audacity to believe
Audacia para creer

Capítulo 1

COMO EMPEZÓ TODO


"Huí de El, a través de las noches y de los días;
huí de El, a través de las arcadas de los años.

(Francis Thompson - 'El Sabueso del Cielo')

En Diciembre de 1971, hastiada de esa carrera sin fin de la cirugía académica en Inglaterra, partí en un barco -de carga para Chile. En la cabina llevaba a mi perro y treinta y tres bultos de equipaje de mano, entre los cuales incluía mi maquina de coser y mi gramófono así como otras cosas que había considerado importantes. Como encontré que el costo del embalaje profesional era mayor que el valor de mis posesiones, las embalé yo misma en forma segura, si bien un tanto heterodoxa. Las sábanas y frazadas viajaron en la caja que había sido el hogar de mi pájaro; otras cosas viajaron dentro del edredón, y mis ropas fueron sencillamente colocadas en los cajones de la cómoda. Los artículos más frágiles, tales como un espejo y dos lámparas, los puse cuidadosamente entre dos colchones que, a su vez, envolví en un gran trozo de carpeta marrón y até con cordel. Perdí sólo una caja, de cuchillos de plata para fruta y se me quebró el espejo, pero, en general, mi hogar llegó junto conmigo y creo que , todo ello constituyó mi salvación en los primeros y difíciles meses de adaptarme a la vida en un país extranjero.

El 29 de Diciembre de 1975 fuí expulsada de Chile por el gobierno, por haber atendido a un revolucionario herido, y volví a Inglaterra por aire con una maleta que el cónsul británico había llenado, y sin mi perro.

Desde que llegué de Chile la gente ha estado preguntándome por qué fui para allá, de modo que he tenido que elaborar una voluble respuesta respecto a que fui allí en busca de una vida más fácil. Esta ha sido una verdad suficientemente preparada* para ser dicha y, para la .gente que no me conoce, parece llena de sentido, porque son tantos los doctores que se cansan de la carrera académica y se van al extranjero. También es una frase útil porque aclara que no fue, por motivos políticos ni humanitarios, y esa es una verdad muy importante de decir, esencia cuando medio mundo me ve como una marxista revolucionaria, ametralladora en mano, y la otra mitad como un cruce entre Florencia Nightingale y Juana de Arco.

Como sucede tan a menudo en las decisiones que le van a cambiar la vida a uno, mi decisión de irme a Chile fue el resultado de una mezcla de varias razones bien poco dramáticas. Es difícil explicar a la gente que está fuera de la profesión médica inglesa lo que es esta carrera a la que me he venido refiriendo, y cómo los jóvenes y entusiastas médicos, llenos de energías, son atrapados en los engranajes de una maquina que le hace cosas a sus vidas y a su amor por la medicina que ellos nunca habrían creído posibles. Este no es el lugar apropiado para describir los problemas de los doctores ingleses recién recibidos, en los hospitales, pero durante los primeros seis años de mi vida en el Servicio Nacional de Salud, fui residente en hospitales y trabajé entre sesenta y ochenta horas a la semana. Pasé seis meses de angustia en Londres estudiando para un examen de post grado en cirugía, porque tenía tiempo de estudiar mientras trabajaba, y luego fracasé, pues sólo aprobaron a un diez por ciento de los que se presentaron. Luego de otro año que pasé enseñando anatomía en la Universidad de Oxford, mientras proseguía mis estudios, pasé el examen Primary Fellowship. Esto, en teoría, me dejaba en condiciones de conseguir trabajo como cirujano registrado cargo en el cual, aparte de trabajar diez horas al día, se me exigía trabajar toda la noche cada tres noches, y toda la noche y todo el día cada tercer fin. de semana. Ya en 1971, no era que yo hubiese perdido nada de mi primitivo amor por la medicina, pero estaba extraordinariamente desilusionada acerca de las exigencias a los médicos recién graduados en los hospitales, y dudaba de mi capacidad de vivir una vida de humanidad plena con ese ritmo "full time" del servicio hospitalario.

