La América en peligro

LA AMÉRICA EN PELIGRO

TERCERA PARTE

XXX

EL REMEDIO

DIFÍCIL NOS SERÁ mantener en esta parte de la obra, la distinción analítica de las causas. Como el mal político moral es consecuencia del error dogmático y de la mentira, lo que digamos para remediar el mal secundario o derivado inducirá a la reforma en las creencias y lo que digamos para afirmar la verdad fundamental llevará en sí las deducciones que producirán el bien político y moral. Al fin de esta última parte nos ocuparemos de los medios, que a juicio nuestro, deben emplearse para fortificar la América y rechazar la invasión.

XXXI

EL ESPÍRITU RELIGIOSO

LA RELIGIÓN es inmortal. Obsérvese que decimos, la religión, y no las religiones. En todas las religiones hay una cosa verdadera, y es el espíritu. El espíritu religioso consiste en la creencia de aquello que se afirma como fundamental y eterno, en el amor a esa creencia, y en la práctica de los actos que la creencia dogmática y moral a la voluntad impone.

Dogma, amor, acción. Creencia, precepto, ejecución. Todo corresponde a la forma eterna del ser, que es fuerza, inteligencia, amor; a la constitución del hombre que es voluntad, inteligencia, sentimiento; a la organización política que es legislativo, judicial y ejecutivo.

El dogma afirma la noción fundamental; por ejemplo: Dios es creador.

La moral deduce la ley; por ejemplo: la criatura es subordinada al Creador.

La práctica o virtud, el acto resultado de la voluntad impulsada, atraída, motivada por el amor a la verdad, es la vida buena o mala: buena si soy la acción de la verdad; mala si soy la acción de la mentira; funesta pero sin crimen, si soy la acción del error.

Mas todo esto se aplica con mayor exactitud a lo que se llama religión. El espíritu religioso consiste particularmente en sentir el impulso y la atracción de algo eterno que damos por fundamento a nuestros pensamientos, sentimientos y acciones.

Un ejemplo aclarará mejor lo que entendemos por espíritu religioso.

Voy a los comicios a votar con la conciencia del derecho que me asiste, pero movido únicamente por el interés de partido, o por la pasión que me agita: no va el voto impregnado del soplo religioso.

Voy a votar, porque creo que el deber del ciudadano, practicando su soberanía, para conservarla, y desarrollarla, es la obediencia a la ley de libertad impuesta por Dios mismo: mi voto es religioso. El espíritu divino, el espíritu del derecho que es eterno, y de la solidaridad del derecho, me han hecho ejecutar un acto de la religión de la ley.

Mi acción es resultado del motivo racional del precepto divino y por lo tanto es religiosa. En el hecho anterior, mi acción es resultado del móvil apasionado y egoísta, y es fatal, interesada, no es religiosa.

Creemos que este ejemplo hará comprender lo que entendemos por espíritu religioso.

Nosotros somos adversarios, o no reconocemos en las religiones que se llaman positivas, reveladas, nacionales, etc., etc., ni la verdad completa, ni el derecho absoluto.

Sobre todas las religiones, existe la religión primitiva, revelada a toda razón, universal criterio de las existentes, juez de todas y principio de la moral.

Si se me pregunta: ¿cuál es, cuáles sus dogmas, su moral, su iglesia, su culto? con la razón universal de todos los tiempos, y de todas las razas, contesto con la seguridad de la evidencia.

Ese dogma es Dios, Ser infinito y personal: la justicia eterna personificada.

Esa moral es la justicia y el amor.

Esa iglesia es la ciencia.

Ese culto es la virtud.

Y su gobierno, su política, el self-government, el gobierno de sí mismo.

XXXII

EL PROBLEMA

NUESTRO OBJETO es dar a la moral y a la política de la libertad que es el derecho, a la política de la igualdad que es la ley de ese derecho, y a la política de la fraternidad, que es el vínculo moral de las individualidades libres e iguales, el eterno fundamento del axioma de la justicia.

El Ser infinito es el axioma de los axiomas. El axioma metafísico.

El Infinito-Persona es el axioma moral.

El Infinito-Justo es el axioma de la religión sin fin y sin principio.

EL PROBLEMA CONSISTE, EN TRASPORTAR EL ESPÍRITU RELIGIOSO, (unido y consagrado a dogmas falsos, o religiones falsas o incompletas).

DE LAS RELIGIONES, a LA RELIGIÓN.

El problema consiste en vivificar la justicia, la libertad, la ley, con el convencimiento y fuerza de un imperativo del Eterno.

El problema consiste en acercar, unir, poner en comunicación directa a la criatura con su Dios, por medio de la razón emancipada, y el amor a la ley.

El problema consiste en trasfigurarse con el entusiasmo de la verdad, revelada a toda razón independiente.

El problema consiste en creer primero que la razón es inviolable, que la soberanía del hombre es religiosa y política; que la persona es sagrada, la ciudad (civitas) un templo, la ciudadanía un sacerdocio, el derecho una encarnación divina, el deber la forma de la comunión universal que realiza la armonía de los seres, el orden social y la perfección posible.

He ahí lo que creemos, amamos y queremos; lo que juzgamos necesario para restablecer el orden, pacificar los espíritus, regenerar los pueblos y para anticipar en este mundo, el imperio de la verdad, que es el de la única felicidad posible.

Si fuera posible unificar, dogma y amor, espíritu y precepto, filosofía y religión, instinto y razón, espontaneidad y reflexión, sentimiento y pensamiento, entusiasmo y raciocinio; si fuera posible concretar en una afirmación suprema, el axioma y la regla, la evidencia y la ley, diríamos:

SE VERDAD

ES DECIR, sé verdad en lo que piensas, verdad en lo que sientas, verdad en lo que hables, verdad en lo que hagas.

Y como la verdad es la justicia, eso quiere decir: piensa la justicia, ama la justicia, proclama la justicia, practica la justicia.

