audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 11

NUEVAS AMISTADES


"Te amo, porque tú
estás ayudandome a hacer
de este trasto viejo que es mi vida
no una taberna, sino un templo;
y de mis obras de cada día
de un reproche, sino una canción"

(Roy Croft)

Después de las tristes semanas iniciales que siguieron a la muerte de Consuelo, mi vida empezó a tomar una nueva forma. Teresa, una amiga de la infancia de Consuelo, quien estaba casada y tenía tres niños, nos tomó bajo su protección y, luego de meses de no ir casi a ninguna parte a causa de la mala salud de Consuelo, empecé a recibir invitaciones a las casas de otras personas y a su vez en mi casa. Fue como si empezaran a salir de un largo túnel oscuro hacia un brillante mundo nuevo. Tan grande había sido el cambio de mi vida, cuando dejé Inglaterra, que una parte de mi había quedado como dormida y me había olvidado que existiese.

Durante el último año de Consuelo, ella había estado crónicamente enferma y, aunque había continuado trabajando, había sido una lucha contra corriente y, en la mayor parte de su tiempo en casa lo pasaban durmiendo o leyendo calladamente. Como resultado de estos recibía a pocos amigos en casa y, a medida que su salud se fue deteriorando, yo cada vez veía en a menos gente de afuera, descontando a aquellos con los que trabajaba. mi tiempo libre lo pasaba leyendo y afortunadamente la biblioteca de consuelo tenía cerca de mil volúmenes con los que mi ayudada en mi soledad.

Cuando miro hacia atrás, que parece curioso que yo no buscara consuelo en la religión. El espíritu, sin embargo, es famoso por alentar donde se le ocurre y, aunque yo vivía a menos de cinco minutos de caminata de la iglesia, no me sentía inclinada a ir allí, a pesar de tener tanto tiempo disponible, ni habría la Biblia, ni oraba. Sumergida en un abismo que soledad y desaliento, yacía en mi cama, leyendo novela tras novela, gozando de la compañía de mi perro.

De lo desesperadamente infeliz que fui esos dos años sólo me di cuenta cuando Consuelo murió. Y así como, después de su muerte, yo comencé a vivir. Teresa era maravillosa. Ella venía y nos visitaba e invitaba regularmente a su casa; de tal manera que ese tiempo, que pudo ser de amarga soledad, poco a poco se fue llenando con amistad y alegría. Nacida dentro de una familia aristocrática que Chile, Teresa tenía el encanto, apostura y educación de su clase, pero con el punto de vista de los que han optado por la construcción del nuevo chile. era pequeña, delegada y muy elegante y trataba con todas sus fuerzas de que tanto Mary Jane como yo nos preocupamos un poco más de nuestra apariencia; ya que nosotras, en nuestro estado de depresión, habíamos cesado de concederle atención y andábamos a todo el tiempo con informales blue jeans, mientras más que ella engordaba el cada día más y yo me volvía cada vez más delgada.

Cuando se dio cuenta de que yo era católica, Teresa trajo a un sacerdote holandés amigo suyo a tomar el que con nosotras. Por primera vez, en los dos años y medio que llevaba en Chile supe que allí habían sacerdotes de habla inglesa. Me demore seis meses en descubrí que no sólo había cientos de sacerdotes, misioneros extranjeros y monjas, sino que además un grupo, los padres Columbanos, tenían su cuartel general en la calle próxima a mi casa. Durante esos dos años desesperadamente solitarios yo había estado viviendo prácticamente al lado de una casa de misioneros que hablaban inglés y que más tarde iban a ser muy queridos amigos míos.

