El Evangelio Americano

FRANCISCO BILBAO

El Evangelio Americano

Selección, prólogo y bibliografía
Alejandro Witker

Cronología
Leopoldo Benavides


PROLOGO

1. LA VIDA COMO UN RAYO: La vida de Francisco de Salas Bilbao Barquín fue breve y luminosa como un rayo; vivió apenas cuarenta y dos años, y sin embargo, inmortalizó su paso por la tierra. Nació en Santiago de Chile el 9 de enero de 1823. Su padre, Rafael Bilbao Beyner, de noble estirpe liberal, estaba emparentado por vía materna con el francés Juan Antonio Beyner, participante del frustrado complot llamado de "Los tres Antonios" de 1780. Su madre fue doña Mercedes Barquín.

La militancia liberal de don Rafael le acarreó persecuciones y destierros que arrastraron al hijo siendo aún un niño. Francisco tenía sólo once años cuando compartió con su padre un exilio en Lima. Al regreso, estudió derecho, filosofía y latín en el Instituto Nacional, bajo la docta palabra de Andrés Bello, José Victorino Lastarria y Vicente Fidel López. Era un lector insaciable. "Mi primer libro fue La Araucana, de Ercilla, que me dio mi papá", recuerda en sus Apuntes Cronológicos, y agrega: "Creo que ha tenido mucha influencia hasta hoy en mi vida" (1).

A los 20 años ya conocía a Rousseau y a varios enciclopedistas, la Biblia, Vico y otros clásicos de la cultura europea occidental. Entre estas lecturas, una de las que mayor influencia ejercieron en su proceso intelectual fue El Libro del Pueblo de Lamennais. Su pasión intelectual y su vocación literaria lo vincularon desde muy joven a la Sociedad Literaria de Santiago.

Su primer escrito, publicado en El Crepúsculo, en 1844, fue Sociabilidad Chilena, que resultó un verdadero trueno que irrumpió en la tranquila siesta del orden semicolonial. Aquel texto juvenil tocó las raíces del establecimiento oligárquico, cuyo brazo ideológico, la Iglesia Católica, afianzaba su carácter autoritario.

Bilbao pugna por los fueros de la razón frente al dogma; reclama la educación del pueblo, las reivindicaciones de la mujer y la vigencia de los derechos ciudadanos en el marco de una república democrática.

La Iglesia inicia estruendosas protestas agitando a los fieles contra el blasfemo, que a los veintiún años de edad es satanizado sin piedad: excomulgado por la Iglesia y expulsado del Instituto Nacional que entonces dependía de la Universidad de Chile.

Se le procesó y multó con 1.200 pesos bajo la acusación de "blasfemo e inmoral" y su escrito fue quemado con escándalo público.

Frente al tribunal, el acusado se agigantó por la firmeza de sus convicciones: "¿quién sois vos, que os hacéis eco de la sociedad analizada -dice haciendo su defensa- que os oponéis a la innovación, parapetado en las leyes españolas, qué crimen cometéis? -El Juez (campanillazo): Señor, usted no viene a acriminar al señor fiscal.- Bilbao. No acrimino, señor juez, clasifico solamente. La filosofía tiene también su Código, y este Código es eterno. La filosofía os asigna el nombre de retrógrado. ¡Eh bien! innovador, he aquí lo que soy; retrógrado, he aquí lo que sois" (2).

En estas frases ardientes estaban sus propias convicciones y tal vez sonaban los ecos de las palabras que su padre le había enviado para solidarizarse con el hijo en aquellos bochornosos sucesos: "Primero preferiría sucumbir que aconsejarte una bajeza. Acredita que eres mi hijo. Si pudiera, me sentaría a tu lado en el banco de los acusados" (3).

Sus partidarios quedaron electrizados: cubrieron de su peculio la alzada multa y lo pasearon en hombros por las calles de Santiago.

Cercado por los custodios del orden tradicional, no pudo trabajar en la capital. Tras un breve tiempo de actividad periodística en Valparaíso, se embarcó para Europa a fines de 1844. A los veintidós años estaba en la ciudad-luz, ansioso de empaparse de ese mundo intelectual que tanto contrastaba con la oscuridad reinante en su tierra.

En sus andanzas, pronto se encontró con otro joven chileno. Santiago Arcos Arlegui, de veintitrés años, que cargaba también en su mochila ya parte del acervo ideológico de la Francia de ese tiempo (4).

Arcos era hijo de un español, Antonio Arcos Arjona, que había logrado fortuna y ascenso social gracias a su falta de escrúpulos y a su malicia para ganarse el apoyo de gente influyente. Con estos procedimientos hasta logró casarse con una dama de alcurnia y fortuna: Isabel Petronila Arlegui Rodríguez.

A la caída de 0'Higgins, a cuya sombra prosperó, los tiempos se le pusieron difíciles y emigró a Francia. Estos hechos permitieron al hijo frecuentar colegios aristocráticos en París donde fue un estudiante discreto. No ingresó a la Universidad y desde temprano mostró una total indiferencia por los negocios de su padre.

El joven Santiago puso al corriente al recién llegado sobre el atractivo panorama político e intelectual del viejo mundo y escuchó de él detallados relatos sobre la vida de su lejana patria perdida en la geografía y en sus recuerdos de niño. Particularmente excitante resultó para Santiago conocer los avatares de Sociabilidad Chilena, que leyó de un tirón. Seguramente deploró la estrechez mental de un pequeño universo aldeano no tocado aún por la luz intelectual del cielo parisino.

Arcos continuó incursionando en las vertientes del socialismo utópico. Bilbao, atraído por el liberalismo católico de Hugo Felicité Robert Lamennais (1782-1854), cuyas obras. Palabras de un Creyente y El Libro del Pueblo, lo tocaron muy hondo. Comenzó así a distinguir mejor entre fariseísmo clerical y la esencia popular y justiciera del auténtico cristianismo.

Arcos y Bilbao fueron hijos selectos de un tiempo preñado de trastornos sociales al agudizarse el conflicto histórico planteado por el capitalismo: el carácter social de la producción y privado de la apropiación. Ambos se empaparon de este tiempo en un país privilegiado como escenario de la gran política europea: Francia.

Entre 1815 y 1843, Francia experimentó cambios sustanciales en su estructura económica y social: la máquina a vapor y los motores mecánicos permitieron dar a la industria un salto colosal y una creciente red ferroviaria articuló el mercado interno en función del desarrollo capitalista. El crecimiento industrial reclamaba una mayor fuerza de trabajo que a su vez generaba como su sombra un submundo de miseria: las barriadas proletarias.