Y como la justicia es soberanía, razón y libertad de todos, derecho de todos o igualdad, amor de todos o fraternidad, eso quiere decir: desarrolla, conserva y fecunda tu derecho, en tu pensamiento libre «para dar a cada uno lo que es suyo» proclama, defiende, y desarrolla ese mismo derecho en todo hombre, y ama sobre todas las cosas al Creador del derecho que no puede contradecirse, sino fecundar nuestra libertad, nuestra razón soberana, siempre que acudamos y pidamos a esa fuente de justicia, la verdad y la justicia.

Y el hombre, que como la Minerva antigua se desprende armado de la frente del Júpiter Olímpico, funda su dogma, su religión, su moral, su sociedad, su gobierno, su familia, en la tierra y en las almas, armado por Dios mismo, con el axioma de justicia.

Esa es la religión. El espíritu que de ella emana es el que queremos aplicar a la ley, a la política, a la sociabilidad.

El grave mal de la vieja educación, ha sido preocupar al hombre con el terror y la gloria, y hacer que sólo mirase como divino, como necesario, como el asunto capital de la vida, lo que los católicos llaman la necesidad de salvarse, la fe ciega, la obediencia ciega, la prepotencia de la Iglesia.

Naturalmente la vida política, la moralidad política era un asunto secundario. Así es que se ha hecho vulgar el principio de las dos conciencias: una para las cosas religiosas y otra para las sociales y políticas. Bajo este aspecto, el mundo antiguo es muy superior al mundo moderno. No había sino una conciencia.

De esa dualidad ha nacido la abdicación de la justicia, para las cosas de la vida, y no creyéndose pecado intrigar, falsificar, engañar en la política, vemos hombres que se llaman religiosos e ilustrados, faltar a la verdad, a la sinceridad, y ser cosa permitida y autorizada semejante doblez en la conducta.

Por el contrario, nosotros queremos que la conciencia sea una, que no haya dos hombres en la unidad de la persona.

Queremos que la conciencia crea en la religiosidad indivisible de sus pensamientos y acciones; que el asunto de salvarse, empieza aquí en la tierra, y tiene relación con todas las cosas de la tierra; que el pecado no es sólo relativo a la vida íntima y privada, sino a la vida pública y social.

Creemos que la falta a la verdad engendra en el hombre la posibilidad de todas las corrupciones, de todos los errores, y aun de todos los crímenes. Creemos que la palabra separación y distinción entre el pensamiento y la palabra, entre la palabra y la conducta, entre la acción exterior y lo que creemos y sentimos, es la cobardía del alma: es la dignidad, que es la rectitud, sacrificada a un interés, a una ambición, a una miseria.

Es el egoísmo material de una hora, de un año, o de una vida indigna, preferido al esfuerzo heroico del deber, para conservar la línea recta que nos lleva a la posesión de la verdad.

Resumiendo: el problema consiste en trasportar el espíritu religioso del dogma falso, al axioma de justicia; y en otros términos: en arrancar el espíritu de vida del organismo caduco, y encarnarlo en la organización del hombre regenerado.

El problema consiste en identificar todo lo verdadero, todo deber, y creer que hay una misma religión en todo acto de la vida íntima, privada, pública y social.

En radicar la unidad de conciencia, de pensamiento y obra.

En la solidaridad de nuestros actos pasados, presentes y futuros, en solidaridad con el derecho de todos.

En la unión indisoluble en el hombre, de su triple y sagrado carácter de soberano, de rey, o ciudadano, y de trabajador y sacerdote: o en otros términos, la integralidad de la soberanía del hombre.

Y concretando todo esto, haciendo que el hombre personifique el eterno imperativo:

SÉ VERDAD.

XXXIII

DE COMO RESOLVER ESE PROBLEMA

LA SOLUCIÓN DEL PROBLEMA presentado, puede verificarse, como se han verificado las grandes revoluciones que han cambiado la marcha de la humanidad.

Por la acción individual, o por la acción colectiva, o por la acción política y social.

No contamos, bien entendido, entre los medios la fuerza, la conquista, el terror.

El catolicismo se impuso en América por la fuerza terrífica de la conquista.

La revolución francesa y la independencia americana, empezaron por el trabajo individual, que después se hizo colectivo, para después hacerse político y social.

Pero toda acción política, colectiva o individual, encaminada a la reforma, supone la creencia en la reforma y el entusiasmo, móvil o motivo que impulsa a establecerla.

Nosotros hemos presentado la religión de la ley, el axioma de justicia, y el amor a la verdad, como dogma, como moral, como política. El problema pues, consiste en los medios de realizar y de instituir esa verdad.

Obra de afirmación, de demostración, de sentido común y de entusiasmo del deber.

Y obra de negación de todo dogma, religión, sistema moral o político que sea el antagonista de la razón, de la justicia y libertad.

El individuo es la palabra. Una colección de individuos ya es, a más de la razón del individuo que convence, la atracción de una fuerza y la garantía de su duración. El poder, el estado, el gobierno, la autoridad, ya es la fuerza de la razón del individuo, más la atracción de una fuerza colectiva, más la fuerza social, la fuerza de la autoridad y la fuerza de la ley, aplicada al triunfo del axioma de justicia.

¿Cómo ser poder? Por el acrecentamiento de la fuerza colectiva de los racionalistas.

¿Cómo acrecentar el número? Por la acción individual.

Empecemos pues, por el átomo, por la morada social, por la individualidad soberana, para llegar a la reforma.

XXXIV

LA ACCIÓN INDIVIDUAL

EL PENSAMIENTO del hombre en la verdad, es como la palanca de Arquímedes: dadle un punto de apoyo y hará saltar al mundo de su órbita. Más espanto causaba a los romanos un gesto de Arquímedes, que las fuerzas todas de la gran ciudad de Siracusa.

¿Por qué? Porque poseía la verdad científica. Entre sectarios de Brahma, un anacoreta concentrado en su pensamiento, o inmovilizado en éxtasis, aterra a las poblaciones que vienen a sus pies a suplicarle salga de ese estado, porque temen un derrumbe del universo. Tal es la fe en la fuerza atribuida al pensamiento en comunicación con la verdad.

Una sociedad fundada sobre dogma falso, persigue con furor que se comprende, a un hombre, a un individuo, a un átomo inteligente que posea o proclame la verdad. Religión, sociedad, gobierno que temen, condenan y persiguen la luz, la discusión, la razón independiente y a la ciencia, proclaman a ciencia cierta su error o su falsía, su impotencia o su maldad.