Cuando tenía quince años había decidido ser doctora. Todo lo que recuerdo es haberle dicho a mi padre: "desearía haber sido hombre para ser doctor". Y él me dijo: "Pero, querida, no necesitas ser hombre para eso". Mi padre estaba contento conmigo, no sólo porque él consideraba que la medicina era una profesión honorable, sino parque quería que uno de sus hijos hiciera carrera en el mundo académico, y yo era la última oportunidad que él tenia: mi hermana estaba felizmente casada y mi hermano era un joven y satisfecho hacendado que se sentía beatíficamente feliz en nuestra hacienda australiana con criadero de pollos, trabajando de seis de la mañana hasta que caía exhausto a las ocho de la noche.

Yo, por otra parte y era una muchacha hábil, pero más bien perezosa, de quince años, que estaba a la cabeza de la clase sin mayor esfuerzo, o muy cerca de ello, lo que no era sorprendente, ya que a la edad de trece años había anunciado firmemente que iba a ser diseñadora de vestidos, y así entré al curso de la escuela para estudiar dibujo, costura y cocina. Tal vez ésta es la razón por la cual ahora, como graduada de Oxford, con un título de Master, todavía no conozco los nombres de los reyes de Inglaterra y, mucho menos cuándo vivieron, o qué hicieron, y el otro día, cuando fui a Helsinki, tuve que comprar un mapa para ver dónde estaba.

No sé porqué decidí ser doctor, pero sospecho que fue a causa de una mezcla de la adoración como a un héroe que sentía por el doctor de la familia y por la lectura de "La Ciudadela", de A. J. Cronin (El por qué 'Las Llaves del Reino' no me inspiraron para hacerme misionera en China, no lo sé, o fue tal vez porque a los diecisiete yo sabía muy bien que quería ser religiosa).

Luego que decidí ser doctor entré al cuarto año de High School con grandes ambiciones y muy poco conocimiento libresco. Los dos años siguientes fueron difíciles porque estuve junto a gente que había hecho ya tres años de química y matemáticas superiores. Sin embargo, con trabajo duro y una gran cantidad de ayuda especial, me las arreglé para conseguir la entrada a la Universidad cuando tenía diecisiete años. Estaba jubilosa. Mis libros de química y botánica fueron ceremoniosamente quemados y me preparé para la escuela de medicina, sólo para recibir un rudo despertar cuando descubrí que mis notas no me hacían acreedora a una beca universitaria y que mi padre no tenía dinero suficiente para pagar los gastos, furiosa y humillada volví a la escuela para repetir el año y volver a dar el preparatorio para entrar en la Universidad.

De nuevo, como tan a menudo me ha sucedido posteriormente, ese año tan temido resultó uno de los más felices e importantes de mi vida. En lugar de salir en la vieja bicicleta de mi papá, tomar el tren y caminar media milla hasta la escuela, me convertí en pensionista. Mi hermano, siempre generoso y amante, pagó la diferencia de dinero para que yo no tuviera que pasar dos horas al día viajando. La combinación de ese tiempo extra disponible, la compañía (un grupo mucho más agradable de muchachas) y el trabajo, resultaron en un año mucho más feliz. Trabajé con menor esfuerzo y mayor éxito y pude participar en las variadas actividades extra escolares, tales como discusiones, teatro, tejido, etc» (¿Podré alguna vez olvidar el olor de la salsa de tomates que llenó el auditorio mientras la lanzábamos sobre Julio César-antes de acuchillarlo?),

A mediados de año, algo sucedió que yo no había esperado. Empecé a preguntarme si no tenía yo un llamado a la vida religiosa. Me espanté.

