La América en peligro

LA AMÉRICA EN PELIGRO

SEGUNDA PARTE

VIII

LAS CAUSAS DEL PELIGRO Y EL CHARLATANISMO DEL PROGRESO

UNA CAUSA PELIGRA por tres razones: o por la debilidad física, o por la incapacidad intelectual, o por la privación del elemento moral, como principio y como alma de los hombres que deben sostenerlo: Es decir: justicia del principio; virtud del defensor.

La causa más justa puede perderse, si algún error de cálculo o un estúpido o miserable la dirige.

La causa más justa puede perderse, si los que son llamados a sostenerla, no sienten el impulso moral del deber, y ceden al deber, y ceden al egoísmo, indolencia o cobardía, traicionando sea el jefe, sean los subalternos, sean los pueblos. La causa más justa puede perderse, si sus campeones representan tal inferioridad numérica, de fuerza, de disciplina, de organización y de armamento que hagan la victoria imposible, pero el sacrificio obligatorio.

¡Qué causa más justa que la de Hungría en 1848, y sucumbe por la traición!

¡Qué causa más justa que la de la Polonia! ¡Y sucumbe bajo el peso exorbitante de la superioridad de la fuerza bruta!

¡Qué causa más justa que la de la República Francesa en 1848! Y sucumbe por la incapacidad de sus meneurs socialista-demagogos, por la incapacidad para no descubrir la perfidia, y últimamente por la traición a la República Romana que prepara la traición del 2 de Diciembre.

¡Sí! es necesario no olvidar que la justicia puede ser vencida, y no ser como esos doctrinarios, eclécticos o charlatanes del progreso, que se imaginan o dicen para no hacer nada, que la justicia ha de triunfar por sí misma.

Y en boca de ellos, en efecto, siempre triunfa la justicia, porque para ellos la justicia Es el éxito.

Triunfa Roma, es la civilización quien triunfa.

Triunfan los bárbaros contra Roma, cae el mundo en la barbarie, nace la feudalidad, se hace noche en la historia: Es la civilización que se renueva. Triunfa el catolicismo, la Inquisición se hace institución santa y consagrada por los Papas y monarcas: Es la civilización y caridad.

Triunfa la monarquía devorando fueros, vida provincial, municipal, popular, decapitando clases, aboliendo instituciones vitales, centralizando, unitarizando, devorando libertades, riquezas, la sangre y sudor de los pueblos; y se proclama poder divino por boca de Pablo y de Bossuet. Es la civilización, es la unidad.

Viene la revolución a negar esos principios y a derribar esos hechos e instituciones consagradas, y algunos, aunque no todos, dicen: es la justicia.

A esa escuela pertenecen casi todos los historiadores de Francia, exceptuando gloriosamente nuestros ilustres maestros, Michelet y Quinet. Pertenecen a ella todos los filósofos panteístas, los sectarios de Schelling, de Hegel en Alemania, los Cousin, Guizot, y tuttí cuanti en Francia; últimamente los Pelletan, y en España como imitador de imitadores, los Castelar y turbamulta.

Y también en América, el mal había penetrado.

Así como los poetas imitaron, plagiaron o dinamizaron a Espronceda y algún otro que habían imitado o dinamizado a Byron, así también los débiles cerebros de la juventud, que podían haber recogido los ecos de la epopeya de la Independencia, se conjuraron para llorar y para cantar la ¡desesperación! Y los escritores americanos del progreso, se ponen a legitimar también todos los hechos.

Volviendo a nuestro asunto, examinemos las causas que por parte de la América la ponen en peligro. Hemos dicho que pueden ser tres:

Causa física.

Causa intelectual.

Causa moral.

La causa física es la debilidad o desproporción incalculable de fuerza.

La causa intelectual es la torpeza que no sabe unir, asociar, dirigir, aumentar las fuerzas físicas, morales e intelectuales de los pueblos, para hacerles converger al punto, al objeto decisivo, y el error en la concepción o aplicación de los principios.

La causa moral consta de dos elementos: la justicia del principio y la virtud del defensor.

La justicia del principio está probada.

Queda tan sólo la virtud del defensor.

La causa física es la inferioridad de fuerza.

La causa intelectual es torpeza o error.

La causa moral es la corrupción del móvil y motor de las acciones, o el egoísmo, la pasión, el vicio y vilipendio autorizados por el ejemplo del que manda, y la pasividad social del que obedece.

IX

CAUSA FÍSICA O DEBILIDAD DE LA AMÉRICA

ESTAS TRES CAUSAS se combinan, y a veces es difícil asignar una sola exclusivamente en la producción de un fenómeno. Tal es la solidaridad del organismo en el individuo, en los pueblos, en la historia. Una causa intelectual, un error, puede producir debilidad física y lo mismo sucede con las causas morales. Así como en ciertas enfermedades el debilitamiento fisiológico del organismo hace aparecer a la inteligencia perturbada, así un error en el conocimiento de la causa del mal, o en la aplicación del remedio, produce la debilidad física o la muerte. Así también el entusiasmo, el amor, el patriotismo, iluminan la inteligencia y multiplican las fuerzas, y el egoísmo, la indolencia o cobardía apagan la inteligencia, y enervan el físico para las empresas varoniles.

Hay pues una gran solidaridad en las tres causas enunciadas, pero las separaremos para facilitar el análisis:

1ª. Debilidad física o notable inferioridad de fuerza. La población americana aparece en el continente como náufragos en el océano, adparent rari nautes ingurgite vasto.

En una superficie de tres millones y ochocientos kilómetros cuadrados (o sea 950.000 leguas) vive esparcido un número de habitantes con poca diferencia como el de Francia, que sólo ocupa una superficie de quinientos cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados. Creemos que la población de Francia se acerca hoy día con la Saboya, Niza, Argelia, a cuarenta millones de habitantes.

Bounillet calcula la población de toda la América en treinta y ocho millones, compuesta de:

14.000,000 Europeos.
10.000,000 Indígenas.
7.400,000 Negros.
7.000,000 Mestizos.


Refiriéndonos por ahora a la América Latina, asignamos según los datos imperfectos que poseemos:

7.000,000 a Méjico.
1.300,000 a la América del Centro.
1.400,000 a la Nueva Granada.
1.000,000 a Venezuela.
800,000 al Ecuador.
2.500,000 al Perú.
1.300,000 a Bolivia.
1.500,000 a Chile.
1.000,000 a la República Argentina.
300,000 a la República Oriental del Uruguay (2).

Hacemos abstracción del Paraguay y del Brasil, porque no los creemos dignos de entrar en la línea de batalla.

Suma: 18.100,000 y si se quiere, atendida la deficiencia de los censos, sea diez y nueve millones de habitantes.

¡Desde Méjico a Chile! adparent rari nautes.

De modo que por grande que fuese el esfuerzo de una población tan esparcida, difícil es un momento dado, presentar en el punto atacado, la aglomeración de fuerzas necesarias para hacer frente a un enemigo que tiene la facilidad de escoger su hora, designar su punto de ataque, y lo que es más, de concentrar sus fuerzas.

2ª. Tan reducida población, a tan grandes distancias esparcida, origina la separación, el aislamiento, la dificultad de comunicarse, de cambiar sus ideas y productos.

Esto retarda el desarrollo de la inteligencia y de la riqueza, si no lo paraliza.

3ª. La buena situación geográfica en las costas de los principales centros de población, de mejora y de riqueza, es otro peligro. Excelente situación para la paz, para el estado normal, pero fácil presa de los grandes salteadores con escuadras. Caracas, La Guaira, Maracaibo, Santa Marta, Cartagena, Panamá, Guayaquil, Lima y Callao, La Serena, Valparaíso, Talcahuano, Chiloé, Montevideo, Buenos Aires, las costas del Uruguay y Paraná, que forman, puede decirse, la cintura marítima de la América del Sur y que son los principales centros de población y de poder, están a la merced de un golpe de mano.

Tierra adentro, en América, si exceptuamos a Méjico, Bogotá y alguna ciudad de Bolivia, es en general lo más atrasado, es el desierto, la barbarie, el espíritu local, la aldea, la pasión del villorrio entre los que se llaman civilizados, y los instintos de la tribu entre los bárbaros o poblaciones nómadas, de Patagonia, del Chaco, del centro de América entre el Perú y Bolivia y el Brasil, las orillas del Amazonas, del Napo y del Orinoco.

Resumiendo podemos decir, que la causa física de la debilidad de la América es la grandeza del espacio y lo diminuto de la población, sembrada, separada, aislada.

El esparcimiento debilita, la separación aísla, el aislamiento empequeñece: disminución de poder, de riqueza, de adelanto.

Tales son las causas físicas más estables del mal. No podemos señalar otras, sin entrar en la categoría de las causas intelectuales o morales. Hay un consuelo, y es que no son radicales ni necesarias. Cincuenta años de paz cambiarían la faz geográfica y estratégica de América.

X

CAUSA INTELECTUAL DE LA DEBILIDAD DE AMÉRICA, O EL ERROR

LA CAUSA INTELECTUAL del mal es el error. ¿Cómo se produce el error? Cuestión filosófica que aquí no podemos sino indicar. El error es la visión incompleta de la inteligencia.

¿Cómo se produce esa visión incompleta? Pueden darse muchas contestaciones, pero sólo indicaremos las principales y que a juicio nuestro son las esenciales.

La inteligencia es la facultad de ver con conciencia los hechos, las leyes de los hechos, la causa de los hechos.

Un hecho es afirmado: el Sol alumbra. No hay error, ni posibilidad de error: es la afirmación del hecho. Puedo afirmar aún más y decir: los sentidos me dicen que el Sol gira alrededor de la Tierra, y no miento, tal es la apariencia del fenómeno o del hecho; pero si digo: el Sol debe girar alrededor de la Tierra, ya en esa ley inducida que establezco va el error.

¿Por qué?

Otro hecho ha sido afirmado, y es la medida de la distancia de la Tierra al Sol; se ha calculado su volumen, su peso; se han descubierto otros astros que giran alrededor de órbitas cuyo centro es el Sol. Se ha visto que es imposible que esa masa describa la inmensa elipse en el espacio de 24 horas; y ese imposible que la inteligencia induce y que a priori la razón deduce, contradice y niega la simple afirmación del hecho sensible. ¿Qué hacer ante la negación de la razón y la afirmación de los sentidos? ¿Se dirá que la razón ceda al sentido, o que la visión del ojo acepte la visión del espíritu? La humanidad unánime en todo tiempo y lugar, afirma la visión del sentido. La razón de uno solo afirma la visión del espíritu: y la razón de uno solo fija al sol en su centro atractivo y hace girar la inteligencia de todos los hombres a despecho de lo que ven, alrededor de su concepción y demostración sublimes. La visión racional de uno solo, vale pues, más que la visión sensible de la multitud que no piensa.

Y haciendo girar la Tierra sobre sus ejes el hecho queda explicado. No es el firmamento que ha girado para ser pasado en revista por un gusano de la tierra. Es la Tierra que se mueve a despecho de Moisés y de la infalible iglesia. No es el horizonte que gira alrededor del hombre, es el hombre que da una media vuelta sobre sí y recorre el horizonte.

¿Qué consecuencias deducimos?

Si nos atenemos a la filosofía de Platón, podemos decir: la causa del error es el olvido. Al afirmar, por la visión de los sentidos, o por la apariencia sensible, que el Sol es el que gira, olvidamos que no puede recorrer esa distancia en 24 horas. Pero el olvido supone conocimiento anterior.

Así es. Según Platón, poseemos los conocimientos en germen, y la enseñanza es tan sólo desarrollo, trabajo de partera para hacer alumbrar la humanidad.

Pero, haciendo abstracción de la opinión de Platón, sostenemos que el olvido de algún elemento necesario que entra en la concepción de la verdad, es la causa de casi todos nuestros errores.

Ejemplo: ¿Cuál es el error del anarquista de buena fe? el olvido de la necesidad del orden. ¿Cuál es el error del absolutista? el olvido del derecho de libertad en todos. ¿Cuál el error del panteísta? el olvido de la personalidad libre. ¿Cuál el error del católico? el olvido de la justicia, porque los dogmas del pecado original, penas eternas, etc., etc., desaparecen ante la concepción de la justicia. ¡Penas eternas! ¡mal eterno! ¡Blasfemia! ¡castigo y pecado sin culpa, ni conocimiento, atrocidad!

Pero queda aún por establecer la razón de la razón, sobre la apreciación de los sentidos que trasmiten y de la inteligencia que recibe.

La causa por qué la razón es el tribunal supremo, inapelable, consiste en que la razón es la facultad que ve, concibe, afirma lo necesario y absoluto. Y cuando lo necesario habla, lo aparente calla; cuando lo absoluto afirma, lo relativo tiembla: y como ya nos hemos extendido demasiado en este episodio metafísico, aclararemos con un ejemplo la autocracia de la razón.

El ser infinito es eterno, idéntico, inaumentable, indismmuible, invariable en su infinidad absoluta.

Proposición absoluta y necesaria que afirma la razón.

La creación ha salido de la nada. Proposición negativa que la razón califica de absurda, porque la nada es la negación infecunda, y sólo el ser es la afirmación creadora. Crear de la nada, significa aumentación del ser infinito.

La ley que determina el orden de la creación es eterna; porque si la ley variase, la verdad que es expresión de la eternidad de la ley, no existiría, y porque si la ley, es decir, la forma típica y eterna de las cosas variase. Dios variaría, y un Dios variable sería como si no existiese. El todo es mayor que la parte, no hay efecto sin causa, la línea recta es el camino más corto, en una palabra: el axioma es eterno e invariable. Dios no lo puede cambiar. El milagro es un absurdo.

El absurdo es pues, en último análisis, el resultado del error, y todo error conduce a él.

El absurdo supone contradicción. La contradicción radical de las cosas, es el criterio más seguro para conocer la verdad o falsedad de un principio.

Volvamos ahora a nuestro asunto, y examinemos los errores que causan la debilidad de América.

Bajo el aspecto de la inteligencia solamente, el hombre o pueblo más fuerte, es el que vive con mayor verdad y con menor error. Grecia, la más pequeña nación de la antigüedad, por sólo poseer y practicar el principio de la personalidad y de la República, fue más fuerte y fecunda que todo el Oriente con sus imperios colosales.

