El Evangelio Americano

TERCERA PARTE

LA REVOLUCIÓN

One common cause makes myriads of one breast,
Slaves of the east, or helots of the west:
On Andes'and on Athos'peacks unfurl'd,
The self-same standard streams over either world:
The Athenian wears again Harmodius sword;
The Chili chief abjures his foreign lord;
The Spartan knows himself once more a Greek,
Young Freedom plumes the crest of each cacique.

Byron.

The age of Bronze.
Traducción literal.

Una causa común hace millares de un corazón,
esclavos del oriente o ilotas del occidente (1);
el mismo estandarte desplegado en los picos de los Andes
o del Athos corre sobre uno u otro mundo:
el ateniense carga de nuevo la espada de Harmodio;
el caudillo chileno abjura su señor extranjero;
el Espartano sabe otra vez que es Griego,
la joven libertad plumajea en la frente de los caciques.


XIV

DOCTRINA ANTE-HISTÓRICA DEL EVANGELIO AMERICANO. GENEALOGÍA DE LA REVOLUCIÓN. NEGACIÓN DE LA FILIACIÓN DOCTRINARIA. CRITICA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA. ELEMENTOS DE LA FILOSOFÍA AMERICANA

LA LIBERTAD es de esencia omnipresente. La historia de la libertad, no es la historia de la civilización como vulgarmente se entiende.

La revolución en su significado filosófico e histórico es la reacción de la justicia contra el mal. La historia de la libertad no puede recibir la ley del fatalismo histórico, pues entonces no habría historia de la libertad. Libertad y fatalismo se excluyen.

En donde hay violación de alguna ley natural allí existe el germen de la revolución. Restablecer el curso progresivo del humano desarrollo, detenido, contrariado o mutilado por la fuerza, por el error o el engaño y aun por el consentimiento de pueblos embrutecidos o degradados, tal es el fin de todo movimiento revolucionario que debe consignarse como victoria del derecho.

La revolución en este sentido no es histórica. Como esta opinión es enteramente nueva y contradice las opiniones y teorías aceptadas, vamos a procurar justificarla.

Se llama doctrina histórica la exposición de los acontecimientos humanos, como producidos por un principio fatal y necesario, para llegar a un fin, fin que no es el mismo en la variedad de las teorías que a este respecto se presentan.

Así, para Bossuet todos los acontecimientos anteriores a la era cristiana, se encadenan de una manera fatal para preparar el cristianismo. Si antes conocíamos la historia de Sesostris, de Cyro, de Alejandro, de César como la de grandes conquistadores o malvados, según la doctrina histórica, esos personajes, esos imperios con todas sus ruinas, grandezas y desastres, conspiraban fatalmente al nacimiento de Jesús de Nazareth. De modo, que según la doctrina histórico-católica, ha sido necesario se acumulen las osamentas de las generaciones de mil siglos para que sirvan de pedestal al catolicismo.

Pero desde que se trata de acomodar los hechos a una teoría o fin preconcebidos, el campo queda libre. Los alemanes afirman, unos, que todo ese movimiento de pueblos y de imperios ha tenido por objeto traer a las razas germánicas al teatro de la historia para que ellas dirigiesen y asignasen el destino de los pueblos; otros afirman, prueban y demuestran que todo ese movimiento ha tenido por objeto la eclosión de la reforma sobre el catolicismo; y otros en fin, que todo lo acaecido, todos los hechos, toda la serie de ideas, instituciones y palabras de los pueblos, se ha hecho en virtud de una ley fatal del pensamiento propio de la humanidad según los diversos momentos de la idea en sus transformaciones necesarias. Esta es la gran doctrina de Hegel. Vienen después los franceses doctrinarios; y no quieren quedarse atrás de los alemanes. Si éstos han dado la teoría del desarrollo de la idea para aplicarla a la Alemania, y ponerla a la cabeza de la civilización, como pueblo favorito del pensamiento, que encarna y representa el último momento de las transformaciones de la idea, los doctrinarios franceses aplican la teoría a la Francia; y Cousin termina su célebre curso de filosofía de la historia, diciendo que todos los acontecimientos de la historia, inclusive la batalla de Waterloo, habían tenido por objeto producir la Constitución otorgada de Luis XVIII. Da grima.

Se ve en esto algo más que error.

Hay algo que indica debilidad o la prostitución del pensamiento pretendiendo dominar los hechos para legitimarlos y aceptarlos. Es increíble, es incalculable, la extensión y la profundidad del mal a este respecto. Con esta fácil teoría, hay respuesta para todas las dudas, justificación para todos los errores, y absolución de los crímenes. Esa teoría es la que ha producido la doctrina del éxito, la condenación de todas las grandiosas tentativas de los hombres libres que han sido desgraciados; en fin, la teoría de la libertad prematura, para justificar la serie sostenida de los déspotas y reyes.

Doctrina falaz, enervante, doctrina de la cobardía, que arranca la responsabilidad a los pueblos y gobiernos. No sólo entorpece la inteligencia, sino que corrompe lentamente la conciencia. No sólo justifica el mal, sino que es una tentación para producirlo, pues si triunfa, será el bien.

Señalo el peligro a las generaciones de América. El Viejo Mundo ha querido justificarse: no nos dejemos engañar. El doctrinarismo es doctrina para esclavos y retóricos que quieren ocultar o engañar sobre la cobardía moral que los devora y que no pudiendo salvar la esclavitud perpetua de sus naciones, buscan cómo justificarla. El Viejo Mundo ha querido aparecer rejuvenecido. La América no necesita vindicarse. La América libre tiene su historia sin sofismas. La teoría histórica de América es la omnipresencia de la libertad.

El Nuevo Mundo. Así, no aceptemos, por Dios, el viejo ropaje de la Europa. No contaminemos el espíritu libre con las teorías de los esclavos. Somos libres por nosotros mismos a despechos de la Europa. Y la Europa vuelve hoy a renovar la época de la conquista presidida por la vanguardia de los doctrinarios, que forman la escuela de los traidores. Pero nosotros repetimos y repetiremos a despecho de todo ese Viejo Mundo famélicamente conjurado:

CAUSA VICTRIX DUS PLACUIT, SED VICTA CATONI. La causa vencedora agradó a los Dioses (el éxito o la fortuna), mas la vencida a Catón.

Volviendo al asunto de este capítulo, ya se comprenderá por qué decimos que la revolución americana no es una consecuencia de la teoría asignada al Viejo Mundo en su desarrollo. El restablecimiento de la justicia no es consecuencia de un desarrollo histórico, no es consecuencia fatal del desarrollo de la historia. La revolución en este sentido es innata, omnipresente, no es histórica. Sentir el mal, odiarlo, atacarlo, no es consecuencia de la tradición encadenada de los siglos. Es un hecho-ley de la autonomía del hombre.

Es así como arrancamos nosotros a la Europa el servilismo en que querían colocarnos hasta para nuestra emancipación. Esta es la nueva teoría que presentamos como digna de la América.

Así, asegurar (por ejemplo), que todo viene de la revolución de 1789, es a juicio mío negar la omnipresencia de la espontaneidad en los pueblos, la virtualidad del espíritu humano en todo tiempo y lugar, y circunscribir el movimiento de la humanidad no sólo al mundo europeo, sino a la historia de la Francia. Los franceses han querido dar a su revolución el carácter de una especie de consumatum est del progreso. Y los doctrinarios de la revolución pretenden someter el desarrollo del espíritu humano a la miserable Convención que temblaba ante un Robespierre.

Los descubrimientos filosóficos, religiosos, legislativos, literarios y artísticos que con el nombre de orientalismo se revelan cada día, han avergonzado a la ciencia europea. Han producido una revolución en la cronología de la especie humana, una revolución en la filiación de las razas, en las tradiciones y emigraciones de los pueblos y en la filología. Y las teorías doctrinarias, las teorías históricas, desde el discurso de Bossuet sobre la historia universal, hasta Herder, han empalidecido ante los hechos que desbordan y confunden los límites estrechos que habían asignado a ese pasado desconocido y tan grandioso.

Ni la geografía, ni la tradición, ni el pensamiento humano presentado como reflejo de la naturaleza, o como adorador de sus propios hechos que convierte en leyes de la historia, es la verdad. La verdad es la visión de la justicia que determina la vida. Esta es la base de una nueva filosofía de la historia que presentamos al Nuevo Mundo.

Lo que sucede en la ciencia, sucede en la historia de la revolución. Se había ya dado una fórmula cómoda, una filiación de las ideas, una deducción forzosa y forzada de la paternidad del famoso 89. Cuando mucho, se remontaba hasta el Renacimiento, se aceptaba de paso la Reforma, se olvidaba de los Estados Unidos y se decía: la revolución francesa es la regeneración de la humanidad.

Como una consecuencia, se dio a la revolución americana el mismo origen.

Es decir, que emancipados físicamente de la España, la mayor parte de los escritores caían bajo el yugo del doctrinarismo francés.

En primer lugar, la famosa revolución francesa no pudo regenerar ni a la misma Francia: he ahí en cuanto a hechos; y en cuanto a verdad, está muy lejos de ser el ideal de la libertad del hombre y de los pueblos. Esa revolución desconoció y negó la integridad del derecho individual, y cambió de despotismo llamando Estado, Sociedad o Unidad, al monstruo a quien sacrificó la libertad. La revolución francesa fue tiranía para la conciencia, tiranía para el individualismo, tiranía para la vida de las localidades. Y la Francia sigue hoy el derrotero de la revolución unitaria, centralizadora, despótica. La Francia presenta con orgullo la unidad de la centralización, administrando hasta el último de los departamentos, sub-prefecturas, cantones y comunas. Esto es de orden admirable, dicen sus publicistas. En efecto, es tan grande y tan fecundo ese orden, es tan poderosa y vital la acción de la administración central, que no hay nación moderna de la Europa, exceptuando a España, que sea más atrasada y con menos personalidad en sus fracciones territoriales y políticas. Escuchad a Tocqueville: «veo a la mayor parte de esas comunas francesas, cuya contabilidad es tan perfecta, sepultada en una profunda ignorancia de sus verdaderos intereses, y entregada a una apatía tan invencible, que la sociedad parece más bien vegetar que vivir; por otra parte en esas mismas comunas americanas, cuyos presupuestos no se hallan formado bajo planos metódicos, ni sobre todo uniformes, veo una población ilustrada, activa, emprendedora; contemplo en ellas a la sociedad dedicada siempre al trabajo» (2).

La revolución francesa no fue la declaración, ni mucho menos la práctica de la soberanía integral del individuo, ni la de los grupos fundamentales de toda asociación política. Hablaba mucho de libertad, y no la reconocía en los ciudadanos para administrar sus intereses en sus localidades respectivas. Federalismo y Federación llegaron a ser una injuria que llevaba a la muerte. Unidad absoluta del Estado, tiranía del Estado no era tiranía. Todavía no comprenden esto los franceses. El francés ha sacrificado su vida, su libertad, y legitima ese sacrificio de la historia patria, en aras de la unidad absoluta del Estado. Se ve en esto la superioridad de la tradición americana, y más aún la superioridad de la revolución que columbramos.

Así al presentar la cuestión destruyo la generación, paternidad o filiación que los doctrinarios han querido dar al movimiento del mundo.

El árbol genealógico de la libertad está en todo hombre y en todo pueblo.

La revolución francesa promulgó la declaración de los derechos del hombre. ¡Calle la tierra después de estas palabras! ¿Pero creen acaso, los que creen que la declaración de los derechos del hombre es el timbre de la Francia y de su Revolución, que la Francia los ha inventado o descubierto esos derechos? ¿Ignoran que esos derechos vivían (lo que es más que declararlos) en todos los países que habían recibido y aceptado el soplo regenerador de la Reforma? ¿Ignoran que ya los ingleses tenían su magna carta hacía siglos, y que las colonias de la Nueva Inglaterra vivían bajo el régimen de la república democrática?

No ha inventado, ni descubierto, ni desarrollado ningún derecho esa revolución. Escribir en el papel esa declaración que llevó el viento de todos los despotismos, desde el de la Convención y Comité de salud pública, hasta el imperio de los Bonapartes, no es un timbre histórico, ni mucho menos un antecedente para pretender a la paternidad del movimiento regenerador. «Los emigrados que crearon el Estado de Rodhe Island en 1638, los que se establecieron en New Haven en 1637, los primeros habitantes de Connecticut en 1639 y los fundadores de Providencia en 1640, principiaron igualmente por redactar un contrato social que fue sometido a la aprobación de todos los interesados» (3).

«En 1641, la asamblea general de Rodhe Island declaraba ya por unanimidad que el gobierno del Estado consistía en una democracia y que el poder descansaba en el conjunto de los hombres libres, únicos que tenían el derecho de confeccionar las leyes y velar por su ejecución. Código de 1650» (4).

¿Y qué punto de vista tan estrecho es ése, de querer someter el movimiento revolucionario de la humanidad a la fecha de 1789, y a esa nación, la Francia, que ha sido la que hasta hoy escarnece su propia declaración de los derechos? ¿Cuáles son los pueblos regenerados por la acción de la nación francesa? ¿Qué ha hecho en Asia, en África, en América? Sangre, esclavitud, conquista, o saqueo, he ahí las regeneraciones de la Francia en otros pueblos. ¡Hoy continúa matando árabes y mejicanos en nombre de la civilización, y no tiene una palabra para la Rusia que degüella a una nación heroica, la Polonia!

¿Y sabemos acaso lo que significan esas estupendas revoluciones del Asia, en la India, en la China, en la Tartaria? ¿Y qué supieron del 89 y de revolución francesa, los inmortales bohemios hijos de Juan Huss, que a las órdenes de Zisca, el jamás vencido, proclamaron y practicaron la libertad en el heroísmo, en medio y a despecho de las imperios conjurados? ¿Qué supieron del 89 y de la Francia, las Repúblicas de Suiza, de las Provincias Unidas de Holanda, y los Estados Unidos constituidos años y siglos antes en repúblicas? Si mañana el Japón se declarase en República, ¿creéis que debemos darle la filiación del 89, y agradecer a la Francia el movimiento? Si la Argelia, como es probable, si la India, como es probable, si los sublimes hijos del Caúcaso reconquistan su tierra, y, como es justo que así sea, dan en tierra con la dominación de la Francia y de la Inglaterra y de la Rusia, ¿diréis que es el 89 que ha brillado en el desierto o en las pagodas subterráneas o en las montañas del Caúcaso?

Ved, pues, cuan falsa es la pretensión doctrinaria.

Han querido imitar a Boussuet que torturó a la historia para que fuesen todos los hechos una explicación o preparación del cristianismo. Y como no se podía repetir la tentativa se cambió de sujeto, y en lugar del cristianismo se tortura a la historia para hacerla coronar por la revolución francesa.

Los alemanes doctrinarios habían hecho ya lo mismo a favor del germanismo, o de las razas germánicas.

Los españoles, empiezan hoy también, a ensartar su lamentable historia en una teoría semejante a favor de la España. No queda, sino que los gascones o andaluces, hagan la suya, para explicar que todo lo que han hecho, ha sido en servicio de la humanidad.

En el fondo, ese error del doctrinarismo es el mismo, que pretende hacer venir todas las razas de una sola pareja, todos los idiomas de un idioma. Cuando es sin duda más científico y más conforme a las intenciones de la Providencia, ver a la especie humana con idiomas y razas brotar en multitud, en el momento apropiado por incubación de la tierra para la eclosión de los átomos humanos; así como brotaron las selvas, y la indefinida variedad de todas las existencias, dondequiera que estuvo pronta la cuna del inmenso ovario que flotaba en el éter.

Sepan los de la manía de la unidad, que la variedad, y la eterna variedad de los tipos de los seres, es un pensamiento eterno y constitutivo de la inteligencia divina.

Ese error puede ser llamado, el error unitario, la manía de la unidad. Es el principio de unitalizar, uniformar la indestructible variedad, y de someter la asombrosa fecundidad de lo creado, al despotismo de un centro. Ignoran hasta hoy que la inmensidad no tiene centro, y que no puede tenerlo. No hay capital en los cielos. El individualismo se equilibra (es decir peso-igual, libertad-igual) y esa ley es la única capital, la sola unidad posible, la única centralización imaginable. Pero esa ley es relación, no es un objeto, un ser, un individuo.

Esa ley vive en todos, no está aquí, ni allí, es omnipresente.

Así, pues, la ley suprema de todo lo creado, es la ponderación, el equilibrio, la justicia, en una palabra, la MEDIDA (5). ¡Localizar, centralizar la libertad! ¡Capitalizar lo omnipresente! Error que al presentarlo se revela en su deformidad despótica.

El Viejo Mundo es unitario. De ahí las teorías de la monarquía universal, de las conquistas, de la centralización, del despotismo del Estado, del horror al individualismo.

El Nuevo Mundo es federal. De ahí deben nacer y ya en parte se practican las teorías de la soberanía universal, de la descentralización, la negación del Estado en el trabajo, en la conciencia, en la vida local y en la administración. De ahí nacen los prodigios del individualismo libre y creador en todas las esferas de la vida. Unitarismo es despotismo. Federalismo es equilibrio.