Son vulgares los ejemplos tantas veces presentados de Sócrates, Jesu-Cristo y Galileo. Sócrates muere por enseñar la unidad de Dios y el idealismo. Jesu-Cristo muere por enseñar la pureza, la caridad, la humanidad una, contra la Iglesia judía y la división privilegiada de castas, clases, razas y naciones, que se miraban como privilegiadas y se despotizaban.

Y no se crea que pretendo lisonjear, Jesu-Cristo es sublime como hombre y como Dios absurdo. Galileo es atormentado por la Iglesia católica porque su descubrimiento convencía a la Biblia de mentira.

Y esos individuos han triunfado. Sócrates venció al paganismo, Jesu-Cristo a la sinagoga, Galileo a la Iglesia católica.

Después se entronizó el paganismo católico (hasta hoy se cree en Nápoles en el milagro de la sangre de San Genaro).

Después se entronizó otra sinagoga peor en Roma. La sinagoga sabía morir por la patria. La Iglesia católica sabe asesinarla.

Después se ha pretendido con el sofisma y la mentira, o la ignorancia arrogante legitimar lo que se llamaba ciencia de la Biblia.

Pero, para esos males aparecieron también individuos que se llaman, o Lutero o Voltaire, o Lamennais, y hechos sociales que se llaman la Reforma, la Revolución y el Racionalismo.

La acción individual, o la verdad en un átomo humano, puede pues, ser la fuerza vital que sacuda al universo. El átomo humano iniciado en el Verbo, alimentado con la forma eterna, viviendo en el padre, puede llegar a ejecutar cosas más grandes que las que hizo Jesu-Cristo.

Aquellos para quienes la palabra de Jesu-Cristo es revelación de Dios o la palabra de Dios mismo, creerán lo que afirmo, pues dijo:

«El que en mí cree, él también hará las obras que yo hago y mayores que estas hará». (Juan, cap. XIV).

Lo cual prueba que el hombre, pudiendo hacer cosas más grandes que Jesu-Cristo, Jesu-Cristo no es Dios, porque el hombre jamás puede aspirar ni pensar, ni mucho menos ejecutar obras más grandes que las del Eterno Ser.

Pero, ¿cuánta fuerza no recibe la creencia del hombre con esas palabras de Jesu-Cristo? «En verdad, en verdad os digo: el que en mí cree, él también hará las obras que yo hago y mayores que éstas hará».

XXXV

COMO DEBE PROCEDER LA ACCIÓN INDIVIDUAL

«Un nouvel univers n'attend pour se
former que de rencontrer dans le vide
des cieux déserts, un atóme moral».

E. Quinet.

EL HOMBRE poseído de la verdad, debe dar de ella testimonio.

El hombre de verdad, debe ser afirmación, demostración y acción. Para esto es necesario el estudio, el trabajo, el esfuerzo. Si el hombre se encuentra envuelto en una atmósfera enemiga, su palabra debe disiparla, con el soplo del heroísmo. Si la libertad de la palabra no existe, acuérdese de los misterios celebrados en honor del Grande Arquitecto del Universo. Pero si la libertad de la palabra exige sacrificios, acuérdese que el deber del sacrificio, lo designa como holocausto de la verdad, para gloria de Dios y bien de la humanidad; y no olvide que nada de grande se consigue, sin el heroísmo de la inteligencia, sin el heroísmo del corazón, sin el heroísmo de la voluntad.

Y sobre todo no olvide el hombre, que bajo el imperio de Nerón o bajo la dictadura de Rosas, que en medio del circo antiguo o en medio de las llamas de los autos de fe de los católicos, debe dar el testimonio de verdad.

Y no olvide el hombre, que en medio de una sociedad gastada, que impone la hipocresía como medio necesario para ser algo, debe dar testimonio de verdad.

¿Para cuándo se reserva la dignidad, el honor, el sacrificio, si cuando llega la batalla, el soldado quiere reservarse para mejores días? Eres soldado, estás en la batalla, tu causa es la verdad, la justicia: cumple, pues, tu deber.

Tal es el modo de proceder para iniciar. El átomo que encarna la justicia, es el sol de un nuevo mundo.

XXXVI

DE COMO PROCEDE HOY LA ACCIÓN INDIVIDUAL

¿POR QUÉ TANTOS AÑOS de tinieblas? Si los que llevan la luz, la esconden, ¿cómo extrañar la oscuridad?

Si los guías se detienen, la columna se paraliza.

Si la verdad teme contrariar la masa que la aplasta, el sepulcro será su mansión. Y así vemos tantos hombres que son sepulcros. Comen, beben, andan, hablan, ríen, pero suenan hueco como la tumba.

Conciencia humana, ¡oh libertad! Como a Eucelade, una montaña oprime, y como el gigante sepultado, el volcán que incendia y el terremoto que arrasa, son las señales de tu existencia mártir en la historia.

¿Y quiénes oprimen a la humanidad? No nos referimos en este momento a los poderes despotizantes de la tierra: nos referimos al individuo, a la colectividad, a la sociedad que también oprimen a su modo, y ejercen el despotismo de la preocupación, de la indiferencia, del egoísmo materializado.

El «hombre libre» no lo es completamente sino en una «sociedad libre».

Si acepto y me someto a la costumbre opresora, a la preocupación remante, sea religiosa, política o social, no soy libre: he cedido, he abdicado, y contribuyo a la opresión general.

Si el conocimiento de las causas que esclavizan y el estudio de los medios que libertan, me son indiferentes; si desprecio la palabra

de verdad, porque a veces es duro su sentido; si no me duele el error, el mal, la culpa, que a fuerza de tiempo han podido instituirse y arraigarse, y miro con indiferencia estudiada ese espectáculo, soy cómplice del mal: la vida libre, la vida activa, la fuerza vital que rehace, ha sido apagada, anulada, por mí mismo, y soy el cadáver de la personalidad vencida que ha abdicado.