En los establecimientos capitalistas imperaban jornadas de trabajo limitadas sólo por la resistencia física de los obreros. El interior de fábricas y minas era un ambiente lóbrego e inseguro que tributaba accidentes y muertes en la rutina cotidiana del trabajo. Los salarios eran apenas una compensación necesaria para asegurar la reproducción de los brazos para la generación de la plusvalía exigida por el capital.

Contra esa situación social de los trabajadores se alzaron voces que denunciaron la explotación obrera.

En las primeras décadas del siglo XIX, aparecieron en Europa severos críticos de los efectos sociales de la Revolución Industrial: fueron los llamados socialistas utópicos, entre los cuales destacan: el Conde Henri de Saint-Simon (1760-1825); Charles Fourier (1772-1837); Etienne Cabet (1788-1856); Flora Tristán (1803-1844); Fierre Leroux (1797-1881); en Francia y Robert Owen (1771-1778) (5).

Los socialistas utópicos heredaban el racionalismo del siglo XVIII y confiaban, por lo tanto, que el hombre podría ordenar la sociedad cuando conociera las leyes naturales que exigen el fin de la explotación y el imperio de la armonía social. Confiaban que ciertas ciencias sociales como la historia, la sociología y la economía, permitirían encontrar la clave de la evolución natural de la sociedad. Con su concurso se descubriría que el individualismo violenta las exigencias naturales de la solidaridad. Pensaban que el tránsito de la irracionalidad a la racionalidad sería posible recorrerlo sin violencia. ¡Cómo un hombre puesto cara a la verdad podría rehusarla! Por eso, creían que la propaganda de sus sabias ideas acabaría por imponerse y para ello, algunos postularon la instalación de colonias modelos que demostrarían prácticamente el encuentro con la armonía y la felicidad humana. Por eso, su mensaje se dirigía a la sociedad global y, con la excepción de Owen, no promovían la lucha de clases.

En 1847, Santiago Arcos cumplió veinticinco años; edad propicia para definir el destino de una vida. Definitivamente su vocación humanística y "revolucionaria" lo llevó a repudiar el oscuro mundo de los negocios de su padre. Prefirió seguir los dictados de su conciencia aun al riesgo de perder las ventajas de la fortuna que le ofrecía el alero familiar.

Partió rumbo a Inglaterra, de ahí a los Estados Unidos, donde se encontró con Sarmiento; pasó por Cuba, hasta que arribó a Valparaíso el 24 de febrero de 1848. El 1º de marzo estaba en Santiago. En el mundo que dejaba a sus espaldas, la cuestión social se enriquecía con el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, puesto a la circulación en febrero de 1848. La política francesa se enrarecía con la renuncia de Luis Felipe. Hechos y fechas claves de una época.

El viajero se instaló en el mejor hotel que había en Santiago: el Hotel Chile, ubicado en la calle Catedral a dos cuadras de la Plaza de Armas. La capital chilena venía articulando un rostro humano lentamente entre la Alameda y Santo Domingo con alguna prolongación por San Diego y entre Teatinos y Mac-Iver. El cerro Santa Lucía era un basural y nido de gente de mala ley. Era un vecindario con escaso pavimento y tenues candiles en sus frontis, vigilados por serenos que daban el tiempo y la hora anteponiendo un Ave María. El resto, eran quintas y chacras cuyo aroma campesino traspasaba la ciudad con la presencia de sus caballos y calesas. La población de la capital de la república del medio siglo era de 80.000 habitantes y la del país, 1.500.000, aproximadamente.

En el gobierno estaba Manuel Bulnes completando la segunda parte de su decenio de fuerte signo oligárquico, encargado de que el festín de terratenientes, mineros y comerciantes vinculados al exterior transcurriera sin tropiezos (6).

La vida cultural comenzaba a ser animada por el llamado movimiento intelectual de 1842 bajo la influencia de hombres de la talla de Andrés Bello, José Victorino Lastarria y Eusebio Lillo. La Universidad de Chile, fundada ese mismo año, daba sus primeros pasos y se nucleaban jóvenes inquietos en la Sociedad Literaria.

La aristocrática familia Arlegui brindó al viajero una cálida hospitalidad. Pronto estuvo invitado a los más distinguidos salones de la capital. Santiago Arcos Arlegui era de estatura pequeña, pero se hacía notar por su carácter chispeante y amable, su generosidad y nobleza.

Arcos ilustra ante los ojos curiosos y las mentes despiertas de jóvenes intelectuales sobre los grandes acontecimientos, las ideas y los protagonistas de la escena política y cultural de Europa. Se excitan los espíritus con las novedades del siglo.

El 25 de mayo de 1848, llegan de Francia noticias que conmueven el ambiente: ha estallado una nueva revolución y se establece la II República. Arcos y sus amigos festejan el suceso con un gran banquete al que siguió la explicación del significado profundo de los hechos. ¿Quiénes eran Louis Blanc y Albert? ¿Qué era el socialismo? Los oyentes se quedaron estupefactos: ellos estaban por cambiar las cosas pero jamás pensaron ir tan lejos. Se enfrió la euforia y el propagandista de esa extraña nueva comenzó a ser poco grato en los círculos dorados de Santiago.

Entretanto, Arcos comienza a clavar sus ojos en la realidad social, constata que un abismo separa a una minoría opulenta de un pueblo sumergido en la miseria moral y material. La cuestión social está abierta como una herida lacerante que no es posible ignorar sin complicidad con los responsables. Sus observaciones críticas a las injusticias sociales le fueron creando entre sus relaciones un círculo de hielo.

Interesado por tocar la sal de la tierra americana realizó una excursión cruzando los Andes hasta llegar a Mendoza acompañado sólo de un buen baquiano. Desde allí siguió hacia el sur más de cien leguas (7).

Por ese tiempo regresó su padre desde París. Los sucesos revolucionarios lo habían convencido que la sentencia de Prouhdon: "la propiedad es un robo", cobraba mucha audiencia y pocos como él sabían a ciencia cierta que su propiedad era literalmente un robo; pero Chile era un remanso de paz hasta donde no llegarían jamás los ecos de las palabras de Prouhdon y por lo tanto, un refugio seguro para el exitoso negociante.

El joven Santiago siguió agitado por las novedades del siglo y las excitaciones que le provocaba la cruda realidad que cubrían sus ojos penetrantes clavados sobre su país y su pueblo.