Veamos cuáles son los errores de la América, porque conociéndolos estamos en el camino de la verdad que es el itinerario de la fuerza.

El error puede ser filosófico, religioso, político, moral, científico, económico y administrativo.

No pretendemos agotar la materia, pues sería objeto de una obra especial y de conocimientos que no poseemos, pero sí indicar los errores fundamentales que a nuestro juicio paralizan, combaten o retardan el advenimiento de la universal justicia.

XII

EL ERROR O CONTRADICCIÓN EN QUE VIVE LA AMÉRICA

Libertad y catolicismo, son dos palabras
que radicalmente se excluyen.

Lamennais

LA RELIGIÓN imperante en la América del Sur, es el catolicismo.

El principio político de América, es la República.

¿Hay armonía entre el dogma y el principio?

¿Es verdadero el dogma, es verdadero el principio?

Nosotros proponemos la verdad del principio, y en este momento no discutimos con el que lo niegue.

Siendo el principio verdadero, tiene que ser deducción legítima de un dogma verdadero.

¿Puede deducirse lógicamente el principio republicano del dogma católico? Imposible. Luego el dogma no es verdadero.

¿Puede uno, partiendo del principio republicano, inducir el dogma católico? Imposible.

La lógica deducción política del catolicismo es la teocracia: el Papado.

La lógica inducción dogmática del principio republicano, es el RACIONALISMO.

Racionalismo y catolicismo se excluyen. El catolicismo anatematiza al racionalismo, y éste aniquila al catolicismo.

Es la contradicción. Un mundo en la contradicción se destruye, se enerva, si no suprime uno de los contrarios. La salvación está a ese precio.

Yo respeto al católico sincero. No discuto sus dogmas por ahora, pero el católico sincero debe negar mi derecho al pensamiento libre, niega la soberanía de la razón, somete la razón a la autoridad de la Iglesia, y yo no puedo ser soberano de mí mismo, ciudadano libre, hombre independiente, sufriendo el capitis-diminutis, la decapitación de mi personalidad, cuya sustancia y esencia es la razón, la libre razón, la justa medida de luz consciente que he recibido directamente del Eterno.

La creencia católica se apoya en el milagro, el milagro es su punto de partida, el milagro es su prueba. sin milagro no hay catolicismo. Proposición que equivale a esta otra: sin absurdo no hay catolicismo.

La religión católica impone el milagro.

La fe en el milagro es la condición de la salvación; lo que equivale a decir: la creencia en el absurdo, la fe en el absurdo, es la condición fundamental para salvarse.

¿Y qué significa la imposición autoritaria de la fe ciega, del milagro y del absurdo? Significa que no debemos dar fe a la razón independiente, que debemos creer lo contrario a la razón.

Y un mundo educado en ese absurdo, ¿qué puede producir?

El fanatismo estúpido y perseguidor, o la duda absoluta, o la contradicción radical.

El catolicismo destruyendo la autoridad de la razón, desquiciando la inteligencia para convertir al hombre «en bastón en manos de un viejo», como lo dice y pretendió ejecutar Ignacio de Loyola, despoja al hombre de la soberanía de sí mismo, mina su personalidad y lo entrega «como un cadáver», al que quiera dominarlo. Fundad repúblicas, dadme republicanos con semejante educación.

¿Con quién luchan? ¿Con quién han tenido que luchar las repúblicas? Con la religión católica y su fanatismo enseñado, con la Iglesia infalible que es insaciable de poder y de rentas, con el despotismo político apoyado en todas partes en la religión como dogma, en la Iglesia como autoridad, en el clero y frailerío como fuerza, y en la ignorancia de las masas, cuyo fanatismo se explota: ¡el retrato de Rosas en el templo católico!

¿Cuáles han sido los progresos de las repúblicas?

Arrancar poco a poco a la Iglesia los fragmentos del territorio que poseía.

La libertad de cultos, matrimonios mixtos, abolición de la censura, libertad de la prensa, institución del patronato, abolición de los votos perpetuos, instituciones filosóficas de enseñanza, libertad de enseñanza (que el católico suprime en donde impera, y que pide y proclama en donde es dominado). En Chile, en el Perú, en Roma, en Nápoles. . . en Austria, pide el católico el exclusivismo, o el dominio de la enseñanza católica, el derecho de censura sobre los libros, nombramiento de profesores, etc. Y en Rusia, en Polonia, en Turquía, en Inglaterra, en Estados Unidos, pide, invoca y grita con hipocresía satánica el derecho a la libertad de la enseñanza.

¿Cuál ha sido la suerte de las Repúblicas que se han aferrado al catolicismo? La Muerte: Venecia, Florencia... etc. Paraguay, etc.

¿Cuál ha sido el principio de vida de las Repúblicas católicas de Italia? El terror, nos lo prueba Edgar Quinet, y lo citamos porque no se puede hablar de Italia sin citarlo.

¿Cómo han prosperado las naciones católicas? Negando el catolicismo. Lo más libre, lo más fuerte, lo más espléndido, lo más adelantado que posee la Tierra, son las naciones que se han separado del catolicismo: la Alemania, la Holanda, la Escandinavia, la Suiza, la Inglaterra, los Estados Unidos.

¿Cómo se regeneran los pueblos sentados a la sombra de la muerte, que es Roma?

Negando a Roma, buscando la luz que no llega a las catacumbas de la libertad.

¿Cómo ha adelantado la ciencia? Ofreciendo su contingente de mártires a la Iglesia.

¿Cómo ha adelantado el derecho? Negando el derecho canónico y la penalidad bárbara de los códigos católicos.

¿Quién encendió las hogueras de la Inquisición, legitimada por Donoso Cortés en España, por el canónigo Pinero en Buenos Aires? La Iglesia católica.

¿Quién apagó esas hogueras que insultaron la frente de los Andes en Méjico y Lima, y las cumbres de los Apeninos, Pirineos y de Sierra Nevada? La filosofía.

¿Quién ha asentado el poder divino de los reyes? Desde Pablo que legitimó la esclavitud, y Bossuet que provocaba a ese monstruoso pavo real coronado que se llamaba Luis XIV, a ejercer su poder divino, hasta Pío IX que llama al verdugo de Polonia, en su carta al Arzobispo de Varsovia en 1862, «ilustre rey de Polonia», ¿quién? ¡el catolicismo!

¿Quién ha abolido el tormento y la penalidad bárbara, y continúa aboliendo la pena de muerte? La filosofía. ¿Quién ha fusilado por causas políticas en los Estados Pontificios? El Papa Pío IX.

¿Quién ha abolido la esclavitud? La filosofía.

¿A quién pertenecían los últimos siervos en Francia? A la Iglesia católica.

¿En dónde hay más criminalidad y corrupción según la unánime estadística de los gobiernos y de los observadores? En Roma, en Nápoles, en Viena, y ¡en los países más esencialmente católicos!

El catolicismo ha legitimado el atentado permanente contra el derecho, y los grandes crímenes, las solemnes matanzas que aún hacen estremecer la historia: la San Bartolomé fue aprobada y preparada por la Iglesia, las exterminaciones de los Valdenses, Albigenses, Hu-sitas, fueron santificadas y los exterminadores hasta hoy glorificados.

¿Quién cubrió de cadáveres suspendidos los bosques de los Países Bajos, y quemó 20.000 herejes en la sola Inquisición de Sevilla?

¿Y qué diremos de la conquista de América?

Méjico y Perú, dos imperios entregados a las llamas, con sus templos, sus libros, y aun sus habitantes en gran parte.

Cesen pues, de mentir a su pasado, a su historia, a su esencia lógica, que es la intolerancia, a su sustancia que es el absurdo, a su tendencia, que es el despotismo, a sus fatales y necesarios resultados que es el atraso, el fanatismo, la corrupción, la miseria y el servilismo feroz de las masas embrutecidas, para que sirvan de terror a los enemigos de su dominación despótica; el dogma, el principio, la historia, los hechos, la lógica y la experiencia establecen que entre el catolicismo y la República hay incompatibilidad radical, esencial, contradictoria.

¿Por qué. Dios de verdad, no hemos de ver un día, la lucha sincera de los hombres de creencias opuestas? ¡Qué espectáculo más noble, que el del creyente desplegando su bandera, toda su bandera, sin reticencia, sin restricción mental, sin cobardía y presentarla al soplo de todas las tempestades. Pero el espectáculo del sofista, del jesuita, del hombre sin sinceridad para pensar, que tergiversa sus principios, que encubre las consecuencias de su doctrina, que niega o disfraza los hechos que lo condenan, que se cree autorizado por Ignacio de Loyola para llamar blanco lo que es negro («para mayor gloria de Dios»), he ahí algo que se asemeja a la putrefacción de la muerte.

Creo en la sinceridad de De Maistre, el más fuerte campeón del catolicismo en los tiempos modernos, que impone la teocracia como gobierno, y al verdugo como primer ministro de un buen príncipe.

Creo en la sinceridad de Chateaubriand, que barnizó el edificio católico con la miel de su estilo y de su brillante fantasía, y que decía, oponiéndose a la existencia de las Repúblicas del Sur: «hay demasiado con una República en el mundo».

Creo en la sinceridad de Donoso Cortés, entonando un himno a la Inquisición y proponiendo el despotismo como salvación de las sociedades.

Creo en la sinceridad del canónigo Herrera en el Perú, negando y escarneciendo a nombre del catolicismo, el dogma de la Soberanía del Pueblo.

Creo en la sinceridad de la Iglesia Peruana, persiguiendo, en mi persona, la libertad de cultos que proclamaba; y admiro el valor de un canónigo diputado que para oponerse a ese derecho dijo, desde lo alto de la tribuna: «Dios es el primer intolerante».

Creo en la sinceridad del Arzobispo de Santiago, ordenando la delación y el espionaje en el seno de las familias, para descubrir las herejías, y delatar a las personas que no profesaban la religión católica.

Creo, en fin, en la sinceridad de Pío IX, entrando en Roma, «su pueblo amado», por la brecha abierta por el extranjero, y no pudiéndose sostener en medio de su grey sino con la escolta de los extranjeros, llamar al verdugo de Polonia, al dominador extranjero que la oprime, «ilustre rey de Polonia».

En fin, esto es claro, esto es sincero, esto es lógico; se ve al enemigo cara a cara y sin disfraz.

¿Pero, qué decir del católico que niega la autoridad de la razón, y dice que el catolicismo es liberal? ¿Qué decir del católico que afirma la infalibilidad de la Iglesia, la infalibilidad del Papa, y sostiene que la razón es católica?

¿Qué pensar del católico que esconde su bandera, que reniega o calla momentáneamente sus dogmas, para no presentar sino una faz de su doctrina? ¿Por qué no aceptan la responsabilidad y proclaman sinceramente el cuerpo de sus dogmas y principios? ¿Por qué no repiten las palabras de Pablo para fundar la democracia: «Todo poder viene de Dios: esclavos, obedeced a vuestros amos»?

¿Por qué no decir, lo que creen o piensan, respecto a la inmensa mayoría de la humanidad no católica, que nace y muere sin bautismo, y que por consiguiente, inclusive los niños recién nacidos, como lo sostuvo Bossuet, toda esa turba de millones humanos en los siglos y los siglos va a sufrir en los limbos, purgatorio, o infierno, la pena del pecado original que han inventado?

¡Ah! ¡Sinceridad! ¡cuándo veamos poner tu noble planta sobre la boca del sofista, entonces, creyentes de todas religiones, estaremos próximos a abrazarnos y unificarnos en la visión de la verdad! Porque si el error separa, el interés, las consideraciones egoístas de la posición social, la hipocresía, la cobardía, el sofisma, la indiferencia, el odio sectario, son los principales obstáculos a la iluminación del espíritu y a la fraternidad de las amias.

¿Cómo convencer a los aspirantes a los empleos de profesor, de juez, de ministro, enviado. Gobernador o Presidente, en medio de una sociedad católica?

¿Cómo convencer al que vive de las rentas de los conventos, o maneja los fondos de comunidades religiosas?

¿Cómo convencer al que necesita de la aprobación o del influjo de la influencia del clero, o del círculo en que vive, para administrar tal empresa, o presidir tal institución de crédito?

¿Cómo convencer, al que vive de testamentos, de albaceazgos, de herencias o de legados piadosos para el bien de las ánimas?

¿Cómo convencer al que cree que pensar es abrir las puertas del infierno?

¿Cómo convencer al que educado en el terror del fuego eterno, tiembla al solo contacto de la herejía?

¿Cómo convencer en fin, al que ve su posición social comprometida, su porvenir sacrificado, su nombre maldecido, su alma excomulgada, su creencia anatematizada, su persona perseguida y calumniada? ¿Cómo? Ved pues, la dificultad de la victoria de la luz.

La opinión, la sociedad, y en particular las mujeres, la política, la administración, la iglesia, unidas y conjuradas contra la razón y la libertad; y la razón y libertad cada día adelantando y venciendo, ¡he ahí el milagro, católicos! ¡he ahí, la ley de la verdad, racionalistas!

XIII

CONSECUENCIAS DE LA CONTRADICCIÓN ENTRE EL PRINCIPIO POLÍTICO
Y EL DOGMA RELIGIOSO

PENETRANDO PUES, en la esencia sustancial de la religión católica se ve, cuando con sinceridad se juzga, cuando se apartan las concesiones momentáneas, las transacciones falaces, que hay contradicción radical entre la esencia, la forma, y la práctica del racionalismo republicano.

El católico sincero, niega la autoridad y soberanía de la razón, que es el fundamento de la soberanía del pueblo.

Un republicano sincero, no puede creer en la Iglesia, que le ordena la obediencia ciega, y le impone la fe como condición de salvación.

Un demócrata no puede admitir la elección de arriba para abajo; es decir, el nombramiento de autoridades, magistrados, por el Papa, o por el rey.

Un católico sincero, no puede admitir el nombramiento del Papa y de su corte por el pueblo, o la universalidad.

La República dicta leyes sobre educación, matrimonios, registros cívicos, penalidad, rentas, elecciones, etc.

La Iglesia dicta leyes en contradicción y pretende una jurisdicción aparte.