Si he llegado a constituir en suprema ley de mi existencia el egoísmo, y en el descenso fatal del egoísmo he dado la dirección de mi vida al goce materializado, entonces la ley, la moral, no son sino asunto de placer. El soberano de la tierra se convierte en el animal supremo y en una sociedad animalizada la fuerza es la autoridad, y la religión será el sibaritismo. Soy de ese modo el más poderoso instrumento de opresión.

Si los utopistas, si los hombres de ciencia dominados por la vanidad de imponer un sistema, de asociar su nombre a una fórmula, de querer presentar a una raza (la teutomanía o paneslavismo) o a una nación como la Prusia, la Italia o la Francia (doctrinarios) con el privilegio imperial sobre la tierra, han violado la justicia en la historia, absorbiendo todo y fatalizando todo en beneficio de sus fórmulas históricas, para glorificar la monarquía, que llaman unidad, o su utopía social o comunista, o terrorista, que llaman democracia, ¿cómo no explicar y comprender el extravío de las inteligencias y la justificación de todos los absurdos? Es así, como los panteístas, los doctrinarios, los socialistas han presentado un enorme continente de fatalistas que oprimen si gobiernan, y se humillan si son gobernados.

Levantemos pues, la morada libre, el átomo inteligente. Resplandezca el axioma de justicia en todo hombre, si comprendemos, amamos y queremos la justicia.

¿Pero, qué hacemos para arrancar de la materia la centella eléctrica?

¿Qué hacemos para aplicar al Viejo Mundo la palanca de Arquímedes?

¿Qué hacemos cada uno en su esfera, y en la medida de sus fuerzas, para afirmar el punto de apoyo de justicia?

Muy poco, hermanos míos.

¿Si conocemos que el error o la mentira nos oprimen, cuántos hay que mantienen permanente el fuego sagrado de la inmortal protesta?

Si despotizados o vencidos, ¿cuántos hemos sido los que hemos dado testimonio de verdad?

Si convencidos de la causa religiosa del mal despotizante, ¿cuántos hemos sido los que han afirmado su creencia?

No: hombres de todos los partidos: ha habido hipocresía en el fondo de vuestros actos.

Si estáis abajo, no desplegáis la bandera del racionalismo, porque queréis aprovecharos de la fuerza de la iglesia, o de las masas o de una mayoría para derribar al adversario.

Y si estáis arriba (suponiendo que hayáis sido liberales) no queréis comprometer el goce del poder, y transigís y aceptáis el error, y comulgáis con las ruedas de la iglesia que de ese modo os fortifica.

Así se perpetúa el mal.

Así jamás saldremos del círculo de la tiranía para caer en anarquía y volver a la tiranía.

Es pues, necesario, cambiar de rumbo y de sistema.

La hipocresía misma ha sido experimentada. Volvamos a la verdad por todas las vías.

XXXVII

DE COMO DEBE PROCEDER EL INDIVIDUO

TODOS LOS CÓDIGOS de moral, los mandamientos de todas las religiones (si se exceptúa el jesuitismo) en todo tiempo, en todo pueblo imponen el deber de No mentir.

¿Y qué exigimos para regenerar el mundo, para dar a la República la virtud de su existencia fecundante, sino el deber de no mentir?

En esta parte de la obra, me refiero a los que han salido de la vieja iglesia, a los que no reconocen la verdad en sus dogmas, ni la justicia en sus principios, ni la moralidad en su doctrina, ni la libertad en los resultados de su práctica.

Me dirijo al filósofo, al racionalista, al verdadero republicano.

Tenemos pues, el deber de afirmar nuestra creencia, al frente del sacerdocio, de la Iglesia, del Estado, de la sociedad, de la familia y en las relaciones privadas.

Tenemos el deber de defender nuestra creencia y rebatir la enemiga y negarla probando.

Tenemos el deber de no dar aquiescencia tácita por ninguno de nuestros actos y palabras, al dogma y religión que han caducado, y que por el peso de su inercia, como piedra del sepulcro nos agobia.

Tenemos el deber como ciudadanos, como jueces, como legisladores, como magistrados, como gobernador o presidente, de no adulterar el Estado con la Iglesia. Si podemos asistir como curiosos al espectáculo público en las calles de las ceremonias católicas (verdadero abuso), no podemos sin mentir acompañar a ese culto. Si el gobierno es racionalista y lo hace, miente.

No necesita la libertad el Te Deum de una iglesia que ayer decía:

Deus salvum fac regem, y al otro día: Deus salvum fac rempublicam;

y al día siguiente: Deus salvum fac imperatorem.

El que no cree en el pecado original, no debe hacer bautizar a sus hijos. Si lo hace, miente. Y no puede servir de padrino.

El que no cree en el catolicismo debe negarle el presupuesto.

El que no. crea en la gracia, ni en la autoridad del fraile, no debe confesarse.

El que niega sus dogmas, no debe confiar sus hijos al maestro católico, ni mucho menos al libro o catecismo católico.

El ciudadano racionalista debe procurar en todos sus esfuerzos, separar la Iglesia del Estado; quitar a la Iglesia los registros cívicos (nacimientos, matrimonios, bautismos, muertos), dar la enseñanza de la religión de la ley en sus escuelas, formar el cuerpo de profesores racionalistas, dar la ley del matrimonio civil.

El racionalista puede acompañar a la iglesia al cadáver del católico; pero debemos prohibir que la Iglesia nos entierre y nos exorcice. Tal debe ser la última palabra de nuestro testamento racionalista.

Es así como saldremos de la tierra de Egipto, para hablar como ellos.

Levantémonos, salgamos, que si el desierto nos espera, allí también tendremos mejor que el maná, el pan de verdad y de justicia.

El deber pues, del racionalista es decir verdad y dar testimonio de verdad. No caiga el racionalista en el sofisma hipócrita de la gente que se llama de mundo. Como es gente por lo general vacía, y egoísta, pretende encubrir su ignorancia y su egoísmo, con lo que llama el buen tono de no hablar de religión.

No temamos hablar de religión; es el asunto más importante de la vida. Por la religión soy libre o esclavo; justo o injusto, republicano o católico, soberano o siervo. Y preguntad ¿por qué se teme hablar de religión? Porque no se puede sostener el catolicismo razonando. Y la prueba es que al momento insulta, o calumnia, o se encoleriza o apela a la violencia.