Entretanto, en París, Bilbao se había ganado la amistad de Quinet, Michelet, Lamennais y otros grandes del ambiente cultural, de quienes recibe enseñanzas y estímulos que contribuyen a desarrollar sus potencialidades intelectuales.

Estudia, charla, viaja por Italia, Checoslovaquia, Austria, Alemania, observa, medita, proyecta.

En 1849, el gobierno de Bulnes le hace un sorprendente ofrecimiento: lo designa empleado del gobierno, le adelanta un año de sueldo y le sugiere que permanezca un año más en Francia estudiando estadística, ramo que interesa introducir en la administración del Estado. La oferta era, sin duda, tentadora, pero sólo aprovechó la oportunidad de regresar al país, donde rechazó con firmeza las tentativas de captarlo al sistema, tarea en la que algunos vanamente se empeñaron.

En Chile, Bilbao y Arcos volvieron a encontrarse y pronto concertaron sus esfuerzos para abrir los ventanales del asfixiante ambiente santiaguino a los aires renovadores del siglo.

Se pusieron manos a la obra agrupando a su alrededor a un elenco de jóvenes inquietos entre los cuales había maestros del Instituto Nacional como Manuel Recabarren, poetas como Eusebio Lillo, artistas como José Zapiola y artesanos avanzados como el sombrerero Ambrosio Larrachea, el zapatero Manuel Lucares, los sastres Rudecindo Rojas, Cecilio Cerda, Ramón Mondaca y Juan Aravena; el talabartero Paulino López, el tipógrafo José Santos Valenzuela, el carpintero José María López, entre otros.

Este elenco, en abierto desafío al orden imperante, fundó en 1850 una entidad que se sintió como un trueno sobre la vida pública del país: La Sociedad de la Igualdad. (8)

En la primera reunión se aprobaron los siguientes principios fundamentales, propuestos por Bilbao:

  1. La soberanía de la razón como autoridad de autoridades,
  2. La soberanía del pueblo como base de toda política y,
  3. El amor y la fraternidad universal como vida moral.

En la siguiente reunión se aprobaron los Estatutos propuestos por Arcos: una estructura nuclear de un número no mayor de veinticuatro miembros a cargo de un presidente y de un secretario (9), agrupados por barrios; se fijaron reuniones generales y diversas disposiciones sobre el funcionamiento de la sociedad.

La Junta Directiva quedó a cargo de los ciudadanos Santiago Arcos, Francisco Bilbao, Ambrosio Larrachea, Eusebio Lillo, José Zapiola, Francisco Prado Aldunate, entre otros.

El himno oficial, llamado La Igualitaria, fue obra de Eusebio Lillo, el mismo autor de la letra del himno nacional de Chile. La estrofa del coro decía:

¡Naciste, patria amada,
gritando Libertad!
¡Por ti morir sabremos
o triunfa la Igualdad!

El vocero oficial fue El Amigo del Pueblo, dirigido por Eusebio Lillo. cuyo primer número apareció el 1º de abril de 1850.

"La clase obrera -decía en su edición del 11 de abril en un escrito titulado Los Guardias Nacionales- ha pasado desapercibida para los hombres públicos de Chile; y ha llegado el tiempo de que esa clase obrera adquiera conciencia de su poder. Deber es de los que mandan prevenir ese momento en que cansado el obrero de trabajar sin fruto y sin protección, reclame por la fuerza lo que no ha podido conseguir con la calma y el sufrimiento. .. Los artesanos, al alistarse bajo las banderas de la guardia nacional, van a entregarse a la voluntad de algunos jefes que los explotan en beneficio de los que mandan. De esta manera cincuenta mil cívicos derramados en toda la República son otros tantos pasivos sostenedores del poder y otros tantos enemigos con que el pueblo se encontraría a su frente en el día de la lucha... ¡Los cívicos han sido hasta ahora juguetes del poder! Los hombres que quisieron apoderarse de la clase obrera para explotarla en beneficio de su poder... la pusieron bajo el imperio de las leyes militares... Denle en buena hora un fusil y prepáresele en el ejercicio de las armas; pero hágase entender que esa arma no debe servirle para apoyar el poder, para conservar lo que los retrógrados llaman orden; que esa arma no ha de dirigirse jamás contra el corazón del pueblo, sino en su defensa y protección. Cuando el soldado cívico tenga la conciencia de estas verdades, cuando se presente armado y decidido a sostener los derechos de sus hermanos, llegará a ser imposible que la República sufra la tiranía de un hombre o de un partido" (10).

El vocero igualitario fue clausurado por el gobierno de Manuel Montt como represalia por la publicación de un texto de Bilbao: -Los Boletines del Espíritu, que motivaron las iras del Arzobispo de Santiago, Rafael Valentín Valdivieso.

El 24 de junio de 1850 el periódico y Bilbao fueron excomulgados. Los fundamentos eran clarísimos: "intenta arrancar del corazón del pobre la religión, fuente de sus consuelos, lenitivo de las penalidades del trabajo a que su condición lo somete y áncora de todas sus esperanzas" (11).

El 4 de julio El Amigo del Pueblo fue sustituido por el periódico La Barra, que circuló con interrupciones ocasionadas por el estado de sitio, hasta el 20 de abril de 1851.

La Sociedad de la Igualdad fue ganando adeptos gracias a una tesonera actividad cultural: abrió escuelas populares que contaron con más de trescientos alumnos; organizó conferencias sobre economía política, aritmética, castellano, música, etc.; propició la discusión pública de proyectos destinados a promover el bienestar de los trabajadores y la crítica general del orden oligárquico, junto con fomentar una vida privada honesta y sana entre sus asociados. La institución sufrió asedios policiales ordenados por un gobierno que contemplaba con estupor el eco que estas actividades encontraban en las capas populares de la población.

Pero habría de llegar hasta el 28 de octubre para que se produjese el enfrentamiento final. La Sociedad de la Igualdad convocó a un mitin político al que concurrieron más de tres mil personas en el que aprobó la siguiente declaración:

"La Sociedad de la Igualdad rechaza la candidatura Montt, porque representa los estados de sitio, las deportaciones, los destierros, los tribunales militares, la corrupción judicial, el asesinato del pueblo, el tormento en los procedimientos de la justicia criminal, la ley de imprenta, la usura, la represión en todas las cosas a que puede extenderse con perjuicio de los intereses nacionales y especialmente con respecto al derecho de asociación" (12).