Son dos autoridades, dos poderes, dos cabezas, dos personalidades, dos fuerzas y tendencias opuestas que se chocan, combaten, paralizan, enervan y producen el escepticismo social.

¡La Iglesia y el Estado! poder espiritual y temporal se llaman. ¡Dos soberanías en medio de la soberanía indivisible de la patria!

Juicio de Salomón, no pudiendo armonizar las ideas.

No hay sino una verdad, una ley, una palabra, una autoridad.

O la iglesia - O el estado.

Elegid, pero no juntéis. Preferid, pero no confundáis.

Católico sincero: la soberanía y supremacía de la Iglesia. Y tiene razón lógica.

Republicanos: la soberanía de la razón en todo hombre, y sólo la supremacía social en la política.

He ahí el dualismo personificado, vivo, encarnado, hostil, contradictorio.

¿En qué República de América no vemos esa lucha sorda, tenaz, profunda de las dos autoridades?

Y el católico tiene que inclinarse a favor del Estado y no puede ser buen católico.

¿Puede haber mayor división, causa más profunda de anarquía en las creencias, de demagogia en las masas explotadas, de despotismo en los gobiernos?

¿Puede haber mayor causa de la duda en las creencias, de debilidad para afirmar, de la enervación de caracteres, de la indolencia social, del indiferentismo religioso y político?

Y esa duda produce el sofista, y esa enervación produce la prostitución de las conciencias.

¡Y esa indolencia, e indiferencia, origina la muerte de la dignidad personal, la abdicación de la firmeza en el derecho, el desprecio de lo justo, y el entronizamiento del cinismo!

Del cinismo en el pensamiento, en la palabra y en los actos.

Los hombres destruyen hoy lo que ayer levantaron, niegan hoy lo que ayer afirmaron, adoran hoy lo que ayer maldijeron.

No hay ley, no hay religión, no hay autoridad; hay la adoración del éxito como principio, el servilismo como práctica, la adulación al poder como palabra y el sofisma como instrumento.

Gobierno, individuos, sociedad, se precipitan tras lo que se imaginan ser la utilidad del egoísmo. Y en esa carrera precipitada para llegar al empleo, para obtener influencias, para medrar por medio de la política en los negocios, la corrupción aumenta en razón directa de la masa de oro que atrae, y en razón inversa de la distancia al poder.

Y entonces no hay patria, pero sí partidarios, y no hay partidos, pero sí compañías rivales de comercio. La bolsa se transforma en templo y foro. La bolsa se convierte en el Capitolio de los pueblos pervertidos.

Y entonces, ¡ay! de los vencidos. No hay elecciones que puedan darles el poder.

No hay magistrados que les administren justicia.

No hay legisladores que puedan reformar la ley, porque la ley del vencedor es su voluntad, su interés, su venganza, encubierto todo con la legalidad de la autoridad en ejercicio y el falso y aparente respeto de las formas legales deformadas y trasformadas por la falsía y el sofisma.

Y entonces se ve que todo es un juego en que el honrado es burlado y perdido. ¡El ciudadano se aísla, se separa, abandona los comicios y se entrega a la fatalidad o se somete a pasar bajo las horcas caudinas de la compañía de comercio vencedora!

Y el espíritu público sucumbe. ¡Qué mayor puerta a la invasión! Véanse pues los efectos de la contradicción.

Tales son los efectos del error en que vive la América. ¿Qué mayor causa de debilidad?

Se cree que la oposición de las ideas instituidas es cosa pasajera o despreciable, y es la causa de la destrucción de las sociedades.

No despreciéis la metafísica. Napoleón I hacía alarde de despreciar a los filósofos a quienes llamaba ideólogos, pero después que tocó la inesperada y encarnizada resistencia de la Alemania levantada por la filosofía, por la escuela del heroico Fichte, discípulo de Kant, pidió un informe, un rapport, sobre eso que electrizaba a la Alemania por medio de la juventud de sus Universidades

XIV

SOFISMA A FAVOR DEL ERROR, O SEA TRANSACCIÓN JESUÍTICA PROPUESTA PARA RESOLVER LA CONTRADICCIÓN QUE DEBILITA A LA AMÉRICA

LA IGLESIA, el catolicismo, los católicos, tienen en América no la audacia, ni la sinceridad de principio: no se atreven (excepto en Lima) a negar la verdad de la soberanía del pueblo y la República, ni a proclamar según la lógica deducción de su dogma, la autocracia de la Iglesia, la unidad absoluta de su soberanía, y la supremacía de su autoridad.

¡No se atreven!

¿Qué hacer? Pues ahí está la filosofía, la revolución, la República, negando con su espíritu y los hechos la soberanía y aun la verdad de su creencia.

¿Qué hacer? Pues los gobiernos saden del pueblo, y son autoridad, e intervienen e instituyen garantías contra la marcha invasora de la Iglesia.

¿Qué hacer? ¡Pues vemos cada día estrecharse la frontera, y a su vez el Estado invadiendo, con sus Universidades sin clero, con sus leyes de matrimonios mixtos, con la tolerancia en unos pueblos, la libertad en otros y la separación definitiva de la Iglesia y del Estado en Nueva Granada! Veamos lo que hicieron, y cuál es el sofisma inventado, la transacción aceptada, para paliar la contradicción y ganar tiempo.

Ese sofisma se llama: La distinción de lo espiritual y temporal.

En otros términos: La Iglesia y el Estado.

Se fundan en palabras atribuidas a Jesu-Cristo, que interrogado maliciosamente sobre si se debía pagar el impuesto, contestó:» Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Palabras bellas, verdaderas y profundas, que significan: Dad al César, lo que destruya al César, y a Dios el amor y la práctica de la justicia: César es la usurpación del derecho.

¿Qué debo dar al usurpador? Guerra.

Si se dice: César es el símbolo de la autoridad temporal y Jesu-Cristo dijo y quiso decir, que le diésemos lo que necesita para su existencia, entonces esas palabras, según el dogma de la soberanía del pueblo, significan: todo hombre es César, el pueblo es el César, la República es el César y no podéis negaros a vosotros mismos las condiciones de vuestra existencia. Dad al pueblo lo que es del pueblo. La soberanía es del pueblo, y es una e indivisible, no dividáis pues, lo divisible, no separéis lo indisoluble, no mutiléis lo completo.

Pero sea cual fuere la interpretación de esas palabras, ellas no son dogma, y si de su interpretación se dedujese que hay una autoridad humana infalible para sus creencias, y otra autoridad para la administración de sus negocios, nosotros negamos la primera, porque no hay ni puede haber autoridad investida para imponerme dogmas y dominar a la razón, la primera y última de las autoridades.

Y han creído conceder mucho a la soberanía de las sociedades, al decir: lo espiritual a la Iglesia, lo temporal a la sociedad o poder civil.

Dicen: el hombre es espíritu y materia. Nosotros gobernamos el espíritu, vosotros la materia.

Bella concesión, por cierto, como si no fuese dueño de lo temporal, del cuerpo, del Estado, el que dominase en lo eterno, en lo espiritual, en la autoridad de la Iglesia que se atribuye la infalibilidad y delegación divinas.

Así es que la sociedad, la justicia, la administración, el gobierno, son cosas corporales, temporales.

Y el dogma, y el poder de fabricar dogmas, como hemos visto en nuestros días, el de la Inmaculada Concepción, el derecho del pensamiento, la facultad de ver o descubrir la verdad, la autoridad ¿e ejercer la razón, las cosas eternas, ése es el dominio de la Iglesia.

División leonina por cierto. Pobre cuerpo, pobre César, pobre temporal, imbécil sociedad, si tragas la gran concesión que te hace la infalible Iglesia.

¿Creíais haber resuelto la dificultad, descubierto la síntesis, pacificado la contienda?

¡No! Sólo habéis asentado con audacia y con apariencia de concesión, la autocracia de la Iglesia.

El problema planteado de ese modo, es la lucha sin fin, o la victoria definitiva de la Iglesia.

Es como si una aristocracia poderosa concediese al pueblo el derecho de nombrar sus tribunos, sus diputados, y se reservase el derecho de imponer la contribución.

Es algo como lo que pasaba en Roma. El pueblo conquistaba . sus derechos uno por uno, elegía sus magistrados, votaba la ley, juzgaba en el foro, velaba en el Senado, pero jamás la aristocracia le concedió el derecho a la interpretación del trueno, del rayo, de las entrañas de las víctimas, de la voluntad divina, el derecho religioso sacerdotal, pontifical en una palabra.

Con ese derecho, el patriciado suspendía cuando quería los comicios, declaraba la paz o la guerra, hacía intervenir la omnipotente y aterrante voluntad del Júpiter tenante, para resolver una duda, contrariar, burlar, anular la voluntad del pueblo. Era lo espiritual sobre lo temporal, era la Iglesia sobre el Estado, el Pontífice sobre el pueblo, el egoísmo feroz de una aristocracia maquiavélica sobre el interés, el derecho y la voluntad de la soberanía del pueblo. Pero había más unidad, más verdad, más penetración de los elementos humanos, que el catolicismo separa.

Senatus populus que Romanus. Era la fórmula verdadera, pues decía que la ley emanaba de las dos autoridades para tener toda la fuerza moral. No así entre nosotros. La Iglesia habla sola. El Estado habla solo. Dualismo, lucha y despotismo y anarquía como consecuencia.

XV

REFUTACIÓN DE ESE DUALISMO

PARA que la iglesia tuviese razón, sería necesario que tuviese autoridad con derecho de decretar a la razón.

¿Derecho de decretar a la razón?

La Iglesia, sea con Concilio universal o particular, con Papa o sin Papa, se cree con el derecho de ver, descubrir, revelar, recibir de Dios los dogmas que ha establecido y que le plugiere establecer.

Cuáles sean esos dogmas, desde la creación ex nihilo, en seis días, hasta el de la Inmaculada Concepción, no lo discutimos, porque no es el momento; pero sólo nos vamos a referir al derecho exclusivo de dogmatizar que la Iglesia se atribuye.

Dogma es una afirmación fundamental sobre el ser, su forma, su acción, sus relaciones. Se dice el dogma de la existencia de Dios, el dogma de la Trinidad, el dogma de la creación, el dogma del pecado original y encarnación redentora.

La existencia de Dios se refiere al ser, la Trinidad a la forma de ese ser, la creación a su acción, el pecado original y encarnación, a sus relaciones con la humanidad. El dogma es una creencia madre, si es permitido expresarse así.

Por lo visto, se ve que puede haber dogmas verdaderos o falsos.

El dogma no es axioma.

Un dogma es una concepción primordial de la inteligencia que domina a las concepciones secundarias, o que deduce principios de su esencia.

Por ejemplo: necesito explicar la existencia del mal, e invento el pecado original. He ahí una afirmación fundamental o concepción primordial del origen del más terrible problema que agita la existencia y que puede remover la inteligencia.

El pecado original obliga a deducir la concepción secundaria del bautismo, y el castigo para la humanidad no bautizada.

Pero como hay en la razón humana principios, nociones y concepciones indestructibles, esenciales, que llevan el sello directo de la revelación divina universal, en virtud de la noción de justicia, que supone la personalidad, la intención de la culpa y la no trasmisibilidad material y total de la responsabilidad individual y moral, la razón contrariada y la justicia negada se preguntan:

¿Podrá haber justicia, cuando borro con la encantación de ciertas palabras y de ciertos signos la culpa, el pecado, el crimen encarnado, injertado, trasmitido, sin la conciencia del paciente?

Es claro pues, que ese dogma ataca, conmueve y derriba la revelación universal de la justicia.

Conmovida o derribada la noción de justicia, que es la revelación directa de Dios en la razón humana, la humanidad tiembla, porque se encuentra sin estabilidad, sin base, sin criterio para pensar, juzgar, y adorar al Ser Supremo, según la justicia.

Y ese temblor de la humanidad, es el terror impuesto para gobernarla por la fe ciega.

Y ese terror, hace que no confiemos en el Padre de la justicia, sino que temblemos ante el amo sin ley.

Y de ahí nace que los libros católicos dicen que Dios tiene ira.

Para aplacar a un amo el servilismo es necesario. Ese dogma degrada la humana dignidad ante Dios y prepara una sociedad de esclavos o de siervos.

Y de ahí nace que es necesario inventar otro dogma para suavizar la ferocidad del primero: el dogma de la gracia.

Y el dogma de la gracia engendra a su vez la fatalidad de los llamados y de los escogidos.

Y la gracia es negación de justicia.

Y la fatalidad es negación de libertad.

Y como todo esto es absurdo se inventa otro dogma: la fe salva y no las obras.

Si eres intachable y lleno de caridad, pero sin la fe católica, no te salvas.

Si eres inmundo y criminal, pero creyeres, te salvarás. La máxima sublime. No hay Dios, ni religión sin caridad. Nex Deus est, nec religio, ub non est caritas, ha sido anatematizada por la Santa Sede, en 1712, en su bula unigenitus.

«De donde se deduce, dice Edgar Quinet, que Dios y religión van uno y otro sin caridad».

De todo lo cual se deduce que el dogma domina y engendra y determina la moral. Que el dogma es superior a la moral y a la justicia.

Que aunque establezca o reconozca los mismos principios de moral como lo hacen las religiones más opuestas, lo que produce la diferencia de resultados prácticos en la vida, es el dogma. Jesu-

Cristo y Mahoma afirman la caridad, pero ved la diferencia en la práctica, originada por la intolerancia dogmática de Mahoma.

Que el poder dueño del dogma, ha de ser superior o dominar al poder que sólo se apoya en la moral.

Y por consiguiente clara y lógicamente se deduce, que la Iglesia ha de ser superior al Estado.

Que la soberanía del pueblo ha de ceder a la soberanía de la Iglesia.

Que lo espiritual ha de dominar lo temporal.

Que la fe ha de ser superior a la razón.

Que la gracia eclipsará la justicia.

Que la creencia ciega ha de ser preferida a las obras.

Que el cuerpo sacerdotal ha de ser una tremenda aristocracia, dueña exclusiva de la interpretación de la voluntad divina, del vuelo de los pájaros, del estallido del trueno, del fulgor del rayo, de las entrañas de las víctimas y del terremoto de Mendoza.