El amigo de Teresa, el padre Jan, era un hombre bajo y rubio había estado muchos años en Chile. Vivía en una población marginal bastante alejada, y fue a través de él que yo empecé a extender mi visión del país. Fue con su ayuda también que di mis primeros pasos para vivir el cristianismo que yo profesaba. El día después que el vino a tomar el té, le llamé y luego le visite en su oficina y me confesé con él; mi primera confesión de desde que había llegado a Chile. Le dije de mi absurda vuelta a sentir que estaba siendo llamada a la vida religiosa y el escuchó pacientemente en mientras yo le relataba cómo me había llegado este sentimiento y se había ido, de éste que estaba en el colegio. Me aconsejó orar y leer algo de la Biblia y también de teología, y me dijo que yo debería "escuchar" cuidadosamente lo que Dios estaba diciendome, pues parecía evidente que me estaba diciendo algo.

Continué visitándolo de tanto en tanto y una o dos meses fui invitado a visitar la casa que el compartía con otros tres sacerdotes. La primera les que fui apenas podía creer a mis ojos: el culto Padre Jan vivía en una diminuta cabaña de madera en medio de una fila de casas similares, en una población marginal. Yo había visto, por cierto, estas casas de este el autobús, pero jamás había estado dentro de una de ellas, y jamás se me ocurrió pensar que europeos educados pudieran elegir vivir de esta manera.

Mientras uno no ha visto al las casas que la gente pobre de Chile y llama su hogar, es difícil darse cuenta de las condiciones de vida de miles y miles de ciudadanos. Tardes el más próximo equivalente en Inglaterra podrían ser esos antiguos gallineros, construidos con tablones, con una ventana y suelo de tierra. Estas casas están reforzadas con elementos sueltos de zinc y polietileno, sujetas entre sí, al parecer, con mucho amor y goma de mascar. no hay agua corriente, aparte de un grifo en la calle y, bastante a menudo, no hay ningún tipo de servicio higiénico.

La casa del padre Jan también estaba construida de madera, pero bien hecha y muy limpia, con cada espacio disponible hábilmente utilizado. El y sus compañeros sacerdotes habían instalado una ducha fría y un W.C., y cada hombre tenía su propia habitación con su litera de madera, unos pocos clavos para colocar la ropa y un estante con libros. Su salón y comedor común servían también de capilla para decir misa durante la semana y para mantener entrevistas con quienes acudían a ellos.

Como le ayudé a preparar el almuerzo y después me senté con los tres, y pude poco a poco apreciar la inmensa diferencia entre su nivel de vida y el mío. Me había considerado pobre viviendo de con lo que creía que era lo indispensable para vivir: cocina, refrigerador, cama, tocadiscos, mis libros y cuadros, y había pensado que estaba compartiendo la vida de los chilenos. De alguna manera lo había estado haciendo, pero estaba viviendo entre la clase media Chilena y gozando de su forma de vida, mientras que Jan participaba de la vida de los marginados, los "rotos".

Fue tal vez este encuentro el que me hizo real el pasaje de San Lucas en que un joven rico dice a Cristo: " Maestro, qué debo hacer para heredar la vida eterna?". Al joven le contestan: "guarda los mandamientos", pero el protesta: "he hecho siempre eso, desde mi juventud", recibiendo un golpe bajo: "si quieres ser perfecto, anda y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego sígueme".

Nada tiene de extraño que, teniendo muchas posesiones, el joven " se alejase muy triste".

Salí de la casa de Jan no tanto triste como desconcertada y temerosa . podría ser esto lo que se me estaba pidiendo?.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, empecé a deshacerme de unas pocas de mis posesiones. no fui capaz de integrar la conmoción de un desprendimiento violento y masivo, aunque mirándolo ahora, creo que habría sido mejor. Comencé por dar las ropas que no me gustaban o que no me quedaban bien, y di un par de mis mejores suéters a Jan, se declaró encantado, pero me advirtió que no me turbase si se los daba a alguien.