América pertenece a la ponderación de los derechos, al equilibrio de las fuerzas, a la justicia de las relaciones. La América toma la medida en la historia.

Tu doctrina ¡oh! América, será el movimiento natural de la fuerza libre, determinado por la visión de la verdad-principio: es decir, la doctrina, no de la amalgamación, confusión, unidad, comunismo, panteísmo, o cantidad continua inseparable como la masa oceánica, pero sí la doctrina de la individuación, personalidad, soberanía, independencia. De Dios, el individuo-infinito, sale la ley de individuación de todas las existencias dominantes aún, en el eterno pensamiento del progreso. La metafísica americana resolverá el problema terrible de la creación, dando el ejemplo de ser todo americano un creador.

¡Oh! Libertad: tú no eres idea pura, ley o relación, fantasía de la felicidad o del orgullo: eres tú-yo-nosotros, individuos, existencias personales, tipos eternos realizados de todo momento de soberanía del Eterno.

Individualismo inmortal de los seres, pues nada vuelve a la nada; indestructible autonomía de la razón, realizando al self-government, siendo la justicia, la medida de la fuerza consciente tú, hombre-ley, ideal humano de inteligencia, de amor y de energía, ¡sé pues la palabra-acto, de la iniciación de la humanidad por órgano de América!

Y tú historia, partiendo de esa base, desarrollando y encarnando ese principio, serás, no la sucesión de los hechos brutales de la humanidad esclavizada, no serás el encadenamiento de los años y de los siglos encorvados bajo la presión del despotismo, o de la doctrina de la fatalidad despótica sino la perpetua improvisación del genio emancipado, la inspiración fecunda y permanente del espíritu creador del hombre reintegrado. ¡Prometeo justificado, ya rompiste tus cadenas! Recibe, pues, el rayo de la mano Omnipotente para derribar el cielo antiguo y pulverizar los falsos dioses. ¡América, América: es tu hora!

XV

CAUSA-CAUSAS-VARIEDADES DE ELEMENTOS. ANTECEDENTES Y
CIRCUNSTANCIAS QUE PRODUJERON LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA

DE LOS PRINCIPIOS expuestos en el capítulo anterior, resulta que la revolución de la independencia americana, tiene una causa esencial, propia, autónoma. Esa causa es la protesta contra el mal, protesta que jamás desaparece de la conciencia de la humanidad. Ella puede germinar latente, como el fuego del planeta; puede no aparecer visible, pero existe.

A la causa esencial, se agregan causas secundarias, y circunstancias que pueden favorecerla más o menos.

Bajo este punto de vista comprensivo de todos los elementos revolucionarios, puede decirse que: la revolución americana ni es europea, ni es completamente espontánea a la América: la revolución americana es esencialmente humanitaria.

La revolución se liga con la historia de Europa, por la conquista de España por la Francia, que debilitó el poder de enviar socorros a las autoridades rebeladas, dio un pretexto legal a los criollos para exigir gobiernos, y fue la ocasión sincrónica del estallido. Pero la revolución existía. La prueba directa y terminante fue la aceptación popular que desbordó. La lógica de la justicia en la inteligencia del pueblo, traspasó los límites hipócritas de los iniciadores, quienes detenían el movimiento que nos llevó a la independencia.

En cuanto a ideas, teorías o influencias de la revolución francesa. esa influencia espiritual, si bien existió en una minoría maquiavélica y plagiaría, esa influencia en el encadenamiento cronológico de los acontecimientos, y en la filosófica deducción de los principios, no puede compararse con la influencia que tuvo la independencia de los Estados Unidos, practicando victoriosos, y con asombroso progreso, el elemento religioso de la libertad de pensar de la reforma. Y es necesario no olvidar, y repetir contra los que no hacen sino repetir la lección de los doctrinarios, que antes de la revolución francesa, la Suiza, la Holanda, la Inglaterra misma, y particularmente la independencia de los Estados Unidos, que influyó en la revolución francesa, fueron los ejemplos, la enseñanza viva y victoriosa de la libertad. El mismo contrato social de Rousseau, que ha sido la Biblia de los revolucionarios de la escuela francesa, ¿cómo puede compararse con los pactos realizados y fecundos de las colonias de la Nueva Inglaterra?

La grande influencia moral fue la de la filosofía del siglo XVIII, y en particular la de Voltaire, el genio, el coloso del siglo, el sepulturero del pasado, el atrevido zapador de la humanidad y del buen sentido. Pero esa influencia se ejerció en una minoría, reducida, fue influencia literaria, no fue influencia de instituciones o creencias conquistadas.

La América llevaba en sí, en la variedad de sus elementos, en sus condiciones geográficas y topográficas, en sus condiciones peculiares de aislamiento, en la diferencia de intereses industriales con la España, en la variedad de sus razas, en el odio acumulado de las generaciones sometidas, en el odio y protesta de los mismos criollos desechados como elementos incapaces de gobierno; en el ejemplo de los americanos libres como los Aucas; en la necesidad moral y física que existe de constituir el mundo bajo la ley de las nacionalidades, ley suprema como la de la familia, ley de individuación y de progreso, verdadero fuego interno de la humanidad.

Todas estas causas influenciando intereses, odios, necesidades físicas y morales, ejemplos, ideas, necesidad de satisfacer a la justicia, todo esto formaba la tácita conspiración de la independencia.

He ahí pues, los móviles y motivos. En seguida se presentan las tentaciones de la oportunidad, ocasionadas por el trastorno de la España.

II

ENTRE LOS ELEMENTOS de la revolución hay que distinguir los diversos elementos de que consta la población americana.

Razas indígenas sometidas.
Razas indígenas sueltas.
Razas indígenas libres.
Raza mixta américo-española.
Raza mixta américo-africana.
Raza descendiente de españoles o criollos.

La revolución germinaba de distinto modo en los diversos elementos. Había el mismo objeto, la independencia; no había el mismo móvil: el interés y la venganza; visión de su antiguo dominio y poderío agitaba a los mejicanos y peruanos; y tener una patria independiente era el deseo y la idea que unificaba las intenciones y pasiones.

Las razas indígenas sometidas, esos millones que formaban la mayoría de la población en Méjico, Perú y Bolivia, han conservado siempre la tradición de su independencia y bienestar perdidos. Aunque convertidos al catolicismo, nunca ha muerto el estímulo de la venganza y la esperanza de una restauración de su antiguo poderío. Y éste es un ejemplo de lo profundo que es el íntimo secreto de la individualidad de las razas, pues supera muchas veces al principio religioso impuesto.

Las razas indígenas sueltas influían directamente, dando asilo a los fugitivos, aliándose a veces con los esclavizados que se sublevaban, y presentando el espectáculo de su vida independiente, sin mitas, sin encomiendas, sin repartimiento, sin capitación, sin esclavitud ninguna.

Las razas indígenas libres, como las del Chaco, los Charrúas, ya exterminados por los criollos, los Ranqueles, los Puelches, los Tehuelches, los Pehuenches y sobre todo los Aucas, conocidos en la historia con el nombre de araucanos, combatiendo siempre, sin rendirse jamás, volviendo mal por mal a los que se llaman cristianos, han llegado a ser un elemento de la independencia, y por su conducta, y más que todo, por su derecho a la tierra que poseen, hicieron que los hombres de la revolución los llamasen, los invocasen, y los reconociesen como soberanos del país que habitan y poseen con el derecho de propiedad y de dominio.

La raza mixta américo-española por la inferioridad en que era tenida y desprecio con que era mirada, no simpatizaba ni con los gobiernos ni con los españoles. Ha constituido lo que puede llamarse el plebeyanismo en América y ha sido la que ha sobrellevado el peso de la organización de la conquista. Ha sido también el semillero de nuestros ejércitos, la prole de las batallas, el soldado, el héroe, el hombre desprendido, el entusiasmo puro, la espontaneidad de la revolución. La raza mixta américo-africana y criollo-africana, ha sido en Colombia donde ha brillado, produciendo los terribles llaneros de Bolívar.

La raza negra africana fue en la República Argentina y en el Perú un continente poderoso y valiente de nuestros ejércitos.

La raza descendiente de españoles o criollos, como los llamaban, han sido los iniciadores, la palabra, la dirección y también la ejecución del vasto plan de la revolución. Esta raza ha presentado un fenómeno raro en la historia de las conquistas y que no ha sido notado, a juicio mío. He aquí la observación:

Todos los ejemplos que la historia nos presenta de invasiones de razas y conquistas, son, puede decirse, uniformes en cuanto al resultado. La raza invasora que triunfa, se instala, se apodera y divide la tierra, y ella y sus descendientes se constituyen soberanos. Así los Longobardos en Italia, los Francos en Galia, los Normandos en Inglaterra, los Visigodos en España, los Aztecas en Méjico, los Incas en el Perú.

Pero en ese fenómeno hay, puede decirse, una identificación entre el conquistador y la tierra conquistada.

En la colonización española en particular, sucede que la raza dominante gobierna, administra, explota, no como si fuese cosa propia, o la misma patria, sino como cosa ajena que puede perder y de la que es necesario sacar el quilo.

Así, para apropiarse e incorporarse una tierra conquistada y no temer una separación, los hechos históricos nos indican que es necesario identificarse con el destino de la tierra conquistada y convertirla en patria y que las nuevas generaciones, descendientes de conquistadores y conquistados se consideren como unos, como hijos del mismo suelo y sometidos a la misma ley y destino. Es así como gran parte de las naciones modernas de Europa se han formado. El hecho injusto ha ido desapareciendo bajo la progresiva aplicación de igualdad, sin distinción de raza. El origen fue un crimen: la conquista. Los vencidos se sometieron, tanto peor para ellos. Los descendientes de unos y otros llegan a formar poco a poco una nueva sociedad: esto es, la aparición de las nacionalidades modernas como Inglaterra, Francia, España. En Inglaterra, el Anglo, el Sajón, el Danés, el Normando, forman una descendencia sui géneris, que crea su lengua, el gran idioma inglés, expresión nueva de una nueva sociedad. En Francia, el Galo, el Romano, el Franco, constituyen hoy una masa indivisible uniformada. En España, el Ibero, el Vasco, el Africano, sea Cartaginés o Moro, el Árabe, el Visigodo, forman bajo el nombre de Castellanos o españoles la unidad de patria bajo la diferencia palpable del origen .

Mas la América no fue considerada como una agregación de territorio sino como una explotación.

El español, aunque se instalase en América y tuviese descendencia, se consideraba siempre como dominador y extranjero. Pero en sus hijos se verificaba el prodigioso fenómeno de la autonomía instintiva de la patria, producido por el nacimiento, por la naturaleza, por la necesidad, y al fin por el convencimiento.

Existía profunda diferencia entre el español de nacimiento y el americano, aunque descendiente de español.

No se verifica este fenómeno en la India con los hijos de los ingleses. Son ingleses, no asiáticos.

Esta diferencia era caracterizada, fortalecida y enconada, por la superioridad, y soberanía que las costumbres y leyes de Indias daban al español de nacimiento, y por el desprecio con que éste miraba a los criollos.

Se produjo pues, este hecho no común en la historia de las conquistas, que consiste en que los hijos de los conquistadores se inclinan a simpatizar, y a identificarse con la causa, con las pasiones y esperanzas de los conquistados, y de los indígenas libres.

Este hecho, nos explica naturalmente, sin necesidad de acudir a teorías preconcebidas, la invocación, el derecho y el llamamiento que se hizo en tiempo de la independencia a las razas indígenas, la simpatía que se desplegó por su suerte, la solidaridad que se declaró existir entre los indios y criollos. Los escritores y poetas de la época así lo manifestaron; y los legisladores así lo intentaron, pidiendo en Chile a los araucanos un representante, y la Junta de Buenos Aires del mismo modo, en sus decretos libertadores a los indígenas del alto Perú, y particularmente en el dirigido a los indios Pampas, pidiéndoles representantes para el congreso nacional.

¡Cuánta superioridad moral no demostraba el gobierno de Buenos Aires, de aquel tiempo, sobre los gobiernos posteriores! La humanidad no era una palabra. Se llamaba al indio a la congregación de las razas, la justicia no era una palabra: se reconocía la ley: suum cuique tribuere. A cada uno lo suyo. Y vive Dios, que es del indio su libertad y su derecho a la tierra en que nació.

III

LA REVOLUCIÓN germinaba: es un hecho. Germinaba es verdad, de diverso modo según la variedad de los elementos que acabamos de enumerar, y que si se hubiesen podido combinar, hubieran anticipado de muchos años la independencia de América.

Los historiadores americanos tienen a este respecto que hacer prolijas indagaciones, para no perder el hilo conductor de la protesta siempre viva, y presentar completa la tradición de la revolución.

Nosotros vamos a registrar los hechos que conocemos.

Los indios del valle de Calchaquí, en Tucumán, se sublevan capitaneados por Pedro Bahorques, que se decía descendiente de los Incas. Dura la sublevación once años. Los cabezas fueron ejecutados. 1660.

Sublevación de los indios de La Paz. 1660.

Sublevación de los indios de Andahuaylas (Perú). 1730.

Sedición de los indios de Cochabamba, dirigida por un mestizo, Alejo de Calatayud.

Termina con su decapitación y la de 28 compañeros. 1730.

Revueltas en el Paraguay, 1726-1731.

«Se vivía en comunidad de bienes siendo cada pueblo una copia amplificada de la orden de San Ignacio. Reinaba la paz y la abundancia y las tropelías de los colonos y mestizos ambiciosos no tenían lugar.

Un sistema tal tuvo por enemigos a los obispos y autoridades civiles, de cuya enemistad se suscitaron disputas que pronto tornaron en luchas sangrientas. Los jesuítas por conservar las reducciones tales como las habían fundado y sus enemigos por arrebatarles el poder para explotarlas. A la cabeza de éstas se hallaban el gobernador Reyes y el obispo Palos. Para apaciguar estas discordias se mandó a don José Antequeda, que tenía el carácter de protector de Indias en Charcas, el cual, trasladándose al Paraguay, arrojó a los jesuítas del colegio de la Asunción, levantó tropas para batir a Reyes, consiguiendo derrotarlo en Tivideari después de haberle muerto a más de 600 de sus afiliados...

Cinco años después reaparecen los disturbios. Antequeda preso y acusado de promover esos disturbios desde la cárcel de Lima. El virrey lo fusila» (6).

Revuelta de los indios de Quito, que asesinan a los colectores de tributos, diezmos o de otras contribuciones. 1741.

Revolución del pueblo en Quito. Victoria de los indios que matan en batalla a 400 españoles. Se aplacó por la intervención de la Iglesia y promesa de amnistía general. 1765.

Conspiración en Chile descubierta, y fin misterioso de sus iniciadores. Esta conspiración fue iniciada por dos franceses en 1780.

Revolución de los Comuneros en Nueva Granada. Principia en Bogotá y cunde como incendio a las provincias de Tunja, Pamplona, los llanos de Casanare y Maracaibo, se propaga a la provincia de Mérida hasta las cercanías de Trujillo. Triunfan los comuneros en el primer encuentro. Viene un ejército de 4.000 hombres a sofocar la revolución, y Berbeo, su jefe, presenta 18.000 hombres armados de palos, hondas, y sólo con 400 armas de fuego. Interviene el Arzobispo, y se estipulan capitulaciones que consignan la victoria de los revolucionarios, quedan abolidas todas las gabelas, y se concede amnistía.

El Arzobispo y el clero consiguen aplacar el incendio y se dispersan los comuneros. Se violan después los juramentos, y se decapitan y descuartizan a los jefes que se conservaron en armas. 1781. Esta revolución no se manchó con ningún crimen.

Sublevación de los indios del Darién (Nueva Granada). Destrucción de poblaciones españolas. Degüello de sus habitantes. Fueron sometidos, y después abandonados por la dificultad de contenerlos.

Sublevación de los Chunches, llanuras de Chunchamayo en el Perú, capitaneados por Juan Santos que se decía descendiente de Atahualpa. Hizo una guerra de exterminio. Destruyó las poblaciones de Uchubamba, Monobamba e invadió la provincia de Canta. Fueron dispersados a los bosques. 1740.

Se sublevan después los Chunches de Anaybamba y Cuillobamba. Son batidos y ejecutados dos de sus caudillos.

Sublevación de la provincia de Chayanta, en el Alto Perú. 1780.

Sublevación en el Cuzco.

Es sofocada con la decapitación de 7 de los cómplices. 1780.

Gran sublevación de Túpac-Amaru. Llama a las armas a la nación peruana. Los pueblos acuden. Extermina a 600 españoles que fueron a atacarlo. Pierde un tiempo precioso en hacerse coronar. Aglomeran contra él sus fuerzas los virreyes del Perú y de Buenos Aires. Es batido y martirizado con su mujer y con sus hijos. 1780.

A las proclamas de Túpac-Amaru los indios de Charcas se sublevan. Túpac-Catari sitia a La Paz.

Destruyen poblaciones y destacamentos españoles. Sublevación sobre Puno.