Que ese cuerpo sacerdotal en virtud de la lógica de sus dogmas, ha de pasar, de la apariencia democrática de los primeros concilios a la absoluta teocracia de la Iglesia Romana, porque en el camino del absolutismo es necesario llegar a la autocracia de uno solo: el Zarismo en Rusia, el Papado en Roma.

Y en fin que la solución presentada para pacificar, distinguiendo las dos potestades, es en la esfera de la lógica, la victoria segura del poder que se titula espiritual o de la Iglesia.

Es pues necesario, no aceptar la distinción como solución. La distinción o separación de potestades es la división perpetua, la causa de la pérdida de la fe en los creyentes, o de la justicia absoluta en los republicanos.

Es decir que ambos mundos, ambas sociedades, ambas potestades a la larga, pierden el nervio de su fuerza, y los pueblos se educan en el escepticismo, en la indiferencia, que es el camino de la muerte.

Se abre la puerta de las invasiones y se arroja al abismo un puente de sofismas para que pasen todas las traiciones. El partido clerical es la vanguardia de los franceses en Méjico.

En fin: O la iglesia O el estado.

Separación absoluta como medio temporal y práctico.

Viva la Iglesia como pueda. El Estado no la auxilia.

Entronice el Estado la religión de la ley.

Tal es la solución.

XVI

OTRO ASPECTO. NEGACIÓN DEL DERECHO DE IMPONER DOGMAS

VAMOS AÚN A profundizar más la verdad, para probar la justicia de la solución que presentamos.

Negamos a la Iglesia y a todo poder, a toda autoridad, a toda congregación, Concilio, Congreso, o asamblea popular, el derecho de imponer dogmas.

Imponer dogmas es imponer una verdad o una mentira.

¿Y quién tiene el derecho de imponer una verdad, de decretar una razón a la razón, de legislar y ordenar a la evidencia?

Nadie. ¡Qué diremos de decretar una mentira!

Y si no hay derecho para imponer un axioma, ¿habrá derecho para imponer un dogma que puede ser falso o verdadero?

Si no hay derecho para decretar la creencia a la evidencia, para ordenar que creamos que el todo es mayor que la parte, que no hay efecto sin causa, ¿cómo puede haber derecho para imponer las concepciones y sistemas de una Iglesia que mucho ha errado, que mucho se ha contradicho, y que jamás puede ser infalible?

Si nadie puede imponemos lo innegable, lo indiscutible, lo que no está ni puede estar sometido a discusión y votación, como el axioma, ¿podrá una Iglesia que ha errado tanto, que tanto ha variado, tener el derecho de imponer como verdad y como autoridad infalible, como Dios, el resultado obtenido por mayoría de votos, muchas veces influenciados por el Emperador o el Pontífice?

Imposible.

¡La Iglesia se dice infalible! ¡y ocho votos más o menos, a un lado o a otro, deciden de la eternidad, de la verdad, de la moral, y de la autoridad! ¡Infalible! ¡y ocho votos más o menos pueden decretar, imponer, analizar a Dios, decretar su esencia, su carácter, su forma, su vida, decir si tuvo hijo, si es eterno o coeterno, si lo encarnó y lo crucificó; y dar a ese hijo eterno, que "crecía en sabiduría" (Dios creciendo en sabiduría, dice Lucas), las palabras que establezcan la infalibilidad de la Iglesia y el retruécano o calembour de Piedra y Pedro para la soberanía del Papa! ¡Dios, o el hijo eterno, como ellos dicen, fundando sobre un calembour la supremacía de la Iglesia romana!

¡Ah, Voltaire! No has muerto.

Tu azote es necesario. Cuando se introduce la farsa en las cosas eternas, tu estás allí, para azotar a los vendedores del templo:

«Ça mes amis dit Dieu, devinez mon secret:
Dites moi qui je suis, et comment je suis fait;
Et, dans un supplément altes moi qui vous etes,
Quelle forcé en tout sens, fait courir les cometes;
Et pourquoi dans ce globe, un destín trop fatal.
Pour une once de bien mit cent quintaux de mal.
Je sais que, grace aux soins des plus nobles génies,
Des prix sont propases par les académies:
fen donnerai. Quiconque approchera du but
Aura beaucoup d'argent, il fera son salut.
Il dit: Thomas se leve a l'augusie parole;
Thomas le Jacobin, Yange de notre école,
Qui de cent arguments, se tira toujours bien,
Et répondit á tout sans se douter de ríen».

(Voltaire)

Conocidas son las violencias de Constantino en el Concilio de Nicea. Sabemos que el dogma católico de la divinidad de Cristo y la forma de la divinidad misma, fue impuesta por votación a mayoría de sufragios como trescientos y más años después de muerto Jesu-Cristo.

Presentar la cuestión es resolverla. ¿Qué hombre de inteligencia sincera no se asusta o sorprende al considerar que lo que cree como divino, eterno y revelado por Dios mismo (porque así se lo han enseñado) , que todo eso y mucho más, ha sido resultado de una mayoría de votos, en reuniones anárquicas de poco más de trescientos individuos?

¿Esa autoridad es infalible, y discute, vacila, titubea, acepta neologismos como el homoousion (consubstancial), busca en la teoría de Platón la explicación del verbo, y el resultado de esa discusión, de ese estudio, de esas transacciones entre doctrinas, se me impone después como solución infalible del problema, y como revelación divina? Pensar es ver y juzgar.

He visto y he juzgado. Ha habido concilios infalibles que han negado lo que infalibles concilios habían decretado: ¿y he de creer en la infalibilidad? La infalibilidad no discute, no puede discutir. La infalibilidad es una, unánime, invariable. ¿Quién reúne esos caracteres? Sólo Dios.

Si la autoridad infalible existiere, no podría imponer la creencia a la evidencia del axioma. ¿Con cuánta menos razón una autoridad falible, que a votación decide, podrá imponer la creencia sobre dogmas que pueden ser verdaderos o falsos?

La verdad es. Los Aucas llaman a la verdad mupijen, palabra que significa decir el ser o decir lo que es. La verdad como el axioma, como la evidencia, como la luz, no se decreta ni se puede decretar. Lleva su autoridad en sí, por sí consigo. La verdad se ve. ¿Quién puede decretar la visión?

La verdad se piensa. ¿Quién puede decretar el pensamiento? Así, no hay derecho en nadie para imponer un credo, y no hay autoridad alguna que pueda ejercer la infalibilidad para imponerlo.

XVII

NECESIDAD CATÓLICA DE LA OBEDIENCIA CIEGA Y DE LA FE CIEGA

No hay ni puede haber autoridad dogmática. La razón habla a la razón por medio de la razón.

Imponer una doctrina de otro modo, implica falsedad en la base, e induce mentira en el fondo. La verdad es la autoridad. La razón no puede negarla. La razón es impersonal. La razón no es yo, es la revelación en mí, es Dios en mí, es la única posible encarnación del verbo. El que revela o enseña, o demuestra la verdad, no hace sino evocarla de la razón misma del enseñado. Pero imponerla, y decir que debe aceptarse lo que pienso o quiero pensar, sin examen, sin la participación de mi conciencia, es ejercer la más estúpida de las tiranías, para embrutecer a la humanidad.

Y si ese hombre o reunión de hombres dice que Dios les revela a ellos la verdad, esa verdad no puede ser sino una visión del ser por la razón del hombre y tiene que comunicarla a la razón de los hombres.

Si dicen los partidarios de la revelación: cree en Dios porque así lo dijo, y no porque tu razón lo vea; eso quiere decir: Si lo dijo, habló. ¿Cómo habla Dios a los hombres? ¿En Hebreo o Griego, con labios y garganta? No, diréis vosotros. Habló al espíritu. Pues, ese espíritu es la razón. Luego es vuestra razón la que habla.

¿Es la razón inspirada? Pero inspirada no quiere decir razón negada, sino elevada, sublimada. Ved pues, que no podemos salir de la razón.

Inspirada quiere decir, directamente iluminada por Dios mismo.

Pero esa iluminación es siempre la razón iluminada, es cuestión de más o menos alcance, pero no de negación de la razón. Platón y Newton son reveladores verdaderos y no farsantes como los Moisés y Mahomas. Y los grandes reveladores son los grandes razonadores que racionalizan la humanidad.

No pudiendo con razón abolir la razón, lo consiguen por medio de un cambio, convenio, transacción, comercio, entre Dios, convertido por ellos en vendedor de goces y penas eternas, y comprador de obediencia ciega.

Nos presentan a Dios temiendo a la razón del hombre.

Fatalmente el catolicismo termina su evolución en la muerte de la razón, y en la necesidad de reemplazar su obra destructiva con la obediencia ciega al Superior sobre la humanidad esclavizada.

¡Y todo para dominar a su nombre! Michelet en su historia de Francia en el siglo XVI, nos demuestra la novedad, la originalidad de Loyola, cuando se trata de reforzar la obediencia.

«¿Hasta donde irá la obediencia?...

Los fundadores de órdenes antiguas habían dicho: hasta la muerte. Loyola va más lejos; ha dicho: hasta el pecado. ¿Venial? No. Va más lejos aún. Comprende el pecado mortal en la obediencia.

Visum est nobis in Domino nullas constitutiones posse obligationem ad peccatum mortale vel veniale inducere, misi superior (in nomini J. C. vel in virtute obedientis) juberet.

Ninguna regla puede imponer el pecado mortal, a no ser que el superior lo mande. Luego, si lo manda, es necesario pecar, pecar mortalmente.

Esto es nuevo, atrevido, fecundo. Resulta desde luego que la obediencia, pudiendo justificar todo pecado, dispensar de toda virtud, será la única virtud.

Además, esta virtud única envolviendo la existencia tanto la intelectual como la activa, la obediencia que impone toda acción, impone también toda creencia.

La única creencia que seguir, es la que la obediencia os da. Indiferencia perfecta sobre el fondo de la creencia. Obedece, y poco te importa si tu móvil creencia se contradice, sosteniendo por la mañana el pro y por la tarde el contra.

Quedamos muy aliviados. Se acaba toda disputa.

Cuando se cree por orden y se enseña por orden, podemos sostener igualmente toda idea.

Digamos la palabra: no más idea».

(Michelet - La Réforme).

¡Y decir que los ilustrados en América aceptan, elogian y llaman y hacen venir los jesuitas!

¡Y nos quejamos después, y nos asombramos de la esterilidad intelectual del continente! ¡Y reprochamos a las masas su inercia, su servilismo o indiferencia!

¡Educan a un mundo en la obediencia hasta el pecado, si el superior lo ordena, y hablan después de la dificultad de la República!

Arrancan la razón, prostituyen la moral, vilipendian la dignidad humana, bajo el pretexto de salvarla, y quieren que no hablemos, que no discutamos, que no señalemos el error y el crimen.

¡Teocracia del Superior, infalibilidad del poder, en la cima y obediencia hasta el crimen en la base, he ahí la arquitectura del templo en que se pretende adorar la libertad! Los tiranos dictadores o caudillos y todo bandido pueden ser y llegar a creerse virtuosos, en razón directa de la obediencia ciega que prestaren.

Fundad Repúblicas así.

En nombre de Dios, no pretendáis arrancar de la conciencia del hombre el remordimiento.

No materialicéis a Dios, a la razón, a la justicia.

No sustituyáis las ceremonias, las prácticas serviles y la obediencia ciega a un superior, al culto espiritual de la conciencia, a la comunicación directa del hombre con Dios, a la obediencia de la razón del Ser Supremo.

¿A quién debo elegir, preferir para obedecer, hombre de buena fe, de cualquiera creencia que seas: al hombre que dice poder absol-

verme, al hombre que puede ordenarme el crimen, o a Dios que me impone la inflexibilidad de la justicia?

No es otra, en resumen, la cuestión.

Si lo primero, eres católico jesuita. Si lo segundo, republicano.

No abdiques. Si a Dios sigues, eres libre. Si al Superior, un esclavo.

Si a Dios obedeces, defiendes tu razón. Para quitarte al Dios de la justicia, tienen que despojarte de tu razón primero, de tu conciencia en seguida. Esa es la muerte, ése es el hombre convertido en bastón en manos del Superior. ¡Mira al Paraguay!

¡E imaginarse ver a la República, con el superior por caudillo! ¡Qué mejor explicación de la dictadura, americanos! ¡Qué mejor explicación del servilismo de los pueblos!

XVIII

NEGACIÓN Y SOLUCIÓN

NO HABIENDO AUTORIDAD ninguna que tenga derecho de imponer dogmas, ¿a qué se reduce entonces la autoridad de la Iglesia? ¿cuál es lo espiritual que tiene que regir? ¿Cuál es la necesidad de su existencia? Ninguna. Crea el que quiera creer en ella, pero para el Estado no es fuerza, no es autoridad, no es poder.

¿Y el culto? se me dirá. ¿El culto? «Habrá libertad hasta para ir a la misa». Pero el Estado no oye misa.

¿Y la confesión? Se confesará el que quiera creer que la palabra de un fraile pueda absolverlo del asesinato, del robo, de la calumnia que hubiese cometido. Moral muy fácil.

¿Y el matrimonio? Se casará ante la Iglesia el que quiera, pero el matrimonio civil, es de ley en todo Estado libre, y esto basta.

¿Y el bautismo? Bautizará el que crea que su hijo nace en pecado y expuesto al fuego de los limbos.

Pero el Estado bautiza con la educación, con la ley de ciudadanía, con el sello soberano que estampa en la frente de todo hombre; el Estado bautiza iniciando con conciencia en la conciencia del niño o del hombre a quien lleva a la Escuela racionalista, peristilo del templo de justicia.

¿Y las parroquias? Los distritos municipales llevarán el registro de matrimonios, nacimientos, muertes.

¿Y las iglesias con sus campanarios? Cuestión grave, y pesada porque tienen muchos ladrillos; cuestión sonora porque las campanas tocan ánimas. Cuestión de albañil y de arquitectos.

¿Y el clero, el Obispo, los frailes? Hic est opus.

Cuestión de mesa, de albergue, de rentas, de posición social:

Es la tremenda, es la que aterra.

¿Qué hacer?