En junio, dos meses después de la muerte de Consuelo, Teresa y sus familias vinieron a compartir la casa de Bilbao. Mary Jane volvía a Inglaterra y yo tenía el proyecto de ir a Inglaterra a visitar a mi padre antes de tomar un trabajo prolongado y, de todas formas, la casa era demasiado grande para mí sola. Así fue cómo Mary Jane y yo nos instalamos como pudimos en las dos habitaciones de abajo y Teresa y su familia trasladaron toda su casa, muebles incluidos, al segundo piso. Repentinamente la casa, que había estado tan silenciosa, se llenó de vida con Teresa, su marido, los niños y su niñera, y se acomodaron en la mitad del espacio a que habían estado acostumbrados. Pedro, el hijo de cuatro años de Teresa, no era hombre que respetara fronteras; era un hermoso y pícaro chiquillo que sabía que era el príncipe de la casa y actuaba en concordancia. Afortunadamente, adoraba a los perros y, los míos, no siempre buenos con los adultos, eran absolutamente de fiar con los niños. Se dejaban caer sobre ellos y a menudo se le podían ver tirado en el suelo con la cabeza descansando sobre la paciente Jericó, que le consideraba como un cachorro algo crecido.

En julio, Mary Jane se fue a Inglaterra para no volver. Había venido a Chile y a estudiar y había trabajado muchas horas, especialmente de noche, en la preparación del examen superior de medicina. ahora, ella regresaba para buscar trabajo en Inglaterra y yo me quedaba con Margarita, Teresa y su familia, y los tres perros.

El mes antes de mi propia partida hacia Inglaterra fue un tiempo muy ocupado en toda la innumerable serie de trámites y papeleos que se requieren para que uno pueda calificarse para el título de médico en Chile. Luego de dos semanas de viajar de oficina en oficina, por fin tuve todos mis papeles en orden y el 1 de julio fui la orgullosa poseedora de un título de medicina de la universidad de Chile.

El 11 de agosto dije adiós a Teresa y su familia y prometiendo estar de vuelta en seis semanas más, tomé el avión para Buenos Aires. Me quedé un tiempo con amigos de un colega médico y que el fascinada por esa rica y cosmopolita ciudad. Después de once meses de " toque de queda" parecía increíble y caminar por las calles tarde en la noche y ver a la gente feliz tomando café, bebiendo o cenando después del teatro. Ya no había olvidado que existía ese tipo de vida. Hablando con un economista, sin embargo, me dijo que la argentina no estaba tan en calma como parecía, y que no tardaría en producirse un golpe.

Tres días después partí para Río de Janeiro llevándome un par de zapatos comprados en " Los Angelitos", la más famosa tienda zapatos de Buenos Aires, donde los zapatos son tan suaves que no se necesita domarlos. También me llevé a media docena de discos de música de protesta chilena que nunca me había preocupado de oír en tiempos de Allende y que ahora estaba estrictamente prohibida. Yo habría de pasar muchas horas escuchando estos discos en Devon: canciones de protesta por la libertad de Latinoamérica, sencilla y hermosa música del altiplano, la región montañosa entre Chile, Perú y Bolivia, donde los campesinos indígenas olvidan su hambre mascando hojas de coca y tocando simples instrumentos de viento con los que producen una música tan dulce y pura que parece venir de otro mundo. Los jóvenes músicos de la época de Allende habían hecho mucho uso de la quena y su música era tan evocadora del tiempo de la Unidad Popular que aun la venta de la música, sin palabras, estaba prohibida.

Encontré que Río era tan hermoso que te dejaba sin aliento. Las largas playas blancas contra un cielo de brillante azul, y las dos montañas, el pan de azúcar y el Cristo, emergiendo de la oscuridad, era una vista que no podré olvidar. Y en la noche 14 de agosto, en la víspera de la fiesta de la Asunción de nuestra Señora, y me fascinó ver la playa alumbrada con velas. Después de comer caminé por la orilla del mar y conté más de 50 altares. Mientras yo caminaba, gente bien vestidas llegó y, luego de cavar un hoyo en la arena, enterraban una vela, la encendían y luego de echar flores al mar seguían su camino. Y un altar con un vaso de champán lleno de vino y una fuente de arroz colocados junto a las velas. Pregunté a un grupo de muchachos y más tarde al dueño del hotel, que significaba aquello y me dijeron que era Macumba. parece ser una mezcla de cristianismo con influencia africana en el Brasil. En la fiesta de la Virgen, la gente estaba siendo obsequios por sus muertos amados y, tal vez, también al Dios del mar. A la mañana siguiente caminé por la playa y recogí tantas velas como pude llevar. Todavía tengo un par, pero ya no prenden.