Desde el momento de tomar la decisión de ser doctora, yo había estado radiantemente feliz y ahora, en el umbral de este valiente mundo nuevo, parecía como si tuviera que renunciar a todo lo que amaba y embarcarme en un modo de vida que, mirado desde afuera, se veía no sólo estúpido sino ajeno y desagradable. Es difícil explicar cómo empezó eso. No tuve visiones ni oí voces pero, en alguna parte muy dentro de mí, supe que Dios me estaba llamando para que trabajara para El en una forma especial y exigente. Mirando hacia atrás, creo que sentí la necesidad de hacer la cosa más grande posible con mi vida, y no tuve duda alguna de que esto significaba una vida dedicada sin reserva al servicio de Dios, y que también esto significaba renunciar al matrimonio, a la medicina y a mi libertad. Era tan simple y tan desolador como eso. Tenía planeada toda mi vida: iba a ser una doctora de éxito que combinaría el matrimonio con una carrera y una pequeña familia.

Llevé mi problema a una de las monjas y luego, llena de desesperación y miedo, fui a hablar con un sacerdote. Ahora, veinte años más tarde, puedo ver cómo Dios arregla las cosas y hace uso de las circunstancias; de todas maneras, aunque uno vea las cosas del destino, o la gentil mano de Dios, tuve la suerte de encontrar un sacerdote muy amable y paciente que me guió y apoyó durante esos turbulentos meses. Supongo que la gente debe haberme sugerido órdenes misioneras médicas porque era una solución tan obvia. Yo sólo recuerdo que estaba espantada y desesperada de un llamado que no comprendía y no deseaba seguir.

No dije nada a mi padre. Era algo en lo que no se podía ni pensar; supe instintivamente que mis padres se disgustarían y serían completamente incapaces de comprender mi estado de ánimo (cuando muchos años más tardo les dije que pensaba hacerme monja, descubrí que mis temores estaban totalmente justificados).

De alguna manera, sobreviví. Oré un poco y me preocupé muchísimo. Yo sabía muy bien que ésta era una decisión por todo o nada y que no habría compromiso acerca de la medicina, y además, no sentía el menor deseo de ser una misionera. No sabía demasiado acerca de los pobres en tierras extranjeras y lo que sabía no me atraía de ninguna manera para ir y servirlos. Y muy especialmente usando un largo habito blanco y velo. Siempre he tenido fobia acerca de usar un velo y he odiado los sombreros, y esas sensaciones simples de sentir el viento en el pelo y la arena de la playa o el césped bajo mis pies desnudos han sido importantes para mí. Descubrí hace tiempo que el mejor lugar para orar era sentada en el asiento de atrás de la motocicleta de mi hermano donde, dichosamente inocentes del uso de cascos protectores, revoloteábamos por Sidney. Me encantaba, sentir el rumor del viento y llenarme de excitación y alegría, lo que producía en mí tal amor ; por la vida y su creador que sentía que podría estallar.

Me resistía a creer que este mismo Dios pudiera haberme me hecho con tal entusiasmo por la vida y luego pedirme que renunciara a todas esas cosas que tan vibrantemente me hablaban de su presencia.

Cuando termine el año y conseguí por fin entrar en la Universidad, no estaba más cerca de una decisión; y así me aconsejaron que siguiera, adelante con los estudios de medicina. En Marzo de 1956 entré a la Escuela de Medicina, llena de alegría, al pensar en la universidad y en una carrera que me atraía de todas las maneras posibles. Es tal vez interesante dejar constancia que, aparte de esa incomodidad acerca de mi llamado a la vida religiosa, nunca he considerado ninguna otra carrera, en los ocho años de estudiante de medicina y doce de doctora, jamás me he arrepentido de mi decisión. Me he quejado de las condiciones de trabajo, he llorado, de extenuación, he tenido miedo, he estado humillada, desesperada, pero siempre he amado la medicina tanto como a un ideal, o una manera de vida.

En 1958 me trasladé de la Universidad de Sydney a. la de Oxford, y en 1963 me califiqué como doctora. Dos veces durante esos ocho años de la escuela de medicina tuve un violento giro hacia el llamado de hacerme monja. En ambas ocasiones mis sentimientos fueron exactamente como ya los he descrito, un poderoso sentido de llamado para servir a Dios totalmente y sin condiciones respecto a cómo o dónde, pero siempre acompañado .de una extrema sensación de disgusto y rechazo hacia la manera de vida de las monjas como yo la comprendía y un terror de perder mi libertad. Tan grande fue la inquietud que me invadió en mi segundo año en Oxford que hice tentativamente planes para entrar a la orden de las Domínicas, y llegué hasta a decirlo a mis padres. La cólera de mi padre, que veía que iba a derrochar mi vida, me conmovió menos que las lágrimas de mi madre, que no podía comprender mi locura.

Irónicamente, todo este drama fue en vano porque me enamoré profundamente de un compañero de estudios, y fui otra vez lanzada a un estado de conflicto. Fue un asunto totalmente unilateral y cuando él se comprometió para casarse con otra chica, -me refugié en largas horas de trabajo en Raddiffe, donde estaba empezando mis años como estudiante clínica. Esos tres años pasaron muy felizmente y en 1968 me recibí de doctor. Luego de dos años de residencia, decidí seguir cirugía plástica, como carrera.

Fue durante mis seis meses de residente en cirugía plástica en Oxford que conocí a Consuelo, Ella era una joven doctora chilena que tenía una beca del Consejo Británico y .estaba trabajando en calidad de honoraria en el departamento. Nos hicimos muy amigas y cuando nuestras sendas se cruzaron de nuevo en Leicester, dos años y medio después, compartimos un departamento en el hospital. Fue a través de mi contacto con Consuelo y sus amistades que vine a saber acerca de Chile y me fascinó de tal manera con todo lo que me contó que, cuando en 1971 decidí irme al extranjero, pareció sólo natural que me fuera para allá.

En 1968 yo estaba trabajando como encargada Jefe de emergencia en la Enfermería de Leicester. Era un buen trabajo, bien pagado y yo tenía un contrato permanente; trabajaba de nueve de la mañana a cinco de la tarde, y era responsable de uno de los más grandes departamentos de emergencia en el país. Después de dos años, sin embargo, adquirí conciencia de que no sería feliz quedándome para siempre en un puesto con tanta función administrativa y tan poca cirugía; aunque yo estaba a cargo del departamento no tenía responsabilidades dentro del hospital propiamente, y así no tenía oportunidades de hacer un mayor entrenamiento en cirugía general, -que era un paso necesario para una carrera en cirugía plástica.

Gradualmente me di cuenta que, encandilada por las horas fáciles y la mejor paga, había entrado en un callejón sin salida, y que si yo iba a realizar un trabajo que fuera técnicamente satisfactorio para mí, debía volver al altamente calificado y competitivo campo de la cirugía general y obtener la segunda parte de mi FRCS, la calificación sin la cual es imposible trabajar como cirujano en Inglaterra. Me presenté a los exámenes pero, aunque me fue bien en el escrito, fracasé en dos exámenes orales.

Me di cuenta que no tenía sentido volver a probar suerte sin tener mayor experiencia quirúrgica. Esto significaba volver a la semi esclavitud del médico joven en el hospital: de turno en noches alternadas y en fines de semana alternados, sin tiempo libre en reemplazo. La otra posibilidad era irse al extranjero por dos años para ganar experiencia operatoria en un país subdesarrollado donde había menos competencia y horas más fáciles. Y luego volver a Inglaterra, tomar de nuevo el examen y volver a entrar al mundo de la cirugía plástica. Abrumada por la perspectiva de regresar a tanto trabajo nocturno, decidí buscar fortuna en Chile.

De esta manera, renuncié a mi cargo, vendí mi automóvil y mis muebles para pagar el pasaje, y partí.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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