¿Pero razonar? Tiembla.

Y el racionalista, aplicando su razón como fuerza, en el axioma de justicia que es su punto de apoyo, conmueve al Viejo mundo católico con el peso de toda la inercia de sus siglos, para arrojarlo a la inmensa fosa, donde se verifica la putrefacción de todos los errores y mentiras.

Y el racionalista es uno contra legión y no tiembla porque afirma la verdad y la justicia.

¿Qué le importa el número? No cuenta a sus enemigos.

Es unidad contra cantidad.

¿Qué le importa la tradición? La verdad no tiene edad.

Es libertad contra la crónica del humano martirologio, como Camilo Desmoulins llamó a la historia.

¿Y el sexo débil enemigo?

El racionalista pertenece al sexo fuerte. Las mujeres serán lo que los hombres quieran. La República Romana nos daba Cornelias, y el Imperio Romano Mesalinas. Alejandro VI Papa, nos dejó a Lucrecia Borgia, y la República Francesa a madame Roland.

En fin, el racionalista es estoico. El motivo de sus acciones es el deber. El móvil de sus acciones es el amor a la justicia.

Tenga la conciencia de que él es heredero del eterno testamento.

Tenga el entusiasmo que inspira la regeneración del mundo.

¡Adelante, punto luminoso de la línea recta que va de la libertad al Infinito!

Sé una verdad, y condensarás los elementos dispersos del mundo de justicia que buscamos.

XXXVIII

DE LA FUERZA COLECTIVA Y DE LA FUERZA DE LA AUTORIDAD AL SERVICIO DEL RACIONALISMO

LA ASOCIACIÓN es indispensable.

Unos de los grandes defectos de nuestra educación católica consiste en esperarlo casi todo de la autoridad, del gobierno, de la fuerza legal: consecuencias como tantas de la abdicación del juicio individual. Y una de las grandes cualidades de los hombres del norte, que protestaron (y que por eso se llaman protestantes) contra la obediencia ciega, ha sido y es, la iniciativa intelectual, moral y física para todas las empresas, la conciencia de la razón como fundamento de la dignidad personal, y el empleo de la asociación libre y del raciocinio para aumentar su poderío e instituir su imperio.

De ahí viene esa profunda diferencia de vida entre los pueblos que rechazaron a Roma y los que viven aún sometidos a su pontifical dominio.

El desarrollo de la instrucción, de la enseñanza, el uso de la palabra en lecturas, cátedras, tribunas; la prensa bajo tantas formas, desde el periódico de aldea que visita la cabana del labrador hasta el Times que golpea a todas las puertas del mundo civilizado; el folleto especial sobre todas las necesidades de la vida y el libro, catapulta que derriba religiones: toda idea busca la prensa, el club, el meeting, la asociación, un órgano, una tribuna y una organización.

Es así como los pueblos llegan a ser ellos su gobierno, y es así como la razón llega a ser el gobierno de los gobiernos.

Esos pueblos tienen fe en la palabra, y ya organizaron la autoridad, la fuerza y la autocracia de la palabra. La revolución, la revuelta, la anarquía y el despotismo caen de suyo, y su apariencia se hace imposible.

Tengamos esa fe, si somos republicanos, y organicemos la asociación del racionalismo.

Inútil sería demostrar las ventajas y la necesidad de semejante medida.

¿Qué no se ha conseguido en Alemania, hoy en Italia, en Inglaterra y Estados Unidos con la libre asociación? Citaremos el ejemplo de Gobden, el jefe de los libre-cambistas, o del comercio libre (free trade). ¿Cuántos esfuerzos, qué perseverancia, qué fe, y cuántos resultados magníficos para el bienestar de las masas?

¿Y para una causa más grande, no podremos organizar una sociedad de la república-racionalista? Tenemos el programa, ¿y no procuraremos realizar la gran revolución de la razón y libertad?

¿Llevamos la palabra de verdad, y no podremos alimentar a las multitudes hambrientas de pan y de justicia?

Demos pues, un cuerpo a la doctrina; organicemos el centro de la propaganda: hagamos una fuerza colectiva.

El catolicismo cambia de formas: es ultramontanismo en Roma y en España; Jesuitismo en el mundo, y Sociedades de San Vicente de Paúl en otras partes. Acecha el modo, y muda de forma. Se sirve de los ferrocarriles, de la prensa, de la asociación. Pretende vivificarse apoderándose de algunas formas de la libertad moderna, para mejor estrangularla. ¿Y nosotros no nos asociaremos para combatirlo y afirmar la salud, la salvación y la belleza del mundo?

Ved a los enemigos en la obra (fervet opus). Son activos, se multiplican, se infiltran, gritan, peroran, tienen el confesionario para hablar despacio y la cátedra sin réplica para hablar con brío. Tienen capital, centro, unidad, gobierno, asociación, clero sostenido por el Estado, organizaciones, misteriosas y públicas; dirigen la instrucción, reciben erogaciones por los bienes del cielo y de la tierra que dispensan, y a pesar de todo eso, ¿qué hacen? ¡y qué no haríamos nosotros con la milésima parte de esos medios! Es que ellos están muertos, me decía Lamennais; y nosotros tenemos la vitalidad de la verdad.

Pero si no trabajamos, si no nos unimos y organizamos nuestros esfuerzos, podemos ser aplastados por la fuerza tremenda de la inercia con que pesa la tradición católica sobre la cuna del Nuevo Mundo y sobre el espíritu redentor que ha sepultado.

En la historia de América, es conocida la influencia que tuvo la Logia Lautarina, para propagar y hacer triunfar la causa de la Independencia.

Cuando los hombres de pensamiento y de virtud en América unifiquen su afirmación racionalista y la negación católica, entonces veremos la segunda grande era del Nuevo Continente más gloriosa y fecunda que la de la Independencia.

Vean pues, las nuevas generaciones, el magnífico campo que las espera.

Asociémonos para preparar ese destino.

Seamos creadores. El racionalismo es por esencia creador.

Si el racionalismo llegara al poder, a ser autoridad, gobierno, educación, entonces llegará el momento de decir lo que deba hacer, para la garantía religiosa de la libertad, y extirpar la superstición.