Fue la gota que colmó el vaso de la tolerancia de Su Excelencia. El 23 de noviembre del mismo año el presidente Manuel Montt ordenó la clausura y al grito de ¡Viva la religión y mueran los herejes! se desató una violenta represión contra los líderes y simpatizantes de tan singular asociación que desafiaba con audacia el orden tradicional. Arcos fue encarcelado y luego salió al destierro. Bilbao también debió salir al exterior perseguido por las autoridades.

La Sociedad de la Igualdad había sido destruida, pero sus huellas aparecerán más tarde en otras organizaciones político-culturales y en los primeros atisbos del movimiento obrero (13).

Bilbao, oculto de quienes lo perseguían, escribió un texto breve conocido con el nombre de El Igualitario: "Nuestra Sociedad ha sido prohibida. Nuestra Sociedad revivirá... Qué nuestra palabra cunda por debajo de la tierra. .. llegará un día en que la tierra se levante..." (14).

Arcos fue delatado y apresado. Se le recluyó en la cárcel de Santiago.

Algunos igualitarios como Pedro Ugarte, en concierto con Bilbao y Recabarren, ocultos en una hacienda donde preparaban un contingente de campesinos en el manejo de las armas, se dieron a la tarea de conspirar con un militar de espíritu inquieto y rebelde, el coronel Pedro Urriola.

El 20 de abril de 1851 la insurrección igualitaria entró en acción: Urriola, Bilbao, Recabarren, Carrera, Lillo y otros, avanzaron con las armas en la mano. La desinteligencia y las defecciones de los conspiradores, entre los que se contaban camaradas de armas de Urriola, cortaron la vida al distinguido coronel y troncharon los sueños de los conspiradores. El fracaso fue total.

Bilbao, vestido con las indumentarias de clérigo, pudo eludir la persecución oficial y viajar a Lima.

Destruida la Sociedad de la Igualdad y fracasada la rebelión de 1851, los principales actores de aquellos hechos, Bilbao y Arcos, habrán de protagonizar otros sucesos, menos espectaculares, pero señeros en el despertar de la conciencia social y nacional en Chile.

Desde Lima, Bilbao escribió a su amigo Arcos, cautivo en la cárcel de Santiago, una carta. Desde su celda, Arcos le respondió con fecha 29 de octubre de 1852.

La lectura de esta singular correspondencia nos enfrenta a dos precursores de la llamada "cuestión social" en Chile. Las influencias del socialismo utópico, del cristianismo social y del liberalismo avanzado se entrecruzan en un cuadro ideológico donde lo decisivo es el encuentro con el país real oculto bajo el sagrado orden oligárquico.

"Estudiemos el país", subraya Arcos, como fundamento de sus afanes renovadores. Es también la inquietud de Bilbao.

En ese estudio crítico emergen nítidos los vicios de la oligarquía enseñoreada sobre un pueblo sumido en la explotación y el abandono.

Esa crítica y ese reclamo los situó en la historia del pensamiento social chileno como dos paladines del progreso democrático del país.

Escribe Bilbao:

"Todo bien es verdad. Todo mal es negación de la verdad.

Si queremos el bien, debemos revelar la verdad. Si queremos la abolición del mal, debemos negar el error y combatir el crimen.

Toda obra de bien supone, pues, la afirmación de la verdad. Toda obra de regeneración es obra de combate.

Hay mal, luego hay que regenerar. Esta es la necesidad de la revolución".

"Chile es catolicismo y Edad Media, feudalismo y oligarquía cubiertas por el jesuitismo con el nombre de República. República es la filosofía y porvenir, democracia transparente por la identidad del pensamiento y de los actos.

Contraste. Necesidad de combate".

Recordó el inicuo proceso el autor de Sociabilidad Chilena y volcó su ira contra el orden oligárquico bendecido por la Iglesia, donde impera con la fuerza del dogma un principio: "El noble no trabaja. Luego la ociosidad es nobleza, el trabajo es villanía", que establece un abismo entre la cúpula y la base de la pirámide social: "Son dos castas, dos razas; luego hay dos leyes de penalidades, dos justicias; la pena corporal o infamante para el pobre, la pena pecuniaria para el rico...".

Frente a esa realidad, "la revolución es necesaria", pero subraya, "la revolución está sin partido", desde que sucumbió la Sociedad de la Igualdad, que era su germen; "el enemigo volvió todas sus fuerzas contra nosotros... Entre el pasado y el porvenir arrojaron los pelucones el guante de la muerte. El país enmudeció. La oligarquía imperaba absoluta como sobre un territorio conquistado; y los liberales, los igualitarios no eran ya chilenos, ni ciudadanos, eran prisioneros tomados en la emboscada, tomados en el salón del despotismo".

Recuerda los sucesos del 20 de abril de 1851, su epílogo de muerte y derrota y concluye: "La revolución se perdió porque no fue revolución ...".

Sin embargo, ese ideal derrotado no ha muerto para siempre: "La palabra de la Sociedad de la Igualdad, germinará y llegará el día en que levante su tribunal para juzgar a esa fuerza. Nuestro deber consiste en vigilar sobre la idea, en ser los sacerdotes del fuego sepultado".

Describe luego lo que denomina "el crédito de la Revolución", condensado en tres puntos:

1. El nuevo dogma -el himno-, es decir, la purificación del ser por medio de la razón y de la espontaneidad del sentimiento. Este es el punto de partida.

2. La nueva política, consecuencia del nuevo dogma, dando a la libertad el poder universal, esto es la democracia. Dar al hombre el poder del derecho.

3. La nueva sociabilidad, consecuencia de la nueva política, fundando las garantías del desarrollo de la vida en su esfera moral, intelectual y material, en las instituciones de crédito, en la educación, en la asociación del trabajo y en la repartición justa de la riqueza social.

Y, finalmente, señala una serie de medidas programáticas encaminadas a reestructurar la sociedad chilena, donde se entrecruzan ideas utópicas y liberales: "Creo pues, amigo Arcos, que la constitución y crédito igualitarios serán suficientes para abolir la miseria y hacer de todo hombre un propietario, sin necesidad de tocar aunque sea temporalmente el derecho de los propietarios existentes" (15).

Arcos respondió desde la cárcel de Santiago, el 29 de octubre de 1852.

Sus primeras líneas son para condenar la reiterada violación de los derechos ciudadanos que realiza con la mayor impunidad el gobierno conservador (16).

Luego formula a su camarada una pregunta contundente:

"¿Podemos sin faltar al respeto que nos debemos nosotros mismos, como hombres nacidos libres, podemos, sin ruborizamos de ser chilenos, mirar con indiferencia la triste suerte de nuestro pobre país? ¿Podemos emigrar siquiera en presencia de tanta injusticia? Usted que tiene alma para sentir por sus hermanos, comprenderá que la expatriación es el recurso de los egoístas, los hombres honrados no emigran: luchan hasta el último momento".