Tuve una pequeña conversación con un ingeniero que fue agradable pero poco comunicativo; me dijo que lo que había que comprar en Río eran piedras semi preciosas, que se vendían fácilmente en Inglaterra es cinco veces su valor local. No se negociante por naturaleza pero esto parecía al dinero fácil y, sin conceder mayor pensamiento a la ética del asunto, partí a comprar las piedras. El hotel me envió a un joyero ubicado en una calle apartada, donde pase casi 2 horas y gasté cerca de 50 libras en amatistas y topacios de todas formas y tamaños. Comprar es mi deporte favorito y me sentía como una mezcla de princesa oriental, estrella cinematográfica norteamericana y contrabandista de alto nivel, mientras examinaba las gemas contra un trasfondo de terciopelo negro y las veían pasar, quilate tras quilate, en una balanza especial.

El joyero agrego un toque especial de distinción a mi compra poniendo las piedras en bolsistas de cuero individuales, tal como lo había visto en las películas, y me fui excitada y satisfecha como cliente. Más tarde en mi habitación, todavía felizmente inmersa en sentido del drama, puse las piedras, una por una, en un pote de crema facia y tiré todas las bolsitas, menos una. Ahora era una contrabandista en regla. Retrospectivamente, por supuesto que esto no me parece completamente correcto, pero casi tres años viviendo en Latinoamérica, donde las reglas se hacen para ser quebradas y los dólares se cambian en el mercado negro como un asunto de rutina, de alguna manera había mellado mi conciencia en esos asuntos y no me sentía en absoluto culpable.

La carcajada final, por supuesto, resultó cuando me di cuenta que había pagado por ellas casi diez veces su valor ! esto lo no supe primero en mi familia que en lugar de quedar conmocionados y sorprendidos, dijeron: "Oh, que hermosas!, se ven iguales a las que hay en la galería de gemas". yo no sabía que querían decir, hasta que fui al balneario local y descubrí que la joyería de artesanía se había convertido en la gran moda en Inglaterra de este que yo había salido.

Después de un día y dos noches en Río tomé el vuelo de British Caledonian para Londres. El avión iba lleno de un grupo de ancianas damas inglesas que se quejaban a voces de la falta de una tasa de té decente y baños limpios en Sudamérica. Yo me senté ahí, despreciandolas en silencio por su provincialismo.

Aunque estaba en suelo británico (o debería decir natal?) todavía no había abandonado Latinoamérica y, para mi placer, descubrí que el pasajero sentado en el asiento próximo a mi era un buenmozo brasileño con barba. Estaba frenético de rabia por haber perdido $200 al cambiar dinero en Río, que iba a una conferencia demográfica en Europa. Le dije con firmeza que él estaba malgastando su ira y que debería tomarse una copa y olvidarlo; cuando llegamos a Recife, la capital del nordeste del Brasil, que es una región muy pobre, ya éramos grandes amigos.

A la mañana siguiente, rígida, desarreglada y no muy animada llegué a Gatwick. Mi nuevo amigo me ayudó con el equipaje y viajamos juntos a Victoria, donde comimos alubias asadas y patatas fritas, y en una mesa muy sucia, lo que no me dejó duda alguna que ya estábamos en Inglaterra. Mientras nos sentábamos, rodeados de nuestro equipaje, comiendo este almuerzo tan poco distinguido, el me pidió que me casase con él.

Finalmente nos separamos y él partió a buscar un hotel, antes de salir al día siguiente para donde fuera su conferencia, mientras que yo tomaba un taxi y me hacía llevar a Paddington para viajar hasta Devon, mi casa.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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