audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 10

LA NUEVA FORMA DE VIDA


"no hay ni que hablar, amigo, es peligroso"
(Luis Advis. "Santa María de Iquique")

Poco a poco la vida tomó una nueva forma. Consuelo volvió al trabajo y tuvo que hacer frente al problema de tratar de sujetar su lengua en presencia de los colegas que estaban jubilosos con el nuevo régimen. Físicamente ella no estaba bien, pero estaba más enferma de dolor. La esperanza del nuevo Chile se había esfumado; la democracia había muerto y el país que ella amaba tanto estaba en las manos de hombres violentos y brutales y, cuya meta consistía en destruir sin dejar huella alguna a todos esos cambios de los que ella había estado tan orgullosa. Y sus dos hermanas y sus familiares se habían visto obligados a buscar asilo y la única pariente que había quedado, su madrastra, era apasionadamente pro Junta.

Chile estaba ahora totalmente dividido y reinaban el odio y el temor. Tras rostro de la ciudad había cambiado dramáticamente. Uno de los primeros actos del gobierno, que iba a ser simbólico de su futuro político, había sido de hacer lavar las murallas para borrar todas las consignas van, tarea que fue cumplida con mucho agrado y por los estudiantes de Patria y Libertad, un movimiento de extrema derecha. Los vendedores callejeros, va un rasgo siempre que dominante en las ciudades latinoamericanas, fueron expulsados de las calles y Santiago verdaderamente se convirtió en un sepulcro blanqueado, mientras la Junta se preparaba para abrir sus fronteras a la inspección de delegados de un mundo ultrajado.

La parte más siniestra de la vida era la noche. El toque de queda fue fijado primero a las 20 horas y los minutos previos a él, a los trabajadores se apresuraban frenéticos hacia sus hogares. Casi al filo de las 20 horas comenzaba el fuego. Prisioneros en nuestros hogares, nunca sabíamos si esto sucedía porque los soldados disparaban al aire para mantener la atmósfera de terror o si estaban allanando casas y matando gente. A los pocos minutos de empezado el toque de queda aparecían los vehículos militares, de grandes automóviles circulando hacia el centro de la ciudad, con oficiales de aspecto importante, camiones llenos de soldados y tanques. El helicóptero revisaba la ciudad cada noche, y buses llenos de soldados y con cascos eran enviados a buscar "terroristas".

Área tras área eran investigadas y los amigos me contaron de la agresividad de los militares y la manera descarada con que robaban a los ciudadanos sus joyas o su dinero. Nosotras nunca fuimos allanadas, pero yo vivía en constante temor de que los perros fueron muertos por esos soldados tan dispuestos a disparar, si se acercaba a la reja. Una noche, poco antes del toque de queda, llegó una amiga de Consuelo y le dijo que tenía en el auto vendajes y medicinas para curas de emergencia y se había dado cuenta que tenía que pasar frente a un grupo de soldados que estaban revisando todos los vehículos. Ella dejó su botín en nuestra casa y yo me quedé hasta las tres de la mañana escondiendo las vendas y la penicilina entre los paquetes de tallarines y detergente, en caso de que la casa fuera allanada en la noche.

De entre todo el tráfico que colmaba las calles alrededor de nuestra casa, no vi y una sola ambulancia y durante los tres primeros días del golpe. En su lugar vimos pasar numerosos camiones cubiertos y nos preguntábamos qué iría en ellos. Después de unos días empezaron a aparecer cadáveres en el río Mapocho, el río que atraviesa la ciudad, y se dijo que es cierto prisioneros habían sido abatidos a balazos "al tratar de escapar". De acuerdo con el informe de amnistía internacional, "la comisión de investigaciones de Chicago, y luego de su visita a Chile en febrero de 1972, aseguraba que 410 prisioneros habían aparecido "muertos al tratar de escapar", y en 42 informes periodísticos separados hasta el 12 de diciembre de 1978.

Probablemente nunca se sabrá con exactitud cuánta gente murió durante el golpe. Las estimaciones varían entre 50.000 y 30.000. Las cifras oficiales del gobierno en marzo de 1974, fueron alrededor de 3500, pero ya en octubre de 1973, John Barnes, corresponsal en Santiago de la revista norteamericana Newsweek informó que en, por sus propias e tallado las investigaciones, se sabía de un total de 2796 cadáveres que habían sido llevados a la morgue de Santiago, a que las primeras dos semanas después 11 de septiembre. Un informe no oficial del departamento de estado, en marzo de 1974, indicaba que el total de muertos a fines de diciembre de 1973 era de 10.800.