Pasa luego a tocar los cimientos de la "cuestión social", con una afirmación rotunda:

"Mientras dure el inquilinaje en las haciendas, mientras el peón sea esclavo en Chile como lo era el siervo en Europa en la Edad Media, mientras exista esa influencia omnímoda del patrón sobre las autoridades subalternas, influencia que castiga la pobreza con la esclavatura, no habrá reforma posible; no habrá gobierno sólidamente establecido, el país seguirá como hoy, a la merced de cuatro calaveras que el día que se les ocurra matar a Montt y a Varas y algunos de sus allegados, destruirán en la persona de Montt y Varas el actual sistema de gobierno y el país vivirá siempre entre dos anarquías: el estado de sitio, que es la anarquía a favor de unos cuantos ricos, y la anarquía, que es el estado de sitio en favor de unos cuantos pobres. Para organizar un gobierno estable, para dar garantías de paz, de seguridad al labrador, al artesano, al minero, al comerciante y al capitalista, necesitamos la revolución, enérgica, fuerte y pronta, que corte de raíz todos los males, los que provienen de las instituciones como los que provienen del estado de pobreza, de ignorancia y degradación en que viven 1.400.000 almas en Chile, que apenas cuenta 1.500.000 habitantes".

Arcos interroga:

"¿Pero de qué medios valernos? ¿Cómo vencer? ¿Cómo una vez alcanzada la victoria realizar un ideal?". Su respuesta es categórica: "Estudiemos el país".

Toda la epístola muestra su esfuerzo por descubrir el país real, sus clases sociales, sus recursos, sus posibilidades, para sobre esa base plantearse la transformación social.

Subraya la necesidad de precisar con certeza las fuerzas sociales interesadas en la revolución social, entre las cuales el nuevo partido debería encontrar sus adeptos, ésos que "quieren enriquecer al pobre sin arruinar al rico".

Sin embargo, al referirse a la concentración de la propiedad territorial, dice sin ambages: "Diré de una vez cuál es mi pensamiento, pensamiento que me traerá el odio de todos los propietarios, pensamiento por el cual seré perseguido y calumniado, pensamiento que no oculto porque en él está la salvación del país y porque su realización será la base de la prosperidad de Chile".

"Es necesario quitar sus tierras a los ricos y distribuirlas entre los pobres.

Es necesario quitar sus ganados a los ricos para distribuirlos entre los pobres.

Es necesario quitar sus aperos de labranza a los ricos para distribuirlos entre los pobres.

Es necesario distribuir el país en suertes de labranza y pastoreo".

Concluye diciéndole al destinatario que sobre estas bases podrían convenir en la creación de "un nuevo partido".

Para este objeto, propone redactar un "catecismo" que ilustre a los pobres sobre el proyecto y señala la necesidad de hacer una "exposición clara de los recursos con que el país puede contar en los primeros tiempos de la revolución"...

En Lima, Bilbao fue arrastrado por las inquietudes políticas allí vigentes. Salió a la palestra política organizando a jóvenes que alzaron sus voces por la abolición de la esclavitud y por los fueros del racionalismo contra el dogma católico. La reacción no se hizo esperar. Debió asilarse en la embajada de Francia donde permaneció tres meses. Solicitó entrevista con el Presidente Echenique, quien le replicó que abolir la esclavitud en el Perú significaría el caos y el desorden. Bajo la promesa de abstenerse de participar en la política doméstica, Bilbao pudo salir de la legación diplomática francesa.

En 1853 se precipitó una grave crisis política, los hermanos Francisco, Luis y Manuel Bilbao fueron encarcelados, Manuel fue liberado, mientras Francisco y Luis, remitidos a Guayaquil. La injustificada persecución lo indujo a volcar su ira en un folleto. Revolución de la Honradez, que pronto se reimprimió en el Perú por los partidarios de Castilla alzados contra el Presidente Echenique. Se ofreció dinero por su cabeza: "vivo o muerto".

Echenique se dirigió a la sierra, perseguido por Castilla y allí, urgido de tropas, prometió la libertad del esclavo que lo sirviera dos años. Bilbao lo emplazó con una memorable carta en la que lo interrogaba: "¿acaso usted quiere envolver al Perú en el desorden y el caos...?".

Esta carta, recuerda Bilbao, produjo importantes resultados:

1. Porque prometí, a nombre de la revolución y de Castilla, la abolición absoluta de la esclavitud y de la mita.

2. Porque destruí el interés que podría haber despertado Echenique; él, al que sirviese por dos años, y yo a todos.

3. Porque hice ver en Lima la angustia de su poder (17).

Bilbao y sus hermanos participaron activamente a favor de Castilla con las armas en la mano y su encendido verbo temerario, sosteniendo enfrentamientos en la toma de Lima por Castilla. Bajo la presión de Bilbao, el nuevo régimen debió abolir la esclavitud y la mita.

Luego abordó el problema de la libertad de culto, planteamiento que enardeció al rojo vivo las pasiones. Recuerda:

"Se congrega la Iglesia, se reúnen los conventos, se predica, se me excomulga, se hacen procesiones, y mi vida fue en peligro por el fanatismo de la plebe. Diputaciones constantes se envión al Gobierno. La policía me pone preso, no quise huir, porque debía responder de mis ideas. Soy enviado a la cárcel de la Inquisición, sin juicio, por mis escritos. La gente acude a visitarme. El Gobierno reprende al magistrado por su tropelía y soy puesto en libertad, ordenando se sobresea en mi acusación. Pero la agitación redobla, y yo era un compromiso muy fuerte para el gobierno, porque me tenía mucha gratitud por mis servicios a la causa vencedora. Entonces hacen los amigos del Gobierno una suscripción para enviarme a Europa, y así fue como salí en mayo de 1854" (18).

París, la capital de la luz, estaba sofocada por la ola reaccionaria de Napoleón III. Las promesas de la República se habían esfumado. El cuadro apareció ante sus ojos todavía más oscuro con la muerte de su entrañable maestro Lamennais y la salida de la escena de gente tan admirada como Michelet y Quinet.

Su llanto en la tumba de Lamennais desahogó su alma atormentada ante tanto fracaso de la razón sobre la tierra. Francia no escapaba a esa constatación.