Toma de Sorata. Sublevación en Huarochiri. Todo este gran movimiento iniciado por Túpac-Amaru fracasa ante los ejércitos de los virreyes del Perú y Buenos Aires. Mueren en la horca los caudillos. 1783.

Revolución de las colonias inglesas, uno de los más grandes movimientos de la historia, por su justicia, por su influencia en América y Europa, por sus magníficos y trascendentales resultados. Este acontecimiento coexistió con el de Túpac-Amaru en el Perú, 1780. La revolución de los Estados Unidos, fue auxiliada por Francia y España en odio a la Inglaterra. Las naves de Carlos III que llevaban esos auxilios, tocaron de arribada en algunos puertos de la América del Sur y comunicaron la noticia del incendio que empezó sordamente a propagarse.

La Francia monárquica con esa alianza revolucionaria, recibió la profunda conmoción eléctrica del republicanismo americano; y Lafayette, el amigo de Washington, fue el héroe de dos mundos y el protagonista de la revolución francesa.

Empieza a circular con misterio la Constitución de los Estados Unidos, y la España reconoce el peligro de perder sus colonias, habiendo protegido la emancipación de las ingleses.

¡Justicia divina!

Trabajos de la Inglaterra para sublevar las colonias españolas, con el objeto de tomar la revancha y abrirse el mercado de un continente.

Pitt, en 1797, había mandado derramar proclamas en América, «asegurando socorro en dinero, armas y municiones» a cuantos quisiesen intentar revolucionarlas.

Invasión de los ingleses a Buenos Aires, que despierta el espíritu del pueblo, y le hace pensar en la independencia. 1805-1807.

El gran contrabando de los ingleses, que revelaba a los americanos la existencia de una nación libre y poderosa, con su superioridad industrial y el bajo precio de los objetos de consumo.

Revolución Francesa en 1789. Había en Europa juventud americana que estudiaba y participaba de las ideas revolucionarias.

Los principales caudillos estuvieron en Europa: Miranda, Bolívar, San Martín, Alvear, 0'Higgins y Carrera. Los venezolanos son los primeros en levantar el estandarte de la rebelión. Esta primera tentativa fracasó y murieron casi todos los jefes, excepto el joven Marino que fue a abogar por la causa ante los gobiernos de Inglaterra y Francia. En seguida se presenta el grande, el inmortal Miranda, héroe de ambos mundos, general en Venezuela y en Francia. La Inglaterra lo protege, organiza una expedición sobre Caracas. Es rechazado, pero despertó el incendio. Miranda funda en Londres la famosa Logia Lautarina, verdadera colmena de la revolución. De allí parten los principales conspiradores para todas las colonias. Se funda también la Logia sucursal en Cádiz.

Primera revolución en La Paz. Ya en 1809.

Primera revolución en Quito. También en 1809.

Decadencia notable del poder de España, aunque fuerte en América.

Invasión en fin de Napoleón I. La incomunicación y acefalía del poder en España, a causa de la conquista francesa, fue la ocasión suprema. El establecimiento a las Juntas españolas, fue el pretexto hipócrita de los Cabildos revolucionarios, para dar una apariencia legal a la revolución. Las primeras actas avergüenzan: ¡mienten! El fin no legitima los medios. Esa mentira de organizarse en Junta reconociendo la soberanía de Fernando, demuestra la poca fe en la verdad, el pálido republicanismo, la falta de heroísmo en los iniciadores del movimiento. Funesto ejemplo de doblez que ha corrompido a casi todos los políticos de América. Cuántas perfidias y crímenes se han creído autorizados con ese ejemplo de 1810, dado por los primeros revolucionarios. Como se ve, no sentían ni comprendían la virtud de la verdad-principio.

Pero los pueblos la comprendieron. Los pueblos no se alzaron sino por la independencia y la República.

Muchos de esos iniciadores claudicaron. Los pueblos fueron fieles a la causa que abrazaron.

Unid las causas latentes radicales que tarde o temprano debían producir la explosión a las causas ocasionales que apuntamos, y tendréis la explicación de la simultaneidad de la revolución desde Caracas a Buenos Aires, desde Méjico a Chile.

La invasión francesa que fue la señal de alarma, se verificó en 1800. La revolución estalló en 1810.

Los conspiradores americanos tuvieron pues, nueve años para preparar el golpe.

Caracas, abril 19 de 1810. Buenos Aires, mayo 25 de 1810. Santa Fe de Bogotá, julio 20 de 1810. Méjico, setiembre 16 de 1810. Santiago de Chile, setiembre 18 de 1810.

Así se explica, puede decirse, la coexistencia y sincronismo de la revolución (7).

XVI

EL ESPÍRITU DE LA REVOLUCIÓN.

DIFERENCIAS ENTRE LA REVOLUCIÓN DE LOS ESTADOS DE LA NUEVA INGLATERRA Y LA REVOLUCIÓN DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS. LA LIBERTAD DE PENSAR. PRINCIPIO DE LOS PRINCIPIOS. UNA INCONSECUENCIA SUBLIME QUE FAVORECE LA REVOLUCIÓN DE LA AMÉRICA DEL SUR. SOLUCIÓN DE LA CONTRADICCIÓN QUE PRESENTA LA REVOLUCIÓN FRANCESA. QUIENES HAN SOSTENIDO EL LIBRE PENSAMIENTO DURANTE LA CONQUISTA

FUE EL AÑO 1810, el año cíclico de la América del Sur. En él, empieza la gran revolución que continúa, y que uniéndose a la revolución de 1776 de la América del Norte, combinando los genios de los dos grandes grupos del continente, el genio Sajón-Americano al genio Américo-Europeo, formará la síntesis de la civilización Americana, destinada a regenerar el Viejo Mundo, y a cumplir sobre la Tierra los destinos del hombre soberano.

Dime, genio de América, ¿cómo pudo verificarse el prodigio? Ese prodigio de sentir, concebir, comprender y revelar el derecho en la América sumisa; y lo que es más, de electrizar los pueblos abatidos; y lo que es más, de triunfar sin tradición militar, ni armas, ni recursos a la mano, creándolo todo para triunfar en mar y tierra, sobre ejércitos, escuadras, gobiernos, autoridades civiles, militares y eclesiásticas, y triunfar sobre la educación de la conquista. Ese prodigio, con sus diez años de guerra, desde Méjico al Plata, se llama REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA.

Es a ese prodigio, americanos, que debemos un nacimiento libre, en tierra libre: he ahí nuestra nobleza. Es a la revolución a quien debemos el orgullo del hombre dueño de sí mismo; es a ella a quien debemos no vivir, ni haber vivido bajo castas, bajo reyes, bajo aristocracias del terruño, bajo señores de horca y cuchillo, de pendón y caldera; es a ella a quien debemos la ciencia de la igualdad, el bautismo de soberanía, el entusiasmo por lo heroico, el amor a las virtudes patrias y sociales, las fantasías de lo ideal, las deducciones radicales de la justicia que han de llegar al último rancho y a la toldería del salvaje.

El pensamiento de la revolución, como cráneo del Júpiter Tenante, contenía la independencia del territorio, la soberanía del individuo, la soberanía del pueblo, la forma republicana de gobierno, el advenimiento de la democracia desde la aldea hasta las capitales, la separación de la Iglesia del Estado o independencia de la política y el culto; la abolición del régimen económico, financiero-administrativo y pedagógico de la conquista: la libertad de los cultos y la libertad de industria, la comunicación con el mundo, y el esplendor de la palabra humana por tantos siglos comprimida, que al fin estalla envolviendo en manto de luz el continente; la igualdad de las razas, reconociendo sus derechos a la tierra que poseen.

Independencia de todos los intereses y derechos locales en lo relativo a sus localidades; movimiento federalista en un principio, anulado después por la reacción unitaria en toda América, y que hoy vuelve a continuar triunfante en Méjico, en los Estados Unidos de Colombia, en Venezuela, en la República Argentina y que agita a Chile y al Perú, con esta diferencia entre el federalismo del Norte y el del Sur: en el norte principió por la comuna que votaba sus impuestos, elegía sus magistrados y legislaba en plaza pública como en los mejores tiempos de Atenas. Y en el sur ha principiado el movimiento federal por dislocaciones de la centralización. Los pueblos por medio de revoluciones han pedido, y conseguido, sea con pactos precursores, o con grandes Convenciones, llegar hasta el federalismo de régimen.

Pero todas las reformas, todos los derechos nacen de un derecho fundamental y primitivo: la libertad de pensar, la independencia de la razón, la soberanía del individuo revelada en su conciencia.

Es necesario no olvidar y tener muy presente, que sin la conquista de la libertad del pensamiento, no hay derecho que no sucumba, tiranía que no se establezca, injusticia que no se instituya: ni soberanía en la comuna, ni en la nación, ni en la sociedad, ni en los derechos más sagrados de la palabra, del estudio, de la propiedad, de la familia. Sin la libertad de pensamiento puedo arrancar al mundo moral de su destino. El mundo no pesa sin pensamiento: el soplo de cualquier despotismo se lo lleva, la aspiración de cualquiera potencia se lo traga.

En Estados Unidos, la libertad de pensamiento coexistió con sus orígenes.

El individuo libre, la comuna libre, el Estado libre, nacieron y se desarrollaron por la virtud de los sublimes puritanos, que quisieron vivir bajo el régimen lógico de la integridad del derecho del hombre. Los hijos de los inmortales peregrinos vinieron a buscar una tierra para la libertad de pensar, dejando ese Viejo Mundo que resistía al movimiento regenerador de la reforma. Eran hombres libres y libres fueron las sociedades que fundaron, las más libres de la Tierra y de la historia.

Completaron su libertad declarando, el 4 de julio de 1776, la independencia del territorio para tener la personalidad nacional.

Esta es la gran diferencia que caracteriza a las revoluciones de los dos grandes grupos sociales del continente americano.

La libertad de pensar, como derecho ingénito, como el derecho de los derechos, caracteriza el origen y desarrollo de la sociedad de los Estados Unidos.

La libertad de pensar sometida, la investigación libre limitada a las cosas exteriores, a la política, administración, etc., fue la mutilada libertad proclamada por los revolucionarios en el Sur.

Esto quiere decir que el Norte era protestante y el Sur católico.

El hombre del Norte emancipando su pensamiento hará interpretar individualmente el libro que ha creído revelado, es sacerdote, es concilio, es iglesia, es el soberano en el dogma, y no hay pontificado que pueda someter su razón. Reconoce el mismo derecho en su semejante, y de ahí nace esa tolerancia, esa discusión vivificadora, esa libertad práctica. De su soberanía conquistada en el dogma nace su soberanía en la política. ¿Cómo podrá ser esclavizado el hombre que no reconoce autoridad dogmática sobre su propio pensamiento? Y el que es soberano en la Iglesia tiene que serlo en el foro; el soberano en el pensamiento es soberano en la Tierra.

Las conveniencias prácticas, visibles, de esa sociedad de los Estados Unidos, corroboran y confirman el principio. Esos puritanos, o sus hijos, han presentado al mundo la más bella de las Constituciones, dirigiendo los destinos del más grande, del más rico, del más sabio y del más libre de los pueblos. Es hoy en la historia esa nación lo que fue la Grecia, el luminar del mundo, la palabra de los tiempos; la revelación más positiva de la divinidad, en la filosofía, en el arte, en la política. Esa nación ha dado esa palabra: self-government, como los griegos la autonomía; y lo que es mejor, practican lo que dicen, realizan lo que piensan, y crean lo necesario para el perfeccionamiento moral y material de la especie humana.

Convencido de esa verdad que es un principio, el self-government, y que esa verdad-principio es el derecho, y lo que es más aún, la garantía del derecho porque es la práctica y el ejercicio del derecho, ved cómo su principal cuidado, su atención primera, es la educación y la enseñanza de las nuevas generaciones en el dogma de la soberanía individual. No hay nación que lea más, que imprima más, que tenga mayor número de escuelas y de diarios. Hoy es la primera nación en la agricultura, en la industria, en la navegación. Es la primera nación en la guerra. Ha revolucionado la guerra marítima. Su literatura es la más pura y la más original de las literaturas modernas. Tiene los primeros historiadores como Mottley, Prescott, Irving; los primeros filósofos como Emerson; los primeros grandes predicadores del advenimiento del evangelio puro como Chaning, Parker; los más grandes jurisconsultos y políticos como Kent, Story, Grincke, Wheaton, Hopkins. Es la nación que hace más descubrimientos, que inventa más máquinas, que transforma con más rapidez la naturaleza a su servicio. Es la nación poseída del demos, del demonio del perfeccionamiento en todo ramo. Es la nación creadora y lo es porque es la nación soberana, porque la soberanía es omnipresente en el individuo, en la asociación, en el pueblo.

Su vida libre, individual y política, y todas sus maravillas dependen pues, de la soberanía individual y de la razón de esa soberanía: la libertad del pensamiento.

¡Qué contraste con la América del Sur, con lo que era América española!

Todavía no se ha llegado a comprender en toda su extensión y trascendencia lo que es la soberanía de la razón en cada uno.

Los Estados Unidos no tuvieron que hacer una revolución religiosa para fundar la libertad del pensamiento. La revolución de su independencia no vino sino a dar una personalidad nacional independiente a la libertad instituida. La religión del libre examen, podía ser la base dogmática de la libertad política. El que es libre en la aceptación del dogma, tiene que ser libre en la formación de la ley. El despotismo es imposible.

Pero en nosotros, he aquí una contradicción que parece inexplicable y hace ininteligible la revolución. Vamos a exponerla y llamamos sobre ella la atención.

¿Cómo pudo la América del Sur, rebelarse contra España, fundar la república, proclamar la libertad del pensamiento y de la palabra, afirmando y sosteniendo el dogma católico de la obediencia ciega?

No puede haber contradicción más notable. ¿Cómo explicar entonces la revolución de la independencia?

Porque se buscaba nada más que la separación de la metrópoli, podría argumentarse.

Esto es falso en los hechos y en teoría.

Es falso en los hechos porque se proclamó la soberanía del pueblo, la libertad del pensamiento, la República.

Y esos hechos no van comprendidos en la idea de la separación.

Es falso en teoría, porque la soberanía del pueblo, que no es más que la asociación de la soberanía individual, contiene la negación de la religión de la conquista.

Agregad que la conducta de la Iglesia fue al principio de la revolución hostil, profundamente hostil a la revolución. Después, cuando vio que la revolución triunfaba, por no perderlo todo, de godase convirtió en patriota.

La contradicción subsiste. ¿Cómo hacerla desaparecer en unos pueblos católicos que se lanzan a la revolución?

No encontramos otra explicación que la siguiente:

Esa contradicción de un dogma esclavizante y de una política libertadora fue salvada, a juicio nuestro, por una sublime inconsecuencia de los pueblos.

¿Cómo explicar la inconsecuencia? Así como ha habido ideólogos que han negado la materia, y que al caerles encima una viga han apartado su cuerpo, y otros que negando el movimiento, caminaban; así los pueblos creyentes del dogma de la esclavitud, por medio del instinto sublime de la naturaleza y de la intención sin lógica ni raciocinio deductivo, de la revelación de la libertad, la han aceptado, sobre todo en el momento de la lucha, sin preguntarse si podría armonizarse con la religión que profesaban.

Esto sucede casi siempre que profesamos doctrinas erróneas, absolutas. Las negamos instintivamente con los hechos y las reconocemos en teoría.

En el corazón de los pueblos de América se sintió la centella eléctrica de la fraternidad. La inteligencia de los pueblos vio reaparecer en la conciencia, la aurora del día de la regeneración. Vieron la idea, vieron la verdad-principio y se alzaron iluminados por sus resplandores. La imagen de la realidad de una patria independiente y soberana, se apoderó de todas las fuerzas, de todos los amores de que es capaz de sentir el corazón humano sublimado, los pueblos se lanzaron a las inmortales batallas de la independencia. El dogma católico desapareció, no existió por algunos años en la mente. Otro dogma instintivo y verdadero lo reemplazaba: la necesidad de satisfacer la dignidad humana conquistando una patria independiente para ellos y sus hijos.

De ahí nació que las primeras leyes promulgadas, fueron las más liberales y las más humanas. El dogma desaparecía. Pero después el germen latente, la levadura despótica depositada y aceptada por los nuevos imbéciles gobiernos que buscaban apoyo en las preocupaciones volvió a aparecer, y vino la reacción, y se reanudó la lógica del dogma.

La contradicción, salvada por el entusiasmo revolucionario y la intervención del dogma verdadero, se presentó de nuevo en la marcha política de los nuevos Estados, hasta hoy día.

¿Por qué? Por la razón de que no tenemos la religión del libre examen. Por la razón de no haber conquistado la soberanía de la razón en materia religiosa.

Esta es pues, mi tarea desde que pensé por mí mismo. Hace 20 años (9) que trabajo en el mismo sentido, porque creo que la libertad, sin la soberanía absoluta de la razón de cada uno, no puede subsistir ni manifestar las maravillas del espíritu creador del hombre libre, y contribuir voluntariamente a su propio suicidio como en España y Francia con la perfidia. Y agregaré: los hechos que en todas las repúblicas presencio confirman la verdad de mi punto de partida. Dos terribles citaré: ¿Quién abrió el camino de la conquista en México? La iglesia. ¿Quién hace traidor al gobierno del Ecuador? Los jesuítas.