XXXIX

DEFENSA DE LA AMÉRICA. DEL CONGRESO AMERICANO

YA LA INVASIÓN ha ensangrentado el suelo Americano, y con noble orgullo lo decimos, también ha sido escarmentada.

Los mejicanos sostienen en este momento el honor de nuestra América, la dignidad de los pueblos libres, y con la sencillez del varón fuerte nos proclaman desde las cumbres inmortales de Guadalupe, mostrándonos a los vencedores de Rusos y Austríacos, en precipitado derrumbe por su esfuerzo. Son los Zuavos y Cazadores que el 2 de diciembre de 1851 pisotearon la república francesa en una orgía de sangre, los que han ido a buscar su tumba en otra tierra, y a morder el polvo de los republicanos vencedores: ¡Gracias, justicia providencial! El débil vence al fuerte, la república destroza al soberbio Imperio, la Independencia a la conquista y la justicia al perjurio.

La luz se hizo. Bonaparte engañó a sus aliados y fue engañado por los traidores. Ya empieza a ser vencido por sus armas. Ya arrojó la máscara de las reclamaciones, que nunca le fueron negadas y la invasión desenmascarada, unida a los Almontes y Márquez, la hez de la tierra, pretendió llegar a la capital de Moctezuma, para proclamar la monarquía.

¡Qué espectáculo! ¡el de tanta intriga, en medio de tanto despotismo, rodeado de tanta fuerza!

¡Qué espectáculo! ¡el de ese imperio asociado y cobijando a los más infames traidores de la historia moderna! El historiador como aquel espartano, señala al ebrio para que su vista repugnante aleje para siempre de ese vicio al joven inexperto.

Pero la protesta de la Francia no es rápida, no llega y no sabemos si vendrá. La revolución europea puede tardar un año, y dar tiempo a Bonaparte para ensangrentar y arruinar la tierra Mejicana; y el deber de las naciones de América consiste hoy día, en volar a su socorro, o en tomar las medidas que vamos a indicar.

Antes de hacerlo, reproduciremos las siguientes líneas, demostrando la necesidad y el objeto del Congreso Americano.

El sabio naturalista D. Claudio Gay, historiador de Chile, nos dice lo siguiente:

«Al recorrer la correspondencia de aquella época, se ve con qué esmero estas dos repúblicas procuraban prestarse mutuamente auxilio para asegurar la conquista de sus derechos y preparar todo cuanto podía ser principalmente útil a los intereses comunes de su patria. Pero lo que se nota de más particular es que ya en aquella época se dejaba presentir la grande necesidad de un congreso general de todas las repúblicas de la América meridional para formar en él una alianza firme y duradera.

Esta junta (dice un oficio de 26 de noviembre) conoce que la base de nuestra seguridad exterior, y aun interior, consiste esencialmente en la unión de la América, y por lo mismo desea que, en consecuencia de los principios de V. E., proponga a los demás gobiernos (siquiera de la América del Sur) un plan de Congreso para establecer la defensa general de todos sus puntos, y aun refrenar las arbitrariedades y ambiciosas disensiones que promuevan los mandatarios; y cuando algunas circunstancias, acaso, no hagan asequible este pensamiento en el día, por lo menos lo tendrá V. E. presente para la primera oportunidad, que se divisa muy de cerca.

Este pensamiento, debido al gran patriota don Juan de Rosas y sostenido hábilmente por don Juan Egaña, fue claramente explicado en un diario que escribía el primero a la sazón, y que, por no haber imprenta, salía a luz manuscrito, con el título de Despertador Americano, en el cual aparecía como idea primitiva la del Congreso de Panamá».

(Claudio Gay. Hist. de la Indep. Chilena. Tomo 1º)

Obsérvese que ese oficio era de Noviembre de 1810, y se verá que el instinto de la defensa, y los grandes motivos que impulsaban a nuestros padres, les hacía ver con claridad lo urgente y permanente de las instituciones salvadoras.

¡Y cuántos bienes no hubiera ya producido esa unión, ese congreso, esa autoridad moral tan sólo, sea para nuestra respetabilidad exterior, sea para nuestra pacificación y desarrollo interno! Vuelve la ocasión, y apremia más, ¿por qué no realizar ese programa?

Los más notables pensadores de América, entre los cuales contamos al gran teólogo reformador don Francisco de Paula Vigil, al noble soldado coronel Espinosa, y al ilustre publicista de la República Argentina el señor Alberdi, han clamado también por esa idea. Nosotros también hemos dado nuestro contingente, y como subsiste el objeto, y los medios que para conseguirlo hemos expuesto son los mismos, nos será permitido reproducir un fragmento del folleto que a este respecto publicamos en París en 1856, cuando Méjico y Centro América eran amenazados por el filibusterismo de los esclavócratas de los Estados Unidos.

Entonces veríamos cuál sería nuestro destino en vez del de la gran unión del continente. La unión es deber, la unidad de miras es prosperidad moral y material, la asociación es una necesidad; aun más diría: nuestra unión, nuestra asociación debe ser hoy el verdadero patriotismo de los americanos del Sur.

No se crea tal idea un imposible. No hace medio siglo que los hijos del Plata y del Orinoco, del Guayas y del Magdalena, que los descendientes de Atahualpa y de Caupolicán se abrazaban en los días de muerte y de victoria, por espacio de 12 años y en las cimas de los Andes. Entonces la patria se llamaba Independencia. ¿Por qué hoy cuando se trata de conservar las condiciones físicas y morales del derecho y del porvenir de esa Independencia, no hemos de volver a sentir esa alma Americana que iluminó nuestro nacimiento con los resplandores de todas las campañas, desastres y victorias de los años terribles?

Sí. Hoy la patria se llamará confederación, para la segunda campaña, para abrir la era de una nueva manifestación de gloria.

«Otra consideración más elevada y más profunda tengo también que presentaros.

¿Qué es lo que se pierde en Europa? La Personalidad.