Es importante considerar estas cifras el trasfondo de una ciudad completamente tranquila. El golpe tuvo lugar en la mañana 11 de septiembre. A las seis de la tarde todos los chilenos estaban confinados en sus domicilios por el toque de queda. Esta no era una guerra civil con luchas prolongadas en las calles y lanzamiento de granadas de mano, sino el derrocamiento de un presidente y su guardia, con aviones a reacción bombardeando la ciudad y luego la matanza a sangre fría, noche tras noche, y bajo el amparo del toque de queda y en medio de y la oscuridad, miles de ciudadanos desarmados. El golpe militar no fue una guerra sino una masacre.

Estas palabras de "Santa María de Iquique", escritas en 1970, hablan de la matanza, cien años antes, de un grupo de más de 2000 mineros del salitre que se habían atrevido a protestar por mejores condiciones, pero podrían haber sido proféticas de septiembre de 1973:

" A los hombres de la Pampa que quisieron protestar,
Los mataron como perros porque había que matar.

No hay que ser pobre, amigo, es peligroso y.
No hay ni que hablar, amigo, es peligroso.

Las mujeres de la Pampa se pusieron a llorar
y también las matarían, porque había que matar"

Realmente, el canto final de la cantata avisaba que la tragedia de Iquique podía repetirse:

" quizás mañana o pasado, o bien en un tiempo más
la historia que han escuchado de nuevo sucederá "

Tal vez lo más difícil de soportar para nosotros, los que no habíamos sido perseguidos ni personalmente ultrajados, era el regocijo de los colegas de derecha. La división entre los chilenos se produjo como cortada con cuchillo: una parte se regocijaba de la restauración de la ley y del orden a expensas de la justicia, y la otra lloraba, tras las puertas cerradas, por la muerte de sus seres queridos y de la libertad.

Uno de los cambios más notables de mi rutina diaria sucedió en los almacenes. Durante las semanas que precedieron al golpe hubo total ausencia de todo lo que se necesita en una casa, pero tres días después, cuando se abrieron nuevamente los supermercados, las estanterías estaban repletas de café, azúcar, jabón y pasta de dientes, cosas que no se habían visto en meses. Habían estado faltando porque los habían escondido en un esfuerzo para provocar el caos económico y poner a Chile contra Allende.

Había, sin embargo, una gran diferencia: los precios se elevaron inmediatamente y continuaron subiendo. Nunca olvidaré la visión y el olor de los pollos pudiéndose en los escaparates refrigerados de los supermercados, por que los compradores no tenían dinero. El precio de la leche subió y ya no había que hacer cola por ella pues la traían a casa, pero había que tener cuidado de que no estuviera agria, porque la que no se vendía en el día la traían al día siguiente para intentar venderla.

Los días, arrastrándose, se convertían en meses y nos acostumbramos a vivir bajo el mandato militar. Había una intensa propaganda en un esfuerzo ganar apoyo para los militares y destruir la imagen del gobierno anterior. Nos dijeron repetidamente, con afiches, que en cada soldado había un chileno y en cada chileno un soldado. A Allende lo expusieron como un nombre corrompido que había vivido en el lujo mientras proclamaba la igualdad para los chilenos y. Aquellos que querían era estaban felices de haber sido salvados por su valiente ejército. Los periódicos hablaban del descubrimiento de planes para matar asientos de chilenos el 18 de septiembre. El plan "Z" fue inventado para justificar el golpe de y se convirtió en un crimen haber sido miembro del gobierno de Allende. Los ministros que no se entregaron a fueron cazados, apresados y alegados a las condiciones casi antárticas de la isla Dawson, a para que no tuvieran acceso a sus familias, amigos, o ayuda legal. Mientras tanto en el norte del país, las ruinas de la antigua mina Chacabuco eran reconstruidas para formar un centro detención era el desierto.

Aun en medio del temor y la opresión, globos chilenos no permitían que se perdiera su sentido del humor, y empezaron a circular entre amigos bromas macabras:

" has oído de la nueva ruta del bus?
No. por dónde va?
Del estadio nacional al cementerio".