III

EXPLICACIÓN DEL DESPOTISMO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

VAMOS A RESOLVER otra dificultad histórica relativa a la libertad del pensamiento.

¿Por qué la revolución francesa que proclamaba libertades y derechos, fue esencialmente despótica y entregó la causa de la Francia al despotismo imperial?

A juicio nuestro, éste es uno de los puntos más trascendentales de la historia moderna, y que según sepamos, es una dificultad no resuelta, es una contradicción no explicada.

Observo que todos los fanáticos por la causa de la revolución francesa, creen por los discursos, por las palabras y por las leyes promulgadas, que es la causa máxima e íntegra de la libertad. Pero no se preguntan ¿cómo es que toda esa retórica de la Montaña y de la Gironda, que no juraban sino por la libertad, produjo y producía el despotismo en manos de todos los partidos, y de todas las formas, fuesen los franciscanos, los jacobinos, el Comité de salud, la Comuna, la Convención, o los círculos más y más reducidos en quienes el poder absoluto se concentraba?

La explicación a juicio nuestro es la siguiente:

El hombre es libre, dijo: la libertad es el primero de los derechos. Pero los hombres que eso decían y los partidos y las masas que seguían el movimiento agregaban: la libertad es la verdad.

La verdad debe imponerse. Imponerla es un deber.

Desde el momento en que se acepta como un deber y un derecho, la imposición de la libertad o de la misma verdad absoluta que se hubiese creído revelada, la libertad ya no es libertad. La imposición de la verdad es mentira; la imposición de la libertad es esclavitud; y vamos a probarlo.

La verdad reclama el libre consentimiento de la razón individual. La libertad reclama la libertad de comprenderla y aceptarla. Imponer (y yo doy por hipótesis que se imponga la verdad) un principio, un dogma, una moral, sin la libre aceptación, es imponer al individuo que resiste o no comprende, es imponerle un principio, que cree falso, un dogma que cree mentira, una moral que cree sea injusta.

¿Y hay derecho para imponer a ningún ser humano, lo que la inteligencia de ese ser humano no comprende o no acepta?

No lo hay. Entonces todo partido, toda secta, toda religión aunque fuesen manifestaciones evidentes de la verdad y de la justicia, no tienen derecho de imponer su política, su culto, o su sistema por la fuerza, la violencia, o el terror.

He ahí pues, el vicio capital de la gran revolución francesa. Proclamó la libertad y proclamó en sus actos el deber religioso de imponer lo que se creía libertad según la inteligencia, las pasiones o intereses de un partido o de un malvado explotador como Marat o Robespierre.

La acusación de federalismo llegó a ser una sentencia de muerte. La manía de la unidad llegó a ser la teoría de un despotismo insoportable.

He ahí una manifestación espléndida del dogma católico de la comunión de los santos y de la solidaridad de justos y pecadores. Es por eso que el verdadero católico se cree con el derecho de lo que llama salvar las almas, por la fuerza, por el tormento, por el fuego. Y es por esto que la Inquisición decía que obraba caritativamente cuando quemaba a los herejes. Ejemplo terrible de la perturbación que produce un dogma falso.

La revolución francesa del mismo modo creía salvar la libertad suprimiéndola, cuando la libertad girondina pensaba de distinto modo que la libertad jacobina. El otro sofisma sangriento consistía en decir que se aplazaba la libertad, por no decir que se suprimía.

¿Y qué supone todo eso?

Eso supone que no se profesa la religión de la libertad del pensamiento, y no se la respeta en todo ser humano. Es muy acomodaticio para todos los partidos, creerse con el deber de pontificado absoluto de la revelación de la verdad.

Véase pues, cuan legítima y legitimada es nuestra fe en el fundamental principio de la soberanía.

Compréndase también por qué el más precioso de los derechos, ha sido en todo tiempo el más perseguido por la Iglesia y por las castas dominadoras. En la desgraciada España, hasta por el mismo pueblo. Cuánto ha sido el poder del catolicismo en España, lo prueba el odio, el furor del pueblo español contra el hombre libre-pensador que se sacrificaba por salvarlo. El auto de fe llegó a ser fiesta, y ver quemar a los herejes un motivo de alegría.

¡Con qué pagará el catolicismo la transformación de ese pueblo!

Es por esto que la humanidad por instinto, ha mirado a la España como tierra africana, inspirada por el simún del desierto; y es por eso que el norte-sajón se identificó con la revolución de la reforma, cuya base era constituir a todo cristiano en sacerdote, en soberano, en intérprete del libro que creen revelado, el Viejo y Nuevo Testamento.

De esta última consideración nace también una diferencia en el carácter y en el modo de pensar libremente entre los hijos de los puritanos y nosotros los racionalistas.

El protestante busca la verdad base de los derechos, en la libre interpretación de las escrituras cristianas. De ahí nace que su emancipación es en cierto modo teológica y de erudición. De ahí debe nacer un furor de interpretación y discusión.

El racionalista no busca la verdad en texto alguno, y somete todo texto a la palabra viva, a la permanente revelación de la razón emancipada.

Para el protestante hay revelación.

El racionalista la niega.

El protestantismo en la más avanzada de sus sectas que es la secta unitaria (10), llamada así porque niega la trinidad católica y la encarnación de la divinidad en la persona de Jesús, es la más avanzada, la más pura, la que más se acerca a la filosofía. La única fundamental diferencia entre esa secta y nosotros consiste en que ella cree en la revelación y en la misión excepcional de Jesús. Y aceptando la palabra del Evangelio como palabra revelada, se ve en la necesidad de sostener sus ideas con el texto de los Evangelios.

Después de conquistada la virtud del pensamiento, y de haber arrancado a la Iglesia católica el privilegio de decisión y de interpretación infalible del texto reputado por divino, la libertad del pensamiento tiene que completar su evolución en el protestantismo hasta llegar a la filosofía; y de abolir todo texto, o a no reconocer texto alguno que no reciba la sanción del pensamiento. La razón tiene que llegar a ser su propio texto. Esta es la gran revolución que continúa. En las naciones del Norte de la Europa esa revolución también se desarrolla. A pesar de haber vivido bajo el peso de todos los despotismos, siempre hubo hombres heroicos, pensadores profundos, que de tiempo en tiempo, en Inglaterra con Wickiof, en Bohemia con Juan Huss, en Alemania con Lutero, despertaban a los pueblos hasta llegar al espléndido triunfo de la Reforma.

La Italia, por el contrario, así como nosotros, se lanzan al racionalismo sin pasar por el intermediario protestante.

Cuántas guerras no ha costado conquistar ese derecho. El pueblo a quien primero le tocó la gloria de realizar la revolución religiosa en el mundo moderno es la Alemania del Norte, la patria de Lutero, heredero de Juan Huss que fue quemado vivo por sentencia del Concilio de Constanza.

Pero ya no pudo apagarse el fuego del libre pensamiento. Nació la República de las provincias unidas de Holanda.

Se consolidó en Suiza la República. En Francia consiguen los protestantes garantías en el edicto de Nantes, después de una guerra desastrosa.

La revolución va a Inglaterra, y allí los heroicos puritanos no pudiendo encontrar una tierra libre para adorar a Dios en libertad, emigran a la América del Norte y fundan por vez primera en la historia la asociación libre de los hombres libres. Este fue el germen de la más portentosa nación de todos los tiempos conocidos y que se llama Estados Unidos de la América del Norte.

He ahí, puede decirse, el itinerario de la emancipación del pensamiento, en su desarrollo histórico europeo.

Ese movimiento no alcanzó con sus ondulaciones a la América del Sur, sino de una manera indirecta y en un número reducido de individuos.

El libre pensamiento en la América del Sur, fue estallido, espontaneidad, entusiasmo, revelación inmediata de la libertad en el alma de los pueblos, elevada a la potencia del sublime por el toque eléctrico de la revolución. No fue deducción, raciocinio, consecuencia, sucesión fatalista, o desenvolvimiento de un antecedente conocido: No. Fue pasión o intuición.

El libre pensamiento en América ha sido sostenido por las razas indígenas libres que combatieron y combaten; he ahí su tradición. En donde no pudo penetrar el dogma católico, no pudo penetrar la esclavitud. No ha habido misionero que no renuncie a convertir al araucano. Los jesuítas mismos, los más hábiles domadores de la especie humana, han fracasado en Arauco con su ciencia y con su arte, así como había fracasado la conquista con sus armas en los trescientos años de guerra que sostuvo. Y casi admiro más o lo mismo, la resistencia a la religión católica esclavizante por esencia, que el indómito coraje hasta hoy día desplegado en la frontera. Una raza que siente, que percibe, que adivina el error y sobre todo el error que esclaviza, por más encubierto que se presente con las promesas de las recompensas celestiales en cambio de la sumisión del pensamiento y la aceptación de un credo absurdo, es una raza que merece bien de la humanidad y que tiene porvenir. Arauco, sin pasar por la crisis de la catolización, por la que pasa Chile, recibirá la buena nueva de fraternidad apoyada en el respeto de la autonomía de las razas.

Han sido pues, los araucanos, los acosados permanentemente por las armas y las misiones.

A las armas han opuesto la resolución de vencer o morir; y a las misiones de todas clases, una negativa tan tenaz que han desesperado de poder convertir al catolicismo el araucano. ¡Intuición sublime!

XVII

CONFLUENCIA DE LOS ELEMENTOS REVOLUCIONARIOS

Jamás desapareció el deseo, nunca se perdió la esperanza de la independencia. Ha germinado en todas las razas, y todas las razas dieron su contingente de sacrificio. Ha sido la Idea del Nuevo Mundo: dar un Nuevo Mundo al espíritu de amor, de verdad y tolerancia.

Todos los intereses hablaban de esa idea, proclamaban y pedían esa independencia: nosotros y los europeos, y los asiáticos, y los africanos, y los habitantes de las Islas. Nuevos mercados para las grandes naciones productoras, nuevas tierras para la emigración. Invasión de capitales productores para nuevas empresas. Multiplicación de los objetos que aumentan el bienestar de las masas. Creación del crédito, aumento del trabajo del hombre, introducción de industrias, de máquinas, de métodos perfeccionados de labranza.

Baja en el precio de los objetos más necesarios y aun de confort, al alcance de los pobres.

Iluminación creciente en los espíritus, aumento prodigioso de movimiento en todo ramo. ¡Y decir que todo ese mundo vivía enclaustrado por la España! No: la revolución era de interés universal, y de egoísmo, de honor y de deber americanos.

Y todo eso germinaba en los espíritus como corrientes de electricidad subterránea que anuncian la proximidad de un estallido.

Los americanos descendientes de españoles, y que de ninguna manera aceptaban, ni se les reconocía la ciudadanía española, se creían y amaban ser americanos. Se comparaban con los godos, y no podían comprender la superioridad que éstos se atribuían por el hecho solo de nacer en España. Ya no podían comprender por qué no habían de tener una patria, siendo ésta una ley de la naturaleza; por qué la tierra de su nacimiento y de su hogar había de ser patrimonio de extranjeros, tierra de los hombres de horca y cuchilla; por qué los instintos, las nobles pasiones y las facultades del alma habían de ser comprimidos y suprimidos; por qué siendo hombres no habían de gobernarse por sí mismos; por qué las regiones de América habían de ser gobernadas por un rey del otro mundo, y sacrificadas con sus deseos, esperanzas y derechos al oprobioso régimen de la conquista.

Y además, ¿no tiene límites el padecer, no hay un término a las horribles injusticias que diariamente presenciamos?

Y todo esto se revolvía en la conciencia de los americanos. Todo esto ardía en las entrañas del volcán revolucionario. La hora de la justicia y de la venganza se aproxima.

Y circula envuelta en el misterio y con peligro de la vida la noticia de la independencia de los Estados Unidos. Poseer una copia de la Constitución fue un tesoro.

En fin, y como ya lo hemos indicado, llegó una época, vino el día en que todas las corrientes de la emancipación, la venganza, el recuerdo, los derechos de las razas indígenas; el instinto e intuición de la soberanía en los americanos de raza mixta y española; los intereses del mundo que se habían conjurado; esa luz del cielo de Washington; la impaciencia y el despecho que al fin produce toda tiranía; la inmortal protesta de todo espíritu que piensa; la conjuración de los pensadores, todo esto vino a formar esa confluencia de la desesperación, de la justicia, del interés, con las visiones de un mundo libertado. Y esa resultante de todas las pasiones comprimidas, de los derechos pisoteados, de las esperanzas concebidas, estalló como la explosión de un cataclismo.

Ese año, resultado del martirologio de la América, ese año heredero de las luces y victorias del derecho, ese año que convierte en naciones a las antiguas y miserables colonias de la España y levanta la ciudadela más grandiosa de la libertad en el continente americano, cuando la causa de la libertad había desaparecido de la Europa bajo el peso de las monarquías vencedoras, es el año 1810 de la llamada era cristiana y el primero de la América del Sur.

Otros libros os describen la guerra heroica de la independencia hasta enterrar el poder español en Ayacucho. Aquí sólo debo explicar, o manifestar el mérito de la empresa, que nuestros padres con decisión de vencer o morir acometieron.

Y para comprender la importancia de la victoria, es necesario no olvidar, americanos, que ha sido necesario combatir:

  1. La educación de la conquista.
  2. La política de la conquista.
  3. La administración de la conquista.
  4. La legislación de la conquista.
  5. El terror de la conquista.
  6. La fuerza material de la conquista, ejércitos, escuadras, fortificaciones, organización, armamento, disciplina, etc., etc.

XVIII

EL "ESPÍRITUS INTUS" Y EL "SURSUM CORDA".
IDEA, FUEGO Y FUERZA DE LA REVOLUCIÓN. EL ALMO DÍA

«REPUBLICAM, POPULOS QUE CANO» canto a la República y a los pueblos, diríamos si fuésemos poetas, al principiar este capítulo que contiene el derrumbe del poder de España, ........ ... «ruit alto a culmine Troja».

y la prodigiosa victoria de la independencia, que abrió el camino de la regeneración de un continente.

¡Oh, pensamiento libre! fuerza inagotable de movimiento, potencia de luz y calor de la humanidad para la germinación, desarrollo y aplicación de la verdad, tú eres la musa del historiador, así como eres la verdadera providencia de la historia y la visión de la ley por el filósofo. No hay esclavitud que no se apoye en la negación, o negativa voluntaria o en la indiferencia, de la libertad de pensar. ¡Cuántos pueblos, cuántos partidos, cuántas sectas y caudillos de sistemas, reconocen la libertad del pensamiento, negándose a examinar la verdad o no verdad, la justicia o injusticia de lo que creen y sostienen! Los llamados ultras en las divisiones políticas de los partidos, que son los que más gritan libertad, son los que menos examinan la verdad de su credo, porque viven esclavos de la autoridad del círculo en que abdican. Y si no practican la independencia del juicio, la libertad del pensamiento respecto de sí mismos, ¿cómo queréis que la respeten en los demás?

La libertad de pensar independizó a la América.

La libertad de pensar integrará su libertad, y entonces será el día de la pacificación.

El libre pensamiento es nuestro libertador. El libre pensamiento es nuestra gloria.

Los tiranos, y las escuelas de la tiranía han enseñado la mentira capital, diciendo que es necesario sacrificar el libre pensamiento. Esta mentira es verdadera decapitación de la humanidad. No contentos con someter la voluntad y el cuerpo por la fuerza para hacer a los hombres instrumentos de explosión y esbirros de sus semejantes, no han reposado tranquilos hasta no llegar a pervertir la razón, y suprimir con el terror religioso el pensamiento. El americano siervo, esclavo, despotizado en su persona, embrutecido en su pensamiento: tal fue la conquista.

Compréndase, pues, nuestra religión por la libertad de pensar.

Pero tú, pensamiento, misterio divino de la luz eterna en la conciencia humana, tú como el átomo indivisible, indestructible, eres por esencia el derecho, eres el elemento consciente de la existencia y del destino de los seres.

Tú, pensamiento, eres la independencia. Tú eres la condición esencial de la individualidad. Si no pensases, u otro pensase por ti, no serías individuo, serías parte de otro. Tú eres la personalidad. Si no pensares, u otro pensare por ti, no serías persona, serías cosa.

Tú eres la justicia. Si no pensares u otro pensare por ti, serías instrumento de todo lo malo. Pensando, eres la justicia, porque pensar es ver la ley, y ver la ley constituye la responsabilidad y el deber. Pensando habla en ti Dios.

Es por esto que los sacerdocios te alejan de tu pensamiento y hacen creer lo que ellos quieren. Pensar es ver la ley. La ley es la verdad de las relaciones humanas. Las relaciones verdaderas y reales son las igualdad de los individuos libres.

Ley es la forma necesaria de las relaciones de los individuos. El individuo es la libertad. La ley de la libertad, es la libertad de todo lo libre. Lo libre es el hombre. La ley del hombre es la libertad del hombre.