¿Por qué causas? Por la división. Se puede decir, sin temor de asentar una paradoja, que el hombre de Europa se convierte en instrumento, en función, en máquina, o en elemento fragmentario de una máquina. Se ven cerebros y no almas; se ven inteligencias y no ciudadanos; se ven brazos y no humanidad; reyes, emperadores y no pueblos; se ven masas y no soberanía; se ven súbditos y lacayos por un lado, y no soberanos. El principio de la división del trabajo, exagerado, y trasportado de la economía política a la sociabilidad, ha dividido la indivisible personalidad del hombre, ha aumentado el poder y las riquezas materiales, y disminuido el poder y las riquezas de la moralidad; y es así como vemos los destrozos del hombre, flotando en la anarquía y fácilmente avasallados por la unión del despotismo y los déspotas.

Huyamos de semejante peligro. Salvar la personalidad en la armonía de todas sus facultades, funciones y derechos, es otra empresa sublime digna de los que han salvado la República a despecho de la vieja Europa. Todo pues, nos habla de unidad, de asociación y de armonía: la filosofía, la libertad, el interés individual, nacional y continental. Basta de aislamiento. Huyamos de la soledad egoísta que facilita el camino a la misantropía, a los pensamientos pequeños, al despotismo que vigila y a la invasión que amenaza.

Uno es nuestro orden y vivimos separados. Uno mismo nuestro bello idioma y no nos hablamos.

Tenemos un mismo principio y buscamos aislados el mismo fin.

Sentimos el mismo mal y no unimos nuestras fuerzas para conjurarlo. Columbramos idéntica esperanza y nos volvemos las espaldas para alcanzarla. Tenemos el mismo deber y no nos asociamos para cumplirlo. La humanidad invoca en sus dolores por la era nueva, profetizada y preparada por sus sabios y sus héroes; por la juventud del mundo regenerado, por la unidad de dogma y de política, por la paz de las naciones y la pacificación del alma. ¡Y nosotros, que parecíamos consagrados para iniciar la profecía, nosotros olvidamos esos sollozos, ese suspiro colosal del planeta, que invoca por ver a la América revestida de justicia y derramando la abundancia del alma y de sus regiones sobre todos los hambrientos de justicia!

No, Americanos, no hermanos, que vivimos esparcidos en esa cuna grandiosa mecida por dos Océanos.

La asociación es la ley, es la forma necesaria de la personalidad en sus relaciones. En paz o en guerra, para domar la materia o los tiranos, para gozar la justicia, para acrecentar nuestro ser, para perfeccionarnos, la asociación es necesaria. Aislarse es disminuirse. Crecer es asociarse. Nada tenemos que temer de la unión y sí mucho que esperar. ¿Cuáles son las dificultades? Creo que tan sólo el trabajo de propagar la idea. ¿Qué nación o qué gobierno Americano se opondrían? ¿Qué razón podrían alegar? ¿La independencia de las nacionalidades? Al contrario, la confederación la consolida y desarrolla, porque desde el momento que existiese la representación legal de la América, cuando viésemos la capital moral, centro, concentración y foco de la luz de todos nuestros pueblos, la idea del bien general, del bien común, apareciendo con autoridad sobre ellos, las reformas se facilitarían, la emulación del bien impulsaría, y la conciencia de la fuerza total de la gran confederación, fortificaría la personalidad en todos los ámbitos de América. No veo sino pequeñeces en el aislamiento; no veo sino bien en la asociación. La idea es grande, el momento oportuno, ¿por qué no elevaríamos nuestras almas a esa altura?

¿Y nosotros que tenemos que dar cuenta a la Providencia de las razas indígenas, nosotros que tenemos que presentar el espectáculo de la república identificada con la fuerza y la justicia, nosotros que creemos poseer el alma primitiva y universal de la humanidad, una conciencia para todos los resplandores del ideal, nosotros, en fin, llamados a ser la iniciativa del mundo por un lado y por otro la barrera a la demagogia y al absolutismo y la personificación del porvenir más bello, ¿abdicaremos, cruzaremos los brazos, no nos uniremos para conseguirlo? ¿Quién de nosotros, conciudadanos, no columbra los elementos de la más grande de las epopeyas en ese estremecimiento que conmueve al Nuevo Mundo?

Debemos pues, presentar el espectáculo de nuestra unión Republicana. Todo clama por la unidad. La América pide una autoridad moral que la unifique. La verdad exige que demos la educación de la libertad a nuestros pueblos; un gobierno, va. dogma, una palabra, un interés, un vínculo solidario que nos una, una pasión universal que domine a los elementos egoístas, al nacionalismo estrecho y que fortifique los puntos de contacto. Los bárbaros y los pobres esperan ese Mesías; los desiertos, nuestras montañas, nuestros ríos claman por el futuro explorador; y la ciencia, y aun el mundo prestan oído para ver si viene una gran palabra de la América: y esa palabra será la asociación de las repúblicas» (4).

XL

LA OPINIÓN

A PESAR DE LA DIFICULTAD de las comunicaciones, vamos a consignar al fin de este trabajo, un resumen de los actos que han llegado a nuestro conocimiento, sea de la opinión o de los gobiernos de América, ante el atentado de la invasión francesa.

El gobierno del Perú que ha sido el único que sepamos hubiese protestado contra la España por la anexión de Haití, ha sido también el más diligente en acreditar enviados para ver modo de verificar la Unión Americana.

La opinión pública en Lima se ha manifestado de un modo solemne y las manifestaciones cunden en otros puntos de la república.

El señor Andraca en Lima, promovió la reunión el día 29 de marzo de 1862 que hizo la declaración siguiente:

Después de varios artículos:

«13º Que los peruanos se congregan en patrióticos comicios para hacer oír su palabra desde la tribuna de la prensa defendiendo los derechos de su hermana la República de Méjico, los de toda la América y los suyos propios, para manifestar a las testas coronadas de Europa, que en América no existen simpatías ni partidarios para adoptar ni consentir el establecimiento de gobiernos monárquicos, y mucho menos el de ningún sumo imperante extranjero».

«14º Que en caso de que el conflicto en que se ha puesto la independencia de Méjico no se zanje por la vía de las negociaciones diplomáticas, y se violente a sus nacionales para imponerles el proyectado trono u otro cualquiera, el pueblo peruano debe ayudarle a sostener su personalidad política y sus derechos imprescriptibles con todos sus recursos, sin omitir el sacrificio de su misma existencia».

