hotel, y no conociendo a nadie en Lima, me quedé dormida con ese fondo de ametralladoras. A la mañana siguiente la ciudad estaba tranquila, pero la gente hablaba en voz baja y me pregunté si no habría aún algo peor por venir.

Esa tarde tomé el avión para Santiago. Se habían terminado mis vacaciones y con sobriedad pasé a considerar lo que podría significar mi vuelta a Chile. Teresa y Juan habían sido arrestados en mi casa y la policía secreta había estado muy interesada en mi por un tiempo, creyéndome un miembro de la resistencia. Me pregunté si tal vez mi nombre estaría en alguna lista yo sería detenida en el aeropuerto y no me permitirían volver a entrar al país. Peor aún era el pensamiento de visitantes nocturnos en mi casa, pero yo no tenía nada de miedo. Aunque sabía que el volver a Chile tan pronto después del arresto de Teresa era un poco cómo buscarse problemas, yo había calculado que, si mi nombre figuraba en la lista de extranjeros indeseables, allí permanecería, y yo nunca me enteraría, a menos que tratara de volver. Tan poderosa era la urgencia que sentía de volver que me y firmemente que lo peor que me podría pasar era que me pidieran que me fuese y entonces se habría que terreno pisaba. Mi boca, sin embargo, estaba seca y me sentí enferma y atemorizada en el momento en que el avión se posaba en la pista de Pudahuel.

La fila de personas esperando que les revisarán los documentos se movía al ritmo del caracol, pero nadie era llamado ominosamente a un lado. Mientras esperábamos el examen de la aduana, una mujer me dijo que la lista de nombres era pasada por un computador para ver si alguien estaba entre los ciudadanos buscados o no deseados. si esto era cierto no, no lo sé, pero pasó un tiempo antes de que alguien se le permitiera salir del recinto. Por último no hubo problemas y por fin las puertas se abrieron y corrí a encontrar a las amigas que me estaban esperando. Después de seis meses que le parecieron una vida entera, yo estaba de vuelta en Chile, y los pensamientos acerca de la policía secreta se desvanecieron mientras que alegaba mi equipaje y nos dirigíamos, muy felices, a la ciudad.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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