¡Ven pues, oh libertad! Un continente sumido en los abismos implora la luz del pensamiento libre.

El dolor ha llegado hasta producir en las masas embrutecidas la insensibilidad del paciente. Despierta, oh luz, la fibra de la venganza que dormita.

¡Las tinieblas cubren el cielo de la América, y sólo de vez en cuando los resplandores de un infierno de tormentos, iluminan con espanto la esperanza de un mundo!

Perdidas, extraviadas bajo el látigo y el fierro y el anatema, las diferentes razas se preguntan en su desesperación si hay un Dios. Y ese Dios se revela fulminante en todo hombre sin miedo de pensamiento libre.

Ese Dios empieza a revelarse, y aparece en la conciencia con el nombre de la Revolución.

Ese Dios fue el revelador del primer día y de todo día de conciencia pura en todo hombre. Ese fue el que nos legó el testamento de alegría cuando nadie pensó el mal.

El es, el que nos habla en la soledad de la conciencia, y es en la conciencia en donde lo encontramos como esencia indómita de la soberanía del hombre. De Dios venimos: «Dioses somos».

¡A ese Dios invocamos! No para que nos liberte, porque eso es degradante, sino por sentir en nosotros la divinidad de la justicia; iluminarnos y libertarnos por nuestros esfuerzos.

Esa conciencia es nuestra profecía. El hombre libre profetiza su suerte.

El hombre libre hace su destino. El hombre libre hace su felicidad. El hombre libre es el santuario de la divinidad.

¡Salve, pueblo americano! Dominarás a tu enemigo. Arrancarás de tu ser, de tu sangre, y de tus entrañas al enemigo encarnado; y sobre el altar de la patria ensangrentado ofrecerás el holocausto de tus miedos, de tus egoísmos, de tus indolencias y de todas tus miserias trasmitidas.

¡Salve, pueblo americano! Consumarás el sacrificio sobre el cadáver de la conquista. Desatarás los vientos, porque no temes tempestades y buscas la purificación. Desencadenarás los elementos, porque provocas una nueva creación en las afinidades naturales de las cosas. Y como un sol, o centro de vibración luminosa en el espacio, irradiarás la vida, el derecho, el movimiento del individualismo, la energía y virtud desplegada de todo ser humano. Y volverán los espectáculos del océano popular siguiendo la corriente predestinada a su evolución magnífica. Y se verá a los pueblos llegando a ser la identidad de la ley del gobierno, al «hombre-ley» como al sol-luz.

«LO QUE ES ETERNO»

«¡SANTA VERDAD, quién apagará tu llama!» decían los Husitas en Bohemia en el siglo XV combatiendo por la libertad del pensamiento, a la luz de sus pueblos incendiados por los imperiales católicos del Austria. Quién puede levantarse contra tu fuerza y combatirla. Que tus enemigos, numerosos como la arena se adelanten; que en las convulsiones del error, con las armas en la mano arrasen todo con la muerte y el incendio.

Dios te ha hecho más fuerte que la roca petrificada en medio de las olas del mar, y más fuerte que una brillante estrella en la bóveda de los cielos, y más fuerte que la masa de las montañas, y más fuerte que los abismos del mar, que ningún ojo humano puede sondear.

¡Y si caemos todos, así sea! ¡Moriremos por la verdad, y por el bien del mundo! La felicidad del cielo regocijará entonces nuestros corazones. ¡Libres nos veremos de toda tristeza e inquietud!

Cuando la negra tumba encierre nuestros cuerpos, la fecunda cosecha de nuestras obras brotará de su germen. ¡Lo que hubiéramos tentado fielmente y con valor para la salvación de la tierra, brillará con viva luz para nosotros y se enlazará a nuestra vida!

He ahí cómo habla el convencimiento de los hombres libres.

La santa verdad brilló en América. ¿Quién fue el emisario misterioso que desde Méjico al Plata, en el mismo año, trasmitió la palabra de la gran conjuración? ¿Quién hizo que los hombres de Caracas y Buenos Aires, de Bogotá y Santiago, de Méjico y Charcas, de Quito y La Paz lanzasen al mismo tiempo la misma palabra? ¿De qué centro partían esas órdenes para toda la circunferencia americana? ¿Quién estableció ese gobierno invisible que presente en todas partes dictaba las mismas providencias? ¿Quién redactó el mismo programa para argentinos, chilenos, peruanos, bolivianos, granadinos, venezolanos, centro-americanos y mejicanos? ¿Quién levantó en el firmamento de la América el astro cuya evolución todos siguieron?

¿De dónde venías, centella prepotente, que encarnada en los espíritus transformabas a los hombres, regenerabas pueblos y donde antes esclavos naciones levantabas?

¿De dónde venías, sabiduría inmanente, que por los labios de la infancia, con su ciencia y con sus libros en su templo a los viejos doctores confundías?

¿De dónde venías, iluminación resplandeciente, que como cometa de bendición pasando sobre la frente de la América, bautizas a los pueblos siervos que yacían sentados a la sombra de la muerte?

Eras justicia, y venías de la fuente de la justicia.

Eras libertad, y venías de la personalidad divina.

Eras la individuación de un mundo que venía a pedir su lugar en el congreso de las naciones.

¡Eras la humanidad que pedía la instalación de su gobierno llamado democracia!

¡Santa verdad! fue el pensamiento libre que vio la misma ley de libertad en cada uno. Fue la pasión humana comprimida que produjo idéntico estallido. Fue la misma esperanza que animó a todos los oprimidos. Fue la represalia del indígena, fue la dignidad abatida del hijo de América, fue la venganza contra la conquista, la solidaridad del indio y del criollo vindicando el mismo derecho a la soberanía de la tierra. Moctezuma y Manco Cápac, Caupolicán y Lautaro se estremecieron en su tumba. Túpac-Amaru y Washington precipitaron el torrente. La palabra del derecho en fin, como verbo de una nueva creación, sopló sobre el continente para reproducir los días primeros, de la alegría y de la justicia.

Y en las regiones de la zona tórrida, y de la zona templada, en los llanos de Venezuela, en las Pampas Argentinas, en los valles de Nueva Granada, en las montañas de Chile, el hombre, cualquiera que fuese su color, su origen, proclamó la misma humanidad, la misma necesidad, el mismo credo: La soberanía del pueblo: La igualdad. ¿Cuándo, en qué tiempo, en qué lugar, se ha visto a todo un continente, dividido, incomunicado, avasallado, levantarse como un hombre?

¡Desfile la historia con sus siglos, y diga, cuál siglo ha visto una maravilla más grandiosa! ¡Conciencia del humano destino!, ¿en qué tiempo has aparecido más visible, más llena de la inmensa caridad para abrazar a todas las razas y naciones? Si la ley del movimiento humano es la aproximación al goce del derecho universal, esa ley fue el movimiento de la revolución americana, heredera de las luces de las grandes revoluciones de la historia.

El pobre vio el fin de su pobreza, el oprimido el fin de su opresión, el despreciado el término de su oprobio, el desgraciado el alivio de sus males, el filósofo la realidad de sus ensueños por la felicidad del género humano.

Y esa visión fue el programa que hoy mismo nos agita y nos hace completar la obra no terminada de la regeneración.

¡Puede pues, regocijarse el mundo! «Voz fue oída en América».

«Lloro y mucho lamento». Mas llegó el buen mensaje, el evangelio, la buena nueva.

Se alza el espíritu, se ilumina el pensamiento, se enciende el corazón, la voluntad se electriza.

El espíritu insurrecto crea el génesis de una nueva humanidad. Las emociones sagradas de la creación estremecen al continente.

Voz fue oída en América. No más conquista.

Los pueblos «sentados a la sombra de la muerte», se levantan. La conciencia del derecho proclamado transforma a los Estados; y en las alturas el espíritu transfigura a los pueblos que deslumbran con el brillo de su paz.

Y tú, América, Niño profeta del Altísimo, serás llamado: porque irás ante la faz del Señor, para aparejar sus caminos: Para dar conocimiento de salud a su pueblo para la remisión de sus pecados.

Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto del Oriente: para alumbrar a los que están de asiento en tinieblas, y en sombra de muerte: para enderezar nuestros pies a camino de paz.

¡Oh, revolución! ¡oh, libertad! os debemos la patria, el honor del hombre libre, las garantías de la vida soberana, los resplandores de la fraternidad, la exaltación profética, los triunfos de la verdad sobre tanta mentira acumulada.

La justicia ha dicho al hombre: «Bienaventurados los que han hambre y sed de Justicia, porque ellos serán hartos». ¡Y todavía no nos hemos hartado de justicia. Padre de los hombres y de las cosas! Pero los pueblos hambrientos y sedientos de justicia se lanzaron a las batallas.

Fue en su tiempo que la revolución se atrevió a señalar el deber de una victoria. Esa victoria era el ideal de la vida nueva, formando la serie triunfante de los años futuros, un itinerario de sacrificios para alcanzar una patria, un corazón social, un pensamiento soberano. Esa patria no existía. Se veían tan sólo los perfiles magníficos de las demarcaciones naturales. Era la cuna, faltaba el habitante; era el templo, faltaba el sacerdote. Aislado, solitario e indefenso vagaba el espíritu futuro. Una jerarquía de fierro, un cielo de tinieblas mantenía en el encantamiento del miedo al pueblo americano. Para levantar a los Andes ha sido necesario la exaltación del fuego interno del planeta.

Para levantar una patria fue necesaria la exaltación del fuego divino en las entrañas de la humanidad doliente.

¡Y se alzaron los Andes delineando el molde! ¡Y se alzó el espíritu animando el cuerpo! A los portentos de la creación oprimida, responden los milagros de la resurrección de la verdad.

Llegó el momento de la lid tremenda. Cortés, Pizarro, Valdivia, Garay, han oído en sus sepulcros el paso de las legiones y se levantan desplegando al viento sus banderas. Se toca la llamada general del Orinoco al Plata; y los Andes iluminan a los guerreros con sus antorchas de volcanes. En grandioso palenque la América se presenta convocando a sus soldados y revistiendo su armadura invulnerable. A mí, lanceros de Colombia, araucanos de Chile, gauchos de la pampa Argentina; es el día de los funerales de los siglos. A mí los negros, y los indios, porque la igualdad es mi causa. A mí los deseos y las aspiraciones de los siglos, porque la filosofía es mi causa. A mí la tradición de la luz omnipresente, porque la libertad es mi causa. A mí la esperanza y caridad, porque la fraternidad es mi causa. A mí el porvenir, porque la soberanía del hombre y de los pueblos, en armonía divina, es mi programa. Y los viejos campeones, los hijos de aquellos hombres de fierro que encadenaron la América a la España, contestaban: a nosotros súbditos fieles del rey y monarquía. Somos la autoridad y la paz.

La independencia es deslealtad, insurrección y rebeldía. Eterna obediencia es el mandato, y la salvación de las almas será vuestra recompensa.

¡Y fue la batalla! ¡Oh, si viviera en nosotros el espíritu de esos años de gloria! Cada soldado era un programa y llevaba la conciencia de la justicia de la causa. En el campo de la muerte se formó la pira con el cetro quebrantado, el trono destrozado, las cadenas cortadas con los códigos tenebrosos, con las costumbres caducas del Viejo Mundo, y la mano vencedora de la libertad le puso fuego: y de las llamas de esa pira salió el renacimiento del Fénix. Siete repúblicas proclamaron sus nombres. Y las viejas naciones, testigos de la lucha, aplaudieron e inscribieron esos nombres. La gloria cubrió con su manto a las jóvenes naciones, y todas como vestales inspiradas sobre la trípode de los despojos enemigos, alzaron sus brazos vencedores, entonando al Grande Espíritu el himno de la regeneración del mundo.

Salve, América, patria mía, campamento de la idea, herencia de todas las esperanzas, testamento de todas las verdades.

Yo veo en ti la tierra de la justicia porque eres el continente de la República, porque es tu religión la democracia, porque es tu honor la igualdad, y tu aspiración la paz excelsa del amor y del derecho.

Y tú, hombre de América, pobre o rico, sabio o ignorante, desamparado o privilegiado, no olvides ese día, porque ese día contiene tu derecho, tu bienestar, y el porvenir libre de tus hijos. Ese día es la luz de tu pensamiento libre. Haz que brille en ti, en tu hogar, en las horas de tu trabajo como aliento, en las horas de descanso como recompensa.

Ese día, que es la revolución, es tu fuerza, tu dignidad; y sus resplandores te pondrán en comunicación con la fuente de la fuerza y de la verdad. Tributa culto a ese día, porque así jamás serás envilecido, ni oprimido. Sea tu guardián, tu guía, tu compañero, y en los tristes momentos de la vida, será tu consuelo. Si ese día vive en ti, hará que no seas conducido por nadie, sino que serás tu conductor. Ese día iluminará tu conciencia en los actos solemnes de la vida cuando tengas que votar, que obedecer o gobernar. Las malas pasiones huirán de ti, porque te encontrarán como un libro de la ley, con el fuego de la revolución igualitaria, y con la decisión de ser fiel al testamento de tus padres.

¡Oh, Revolución! ¡Cómo quisiera, oh, lector hermano mío, que te penetrases de lo que es la reivindicación del derecho en la peregrinación dolorosa de la historia! ¡Cómo quisiera que el cuadro de los martirios de la humanidad en todo tiempo, estuviese presente a tu memoria, para que por su contraste sintieses el valor, comprendieses la importancia de la filosofía y de la espontaneidad del hombre libre, que produjo la revolución de la independencia! Si hay prodigio, éste es.

Si hay revelación de la Providencia en la historia, ésta ha sido la más grande, la más fecunda y la que lleva el sello de la inmortalidad de su existencia.

Nunca se ha visto mejor a la lógica de la soberanía del hombre producir sus consecuencias en los hechos, en las costumbres, en las instituciones, en el pensamiento de los pueblos con mayor alcance y legitimidad. Esa lógica del principio de la libertad fue más sabia, fue más consecuente, fue más preciosa, fue más heroica que la ciencia y conciencia de todos los caudillos, guías o conductores de los pueblos. Los pueblos que nada sabían, supieron más al otro día que los promotores. Los ignorantes y las masas sin saber lo que es un principio, desde que principiaron a la libertad, fueron los verdaderos salvadores de la revolución.

Los grandes caudillos, los hombres de Juntas, de universidades, y congresos vacilaron y temblaron sobre el suelo candente de la revolución, y aun volvieron sus ojos al pasado, que ardía, como una hija de Lot.

Pero la idea había iluminado; los americanos habían mordido el fruto de la ciencia; los plebeyos columbraron en sí mismos la revolución de la grande humanidad, y entonces ya no hubo sino marchar a la victoria garantida por la resolución de vencer o morir.

Esta es la epopeya americana que espera su Hornero. Esta es la historia de la independencia que espera su Herodoto. Estos son los hechos y elementos que bullen en la hornaza esperando el molde de un Fidias para la estatua de la libertad. Estos son los pueblos de América que esperan la filosofía para declarar la ley de la historia presidiendo el movimiento humano.

La creación es la gloria de Dios... la revolución es la gloria de los pueblos. La revolución es la creación del hombre, cooperador, continuador de la obra de la fatalidad que en sus manos se trasforma en Providencia por la posesión de la libertad. Traicionar a la obra de la revolución es abdicar la Providencia divina para la administración y gobierno de la Tierra.

XIX

PELIGRO DE LA REVOLUCIÓN. LA CIVILIZACIÓN.
LA CIVILIZACIÓN EUROPEA

Y ESA REVOLUCIÓN, esa causa, ese porvenir, peligran, americanos.

Nuestro derecho de la tierra, nuestro derecho de gobierno, nuestra independencia, nuestra libertad, nuestro modo de ser, nuestras esperanzas, nuestra dignidad, nuestro honor de hombres libres, todo es hoy amenazado por la Europa. ¡la conquista otra vez se presenta! La conquista del Nuevo Mundo! Las viejas naciones piráticas se han dividido el continente; y debemos unimos para salvar la civilización americana de la invasión bárbara de Europa.

¡LA CONQUISTA, americanos! He ahí por qué he querido presentaros lo que fue, es decir el mal de la esclavitud.

He ahí por qué también os he presentado la revolución que acabó con la conquista. La causa del mal, del error, de la mentira, de la tiranía, de la degradación, es la conquista.

La causa de la verdad, del bien, del derecho, de la dignidad es la causa de la revolución. La causa de la verdad religiosa, de la verdad política, de la verdad social, es la causa de la América. La América es la causa de la civilización sintética producida por la filosofía del derecho y del sentido común, para salvar toda raza, para garantir todo derecho, para satisfacer toda necesidad, para desarrollar el principio inmortal de la autonomía, y llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

La América es pues, la gran causa de la humanidad, porque representa la causa de la justicia. La América es hoy el representante de la civilización americana, contra la civilización europea.

Causa de la civilización es la causa de la idea de lo justo, es la causa del derecho y de la integridad del humano derecho; en política, religión y sociabilidad. Es la causa de la dignidad y de la justicia.