Excitado por la perspectiva del expansionismo norteamericano, se reunió con algunos jóvenes latinoamericanos residentes en París y les propuso un proyecto histórico: retornar a sus respectivos países y darse a la tarea de convocar a un Congreso Federal de las Repúblicas, que sellara la unidad de estos pueblos.

A comienzos de 1857 se instaló en Buenos Aires dispuesto a continuar su prédica de unidad hispanoamericana. El ambiente político signado por los conflictos entre la capital y las provincias era poco propicio para propósitos tan visionarios. Pero aceptó el desafío y puso manos a la obra.

Fundó la Revista del Nuevo Mundo, que emergió como una vigorosa tribuna de la razón, de la democracia y la hermandad americana. Lucha por la unidad nacional en el marco de la Confederación Argentina. Se vinculó a grupos literarios, logias masónicas y comités de exiliados paraguayos. Trabaja febrilmente, gana amigos y enemigos, instalado en el centro de la tormenta política.

Convencido de que Urquiza encarna la bandera de la unidad nacional, se une a su bando y da su aporte generoso con su arma preferida: la pluma, sin aceptar recompensa material alguna. Asume la redacción del diario El Nacional Argentino y entra de lleno en el vértigo de la lucha. Su salud comienza a complicarle la existencia hasta ponerlo en más de una ocasión cara a cara con la muerte.

La larga caminata de sus luchas comienza a cobrarse del gasto de tanta energía quemada sin reposo: la tuberculosis invade su ardiente humanidad.

Quiere descansar junto a su compañera, hija del general Guido, novia constante que lo esperó desde 1844 hasta que la hizo su esposa a fines de 1863, pero no es posible el reposo. Nuevas amarguras empañan su vida: su hijo, el único que tuvo, sólo vivió cuarenta y tres días y no alcanza a tomar el nombre que su padre le había elegido: Lautaro.

Se entera de que los franceses agreden México y toma la pluma para afirmar que la causa mexicana es bandera americana. En este clima publica en 1862 La América en Peligro, recibiendo violentos anatemas del clero. Otra vez estaba trenzado al secular enemigo.

Definitivamente, no es posible el descanso del guerrero mientras se sienta ciudadano de la patria grande. Vienen nuevos desvelos, la agresión de la escuadra española al Perú. Sale otra vez con su palabra oral y escrita, igualmente fogosa, al combate político.

Su última gran acción escrita será publicada en 1864: El Evangelio Americano, en el que quemó la última pólvora de su pasión ciudadana.

El cuerpo se va desplomando, pero su ideario resiste. La muerte lo sorprende en la trinchera el 19 de febrero de 1865. La tisis, fantasma invencible en aquellos años, lo desploma, muere sumergido en la mayor pobreza. Sus hermanos masones argentinos costean sus funerales. José Victorino Lastarria, embajador de Chile, despide sus restos con la certeza de que entierra parte de lo mejor de su pueblo. Un hombre cabal que vivió soñando con los ojos abiertos una patria americana unida, libre y justa.

¿Qué ha pasado, entretanto, con Santiago Arcos? Se concentró en la tarea de escribir (19) y tiempo después retornó a Europa, viajando por España, Francia e Italia.

En marzo de 1871, Benjamín Vicuña Mackenna se encontraba en Nápoles donde se reunió más de una vez a comer con Santiago Arcos, el joven que él mismo retratara con su verbo exuberante en 1848, cuando arribó a Santiago. Ahora los ojos del retratista encontraron un Arcos diferente: "Viejo, encorvado, con su barba cana que hacía sombra a su sonrisa triste y penosa, sentábase a nuestra mesa en Nápoles el autor de la carta a Francisco Bilbao. Desatentado incurable, no tenía otro principio fijo que su propio variable descontento" (20).

Sin embargo, el anciano descrito por Benjamín Vicuña Mackenna no cumplía aún cincuenta años. Pero la vida no es sólo cronología, es también intensidad, drama o comedia. La suya había sido vivida sobre un yunque de cavilaciones por el dolor del pueblo, de luchas, cárceles y destierros. Desigual combate librado contra un mundo donde el lucro capitalista convertía al hombre en lobo del hombre.

Arcos no conoció el sosiego. Casado, esquivando convencionalismos, debió alejarse de su incipiente hogar y agregar a la angustia social la angustia de la soledad de su alma. Mujer, hijos, dos años separado por la cerca inmutable del odio de clases que lo expatrió satanizado sin contemplaciones.

Su mujer había muerto en Buenos Aires; allí también había muerto su hijo menor. Cuando Benjamín Vicuña Mackenna lo encontró en Nápoles ya era apenas una sombra de su hechura alegre y soñadora. Le cansaba la vida y sentía que secretas voces lo llamaban hacia la paz definitiva.

La nube negra que le ocultaba el sol se tornó abrumadora: un terrible mal lo capturó con sus tenazas implacable: ¿Cáncer o gangrena? Sólo le quedaba un consuelo: la compañía de su hijo mayor, Santiago, pintor discreto, sin pasión por la política, pero vinculado a grupos protestatarios que seguían soñando con un mundo nuevo.

Septiembre de 1874: Amanecía en París. En Santiago despuntaba la primavera. Arcos camina solitario por esas calles que fueron escenario de tantas batallas por la justicia y la libertad. Se dirige hacia el Sena. Observa silencioso sus aguas como si quisiera ver en ellas el curso inexorable de la historia.

La decisión esa tomada: dispara contra sí mismo y se desploma. La corriente se lo lleva. Todo un símbolo. ¿Ha muerto de verdad o apenas cambió de caballo para seguir su rumbo andariego y soñador? Cincuenta y dos años: cultivó jazmines y cosechó amarguras. Nadie sabe dónde quedaron sus cenizas y los historiadores reaccionarios apenas lo mencionan como espécimen raro, desquiciador del orden y excitador de resentimientos sociales.

Sin embargo, desde la perspectiva histórica de su pueblo fue, junto a Bilbao, un emisario del futuro, un sembrador del gran despertar de los trabajadores chilenos que vendrá más tarde con Luis Emilio Recabarren y Salvador Allende.

2. IDEARIO REBELDE: La lectura de los escritos de Bilbao exige, para el rescate de las líneas esenciales de su pensamiento, un esfuerzo de búsqueda en medio de barrocas especulaciones, metáforas y símbolos, de difícil interpretación.

Sin embargo, a lo largo, a lo ancho y en lo profundo de esa literatura se perfilan ideas que definen posturas y propuestas de la mayor trascendencia histórica.

La Iglesia primero y la religión más tarde fueron campos de batalla a los que consagró muchas energías. En la Iglesia vio siempre un factor clave del poder oligárquico y del sometimiento popular. Esa vinculación eclesiástica con los poderes políticos y la actitud mental autoritaria en lo terrenal y divino de la Iglesia, le parecieron obstáculos insalvables para la vigencia de la democracia y el imperio de la razón.

Abocado a estas batallas con la pasión que dominó todos los actos de su vida, dio a su discurso sobre la cuestión religiosa una fundamentación que puso de relieve estudios y reflexiones en torno a los Evangelios y otras fuentes del pensamiento católico.

Se atrevió a negar la divinidad de Jesús, el pecado original y a sostener que la lectura católica de los Evangelios era falsa.

Sus estudios y sus viajes lo alejaron al final de la religión misma. Todo ello en una época signada por las sentencias y valores de la concepción católica del universo y la sociedad en feroz combate con la diosa razón que iluminaba las conciencias y la comprensión científica de la naturaleza y la sociedad.

Sin embargo, no fue esa vertiente la más perdurable de su obra política e intelectual sino su entrada en la hondura del quehacer histórico y cultural de nuestros países, que lo situó entre los grandes pensadores progresistas de América Latina.

La valoración de las raíces nacionales y su apasionada lucha por impulsar la economía y la cultura popular, muestran a Bilbao como un verdadero heraldo del proyecto nacional que nunca asumió la burguesía cipaya. Subraya que los ideales de la gesta libertadora sucumbieron en el despotismo político, el oscurantismo religioso y la postración material y cultural del pueblo. Por eso, dice, si se quiere continuar el camino iniciado en 1810, hay que "hacer otra revolución"; única manera de frenar la resurrección del pasado reaccionario que regresa robusto en la república.

Frente a la situación imperante, pone el acento en la centralización despótica del poder que "impide que surjan las individualidades provinciales y que la vida recorra el territorio chileno". La Iglesia ejerce su poder omnipotente: "el sistema católico -dice- reina en toda su existencia". En el comercio y la industria subsisten privilegios. La educación "está dividida en dos clases... júzguese de la unidad de la civilización que se prepara". Pero lo que más exaspera al espíritu crítico de Bilbao es "la elevación de las masas a la soberanía nacional, a la realización de la democracia". Bilbao busca la promoción del ciudadano como el motor de la nueva sociedad.

Su crítica es demoledora contra el fraude que se oculta tras la fachada de la "república en forma", cuyos artificios jurídicos ocultan la virtual dictadura oligárquica a través de la manipulación de la voluntad ciudadana erosionada por la ignorancia, el cohecho y otros vicios que hacen de las elecciones una caricatura de expresión ciudadana.

Sus batallas por la democracia empezaron desde la publicación de su Sociabilidad Chilena, en 1844, luego en la Sociedad de la Igualdad, en la frustrada rebelión de 1851, en el Perú, Argentina, en la prensa y en cada uno de sus libros.

Julio César Jobet lo llamó "ideólogo y tribuno de la democracia". Porque eso fue ante todo en su lucha política y en su acción escrita.

Su nacionalismo democrático y progresista hunde sus raíces en el Arauco indómito, con el cual se identifica con desafiante orgullo.

"Dime, libre araucano: ¿qué pasa por tu alma cuando corriendo tus días, lanzas tu caballo por la desierta pampa o retirado en tu miserable cabaña, vives taciturno y silencioso?".

La situación del araucano no puede faltar en las preocupaciones de los constructores de la nación chilena. Esa responsabilidad no la rehuye Bilbao, por el contrario la reclama como tarea: "Y eres tú, Chile, patria mía, quien debe llevar la palabra de caridad, de ciencia y de redención a la tierra de Arauco".

Arauco está en la memoria de Bilbao. Desde Buenos Aires escribe a los hermanos Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui, una carta fechada el 16 de enero de 1862, en la que escribe:

"Díganme, amigos ¿no se tentarían ustedes a hacer una edición de La Araucana, ilustrada y con notas? Para Chile es la Iliada, allí la genealogía es nuestra Germania. Con los trabajos de Domeyko, Gay y otros viajeros, algunas vistas de paisajes y costumbres, con la etimología de las palabras aucas, con el desarrollo de la idea justísima que ustedes exponen en su libro, como fundador Ercilla de un ciclo literario, en fin, con una introducción como ustedes sabrían hacerla, y notas, sería el libro que el gobierno debía imprimir a cien mil ejemplares, en Europa. Sería una empresa grande, útil, bella y fecunda. Medítenla, mis amigos. Si Chile debe ser una nacionalidad, o algo sui géneris, ha de apoyarse en Ercilla" (21).

En esta preocupación por Arauco, no hay en Bilbao sólo sentimentalismo folklórico, no; es la consecuencia de su postura en el dilema que en su tiempo atormentaba a algunos intelectuales: ¿civilización o barbarie? Europa era la civilización, nuestra autoctonía la barbarie (22).

Entramos sin ruptura de su nacionalismo democrático y progresista a su lúcida postura frente al deslumbramiento civilizatorio y a la defensa de la autoctonía.

Bilbao no se deslumbró con el eurocentrismo pese a que allí encontró una fecunda fuente inspiradora de su pensamiento. Desde Europa llegó mejor armado para descubrir las posibilidades de sus raíces americanas.

Ante las pretensiones neocolonizadoras de Europa, exclama en 1863: "¡La conquista otra vez se presenta... Las viejas naciones piráticas se han dividido el continente y debemos unirnos para salvar la civilización americana de la invasión bárbara de Europa".

Denuncia con energía el pretexto "civilizador" de la expansión europea y pone de relieve la violencia y los crímenes que han estado presentes en el contacto del hombre blanco con la periferia ultramarina: "¡Qué bella civilización aquella que conduce en ferrocarril la esclavitud y la vergüenza...!" (23).

Bilbao fue un luchador incansable por la unidad de los pueblos latinoamericanos, con los cuales compartió sus sueños libertarios y renovadores: Perú, Argentina, Uruguay y Paraguay.

El 24 de junio de 1856 publicó en París su célebre Iniciativa de América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas, palabras leídas dos días antes ante una treintena de ciudadanos latinoamericanos residentes en esa capital y ante los cuales plantea con elocuencia el dilema que enfrentan los Estados Des-Unidos del sur frente a los Estados Unidos, pujantes y expansionistas del norte.

"Los Estados Des-Unidos de la América del Sur, empiezan a divisar el humo del campamento de los Estados Unidos...".

Sin embargo, piensa que nuestra América "debe al mundo una palabra" y confía que será pronunciada haciendo "retroceder al individualismo yanqui en Panamá".

Frente al peligro yanqui, Bilbao muestra otra vez su perspicacia para enfrentar el desafío histórico:

"¿Cuáles serán nuestras armas, nuestra táctica?", interroga. "Nosotros que buscamos la unidad, incorporaremos en nuestra educación los elementos vitales que contiene la civilización del Norte. Procuraremos completar lo más posible al ser humano, aceptando todo lo bueno, desarrollando las facultades que forman la belleza o constituyen la fuerza de otros pueblos. Hay manifestaciones diferentes, pero no hostiles de la actividad del hombre. Reunirías, asociarlas, darles unidad, es el deber.

La ciencia y la industria, el arte y la política, la filosofía y la naturaleza deben marchar de frente, así como en el pueblo deben vivir inseparables todos los elementos que constituyen la soberanía: el trabajo, la asociación, la obediencia y la soberanía indivisibles.

Por eso no despreciaremos, sino que nos incorporaremos, todo aquello que resplandece en el genio y la vida de la América del Norte".

Bilbao se situaba bien en su circunstancia: el nacionalismo no supone enclaustramiento ni culto sentimental al nativismo; el nacionalismo expresa una voluntad de proyectar una identidad incorporando selectiva y soberanamente todos los progresos de la humanidad que viabilicen el proyecto nacional.

El punteo propuesto para el Congreso Americano muestra el horizonte histórico de un pensamiento visionario, cuando entre otras postulaciones plantea un "pacto de alianza federal y comercial, la abolición de las aduanas interamericanas, la creación de la Universidad Americana, donde se reunirá todo lo relativo a la historia del continente, al conocimiento de sus razas, lenguas, etc".

Ese "americanismo", o mejor dicho, ese "hispanoamericanismo", lo sitúa en un lugar destacado en esa corriente que arranca de Bolívar, se profundiza con Martí, se desgarra en el célebre "Grito" de Gabriela Mistral, que es en verdad el grito de muchos poetas y artistas, se hace combate armado con Sandino, victoria con Fidel, tarea inconclusa con el Che y Allende.

Se perfila así lo esencial de su ideario rebelde: nacionalismo democrático y progresista; autoctonía y valoración crítica de las civilizaciones avanzadas de Europa y Estados Unidos; lucha por los fueros de la ciencia; ciudadano de la patria grande americana; todo eso realizado bajo la represión y el exilio permanente; exonerado del trabajo y excomulgado; perseguido y maldecido, en apenas 42 años de existencia tronchada por una larga y dolorosa enfermedad.

¿Qué hubo en él mucho utopía y romanticismo y estridencia verbal? Claro que sí. En eso radica precisamente su genio, porque las utopías de una época suelen ser la obra de las generaciones venideras.

Bilbao avanzó en el descubrimiento del país real y legó intuiciones notables sobre las raíces de sus problemas y el maravilloso legado de su amor a Chile, cuyo destino vio preñado de promesas si perfilaba su propia identidad, si era capaz de cristalizar su proyecto nacional. "Somos hombres de Chile, decía luego; veamos en las filas de la humanidad qué lugar ocupa el tricolor".

A la tarea nacional de imponer la justicia, la libertad y el progreso dedicó su vida que ardió como una antorcha de fe en el pueblo, como la fuente primigenia del poder.

Hay que destacar en su legado, la pasión por la lucha sin tregua contra los enemigos del progreso y la libertad de los pueblos, pasión que emerge como un paradigma para las nuevas generaciones.

"¡Qué hermoso es vivir con horizontes infinitos!" escribió una vez. Horizontes, no para contemplarlos, sino para buscarlos poniendo en tensión todo y todos los días. Porque lo dijo y lo hizo así, su vida fue breve y luminosa como un rayo.

Alejandro Witker


Notas:

1. Donoso, Armando. El pensamiento vivo de Francisco Bilbao. Nascimento, Santiago, 1940, p. 177.

2. Donoso, Armando. El pensamiento vivo de Francisco Bilbao. Nascimento, Santiago, 1940, p. 15.

3. Cit. por Ugarte Figueroa, Elías. Francisco Bilbao, agitador y blasfemo. Sociedad de Escritores de Chile, Santiago, 1965, p. 11.

4. Véase: Sanhueza, Gabriel. Santiago Arcos. Comunista, millonario y calavera. Del Pacífico, Santiago, 1956. Jobet, julio César. Santiago Arcos Arlegui y la Sociedad de la Igualdad (un socialista utópico chileno). Cultura, Santiago, 1942.

5. Véase: Krotz, Esteban. Utopía. Edicol, México, 1980 - Morton al. Las utopías socialistas. Martínez Roca, Barcelona, 1970.

6. Véase: Veliz, Claudio. "La mesa de tres patas". Witker, Alejandro. Chile, sociedad y política. Lecturas Universitarias Nº 30, UNAM, México, 1978, p. 57-67.

7. Este viaje fue relatado en Cuentos de Tierra Adentro o Extractos de los Apuntes de un Viajero, publicado en la Revista de Santiago, enero de 1849.

8. Véase: Jobet, julio César. Santiago Arcos Arlegui y la Sociedad de la Igualdad. (Un socialista utópico chileno), ob. cit.

9. Posteriormente se eliminó esta restricción y no se estableció un número tope de miembros.

10. Sanhueza, Gabriel, ob. cit., p. 140.

11. Jobet. Julio César, Ob. Cit., p. 120.

12. Sanhueza, Gabriel, ob. cit., p. 172.

13. Véase: Ramírez Necochea, Hernán. Historia del movimiento obrero en Chile. Siglo XIX. Austral, Santiago, 1956.

14. Sanhueza, Gabriel, ob. cit., p. 188.

15. Mensajes del Proscrito. Obras Completas, p. 67.

16. Véase texto completo de esta carta en Witker, Alejandro. Chile, sociedad y política. UNAM, México, 1978, p. 107.

17. "Apuntes Cronológicos" en Donoso, Armando, ob. cit.. p. 179.

18. Ob. cit., p. 180.

19. De este esfuerzo salió su obra La Plata, estudio histórico. 1865.

20. Sanhueza, Gabriel, ob. cit., p. 262.

21. Véase: Fernández Retamar, Roberto. "Nuestra América y Occidente". Casa de las Américas, Nº 98, La Habana, sept.-oct. 1976.

22. Donoso, Armando. El pensamiento vivo de Francisco Bilbao, p. 175.

23. La América en Peligro.


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