Los chistes anti Junta han pasado a ser una parte de la manera de ser chilena. El mejor que he oído es éste: " El general director fue al cine disfrazado de vieja, para enterarse de cuánta gente lo aplaudía cuando aparecía en la pantalla. Se sentó abstraído y fascinado al ver cómo la gente aplaudía su imagen, a hasta su vecino, dándoles por el codo le dijo: " aplaude, vieja imbécil, o te fusilarán".

No pasó gran inmadurez mucho tiempo hasta que las consignas anti Junta comenzaron a aparecer en el respaldo de los asientos de los buses, y ahora cada bus en Santiago lleva el aviso : " la persona que sea sorprendida escribiendo contra el gobierno será inmediatamente detenida".

Luego de la semanas iniciales de "limpieza" de la ciudad, con la mayoría de sus principales enemigos muertos o detenidos, la Junta confirmó su ahora abiertamente declarada políticas de borrar toda traza de marxismo en Chile. Confiados de que el entrenamiento militar los capacitaba para todo tipo de trabajo, los miembros de las fuerzas armadas reemplazaron a los jefes de todos los departamentos del gobierno, hospitales y universidades por uniformados.

En los mundos Hospitalario y Universitario, donde yo había tenido muchos amigos, a todos los médicos y profesores que habían sido pro Allende fueron suspendidos de sus funciones. Los que no fueron suspendidos fueron supervisados hasta extremos humillantes, o rebajados de categoría. En el hospital San Borja había existido un departamento de cardiología extremadamente bien preparado y unido con equipos de cardiólogos, radiólogos y cirujanos y que trabajaban y juntos en los diagnósticos y tratamientos de las enfermedades de las válvulas del corazón, que es muy común en Chile. Realizando incluso toda suerte de operaciones de cirugía tales como trasplantes de válvulas e inserción de marcapasos cardiacos, esta notable unidad fue desarticulada de la noche a la mañana. Algunos de sus médicos fueron a prisión, otros fueron suspendidos o despedidos. En su reemplazo se formó el nuevo departamento de enfermedades cardio respiratorias (corazón y pulmones) a cargo de dos médicos de derecha que, aunque se trataba de médicos capaces, ni siquiera se aproximaban al calibre de los hombres anteriores, muchos de los cuales habían tenido un entrenamiento de varios años en unidades especializadas en famosos departamentos del extranjero.

Los médicos suspendidos no era militantes políticos, en realidad la militancia política es una ocupación a tiempo completo y no es compatible con jornadas de ocho a 10 horas de trabajo como son las de medicina- pero eran hombres convencidos que creía en el había de Allende hacia el socialismo. Sus "crímenes" consistían en tener convicciones diferentes de las que el nuevo gobierno y manifestar las mediante participación en el trabajo en poblaciones marginales , es decir, en las clínicas fuera del hospital, o por haber trabajado durante la huelga de los médicos.

Yo fui suspendida junto con los médicos extranjeros pero, luego de investigar mi "caso" durante algunas semanas, me permitieron volver al trabajo y, un mes después di mi examen del pediatría y me las arreglé para aprobar.

La Navidad se acercaba. Sentíamos que había muy pocas razones para celebraciones y la semana de fiestas pasó sin mayor interés. La víspera del año nuevo estuvimos junto a la ventana, vaso de champaña en mano, mirando hacia las calles silenciosas y vacías. Súbitamente, cuando moría el viejo año, nos vinieron los sones lastimeros de una trompeta. Una y otra vez resonó patéticamente la música y nosotras esperamos, sujetando la respiración, para ver si aparecían los soldados a llenar ese departamento de dónde provenía la música, pero no hubo ulular de sirenas y, eventualmente, el solitario músico se cansó, o fue silenciado por amigos más prudentes.

Enero, siempre un mes tranquilo y ardiente en que la mayoría de los profesionales toma vacaciones, y fue para nosotros un tiempo en que no pasó nada. Hacia fines de febrero, sin embargo, Consuelo quien, por algún tiempo no se había sentido bien, de súbito e cayó muy enferma y fue admitida en el hospital de emergencia próximo a nuestra casa.

Pasada una semana, ella se sintió mejor pero, el día antes de que le dieran el alta, su estado empeoró y en la semana siguiente perdió terreno día a día. Mary Jane y yo pasábamos horas con ella porque no le gustaba estar sola. Fue un tiempo amargo. Siempre he sido optimista y, totalmente cegado mi sentido médico, nunca soñé ella pudiera morir. Las dos noches previas a su deceso las pase con ella en el hospital. Ya fuera por la enfermedad, y o a causa de su temor a la muerte, a no podía dormir y se desesperaba por compañía. Yo, que había presenciado la muerte de tantos de mis pacientes, estaba ahí, impotente, mientras otros médicos luchaban por la vida de mi mejor amiga. En la mañana del 5 de marzo de 1974, Consuelo murió en mis brazos, a de crisis aguda hepática y renal. Permaneció consiente hasta una hora antes de morir y mantuvo su dignidad y consideración hacia los demás, que eran tan características de ella, hasta el fin. Nunca hablamos de su muerte: yo no me sentía capaz y, tal vez, ella no quiso. Ni siquiera puedo decir que la ayudé a morir, pero al menos estuve aquí y, en las últimas horas de oscuridad, y cuando ella tenía tanto miedo a, dio pude cuidarla y mi mano estuvo allí, sosteniendo la suya cuando así lo quiso. Habiendo muerto sus padres, y estando sus hermanas en el exilio, sus únicos parientes eran una prima y su madrastra y, como ella no quería ver a nadie, Mary Jane y yo fuimos sus únicas visitantes durante las dos últimas semanas.

Después que ella murió nos ayudaron en los trámites para el funeral su prima y un médico amigo. Luego de una misa de réquiem, fue enterrada en el hermoso cementerio general donde ella le había gustado estudiar cuando era estudiante de medicina. Allí vi, a través de una nube de lágrimas, la inscripción en la puerta del cementerio, de la que ella tantas veces me había hablado:

"Ancha es la puerta, pasajero avanza
y ante el misterio de la tumba advierte
como guardan el sueño de la muerte a
la fe , la caridad y la esperanza "

La vida nunca a ha sido la misma después de la muerte de un ser querido. La muerte de Consuelo fue, en realidad, una encrucijada en mi vida. Triste y solitaria, busque refugio a los pies de Dios al que había c concedido tan pocos pensamientos en muchos años y, mansa y naturalmente, volví a mi prá,ctica de estudiante, de asistencia diaria a misa y comunión.

De súbito, luego de años y años de una actividad práctica de mi fe, a través sentí la mano de Dios sobre mi hombro. Después de un lapso de diez años volví a sentir, incrédulamente, una vuelta de la llamada a la vida religiosa.

Tenía treinta y seis años, salía del dolor de la pérdida de este bravo nuevo mundo que parecía estar allí para conquistarlo. Me había imaginado a mí misma haciendo una nueva vida en Chile, permaneciendo legal a la gente que había empezado a amar tanto y que ahora tanto necesitaban el cuidado y apoyo que me habían brindado cuando yo estaba sola y confusa... pero ahora, casi veinte años después, el sabueso del cielo de nuevo estaba sobre mi pista:

" Huí de él, a través de las noches y a través de los días
huí de él, a través de las arcadas de los años
huí de él, a través de los laberintos
de mi propia mente, y tanto entre las lágrimas
huí de él, como entre las risas

huí de esos pies que me seguían
pero sin apurar la persecución
y con paso tranquilo,
deliberado apuro y majestuosa calma,
ellos me ganaron - y esa voz me alcanzó más rápido a un que aquellos pies -
" todas las cosas traicionará a aquel que me traiciona a mi"

(Francis Thompson " El sabueso del cielo")

A los dieciocho años dio había sentido que debía renunciar a la carrera que estaba delante mío. Ahora, a los treinta y seis, esa carrera era una realidad y yo la amaba. No sólo estaba libre de trabajar como doctor en tres continentes, sino que tenía casa, empleada y tres perros. Al principio creí que o Dios o yo habíamos cometido una equivocación, pero las semanas se transformaron en meses y supe que no había ninguna equivocación, y de nuevo me sentí atemorizada y perturbada.

" porque, aunque conocía su amor dispuesto a mi
el temor me acongojada de que,
para tenerle a él, no podía tener nada más.."


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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