Pero, si por civilización se entiende la causa de lo útil, de la riqueza o de lo bello mal entendido, y no se toma en cuenta la idea de lo justo, tal civilización la rechazamos; y es ésa la civilización que la vieja Europa representa.

¡Qué bella civilización aquella que conduce en ferrocarril la esclavitud y la vergüenza! ¡Qué progreso, el comunicar una infamia, un atentado, una orden de ametrallar a un pueblo por medio del telégrafo eléctrico! ¡Qué confort alojar a multitudes de imbéciles o de rebaños humanos, en palacios fabricados por el trabajo del pobre, pero en honor del déspota! ¡Qué ilustración, tener escuelas, colegios, liceos, universidades, en donde se aprende el servilismo religioso y político, con todas las flores de la retórica de griegos y romanos! ¡Qué magnificencia, esos teatros suntuosos, escuelas de prostitución! ¡Qué amor al arte, esos palacios, esos templos, esas bastillas, esas fortificaciones para engañar o aterrar a los hombres! ¡Qué adelanto, esos caminos, esos puentes, esos acueductos, esos campos labrados, esos pantanos desecados, esos bosques alineados y peinados, esas magníficas praderas bien regadas, para que pastoree contenta la multitud envilecida del pueblo soberano, convertido en canalla humana, para aplaudir en el circo, para sufragar por el crimen, para servir en los ejércitos, para esclavizar a sus hermanos, para contribuir a la gloria y prosperidad y civilización de los imperios!

¡Qué civilización tan admirable, que coloca en primera línea el vestuario, el albergue, la cocina, las pelucas, los guantes, los tules, los encajes, los cristales, los vinos, los pasteles! ¡Oh, civilización, que se confunde con la moda, hasta hacer que sea moda despreciar lo justo! ¡Oh, civilización, que hace consentir el decoro humano en la toilette, en las palabras de saludo, en los gestos de salutación, en el modo de tomar un cubierto, en la manera de sonreír! ¡Oh, civilización, que cree tener manos limpias con ponerse guante blanco, y corazón puro con una camisa bien lavada, y brillo intelectual con ostentar diamantes, y sabiduría con la actitud del desprecio del asno, y virtud social con la ostentación del egoísmo y mérito personal con la corrupción de la mujer!

Y civilización se llama la indiferencia por la causa pública, y gran discusión sobre la corbata o sobre el coche.

Y es civilización europea sentirse libre de la soberanía bajo el despotismo de los imperios; sentirse libre de la responsabilidad humana, haciendo a los gobiernos únicamente responsables de las matanzas que cometen con las contribuciones y ejércitos del pueblo.

¡Y es civilización europea la ciencia de la mentira que se llama diplomacia!

Y es civilización europea la doctrina de la esclavitud necesaria, y del despotismo histórico, la doctrina del éxito, la moral del resultado, la táctica de todo miedo para conseguir un fin, la doctrina de las libertades prematuras, del tutelaje de los pueblos, de la cúratela de la libertad, del pupilaje de la soberanía, de la infancia de la autonomía, de la suspensión del derecho, de la postergación de la justicia.

¿Y no es humillante para la dignidad humana que al hablar de civilización, que debe entenderse se habla del derecho, de la idea de lo justo, se pretenda suplantar esa idea con la riqueza, comodidad, etc.?

Los déspotas y los tiranos y todos los despotismos y todas las tiranías, hablan hoy de vapores, de ferrocarriles, de telégrafos eléctricos, de máquinas, de construcciones, de hospitales y palacios y museos.

Pero grandes estúpidos, o corrompidos, que confundís la idea de lo justo con la idea de lo útil, o que queréis dar a entender lo uno por lo otro, para apagar el resplandor exigente de la idea del deber, y disculpar o disimular el servilismo en que vivís o en que viviríais si llegase el caso, ¿no veis que el despotismo se fortifica con eso mismo que alegáis para su honra? ¿No veis que por medio del telégrafo y del camino de fierro se pueden sofocar más rápidamente las insurrecciones? No veis que todos los progresos materiales son armas de dos filos, y que los cañones rayados sirven del mismo modo a la libertad o a la opresión?

¿Y no veis que presentar como símbolo o idea de la civilización, lo que se llama progreso material, es hacer consistir la civilización en la transformación de la materia?

Ahí tenéis un hombre habilísimo. Ha satisfecho todos sus exámenes: es ingeniero, agrimensor, pero mide el robo.

Ahí tenéis un sabio médico. Es la esperanza y consuelo de los enfermos; pero posterga la enfermedad para ganar.

Ahí tenéis un gran jurisconsulto. Es el hombre de la ciencia del derecho. Pero defiende el pro y el contra y todo lo embrolla por dinero.

Ahí tenéis un hábil maquinista, pero falsifica las llaves.

Un grabador de primera nota, pero es monedero falso. Un matemático sublime, y presenta los planos estratégicos para someter las poblaciones. Un químico profundo, y adultera todas las sustancias.

Ahí tenéis comerciantes en masa que cooperan a aumentar la producción y circulación de la riqueza, pero sacrificarán ante el temor de un bloqueo el honor de la patria. Ved a ese artista portentoso, pero prostituye la belleza.

Ved pues y comprended: la ciencia no es la civilización, la industria no es civilización, el arte no es civilización, el comercio no es civilización. Todo esto son fuerzas que deben ser dirigidas por la idea de la justicia.

La fuerza pura, aun la más sublime que es la ciencia, es fuerza y nada más, es fuerza intelectual, y toda fuerza pide forma o determinación, y esa forma de la fuerza, esa determinación de la fuerza es la justicia.

Así, ciencia, arte, industria, comercio, riqueza, son elementos que pueden producir el bien y el mal; y son elementos de la barbarie científica de la mentira, si la idea del derecho no se levanta como centro centrípeto de todas las irradiaciones de la fuerza.

No caigamos, americanos, en el grosero sofisma de la Europa: la civilización sin la justicia. No lleguemos jamás a titubear entre riqueza y moralidad. No permita Dios penetre en nuestras costumbres la balanza de comercio, para pesar honor, dignidad, patriotismo, sacrificio, abnegación, al lado de las entradas y salidas, de las rentas, del debe y el haber. Ese materialismo, ese egoísmo, esa preferencia suprema al interés del cuerpo, de la sensación, a la codicia, supone ya pueblos decrépitos, aunque sea de ayer la fe de su bautismo.

Cuando ya los individuos empiezan a decirse en sí mismos, o empieza a circular misteriosamente como palabra de orden del egoísmo "después de mí el diluvio", entonces se acerca la hora de la abominación de la desolación; entonces ya las cadenas están forjadas, y el déspota no tarda en presentarse. El esclavo de su egoísmo material y corporal, es ya esclavo del tirano que se alza. La libertad tiene esto de sublime: no permite la degradación moral del individuo. La justicia tiene esto de sublime: no reina en hombres animalizados. El honor tiene esto de sublime: no brota en el organismo embrutecido. La conciencia de la verdad, la visión del destino sublime de los seres, la soberanía del hombre, resplandores del Eterno en la razón, desaparecen por la mentira bestial que la gente degradada interpone entre Dios, el deber, y nosotros, eclipse satánico para disfrazar las orgías de la tierra, la prostitución de la libertad, y el sálvese quien pueda de la desesperación.

Y todo eso, y mucho más, es lo que se llama civilización europea. Tal es su espíritu, su legislación moral, su insolencia en el vicio, su escándalo en la justificación del despotismo.

El Viejo Mundo ha proclamado la civilización de la riqueza de lo útil, del confort, de la fuerza, del éxito, del materialismo. Esa es la civilización que rechazamos. Ese es el enemigo que tememos penetre en los espíritus de América, verdadera vanguardia de traición para preparar la conquista y la desesperación de la República.

Y además de esa vanguardia de descomposición que nos envía, y que ya pierde personificarse en los Almontes, Mejías, Santa-Anas, Márquez, Gutiérrez-Estrada, Miramón, nombres consignados a la excecración de América, y que no permita el cielo se aumente esa lista con otros nombres que ya se pronuncian en la América del Sur; además de su organización despótica, esas naciones profesan y practican el principio de conquista, en este siglo XIX que según las escritores de pacotilla, que repiten vulgaridades aceptadas, no es ya el siglo de las conquistas.

Esas viejas naciones y que se titulan grandes potencias, dicen que civilizan conquistando. Son tan estúpidas, que en esa frase nos revelan lo que entienden por civilización. Decapitar a un pueblo, arrancarle su nacionalidad, su personalidad, someterlo, esclavizarlo, explotarlo, es civilizarlo según ellas. Por confesión propia, admiten una civilización sin libertad, sin justicia, sin el derecho sagrado de las razas y de las nacionalidades a la soberanía e independencia de la justicia.

Os habéis pues revelado, grandes potencias, grandes prostitutas, a quienes hemos de ver arrastradas a los pies de la revolución o de la barbarie, por su barbarie y su mentira. Queréis devorarnos, para no devoraros.

¡Veamos qué hacen hoy día esas grandes potencias de la civilización europea!

La bárbara Rusia arranca de su suelo o extermina a la raza heroica de las Caucases, y destroza, descuartiza y martiriza a la Polonia. El Austria cruel y jesuítica, roba a la Italia un fragmento, y esclaviza a la Hungría, a la Bohemia y a una parte de la Polonia. La pedantesca Prusia roba un fragmento a la Polonia, y hoy en alianza con el Austria acaban de consumar el atentado de la Dinamarca.

La Francia sienta en el trono de su imperio a un Bonaparte, sobre las ruinas de la República traidoramente derribada y sobre el escándalo del perjurio más estupendo de la historia. Sobre la ley y la moral ha elevado al despotismo bautizándolo con siete millones de sufragios. Y al exterior, Francia, que tanto hemos amado, ¿qué has hecho? La destrucción de la República Romana, la ocupación de los Estados del Papa que impide la integridad territorial de Italia. Conquistar a la Argelia, saquear en China, traicionar y bombardear en Méjico. Méjico había llegado al momento supremo de su regeneración.

Lo sumerges en los horrores de la guerra en alianza de frailes y traidores y colocas sobre las ruinas de Puebla la farsa de un imperio.

La Inglaterra, ¡oh, la Inglaterra! ¿qué hace en la India, la libre nación de las pelucas empolvadas, y de los lores rapaces? Sangre y explotación, despotismo y conquista. También aparece un momento en Méjico y ofrece tres naves a Maximiliano.

Ha llegado el día de tomar cuenta y de llevar libro abierto a las industrias vandálicas de las viejas naciones.

He ahí las que se llaman grandes potencias de la Europa. La España, ya la hemos definido, y a pesar de sus pretensiones a primera potencia, no quieren admitirla en ese número las naciones que se creen arbitras de la humanidad. No obstante, quiere dar pruebas de que es una potencia y se sacrifica por consumar la conquista de Santo Domingo; y a pesar de la pobreza de su erario, fecundado por el guano de las islas de Chincha, no puede acabar de exterminar a los heroicos republicanos.

Ya conocemos los pactos antiguos y secretos de sus diabólicas alianzas para acabar con la república en el mundo. Ya vemos en práctica el principio de un nuevo repartimiento de la América.

He ahí el enemigo externo. Es el Viejo Mundo que ha entrevisto su fin al resplandor de las estrellas de América, constelación del Nuevo Mundo que no puede arrancar del firmamento de la humanidad, y que ilumina las mansiones tenebrosas de la Europa.

Atrás pues, lo que se llama civilización europea. La Europa no puede civilizarse y quieren que nos civilice. La Europa con su acción social y política, con su dogma, su moral, su diplomacia, con sus instituciones y doctrinas, es la antítesis de la América.

Allá la monarquía, la feudalidad, la teocracia, las castas y familias imperantes; acá la democracia.

En Europa la práctica de la conquista; en América su abolición.

En Europa todas las supersticiones, todos los fanatismos, todas las instituciones del error, todas las miserias y vejeces de la historia acumuladas en pueblos serviles o fanatizados por la gloria y por la fuerza; en América la purificación de la historia, la religión de la justicia que penetra.

Se dice: pero hay libros, hay teorías, hay sabios, hay museos, hay ciencia a manos llenas, industrias estupendas, administraciones admirables. Está bien; pero esos libros, esa ciencia, esos sabios, esos museos, esa industria no impiden que los pueblos sean los verdugos de los pueblos. Esas teorías no han podido conseguir que las naciones practiquen la justicia, que responsabilicen a sus gobiernos, que respiren con libertad, que respeten la moral.

Esa civilización de libros y museos no ha podido evitar que una nación corone a un perjuro; las naciones hablan, hacen el bien o el mal por el órgano de sus gobiernos. Esas naciones aplauden a sus gobiernos.

Esas naciones aman a sus gobiernos, dan sus tesoros y su sangre para todos los atentados. Esa es pues, la acción total, la resultante de la civilización europea. ¿Y queréis que no le digamos ¡atrás!?

He ahí pues, el enemigo y el enemigo que invade, el enemigo que quiere hacer desaparecer del mundo a la república, porque ella es el juez de sus atentados, la protesta latente contra el despotismo, la prueba refulgente de la verdad, de la utilidad, de la justicia de la democracia, sin reyes, emperadores, ni pontífices.

Ese es el enemigo externo: Adversus hostem seterna auctoritas.

Combatiremos con la unión y solidaridad. (Este punto ya ha sido tratado en la «América en Peligro», y otros escritos). Combatiremos el espíritu traidor, servil, de su vanguardia doctrinaria y jesuítica. Combatiremos sobre todo el elemento de alianza que pueda encontrar el enemigo, en los resabios que aún quedan de la conquista. Combatiremos sobre todo a ese enemigo externo, arrancando de nuestro modo de ser toda injusticia, toda desigualdad, todo privilegio, todo atraso en las instituciones y costumbres, todo estúpido orgullo de ociosidad, de inacción; y el espíritu de crueldad y superioridad respecto a las razas indígenas tan sólo porque las reputamos inferiores, y más que todo triunfaremos, si real y sinceramente practicamos las instituciones democráticas, que son la forma de la energía total de una nación.

EL ENEMIGO INTERNO

EL ENEMIGO INTERNO consta de todo aquello que sea contrario a la religión del pensamiento libre, a la soberanía universal, al culto de la justicia con nosotros mismos, con los pobres, con los indios. El enemigo interno es todo germen de esclavitud, de despotismo, de ociosidad, de indolencia, de indiferencia, de fanatismo de partido. El enemigo interno es la desaparición de la creencia de las nacionalidades inviolables, la desaparición del patriotismo severo y abnegado que prefiere ver a la patria pobre y digna y en la vía indeclinable del honor y del derecho, a la patria rica y mancillada con el adulterio de las intervenciones extranjeras o dirigiendo su política, según el temor de un bloqueo.

El enemigo interno es la abdicación de la soberanía individual en manos de gobiernos a quienes se les erige en infalibles, o de círculos o partidos que profesan el principio de imponer su credo por todo medio, o de conseguir sus fines por cualesquiera medios. El enemigo interno es sobre todo nuestra cobardía para declarar y sentir y ejecutar el pensamiento sincero, la creencia radical, la intención escondida por nuestras palabras. El enemigo interno es la prostitución de la palabra, la prostitución de las instituciones buenas, torcidas al servicio de intereses o de pasiones del día.

Resumiendo, podemos decir que el enemigo interno es la educación, las malas instituciones, la corrupción de los hombres, o la desaparición progresiva del espíritu de abnegación por el deber y por la patria.

¡El remedio! La educación, es decir, el nuevo texto, la nueva enseñanza purificada de todos los errores de la educación antigua: esto es en cuanto a las generaciones nuevas.

La práctica de las instituciones libres, comunales, judiciales, descentralizando la administración y la justicia, haciendo que cada día acudan más hombres a practicar el oficio de jurados en materia civil, política y criminal, y a administrar sus propios intereses locales, departamentales, etc. Esta es la gran educación de las instituciones, la mejor y la más segura.

El que practica la soberanía, o que sabe que debe practicarla como juez, elector, legislador municipal, etc., ése es un soberano indestructible.

La reforma de la administración de justicia. Este es otro punto capital. El que no obtiene justicia es enemigo. Y es preciso decirlo: ¡EL POBRE ESTÁ FUERA DE LA JUSTICIA!

La desigualdad social mantenida por los partidos y las malas leyes. La colonización del país con extranjeros, cuando los hijos del país se mueren de hambre.

El desconocimiento y negación del derecho en los hombres libres, llamados los indígenas; y la suprema injusticia, la crueldad hasta la exterminación que con ellos se practica: ésta es herencia española. Todo hereje es enemigo, y al enemigo, la muerte. El indio es hereje, luego debe desaparecer.

Si después de haber estudiado la conquista, hacemos una comparación con la actualidad, un justo motivo de alegría llena de esperanza al corazón. Pero si después de habernos comparado con el pasado, nos comparamos con el ideal, con el deber, con la verdad, un justo motivo de excitación revolucionaria nos anima.

No ha desaparecido enteramente ese pasado. Nuestro presente es lucha. Nuestro porvenir nos acosa por precipitar el advenimiento de la justicia, antes que los traidores y el Viejo Mundo se desprendan.