Que los alimente el rebaño, que como buenos y desinteresados pastores conducen a las delicias de la salvación y de la gloria, a través de esta tierra maldita, valle de lágrimas, que los hace sufrir tanta desnudez y tanta hambre.

Porque es insólito, buenos y desinteresados pastores, que vosotros, que sólo os ocupáis de lo espiritual, pretendáis exigir de lo temporal a quien hacéis la guerra, algo de ese oro despreciable que el Estado recibe de todo creyente, y para el bien del Estado solamente.

¡Porque es incomprensible que vosotros que os llamáis vicarios y representantes de Cristo, el hombre humilde y pobre, tengáis pretensiones al lujo, al orgullo, a la vanidad temporal de las potestades de la Tierra!

¿Pero con qué viviremos?

¿No os llamáis mayoría o casi totalidad? Pues que la mayoría os rente. El Estado no puede rentar a su enemigo.

Ved ahí a lo que se reduce, cuando la sinceridad y buen sentido presiden al juicio, la famosa cuestión de la Iglesia y del Estado. ¿Pero eso es abolir la religión? La católica, ¿puede ser, la religión eterna? ¡No! ¿Cuál es esa religión?

XIX

LA RELIGIÓN DE LA LEY

¿PRETENDEREMOS ACASO, predicar una nueva religión y aumentar el número de los reveladores y utopistas? No.

¿Anunciaremos por ventura, el nacimiento de un Mesías, de un sucesor de Zeus, de Júpiter, o de Jehová?

¿Y qué? ¿Esa religión de verdad que predicáis y sostenéis, no puede vivir sin rentas, sin palacios y oropeles; sin jerarquías poderosas que deslumbren al vulgo imbécil? ¡Oro, oro! clamáis en el desierto; «para hacer derechas las veredas!»; ¡oro para el brillo del templo, para el esplendor de monseñor!; ¡oro para que os enseñemos,

oro para que recemos, y cantemos por vuestros pecados, ingratos!;

oro para mis misiones, instituciones, profesiones, comisiones, administración, dirección, gobierno y por el sacrificio de regir a esta humanidad rebelde. Os presentamos, gratis, las condiciones de la salvación y de la eterna gloria; ¿y mezquináis en cambio un poco de oro? ¡Ay de los avaros!

En verdad, en verdad os decimos, filósofos, racionalistas, republicanos, herejes, que no os lleváis ese oro, y que cuenta estrecha daréis de su uso.

Dadlo pues en vida. Estado: abre la mano; creyentes: legad vuestros bienes a la Iglesia.

Y el pobre poder espiritual, que sólo debía ocuparse del cielo, del espíritu, se digna arrojar una mirada compasiva a ese temporal, a ese poder de la tierra, a esas cosas despreciables que se llaman rentas y riquezas.

No.

¿Proclamáis nuevos dogmas, otra moral, instituís otra iglesia?

Dios nos libre.

¿Qué pretendéis, qué anunciáis, qué proclamáis entonces?

Proclamamos un axioma. Anunciamos la encarnación de ese axioma en las creencias, en las instituciones y costumbres.

Pretendemos que ese axioma sea el poder espiritual en todo hombre, y el poder temporal en todo pueblo.

¿Cuál es ese Axioma?

¡la justicia!

Si hay alguien que niegue el axioma de la justicia, que se presente.

Si hay algún dogma que lo destruya, ese dogma es falso porque la justicia es el criterio de verdad.

Si hay alguna moral que no lo afirme, esa moral es inmoral, porque la justicia es el criterio de la moralidad.

Si hay alguna ciencia, o sistema que lo niegue, esa ciencia es error y ese sistema miente, porque la justicia es criterio de la inteligencia.

No refuto al que niega la evidencia. No discuto con el que niega la razón. La justicia es la visión y afirmación de la evidencia moral.

Hay pues un principio inconcuso, indisputable, indestructible, fundamental, generador.

Y ese principio, tipo eterno, modelo divino, ley invariable, luz permanente, verbo del Ser, es el axioma de justicia.

¿Por qué temblar el hombre, cuando posee la revelación de la justicia?

Estar con la justicia ¿no es estar con Dios, con la eternidad de la ley? ¿A quién puede temer?

El hombre se lamenta porque vive en hostilidad de creencias, de intereses, de pasiones. ¿Cómo unificar la humanidad, cómo conciliar los intereses, cómo regular sus pasiones? ¡Creyendo y practicando la justicia!

¿Decían que abolimos la religión? ¡Cuándo instalamos, instituimos, proclamamos la religión eterna de justicia!

¿Quién puede oponerse a su reino? ¿Quién puede declararse su enemigo, sino aquél cuyas creencias dogmáticas lo nieguen, o cuyas pasiones lo cieguen, o cuyos intereses fundados en el error que explota a la ignorancia lo aterren furioso y amenazador al altar que lo enriquece?

El hombre es religioso, necesita religión, es decir, creencia y ley.

creencia en la verdad de la ley: tal es la esencia del principio religioso.

La ley es la justicia.

¿Cuál es la creencia que sostiene, cuál es la sustancia o verdad en que se apoya la ley o la justicia?

La libertad del sujeto, que es el objeto de la justicia: la libre personalidad del hombre.

Y la eternidad invariable, inmutable del ser, que es la justicia.

Soy libre para ser justo.

El sujeto.

Soy justo para ser libre.


La justicia es el imperativo eterno, la verdad viva de la eterna vida. Luego mi libertad creada para la justicia, es el axioma, la evidencia, el dogma fundamental.

Un dogma: el eterno justo.

Un principio: la libertad para ser justo.

He ahí el alfa y el omega, la causa y el efecto, el principio y el fin, los dos polos del universo moral, la fuerza y la forma, o la voluntad y la ley; los dos términos que sostienen la relación de la verdad.

Vengo de la justicia, para vivir en la justicia, para ir a la justicia. He ahí la ley del destino, la ley de la historia, la religión de la ley.

XIX

DE ALGUNOS SOFISMAS QUE SE OPONEN A LA RELIGIÓN DE LA LEY

LA MAYOR PARTE de los opositores no da casi nunca la razón íntima que la hace oponerse a la verdad. Difícil es por cierto, combatir con el hombre, que como el chino, presenta a su enemigo, en vez de su pecho al peligro, grandes figurones, con los cuales piensa aterrar al que lo ataca. Difícil es convencer, cuando se oculta la verdadera razón o motivo de resistencia a la verdad, y se presenta otra aparente. He aquí algunas:

¿Qué nos dais en cambio de lo que destruís? He ahí un argumento.

Ya Voltaire había contestado: «Os quito la enfermedad, y me preguntáis qué os doy en cambio: La salud, imbéciles».

Curioso argumento por cierto, pero que revela las profundidades tenebrosas que el error introduce en el espíritu.

Educados, amamantados, instituidos en el error, creemos que el error es parte de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestro amor propio, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad, de nuestro egoísmo. Imaginaos pues la empresa de atacar el amor propio o egoísmo interesado en el error.

Quitáis el freno a las masas, he ahí otro argumento.

¡Hola! ¿Quién enfrenó las masas? ¿Con qué están enfrenadas?

¿Y ésa es la mayoría de la humanidad?

En primer lugar, no hay masas más desenfrenadas que las masas católicas. La historia de los pueblos católicos lo afirma. ¿Y quién desencadenaba las masas, como Eolo a los vientos, cuando era necesario degollar a los protestantes y exterminar a los herejes? ¡Quién! ¡quién!, ¡responded!

¿Quién desenfrenaba las masas contra las reformas, contra la República, contra la filosofía?, ¡responded!

Confesad, pues, que las mantenéis enfrenadas para desenfrenarlas. Pues queremos quitar ese freno de la boca de las masas, y las riendas de vuestras manos.

«¡Quitáis el freno\» ¡Oh confesión de parte, oh ignominia!

¿Y pretendéis que no nos ocupemos de asuntos religiosos; y queréis que no señalemos el abismo tenebroso, siempre abierto; y que no señalemos las causas y las manos que pueden precipitar las conquistas de la libertad en esta tumba de servilismo, anarquía y despotismo en que se revuelven los pueblos católicos, implorando la insurrección de la vida libre, de la vida de paz y de justicia? No. Hemos de hablar, y nos hemos de entender, si no desenfrenáis contra nosotros alguna fuerza bruta, como argumento sin réplica e infalible de vuestra infalible autoridad.

¡Quitáis el freno! ¡Confesión magnífica! ¿Y pretendéis cimentar una República sobre masas enfrenadas? ¿Qué otra cosa demostramos diciendo que república y catolicismo se excluyen, se combaten, se distinguen? Ved la inferioridad de los pueblos católicos respecto a los pueblos protestantes. ¡La Holanda, la Suiza, la Inglaterra, los Estados Unidos, todos los pueblos más libres y grandes de la Tierra han arrancado ese freno, y han puesto en la mano de todo hombre, un libro que cada uno puede leer y juzgar con la razón emancipada! (3).

Y es por eso que la libertad de los derechos se apoya en la soberanía de cada uno. El derecho tiene la sanción religiosa. La religión en lugar de oponerse u hostilizar al derecho, lo fortalece, y la libertad es religión.

Pero veamos en qué consiste ese freno, argumento de los sabios hipócritas de América.

Ese freno se llama: EL TERROR DEL INFIERNO.

Quitad el catolicismo, y nos desbordan, nos sumergen las masas brutas. Luego el orden se apoya, la sociedad existe ¡gracias al terror de las llamas eternas para las penas eternas!

Notad lo que éstos dicen: no creen en el diablo ni en el infierno, ni en las penas eternas; pero es la máscara de interés social con que encubren su debilidad, su mentira, su egoísmo y la necesidad utilitaria de su hipocresía, para ganar plata, tener influencia, empleo o consideración en una sociedad católica.

¿Pero cómo obra el terror del infierno en las masas? Esto es necesario conocer, para comprender el manejo de las riendas del freno.

Lo que salva es la fe y la absolución del sacerdote, que en el tribunal de la penitencia representa a Dios y tiene en sus labios el poder de atar y desatar, de absolver o condenar para in aeternum.

Esta creencia, la fe salva, y esta institución, la confesión, contienen todo el secreto del terror, y al mismo tiempo del poderoso atractivo que para los ignorantes, y para las mujeres ejerce el catolicismo.

1º Un dogma de terror que enseña el desprecio de la razón.

2º Una institución dueña de las puertas del cielo y del infierno.

Interrumpo las deducciones para preguntar a los sabios de América:

¿Quién enseña ese dogma?

¿Quién continúa enseñándolo? ¡Vosotros todos los que os llamáis ilustrados, cuando sois empleados, gobernantes o tenéis influencia en la política; vosotros todos, autorizándolo con vuestra adhesión mentida, con vuestras concesiones cobardes, con vuestros cálculos egoístas, sacrificando el porvenir de vuestros hijos y de las generaciones futuras, para pasarlo tranquilos mientras vivís!

Ha habido enseñanza para las masas, han podido ser educadas, pues las habéis enseñado y educado en ese dogma. Luego puede haber enseñanza y educación racionalista, que es el verdadero freno de los hombres libres. ¡Luego no es tan difícil generalizar un dogma! ¡Luego no es el imposible universalizar la educación de la razón!

¡Enseñanza, instrucción, educación, gritan todos en coro! ¿Pero cuál es el libro de la moral republicana, el libro humano por esencia, el dogma, el axioma, el principio que debo inculcar, enseñar, para bautizar las generaciones con las aguas de la regeneración, e incendiarlas con el amor a la justicia?

¡Silencio, silencio, silencio! Y los pedagogos se callan o proponen el catecismo del padre Astete.

Fundad Repúblicas así.

¡Y entonces el clero, el católico, se posesiona del campo virgen del espíritu de las generaciones, campo que abandona el Estado y que abandonan los ilustrados!

Y los ilustrados, los sabios fundan escuelas, crean instrumentos para que se sirvan de ellos los enemigos de la República.

Es bueno que todos sepan leer; pero si lo que leen es la mentira, el diablo será el primer pedagogo.

Es bueno saber sumar y restar; pero si esa aritmética se emplea en sumar los días de indulgencia, para restar los días de menos que debo pasar en medio de las llamas; si el progreso de la ilustración sin principio, es tan grande, «los bandidos llevarán sus libros de robos y en partida doble», como lo dijo Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar.

Es bueno enseñar la moral, pero si doy por fundamento a la moral la sanción del terror, destruyo el principio mismo de la moral, instituyo la obediencia servil, la abdicación de la razón y así no hay República posible.

Volvamos ahora al gran argumento del freno de las masas.

Hemos dicho que la educación de las masas católicas, y el medio con que son gobernadas se funda:

1º En un dogma de terror, apoyado en la fe que salva con desprecio de la razón que pervierte.

2º Y en una institución, el clero, dueño con la confesión, de las puertas del cielo y del infierno.

XX

INMORALIDAD DE LA SANCIÓN CATÓLICA: EL TERROR

CUANDO LA INTELIGENCIA ha caído, o abdicado: cuando por seguir un instinto, ceder a un deseo, complacer una pasión, alteramos la visión pura y la sinceridad de la concepción, entonces el error se apodera del alma, entrando por la puerta de la mentira; porque mentimos cuando inclinamos o forzamos la inteligencia a aplaudir o justificar el instinto, el deseo, la pasión del momento, y a oscurecer, a eclipsar con la penumbra que arroja el egoísmo, la luz de la verdad que brilla en todo hombre.

El primer crimen fue hijo de la primera mentira; y estoy muy inclinado a creer que el primer error trascendental fue ya el resultado de la primera hipocresía que obliga a la inteligencia a justificar el atentado.

Tal es la necesidad que tiene el hombre de armonía. No puede vivir sin que la inteligencia apruebe, sin que la conciencia juzgue como bueno, lo que sus móviles le inspiran y lo que su voluntad ejecuta.

¡Cuan agradable no sería vivir sin trabajar! ¡Si pudiera hacer que otros trabajasen por mí, mientras yo me ocupo en contemplar, o en una serie no interrumpida de goces!

¡He ahí una tentación! Si la escucho, ya mi inteligencia se pone en trabajo para buscar los medios de conseguirla. Si descubro los medios, ya la noción de justicia se eclipsa, ya miento, pero olvidando cada día la justicia, la mentira se convierte en error, el error en doctrina, estoy justificado, y emprendo la campaña.

Tal es la explicación del mito de la caída.

Conspiro con algunos a quienes seduce la bella perspectiva del ocio, del dominio y de los goces. Sorprendemos a otros y los esclavizamos, y con los esclavizados aumentamos la conquista. En seguida educamos a los esclavizados diciéndoles: Brama, el eterno, nos sacó a nosotros de su propia «cabeza» para dirigiros, y a vosotros de sus «pies» para servimos. Somos la palabra del Ser: el universo tiembla.

El rayo, el trueno, la tormenta, el temblor, son manifestaciones de su ira: obedeced si queréis salvaros. El freno queda colocado y las riendas en manos de la casta.

He ahí como se doma multitudes, he ahí como se enfrena a los pueblos.

¿Y qué otra cosa ha hecho soportar a los pueblos catolizados, la servidumbre de la gleba, la esclavitud, la feudalidad, la monarquía, la abdicación de la inteligencia, sino el dogma de que unos son los «llamados» y otros los «escogidos», de que unos son la razón y otros la obediencia, de que unos cargan con la ira del Eterno y otros con el beneplácito supremo?

La humanidad está enferma del terror sacerdotal. Cuando suspendo un diluvio universal en el pasado para aterrar y exterminar las razas, excepto la privilegiada del altar; cuando los cataclismos son pérfidamente interpretados en nuestros días como consecuencias de desobediencia católica; cuando envuelvo a la humanidad en una atmósfera de fuego eterno para mantener el eterno dolor, y sólo hablo a la esperanza de la aterrada humanidad, la fe ciega, la absolución del sacerdote, la indulgencia gratis o comprada, ¿decidme si no es una obra de salud, de justicia, de caridad, el arrancar los pueblos de las catacumbas tenebrosas, de sacarlos a la luz y enseñarlos a pisotear la mentira, el error y el crimen que los encadenan y pervierten?

¿Y qué moralidad puede existir, si todos mis actos van encaminados y sólo tienen por objeto evitar el fuego eterno?

Es mentira mi moralidad, es mentira mi caridad, si lo que hago es por cálculo, si el móvil y motivo de mis acciones es el egoísmo puro de comparar con limosnas, servicios u otros actos, la felicidad y gloria eternas.

Hago el bien. Está bien. Pero no te llames virtuoso. Haces el bien, crees cumplir la ley, pues estás en el mostrador del comercio espiritual, pesando en las balanzas lo que esa acción te va a producir en el banco del cielo.

Haces limosnas, y dices: Dios me pagará.

La virtud no puede ser católica, porque la virtud es el deber por el deber, y lo que se llama moralidad, virtud o santidad católicas, es un cálculo, un cambio, un comercio de bienes temporales por los espirituales y eternos.

¡Cuánta razón no tenía Montesquieu en dar la virtud como fundamento de la república! Sin virtud no hay República. El catolicismo es la abolición de la virtud, luego no puede fundar repúblicas.

Pero confesamos que el catolicismo tiene un poderoso atractivo para las masas y para las mujeres. Habla claro y dice: gloria eterna si crees, dolor eterno si niegas.

Habla a los sentidos, que es el lenguaje más apropiado a la ignorancia: ceremonias paganas, para todos los actos de la vida, y para todas las horas y los días del año; indulgencias y ceremonias para todos los pecados; oraciones para todas las circunstancias, devociones para todas las simpatías, instituciones para todos los objetos que les interesen, absoluciones para todos los crímenes. ¿Cómo no amar y defender, a capa y espada, tan preciosa religión? Yo, que soy un pecador y que cuento con ser absuelto cuando quiera, y a la hora de mi muerte, he de odiar al importuno, al hereje, al malvado que quiere arrancarme ese consuelo.

No quiero oírlo, es el escándalo: «vade retro, Satanás». Y como ese odio es religioso, es por causa de la fe, la persecución, la exterminación de los herejes es obra agradable a Dios; y lo que agrada a Dios siendo la caridad, es caridad exterminar a los herejes: ¡y queda terminada la evolución de la mentira haciendo a Dios cómplice de las matanzas humanas!

Ved las guerras de religión, la bendición de puñales, los Te Deum entonados por Bossuet sobre las Dragonadas, como dice el convencional de Víctor Hugo.

XXI

OTRAS CONSECUENCIAS DE LA SANCIÓN CATÓLICA. LA ABSOLUCIÓN

ADEMÁS DE INTERESAR al egoísmo, o de presentar al egoísmo como móvil fundamental de la moralidad de los actos, el catolicismo envuelve otros atractivos y contiene otras consecuencias que explican su dominio tan fácil sobre los ignorantes fanatizados y las débiles mujeres.

Pocas cosas hay más difíciles de sobrellevar con dignidad, que el gobierno de sí mismo, la responsabilidad de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, el deber de pensar por sí mismo, de obrar bajo su propia responsabilidad, de legislar, juzgar y ejecutar de motu-proprio sobre su propia vida, que es lo que constituye la libertad, el deber y el derecho.

La conciencia de la libertad, y el deber de gobernarse es un deber heroico y un peso terrible.

Si hay un dogma, iglesia o religión, o sistema político que me alivien de ese peso, a él me entrego, corro al encuentro de la servidumbre, y me siento feliz por el alivio de ese peso, por el descargo de mi responsabilidad. Bendigo la tutela y el tutor. Entrego mi alma, mi pensamiento, mi soberanía, en cambio de que piensen por mí, de que me presenten lo que debo hacer bajo ajena responsabilidad. ¿Conquistar el far niente, dando en cambio la soberanía? ¡Oh, hallazgo!

¡De qué me sirve llamarme, o creerme soberano, si tengo que trabajar, pensar, luchar, para obtener una perpetua responsabilidad, ante Dios y los hombres! ¡Sancta simplicitas! El tutelaje intelectual o moral es un descubrimiento de los que se erigen en responsables de las almas.

¡Responsables de las almas! ¿Lo oís? Y volvemos a citar las palabras de Lamennais: «Libertad y catolicismo son dos palabras que radicalmente se excluyen. La Iglesia por el principio de su institución, exige y debe exigir del hombre una obediencia ciega, absoluta en todos los órdenes: obediencia en el orden espiritual, puesto que de él depende la salvación; obediencia en el orden temporal, en cuanto está ligado al orden espiritual, pues que, si permitiese se atacase en cualquier grado y en alguna manera, ya la fe necesaria para salvarse, ya la autoridad que la enseña, se haría cómplice del mayor crimen que pueda concebirse, la muerte de las almas. De esto a las medidas represivas, a la Inquisición, a su código sangriento, la consecuencia es rigurosa».

Lamennais

El dogma de la fe, la obediencia absoluta exigida para salvarse, el principio de que fuera de la Iglesia no hay salvación, está perfectamente expresado por el ortodoxo Dante, en las siguientes líneas:

«Ch'ei non peccaro: e s'elli hanno mercedi,
Non basta, perch' ei non ebber battesmo,
Che e porta delta Pede que tu creí:
Per tai difetfi, e non per altro rio
Semo perdutti, e sol di tanto offessi,
Che senza speme vivemo in disio».

(Dante, El Infierno, canto IV).

No pecaron (esas almas que estaban en el infierno); mas si sus obras fueron buenas, esto no basta, porque no recibieron bautismo, que es la puerta de la fe que tu crees.

Por estas cosas que nos han faltado, no por otro crimen, somos perdidos, y nuestra única pena es vivir deseando sin esperanza.

Hace desear la institución del confesionario, de la dirección espiritual, de los directores de conciencia, para librarme de las penas eternas.

En la confesión el clérigo o fraile representa a Dios con el poder de atar y desatar. Su palabra legisla desde el firmamento, su palabra juzga, su palabra condena o impone la condición de la salvación.

Y el que se arrodilla es ex-hombre. ¡Fue soberano! ¿Podrá ser republicano?

Pero ese hombre en cambio de esa humillación aceptada y admitida, recibe el bien de los bienes, la pacificación de su espíritu, la purificación de su alma: Rosas, de rodillas ante el confesor, se levanta superior a Washington hereje. ¿Y cómo no confesarme entonces?

¿Qué religión más dadivosa y amorosa y más celosa de nuestra salvación?

¿Qué me importa eso que llaman razón, pensamiento libre, conciencia, cosas difíciles y duras de llevar si hay una razón infalible que razona por mí; un pensamiento divino, en vez de mi pensamiento humano; una conciencia suprema que me descarga del remordimiento y de la responsabilidad perpetua de mis faltas?

Imaginaos pues, el furor de esa Iglesia a quien arrancan el dominio de las almas y el furor de los creyentes, a quienes se separa de la fuente regeneradora de todos los pecados.

¡Descienda todo católico sincero al fondo de su conciencia y diga si no cree que después de confesado es otro hombre nuevo, lavado, purificado, regenerado!

Diga si no hay muchos que calculan con esa facilidad de hacer vida nueva, para guardar en las intimidades profundas de la intención, una reserva, un aliciente al pecado, al crimen, diciéndose: me arrepentiré y confesaré.

«Esta es la última muerte que te pido me perdones», decía Luis XI arrodillado ante una imagen para ordenar un asesinato.

¿Qué diremos de la gente ruda e inculta?

¡Que me niegue un gran número, si no la gran mayoría de católicos, que reservan para cancelar su cuenta el último día de la vida!

Porque cuenta con la absolución.

Niégueseme que un gran número de iglesias construidas, es debido a bandidos, a piratas ricos, porque la construcción, erección de una iglesia, es obra que lava, purifica y absuelve.

Niégueseme que se compran indulgencias, y que con dinero puedo disminuir los días de purgatorio.

¡Y cómo no aspirar, no correr tras al riqueza a toda costa, pues ella me da días de felicidad en ésta y la otra vida!

Pues todo eso es inmoral y es infame. Todo eso es el mercader en el templo, y el altar convertido en mostrador, y las sublimes balanzas de la justicia, ocupadas de pesar la abdicación y el oro, y el cálculo del miedo, en vez de medir la conformidad de nuestros actos con el ideal, o de valorizar la abnegación, el sacrificio, el heroísmo, la virtud.

¿Cómo extrañar después que el temporal, la política, no se conviertan en asunto de comercio?

La purificación no debe depender de la palabra de un hombre, sino de la penitencia, del remordimiento, de la resolución invariable de no volver a faltar, del resarcimiento del mal, de la satisfacción dada, de mi resignación a la pena, etc.

Tal es la rehabilitación del hombre libre.

Comparad y juzgad.

El católico procura borrar la memoria del pecado y su responsabilidad, haciendo tabla rasa, confesándose. El racionalista, el justo, aviva el fuego rememorante de su culpa, cultiva su remordimiento para purificarse, y se cree siempre responsable.

Comparad y juzgad la moralidad de los resultados.

XXII

DE OTRO SOFISMA QUE SE OPONE A LA RELIGIÓN DE LA LEY. EL CONSUELO, COMPLEMENTO DEL CAPITULO XIX

PERO NOS QUITÁIS EL CONSUELO. He ahí otro de los poderosos argumentos que el católico nos lanza.

¿Pero qué consuelo? Explicaos, analicemos.

¿Es el consuelo de la absolución? Os quitamos el consuelo de la absolución de un clérigo o de un fraile, para daros el consuelo. de la absolución de vuestra propia conciencia, si sois buenos, puesta en comunicación directa con el Padre de la justicia. Pero si sois un malvado, es verdad que os quitamos el consuelo de las absoluciones, de las indulgencias compradas con legados piadosos, de caridad, etc., y la absolución de un hombre que quizás haya sido vuestro cómplice. Id a ser juzgado, pagad, purgad vuestros crímenes, el dinero robado al huérfano y a la viuda, el honor de vuestro prójimo calumniado, la opresión del débil, la justicia negada, la mentira de vuestra palabra o pensamiento, vuestra conciencia torcida al servicio de la pasión o del interés, la sangre derramada, el derecho del hombre escarnecido, la indolencia para el bien, la indiferencia por la causa de la dignidad del hombre y de los pueblos: No podemos absolveros. No tenemos el poder de atar y desatar. No somos dispensadores de la gracia. No admitimos las indulgencias. Estas delante de Dios y su justicia ¡y pides intermediarios humanos! ¿O piensas, miserable, torcer el juicio divino con tu servilismo o con el oro?

Comparad y juzgad: el catolicismo presenta, pues, un consuelo, que los racionalistas y los justos no podemos presentar.

El catolicismo ejerce una atracción poderosa en los malvados y en los tímidos.

Que se confiese el doctor Francia o Rosas. Washington y Franklin no se confesaron. Se confesaron Luis XI, Luis XIV y Napoleón. Lamennais no quiso confesarse. Rosas y Bonaparte necesitan consuelo. No lo necesita el justo.

¿Qué otro consuelo os niega la religión de la ley?

¿Es la creencia en la inmortalidad del alma, la persistencia de la entidad del yo?

Nosotros creemos en la inmortalidad del ser que realiza la justicia. Nosotros creemos en la permanencia de la causa misteriosa que forma nuestra personalidad unida a los organismos que pueda revestir en su peregrinación al través de los sistemas siderales. Nosotros creemos en la eternidad de la justicia sobre todo, porque no es justo que el malvado, negador de la verdad y de la justicia, el enemigo del ser ideal, tenga razón en su última hora, y su blasfemia sea una verdad.

Y no sois vosotros, los hijos de la raza de Abrahán, los que podéis vanagloriaros de haber legado a la humanidad el dogma de la inmortalidad del alma. Fue uno de los nuestros, no el que primero la afirmó, sino el que hizo la más bella demostración de esa doctrina. Fue Platón, como trescientos y más años antes de Jesu-Cristo, quien iluminó al mundo con la revelación más bella de la más bella de las razas.

Somos pues los racionalistas los primeros que hemos procurado demostrar para convencer: el dogma de la inmortalidad del alma.

Esa gloria es nuestra y no vuestra. El gran consuelo ha sido demostrado por Platón.

Y para resumir: vuestro consuelo se llama gracia, misericordia, indulgencias, ceremonias exteriores, prácticas externas, absolución del hombre. ¡Nuestro consuelo se llama JUSTICIA!

¡Comparad y juzgad!

XXIII

RESUMEN DE LA SEGUNDA CAUSA DE LA DEBILIDAD DE AMÉRICA

LA CONTRADICCIÓN ES LUCHA. Vivir en la contradicción de principios es habituarse a la negación o a la duda.

La negación perpetua, la duda constante, producen la indiferencia por la verdad y la justicia.

La verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, apoderándose alternativamente del pensamiento y de la conciencia para reinar a la vez o sucesivamente, se paralizan, o inutilizan, o destruyen.

El bien y el mal reinan como consulado alternativo, o coexistente de dos sociedades, religiones o principios opuestos.

Un hombre se hace escéptico, un pueblo anarquista, un continente se enerva.

¿De qué depende la energía, la vitalidad creadora, la actividad fecundante del hombre o de los pueblos?

De la verdad consciente y afirmada, del entusiasmo alimentado por lo que cree ser la verdad de su dogma o de su causa.

Destruid la fe, negad el dogma, o habituad a ese pueblo a considerar como verdadero lo que es falso, (o lo que es peor) que el dogma falso o verdadero pueda coexistir con el principio verdadero o falso de su política a pesar de que sean contradictorios, y se apagará su vida.

La anarquía en las creencias originará la anarquía en el foro. No puede haber equilibrio, sino oscilación. Es necesario el predominio de un dogma o de un principio. La fuerza resulta de la unidad de causa y de tendencia. La debilidad resulta del dualismo contradictorio.

La América vive en el dualismo.

Ese dualismo es el dogma religioso, y el principio político: El catolicismo y la república.

Para fortificar la América sería necesario o el predominio absoluto del catolicismo con todas sus consecuencias como en Roma, o el predominio de la libertad como en Estados Unidos.

No hay otro remedio. Quered lo uno o lo otro, pero con fe, y tendremos fuerzas como la Rusia, o como los Estados Unidos.

Es necesario que la religión se armonice con la política. Era la época de fuerza de la España. La Inquisición y el trono se daban la mano. Es la época de fuerza de la Rusia: el Emperador es Papa.

Es necesario que la política libre se armonice con el dogma libre.

La libertad de los Estados Unidos y de la Suiza se apoya en el dogma del libre examen, que hace de todo hombre un soberano. O Roma, o la Suiza. O la Rusia, o los Estados Unidos.

La cuestión es clara, sencilla, evidente. La teoría la afirma y la demuestra, la experiencia la confirma.

Negación del catolicismo, afirmación de la República, o negación de la república y afirmación del catolicismo. Pero no ambas negaciones, o ambas afirmaciones a la vez, pues ya hemos demostrado que eso es el camino de la muerte. La historia de todos los pueblos católicos es la mejor prueba palpitante. Todos mueren o si resucitan es negando su dogma.

Ambas oposiciones a la vez, es la indiferencia como resultante. Es la muerte de las creencias. La muerte de las creencias es la corrupción de los caracteres, y aquí entramos en la tercera causa de la debilidad de América.

XXIV

TERCERA CAUSA DE LA DEBILIDAD DE AMÉRICA:
LA CAUSA MORAL, INFLUENCIA DEL CATOLICISMO EN LA POLÍTICA

¡EL ERROR engendra el mal moral!

Es a veces por esto difícil separar por medio del análisis, la parte intelectual de la parte moral, o la idea del sentimiento; el móvil o el motivo de los actos.

Si el dogma que puede variar, y cuyas concepciones varían, altera la moral que es invariable, la moral a su vez altera la política, que es una consecuencia de la noción y conciencia de la justicia.

Sismondi, en el último capítulo de su obra (Historia de las Repúblicas Italianas) exponiendo «las causas que han cambiado el carácter de los italianos, desde el esclavizamiento de sus repúblicas», dice que «la doctrina de la penitencia causa una nueva subversión en la moral».

Y si se agrega que no sólo esa doctrina, sino casi todas las doctrinas enseñadas; si el principio mismo de la moral se destruye, erigiendo el terror como móvil de las acciones; si el dogma fundamental arranca del alma la soberanía de la razón, entonces podemos deducir (y la experiencia lo confirma) que el catolicismo es enemigo de la verdadera moral, y que si puede crear santos, no está en su poder hacer hombres virtuosos. Me dirijo a los que saben cómo se define la virtud.

Y como nosotros creemos y sostenemos, con Montesquieu, que la virtud es el principio de las repúblicas, que nosotros definimos el principio del deber por el deber, y no el principio del terror, o del egoísmo fanatizado por salvarse del infierno, deducimos que el catolicismo no puede ser el principio fundamental de la república.

XXV

ANÁLISIS DE LAS CAUSAS MORALES. PRIMERA CONSECUENCIA: LA DICTADURA MAQUIAVÉLICA

EL CATÓLICO profesa el dogma de la obediencia ciega y obedece a una autoridad que debe creer es infalible.

De esta afirmación que es un hecho indispensable, vais a ver salir las monstruosas consecuencias que destrozan al mundo americano.

El católico en el poder o revestido de la autoridad cuyo fundamento es Dios, según la teología de Pablo y compañía, se inclina naturalmente a creerse infalible y como la Iglesia lo apoya (siempre que tenga la fuerza, se entiende), esa creencia se fortifica y llega a revestirse de la majestad pontifical. La infalibilidad de la creencia origina la impecabilidad del mandatario.

¡Imaginad lo que será, imaginad los furores de esa autoridad al verse discutida, contrariada, refutada!

La oposición política se asemeja a la herejía, y es necesario exterminarla a toda costa (ad majorem Dei gloriam). Francia y López en el Paraguay son pontífices infalibles.

Rosas en la República Argentina ejercía la infalibilidad inapelable de la muerte.

Montt en Chile, el paroxismo del orgullo hipócrita y sangriento.

Los Monagas en Venezuela, Flores en el Ecuador, los Santa Ana en Méjico, justificaban sus miserables torpezas, y sus farsas sangrientas con el cinismo de una conciencia que hacía la apoteosis de la autoridad. Y los pueblos o mayorías encorvados, apoyaban esa encarnación del poder divino de Pablo y de Bossuet. Es la apoteosis del monstruo emperador romano.

Desaparece el derecho. Las garantías, las constituciones, las instituciones libres: ¿qué son, apoyadas en masas educadas en la obediencia ciega, y ante la persona viva, visible, activa que con la cuchilla de la ley y la unción del sacerdote se presenta como la autoridad suprema? Nada. Y así es, que no hay principio, palabra, juramento, institución que resista al contacto o al amago de la autoridad. Y la política, la república que debía emancipar, sólo sirve para que sus formas legales confirmen con la farsa del sufragio, de la delegación, representación, etc., el despotismo inoculado.

El triunfo del error o de la mentira se consuma, haciendo que las apariencias de verdad y de legitimidad consagren la prostitución de la república.

Ya la táctica es conocida, felizmente; pero entretanto, la indiferencia cunde, y la vida política se apaga, asfixiada por el desengaño.

Luego la primera consecuencia del dualismo, u oposición de la política y del dogma, es la tendencia lógica de la autoridad a revestirse de la infalibilidad. La república católica produce la dictadura necesaria. El maquiavelismo impera.

XXVI

SEGUNDA CONSECUENCIA: LA DICTADURA JESUÍTICA

LA TENDENCIA A LA INFALIBILIDAD, que es contraria a la legitimidad de nuestras ideas, pasiones y actos, como hombres de partido y egoísmo, produce el apetito desordenado del poder.

Obtener el poder es el todo.

De aquí nace la práctica inmoral de que «.todo medio es bueno para conseguir un fin».

Disputarse el poder en América es disputarse unos la riqueza, otros la sanción moral, la venganza, el despotismo sobre el adversario, la humillación del vencido, y otros, quizás la minoría, el poder de reforma. Aun más diré: es buscar la absolución y justificación de mis injusticias.

Pero como hay principios consignados que garantizan a todos sus derechos, y no puedo violarlos, entonces aplico el sistema de salvar la forma.

Si dice el código: el pensamiento es libre, agrego, con los límites que la ley estableciere; y como la ley a que se refieren no es la constitucional, sino la expedida después, inscribo en ella las excepciones de Fígaro: El pensamiento es libre, pero no se podrá discutir dogmas, ni exponer sistemas que ataquen la moral. ¿Y quién juzga? Una comisión o jurado nombrado en último análisis por la autoridad. Y tenemos la censura restablecida bajo el nombre de la institución más libre, que es el jurado. Victoria sublime de la doblez. Pero la forma se ha salvado.

El poder electoral es el único poder que ejerce el pueblo soberano, y lo ejerce, no para hacer la ley, sino para nombrar al que la haga. Pasemos. La mayoría de sufragios, es pues la expresión (según el sistema de la delegación) de la voluntad del pueblo.

Esta es la base del poder republicano, y es por eso que la libertad y legitimidad de la elección consagran la legitimidad del poder.

La elección es libre, se dice; pero si dispongo del escrutinio; pero si soy yo, poder establecido, el que nombro al escrutador; si la ley permite que uno pueda votar veinte veces en un día, sobre el mismo nombramiento; si puedo dominar en los comicios y aterrar con libertad al opositor:

¿Qué resulta? Que el poder se perpetúa en su partido a despecho de la voluntad popular escamoteada.

Pero la forma se ha salvado, ¡y viva la libertad del sufragio!

El domicilio es inviolable, pero lo violo, agregando, salvo los casos que la ley determine. Y los casos los determina en último análisis el poder.

Queda abolida la pena de muerte por casos políticos, pero yo fusilo prisioneros, porque juzgo que no son casos políticos y como soy autoridad infalible, declaro que esos primeros políticos son bandidos; y la forma se ha salvado.

El Ejecutivo puede ser acusado ante la Cámara de Diputados y obligado a un año de residencia después de dejar el mando.

Pero esa Cámara ha sido nombrada por mí, y funciona un año después de mi salida. Son mis empleados, mis protegidos, mis criaturas, mis cómplices, los que me han de juzgar. ¿Me condenarán? No. Ni se atreverán a acusarme. Quedo legitimado, y la forma me ha salvado.

Montt se sonríe sobre sus ocho mil cadáveres.

La prensa es libre. Pero nombro al jurado, y puedo con la autoridad de la más libre institución, acusar, acosar, perseguir y acallar con la forma de la libertad, la libertad de la palabra. Impera entonces absoluta y soberana la palabra de un partido. Extiendo la mortaja de la infamia sobre el cadáver del vencido, y grito: ¡la prensa es libre!

Es aceptada, puede decirse, por todos los publicistas liberales, la doctrina de la separación de poderes, como indispensable para la libertad de la República.

Pero si el Ejecutivo tiene la facultad de nombrar a los jueces; si el Ejecutivo participa de la formación de las leyes: si el Ejecutivo con la ley de elecciones nombra al Congreso, ¿a qué se reduce, en último análisis, la tan decantada separación de los poderes?

No pueden suspenderse las garantías que esta Constitución establece. Pero si tengo la facultad de declarar en estado de sitio una provincia, o la República, autorizado, como en Chile, por el Consejo de Estado, nombrado por el mismo presidente, ¿qué seguridad puede tener el ciudadano?

Miserable maquiavelismo con el cual, salvando las formas, se ha hecho retrogradar y ensangrentar a Chile por el espacio de treinta años.

Se discute, la prensa es libre; se asocian los ciudadanos, pues la asociación es un derecho; se ilustra y conquista opinión que casi unánime clama por reformas; se preparan las elecciones que han de llevar al poder a los representantes de la reforma; y entonces el Poder Ejecutivo declara la provincia o la República en estado de sitio, y las garantías suspendidas se ciernen sobre él, ¡abismo de la dictadura legal y el despotismo constitucional!

¿Y entonces? o la abdicación, o la desesperación, o la guerra civil, etc., etc. La revolución, levanta entonces su pendón terrible, y la sangre se derrama en combates y cadalsos. El respeto a la ley y a la autoridad se pierden, y sólo la fuerza impera proclamándose como libertad y justicia vencedoras. Es la dictadura jesuítica.

XXVII

TERCERA CONSECUENCIA:

DESAPARICIÓN DEL SENTIMIENTO DE LO JUSTO

SE VE QUE LAS CONSTITUCIONES republicanas llevan en sí mismas el germen del despotismo legal, monstruosa asociación de palabras, que sirve para caracterizar la prostitución de la ley. Y como el despotismo siendo legal, queda justificado, resulta que el sentimiento de lo justo se borra de las conciencias.

Para llenar ese vacío, el sofisma, la doblez, la intriga se precipitan en la conciencia para obtener a toda costa el poder, que viene a legitimarlo todo.

Tal es la segunda faz de la educación política que se practica en las repúblicas apoyadas en una religión contraria.

La experiencia prueba que en el combate legal de los partidos, el partido del poder obtiene siempre la victoria. La experiencia muestra que el partido que se reviste de lealtad, va perdido y es burlado. ¿Qué puede resultar de semejante estado? Que lo justo se olvida, y que el éxito es la justicia. Triunfar es pues el desiderátum supremo.

Entonces la conciencia falseada altera hasta la fisonomía de los hombres, y su palabra sirve según la expresión de Talleyrand, para «disfrazar su pensamiento».

Entonces se ve el caos. El diccionario cambia, la lengua es tortuosa como el reptil, el estilo enfático y vacío para llenar la fatuidad triunfante; el lenguaje de la prensa se asemeja a los oropeles que se arrojan para adornar un festín de gusanos, y la prostitución de la palabra corona la evolución de la mentira.

El conservador se llama progresista.

El liberal hace protestas de católico.

El católico jura por la libertad.

El demócrata invoca la dictadura, como los rebeldes de Estados Unidos y defiende la esclavatura.

El retrógrado demuestra que quiere la reforma.

El ilustrado populariza la doctrina de que todo « es bueno en el mejor de los mundos posibles».

El civilizado pide la exterminación de los indios o de los gauchos.

El principista, que los principios callen ante el principio de la salud pública. Se proclama no la soberanía de la justicia, presidiendo a la soberanía del pueblo, si no la soberanía del fin, que legitima. todo medio.

El absolutista, que es el salvador de la sociedad. Y si se gobierna con golpes de Estado, facultades de sitio, con dictaduras permanentes o transitorias, con las garantías escamoteadas, burladas o suprimidas, la palabra del partido en el poder os dirá: la civilización ha triunfado de la barbarie, la autoridad de la anarquía, la virtud del crimen, la verdad de la mentira.

Desaparecen pues, la noción y el sentimiento de lo justo. Y la justicia olvidada o pervertida abre la puerta a todas las invasiones. Ya no hay pueblo, hay habitantes. No hay ley, hay éxito. No hay autoridad, hay fuerza. No hay unidad en la persona, hay doblez en el hogar, en el foro y en el templo. La dictadura maquiavélica perfeccionada por la dictadura jesuítica, se apoya, corona y justifica, en la perversión del sentimiento de lo justo.

XXVIII

FATALIDAD DE LA DICTADURA

NO HEMOS AGOTADO la materia, pero podemos resumir las consecuencias de la causa moral producidas por el error del dualismo en que vivimos, en esa resultante que todas las Repúblicas de América producen, como lógica consecuencia del dogma y principio que combaten.

Llevamos medio siglo de vida independiente de la España ¿Cuántos años ha habido de verdadera libertad en algunas de las nuevas naciones?

Difícil es decirlo, pero más fácil es manifestar los años que ha tenido de anarquía y despotismo.

¿Será el Paraguay con cuarenta años de dictadura modelo?

¿Será la República Argentina, desde sus dictaduras provinciales y nacionales, hasta los veinte años de la tiranía de Rosas?

¿Y lo que viene?

¿Será Chile desde la dictadura de O'Higgins, hasta la dictadura intermitente de treinta años consecutivos?

¿Será Bolivia que nos espanta con la sucesión de sus dictaduras sanguinarias?

¿Será el Perú, que ha pasado por más dictadores que presidentes legales ha tenido?

¿Será el Ecuador, con los veinte años de la dictadura de Flores?

¿Será Nueva Granada? Y casi fue la excepción, pero allí Obando, poder legal liberal, se hizo derribar para ser dictador.

¿Será Venezuela, con sus veinte años de Monagas?

¿Serán las pequeñas Repúblicas del Centro, y aun el mismo Méjico? Pero aquí me detengo.

Y esas dictaduras han proclamado todos los principios.

Los pelucones, los conservadores, los rojos, los liberales, los demócratas, los unitarios, los federales, todos han acariciado la dictadura. Con la mejor intención, se dicen íntimamente los partidos: la dictadura para hacer el bien.

Es decir: el despotismo para afianzar la libertad.

¡Terrible y lógica contradicción!

El catolicismo da la corriente despótica.

La República la corriente liberal.

Y ambas corrientes se encuentran en la monstruosa consecuencia que se llama: la dictadura para fundar la libertad.

¿Por qué la república invoca la dictadura?

Porque el republicano es hombre de dos creencias, y trasporta a la política el genio, el carácter, el temperamento, la lógica de la infalibilidad católica. Toda fuerza se cree poder, todo poder autoridad, toda autoridad infalible. Y toda infalibilidad se declara lógicamente impecable. Y toda infalibilidad se adora, se legitima. Ya no hay extravío posible. La oposición es atentado, el despotismo es sagrado, y la obediencia un deber.

Pero este hecho capital de la dictadura merece nos detengamos a examinarlo.

XXIX

MECANISMO POLÍTICO DE LOS ELEMENTOS SOCIALES QUE PRODUCE LA DICTADURA

¿POR QUÉ TODOS LOS PARTIDOS que ha habido y aún militan en América, proponen, ó se reservan, o han practicado la dictadura?

Los civilizados dicen, ved esos bárbaros (los hombres del campo, huasos, gauchos, llaneros, los jornaleros, peones, en una palabra, las masas, el pueblo). ¿Y queréis instituciones? ¡No! Es necesario la fuerza, el poder fuerte, la dictadura.

Entre los civilizados hay partidos. Unos dicen: ved esos malvados (son sus enemigos políticos, enemigos de Dios y de los hombres).

¿Cómo queréis dar libertad a esos bandidos? Si ellos llegasen a gobernar todo se perdería, la libertad sería imposible. Y se les priva o escamotea la libertad en beneficio de la libertad.

Las masas desheredadas y atropelladas como animales, buscan caudillos. Es la dictadura de la venganza, y la garantía de su modo de ser.

Los partidos civilizados piden la dictadura, para combatir, dominar, y civilizar las masas. Es la dictadura de las clases privilegiadas.

Los partidos civilizados (se creen infalibles) piden la dictadura provisoria para asegurar su victoria contra otro partido. Es la dictadura de la concurrencia y de la rivalidad.

Los católicos para combatir la herejía e instituir su mecanismo servil en la sociedad y la política, practican la dictadura. Es la dictadura completa y absoluta, que domina al espíritu y al cuerpo, brutal como la venganza de las masas, maquiavélica como la de las clases privilegiadas, corruptora y mortífera como la dictadura jesuítica.

Tal es la dictadura de las dictaduras, la teocracia, sea griega o latina, eslava o italiana, católica o lamista.

La teocracia del gran Lama, es la más lógica. No es el vicario de Dios en la Tierra, es el mismo Dios encarnado. Es esta consecuencia tan lógica y audaz, que debe dar envidia a los católicos. El Pana es infalible, luego impecable. ¿Y ése es un hombre? ¡No, va es un Dios! ¡Audacia, Audacia! Animo Santo Padre, courage Saint Pére, coraggio Pió IX.

Pero volvamos a nuestras dictaduras.

Imaginad cualquier poder o autoridad en la América educada por la España.

¿Es el patriarca de pastores, el cacique de tribus, el caudillo de las turbas? ¿Es la dictadura del prestigio personal y tradicional, o el poder de la riqueza, o el representante enérgico de los instintos y derechos pisoteados de la senté inculta, y a veces todas esas razones unidas eme producen los Monagas, los Belzú, los Rosas?

¿Es el general que conspira, revoluciona, derriba, fusila, y se impone como necesidad política? Es la mayoría de los casos en casi todas las Repúblicas. Es el militarismo entronizado, es la dictadura del sable.

¿Es el ciudadano (el paisano) letrado, abogado, gran teólogo y legista, ateo en el fondo, pero religioso en apariencia, que ha podido subir al poder, garantizando al militarismo su sable, a la Iglesia su renta, a los civilizados la charla, a los progresistas ferrocarriles, a la juventud esperanzas, y promesas a las masas? Es el hecho de Montt en Chile, de López en el Paraguay. Es la dictadura de Torquemada y de Loyola.

Sube al poder el partido conservador. ¿Cómo conservar sin dictadura?

Sube el partido liberal. ¿Cómo reformar sin dictadura?

Si quiere reformar, la mayoría agitada por el partido retrógrado pide a nombre de la soberanía del pueblo y de la libertad, la muerte de las reformas que harían de todo hombre un soberano. Y entonces el partido liberal abdica, o es vencido, o se hace dictador.

Domina el partido unitario. Es liberal o conservador.

Si liberal, el partido federal explota las masas para derribarlo y entonces apela a la dictadura para sostenerse. Si es conservador es dictatorial.

Domina el partido federal. Es liberal o conservador.

Si es liberal, se explota la unidad del sentimentalismo de las masas, o se exagera el localismo para disolver, o se pretende la soberanía privilegiada de un Estado o provincia, sea para mantener la esclavitud como en los Estados del Sur de la Unión, sea para mantener la supremacía económica en Buenos Aires.

O se predica la unidad de dogma, de religión y de política, la centralización católica, la unidad de fuerza y de creencia.

Si es conservador el partido federal, entonces el unitario lo ataca a nombre de las reformas. Y uno y otro apelan a la dictadura para defenderse y sostenerse.

No así en Estados Unidos, porque allí la reforma es el movimiento continuo de la vida apoyada en la soberanía de la razón de todo hombre.

La diferencia está pues, que en los pueblos no católicos y libres, p1 hombre es soberano y respeta la soberanía de su semejante. No hay infalibles que suban al poder, y todos tienen fe en la ley que garantiza el derecho, y en el voto de todos, que no puede ir contra el derecho.

Si hay error, no hay imposición, y se espera el progreso infalible del convencimiento.

Tal es la política de un pueblo, cuyo voto no puede ser forzado, ni burlado. La ley es religión y la religión del libre examen produce la religión de la ley.

La lealtad en la política, se hace tan necesaria y es tan útil como la honradez en el comercio.

Pero en los pueblos católicos (pongan todos la mano en su conciencia) se teme con terror fantástico y real el triunfo del adversario político porque sabemos y creemos, o presentimos con razón qué es la derrota sin esperanza, el entronizamiento de algo de infalible y de impecable, que se impone con la inflexibilidad de la venganza. El poder es la dictadura justificada e inapelable. He ahí por qué hay tantas revoluciones y tanto servilismo. Y decir que no conozco un partido que haya encarado de frente la dificultad en Sud-América.

De todas las formas, de todos los partidos, de todos los caudillos, se desprende como consecuencia forzosa, corroborada por la experiencia en Sud-América, la fatalidad de la dictadura.

Hemos nacido bajo dictaduras, nos educamos viéndolas, y nos entierran las dictaduras.

Las masas han producido dictaduras de caudillos.

Las mayorías han sido dictaduras de partidos.

Las minorías son dictaduras de clases.

Las mayorías aplastan, las minorías mienten.

Despotiza el mayor número, tiraniza el círculo.

La mayoría despotiza y dice: el número es ley; luego soy la justicia. E impone la ley y religión que quiere.

La minoría tiraniza y tiene que mentir para decir: el sufragio obtenido, sea como sea, me da la ley del número: luego soy la justicia. E impone la religión de la mayoría.

Sofisma en la mayoría, porque la justicia no es resultado de adiciones y no hay derecho para dar religiones de Estado y proteger ninguna.

Mentira en la minoría, porque acepta el sofisma del número y presenta una suma falsa, para producir el mismo resultado dogmático de la mayoría.

Cual sea la esfera del sufragio, y la competencia del número, es materia que hemos tratado en otra obra titulada El gobierno de la libertad; pero el hecho innegable es, que todos los principios e instituciones liberales, en manos del espíritu jesuítico de la época han servido para abolir, desacreditar, prostituir esas instituciones y principios.

El catolicismo niega esas instituciones y principios, lo cual hemos probado con razones y probaríamos hasta la saciedad con la palabra infalible de concilios y de Papas; pero el progreso de la época ha consistido en servirse de las mismas armas, en apoderarse de las posiciones, en aceptar el lenguaje y terminología de la libertad, y en hacer servir el sufragio, la prensa, el juri, la educación, la escuela, en descrédito del sufragio, en falsificación del juri, y en educar siervos de la Iglesia y no ciudadanos del Estado.

No hay pues, escuela de la religión de la ley. La escuela, y el espíritu y el texto y lo que allí se enseña, es todo del dominio del enemigo de la libertad, ¡autorizado todo esto por los que se llaman civilizados!

No hay partido que proclame la religión de la ley, la separación absoluta de la Iglesia y del Estado, y de la República por base, la religión del libre examen.

No hay caudillo que comprenda, o se atreva o pueda encabezar el movimiento regenerador.

No hay mayoría racionalista.

No hay minoría verídica y leal.

¡No hay secta que se presente, prometiendo siquiera!

No hay clases que hayan identificado sus intereses con el racionalismo.

No hay ejemplo de una era, o de una época de verdad completa proclamada.

Y el enemigo invade. Vencidos en Europa, emigran a América.

Y los gobiernos republicanos los llaman. Llegan cargamentos de frailes, de jesuitas togados y no togados, ¡y se les entrega la infancia! Invasión química que desorganiza preparando la invasión de las bayonetas. Oh, ceguedad, oh, falsía, oh, cobardía, oh, traición, pero el mundo americano se pierde, si no eleva su espíritu, si no tiene el heroísmo del pensamiento, si no tiene la sinceridad de la verdad.

A primera vista, cualquiera que se levante para interrogar al horizonte y columbrar una esperanza, sólo ve el desierto, la ignorancia, la barbarie, o la inocencia de multitudes explotadas. Y en la pampa, el valle y la montaña ondea el pendón de las tinieblas. Si en las campañas, error o ignorancia, en las ciudades falsía. El poder engaña, los partidos mienten, la conciencia se doblega, la transacción impera, y la horrible reticencia mental domina en los espíritus.

Y el genio de América, está tentado de escribir en la frente de los Andes: «Lasciate ogní speranza, voi ch'éntrate».

¿Qué hacer?

¿Qué hacer? Guerra a la dictadura. ¿Cómo? Atacando su dogma, quebrando su principio, desenmascarando su falsía. Arrancando del alma, de las constituciones y de las costumbres, el virus de la obediencia ciega inyectado por el catolicismo, y encarnando la soberanía de la razón emancipada.

Esta es la obra. Es difícil, larga y penosa. ¿Cómo hacerlo? Aquí entramos en la tercera parte de este trabajo que tiene por objeto presentar el remedio, a los tres males que hemos indicado, físico, moral, intelectual, que producen la debilidad de América y facilitan la invasión.

La fuerza vital de la persona continental está atacada por un virus. Es la enfermedad crónica, es el mal intelectual dogmático.

La enfermedad ataca hoy un órgano, varía en su manifestación, cambia gobiernos y programas, es anarquía ayer, despotismo hoy, putrefacción mañana.

Es la enfermedad aguda, es el mal político y moral.

En este estado se presenta un cólera morbus, que puede hacer desaparecer o absorber los males anteriores, o acabar con el enfermo para robarle la herencia. Es la invasión, la monarquía, la conquista.


Notas:

2. Rectificamos la anterior estadística por considerarla imperfecta: Méjico, 7.000,000; Centro América, 2.000,000; Nueva Granada, 2.500,000; Venezuela, 1.000,000; Ecuador, 800,000; Perú, 2.300,000; Bolivia, 1.300,000; Chile, 1.800,000; República Argentina, 1.200,000; República Oriental del Uruguay, 350,000. (N. del E. en 1866)

3. Léase a Marnix de Sainte Aldegonde, por Edgar Quinet.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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