«15º Que los peruanos siempre hospitalarios, han ofrecido su fraternal estimación a todos los extranjeros residentes en su territorio, garantizándoles por medio de las leyes su trabajo y su personalidad;

que los han mirado y los miran como compatriotas, otorgándoles los derechos de ciudadanía y de fraternidad política desde que pisan su territorio, y que por tan sagrados principios deben manifestar como manifestamos, que cualesquiera que sean las emergencias de la guerra de Méjico, jamás podrán darnos una actitud hostil para los extranjeros residentes en nuestro suelo, y a quienes llamamos nuestros amigos y hermanos».

«16º Que los gobiernos de dos potencias de la Europa particularmente, olvidando el bautismo de sangre que nos regeneró, sacándonos de la esclavitud a una vida de independencia y libertad, desatendiendo el sentimiento de sus mismos pueblos, cuya causa de libertad se opone a la opresión del principio de independencia y nacionalidad, no oyendo el grito universal de reprobación del mundo civilizado, parecen confirmar con los hechos la intención que se les supone de implantar el gobierno monárquico en todas las secciones americanas».

«17º Que la memoria de nuestros padres, mártires de la libertad y la sangre derramada en los campos de la Independencia y nuestra existencia y la de nuestros hijos, reclaman imperiosamente la resistencia pasiva y activa a toda dominación extraña».

«18º Que los republicanos demócratas cuando se trata de arrebatarles su vida, que es la república, todo lo consagran a la patria, todo se lo deben, sin que ella nada les deba».

«19º Que nuestra sangre, la de nuestros hijos y la de los hijos de nuestros hijos, no debe ahorrarse cuando se trata de abatir la tiranía y de fecundizar la tierra de la libertad».

«Por todos estos fundamentos», etc., etc.

En Chile se instaló la sociedad de la Unión Americana, en Valparaíso el 17 de abril de 1862 bajo las siguientes bases:

1º Compondrán la sociedad todos los interesados en el porvenir de las repúblicas americanas y de los principios en que se basó su Independencia. Su objeto principal será:

«1º Trabajar por la unificación del sentimiento americano y por la conservación y subsistencia de las ideas republicanas en América, por todos los medios a su alcance».

«2º Promover y activar las relaciones de amistad entre todos los hombres pensadores y libres de la América republicana, a fin de popularizar el pensamiento de la Unión Americana, y de acelerar su realización por medio de un Congreso de Plenipotenciarios».

Y en Santiago se organizó la misma sociedad, reuniendo lo más escogido que tiene el país en la literatura y en las armas. Las ciudades de Copiapó, La Serena y Quillota, ya a la fecha habían instalado sociedades con el mismo objeto, y últimamente el poder ejecutivo fue interpelado en la Cámara de Diputados sobre su conducta respecto a la situación de Méjico. El gobierno del señor Pérez respondió satisfactoriamente, dando cuenta de haber enviado a su ministro en Londres, la protesta del gobierno de Chile, y de haber decidido enviar una legación a Méjico. La prensa defiende enérgicamente la causa de América.

La República Oriental de Uruguay, pequeña en tierra pero grande en ánimo, ha manifestado en la prensa su decisión por la causa, su reprobación al atentado, y La República promovió la formación de la «Sociedad Americana» que reuniese sus esfuerzos a los de Chile y el Perú. La juventud ha levantado una suscripción para enviar al general Zaragoza una prenda de admiración, el bello sexo ha bordado una bandera para el general Berriozabal, vencedor en las cumbres, y últimamente varios jóvenes del ejército han pedido sus bajas para ir a ofrecer al gran Presidente Juárez sus servicios.

Todo eso es bello y animador, y siendo lo único notable que sepamos se haya hecho, lo consignamos como un estímulo para hacer algo más y realizar una de las grandes medidas indicadas.

Nada sabemos de las repúblicas de Colombia, del Centro, y de Bolivia. Del Paraguay, el silencio de la muerte; y de la República Argentina, en otro tiempo tan americana, no hemos oído ni hemos sabido se haya hecho nada hoy día por la causa del continente. Las fronteras de provincia la separan de la nación; y la nación sin capital, la despersonaliza en América. Los Bizantinos disputaban encarnizadamente sobre los panes-ázimos, cuando ya Mahoma II golpeaba las puertas de Constantinopla.

XLI

LO URGENTE

Si las circunstancias apremiaran, si el peligro de Méjico aumentara, y las naciones de América no sintiesen ese entusiasmo que allana las dificultades y domina al tiempo y al espacio; si se creyera que la instalación de ese Congreso exigiría mucho tiempo, durante el cual se consumase el atentado, entonces cada nación, cada pueblo, todo individuo, proceda por sí, y contribuya según sus fuerzas a la defensa de la república y del territorio amenazado.

Tres son las grandes medidas que pueden tomarse para socorrer a Méjico y dar respetabilidad al continente.

PRIMERA MEDIDA

INTERDICCIÓN COMERCIAL CON LA FRANCIA

Grande, magnífico sería que el Congreso Americano decretase esa medida; pero en su deficiencia, cada nación puede hacerlo y dar ese ejemplo sublime de fraternidad y solidaridad americanas.

Imaginaos el efecto que produciría en Francia la noticia de no poder introducir en América ninguna de sus producciones y artefactos.

¡Qué estímulo para las naciones industriales, para la concurrencia de la Inglaterra, Bélgica, Alemania! ¡Qué germen de protesta y de revuelta no produciría en Francia misma la interdicción comercial, causando bancarrotas y arrojando multitud de obreros a la calle sin trabajo y sin pan! Cuando la justicia impera en la conciencia de los pueblos la interdicción moral es lo bastante; pero para pueblos materializados el lenguaje de la materia es necesario.

SEGUNDA MEDIDA

Enviar un ministro plenipotenciario a Europa, otro a Méjico, y otro a Estados Unidos. El lector comprenderá que no podemos ocuparnos de sus instrucciones respectivas.

TERCERA MEDIDA

Levantar un empréstito en todas las Repúblicas para ponerlo a disposición del gobierno Mejicano.


Notas:

4. Congreso Federal por F. Bilbao.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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