Ha desaparecido la esclavitud de los negros en todas las repúblicas (no en el Brasil).

Han desaparecido las desigualdades legales de las razas. Ya no hay capitación, ni mita, ni encomiendas ni repartimientos. La aristocracia fue abolida, aunque todavía en Chile hay mayorazgos.

Ya no estamos en incomunicación con el mundo. Subsisten las aduanas como monumento universal de la torpeza de todas las naciones, pero el comercio ha ganado en franquicias. La industria es libre. El pasaporte abolido.

Han desaparecido, aunque no completamente, los estancos. He ahí algo bajo el aspecto social y económico. Bajo el aspecto penal, se ha abolido el tormento judicial, la pena de muerte por causas políticas, el testimonio personal contra sí mismo.

Bajo el aspecto civil, casi todas las repúblicas tienen ya su código civil en concordancia con las instituciones políticas, declarando las Constituciones ser nula toda ley que esté en contradicción con ellas.

Bajo el aspecto religioso, la tolerancia en Chile, la libertad de cultos en la República Argentina, Oriental, Peruana, Venezolana, la separación de la Iglesia y del Estado en los Estados Unidos de Colombia, y era esta reforma religiosa la que Méjico consumaba cuando la Iglesia trajo de la mano la invasión.

Bajo el aspecto político, todo en palabras, algo en realidad, nada respecto a lo que hay que hacer para la libertad integral del hombre y del pueblo.

En cuanto a costumbres, disminuye la ociosidad, el trabajo se ennoblece en la opinión, cunde la idea de la necesidad de la iniciativa industrial, se siente la necesidad del movimiento, la necesidad de aumentar las comunicaciones y abreviar las distancias, se conviene en la necesidad de la instrucción, pero todavía no se puede comprender la educación.

Nos quedan resabios de la España: el abuso de la palabra, el culto del oropel, el charlatanismo del valor, del coraje, de la bravura, del tambor y del clarín, ese desdén u odio instintivo a las ciencias, esa vocación detestable por la abogacía, la empleomanía, la exageración para todo, la admiración para lo exterior, para lo que es sensación, para la brocha gorda; la poca disposición para la concentración fecunda del espíritu, la ninguna originalidad, la poca personalidad, el despotismo de la moda absurda, el poco respeto recíproco del hombre por el hombre, la vulgaridad vacía y estupenda de nuestras relaciones sociales.

¡Y los hábitos de obediencia, gran Dios! ¡Esperarlo todo de la autoridad!

¡Disposición hereditaria, monárquico-católica, a convertir en infalibilidad al poder! Intolerancia miserable, en religión y en política, que revela el terror de la no posesión del poder. Porque estar con el poder, es ser todo, y no estar en el poder o con el poder, o con el partido del poder, es sentirse desamparados del cielo y de la tierra.

En verdad os digo: el día en que todo hombre y sin contar con nadie se crea y se sienta iglesia, partido y poder, ése será el día de la libertad.

¡Libertad! cuántos te aclaman y proclaman y niegan la soberanía de la razón.

¡Libertad! cuántos presidentes o ministros te aclaman, proclaman y pisotean o dejan pisotear a la justicia.

¡Libertad! ¡Hasta los jesuítas te invocan ya en nuestros días! Nadie mejor que ellos quisieran abrazarte con más amor, para sofocarte con más gusto.

No confundáis, americanos, el charlatanismo de la libertad, que es una especie de pasaporte para hacerse escuchar en nuestro siglo, con la realidad del espíritu, y con los actos verdaderos que la libertad exige con su lógica inflexible.

No hay libertad sin el dogma de la libertad, sin la ley de la libertad, sin la práctica de la libertad.

El dogma de la libertad es la soberanía de la razón.

La ley de la libertad es ser libre en todo.

La práctica de la libertad son los actos cotidianos de la vida para extender la acción de todos al gobierno de todos los intereses y derechos.

Así pues, el que habla de libertad y niega su dogma, ése miente o no sabe lo que dice.

El que habla de libertad y desconoce la igualdad en todo ser humano, ése miente o no sabe lo que dice.

El que habla de libertad, y la desconoce en sus actos, violando la justicia, limitando la acción del pueblo a todos los actos de soberanía, humillándose a los gobiernos, o favoreciendo la absorción de los derechos populares con la máscara de las delegaciones y centralizaciones, ése miente o no sabe lo que dice.

He ahí un criterio, americanos, que os servirá para arrancar la piel del cordero de las espaldas del lobo o del zorro, del tirano disfrazado, o del jesuíta encubierto. Nada más grande que la santidad de la palabra. Nada más infame que la prostitución de la palabra. La palabra de verdad es el de ser, es la acción, es la virtud. La palabra de doblez es la nada, es la muerte, es el crimen. La fe instintiva de la humanidad en la rectitud de la palabra es un hecho que honra a la especie humana. La humanidad cree instintivamente que el que habla dice la verdad.

¡¿Qué decir del que se aprovecha de esa fe instintiva para enseñarle la mentira?!

Es la felonía de las felonías. Y es una de las más grandes cobardías disfrazada hipócritamente con el pretexto de que no se puede decir todo, o de que la verdad puede dañar en ciertos pueblos, o en ciertas ocasiones.

El engaño es una de las más grandes cobardías.

Monarquista, papista, jesuíta, católico, imperialista, aristócrata, esclavócrata, ¿por qué no dices claramente lo que sientes, lo que eres, lo que tienes conciencia de ser? No se atreven. Hay pues, cobardía.

Pero quieres introducir tu garra, tu error, tu mentira, cobijándote bajo la palabra libertad.

¡De ahí nace que vemos papistas, jesuítas, católicos, imperialistas, monarquistas, doctrinarios, esclavócratas, hablar de libertad y de derecho y de justicia!

En verdad os digo: jamás ha habido mayor eclipse de la rectitud de la inteligencia y de la sinceridad de la conciencia.

Y vosotros, americanos, si queréis ser los hombres libres, los hombres de la sinceridad y de la verdad, no contaminéis el Nuevo Mundo con la gran cobardía del sofisma, con el adulterio de la libertad y de las formas o dogmas del error político y religioso.

XX

RESUMEN. REFORMAS

I

HEMOS PROCURADO en este libro dar la forma del espíritu del hombre americano.

Otro mundo, otro tiempo, otra vida.

Hemos evocado la intuición de la verdad-principio, porque toda libertad, todo derecho en ella se contienen.

Hemos expuesto los errores principales: los que niegan en teoría, en la práctica, directa o indirectamente el principio republicano de gobierno.

Hemos premunido a las inteligencias desbaratando los sofismas de la civilización europea.

Hemos querido preservar al hombre-americano de la contaminación del Viejo Mundo.

Hemos evocado las potencias del hombre en la integridad de sus manifestaciones, para armarlo de la soberanía invulnerable. Hemos intentado dar al hombre americano la conciencia de su grandioso deber en el espacio y en el tiempo, en América y en la historia.

Ahora vamos a indicar los elementos y condiciones fundamentales de la vida del derecho, de la práctica de la libertad, de la organización social de la soberanía.

Es una verdad que no todos los derechos, ni todas las garantías, ni todos los progresos, han recibido su sanción.

Pero la lógica de la idea continúa su trabajo. Hay discordancias entre los doctores de los pueblos. Pero cada día avanza la reforma, sea en el orden político, religioso, pedagógico, económico, administrativo. Los males se revelan, se ostentan, la libertad de la prensa es el agitador permanente.

El principio está en América afirmado, y dará todos sus frutos. La revolución no pudo de golpe realizar su ideal. La verdadera revolución inflexible en cuanto al derecho que debe defender y salvar a costa de la vida, no impone su verdad por la fuerza; conspira con el tiempo, espera y trabaja por la conversión lenta de sus enemigos.

La libertad debe empezar por respetar la libre creencia aun en sus enemigos. Si hay esclavos que se gozan en su ignominia, la libertad puede arrojar sus perlas a los puercos.

Esperar que esos déspotas y siervos se rebelen, minen o ataquen el principio de libertad por el cual los respetamos, para entonces cumplir con el deber de la defensa propia, y el que exija la incompatibilidad de la existencia del enemigo, que haya jurado nuestra muerte, la muerte de la libertad del pensamiento, de la soberanía de la razón de cada uno, del derecho inalienable del gobierno propio. Entonces sí: uno u otro y no hay más: «por la razón o la fuerza».

Hay otra creencia funesta que es necesario recordar porque es capital. Los hombres tímidos de pensamiento creen que el catolicismo puede ser liberal, la Iglesia fraternizar con la República, el papado teocrático presidir a la soberanía del pueblo y la doctrina de la obediencia ciega (hoy limitada por ellos al dogma solamente), fundar o armonizarse con la independencia absoluta de la razón.

Otros creen, para librarse de la terrible exigencia de la lógica de la libertad, que el catolicismo, la religión, la Iglesia por un lado y el Estado o la política por otro, nada tienen que ver entre sí.

Esta cuestión es de vida o muerte para la República o el catolicismo. Los que creen en la armonía posible de la libertad y el catolicismo, han de desaparecer por la fuerza de la lógica. Tienen que llegar a profesar, y practicar el principio de la soberanía teocrática, el dominio absoluto de la Iglesia, la prepotencia del sacerdocio.

Los que creen que nada hay de común entre la religión y la política, que el dueño de mi creencia no ha de ser el dueño de mi voto, ésos necesitan empezar el abecedario de la filosofía y de la historia.

Esta última opinión es para formar la indiferencia, enervar la fuerza de la opinión y dar un pretexto al egoísmo.

El gran sofisma de los tiempos modernos es el de esa secta neo-católica que el catolicismo legítimo condena.

La pretendida alianza de la libertad y de la religión católica es una pretensión tan falsa, que el mismo pontífice infalible la rechaza.

El mundo va a la libertad, y es necesario invocar la libertad aun para destruirla. El neo-catolicismo quiere embarcarse en la nave de la libertad para aprovechar la fuerza de la corriente liberal del siglo. Es por esto que dice el catolicismo ser liberal. Este es el último sofisma del paganismo moderno agonizante.

Esta cuestión la hemos tratado más in extenso en la «América en Peligro»: agregaremos una apreciación histórica.

Ya, durante la decadencia del imperio romano, un espectáculo semejante presenciamos. El sacerdocio pagano vio que la filosofía, el progreso de las luces, el contacto de todas las religiones de la Tierra en su panteón iban descorriendo los velos del misterio, y creyeron no en la fabulosa, sino en la verdadera guerra de los titanes, espíritus Ubres que asaltaban en realidad el Olimpo envejecido. Júpiter desaparecía con su brillantísimo cortejo y antes que desapareciese la fe de los creyentes que alimentaban el altar, hubo tentativas de explicación, de reformas, de trasformación en mitos, las que antes creían realidades existentes en el cielo. El Evehmerismo (doctrina de Evehmero) dijo que los dioses eran grandes hombres, inventores, fundadores y legisladores de pueblos, que habían sido divinizados. Otros dijeron que los Dioses no eran sino las fuerzas de la naturaleza o las causas segundas. Otros procuraron reformar las antiguas concesiones revistiendo a los Dioses de todas las virtudes que el progreso de la moral exigía. Procuraron conciliar el espíritu nuevo con la forma caduca de los dogmas, y consiguieron detener o estorbar el movimiento regenerador del estoicismo, del idealismo y del Evangelio de Jesús. Pero no hubo remedio. El paganismo fue arrasado por la alianza del gobierno con la Iglesia.

Hoy del mismo modo.

El neo-catolicismo pretende tergiversar los dogmas católicos para conciliarlos con la razón, con la justicia, la libertad y la república. Pero «no se echa vino nuevo en odres viejos». El catolicismo esencialmente milagroso, pontifical, teocrático, sometiendo la razón y la libertad del ciudadano al credo absurdo, cuya aquiescencia exige con fe ciega, jamás será la religión de la justicia y de la sublime independencia del hombre soberano.

II

LA SOBERANÍA, o self-government, da a todo hombre, villorrio, cantón, provincia y Estado, la conciencia de su dignidad, y el espíritu de iniciativa.

No reconocemos naciones patronas. Rechazamos la civilización europea que su acción social nos presenta, sin que esto quiera decir que rechazaremos sus hombres, sus productos o su ciencia. Pero en sociabilidad, religión, política, justicia, nada, ¡afuera, es el Viejo Mundo!

No reconocemos religión de Estado. Religión de Estado es el Estado imponiendo o decretando o sosteniendo un dogma.

Esto es tiranía, porque al Estado nadie le ha dado ese privilegio y no tiene derecho de hacer declaraciones dogmáticas como expresión de la conciencia de los pueblos.

Es robo porque sostiene un culto con la contribución indirecta que me arranca y que no puedo consentir se aplique al sostenimiento de lo que juzgo una mentira.

¿La Iglesia libre? ¿qué más quieren? El Estado libre, sin culto, sin presupuesto de culto, sin enseñanza de religión alguna.

En la separación absoluta de la Iglesia y del Estado hay un grandioso progreso a la justicia, a la economía y a la libertad.

No más enredos de patronatos, concordatos, recursos de fuerzas, pase de bulas, obispados, fueros eclesiásticos, diezmos y primicias.

Disminución de los días festivos o feriados.

No más prohibición de libros.

No más censuras eclesiásticas.

No más derechos de sepultura.

No más inmunidades eclesiásticas respecto al servicio personal como ciudadanos y contribuyentes.

No más derecho de asilo.

No más bautismo obligatorio como inscripción en el registro cívico.

No más matrimonio obligatorio ante la Iglesia.

La ley del matrimonio civil es exigida a todo trance.

No más derecho de rechazar del cementerio al no creyente o al hereje.

Autoridad sobre el toque de campanas, sobre las ceremonias exteriores del culto en los lugares públicos.

Organización del registro civil. Presento aquí el ejemplo dado por la república Peruana, ley de enero de 1863.

«El Congreso de la República Peruana,

Considerando:

Que es necesario dictar las disposiciones convenientes para que se lleve a cabo la organización de los registros civiles.

He dado la ley siguiente:

Art. 1º Las partidas parroquiales que se extiendan en adelante, no harán fe para probar el estado civil de las personas.

Art. 2º Los párrocos al sentar en sus libros las partidas de nacimiento, matrimonio y defunciones, exigirán un certificado de haberse hecho la respectiva inscripción en el registro civil, lo que anotarán al margen de las partidas parroquiales.

Art. 3º Los párrocos remitirán semanalmente a las autoridades municipales, una razón de las partidas que carezcan del requisito a que se refiere el artículo anterior, señalando al mismo tiempo el domicilio de los interesados, para que se les imponga la correspondiente multa y se les compela a que se presenten con el objeto de que se haga la inscripción en el registro civil.

Art. 4º Los gastos que cause la organización del registro civil, se harán con los fondos municipales; y en su defecto con los fondos generales de la Nación.

Comuníquese al Poder Ejecutivo para que disponga lo necesario a su cumplimiento. Lima, etc.»

administración de justicia. Es aquí que es necesario entrar hacha en mano o con la tea del incendio. j0h, administración de justicia!

Si algo se ha inventado para hacer detestable la justicia, odiar la ley, no respetar la autoridad, desesperar del derecho, es la administración de justicia, tal como subsiste todavía en muchas de las repúblicas.

Es embrollada, prolongada, costosísima. No nace del pueblo, el pueblo no nombra los jueces. Es pues, mala en su forma, ilegal en su origen. Toda justicia debe dimanar del pueblo.

El hecho positivo es que el pobre no puede litigar.

El hecho positivo es que el pobre y el débil están fuera de la justicia.

El hecho positivo es que el partido político imperante tiene al poder judicial entre sus manos y el juez es instrumento de partido.

El hecho positivo es que el derecho de litigar no es libre, porque se exige firma de abogado.

¡No existe el jurado! He ahí, salvo una que otra excepción, la ilegalidad y la desigualdad, porque el jurado es la verdadera institución de la justicia.

No más escribanías, ni escribanos, no más procuradores ni abogados, no más tramitaciones ni apelaciones. ¡Oh, simplificación de la justicia! he ahí tu advenimiento.

La reforma de la administración de justicia es a nuestro juicio, uno de los puntos radicales para hacer una verdad de la república.

Todo juez nombrado por el pueblo. El Jurado en materia civil y criminal con el juez único.

Una sentencia. No hay apelación.

La ley determinará la excepción, como la prueba del soborno por ejemplo. Sea libre la gestión, la licitación, sin firma de abogado.

Abolición del papel sellado.

Todo ciudadano pudiendo ser juez, o ser juzgado, y teniendo que intervenir en el conocimiento de los hechos, en el conocimiento de las leyes, por el juez que las expone y conservando al mismo tiempo la soberanía de la Constitución sobre la ley, he ahí la grande escuela práctica de la libertad y la justicia.

A juicio mío, nada ennoblece más al hombre, que ser revestido por el pueblo con el carácter de magistrado judicial.

El juri aplicado en materia civil, criminal y política es la acción más grande de la soberanía y la más sublime aplicación del self-government.

¿Y qué mayor garantía de todos los derechos contra los poderes y contra las leyes mismas que la practica de la soberanía del jurado, invalidando las leyes injustas o contrarias a la Constitución, con motivo de un hecho particular a que se apliquen, y siendo una muralla contra todo acto arbitrario del poder?

¿Y qué mayor educación para todo hombre, para el gaucho, para el pobre, para el peón, para el artesano, que ser llamado para juzgar según su conciencia a un igual, que puede juzgarlo a él mismo en otro día?

¿Y qué mejor evocación de todos los instintos nobles de la naturaleza humana que el carácter de jurado?

He ahí pues, la práctica de la libertad. Y si se alega que los hombres no están educados para ello, se puede contestar que nadie ha sido educado para ser libre, pero somos libres y es necesario nos dejen libres. No hay educación para la república, dicen también los sofistas para legitimar el despotismo; dejad pues, que los hombres se eduquen practicándola.

La República hace republicanos. La justicia hace justos. La libertad hombres libres. La República es el molde eterno.

Dejad que se amolden el millón y el individuo.

Alegar la falta de educación para practicar el derecho, o las instituciones liberales o para justificar la falta de justicia, es como legitimar el robo contra el que no ha estudiado las pandectas. La práctica de la soberanía, el hecho de ser soberano es la educación de la república. La escuela viene después.

La práctica de la libertad es la mejor educación de libertad. Todo poder viene del pueblo, pero nuestras Constituciones falsean el principio.

¿Por qué no nombra el pueblo los jueces de paz, y todos los jueces, los oficiales de la guardia nacional, los magistrados de campaña, de cantón, de municipio, de ciudad, de provincia y de nación?

Vemos al poder Ejecutivo revestido de la facultad de nombrar jueces, magistrados, oficiales. Es necesario que esa facultad vuelva al pueblo. Los magistrados de la Corte Suprema y de los demás tribunales inferiores son nombrados por el Ejecutivo con acuerdo del Senado. Esos nombramientos pertenecen al pueblo.

No hacemos un examen de las constituciones. Exponemos tan sólo las principales consecuencias lógicas de la soberanía del pueblo, cuya práctica es la garantía y educación de la libertad.

Sea pues, todo hombre soberano en su creencia, soberano en la localidad, soberano en la patria, soberano en la elección, soberano en el poder de legislar, de juzgar, de ejecutar.

Sea todo hombre partícipe de la formación de la ley, o más bien sea todo ciudadano legislador.

La delegación de la soberanía es abdicación.

La representación absoluta de las representados, es abdicación de parte de unos y usurpación de parte de otros.

No reconozco, no puedo reconocer en nadie el derecho de legislarme, sin que yo haya participado, intervenido, o sancionado la ley. Las leyes actuales no tienen sino la legitimidad que les da la aquiescencia de la ignorancia.

El sistema de la delegación es falso y atentatorio de la soberanía del pueblo. Delegar la soberanía es absurdo.

El sistema parlamentario actual, o sistema representativo tan decantado, no me representa, no representa voluntad del pueblo. El sistema representativo con mandato imperativo, se comprende porque entonces el diputado que nombra el pueblo promete o jura cumplir el programa que el pueblo le impone o le presenta a su aquiescencia.

la educación escolar. No existe la educación de la república.

No hay escuela de la república. No hay libro de la república para textos. No hay un cuerpo de profesores de la república. Los gobiernos no deben enseñar ninguna religión, sino la moral universal, y el dogma universal de la justicia.

Y los gobiernos enseñan el error, el dogma caduco. Dan por texto el libro mismo de los enemigos de la libertad y favorecen la educación de los enemigos de la razón y de la autonomía. Y se llaman gobiernos liberales. ..

XXI

EL HOMBRE INTEGRAL

LAS RELIGIONES se van. La religión viene.

Las revelaciones histórico-locales desaparecen ante la revelación omnipresente en el espacio y en el tiempo.

Los terrores de los elementos, la ignorancia de las causas segundas, explotadas por sacerdocios falaces, ante la concepción del Dios de amor y de justicia, se evaporan.

El hombre se afirma en su Dios, desde que concibe al Dios de la justicia sobre la muerte del Dios de la Gracia.

Una santa alegría, una confianza sublime le acompañan, desde que comprende la eternidad inmutable de la ley y de las leyes.

¡No! Este mundo, este universo, ese cielo que ven mis ojos con todas las armonías de los seres; y ese mundo que llevo en mi alma, ese porvenir que contienen las sociedades, ese derecho, esa razón, ese amor, esa pacificación en la armonía de las facultades y derechos, no son fantasías caprichosas de un déspota supremo que juzgará su omnipotencia intentando el suicidio, con la destrucción de sus obras y la mutación de sus leyes.

No. Son realidades inmortales, ideas eternas realizadas, conciencia de la inmutabilidad de la ley.

Y es realidad inmortal la libertad, es idea eterna realizada la soberanía, es ley inmutable la justicia.

Con razón temblaban y se sometían los pueblos infelices que han creído en un Dios que puede anonadar su obra.

Que fe podía haber en la justicia si la ley que la establece, puede variar o depender de la voluntad de un déspota supremo, a quien llamaban Dios los sacerdocios.

No así nosotros. Nos afirmamos en lo eterno, en lo inmutable y necesario. Hemos colocado al mundo moral sobre sus ejes. El milagro es el Dios que se enmienda. El milagro es el golpe de Estado trasportado a la divinidad.

La república se encarna en el Nuevo Mundo. El Nuevo Mundo representa a la república. La república en fin, prepara su dogma, después de haber organizado la anarquía.

La república con su dogma de la individuación eterna, de la autonomía universal de las inteligencias; con su moral del derecho y del deber, de la equidad y del amor; con su política de la igualdad y del gobierno propio en todo tiempo y en todo lugar y para toda función indelegable; con su administración descentralizada; con la libertad absoluta del comercio, es pues la ciudad del Edén, la patria de la justicia, la tierra del ideal.

Y todo eso es América, todo eso se elabora en nuestro continente, todo eso espera el Viejo Mundo para convertirse a la civilización americana.

El hombre americano es sacerdote y ciudadano, es obrero y pensador, es soberano en su iglesia, soberano en el dogma, soberano en el foro, soberano en el trabajo. Soberano en el trabajo quiere decir que no será explotado por el capital y que gozará del crédito social hipotecado sobre la asociación de los trabajadores.

El indígena libre se identificará con nuestra vida, desde que vea la simplificación de la justicia y la práctica de los derechos y deberes.

Véase pues, lo que significa la causa que defendemos, que deseamos América defienda, porque es su deber y su gloria y su felicidad y la felicidad del género humano.

Salvar la verdad comprometida por el sofisma, salvar la libertad amenazada por la traición y la ignorancia, salvar la justicia desconocida y violada en el Universo respecto a la autonomía de los pueblos, restablecer la integridad de la personalidad del hombre mutilado, dividida por la vieja civilización de Europa.

Respecto a la integridad de la persona humana escribíamos en París en 1856:

«Qué es lo que se pierde en Europa? la personalidad. ¿Por qué causa? por la división. Se puede decir, sin temor de asentar una paradoja. que el hombre de Europa se convierte en instrumento, en función. máquina o en elemento fragmentario de una máquina. Se ven cerebros v no almas; se ven inteligencias y no ciudadanos; se ven brazos y no humanidad; leyes, emperadores y no pueblos; se ven masas y no soberanía; se ven súbditos y lacayos por un lado, y no soberanos.

El principio de la división del trabajo, exagerado y trasportado de la economía política a la sociabilidad, ha dividido la indivisible personalidad del hombre, ha aumentado el poder y las riquezas materiales y disminuido el poder y las riquezas de la moralidad; y es así como vemos los destrozos del hombre flotando en la anarquía y fácilmente avasallados por la unión del despotismo y de los déspotas.

Huyamos de semejante peligro. Salvar la personalidad en la armonía de todas sus facultades, funciones y derechos, es otra empresa sublime digna de los que han salvado la república a despecho de la vieja Europa. Todo pues, nos habla de unidad, de asociación y de armonía: la filosofía, la libertad, el interés individual, nacional y continental. Basta de aislamiento. Huyamos de la soledad egoísta que facilita el camino a la misantropía, a los pensamientos pequeños, al despotismo que vigila y a la innovación que amenaza». (Iniciativa de la América por F. Bilbao).

Y para corroborar lo que afirmamos, trascribimos la siguiente y profunda observación:

«Nous avons perdu le sentiment de l'unité de notre etre; toutes nos convictions consistent justement á n'y pas croire, á ne pas reconnaítre aue nos ceuvres de poete, de savant, de penseur, ne sauraient étre avivées que par notre vie, ennoblies que par notre noblesse, qu'elles ne seront jamáis qu'une grimace, un cérémoniel appris ou un travail de manoeuvre en tant qu'elles ne seront pas la manifestation de notre cometeré entíer du meme homme central d'où découlent á la fois nos actes, notre morale, nos affections et nos convictions de tout genre». (T. Milsand. Revue des Deux-Mondes. Août 15, 1861).

Lo que nosotros llamábamos integridad, el señor Milsand llama carácter completo, hombre central; viene a ser lo mismo. Y así como nosotros tenemos que dar y mucho que enseñar al indio americano, el indio americano tiene que enseñarnos y nos enseña un carácter más completo, un hombre central, un hombre que conserva más la integridad de las facultades. El indio libre americano es legislador, juez, soldado. Delibera. El parlamento no es representativo: todo indio se representa a sí mismo y se exime de la obligación que impone una determinación que no consiente. El indio que opina contra la guerra, no va a la guerra.

Conservar y desarrollar esa integridad del ser humano es otro de los deberes de la América. Comparado bajo este aspecto con la Europa, su superioridad es incontestable. Cualquiera que conozca las masas de Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia y lo mismo decimos de las clases que llaman elevadas, verá cuan mutilada se presenta la personalidad del hombre. El obrero, él proletario de los países industriosos, es un fragmento del rodaje de una máquina. Las generaciones se suceden trasmitiéndose el mismo oficio, el mismo trabajo; y la mayoría vive y muere sin haber hecho otra cosa que elaborar del mismo modo, el mismo detalle de un tejido o la cabeza de un alfiler. Los campesinos son los verdaderos rústicos y rutineros que resultan de la pobreza permanente, del aislamiento, de la ignorancia, de la mala distribución del capital desde ab eterno. Los siervos, y son millones, que aún subsisten, son multitudes de rebaños humanos. La burguesía es el hombre-Mercurio. La nobleza o aristocracia feudal es el hombre-orgullo. Los sabios son pura inteligencia. La mayor parte de los letrados son retóricos. Los monarcas y sus familias son la raza de la usurpación y del crimen.

Excepciones hay y más diré, partidos hay y tal es el partido republicano, que procuran dar al hombre el goce de la plenitud de su derecho. Pero aun entre los utopistas, ¡cuan difícil es encontrar hombres despreocupados de la herencia histórica, que acepten y comprendan las condiciones individuales, sociales y, políticas del derecho y de la integridad del hombre!

Comprendamos pues, los americanos la importancia de la salvación de la América.

Ser sabio es cosa sublime y veneranda, pero no debe dejar de ser ciudadano, no debe perder su corazón y la idea del deber en la pura vida de la inteligencia.

Ser industrioso, agricultor, comerciante, es necesario, pero no debe la inteligencia perderse en la aritmética, ni el corazón metalizarse.

Ser letrado, artista, jurisconsulto, es cosa buena, pero la retórica no debe ocupar el lugar de la realidad, de la sinceridad, de la verdad; la idea de lo bello no debe separarse de la idea de lo justo: la causa del derecho no debe convertir al legista en el corruptor de la justicia.

La visión del ideal supone la integridad del hombre. El que sólo analiza no verá el conjunto. El que no ama no verá la ley completa del deber. La ciencia pura no ha podido hasta hoy satisfacer completamente el problema del destino.

Las religiones satisfacen por medio de la fe, y suprimen la exigencia de la racionalidad de la naturaleza humana: mutilan la integridad.

Se halla disperso el haz humano, descompuesta su síntesis, anarquizadas sus facultades, inutilizadas o suprimidas las funciones que en acción presentan al hombre completo. Es así como desaparece el ideal, como se rompe el vínculo divino, como se suprime el principio de ascensión o de gravitación al infinito que constituye el móvil y principio del progreso indefinido de la especie. Y es así como en vez de remontarnos, en vez de escuchar la armonía de las cuerdas de la lira, vemos el peso de la naturaleza animal que precipita el equilibrio y el grito discordante de la inmoralidad o del engaño, en vez de la palabra humana hija del verbo.

En la visión, en el amor, en la práctica de la verdad-principio, está la reconstitución de la ciencia, la integridad del hombre, la línea derecha al infinito.

Es necesario que la síntesis de la verdad, que la visión de la verdad, no se descomponga al pasar por el hombre, como si fuese un prisma que descompusiese la luz. Es necesario conserve la revelación de la verdad como idea, como fuerza, como amor.

Como idea, en justicia y belleza; como fuerza en acciones; como amor en todos sus sentimientos.

El hombre integral es inteligencia en posesión de la verdad-principio. Comprende el principio, ama lo bello, practica lo justo.

El hombre integral es ciudadano y sacerdote, pensador y obrero, artista y poeta.

Y el ciudadano integral es legislador, juez y ejecutor. Es inteligencia de lo justo, amor del género humano, voluntad decidida en la vía del deber.

La verdad es una síntesis de la unidad y variedad. El hombre es una síntesis de inteligencia, de amor y de energía, así como su organismo es una síntesis del cerebro, del corazón, del pulmón, etc.

Familia, patria, humanidad es la síntesis de la unidad universal, y Dios, libertad y amor, la síntesis que todo lo resume, la integridad de lo creado palpitando en el seno del amor infinito.

Pan y abundancia, luz y justicia, fraternidad de lo creado, he ahí Ser Supremo el grito de la humanidad que implora.

He ahí lo que la América presenta en la «mesa redonda-» del Nuevo Mundo, convidando a todas las naciones, a todas las razas al banquete.

Triste el alma, triste el pueblo, triste la humanidad, se debaten en las tinieblas de la descomposición de la verdad. La enfermedad, el dolor, la miseria, el frío, la ignorancia, el despotismo y el odio nos flagelan, pero ¿quién ha depositado en mi ser ese fondo de alegría invencible, de bendición inagotable, de esperanza sin límites? ¡Tú, Ser Supremo! Si hay en el ser humano un fondo de alegría indestructible, si el amor es una juventud perpetua, si la ciencia cada día nos sumerge más y más en el misterio sublime de la creación, y si la voluntad se sublima cuando el sacrificio es exigido ¿qué más visión de tu justicia eterna, de tu amor a tus criaturas, de la existencia de tu paternidad providencial? ¿qué más prueba de la inmortalidad, qué mayor garantía del destino? Sí. Nuestro destino es feliz, pero bajo la condición del heroísmo. ¡Gracias al Ser Supremo! Sea la última palabra de mi libro, escrito en el dolor y con la conciencia del peligro, una palabra de alegría y de victoria.


Notas:

1. Una causa común hace que sientan del mismo modo millares de hombres, sean esclavos del oriente o ilotas del occidente.

2. Tocqueville. Democracia en América, T. I, nota 110.

3. Historia de Pitckin, p. 427-47, cita de Tocqueville.

4. Nota de Tocqueville, t. 1.

5. En el idioma araucano justicia y medida son sinónimos. Ambas ideas se expresan con la palabra Troquinche.

6. M. Bilbao. C. de la H. del Perú.

7. Muchos de los hechos revolucionarios enumerados en la tercera división de este capítulo, son conocidos y aun populares; otros no. Me he servido para extractar los no conocidos del público; de Restrepo. Historia de Colombia; de M. L. Amunátegui, Una Conspiración en Chile; de Claudio Gay, Historia de la Independencia de Chile; de Manuel Bilbao, Compendio de la Historia del Perú

9. Me permitirá el lector presente aquí dos testimonios notables de mi consagración a la causa de la soberanía de la razón. El señor Edgardo Quinet, en su obra el "Cristianismo y la Revolución Francesa", publicada un año después de mi condenación en Chile, dice lo siguiente:

«J'ai sous les yeux un morceau plein d'élévation et de logiaue sur les rapoorts de l'Eglise et de l'Etat dans le Chili, par M. Francisco Bilbao, Sociabilidad Chilena; il est vrai que cet écrit a été condamné comme hérétique par les tribunaux du Chili: Ce peu de pages montreraient seules qu'en dépit de toutes les entraves on comencé á penser avec forcé de l'autre cote des cordilléres. Le bapteme de la parole nouvelle (el bautismo de la palabra nueva) voilá des mots qui ont du étonner dans une brochure écrite aux confins des Pampas».

El gran Lamennais, en una carta que me escribió tres meses antes de su muerte, en 1853, me decía: «Tenez pour certain qu'il n'y a rien á espérer de l'Amérique espagnole, tant qu'elle Testera asservie á un clergé imbué des plus detestables doctrines, ignorant au-delá de toutes bornes, corrompu et corrupteur».

10. Chaming. Cristianismo Unitario.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube